Chapter 9
--_¡Da!_--me dijo, señalándome una casita oculta bajo las acacias, y que me pareció muy silenciosa y retirada para ser una Embajada. En un ángulo de la pared brillaban junto a una puerta tres botones de cobre superpuestos. Tiro de uno al azar, ábrese la puerta y entro en un vestíbulo elegante y cómodo, con flores y alfombras por doquier. En la escalera estaban colocadas media docena de camareras bávaras que habían acudido al oír mi campanillazo, con aquel aspecto de pájaros sin alas tan poco gracioso, que tienen todas las mujeres del lado allá del Rhin.
Pregunto:--¿Embajada Francesa?--Me lo hacen repetir dos veces y hete aquí que empiezan a reír, pero a reír haciendo retemblar la baranda con sus estremecimientos. Me vuelvo furioso hacia mi cochero, y le hago comprender a fuerza de gestos que se ha equivocado, que la Embajada no está allí.
--Ya, ya--responde el hombrecillo sin inmutarse, y volvemos a Munich.
Forzoso es creer que nuestro embajador de entonces variaba de domicilio, frecuentemente, o bien que por no alterar mi cochero las costumbres de su coche se le había antojado hacerme visitar, que quieras que no, la ciudad y sus inmediaciones. Lo cierto es que pasamos toda la mañana recorriendo Munich en todos los sentidos, en busca de aquella fantástica Embajada. Después de otros dos o tres intentos, acabé por no apearme ya del coche. El cochero iba y venía, deteníase en ciertas calles y hacía como que se informaba. Me dejé llevar sin hacer otra cosa que mirar en mi derredor. ¡Qué ciudad más aburrida y fría ese Munich, con sus grandes paseos, sus alineados palacios, sus calles extraordinariamente anchas y donde resuenan los pasos, su museo al aire libre de notabilidades bávaras tan muertas dentro de sus blancas estatuas!
¡Qué gran número de columnas, de arcos, de frescos, de obeliscos, de templos griegos, de propíleos, de dísticos en letras doradas sobre los frontones! Todo esto esforzándose por parecer grandioso, pero parece como que se siente el vacío y el énfasis de aquella falsa grandeza, al ver en todos los confines de las avenidas los arcos triunfales por donde no pasa más que el horizonte, los pórticos abiertos sobre el espacio azul. Del mismo modo me imagino yo esas ciudades fantásticas, mezcla de Italia y de Alemania, por donde Musset hace pasearse el incurable tedio de su Fantasio y la peluca solemne y necia del príncipe de Mantua.
Cinco o seis horas duró esta carrera en coche, después de las cuales el cochero volvió a llevarme triunfalmente al patio de la _Grappe-Bleue_, haciendo restallar su látigo, orgullosísimo de haberme enseñado a Munich. En cuanto a la Embajada, terminé por encontrarla dos calles más allá de mi fonda, pero el descubrimiento no me sirvió para nada, porque el canciller se negó a darme pasaporte para Würzburgo. Según parece, éramos muy mal vistos por aquellos días en Baviera, un francés no hubiera podido aventurarse sin peligro hasta los puestos avanzados. Fueme por lo tanto preciso aguardar en Munich a que la señora de Sieboldt tuviera ocasión de hacer llegar a mis manos la tragedia japonesa.
IV
EL PAÍS DE LO AZUL
¡Rareza humana! Esos buenos bávaros, que tanto nos vituperaban por no haberles ayudado en esa guerra, no experimentaban la más mínima animosidad contra los prusianos. Ni vergüenza por las derrotas, ni odio al vencedor. ¡Es el primer ejército del mundo!--me decía orgulloso el fondista de la _Grappe-Bleue_, al siguiente día de la batalla de Kissingen;--y ésa era la opinión general en Munich. En los cafés arrebatábanse de las manos los periódicos de Berlín. Reían hasta desternillarse las cuchufletas del _Kladderadatsch_, esas burdas chacotas berlinesas tan pesadas como el famoso martillo-pilón de la fábrica de Krupp, de cincuenta mil kilogramos. No dudando nadie acerca de la próxima entrada de los prusianos, cada cual preparábase a recibirlos bien. Las cervecerías almacenaban gran número de salchichas y de cochinillos de leche. En las casas particulares preparaban alojamientos de oficiales.
