Part 12
Habrá constantemente muchos sentados a tu puerta, deseando consultarte, hablar contigo y deliberar sobre infinitos pleitos y negocios en los que se cruzarán sumas inmensas. (_A Sócrates._) Pero enseña al viejo algunas de tus lecciones, sondea su espíritu y explora los alcances de su ingenio.
SÓCRATES.
Ea, dime qué clase de carácter tienes, para que, una vez conocido, pueda dirigir contra él nuevas máquinas.
ESTREPSIADES.
¡Cómo! ¿Acaso piensas asaltarme como si fuera una muralla?
SÓCRATES.
No: solamente quiero hacerte algunas breves preguntas. En primer lugar, ¿tienes memoria?
ESTREPSIADES.
Sí, por cierto, y de dos clases. Si me deben, tengo una memoria excelente; pero si debo, ¡pobre de mí!, soy muy olvidadizo.
SÓCRATES.
¿Tienes alguna disposición natural para la elocuencia?
ESTREPSIADES.
Para la elocuencia no, pero sí para el fraude.
SÓCRATES.
Entonces, ¿cómo podrás aprender?
ESTREPSIADES.
Perfectamente, no te inquietes por eso.
SÓCRATES.
Ea, manos a la obra; en cuanto yo te proponga alguna cuestión sobre las cosas celestes, te apoderas de ella inmediatamente.
ESTREPSIADES.
¡Qué! ¿Es preciso atrapar la sabiduría como un perro arrebata una tajada?
SÓCRATES.
¡Vaya un hombre ignorante y bárbaro! Me parece, anciano, que vas a necesitar algún correctivo. Vamos a ver, ¿qué haces cuando alguno te apalea?
ESTREPSIADES.
Me dejo apalear; después tomo testigos; en seguida ejercito mi acción ante el tribunal.
SÓCRATES.
Ea, quítate el vestido.
ESTREPSIADES.
¿Te he ofendido en algo?
SÓCRATES.
No; pero la costumbre es entrar desnudo[498].
ESTREPSIADES.
Yo no vengo aquí a buscar ninguna cosa robada[499].
SÓCRATES.
Abajo el vestido. ¿A qué decir tantas sandeces?
ESTREPSIADES.
Dime solo una cosa. Si soy muy aplicado y estudio con grande afán, ¿a cuál de tus discípulos me pareceré?
SÓCRATES.
Serás enteramente semejante a Querefonte.
ESTREPSIADES.
¡Ay desgraciado de mí! Entonces seré un cadáver ambulante.
SÓCRATES.
No charles tanto. Apresúrate y sígueme hacia ese lado.
ESTREPSIADES.
Dame antes una torta de miel, porque, al entrar ahí, siento tanto miedo como si bajase a la cueva de Trofonio[500].
SÓCRATES.
Anda: ¿por qué te detienes en la puerta?
CORO.
Marcha regocijado, sin que disminuya tu valor por eso. Ojalá tenga feliz éxito la empresa de este hombre, que en edad provecta ilustra su inteligencia con ideas nuevas y cultiva la sabiduría[501].
