Chapter 8
Íbamos por el lado del bosque, y al pasar observé que había humo en la chimenea de la casita, luz en las ventanas, y frente a la puerta, de par en par, unos cazadores, unos cazadores equipados completamente y una traílla de perros que saltaban. Al pasar nosotros, gritó uno de los cazadores:
--Vamos a registrar el llano esta mañana, y luego, después de almorzar, registraremos el bosque.
Entonces comprendí por qué mi viejo compañero nos conducía tan aprisa a la arboleda. A pesar de esto palpitábame el corazón, especialmente al acordarme de mis pobres amigos.
De repente, cuando llegábamos al lindero, echaron al galope detrás de nosotros a los perros...
--¡Agáchate, agáchate!--me dijo el viejo bajándose; al mismo tiempo, a diez pasos de nosotros, una codorniz atemorizada abrió cuanto pudo sus alas y su pico, y tendió el vuelo dando un grito de miedo. Oí un formidable ruido y nos rodeó un polvo de un olor extraño, blanco y caliente, aunque apenas había salido el sol. Estaba yo tan asustado que ya me era imposible correr. Felizmente entrábamos en el bosque. Mi camarada se acurrucó tras una pequeña encina, yo me coloqué junto a él y ambos estuvimos allí ocultos, mirando por entre las hojas.
En los campos oíase un terrible fuego de fusil. A cada escopetazo cerraba yo los ojos despavorido; después, cuando los volvía a abrir, veía el llano inmenso y desnudo, y los perros corriendo, olfateando entre las briznas de hierba, entre las gavillas, girando sobre sí mismos, alocados. Los cazadores juraban detrás de ellos y los llamaban; las escopetas brillaban al sol. Hubo un momento en que me pareció ver volar como hojas sueltas entre una nubecilla de humo, aun cuando en los alrededores no había árbol alguno. Pero el viejo macho me dijo que eran plumas, y efectivamente a cien pasos frente a nosotros un hermoso perdigón gris cayó dentro de un surco, doblando su cabeza ensangrentada.
Cuando ya el sol quemaba en lo alto, cesó repentinamente el tiroteo. Los cazadores regresaban hacia la casita, donde se oía chisporrotear una gran hoguera de sarmientos. Conversaban con la escopeta al hombro, discutían los disparos hechos, y mientras tanto sus perros seguíanles jadeantes, con la lengua colgando...
--Van a almorzar--me dijo mi compañero;--vamos a hacer nosotros lo mismo que ellos.
Entramos en un sembrado de trigo morisco junto al bosque, un gran campo blanco y negro, en flor y granado, con perfumes de almendra. Picoteaban también allí unos hermosos faisanes de irisadas plumas, bajando sus crestas rojas por temor a ser vistos. ¡Ah! ¡Estaban menos altivos que de ordinario! Mientras comían, nos pidieron noticias preguntándonos si había caído alguno de los suyos. Durante este tiempo, el almuerzo de los cazadores, silencioso al principio, hacíase cada vez más bullicioso, oíamos chocar las copas y saltar los corchos de las botellas. El viejo macho me previno que ya era hora de volver a nuestro refugio.
Podía decirse que a la sazón el bosque dormía. La charca adonde acuden los gamos a beber no estaba enturbiada por ningún lengüetazo. No se veía un hocico de conejo entre los serpoles del vivar. Percibíase solamente un estremecimiento misterioso, como si cada hoja, cada brizna de hierba protegiese una vida amenazada. ¡Esa caza de monte tiene tantos escondrijos! Las gazaperas, la montanera, las fajinas, las malezas y además los hoyitos de bosque que durante tanto tiempo conservan el agua llovediza. Confieso que me hubiera agradado estar en el fondo de uno de esos agujeros; mas mi acompañante prefería estar al descubierto, tener anchuras, ver a lo lejos y sentir ante sí el campo libre. Hicimos bien, porque los cazadores se internaban en la selva.