Los únicos que mostraban alguna inquietud eran los Museos. Un día, al entrar en la Pinacoteca, encontré desnudas las paredes, y a los empleados clavando grandes cajones llenos de cuadros preparados para salir hacia el Sur. Se temía que el vencedor, muy respetuoso para con la propiedad particular, no lo fuese tanto con las colecciones del Estado. Por esta razón, de todos los Museos de la ciudad, sólo permanecía abierto el del señor de Sieboldt. En su calidad de oficial holandés y condecorado con la cruz del Aguila de Prusia, pensaba el coronel que nadie intentaría atacar su colección en su presencia. Y mientras esperaba la llegada de los prusianos, paseábase con su uniforme de gala a través de los tres largos salones que el Rey le había concedido en el jardín de la corte, especie de Palais-Royal más verde y tétrico que el francés, rodeado de claustrales muros pintados al fresco.
Esas curiosidades expuestas con rótulos en ese gran palacio triste constituían, efectivamente, un museo, conjunto melancólico de cosas traídas de países muy lejanos, separadas de su medio ambiente. El mismo veterano Sieboldt parecía que formaba parte de él por su aspecto extraño. Todos los días lo visitaba y pasábamos juntos largas horas hojeando esos manuscritos japoneses ilustrados con láminas, esos libros científicos o históricos, unos tan inmensos que no se podían abrir más que en el suelo, otros tan largos como una uña, solamente legibles con una lupa muy potente, dorados, finos, preciosos. El señor de Sieboldt me hacía admirar su enciclopedia japonesa en noventa y dos tomos, o me traducía una oda del _Hiah-nin_, obra valiosísima que había sido publicada bajo los auspicios de los emperadores japoneses, y donde están las biografías, los retratos y fragmentos líricos de los cien poetas más famosos del Imperio. Después ordenábamos su colección de armas, los cascos de oro con anchas carrilleras, las corazas, las cotas de mallas y esos largos sables de mandoble que requirieron su caballero templario y con los cuales puede abrirse el vientre tan bien.
Explicábame las divisas de amor pintadas sobre las frágiles láminas de nácar, me introducía en los hogares domésticos japoneses mostrándome el modelo de su casa en Yeddo, una miniatura de laca, al que no faltaba un solo detalle, desde las cortinillas de seda de las ventanas hasta las grutas artificiales de rocalla del jardín, un jardinillo minúsculo adornado con plantas enanas de la flora indígena. Lo que me agradaba también mucho eran los objetos del culto japonés, sus diminutos dioses de madera pintada, las casullas, los vasos sagrados y esas capillas portátiles, verdaderos teatros de muñecas, que conservan los fieles en un rincón de su casa. Los pequeños ídolos rojos están alineados en el fondo, hacia adelante pende una cuerdecita con nudos. Al ir a comenzar el japonés su oración, se inclina y toca con este cordón un timbre que brilla junto al altar, excitando de este modo la atención de sus dioses. Tenía yo un placer infantil en hacer sonar estos timbres mágicos y dejando que mis ensueños volasen en alas de esas ondas sonoras hasta el fondo de esas Asias orientales donde el sol que nace parece haberlo dorado todo, desde las hojas de sus enormes sables hasta los cantos de sus diminutos libros.
Las calles de Munich producíanme un extraño efecto al salir de allí con los ojos deslumbrados por todos aquellos reflejos de laca y jade, por los chillones colores de los mapas geográficos, especialmente los días en que el coronel me había leído una de aquellas odas japonesas de una poesía casta, sublime, tan original como profunda. El Japón y Baviera, estos dos países nuevos para mí, que iba conociendo casi al mismo tiempo, mirando al uno al través del otro, se mezclaban y confundían dentro de mi cerebro, convertidos en una especie de paisaje vago, en el país de lo azul. Aquella línea azulada de los viajes que acababa de contemplar en las tazas japonesas, representando los rasgos de las nubes y el boceto de las aguas, la percibía en los azulados frescos de los muros. ¡Y esos soldados azules que se adiestraban en el manejo de las armas en las plazas, con sus cascos japoneses, y ese cielo despejado y tranquilo, azul como la flor del _Vergiss-meinnicht_, y ese cochero azul, que me conducía a la fonda de la _Grappe-Bleue_!
V
PASEO SOBRE EL STARNBERG
También se armonizaba con las visiones azuladas del país entrevisto por mí el lago centelleante, que espejea en lo más recóndito de mi memoria. Sólo con escribir ese nombre de Starnberg, he vuelto a ver cerca de Munich la extensa superficie de agua, tersa, llena de cielo, familiar y viva por el humo de un vaporcillo que costeaba sus orillas. Rodeándola, las obscuras masas de los grandes parques, separadas de trecho en trecho, y como rotas por la blancura de las casas de campo. Más arriba villorrios con los aleros apiñados, nidos de casas colocados sobre los ribazos escarpados, más arriba aún, las montañas del Tirol, lejanas, del color del aire en que flotan, y en un extremo de ese cuadro algo clásico, pero tan encantador, el viejo, viejísimo batelero, con sus largas polainas y su chaleco rojo con botones de plata, quien me paseó un domingo entero enorgulleciéndose de llevar un francés en su barca.