Espectadores, os diré francamente la verdad; lo juro por Baco, de quien soy discípulo[502]. Así salga yo vencedor y sea tenido por sabio, como es cierto que creyéndoos personas de buen gusto, sometí por primera vez a vuestra aprobación esta comedia, la mejor de las mías, trabajada con exquisito esmero. Y, sin embargo, a pesar de no merecer tal desgracia, fui vencido por rivales ineptos[503]. Por esto me quejo de vosotros, ilustrados jueces, a quienes dediqué mis trabajos. Mas no por tal motivo he de recusar la opinión de los doctos, ante quienes es tan agradable comparecer, y que oyeron, con tanta complacencia a mi _Prudente_ y mi _Deshonesto_[504], cuando yo (virgen aún porque no me era lícito parir)[505] expuse el fruto de mi ingenio, que recogido por otra madre[506] fue educado liberalmente por vosotros; desde lo cual creía tener asegurada vuestra benevolencia. Ahora, pues, se presenta mi Comedia como una nueva Electra buscando con la vista a aquellos sabios espectadores; y de seguro que reconocerá, en cuanto lo vea, el rizo de su hermano[507]. Reparad la decencia de sus costumbres. Es la primera que aparece en la escena sin venir armada de un instrumento de cuero, rojo por la punta, grueso y a propósito para hacer reír a los niños[508]; que no se burla de los calvos ni baila el córdax[509]; que no introduce un viejo golpeando con su bastón a todos los que encuentra para disimular la grosería de sus chistes, ni asalta la escena agitando una antorcha y gritando ¡Io! ¡Io!, ni confía más que en sí misma sus versos. Y yo, que soy su autor, ciertamente que no me enorgullezco[510] por tal cosa, ni procuro engañaros, presentándola dos y tres veces, sino que siempre invento comedias nuevas, que no se parecen entre sí y son todas bellas o ingeniosas. Cuando Cleón estaba en todo su poder yo lo he atacado frente a frente[511], pero en cuanto cayó cesé de insultarle. Los demás poetas, desde que Hipérbolo dio el ejemplo, atacan sin cesar al desgraciado sin perdonar ni a su madre. El primero de todos fue Éupolis, el cual presentó en escena su _Maricas_ que no era otra cosa que un mal arreglo de mis _Caballeros_; solo añadió una vieja embriagada que bailase el córdax; personaje inventado mucho tiempo hace por Frínico[512], que la exponía a la voracidad de un monstruo marino. Después Hermipo presentó a Hipérbolo; y todos los demás cayeron sobre Hipérbolo imitando mi comparación de las anguilas. ¡Ojalá los que ríen en sus comedias no se diviertan con las mías! En cuanto a vosotros, que os deleitáis con mi persona e invenciones, seréis considerados en el porvenir como personas de buen gusto.
SEMICORO.
Invoco primeramente en favor de este coro al gran Júpiter, rey del cielo y señor de los dioses; después al prepotente numen cuyo tridente irresistible conmueve la tierra y los salados mares; y a ti, nuestro ilustre padre, venerable Éter, alma de todas las cosas; y a ti, oh Sol, domador de corceles, que vivificas la tierra con tus brillantes rayos, y eres una divinidad poderosa entre los inmortales y los hombres.
CORO.
Sabios espectadores, parad en esto la atención. Nos quejamos de la injusticia con que nos tratáis; puesto que recibiendo de nosotras vuestra ciudad más beneficios que de todos los demás dioses, sin embargo ni sacrificáis ni hacéis libaciones en honor de vuestras conservadoras. Si se decreta alguna expedición insensata, inmediatamente tronamos o llovemos. Cuando elegisteis general al zurrador Paflagonio[513], enemigo de los dioses, fruncimos las cejas y dimos muestras de grande indignación; brilló el rayo acompañado de los estallidos del trueno; la luna abandonó su acostumbrado camino; y el sol[514], retirando su antorcha, negó sus resplandores a la tierra si Cleón era general. Sin embargo, le elegisteis, y desde entonces dicen que todas vuestras determinaciones son desacertadas, pero que los dioses convierten en buenas las faltas que cometéis. Os enseñaremos fácilmente la manera de aprovecharos de esto: apoderaos de Cleón[515], de esa gaviota voraz, y, después de condenarle por ladrón y sobornador, encabrestadlo y ahorcadle contra una viga: de esta manera repararéis vuestra falta y conseguiréis que produzca resultados en favor de la república.
SEMICORO.
Acude tú también, Febo soberano, dios de Delos, habitante de las elevadas y rocallosas cumbres del Cintio; y tú, Diana inmortal, que tienes en Éfeso un templo de oro, donde te sirven magníficamente las hijas de los lidios; y tú, Minerva, diosa de nuestra patria, señora de la égida, patrona de esta ciudad; y tú, alegre Baco, que vagas por la cima del Parnaso, al resplandor de las teas, entre las bacantes de Delfos.
CORO.
