Chapter 7
Para esperar al guarda que ha de venir en nuestra busca, entramos en el Mas-de-Giraud, una antigua granja de los señores de Barbentane. En la cocina alta, y alrededor de una mesa están todos los hombres de la hacienda, labradores, viñadores, pastores, zagales, graves, silenciosos, comiendo despacio, servidos por las mujeres, quienes comerán después. No tarda el guarda con la carretilla. Verdadero tipo a lo Fenimore, trampero por tierra y por agua, guardapesca y guardacaza, las gentes del país le llaman el _Rondador_ porque, entre las brumas del alba o del anochecer, ocúltase siempre entre los cañaverales, acechando, o bien inmóvil en su barquichuelo, ocupado en vigilar sus atolladeros en los estanques y en las acequias. Su profesión de espía perpetuo, es quizá lo que le hace tan callado y taciturno. Sin embargo, mientras el carretón lleno de escopetas y de cestas camina delante de nosotros, el _Rondador_ nos entera de la caza, refiriéndonos el número de bandadas de paso y los cuarteles en que las aves emigrantes se han posado. Charlando nos internamos en la comarca.
Después de atravesar los terrenos de cultivo, nos encontramos en plena Camargue montaraz. Lagunas y acequias brillan hasta perderse de vista entre los pastos y las salicarias. Bosquecillos de tamariscos y de cañas ondulan como un mar en calma. Ningún árbol elevado turba el aspecto liso, inmenso, de la llanura. Apriscos de ganado extienden de vez en cuando su baja techumbre casi a nivel del suelo. Los rebaños diseminados, tumbados en las hierbas salitrosas, o marchando apretados en torno de la roja capa del pastor, no interrumpen la gran línea uniforme, viéndose achicados por ese espacio infinito de horizontes azules y claro cielo. Lo mismo que del mar, plano a pesar de sus olas, despréndese de esa llanura una sensación de soledad, de inmensidad, aumentada por el mistral que sopla incesantemente, sin trabas, y que, con su poderoso aliento, parece aplanar y engrandecer el paisaje. El lo doblega todo. Los arbustos más frágiles conservan la huella de su paso, quedan torcidos, tumbados hacia el Sur, como dispuestos a fugarse...
II
LA CABAÑA
La cabaña no es otra cosa que un techo de cañas y unas paredes de cañas secas y amarillas. Tal vez nuestro punto de cita para la caza. Tipo de la casa camarguesa, la cabaña no tiene más que una habitación alta, grande, sin ventana; entra la luz por una puerta vidriera, que de noche se cierra con postigos. A lo largo de los paredones enlucidos, blanqueados con cal, hay armarios para colocar las armas, los morrales, las botas que usamos para cruzar los pantanos. En el fondo vense cinco o seis literas colocadas alrededor de un verdadero mástil plantado en el suelo y que sirve de apoyo al techo. Por la noche, cuando sopla el mistral y cruje la casa por todas partes, con el mar lejano y el viento que lo aproxima, trae su ruido y lo ahueca, puede creerse uno acostado en el camarote de un buque.
Pero, especialmente por la tarde es cuando la cabaña está encantadora. En nuestros buenos días de invierno meridional, me agrada estar solo junto a la alta chimenea, donde arden humeantes algunas matas de tamariscos. Con las rachas del mistral o de la tramontana, cruje la puerta, chillan las cañas, y todas esas sacudidas son un ligero eco de la gran conmoción de la naturaleza que me circunda. El sol de invierno, agitado por la enorme corriente, se esparce, reúne sus rayos, los dispersa. Corren grandes sombras bajo un cielo azul admirable. La luz y los ruidos llegan por sacudidas, y las esquilas de los rebaños, oídas repentinamente y olvidadas después, perdiéndose entre el viento, suenan de nuevo bajo la puerta desencajada, con el hechizo de un estribillo de canción... La hora exquisita es el crepúsculo, un poco antes del regreso de los cazadores. Entonces el viento está tranquilo. Salgo un instante. El ancho sol rojo desciende en paz, inflamado y sin calor. Llega la noche, y roza con sus alas negras y húmedas, cuando pasa. Allá abajo, al nivel del suelo, vese un fogonazo, con el brillo de una estrella roja avivada por las tinieblas circunvecinas. En la escasa claridad que resta, apresúrase todo bicho viviente. Un largo triángulo de patos vuela muy abajo, cual si deseara tomar tierra; pero de pronto los aleja la cabaña, donde brilla encendido el candil. El que va a la cabeza de la columna, yergue el cuello, remonta el vuelo nuevamente, y todos los demás se elevan tras de él con gritos salvajes.