No era la primera vez que disfrutaba semejante honor. Acordábase perfectamente de haber hecho pasar en su juventud el Starnberg a un oficial. Hacía de esto sesenta años, y por el respeto con que me hablaba el buen hombre, comprendí la impresión que debió de causarle aquel francés de 1806, algún gracioso Oswaldo del primer imperio, con su pantalón colán, sus botas con arrugas en la caña, un gigantesco _schapska_ y atrevimientos de vencedor. Si el barquero del Starnberg vive todavía, dudo que admire tanto a los franceses.
Los habitantes de Munich pasean sus alegrías del domingo sobre ese hermoso lago y dentro de los abiertos parques de las residencias que lo circundan. La guerra no había alterado esta costumbre: El día que yo pasé en él, al borde del agua, estaban atestados de gente los merenderos, gruesas señoras sentadas en corro ahuecaban sus faldas sobre las praderas. Por entre las ramas que se cruzan sobre el lago azul, veíanse grupos de Gretchen y de estudiantes, envueltos en una aureola de humo de las pipas. Algo más lejos, en un claro del parque Maximiliano, una boda de campesinos, lucida y ruidosa, bebía delante de largas tablas colocadas en banquillos, en tanto que un guarda de monte, con uniforme verde y escopeta en mano, en la actitud de un hombre que dispara, enseñaba a manejar ese maravilloso fusil de aguja, que con tanto éxito empleaban los prusianos. Me era necesario el verlo para acordarme de que se combatía a tan corta distancia de nosotros. Y sin embargo, era de creer que había guerra, puesto que aquella misma noche, cuando regresaba a Munich, vi en una plazuela, abrigada y recogida como una capilla de iglesia, cirios que ardían alrededor de una _Maria-Säule_, y mujeres arrodilladas, cuyos prolongados sollozos eran interrumpidos por las plegarias.
VI
LA BAVARIA
No obstante lo mucho que desde hace algunos años se ha escrito acerca de la patriotería francesa, nuestras necedades patrióticas, nuestras vanidades y nuestras fanfarronadas, no creo que exista en Europa un pueblo más pretencioso, más vano, más infatuado consigo mismo que el pueblo de Baviera. Su cortísima historia, diez páginas sueltas de la de Alemania, puede leerse en las calles de Munich, gigantesca, desproporcionada, toda en pinturas y en monumentos, como uno de esos libros que se regalan a los niños como aguinaldo, con poco texto y muchas láminas. En París sólo tenemos un arco de triunfo. En Baviera hay diez, el pórtico de las Victorias, el pórtico de los Mariscales, y no sé cuántos obeliscos erigidos _Al valor heroico de los guerreros bávaros_.
Ser grande hombre en este país es conveniente, porque está seguro de que su nombre será grabado en todas partes en mármoles y bronces, y se le erigirá una estatua, por lo menos, en medio de una plaza o en lo alto de algún friso entre victorias de mármol blanco. Esa monomanía por las estatuas, las apoteosis y los monumentos conmemorativos, hasta tal extremo llega entre estas buenas gentes, que en las esquinas de las calles tienen puestos pedestales vacíos, dispuestos para los desconocidos grandes hombres que surjan en el porvenir. En este momento deben de estar ya ocupados casi todos ellos. ¡Les ha suministrado la guerra de 1870 tantos héroes, tantos episodios gloriosos!
Me complazco figurarme, por ejemplo, al ilustre general _von der_ Than ligero de ropas, según la antigua usanza, en medio de un verde jardinillo, con un hermoso pedestal adornado con bajos relieves que representen por un lado los _Guerreros bávaros incendiando la aldea de Bareilles_, y por el otro, los _Guerreros bávaros rematando a los heridos franceses en la ambulancia de Woerth_. ¡Qué grandioso monumento será!
No contentos con tener tan profusamente esparcidos por la ciudad sus grandes hombres, los bávaros los han reunido en un templo construido a las puertas de Munich, y al cual denominan la _Sala de la gloria_. Bajo un ancho pórtico con columnas de mármol que dan vuelta formando tres lados de un cuadrado, están colocados en repisas los bustos de los electores, de los reyes, de los generales, de los abogados, etcétera. (El catálogo está de venta en la portería).
