Part 13
Dejaos de riñas y de injurias; y declarad, tú lo que enseñabas a los hombres de otra época, y tú la nueva doctrina; para que este joven, oído y sentenciado vuestro pleito, se decida por lo que mejor le parezca.
EL JUSTO.
Me place.
EL INJUSTO.
A mí también.
CORO.
Ea, ¿quién hablará primero?
EL INJUSTO.
Concedo que principie este; cuando haya hablado, yo me encargo de destrozar sus dichos con palabras y pensamientos nuevos, agudos como flechas; y por último, si aún se atreve a respirar, los rasgos de mi elocuencia le darán muerte, picándole toda la cara y los ojos, como si fueran tábanos.
CORO.
Vais a demostrar ahora por medio de artificiosas palabras, sutiles pensamientos y profundas sentencias cuál de vosotros es más hábil en el arte oratoria. Hoy se debaten grandes asuntos de la filosofía, por la cual mis amigos libran un gran combate. Tú, que inspiraste a los antiguos tan buenas costumbres, levanta la voz en defensa de tu causa favorita, y danos a conocer tu carácter.
EL JUSTO.
Voy a decir cuál era la educación antigua, en los tiempos florecientes en que yo predicaba la justicia, y la modestia reinaba en las costumbres. En primer lugar, era necesario que ningún niño pronunciase imperfectamente. Los que vivían en un mismo barrio, iban a casa del maestro de música, recorriendo modestamente las calles desnudos y en buen orden, aunque la nieve cayese tan espesa como la harina del cedazo: después se sentaban con las piernas separadas y se les enseñaba o el canto «Temible Palas, destructora de ciudades», o el que principia «Grito resonante a lo lejos», conservándoles el aire que les habían dado sus antepasados. Si alguno de ellos trataba de hacer alguna payasada, o cantar, imitando los modos de Quíos y Sifnos, con las muelles inflexiones inventadas por Frinis[537], y que hoy gozan de tanta popularidad, era inmediatamente castigado con sendos azotes por enemigo de las Musas. En el gimnasio debían sentarse con las piernas extendidas para no enseñar ninguna indecencia; y cada cual al levantarse debía remover la arena, cuidando de no dejar a los amantes ninguna huella de su sexo. Ningún niño se ungía entonces más abajo del ombligo, floreciendo en sus vergüenzas un vello suave como el de las manzanas; ni se ofrecía por sí mismo a un amante con dulces inflexiones de voz y miradas lascivas. No les era permitido comer rábanos, ni el anís, reservado a los viejos, ni apio, ni peces, ni tordos[538], ni poner una pierna sobre otra[539].
EL INJUSTO.
Todo esto es antiquísimo y coetáneo de las fiestas Diipolias[540], llenas de cigarras[541], del poeta Cécidas[542] y de las Bufonias.
EL JUSTO.
Sin embargo, esta fue la educación que formó a los héroes que pelearon en Maratón. Tú en cambio les enseñas a envolverse en seguida en sus vestidos; así es que me indigno, cuando, si les es necesario bailar en las Panateneas, veo a algunos cubriéndose con el escudo, sin cuidarse de Minerva. Por lo tanto, joven, decídete por mí sin vacilar; y aprenderás a aborrecer los pleitos, a no acudir a los baños públicos, a avergonzarte de las cosas torpes, a indignarte cuando se burlen de ti, a ceder tu asiento a los ancianos que se te acerquen, a conducirte bien con tus padres, y a no hacer nada deshonesto, porque debes de ser la imagen del pudor; a no extasiarte ante las bailarinas, no sea que mientras las miras como un papanatas, alguna meretriz te arroje su manzana[543], con detrimento de tu reputación; a no contradecir a tu padre, ni, burlándote de su vejez, recordar los defectos del que te ha educado.
EL INJUSTO.
Cree lo que este dice, y, por Baco, te parecerás a los hijos de Hipócrates[544], y te llamarán el tonto.
EL JUSTO.