¡Oh! No podré olvidar jamás aquella primera descarga en el bosque, aquel tiroteo que horadaba las hojas como el granizo en abril y señalaba las cortezas de los árboles. Un conejo pasó huyendo a todo correr a través del camino, arrancando matitas de hierba con sus uñas extendidas. Una ardilla descendió precipitadamente de un castaño, dejando caer castañas aún verdes. Sintiéronse dos o tres pesados revuelos de gordos faisanes y un barullo entre las ramas bajas y las hojas secas, al viento de ese escopetazo que agitó, despertó y atemorizó a todo bicho viviente en el bosque. Los musgaños se ocultaban en lo más hondo de sus agujeros. Un escarabajo, que salió del hueco del árbol que nos guarecía, movía sus ojos prominentes y estúpidos, yertos de terror. Por doquiera veíanse pobres bichitos azorados, libélulas azules, moscardones, mariposas... hasta un saltamontes pequeñito con alas de color escarlata, que se detuvo junto a mi pico; pero también yo estaba sumamente asustado para aprovecharme de su miedo.
El viejo, por su parte, seguía siempre tan tranquilo. Muy atento a los ladridos y a los disparos, hacíame señas cuando se aproximaban y nos íbamos un poco más lejos, fuera de la pista de los perros, y muy ocultos entre el follaje. Sin embargo, una vez mi sobresalto fue tremendo, porque nos consideramos ya perdidos. La calle de árboles que teníamos que cruzar estaba guardada a cada extremo por un cazador que atisbaba. Por un lado, un mocetón con patillas negras, quien sonaba como una panoplia vieja cuando se movía, con su cuchillo de monte y su cartuchera y el cuerno de municiones, sin mencionar que sus polainas hebilladas hasta las rodillas le hacían parecer aún más alto; en el otro extremo, un viejecito, apoyado muy tranquilamente en un árbol, fumaba en su pipa, guiñando los ojos como si tuviera sueño. Este no me asustaba, sino el mocetón de allá abajo...
--No entiendes nada de esto, Rojillo--me dijo mi camarada riéndose. Y sin temor ninguno, con las alas abiertas de par en par, alzó el vuelo casi entre las piernas del terrible cazador de las patillas. Y la verdad es que el pobre hombre estaba tan engolfado con todos sus atavíos de caza, tan distraído contemplándose de arriba abajo, que cuando se echó al hombro la escopeta nos encontrábamos ya fuera de su alcance. ¡Ah! ¡Si cuando los cazadores creen estar solos en un rincón de un bosque, supieran cuántos ojuelos fijos les miran desde los matorrales, cuántos piquitos puntiagudos contienen la risa al ver su torpeza!...
Nosotros andábamos, andábamos sin detenernos. Considerando que lo mejor que podía hacer era seguir a mi viejo acompañante, mis alas se desplegaban a compás de las suyas, para replegarse y quedar inmóviles tan pronto como él se detenía. Aun me parece ver todos los sitios por donde pasamos: el conejar cuajado de brezos, lleno de madrigueras junto a los árboles amarillentos, con esa gran cortina de robledales donde creía ver escondida la muerte por doquiera, y la verde sendita por donde mi madre la Perdiz había paseado tantas veces su pollada bajo el sol de mayo, donde picoteábamos, saltando, las hormigas rojas que subían por nuestras patas, donde encontrábamos faisanitos cebados, gordos como pollastres, y que se negaban a jugar con nosotros.
Vi como en un sueño mi senderito, en el momento en que lo atravesaba una corza, erguida sobre sus delgadas patas con los ojos muy abiertos y dispuesta a saltar. Después, la balsa adonde acudíamos en partidas de quince o treinta, todos al mismo vuelo, alzándonos en un momento de la llanura, para beber el agua del manantial y salpicarnos de gotitas que rodaban sobre el lustroso plumaje... En medio de esa charca había una aliseda, algo así como un ramillete muy espeso, y en aquel islote nos guarecimos. Hubiera sido necesario que los perros tuviesen una nariz de primera para ir a buscarnos en aquel sitio. A poco de llegar nosotros, presentose un corzo arrastrándose sobre tres patas y dejando tras de sí un surco rojo sobre el musgo. Daba tanta tristeza el verlo, que oculté la cabeza bajo las hojas; pero oía al herido beber en la charca resollando y ardiendo en fiebre...
