Part 10
Y yo, Pueblo, te cuidaré con tal solicitud que tendrás que confesar que nunca has visto un hombre más adicto a la república de los papanatas.
(_Vanse._)
* * * * *
CORO.
«¿Hay nada más hermoso que principiar y concluir nuestros cantos celebrando al conductor de rápidos corceles»[419], en vez de herir con ultrajes gratuitos a Lisístrato o a Teomantis[420] privado hasta de hogar? Este, divino Apolo, derramando lágrimas arrancadas por el hambre, se abraza suplicante a tu carcaj en Delfos para evitar el rigor de la miseria.
Nadie critica que se censure a los malvados; todos los hombres discretos lo consideran como un tributo a la virtud. Si la persona cuyas infamias voy a delatar fuese muy conocida, no haría mención de otro amigo. Nadie ignora quién es Arignoto[421], a menos de no saber distinguir lo blanco de lo negro, ni el modo ortio de los demás. Pero este tiene un hermano que no lo es ciertamente en las costumbres, el infame Arífrades[422], perverso a sabiendas, y no solo perverso (si así fuese nada diría), ni solo perversísimo, sino inventor de nefandas torpezas...
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Quien no deteste con toda su alma a semejante hombre, no beberá jamás en nuestra copa.
Muchas veces medito durante la noche sobre la causa de la voracidad de Cleónimo. Dicen que devorando como un animal los bienes de los ricos, no pueden apartarle de la cesta del pan, viéndose obligados a decirle: «Vete, por piedad; déjanos algo en la mesa.»
Cuentan que el otro día se reunieron las naves para tratar de sus asuntos, y que la más vieja de todas dijo: «¿Habéis oído, amigas mías, lo que pasa en la ciudad? Un tal Hipérbolo[423], ciudadano perverso e inútil como el vino picado, ha pedido cien de nosotras para una expedición a Calcedonia»[424]. Dicen que esto pareció insoportable a las trirremes, y que una de ellas, virgen todavía, exclamó: «Por todos los dioses, antes consentirá Naufante, hija de Nausón, ser roída por la carcoma y pudrirse de vieja en el puerto, que tener por dueño a un hombre semejante. ¡Tan cierto como estoy hecha de tablas y de brea! Si los atenienses aprueban esa proposición, no nos resta más recurso que navegar con rumbo al templo de Teseo o al de las Euménides[425], y detenernos allí. De este modo no le veremos insultar a la república mandando la escuadra; váyase a los infiernos, botando al agua aquellos cajones en que vendía lámparas.»
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AGORÁCRITO.
Guardad el silencio sagrado, plegad los labios y absteneos de citar testigos: ciérrense las puertas de los tribunales, delicias de la república, y retumbe en todo el teatro un jubiloso peán[426] en celebridad de las nuevas felicidades.
CORO.
¡Antorcha de la sagrada Atenas, salvador de nuestras islas! ¿Qué fausta nueva nos anuncias? ¿Qué dicha es esa que llenará nuestras plazas con el humo de los sacrificios?
AGORÁCRITO.
He regenerado a Pueblo[427], y lo he hermoseado.
CORO.
Y ahora, ¿dónde está?, ¡oh inventor de cambio tan prodigioso!
AGORÁCRITO.
Habita en la antigua Atenas, coronada de violetas.
CORO.
¿Cuándo le veremos? ¿Qué vestido tiene? ¿Cómo es ahora?
AGORÁCRITO.
Es lo que era antes, cuando tenía por comensales a Milciades y Arístides. Vais a verle; pues ya resuenan las puertas de los Propileos[428]. Regocijaos; saludad con ruidosas aclamaciones a la admirable y celebrada Atenas; miradla qué bella parece, recobrado su antiguo esplendor, y habitada por un pueblo ilustre[429].
CORO.
¡Oh hermosa y brillante ciudad coronada de violetas![430], muéstranos al único señor de este país y de la Hélade.
AGORÁCRITO.
Vedle con las cabellos adornados de cigarras[431], con su espléndido traje primitivo, oliendo a mirra y a paz, en vez de apestar a mariscos[432].
CORO.
Salud, rey de los griegos; contigo nos congratulamos; sobre ti ha derramado la Fortuna dones dignos de esta ciudad y de los trofeos de Maratón.
PUEBLO.