Brillarás en los gimnasios; no charlarás sandeces en la plaza pública, como hacen los jóvenes del día; ni entablarás pleitos por la cosa más pequeña, cuando pueden arruinarte las calumnias de tus adversarios. Sino que, bajando a la Academia, te pasearás con un sabio de tu edad bajo los olivos sagrados, ceñidas las sienes con una corona de caña blanca, respirando en la más deliciosa ociosidad el perfume de los tejos y del follaje del álamo blanco, y gozando de los hermosos días de primavera, en los que el plátano y el olmo confunden sus murmullos. Si haces lo que te digo, y sigues mis consejos, tendrás siempre el pecho robusto, el cutis fresco, anchas las espaldas, corta la lengua, gruesas las nalgas, y proporcionado el vientre[545]. Pero si te aficionas a las costumbres modernas, tendrás muy pronto color pálido, pecho débil, hombros estrechos, lengua larga, nalgas delgadas, vientre desproporcionado, y serás gran litigante. El otro te educará de tal modo que te parecerá torpe lo honesto, y honesto lo torpe, y por último, serás tan infame como Antímaco.
CORO.
¡Qué grato perfume de virtud exhalan tus palabras, cultivador de la más sólida y elevada filosofía! ¡Dichosos hombres los que vivieron en la época de tu esplendor! Tú, que posees todos los recursos de la oratoria, es preciso que digas algo nuevo contra este, que se ha hecho digno de alabanza. Necesitas ciertamente emplear recursos extraordinarios contra tu adversario, si quieres vencerle y no ser blanco de la burla de todos.
EL INJUSTO.
Hace tiempo que me abrasa la impaciencia, y ardo en deseos de echar por tierra todos sus argumentos. Los filósofos me llaman injusto, porque soy el primero que he descubierto la manera de contradecir las leyes y el derecho; pero ¿no es una habilidad inestimable la de salir vencedor en la causa más débil? Verás cómo refuto su decantado sistema de educación. En primer lugar, te prohíbe los baños calientes. ¿En qué te fundas para vituperar los baños calientes?
EL JUSTO.
En que son perjudiciales y debilitan al hombre.
EL INJUSTO.
Alto: ya estás cogido y no te escaparás. Dime, ¿cuál de los hijos de Júpiter ha sido el más esforzado y ha llevado a cabo más trabajos?
EL JUSTO.
Creo que ninguno sobrepuja a Hércules.
EL INJUSTO.
Y ¿dónde has visto baños fríos bajo la advocación de Hércules?[546] Sin embargo, ¿quién era el más esforzado?
EL JUSTO.
Esas son las razones que los jóvenes tienen siempre en la boca, y gracias a ellas los baños están llenos y desiertas las palestras.
EL INJUSTO.
También vituperas la costumbre de hablar en la plaza pública. Yo la alabo. Porque, si eso fuese perjudicial, Homero no hubiera hecho orador a Néstor, ni a todos los demás sabios. Pasemos al ejercicio de la lengua: dice que los jóvenes no deben cultivarla; yo digo lo contrario. También recomienda la modestia. En total, dos malos consejos. Porque ¿a quién has visto que haya conseguido bien alguno por medio de la modestia? Habla, refútame.
EL JUSTO.
He visto muchos: por causa de ella recibió Peleo[547] una espada.
EL INJUSTO.
¡Una espada! ¡Linda ganancia tuvo el desdichado! Ahí tienes a Hipérbolo, que gracias a su malicia y no a su espada, ha ganado muchos talentos vendiendo lámparas.
EL JUSTO.
El mismo Peleo, por ser modesto, se casó con la diosa Tetis.
EL INJUSTO.
Que se marchó muy pronto y le dejó solo; porque no era un hombre violento, capaz de pasar toda la noche en dulces luchas de amor, que es lo que agrada a las mujeres. Pero tú eres un viejo chocho.