Declinaba el día. Los disparos de escopeta se alejaban y disminuían en número. Después quedó todo en silencio... Aquello había terminado. Entonces regresamos despacio a la llanura, para saber algo de nuestra gente. Al pasar por delante de la casita de madera, presencié una cosa horrible.
En el borde de un hoyo, los unos cerca de los otros, yacían liebres de rojo pelo y conejillos grises de cola blanca, con las patitas juntas por la muerte, en actitud de implorar misericordia, y con ojos empañados como si llorasen; además, perdices rojas, machos de perdiz grises, con la _herradura_ como mi camarada, y perdigoncillos de aquel año que, como yo, tenían todavía pelusa debajo de las plumas. ¿Hay nada más tétrico que una ave muerta? ¡ Las alas son tan vivas! El verlas plegadas y frías hace temblar... Un gran corzo, magnífico y tranquilo, parecía dormir, con su lengüecita sonrosada fuera de la boca, cual si aun fuese a lamer.
Y también estaban allí los cazadores, inclinados sobre aquella carnicería, contando y tirando hacia sus morrales de las patas ensangrentadas y de las alas rotas, con menosprecio de todas esas heridas recientes. Los perros, atraillados para el camino, fruncían aún sus hocicos en ristre, como si se dispusiesen a volver a lanzarse a los tallares del soto.
¡Oh, mientras el ancho sol ocultábase allá abajo y se alejaban todos jadeantes, agrandando sus sombras sobre los terrones de los surcos y las sendas húmedas con el sereno del crepúsculo, cómo maldecía yo, cómo odiaba a toda la banda, hombres y animales!... Ni mi compañero ni yo podíamos lanzar, como de costumbre, unas notitas de despedida a ese día que expiraba.
Vimos en nuestro camino infelices bestezuelas, muertas por un extraviado perdigón de plomo y sirviendo de pasto a las hormigas; musgaños con el hocico lleno de polvo, picazas, golondrinas derribadas al vuelo, tendidas de espaldas y levantando sus yertas patitas hacia el cielo, de donde descendía la noche precipitadamente, como suele en otoño, clara, fría y húmeda. Pero lo que más profundamente conmovió todo mi ser fue oír en los linderos del bosque, al margen del prado y allá abajo en los juncales del río, llamamientos angustiosos, tristes y diseminados, que, no siendo contestados por nadie, iban a perderse en las lejanías del espacio.
EL EMPERADOR CIEGO
O VIAJE A BAVARIA PARA BUSCAR UNA TRAGEDIA JAPONESA
I
EL SEÑOR CORONEL DE SIEBOLDT
El señor de Sieboldt, el coronel bávaro al servicio de Holanda, señor de Sieboldt cuyas notables obras acerca de la flora japonesa le han conquistado merecida reputación en los círculos científicos, llegó a París, durante la primavera de 1866, para someter al Emperador un vasto proyecto de asociación internacional para la explotación de ese maravilloso _Nipon-Jepen-Japon_ (Imperio de la salida del Sol), donde había residido durante más de treinta años. Esperando que se le concediera una audiencia en las Tullerías, el ilustre viajero (que no obstante su larga permanencia en el Japón había continuado siendo muy bávaro), pasaba sus veladas en una pequeña cervecería del arrabal Poissonnière, acompañado por una señorita joven de Munich que viajaba con él, y a quien presentaba como sobrina suya en todas partes. Allí fue donde lo encontré yo. Al entrar él, volvíanse todos para contemplar la fisonomía de ese anciano, firme y tieso con sus setenta y dos años, sus largas barbas canas, su interminable hopalanda, su ojal lleno de cintas con los distintivos de todas las academias científicas, y aquel extraño aspecto, que revelaba a un tiempo timidez y desenvoltura. El coronel se sentaba con mucha seriedad y sacaba del bolsillo un gran rábano negro; después la joven señorita que lo acompañaba, con todas las trazas de una alemana, de falda corta, chal de cenefa y sombrerito de viaje, cortaba ese rábano en rodajas muy finas, al estilo de la tierra, las espolvoreaba de