¡Oh queridísimo amigo! Acércate, Agorácrito. ¡Cuánto bien me has hecho transformándome!
AGORÁCRITO.
¿Yo? Pero, buen hombre, aún no sabes lo que eras antes y lo que hacías; de otra suerte me creerías un dios.
PUEBLO.
¿Pues qué hice antes? Dime, ¿cómo era?
AGORÁCRITO.
Antes, si alguno decía en la asamblea: «Oh Pueblo, yo soy tu amigo, yo te amo de veras, yo soy el único que velo por tus intereses», al punto te levantabas del asiento y te pavoneabas arrogante.
PUEBLO.
¿Yo?
AGORÁCRITO.
Y después de engañarte se marchaba.
PUEBLO.
¿Qué dices? ¿Eso hicieron conmigo, y yo nada conocí?
AGORÁCRITO.
No es extraño: tus orejas se extendían unas veces, y otras se plegaban como un quitasol.
PUEBLO.
¡Tan imbécil y chocho me puso la vejez!
AGORÁCRITO.
Además, si dos oradores trataban, uno de equipar las naves y el otro de pagar a los jueces su salario, siempre se retiraba vencedor el que habló del sueldo, y derrotado el que propuso armar la escuadra. -- ¿Pero qué haces? ¿Por qué bajas la vista? ¿No puedes estarte quieto?
PUEBLO.
Me avergüenzo de mis faltas pasadas.
AGORÁCRITO.
Pero no te aflijas; no es tuya la culpa, sino de los que te engañaron. Ahora contéstame: si algún abogado chocarrero te dice: «Jueces, no tendréis pan si no condenáis a este acusado», ¿qué le harás?
PUEBLO.
Lo levantaré en alto y lo arrojaré al Báratro[433], colgándole del cuello a Hipérbolo.
AGORÁCRITO.
¡Hola!, en esto ya andas acertado y discreto. Pero, y los otros asuntos de la república ¿cómo los arreglarás?
PUEBLO.
En cuanto lleguen al puerto los remeros de los navíos de guerra les pagaré íntegro su sueldo[434].
AGORÁCRITO.
Providencia grata a muchas asendereadas posaderas.
PUEBLO.
Después mandaré que ningún ciudadano inscrito en la lista de los hoplitas[435] pueda pasar por recomendación a otro orden; cada cual estará en la lista donde se le apuntó al principio.
AGORÁCRITO.
Eso va derecho contra el escudo de Cleónimo[436].
PUEBLO.
Ningún imberbe podrá hablar en la asamblea.
AGORÁCRITO.
¿Y dónde perorarán Clístenes y Estratón?[437]
PUEBLO.
Hablo de esos jovenzuelos que frecuentan las tiendas de perfumes, donde charlan así: «¡Qué docto es Féax![438] ¡Cuán acertada ha sido su educación! Se apodera del ánimo de sus oyentes y los conduce a su fin: es sentencioso, sabio, y muy diestro en mover las pasiones y en dominar un tumulto.»
AGORÁCRITO.
¿Acaso estás apasionado de esos charlatanes?
PUEBLO.
No, por cierto; a todos les obligaré a irse de caza, en vez de hacer decretos.
AGORÁCRITO.
Con esa condición, toma esta silla, y este robusto muchacho para que la lleve; si te agrada, puedes sentarte sobre él[439].
PUEBLO.
¡Qué felicidad recobrar mi antiguo estado!
AGORÁCRITO.
Eso lo podrás decir cuando te entregue las treguas por treinta años. ¡Hola, Treguas[440], presentaos pronto!
PUEBLO.
¡Júpiter supremo! ¡Qué hermosas son! Dime, por los dioses: ¿puede tratarse con ellas? ¿Dónde las encontraste?
AGORÁCRITO.
Pues qué, ¿no las tenía guardadas el Paflagonio para que tú no las hallases? Yo te las doy; vete al campo y llévatelas.
PUEBLO.
¿Qué castigo vas a imponer a ese Paflagonio que ha hecho tanto mal?
AGORÁCRITO.
Uno pequeño. No le impondré más que el de ejercer mi antiguo oficio: vender chorizos en las puertas, y picar carnes de perros y burros[441]. Cuando se embriague, reñirá con las prostitutas, y no beberá más agua que la de las bañeras.
PUEBLO.