Cuando íbamos a marchar, la luna se ha acercado a nosotros y nos ha encargado en primer lugar que saludemos a los atenienses y a sus aliados. Después se ha mostrado enojada por la manera atroz con que la habéis tratado, cuando ella os presta mil servicios no de palabra sino de obra. Primeramente os economiza lo menos un dracma de luz cada mes; puesto que todos los que salen al oscurecer dicen a su criado: «No compres antorchas porque la luz de la luna es muy hermosa.» También dice que os hace otros muchos beneficios. Vosotros, en cambio, alteráis de un modo lamentable el orden de los días[516]. Así es que en todos ellos tiene que sufrir las quejas de los dioses cuando vuelven a sus palacios, frustradas sus esperanzas de una cena que debía ofrecérseles según el primitivo orden de los días. Cuando es ocasión de hacer sacrificios, os halláis ocupados en los tribunales. Cuando uno ayuna llorando la muerte de Memnón o de Sarpedón[517], otros ríen y beben. Por eso nosotras hemos arrebatado su corona a Hipérbolo, cuando, designado por la suerte, acudía este año a la asamblea de los Anfictiones. Así aprenderá a arreglar los días conforme a las revoluciones de la luna.
* * * * *
SÓCRATES.
Juro por la respiración, por el caos y por el aire, no haber visto nunca un hombre tan grosero, tan estúpido y tan olvidadizo. Las sutilezas más sencillas las olvida antes de haberlas aprendido. Sin embargo, le llamaré a la luz del día. ¡Hola, Estrepsiades! Sal aquí y tráete la cama.
ESTREPSIADES.
No me dejan llevarla las chinches.
SÓCRATES.
Colócala pronto y préstame atención.
ESTREPSIADES.
Heme aquí.
SÓCRATES.
Ea, dime: ¿cuál de las cosas que ignoras quieres aprender primero: los versos, la medida o el ritmo?
ESTREPSIADES.
La medida. Precisamente un comerciante de harina me defraudó el otro día dos quénices[518].
SÓCRATES.
No te pregunto eso; sino qué medida te parece más hermosa, la de tres o la de cuatro[519].
ESTREPSIADES.
Ninguna hay mejor que el semisextario[520].
SÓCRATES.
¡Pobre hombre! Solo dices necedades.
ESTREPSIADES.
¿Qué apuestas a que el semisextario es la medida de cuatro?
SÓCRATES.
¡Ve enhoramala! ¡Cuidado que eres díscolo y grosero! Vamos a ver si aprendes con más facilidad algo del ritmo.
ESTREPSIADES.
¿De qué me servirá el ritmo para vivir?
SÓCRATES.
Serás amable y chistoso cuando conozcas el ritmo enoplio[521] y el del dáctilo.
ESTREPSIADES.
¿El del dáctilo? Por Júpiter, ya le conozco.
SÓCRATES.
Pues dilo.
ESTREPSIADES.
Este[522]. Cuando era joven me servía de este otro.
SÓCRATES.
Eres tonto y grosero.
ESTREPSIADES.
Pero, desdichado, ¡si yo no quiero aprender ninguna de esas cosas!
SÓCRATES.
¿Pues cuáles quieres?
ESTREPSIADES.
Aquel, aquel razonamiento injusto.
SÓCRATES.
Pero antes es necesario aprender otras cosas. En primer lugar, tienes que saber cuáles son los cuadrúpedos machos.
ESTREPSIADES.
¿Pues no lo sé, o acaso estoy loco? El carnero, el cabrón, el toro, el perro, el faisán...[523]
SÓCRATES.
¿Ves lo que haces? Llamas faisán a la hembra lo mismo que al macho.
ESTREPSIADES.
¿Cómo es eso?
SÓCRATES.
¿Cómo? faisán y faisán.
ESTREPSIADES.
Verdad es lo que dices, por Neptuno. Mas ¿de qué modo llamaré a la hembra?
SÓCRATES.
Faisana; y al otro faisán[524].
ESTREPSIADES.
Faisana. Tienes razón, por el Aire. Solo por eso he de llenar de trigo tu troj[525].
SÓCRATES.
Nueva falta. Haces masculino un nombre femenino.
ESTREPSIADES.
¿Cómo hago masculina la troj?
SÓCRATES.
Lo mismo que diciendo Cleón[526].
ESTREPSIADES.
¿Por qué razón? Explícate.
SÓCRATES.
Dices troj lo mismo que Cleón.
ESTREPSIADES.
Pero, querido, si Cleón no tenía troj y amasaba la harina en un mortero redondo. Acabemos. ¿Cómo deberé decir?
SÓCRATES.
¿Cómo? diciendo _troja_ como dices _Sóstrata_.
ESTREPSIADES.
¡_Troja_!
SÓCRATES.