Considera, joven, todas las contrariedades de la modestia, y de qué placeres te privará; de los muchachos, de las mujeres, de los juegos[548], de los pescados, de beber y de reír. ¿Para qué quieres la vida, privada de estos placeres? Basta de esto. Paso ahora a las necesidades de la naturaleza. Has delinquido, has amado, has cometido algún adulterio y eres cogido infraganti; ya eres hombre muerto porque no sabes defender tu causa. Pero, conmigo, goza sin cuidado de la vida, baila, ríe, y nada te avergüence. Si eres sorprendido con la mujer ajena, asegura al marido que no has faltado; echa la culpa a Júpiter, que también fue vencido por el amor y las mujeres. Tú, siendo mortal, ¿cómo puedes ser más fuerte que el padre de los dioses?
EL JUSTO.
Y si siguiendo tus lecciones, es condenado al castigo de los adúlteros[549]: ¿encontrará entonces algún argumento para demostrar que no es un bardaje?
EL INJUSTO.
Y aunque sea un bardaje, ¿qué mal hay en ello?
EL JUSTO.
¿Puede haber mal mayor?
EL INJUSTO.
¿Qué dirás si también te venzo en este punto?
EL JUSTO.
Me callaré; ¿qué podría hacer?
EL INJUSTO.
Ea, dime, ¿a qué clase pertenecen los oradores?
EL JUSTO.
A la de los bardajes[550].
EL INJUSTO.
Lo creo. ¿Y los poetas trágicos?
EL JUSTO.
A la de los bardajes.
EL INJUSTO.
Tienes razón. ¿Y los demagogos?
EL JUSTO.
A la de los bardajes.
EL INJUSTO.
¿Ves cómo yo no hablaba tan neciamente? Mira ahora a qué clase pertenecen la mayoría de los espectadores.
EL JUSTO.
Ya miro.
EL INJUSTO.
¿Qué ves?
EL JUSTO.
Por los dioses, veo que los más son bardajes. Este que yo conozco, ese, y aquel de los largos cabellos.
EL INJUSTO.
¿Qué dices ahora?
EL JUSTO.
Somos vencidos. ¡Bardajes, recibid mi manto; me paso a vosotros!
(_Se retiran._)
* * * * *
SÓCRATES.
Y bien, ¿quieres llevarte a tu hijo, o dejarle para que le enseñe el arte de hablar?
ESTREPSIADES.
Enséñale, castígale, y no te olvides de afilar bien su lengua, de modo que uno de sus dos filos le sirva para los negocios de poca monta, y el otro para los de mucha importancia.
SÓCRATES.
Pierde cuidado; te lo enviaré hecho un completo sofista.
FIDÍPIDES.
Bien pálido, me parece, y bien miserable.
CORO.
Id, pues; creo que te arrepentirás algún día. (_Entran en la escuela de Sócrates._) Queremos deciros, jueces, lo que ganaréis si nos otorgáis la protección merecida. En primer lugar, al principio de la primavera, cuando queráis labrar vuestras tierras lloveremos antes para vosotros y en seguida para los demás; después, cuando vuestras viñas tengan ya racimos, cuidaremos de que no las perjudiquen ni la sequía ni la excesiva humedad. Pero, si algún mortal nos ofende, piense en los muchos males que le reserva nuestra venganza. No recogerá de su campo vino ni fruto alguno; cuando principien a brotar sus vides y sus olivos, los devastaremos y los destruiremos por medio del huracán; si le vemos fabricar ladrillos, lloveremos y romperemos con redondo granizo las tejas de su casa; cuando él o alguno de sus parientes o amigos contraiga matrimonio, lloveremos a torrentes toda la noche[551], de modo que preferirá haber estado en Egipto a haber juzgado injustamente.
* * * * *
(_Estrepsiades sale de su casa con un saco de harina y se dirige a la de Sócrates._)
ESTREPSIADES.