sal, se las ofrecía a su _tío_, como ella le llamaba con su vocecita de ratón, y los dos empezaban a rumiar uno frente a otro, tranquila y sencillamente, sin suponer que su manera de conducirse en París pudiera parecer a nadie ridícula, puesto que no hacían ni más ni menos que lo que habían hecho en Munich. Verdad es que eran una pareja original y simpática, y no tardamos en ser buenos amigos. El bueno del hombre, viendo la satisfacción que experimentaba oyéndole hablar del Japón, habíame pedido que revisara su Memoria, y yo me apresuré a complacerlo, no sólo por amistad hacia ese viejo Simbad, sino también para enfrascarme más y más en el estudio de ese hermoso país, el amor al cual me había transmitido. La tal revisión me fue muy penosa. Toda la Memoria estaba escrita en el francés estrafalario que hablaba el señor de Sieboldt: «Si yo tenga accionistas... si yo _reuniría_ fondos...» esos defectos de pronunciación que le hacían escribir desatinos como éstos: «Los grandes _botes_ del Asia» por «los grandes _vates_ del Asia» y «el _Jabón_» en lugar de «el _Japón_...» Agréguese a esto, frases de cincuenta líneas sin signos de puntuación, sin una sola coma, sin ningún descanso para respirar, y, no obstante, tan bien clasificadas en el cerebro del autor, que le parecía imposible suprimir ni una sola palabra, y cuando me ocurría tachar una línea en un lado, la volvía él a escribir un poco más lejos... ¡Lo mismo da! Lo cierto es que ese diablo de hombre era tan interesante con su _Jabón_, que me hacía olvidar las fatigas del trabajo, y llegado el día de la audiencia, la Memoria casi podía caminar por sí sola.
¡Pobre veterano Sieboldt! Todavía me parece verlo irse a las Tullerías, con todas sus cruces en el pecho, con ese brillante uniforme de coronel (grana y oro) que no desembaulaba más que en las grandes ocasiones. Aun cuando todo el tiempo estaba ¡brum! ¡brum! irguiendo su elevada estatura, adiviné su emoción por el temblor de su brazo sobre el mío, y especialmente, por la insólita palidez de su nariz, un narigón de sabihondo, rojo por el estudio y por la cerveza de Munich. Cuando volví a encontrarlo, por la noche, estaba triunfante: Napoleón III lo había recibido entre dos puertas, escuchado durante cinco minutos y despedido con su frase ordinaria: «Veré... pensaré en ello.» Sin más que eso, el cándido japonés intentaba ya adquirir en arrendamiento el primer piso del _Gran-Hôtel_, poner comunicados en los periódicos, publicar prospectos; costome gran trabajo hacerle comprender que Su Majestad quizá se tomase mucho tiempo para reflexionar y que, mientras, lo más conveniente sería que volviera a Munich, donde la cámara estaba precisamente a punto de votar un crédito para la adquisición de sus grandes colecciones. Mis advertencias lo convencieron, y en recompensa del trabajo que me tomé con su famosa Memoria, me prometió al marchar enviarme una tragedia japonesa del siglo XVI, preciosa obra maestra desconocida por completo en Europa, y que había traducido _ex profeso_ para su amigo Meyerbeer. Cuando murió el maestro, se disponía a escribir la música de los coros. Como ustedes ven, el excelente hombre deseaba hacerme un verdadero obsequio.
Desgraciadamente, algunos días después de su partida, estalló la guerra en Alemania, y no volví a oír hablar más de mi tragedia. Habiendo invadido los prusianos los reinos de Würtemberg y de Bavaria, era bastante natural que su ardor patriótico y el gran trastorno de la invasión hubieran hecho olvidar al coronel la tragedia japonesa que, según me había manifestado, se titulaba _Emperador ciego_. Pero yo pensaba en él más que nunca, y, no sólo por deseos de poseer la obra ofrecida, sino también por curiosidad de ver de cerca lo que era la guerra, la invasión (¡Dios mío, ahora la recuerdo muy bien con todos sus horrores!) lo cierto es que una mañana temprano resolví marchar a Munich.