Así está bien.
ESTREPSIADES.
De modo que debe decirse _troja_, Cleona.
SÓCRATES.
También debes aprender a distinguir en los nombres de las personas cuáles son masculinos y cuáles femeninos.
ESTREPSIADES.
Conozco perfectamente los que son femeninos.
SÓCRATES.
Di algunos.
ESTREPSIADES.
Lisila, Filina, Clitágora, Demetria.
SÓCRATES.
¿Y qué nombres son masculinos?
ESTREPSIADES.
Muchísimos. Filóxeno, Melexias, Aminias.
SÓCRATES.
Pero, tonto, esos no son masculinos.
ESTREPSIADES.
¿No son masculinos para vosotros?
SÓCRATES.
De ninguna manera. ¿Cómo dirás para llamar a Aminias?
ESTREPSIADES.
¿Cómo diré? así: ¡Aminia! ¡Aminia![527].
SÓCRATES.
¿Lo ves? Ya llamas a Aminias como si fuera una mujer.
ESTREPSIADES.
¿Y no es justo llamar así al que no va al ejército? Mas, ¿para qué aprendo lo que todos sabemos?
SÓCRATES.
Para nada, en verdad. Pero acuéstate ahí...
ESTREPSIADES.
¿Qué hago?
SÓCRATES.
Pensar un poco en tus asuntos.
ESTREPSIADES.
Por favor, no me mandes tenderme en esa cama. Si es de todo punto preciso el acostarse, déjame meditar sobre el duro suelo.
SÓCRATES.
Eso es imposible.
ESTREPSIADES.
¡Infeliz de mí! ¡Cuánto me van a atormentar hoy las chinches!
SÓCRATES.
Medita y reflexiona; reconcentra tu espíritu, y hazle discurrir en todos sentidos. Cuando tropieces con alguna dificultad, pasa inmediatamente a otro asunto, y así el dulce sueño huirá de tus párpados.
ESTREPSIADES.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
SÓCRATES.
¿Qué te pasa? ¿Qué te aflige?
ESTREPSIADES.
Perezco miserablemente; las chinches, que brotan de esta cama, me muerden, me desgarran los costados, me chupan la sangre, me ulceran todo el cuerpo[528] y me matan.
SÓCRATES.
No te quejes tan fuerte.
ESTREPSIADES.
¿Cómo no he de gritar si he perdido mis bienes, mi sangre, mi alma y mis zapatos, y para colmo de males, voy a perder aquí lo poco que me queda?
SÓCRATES.
¡He, tú! ¿qué haces? ¿No meditas?
ESTREPSIADES.
Sí, por Neptuno.
SÓCRATES.
Y ¿en qué piensas?
ESTREPSIADES.
Pienso en si dejarán algo de mí las chinches.
SÓCRATES.
Te perderás sin remedio.
ESTREPSIADES.
¡Pero, buen hombre, si ya estoy perdido!
SÓCRATES.
No desfallezcas, y envuélvete bien. Es preciso discurrir algún fraude, algún paliativo.
ESTREPSIADES.
¡Ay! ¿Quién me arrojará como paliativo una piel de carnero?
SÓCRATES.
Ea, veré primeramente lo que hace este. ¡Hola! ¿Duermes?
ESTREPSIADES.
No, por Apolo.
SÓCRATES.
¿Tienes algo?
ESTREPSIADES.
Nada tengo.
SÓCRATES.
¿Nada absolutamente?
ESTREPSIADES.
Nada más que esto.[529]
SÓCRATES.
Cúbrete y discurre algo.
ESTREPSIADES.
¿Sobre qué? Contesta, Sócrates.
SÓCRATES.
Di tú lo que quieres hallar primeramente.
ESTREPSIADES.
¿No lo has oído mil veces? Quisiera hallar el medio de no pagar los intereses a ningún usurero.
SÓCRATES.
Pues manos a la obra, cúbrete, fija tu inteligencia en un pensamiento sutil y estudia minuciosamente el asunto, distinguiendo bien sus diferentes partes y reflexionando sobre ellas.
ESTREPSIADES.
¡Ay de mí!
SÓCRATES.
Tranquilízate; si tropiezas con alguna dificultad, sepárate de ella; y en seguida vuelve al mismo pensamiento y reflexiona sobre él.