Aún faltan cinco días; después cuatro, tres, dos, y por último viene luego a toda prisa el que más temo, detesto y abomino, el día treinta del mes[552]. Todos mis acreedores hacen el depósito necesario para entablar un pleito y juran arruinarme y perderme: sin embargo, mis proposiciones son moderadas y justas. «Amigo mío, digo a cada uno, no me exijas por ahora esta cantidad; dame prórroga para pagarte esta otra; perdóname aquella.» Pero ellos dicen que así no cobrarán nunca, me insultan llamándome injusto, y dicen que van a procesarme. ¡Que me procesen! Poco me importa si Fidípides aprende el arte de hablar bien. Pronto lo sabré; llamemos a la puerta de la escuela. ¡Esclavo! ¡Hola, esclavo!
* * * * *
SÓCRATES.
Salud a Estrepsiades.
ESTREPSIADES.
Salud a Sócrates. Por lo pronto, toma esto[553]. Es justo regalar alguna cosa al maestro. Di, ¿ha aprendido mi hijo el famoso razonamiento?
SÓCRATES.
Lo ha aprendido.
ESTREPSIADES.
¡Bien, oh Fraude omnipotente!
SÓCRATES.
Podrás ganar todos los pleitos que quieras.
ESTREPSIADES.
¿Aunque haya habido algún testigo cuando yo tomé el préstamo?
SÓCRATES.
Aunque haya habido mil.
ESTREPSIADES.
De modo que podré gritar en alta voz: «¡Ay de vosotros, usureros! ahora pereceréis con vuestro capital y los intereses de los intereses; no me vejaréis más, porque en esa escuela se educa un hijo mío, armado de una lengua de dos filos, que será mi defensor, el salvador de mi casa, el azote de mis enemigos, el que libertará a su padre de infinitos cuidados y molestias.» Llámale pronto afuera. ¡Hijo mío, hijo mío! ¡Sal de la casa! ¡Atiende a tu padre!
SÓCRATES.
Helo aquí.
ESTREPSIADES.
¡Oh, amigo mío! ¡amigo mío!
SÓCRATES.
Parte, y llévatelo.
(_Sócrates entra en su casa._)
* * * * *
ESTREPSIADES.
¡Oh, hijo mío! ¡Ah! ¡Ah! ¡Cuánto me alegro al ver tu color! Tu rostro indica que estás dispuesto primero a negar, después a contradecir, y que te es muy familiar esta frase: «¿Qué dices tú?» y el fingirte injuriado, cuando injurias y maltratas a los demás. Hasta en tu semblante brilla la mirada ática. Ahora date maña a salvarme, ya que me has perdido.
FIDÍPIDES.
¿Qué te atemoriza?
ESTREPSIADES.
El día viejo y nuevo.
FIDÍPIDES.
¿Hay acaso algún día viejo y nuevo?
ESTREPSIADES.
En él dicen que van a hacer sus depósitos para procesarme.
FIDÍPIDES.
Pues perderán los depositantes; porque un día no puede ser dos días.
ESTREPSIADES.
¿Que no puede ser?
FIDÍPIDES.
¿Cómo? A menos que la misma mujer pueda ser a un tiempo vieja y joven.
ESTREPSIADES.
La ley así lo dispone.
FIDÍPIDES.
Indudablemente no comprenden bien el espíritu de la ley.
ESTREPSIADES.
¿Cuál es su espíritu?
FIDÍPIDES.
El viejo Solón era, por carácter, amigo del pueblo.
ESTREPSIADES.
Eso no tiene nada que ver con el día nuevo y viejo.
FIDÍPIDES.
Y fijó dos días para la citación a juicio, el viejo y el nuevo, a fin de que los depósitos fuesen hechos el día del novilunio.
ESTREPSIADES.
¿Y por qué añadió el viejo?
FIDÍPIDES.
¿Preguntas por qué, fatuo? Con objeto de que los que hayan sido citados tengan un día para arreglar amigablemente el asunto; y de lo contrario, para que pueda reclamárseles en la mañana misma del novilunio.
ESTREPSIADES.
Entonces, ¿por qué los magistrados no reciben los depósitos el día primero de mes, sino en el anterior, en el día nuevo y viejo?
FIDÍPIDES.