Algo delante elévase una colosal estatua, una _Bavaria_ de noventa y dos pies de altura, erguida sobre el último rellano de una de esas grandes escalinatas tan melancólicas que ascienden al descubierto entre el verde follaje de los jardines públicos. Con su piel de león al hombro, su espada en una mano, y la corona de la gloria (¡en todas partes la gloria!) en la otra, al ver aquella inmensa mole de bronce, al fin de uno de esos días de agosto en que las sombras se alargan de un modo extraordinario, llenaba la silenciosa llanura con su actitud enfática. Alrededor de ella, a lo largo de la columnata, los perfiles de los hombres célebres hacían muecas al sol poniente. ¡Y todo aquello tan desolado, tan tétrico! Al oír resonar mis pasos sobre las losas, volvía a experimentar aquella impresión de grandeza en el vacío que me atormentaba desde mi llegada a Munich.
Una escalerilla de fundición asciende dando vueltas por el interior de la _Bavaria_. Se me antojó subir hasta lo más alto y sentarme un momento dentro de la cabeza del coloso, un saloncito redondo alumbrado por dos ventanas que son los ojos. A pesar de esos ojos abiertos un dirección al horizonte azul de los Alpes, el calor allá dentro era asfixiante. El bronce caldeado por el sol, me envolvía en un calor pesadísimo. Fueme preciso bajar más que a escape. Pero, lo mismo da. Eso me fue suficiente para conocerte, ¡oh, gran _Bavaria_ inflada y sonora! Había visto tu pecho sin corazón, tus rollizos brazos de cantante hinchados y sin músculos, tu espada de metal repujado, y sentido dentro de tu hueca cabeza la pesada borrachera y el aplanamiento cerebral de un bebedor de cerveza. ¡Y pensar que, al emprender esa insensata guerra de 1870, contaron contigo nuestros diplomáticos! ¡Ah, si ellos se hubiesen tomado también la molestia de subir por dentro de la _Bavaria_!
VII
¡EL EMPERADOR CIEGO!
A los diez días de estancia en Munich, no había recibido aún ninguna noticia de mi tragedia japonesa. Comenzaba a desesperar de poseerla, cuando una noche, en el jardín de la cervecería donde acostumbrábamos comer, vi llegar a mi coronel con la cara llena de júbilo.
--¡Ya está en mi poder!--me dijo,--venga mañana por la mañana al museo. La leeremos juntos. ¡Ya verá qué bonita es!
Estaba muy animado aquella noche. Sus ojos brillaban al hablar. Recitaba en alta voz pasajes de la tragedia e intentaba cantar los coros. Más de una vez creyose obligada su sobrina a hacerle callar:--¡Tío, tío!--Yo atribuía aquella fiebre, aquella exaltación, a un puro entusiasmo lírico. Efectivamente, eran muy bellos los fragmentos que me recitaba, y sentía prisa por posesionarme de mi obra maestra.
Al día siguiente, al llegar al jardín de la corte, sorprendiome extraordinariamente el encontrar cerrada la sala de las colecciones. La ausencia del museo era tan extraña en el coronel, que corrí a su domicilio con una vaga inquietud. La calle en que habitaba, una calle del arrabal, tranquila y corta, con jardines y casitas bajas, me pareció más agitada que de ordinario.
La gente charlaba formando corrillos delante de las puertas. La de la casa de Sieboldt estaba cerrada, pero las persianas no.
Todo era entrar y salir las gentes con aspecto triste. Presentíase allí una de esas catástrofes sumamente grandes para caber dentro del hogar, y que se desbordan hasta el exterior. Cuando llegué, percibí gemidos sollozantes. Salían del fondo de un pequeño corredor, de dentro de una gran habitación atestada y clara como una sala de estudios. Veíase en ella una larga mesa de madera blanca, libros, manuscritos, anaqueles con colecciones, álbums encuadernados en brocato de seda; pendientes de la pared había armas japonesas, estampas, grandes mapas geográficos, y entre ese desbarajuste de viajes y de estudios, el coronel tendido sobre su cama, con sus largas barbas blancas sobre su pecho, y la pobrecilla sobrina llorando de rodillas en un rincón.
El señor de Sieboldt había muerto repentinamente aquella noche.
No quise detenerme más y aquella misma tarde salí de Munich sin ánimo para perturbar toda aquella desolación nada más que por un antojo literario, y por esta causa no pude saber de la maravillosa tragedia japonesa más que el título: _¡El Emperador ciego!_ Más tarde he presenciado la representación de otra tragedia, a la cual hubiera convenido perfectamente este título importado de Alemania: tragedia siniestra, saturada de lágrimas y sangre, y que no tenía nada de japonesa.
FIN