ESTREPSIADES.
¡Ay, queridísimo Sócrates!
SÓCRATES.
¿Qué pasa, anciano?
ESTREPSIADES.
Ya he dado con un medio de no pagar los intereses.
SÓCRATES.
Manifiéstalo.
ESTREPSIADES.
Di: ¿si yo comprase una hechicera de la Tesalia, que hiciera bajar de noche a la luna y la guardase después encerrada en una caja redonda, como si fuera un espejo...?
SÓCRATES.
¿Para qué puede servirte...?
ESTREPSIADES.
¿Para qué? Si la luna no volviese a salir, yo no tendría que pagar más intereses.
SÓCRATES.
¿Cómo?
ESTREPSIADES.
Porque los intereses se pagan cada mes.
SÓCRATES.
Perfectamente. Pero yo voy a proponerte otra astucia. Dime, si se dicta contra ti una sentencia que te condena al pago de cinco talentos, ¿cómo te arreglarás para que desaparezca?
ESTREPSIADES.
¿Cómo? ¿Cómo? No sé: pero es preciso hallar un medio.
SÓCRATES.
No concentres siempre el pensamiento dentro de ti mismo; dale suelta y déjale volar como un escarabajo a quien se ata un hilo al pie para que no se escape.
ESTREPSIADES.
He hallado un medio ingeniosísimo para anular la sentencia; tú vas a ser de mi opinión.
SÓCRATES.
¿Cuál?
ESTREPSIADES.
¿Has visto alguna vez en la tienda de los droguistas una piedra hermosa y diáfana, que sirve para encender fuego?
SÓCRATES.
¿Hablas del cristal?
ESTREPSIADES.
Del mismo.
SÓCRATES.
Y bien, ¿qué harías?
ESTREPSIADES.
Cogería el cristal, y cuando el escribano escribiera la sentencia, yo, permaneciendo bastante separado, derretiría[530] al sol el documento que me condenaba.
SÓCRATES.
Ingeniosísimo, por las Gracias.
ESTREPSIADES.
¡Qué placer, borrar una sentencia que me condena al pago de cinco talentos!
SÓCRATES.
Vamos a ver si encuentras pronto esto.
ESTREPSIADES.
¿Qué?
SÓCRATES.
El modo de contradecir la petición del demandante en un juicio, cuando ya vas a ser condenado, por falta de testigos.
ESTREPSIADES.
Eso es sumamente fácil.
SÓCRATES.
Veamos.
ESTREPSIADES.
Cuando no quedase por sentenciar más que un pleito antes del mío, correría a ahorcarme.
SÓCRATES.
Eso nada vale.
ESTREPSIADES.
¿Pues no ha de valer? Por los dioses, ¿quién me pondría pleito después de mi muerte?
SÓCRATES.
Desvarías. Vete de aquí; no quiero enseñarte más.
ESTREPSIADES.
Por los dioses, querido Sócrates, dime la causa.
SÓCRATES.
Porque olvidas al instante todo cuanto se te enseña. Y si no, dime: ¿qué era lo que has aprendido primeramente?
ESTREPSIADES.
Veamos: ¿qué era lo primero? ¿qué era lo primero?... ¿qué era aquello en que guardábamos el trigo?... ¡Ay de mí! ¿qué era?
SÓCRATES.
Vaya enhoramala el más desmemoriado y el más estúpido de todos los viejos.
ESTREPSIADES.
¡Ah desdichado! ¿Qué será de mí? Soy perdido, por no haber aprendido a manejar bien la lengua. Vosotras, oh Nubes, dadme algún buen consejo.
CORO.
Nosotras, anciano, te aconsejamos que si tienes educando a algún hijo, lo envíes para que estudie por ti.
ESTREPSIADES.
Tengo un hijo bueno y hermoso; pero no quiere estudiar. ¿Qué haré?
CORO.
Y ¿tú toleras eso?
ESTREPSIADES.
Es vigoroso y de buena constitución, y desciende por parte de madre de la noble familia de Cesira. Me dirigiré a él, y si se niega, no como pan hasta que no lo eche de casa. Entra, tú, adentro y espérame un poco.
CORO.