II
LA ALEMANIA DEL SUR
¡Pueden ustedes hablarme de los pueblos de sangre gorda! En plena guerra, con ese sol achicharrante del mes de agosto, todo el país de más allá del Rhin, desde el puente de Kehl hasta Munich, tenía su aspecto tan frío y tan poco inquieto. Por las treinta ventanillas del vagón würtembergués que me conducía lenta y pesadamente a través de la Suabia, desfilaban paisajes, montañas, torrenteras, quebradas de magnífico verdor en que se sentía la frescura de los arroyos. Por las pendientes que desaparecían girando según avanzaban los vagones, había aldeanas tiesas en medio de sus rebaños, vestidas con sayas coloradas y corpiños de terciopelo, y los árboles eran tan verdes en derredor suyo, que parecía todo aquello una pastorela sacada de una de esas cajitas de abeto, que tan bien huelen a resina y a pino, de los bosques del Norte. De trecho en trecho, una docena de soldados de infantería vestidos de verde marcaban el paso en una pradera, con la cabeza erguida y una pierna al aire, llevando sus fusiles a modo de ballestas: era el ejército de cualquier principillo de Nassau. A veces también pasaban trenes tan lentos como el nuestro, cargados con grandes barcas, donde los soldados würtembergueses, amontonados como en una carroza alegórica, cantaban barcarolas a tres voces, al huir ante los prusianos. Y nuestras detenciones en todas las fondas, la inalterable sonrisa de los camareros, aquellas redondas caras tudescas ensanchadas, con la servilleta debajo de la barba, ante enormes tajadas de carne en salsa, y el parque real de Stuttgart por el que circulan multitud de carretelas, de galas, de cabalgatas, la música tocando valses y cancanes alrededor de las fuentes, mientras se combatía en Kissingen; cierto que, al acordarme de todo esto y pensar en lo que he visto cuatro años después en ese mismo mes de agosto, esas locomotoras frenéticas corriendo sin saber a dónde, como si la insolación hubiese enloquecido sus calderas, los vagones detenidos en pleno campo de batalla, los carriles cortados, los trenes pasando apuros, Francia mermada de día en día según se hacía más corta la línea férrea del Este, y en todo el trayecto de las abandonadas vías, el hacinamiento siniestro de esas estaciones, solitarias en un país perdido, llenas de heridos olvidados allá como bagajes... creo que aquella guerra de 1866 entre Prusia y los Estados del Sur no era más que una guerra ficticia, y que, a pesar de cuanto nos hayan podido decir, _lobo a lobo no se muerde_, si estos lobos son germanos.
Para convencerse de ello, es suficiente ver a Munich. La noche de mi llegada, una hermosa noche de domingo llena de estrellas, toda la población vagaba por las calles. Flotaba en el aire un alegre rumor confuso, tan vago ante la luz como el polvo que levantaban los pasos de todos aquellos paseantes. En el fondo de las bodegas de cerveza, abovedadas y frescas; en los jardines de las cervecerías, donde mecían sus pálidas luces los farolillos de colores; por todas partes, mezclándose con el ruido de las pesadas tapaderas al caer sobre la boca de los jarros de cerveza, percibíanse las notas del triunfo que salían de los instrumentos de metal y los suspiros de los de madera.
En una de esas cervecerías filarmónicas, encontré al coronel Sieboldt, sentado, con su sobrina, ante su eterno rábano negro.
En la mesa contigua tomaba un _bock_ el ministro de Negocios Extranjeros, acompañado del tío del Rey. Alrededor, burgueses con sus familias, oficiales con gafas y estudiantes con gorritas encarnadas, azules, verdemar, graves todos y silenciosos, escuchaban muy atentamente la orquesta de M. Gungel, y miraban subir el humo de sus pipas sin importárseles un ardite de Prusia, como si no existiera. Al verme, el coronel pareció turbarse un poco, y advertí que bajaba la voz para hablarme en francés. En torno nuestro cuchicheaban: _Franzose... Franzose..._ Todos me miraban con manifiesta antipatía: Salgamos--me dijo el señor de Sieboldt, y cuando estuvimos fuera, encontré en él su agradable sonrisa de otros tiempos. El buen hombre no había olvidado su promesa, pero la clasificación de su colección japonesa, que acababa de vender al Estado, le tenía ocupadísimo. Por eso no me había escrito. En cuanto a mi tragedia, estaba en Würzburgo, en poder de la señora de Sieboldt, y para llegar hasta allá necesitaba una autorización especial de la Embajada Francesa, porque los prusianos se acercaban a Würzburgo y era ya muy difícil el conseguir entrar en dicha población. Tenía tales deseos de poseer mi _Emperador ciego_, que a no ser por el temor de encontrar acostado al señor de Trevise, hubiera ido aquella misma noche a la Embajada.