Excelente idea: nadie más digno que él de destrozarse a denuestos con los bañeros y prostitutas. En recompensa de tantos beneficios te invito a venir al Pritaneo y a ocupar en él la silla de aquel miserable. Sígueme y coge esa túnica verde-rana. Conducid al Paflagonio al sitio donde ha de ejercer su oficio, para que lo vean los extranjeros a quienes solía ultrajar.
FIN DE LOS CABALLEROS.
LAS NUBES.
NOTICIA PRELIMINAR.
«El año último dirigió el poeta sus ataques contra esos vampiros que, pálidos abrasados por incesante fiebre, estrangulaban en las tinieblas a vuestros padres y abuelos, y acostados en el lecho de los ciudadanos pacíficos, enemigos de cuestiones, amontonaban sobre ellos procesos, citaciones y testigos, hasta el punto de que muchos acudieron aterrados al polemarca. Y esto no obstante, el año pasado abandonasteis al intrépido defensor que puso todo su ahínco en purgar de tales monstruos a la patria, precisamente cuando sembraba pensamientos de encantadora novedad, cuyo crecimiento impedisteis por no haberlos comprendido bien. Sin embargo, el autor jura a menudo, entre estas libaciones a Baco, que jamás oísteis mejores versos cómicos. Vergonzoso es que no comprendieseis de seguida su intención profunda; pero al poeta le consuela el no haber desmerecido en la opinión de los doctos, aunque se hayan estrellado sus esperanzas por vencer en audacia a sus rivales.»
Así explica Aristófanes, en la _Parábasis_ de _Las Avispas_, el objeto de _Las Nubes_, y el elevado concepto que tenía formado de esta comedia, una de las más hermosas creaciones de su fantasía. _Las Nubes_ son, en efecto, una sátira ingeniosa y trascendental de los vicios que en la educación iban introduciéndose merced, especialmente, a la influencia de los sofistas, ídolos entonces de la juventud, que frecuentaba solícita sus escuelas. Los sofistas habían aparecido en Atenas en tiempo de Pericles, y, abusando de la invención de Zenón el eleático, esgrimieron las armas de la dialéctica para satisfacer sus miras interesadas y ambiciosas. En sus discursos, exornados con todas las galas de la oratoria, no se proponían como objeto principal la demostración científica de un sistema de verdades, sino el deslumbrar a sus oyentes, sosteniendo, con aquellos falaces argumentos que de ellos han recibido el nombre de sofismas, las más absurdas conclusiones y extrañas paradojas.
Ensoberbecidos con su ingenio, disputaban atrevidamente _de omni re scibili_, y sostenían indistintamente el pro y el contra en todas las cuestiones, llegando, por este funesto modo de filosofar, a convertir la varonil elocuencia antigua en un arte de disputar artificiosamente, a llevar las inteligencias al escepticismo y a la negación de los dioses, y a relajar los más fuertes vínculos sociales con la predicación de una moral cuyo único móvil era el _carpe diem_ y el placer. «El talento de hacer justo lo injusto, e injusto lo justo, que orgullosamente se atribuían, debía de ser, dice Schœll, siguiendo a Heeren[442], extremadamente peligroso en sus relaciones con la vida civil; pero aún producía un mal mayor, cual es el de echar por tierra el sentimiento de la verdad, que deja de ser respetable desde el momento en que se la considera discutible.»
Aristófanes, que siempre estaba con el látigo levantado contra todo abuso y todo error, lo descargó también sobre estos maestros ateos, vanos e inmorales, impulsado por el noble, levantado y patriótico pensamiento de restaurar aquel sistema de enseñanza que formó los héroes de Maratón e hizo reinar en las costumbres la modestia y la virtud; pero al hacerlo cometió la imperdonable falta de elegir como blanco de sus tiros y personificación de los sofistas la venerable figura de Sócrates, que era precisamente el más declarado de sus enemigos. ¿Qué motivo pudo impulsar a Aristófanes a semejante elección y a acumular sobre la cabeza del virtuoso filósofo los anatemas con que quiere confundir la nueva educación? ¿Por qué acusar de corruptor de la juventud al que solo pretendía dirigirla al bien, de ateísmo al hombre más piadoso, de avaricia al más generoso y desprendido, y de perderse en nebulosas especulaciones al que sentaba toda su filosofía sobre la base práctica de la moral? Digámoslo en dos palabras: por la misma popularidad de Sócrates y su especial manera de enseñar. Sócrates, que no explicaba dentro del recinto de una escuela, sino en los lugares más concurridos; que empleaba todos los recursos de su natural gracejo en la disputa y en la exposición de sus doctrinas, era indudablemente el filósofo más conocido de los atenienses, y sin duda por eso lo eligió Aristófanes para personificar en él toda la filosofía de su tiempo, obedeciendo a la necesidad de dar unidad a su comedia y de no convertirla en una polémica insípida o pedante.