Me parece a mí que hacen lo que los glotones, adelantan un día para disfrutar más pronto de los depósitos de los litigantes.
ESTREPSIADES.
¡Bien! Pobres tontos que servís de juguete a nosotros los sabios, porque sois como piedras, como un rebaño de imbéciles, como borregos aglomerados al acaso cual si fuerais tinajas. Preciso es que yo entone un himno de alabanza en honor mió y de mi hijo.
«¡Feliz Estrepsiades, cuán sabio eres, y qué hijo has educado!» Tales serán las palabras de mis amigos y conciudadanos cuando me feliciten por haber ganado mis pleitos con tu elocuencia. Pero entra, que antes quiero darte una buena comida.
(_Entran en la casa._)
* * * * *
PASIAS (_dirigiéndose al testigo que viene con él_).
¿Conviene perder alguna vez los bienes propios en provecho de los demás? Nunca seguramente. Yo debí hace tiempo deponer toda vergüenza y me hubiera ahorrado estos disgustos. Ahora, para recobrar mi dinero, tengo que traerte como testigo, y convertir en enemigo un conciudadano. Pero suceda lo que suceda, jamás, mientras viva, me he de mostrar indigno de mi patria[554]. Citaré a Estrepsiades...
(_Sale Estrepsiades._)
ESTREPSIADES.
¿Quién es este?
PASIAS.
Para el día viejo y nuevo.
ESTREPSIADES.
Sed testigos de que ha indicado dos días a la vez. ¿Por qué me citas?
PASIAS.
Por las doce minas que te presté cuando compraste el caballo tordo.
ESTREPSIADES.
¿Un caballo? ¿No le oís todos vosotros que sabéis cuánto aborrezco la equitación?
PASIAS.
Y juraste por los dioses que me las habías de restituir.
ESTREPSIADES.
¡Por Júpiter! Entonces mi hijo Fidípides aún no había aprendido el razonamiento irresistible.
PASIAS.
¿Y piensas por eso negar ahora tu deuda?
ESTREPSIADES.
¿Qué otro provecho he de sacar de aquella enseñanza?
PASIAS.
¿Y te atreverás a negarla ante los dioses cuando yo te exija el juramento?
ESTREPSIADES.
¿Qué dioses?
PASIAS.
Júpiter, Mercurio, Neptuno...
ESTREPSIADES.
Sin duda; y aun añadiré tres óbolos por el gusto de que me hagas prestar juramento.
PASIAS.
¡Ojalá castiguen tu desvergüenza!
ESTREPSIADES.
Si a este hombre le restregasen con sal estaría mejor[555].
PASIAS.
¡Ah, te burlas!
ESTREPSIADES.
Caben en él seis congios[556].
PASIAS.
¡Por el gran Júpiter y por todos los dioses! No te burlarás de mí impunemente.
ESTREPSIADES.
Me estás dando risa con tus dioses. Júpiter, por quien juras, excita la hilaridad de las personas ilustradas.
PASIAS.
Algún día serán castigadas tus blasfemias. Pero contesta si me pagarás o no; despáchame pronto.
ESTREPSIADES.
Ten paciencia. En seguida te voy a contestar claramente.
(_Entra en su casa._)
PASIAS.
¿Qué te parece que hará?
EL TESTIGO.
Me parece que te restituirá lo que le prestaste.
ESTREPSIADES.
¿Dónde está el que reclama el dinero? Di, ¿qué es esto?
PASIAS.
¿Qué es eso? Una pequeña troj.[557]
ESTREPSIADES.
¿Y te atreves a reclamar tu dinero siendo tan rudo? No; jamás devolveré ni un óbolo a quien llama _troj_ a la _troja_.
PASIAS.
¿Conque no me pagarás?
ESTREPSIADES.
No, que yo sepa. ¿Pero te marchas, o piensas echar raíces en la puerta?
PASIAS.
Me voy. Mas ten presente que o me muero, o hago el depósito legal para demandarte.
ESTREPSIADES.