III
EN «DROSCHKE»
El fondista de la _Grappe Bleu_ me hizo montar al día siguiente bien temprano en uno de esos pequeños vehículos de alquiler que no faltan nunca en los patios de las fondas para enseñar a los viajeros las curiosidades de la ciudad, y desde donde se os aparecen como entre las hojas de una guía los monumentos y las calles más importantes. No se trataba entonces de llevarme a ver la ciudad, sino de conducirme a la Embajada Francesa:--_¡Französische Ambassad!_--repitió el fondista dos veces. El cochero, un hombrecillo con traje azul y un sombrero enorme, parecía muy asombrado del nuevo destino que se daba a su coche, a su _droschke_ (según dicen en Munich). Pero mi sorpresa fue mucho mayor que la suya, cuando le vi volver la espalda al barrio noble, entrar en una larga ronda de arrabal, llena de fábricas, casas de obreros y jardinillos, atravesar las puertas y conducirme fuera de la ciudad.
--¿Embajada Francesa?--le preguntaba yo frecuentemente con inquietud.
--_Ya, ya_--respondía el hombrecillo, y seguíamos rodando. Deseaba pedir algunos otros informes; pero era imposible porque mi conductor no hablaba francés, y yo mismo por aquella época sólo conocía de la lengua alemana dos o tres frases muy elementales, en que se trataba de pan, cama y comida, y en manera alguna de embajador. Y aun esas frases no podía pronunciarlas más que cantando; he aquí por qué.
Algunos años antes, había emprendido con un camarada tan loco como yo, a través de Alsacia, Suiza y el Ducado de Badén un verdadero viaje de buhonero, con el saco a cuestas, a jornadas de doce leguas, rodeando las poblaciones de las cuales sólo deseábamos ver las puertas, y marchando siempre por sendas y atajos sin saber a dónde nos conducirían. Esto nos proporcionaba, frecuentemente, la sorpresa de pernoctar a campo raso o bajo el alero desmantelado de alguna granja; pero lo que hacía más accidentada nuestra excursión es que ni uno ni otro sabíamos una palabra alemana. Con el auxilio de un diccionario de bolsillo, que compramos al pasar por Basilea, llegamos a construir algunas frases muy sencillas, tan inocentes como _Vir vóllen trínken bier_ (deseamos beber cerveza), _Vir vóllen essen käse_ (queremos comer queso); desgraciadamente, por poco complicadas que parezcan, nos costaba mucho trabajo retener en la memoria esas malditas frases. No las teníamos en la punta de la lengua, como dicen los cómicos. Ocurriósenos entonces la idea de ponerlas en música, y tan bien se adaptaba a ellas la tonadilla que compusimos, que las palabras penetraron en nuestra memoria con las notas, y ya no podían salir de allí las unas sin arrastrar consigo las otras. Curiosísima era la cara que ponían los posaderos badeneses cuando por la noche entrábamos en el gran comedor del Gasthaus, y después de desatar nuestras mochilas, cantábamos con voz retumbante:
Vir vóllen trínken bier (_bis_) Vir vóllen, ya, vir vóllen ¡Ya! Vir vóllen trínken bier.
Pero desde entonces acá me he _perfeccionado_ en el alemán. ¡He tenido tantas ocasiones de aprenderlo!... Mi vocabulario se ha enriquecido con una infinidad de locuciones, de frases. Aunque ya las hablo, no las canto... ¡Oh, no; no me entran deseos de cantarlas!...
Pero volvamos a mi coche.
Andábamos muy despacio, por una avenida orillada de árboles y casas blancas. De repente, detúvose el cochero.