Es preciso, además, tener en cuenta que Sócrates, como todos los genios, quizá no lo apareciera ante los ojos de sus contemporáneos hasta que su muerte depuró en él, por decirlo así, toda aquella especie de imperfección que empequeñece, cuando se las mira de cerca, las más grandes figuras. Desde luego, aun los más furiosos detractores de Aristófanes no podrán menos de confesar que había motivo para engañarse al apreciar las miras del mártir de la cicuta, cuando se le veía discutir con chistes y cuentecillos entre la plebe menos ilustrada, o dar consejos _de arte amandi_ a la bella cortesana Teodota.
Esta singular conducta, cuando sus altos fines no eran bien conocidos, se prestaba indudablemente al ridículo; y por eso Sócrates, que despreciaba las vulgares preocupaciones que acerca de él existían, fue el blanco, como dice Séneca, de las envenenadas burlas de los cómicos. Porque no fue solo Aristófanes quien le escarneció en el teatro; Éupolis y Amipsias le llamaron vanidoso, mendigo y ladrón, y es de creer que también otros, dada la declarada guerra que entre poetas cómicos y filósofos y trágicos existía.
No pretendemos con esto, justificar a Aristófanes, sino hacer constar que, al componer _Las Nubes_, aparte de lo indisculpable de la sátira personal y calumniosa, procedió de buena fe, aunque con criminal ligereza, por haber confundido a Sócrates con la turba de sofistas cuya peligrosa enseñanza quería desterrar.
De todos modos, sus insultos no hallaron eco, por esta vez, en el público de Atenas, que, acostumbrado a la extremada licencia de los cómicos, tomaba a risa sus ultrajes y calumnias, o los consideraba como grandes exageraciones. Pues solo así se comprende que aplaudiese a un mismo tiempo los ataques de Aristófanes a Eurípides y su sistema dramático, y las tragedias del inspirado poeta. Sócrates, según irrecusables testimonios, continuó después de representadas _Las Nubes_ siendo querido y respetado, y no pareció guardar resentimiento alguno contra su calumniador. Platón y Jenofonte, sus más afectos discípulos, tampoco tienen para él ni una palabra de censura: al contrario, el primero compuso en su honor un lisonjero dístico y le presentó en el _Banquete_, conversando amigablemente con el maestro sobre las interesantes teorías del arte, la belleza y el amor.
En vista de estos elocuentes hechos y de haber trascurrido nada menos que veinticuatro años entre la primera representación de _Las Nubes_ y la muerte de Sócrates, ha caído ya en descrédito la opinión de que la comedia aristofánica fue la causa principal de la injusta condena del filósofo. Verdad es que sus enemigos presentaron contra él las mismas acusaciones que en _Las Nubes_ se le hacen; pero también es cierto que no pasaron de ser pretextos especiosos acogidos por un tribunal decidido a condenar a muerte al que había osado censurar la tiranía de los Treinta, y los atropellos de Nicias[443].
Quitado de _Las Nubes_ el nombre de Sócrates, queda esta comedia como una de las más perfectas de Aristófanes. Muy lisonjeros juicios se han formulado sobre ella; pero como entre los más acertados figura el que mi particular amigo D. Fermín Herrán tuvo la bondad de poner al frente de mi versión en el año 1875, lo inserto a continuación, aprovechando esta oportunidad de agradecerle los amables o inmerecidos elogios de que entonces me colmó.
«El argumento de _Las Nubes_ es sencillísimo; parécese en esto a algunos de nuestros autos sacramentales en que la acción se desenvuelve sin tropiezo, sin incidentes que la compliquen, ni episodios que la armonicen; ligera, sencilla y fácilmente comprensible.