Será una nueva pérdida que tendrás que añadir a la de las doce minas. De todas maneras, siento que te suceda eso por haber llamado neciamente _troj_ a la _troja_.
* * * * *
AMINIAS.
¡Ay, pobre de mí!
ESTREPSIADES.
¡Hola! ¿Quién es este que se queja? ¿Acaso ha hablado alguno de los dioses de Carcino?[558]
AMINIAS.
¿Quién soy? ¿Quieres saber quién soy? Soy un hombre desgraciado.
ESTREPSIADES.
Signe entonces tu camino.
AMINIAS.
¡Oh, triste suerte mía! ¡Oh fortuna, que has roto las ruedas de mis carros! ¡Oh Palas, tú me has perdido![559]
ESTREPSIADES.
¿Pues qué daño te ha causado Tlepólemo?
AMINIAS.
No te burles de mí, amigo mío; manda más bien a tu hijo que me devuelva el dinero que me debe, hoy principalmente que estoy en la desgracia.
ESTREPSIADES.
¿De qué dinero hablas?
AMINIAS.
Del que le presté.
ESTREPSIADES.
Tú no estás bueno, a lo que parece.
AMINIAS.
Es verdad, me he caído al hacer galopar los caballos.
ESTREPSIADES.
Pues no se conoce, porque deliras como si nunca te hubieras caído del asno.[560]
AMINIAS.
¡Conque deliro porque quiero cobrar lo que se me debe!
ESTREPSIADES.
Es imposible que estés en tu sano juicio.
AMINIAS.
¿Por qué?
ESTREPSIADES.
Me parece que tienes el cerebro algo perturbado.
AMINIAS.
Por Mercurio, te citaré a juicio, si no me devuelves el dinero.
ESTREPSIADES.
Dime: cuando llueve ¿crees tú que Júpiter hace siempre caer agua nueva, o bien que es la misma suspendida en el aire por el calor del sol?
AMINIAS.
No lo sé, ni me importa saberlo.
ESTREPSIADES.
Entonces, ¿cómo ha de ser justo el pagarte si no tienes ninguna noción de meteorología?
AMINIAS.
Si te encuentras apurado, págame al menos el interés.
ESTREPSIADES.
¿El interés? ¿Qué animal es ese?
AMINIAS.
Es el dinero que va creciendo más y más cada día, a medida que trascurre el tiempo.
ESTREPSIADES.
Muy bien dicho. Pero contesta: ¿crees tú que el mar es ahora más grande que antes?
AMINIAS.
No, por Júpiter, siempre es igual: porque el mar no puede aumentarse.
ESTREPSIADES.
¿Y cómo, gran canalla, si el mar no crece a pesar de los ríos que en él desembocan, pretendes tú aumentar incesantemente tu dinero? A ver si te largas pronto de esta casa. ¡Pronto! Un palo[561].
AMINIAS.
Sed testigos de esto.
ESTREPSIADES.
¡Largo de aquí! ¿Qué esperas? ¿No te moverás?
AMINIAS.
¿No es esto una injuria?
ESTREPSIADES.
¿Te mueves, o me obligas a que te pinche como a un caballo de tiro? ¿Huirás? (_Sale._) Ya iba yo a removerte con tus ruedas y tus carros.
(_Estrepsiades entra en la casa._)
* * * * *
CORO.
¡Lo que es aficionarse a las malas obras! Este viejo, que las ama con pasión, quiere defraudar a sus acreedores el dinero que le prestaron; pero es imposible que hoy no le sobrevenga alguna desgracia, y que este sofista, en castigo de sus tramas, no sea víctima de algún mal imprevisto. Creo que muy pronto conseguirá lo que deseaba, y su hijo sabrá oponer hábiles argumentos contra la justicia, y vencerá a todos sus adversarios aun cuando defienda las peores causas. Pero quizá llegue a desear que su hijo sea mudo.
* * * * *
ESTREPSIADES (_Saliendo precipitadamente_).