¿Reconoces[531] que nosotras te proporcionamos más bienes que todos los demás dioses? Porque ese está dispuesto a hacer todo cuanto le mandes. El pobre hombre queda atónito y deslumbrado por tu ingenio; procura sacar de él todo cuanto puedas, y que sea pronto, porque no suelen durar mucho tan buenas disposiciones.
* * * * *
ESTREPSIADES.
No, no permanecerás más en esta casa, lo juro por la Niebla: lárgate, y cómete las columnas[532] de tu tío Megacles.
FIDÍPIDES.
¡Desgraciado! ¿Qué te pasa, padre mío? Por Júpiter olímpico, tú has perdido el seso.
ESTREPSIADES.
¡Mira, mira «Júpiter olímpico»! ¡Qué estupidez! ¿A tu edad crees en Júpiter olímpico?
FIDÍPIDES.
¿De qué te ríes?
ESTREPSIADES.
De verte tan chiquillo dando crédito a todas esas vejeces. Acércate y sabrás muchas cosas; y aun te diré alguna que en cuanto la sepas te sentirás convertido en hombre; pero no se la digas a nadie.
FIDÍPIDES.
Heme aquí. ¿Qué es ello?
ESTREPSIADES.
Acabas de jurar por Júpiter.
FIDÍPIDES.
Es cierto.
ESTREPSIADES.
¡Mira qué bueno es estudiar! No existe Júpiter, querido Fidípides.
FIDÍPIDES.
¿Pues quién?
ESTREPSIADES.
Reina el Torbellino, que ha expulsado a Júpiter.
FIDÍPIDES.
¿Qué estás disparatando?
ESTREPSIADES.
Sabe que es como te digo.
FIDÍPIDES.
¿Quién dice eso?
ESTREPSIADES.
Sócrates el Meliense[533], y Querefonte, que conoce las huellas de una pulga.
FIDÍPIDES.
¿Tan adelante has ido en tu locura que das crédito a esos atrabiliarios?
ESTREPSIADES.
Contén la lengua, y no murmures de esos hombres hábiles e inteligentes que, por economía, ni se rasuran, ni se perfuman, ni van nunca al baño para lavarse; mientras que tú disipas mis bienes, como si ya hubiese muerto. Pero ve cuanto antes y aprende por mí.
FIDÍPIDES.
¿Qué cosa buena puede aprenderse de ellos?
ESTREPSIADES.
Toda la sabiduría humana. Tú mismo has de conocer lo ignorante y estúpido que eres. Pero espérame aquí un momento[534].
FIDÍPIDES.
¡Ah! ¿Qué haré? Mi padre está loco. ¿Le argüiré de demencia en los tribunales, o noticiaré su enfermedad a los confeccionadores de ataúdes?
ESTREPSIADES.
Vamos a ver: ¿cómo llamas a este pájaro?
FIDÍPIDES.
Faisán.
ESTREPSIADES.
Bien, ¿y a esta hembra?
FIDÍPIDES.
Faisán.
ESTREPSIADES.
¿Los dos lo mismo? Eso es ridículo. En adelante no hables. Llama a esta faisana y a aquel faisán.
FIDÍPIDES.
¿Faisana dices? ¿Esas son las grandes cosas que has aprendido de los hijos de la Tierra?
ESTREPSIADES.
Y otras muchas; pero a causa de mis años cuando aprendía algo se me olvidaba en seguida.
FIDÍPIDES.
¿Por eso has perdido tu vestido?
ESTREPSIADES.
No lo he perdido; lo he dejado en la escuela.
FIDÍPIDES.
¿Y qué has hecho de tus zapatos, pobre tonto?
ESTREPSIADES.
Los he perdido, como Pericles[535], en lo que era necesario. Ea, anda, marchemos: si obedeces a tu padre, podrás delinquir sin cuidado alguno. No habías cumplido seis años y aún balbuceabas, cuando yo te compré en las fiestas de Júpiter un carrillo con el primer óbolo que gané administrando justicia en el Heliástico.
FIDÍPIDES.
Algún día te pesará lo que haces.
ESTREPSIADES.
Bien, ya me obedeces. ¡He Sócrates, sal aquí pronto! Te traigo a mi hijo, a quien he convencido a duras penas.
SÓCRATES.
Este es un mozo inexperto y no acostumbrado a nuestros cestos colgantes.
FIDÍPIDES.