»Estrepsiades, personaje que Aristófanes nos presenta como la personificación del fraude, tipo que excita la repugnancia, sin dejar de interesar por eso, es un hombre que agobiado de deudas y no teniendo con qué pagarlas, discurre los medios de burlar a sus acreedores dejando a salvo su responsabilidad, única cosa que le atemoriza, no por la nota que sobre él podrá echar, sino por la materialidad del pago a que se vería obligado. Y en vez de recurrir a la economía, disminuyendo sus gastos, deshaciéndose de lo superfluo, o arbitrando recursos de cualquiera manera, cree haber resuelto la cuestión enviando a su hijo Fidípides a la escuela de Sócrates, donde debía aprender a convencer con su elocuencia a los más reacios de sus acreedores, logrando de este modo, y en caso de ser citado a juicio, ganar el pleito obteniendo sentencia favorable, para lo cual había de llevar prevenidos dos discursos, uno justo y otro injusto. Pero, en un principio, su hijo Fidípides, que está muy lejos de ser un modelo de respeto y cariño filial, se niega a ir a la escuela, pretextando la antipatía que siente por aquellos sabios, viéndose Estrepsiades obligado a presentarse él mismo en la escuela, donde es admitido, empezando a recibir las lecciones de Sócrates, que renuncia a sacar partido de un discípulo tan estúpido y desmemoriado que solo recuerda de lo que le enseñan aquello que tiene relación con la manía que le ocupa. Viendo que por sí mismo nada consigue, logra, si no convencer, persuadir a su hijo a entrar en la escuela, de donde sale con los conocimientos que deseaba, los cuales emplea, no en salvar a su padre de los rigores de una sentencia inminente, sino en cohonestar con argucias o sofismas su conducta depravada; lo que obliga a Estrepsiades a renegar del talento de su hijo y maldecir la hora en que abrigó la idea de que lo adquiriese. Ansiando tomar venganza de los autores de su mal, quema la casa de Sócrates, y termina la comedia.
»Como se ve, la acción marcha por sí sola, sin que nada la detenga ni precipite; y la moral, aunque un poco tergiversada, es clara y provechosa, y pudiera condensarse en estas palabras: “del mal no puede venir el bien”.
»Por el argumento no podría llamarse a Aristófanes notable dramático, toda vez que el ingenio más mediano es capaz de concebir un asunto tan sencillo; pero hay circunstancias que le avaloran y engrandecen, poniendo a su autor en elevado lugar.
»El diálogo, siempre vivo y animado, se hace notable e interesa por la oportunidad de las réplicas y agudeza de las observaciones. La sátira punzante que encierra, las transparentes alusiones que pone en boca de sus personajes le recomiendan y enaltecen, y los chistes en que abunda hacen la acción amena e interesante, en sumo grado: la intervención del coro podría hacerla pesada y algo monótona, pero es necesaria, toda vez que el comentario puesto en su boca hace las veces de moraleja, ilustración del texto y explicaciones de los pasajes, además de que, dadas las costumbres de entonces en aquel país, no podía prescindirse de él.
»Cuanto de ridículo tienen algunos personajes de la comedia está sacado a luz con tanta gracia, con tal oportunidad, que a pesar de reconocer muchas veces la injusticia y encono de los tiros, se aplaude la puntería en gracia del chiste.
»En los episodios, en ciertas escenas, en determinadas situaciones, luce esplendorosa la habilidad del autor de _Las Nubes_. El diálogo entre lo _Justo_ y lo _Injusto_ es admirable y verdadera obra maestra de ática ironía. El poner en boca del hijo, niño mimado e insolente, los sofismas que para defender lo contrario, o al menos lo distinto, ha expuesto el padre, bonachón y débil, es de éxito grande y efecto oportuno, como lo es la famosa escena entre el viejo y el filósofo, cuya irónica gracia, cuya petulancia e intención son muy superiores a todo encarecimiento.
»Sintetizando: argumento sencillo, lenguaje selecto, diálogos chispeantes y animados, caracteres bien dibujados y correctos, episodios divertidos o interesantes.»
La representación de _Las Nubes_ tuvo lugar, según la opinión más probable, el año primero de la Olimpiada ochenta y nueve, o sea el 424 a. J. C. El mismo Aristófanes lo indica al lamentarse de su mal éxito en la parábasis de _Las Avispas_, representadas el 423, y al hablar en aquella comedia de Cleón, como si viviese todavía, siendo así que el célebre demagogo murió en el año décimo de la guerra del Peloponeso, que corresponde al segundo de la Olimpiada ochenta y nueve.