¡Ay! ¡Ay! ¡Vecinos, parientes, ciudadanos, socorredme con todas vuestras fuerzas! ¡Me apalean! ¡Ay mis mandíbulas! ¡Infame! ¿No ves que es a tu padre a quien maltratas?
FIDÍPIDES.
Lo confieso, padre mío.
ESTREPSIADES.
¿Oís? confiesa que me maltrata.
FIDÍPIDES.
Sin duda.
ESTREPSIADES.
¡Perverso! ¡Parricida! ¡Horadador de murallas!
FIDÍPIDES.
Dime otra vez esas injurias, y añade otras; ¿sabes que tengo el mayor gusto en escucharlas?
ESTREPSIADES.
¡Infame!
FIDÍPIDES.
Me estás cubriendo de rosas.
ESTREPSIADES.
Maltratas a tu padre.
FIDÍPIDES.
Y, por Júpiter, he de demostrar que tengo razón en pegarte.
ESTREPSIADES.
¡Perversísimo! ¿Acaso puede nunca haber razón para pegar a su padre?
FIDÍPIDES.
Yo te lo demostraré y te convenceré con mis palabras.
ESTREPSIADES.
¿Que me convencerás?
FIDÍPIDES.
Hasta la evidencia y muy fácilmente. Elige cuál de los dos razonamientos he de emplear.
ESTREPSIADES.
¿Cuáles razonamientos?
FIDÍPIDES.
El fuerte o el débil.
ESTREPSIADES.
A la verdad, querido mío, daré por bien empleados mis afanes para enseñarte a contradecir la justicia, si consigues persuadirme que es bueno y justo que los hijos golpeen a sus padres.
FIDÍPIDES.
Pues creo que te persuadiré de tal manera, que en cuanto me hayas oído no tendrás nada que replicarme.
ESTREPSIADES.
Tengo ganas de oírte.
CORO.
A ti te corresponde, anciano, el encontrar un medio de reducirle a la obediencia; porque no estaría tan soberbio si dudase de su triunfo. Por tanto, hay alguna cosa que le hace insolente como hombre confiado en sus propias fuerzas. Pero primeramente conviene que digas al Coro cómo ha tenido lugar vuestra disputa. Esto es lo que debes hacer antes de todo.
ESTREPSIADES.
Os diré cómo comenzó nuestra reyerta. Después que hubimos comido, como sabéis, le mandé en primer lugar tomar su lira y cantar la canción de Simónides «Cuando el carnero fue trasquilado.» Y en seguida me replicó que era una necedad cantar de sobremesa acompañado de la cítara, como una mujer ocupada en moler trigo.
FIDÍPIDES.
¿Y no era motivo para golpearte y patearte el que me hubieses mandado cantar como si tuvieras cigarras convidadas?
ESTREPSIADES.
Ahora no hace más que repetir lo que me dijo en casa: también aseguró que Simónides era un mal poeta. Me contuve al principio, aunque con trabajo, y le mandé que, tomando la rama de mirto, me recitase algún trozo de Esquilo. «¡Está muy bien! me contestó; precisamente yo considero a Esquilo el primero de nuestros poetas, como que es desordenado, enfático, estrepitoso y desigual.» Con estas palabras, considerad como estaría mi corazón; pero reprimiendo la ira, le dije: «Ea, recita si no, algunos pasajes de los poetas modernos que son los más doctos.» Y en seguida cantó un fragmento de Eurípides, en el que un hermano ¡justo cielo! viola a su hermana de madre[562]. Entonces yo no pude contenerme y le dirigí los más terribles insultos, y después, como suele suceder, acumulamos injurias sobre injurias; y por último, este se lanza sobre mí, me golpea, me maltrata, me sofoca y me mata.
FIDÍPIDES.
Muy justamente. ¿Por qué no elogias al doctísimo Eurípides?
ESTREPSIADES.
¡El doctísimo! ¡Ah!... ¿Cómo diré yo? Pero seré de nuevo maltratado.
FIDÍPIDES.
Sí, por Júpiter, y justísimamente.
ESTREPSIADES.