Más acostumbrado estarías tú si te colgases.
ESTREPSIADES.
¿No te irás al infierno? Estás insultando a tu profesor.
SÓCRATES.
¡Si _te colgases_, ha dicho! ¡Qué horrible pronunciación! ¡Qué abrir la boca! ¿Cómo podrá aprender este la manera de ganar un pleito, de entablar una demanda y de destruir los argumentos del contrario? Hipérbolo aprendió todo esto por un talento.
ESTREPSIADES.
No te apures y enséñale: porque tiene disposición natural. Cuando era pequeñito, ya construía casas, esculpía naves, fabricaba carritos de cuero y hacía ranas de cáscaras de granada. Enséñale los dos razonamientos, el bueno, cualquiera que sea, y el malo, que triunfa del bueno por medio de la injusticia; o, por lo menos, enséñale el razonamiento injusto.
SÓCRATES.
Lo aprenderá de los mismos razonamientos.
ESTREPSIADES.
Yo me retiro. Acuérdate de ponerle en estado de refutar todos los argumentos justos.
* * * * *
CORO.
(_Falta el canto del coro._)
* * * * *
EL RAZONAMIENTO JUSTO[536].
Sal aquí y muéstrate a los espectadores, tú que eres tan descarado.
EL RAZONAMIENTO INJUSTO.
Sea como gustes; al fin te derrotaré con más facilidad hablando ante la multitud.
EL JUSTO.
¿Tú derrotarme? ¿Quién eres?
EL INJUSTO.
Un razonamiento.
EL JUSTO.
Sí, pero débil.
EL INJUSTO.
Pues te venceré, aunque te crees más fuerte.
EL JUSTO.
¿De qué modo?
EL INJUSTO.
Inventando pruebas nuevas.
EL JUSTO.
Eso está hoy de moda, gracias a esos necios.
EL INJUSTO.
Di más bien a esos sabios.
EL JUSTO.
Yo te derrotaré vergonzosamente.
EL INJUSTO.
¿Cómo?
EL JUSTO.
Diciendo lo que sea justo.
EL INJUSTO.
Yo lo echaré todo por tierra contradiciéndote. En primer lugar, niego que haya justicia.
EL JUSTO.
¿Dices que no hay...?
EL INJUSTO.
Claro; y si no, ¿dónde está?
EL JUSTO.
Entre los dioses.
EL INJUSTO.
Si la justicia existe, ¿cómo es que Júpiter no pereció cuando encadenó a su padre?
EL JUSTO.
¡Cómo! ¿Hasta ese extremo llega el mal? ¡Qué asco! Traedme una jofaina.
EL INJUSTO.
Eres un viejo chocho e imbécil.
EL JUSTO.
Y tú un bardaje sin vergüenza...
EL INJUSTO.
Como si me cubrieras de rosas.
EL JUSTO.
¡Payaso!...
EL INJUSTO.
Me coronas de lirios.
EL JUSTO.
Y parricida.
EL INJUSTO.
Pero ¿no conoces que me empolvas con oro?
EL JUSTO.
En otro tiempo esto te parecía plomo.
EL INJUSTO.
Pues ahora me sirve de adorno.
EL JUSTO.
¡Qué desvergonzado!
EL INJUSTO.
¡Qué estúpido!
EL JUSTO.
Por ti no frecuenta ningún joven las escuelas: ya conocerán algún día los atenienses lo que enseñas a esos necios.
EL INJUSTO.
Tu suciedad me repugna.
EL JUSTO.
Ahora eres rico, pero no ha mucho pedías limosna, y te comparabas a Telefo de Misia, teniendo por única comida las sentencias de Pandeletes que llevabas en tu alforja.
EL INJUSTO.
¡Qué gran sabiduría...!
EL JUSTO.
¡Qué gran locura...!
EL INJUSTO.
¡Me estás recordando...!
EL JUSTO.
La tuya y la de Atenas que alimenta al corruptor de la juventud.
EL INJUSTO.
¿Pretendes educar a este joven, viejo chocho?
EL JUSTO.
Claro está que sí, a no ser que quiera perderse y ejercitarse solo en la charlatanería.
EL INJUSTO.
Acércate aquí y déjale que delire.
EL JUSTO.
Te arrepentirás si le tiendes la mano.
CORO.