PERSONAJES.
ESTREPSIADES.
FIDÍPIDES.
UN ESCLAVO DE ESTREPSIADES.
DISCÍPULOS DE SÓCRATES.
SÓCRATES.
CORO DE NUBES.
EL RAZONAMIENTO JUSTO.
EL RAZONAMIENTO INJUSTO.
PASIAS, _acreedor_.
UN TESTIGO DE PASIAS.
AMINIAS, _acreedor_.
QUEREFONTE.
LAS NUBES.
_La escena representa el dormitorio de Estrepsiades. Este aparece en su lecho, y próximos a él duermen su hijo, y los esclavos._
ESTREPSIADES.
¡Oh Júpiter supremo! ¿Es acaso interminable la duración de las noches? ¿Nunca se hará de día? Mucho tiempo ha que he oído el canto del gallo, y sin embargo, los esclavos aún están roncando: antes no sucedía esto. Maldita sea la guerra, que me impide hasta el castigar a mis esclavos[444]. Este buen mozo no despierta en toda la noche, y duerme profundamente[445], envuelto en las cinco mantas de su lecho. Pero probemos a imitarle...
¡Pobre de mí! no puedo conciliar el sueño. ¿Cómo he de dormir, si me atormentan los gastos, la caballeriza y las deudas que he contraído por causa de este hijo? Él cuida su cabellera, cabalga, guía un carro y sueña con caballos; y yo me siento morir cuando llega el día veinte del mes, porque se acerca el momento de pagar los intereses...[446].
Muchacho, enciende la lámpara y tráeme el libro de cuentas, para que examine los gastos, y averiguando a quiénes debo, calcule los intereses... Ea, veamos, ¿cuánto debo? «Doce minas a Pasias[447]»: ¿Y por qué doce minas a Pasias? ¿En qué las he gastado? Cuando compré el Coppatia[448]. ¡Desdichado de mí! ¡Ojalá me hubiesen vaciado antes un ojo de una pedrada![449].
FIDÍPIDES (_soñando_).
Filón, guías mal: tu carro debe seguir a este.
ESTREPSIADES.
He aquí el mal que me mata: hasta durmiendo sueña con caballos.
FIDÍPIDES (_soñando_).
¿Cuántas carreras es necesario dar en el certamen?
ESTREPSIADES.
A tu padre sí que le haces dar carreras... ¿Pero qué deuda contraje[450] después de la de Pasias? Veamos: «tres minas a Aminias[451] por el carro y las ruedas.»
FIDÍPIDES (_soñando_).
Lleva el caballo a la cuadra y revuélcalo antes en la arena.
ESTREPSIADES.
¡Infeliz! Tú si que das vuelco a mi fortuna; unos me tienen ya citado a los tribunales, otros me piden que les garantice el pago de los intereses[452].
FIDÍPIDES (_despertando_).
Pero, padre, ¿qué te angustia que no haces más que dar vueltas toda la noche?
ESTREPSIADES.
Me muerde cierto demarco[453] de las camas.
FIDÍPIDES.
Por favor, querido, déjame dormir un poco.
ESTREPSIADES.
Duerme en hora buena, pero sabe que todas estas deudas caerán sobre tu cabeza... ¡Oh! ¡Así perezca miserablemente aquella casamentera que me impulsó a contraer matrimonio con tu madre! Porque yo tenía una vida dulcísima, sencilla, grosera, descuidada y abundante en panales, ovejas y aceite. Después, aunque era hombre del campo, me casé con la nieta de Megacles hijo de Megacles, ciudadana soberbia, amiga de los placeres, con las mismas costumbres que Cesira[454]. Después del matrimonio, cuando nos acostábamos, yo no olía más que a mosto, higos y lana de mis ovejas; ella por el contrario, apestaba a pomadas y esencias, y solo deseaba besos amorosos, lujo, comilonas y los placeres de Venus[455]. No diré que fuese holgazana, sino que tejía; y muchas veces, enseñándola esta capa, le decía con tal pretexto: «Esposa mía, _aprietas_[456] demasiado los hilos.»
UN ESCLAVO.
No tiene aceite la lámpara.
ESTREPSIADES.
¡Ay de mí! ¿Por qué has encendido una lámpara tan bebedora? Acércate para que te haga llorar.
EL ESCLAVO.
Y ¿por qué he de llorar?
ESTREPSIADES.