No tarda en oírse un inmenso pataleo, que se asemeja a un ruido de lluvia. Miles de carneros llamados por los pastores y hostigados por los perros, cuyo galopar confuso y alentar jadeante se perciben, amontónanse con prisa, medrosos e indisciplinados, hacia los apriscos. Véome envuelto, rozado, confundido dentro de ese torbellino de vellones rizados, de balidos; una verdadera marejada, en que parece que los pastores son arrastrados con su sombra por olas que saltan... Detrás de los rebaños percíbense pasos conocidos, voces alegres. La cabaña está llena, animada, ruidosa. Chisporrotean, al arder, los sarmientos formando llama. Hay tanta mayor risa, cuanto mayor es el cansancio. Es un aturdimiento de regocijada fatiga; las escopetas arrinconadas, las grandes botas tiradas y revueltas, los morrales vacíos y junto a ellos plumajes rojos, áureos, verdes, plateados, todos con manchas de sangre. La mesa está puesta, y entre el husmillo de una sabrosa sopa de anguila, queda todo en silencio, ese gran silencio de los apetitos robustos, que solamente interrumpe el feroz gruñir de los perros lamiendo a tientas sus cazuelas delante de la puerta.
La velada no se prolongará mucho. Ya no quedamos junto al fuego, que también parpadea, más que el guarda y yo. Charlamos; es decir, nos dirigimos uno al otro frases a medias palabras al uso campesino, esas interjecciones casi indias, breves y rápidas como las postrimeras chispas de los consumidos sarmientos. Al fin, pónese de pie el guarda, enciende la linterna, y piérdese su paso perezoso en la calma y obscuridad de la noche silenciosa...
III
¡A LA ESPERA!
_¡La espera!_ ¡Qué expresivo nombre éste, con el que se designa el puesto donde aguarda emboscado el cazador, y esas horas imprecisas en que todo _espera_, vacilando entre el día y la noche! El puesto de la mañana, poco antes de amanecer; el puesto de la tarde, cuando el sol se hunde en el ocaso. El de mi predilección es este último, sobre todo en esos países de marismas, donde el agua de los estanques conserva la luz tanto tiempo...
En ocasiones, se utiliza como puesto el chinchorro, barquichuelo sin quilla, estrecho, y que al movimiento más leve se pone por montera. Oculto tras de los cañaverales, el cazador ojea los patos desde el fondo de la barca, de la que sobresalen únicamente la visera de una gorra, el cañón de la escopeta y la cabeza del perro, que olfatea el viento y papa mosquitos, o bien inclina, con sus patazas extendidas, toda la barca sobre una borda llenándola de agua. Esta _espera_ es sumamente complicada para mi inexperiencia. Esta es la razón por la que casi siempre voy a la espera a pie, zabulléndome en pleno pantano, con enormes botas hechas de toda la longitud que el cuero permite. Camino con lentitud, prudentemente, temeroso de hundirme en el légamo. Me separo de los cañaverales, lleno de olores salitrosos y de saltos de ranas.
Por fin me acomodo en el primer islote de tamariscos, o rincón de tierra seca, que encuentro. El guarda, en prueba de respetuosa consideración, permite que me acompañe su perro, un enorme perro de los Pirineos, con sus grandes lanas blancas, gran cazador y pescador inteligente, cuya presencia me intimida un poco. Cuando pasa a mi alcance una chocha de agua, me mira irónicamente echando atrás, con un movimiento de cabeza, a lo artista, sus largas orejas flácidas que le cuelgan delante de los ojos; después, posturas de parada, meneos de cola, toda una mímica de impaciencia, como queriendo decirme:
--¡Tira!... ¿Por qué no tiras, tonto?
Tiro, y yerro la puntería. Entonces, con todo su cuerpo estirado, bosteza y se alarga, fatigoso, aburrido, insolentemente...
¡Pues bien, sí! No lo niego, soy un mal cazador. La _espera_, para mí, es la tarde al caer, la luz que desaparece y se refugia en el agua, los estanques que relucen, abrillantando hasta el tono de plata fina el tinte gris del cielo ensombrecido. Me deleita este olor del agua, esta misteriosa agitación de los insectos en los cañaverales, este suave murmullo de las largas hojas estremeciéndose. Oyese a veces una nota triste, y retumba en el cielo como el zumbido de una caracola marina. Es el alcaraván que esconde en el fondo del agua su inmenso pico de ave pescadora, y sopla... _¡ruuú!_ Bandadas de grullas vuelan por encima de mi cabeza. Oigo el roce de las plumas, el ahuecamiento del plumón con el viento fuerte, y hasta el crujido de la minúscula osamenta, rendida de cansancio. Después, nada. La noche, las profundas tinieblas, siguiendo a la escasa claridad del día, que sobre las aguas ha quedado retrasada.
De repente advierto un estremecimiento, una especie de molestia nerviosa, como si hubiese alguien detrás de mí. Al volverme veo a la compañera de las noches hermosas, la luna; una ancha luna, enteramente redonda, que llega suavemente, con un movimiento de ascensión muy perceptible al principio, y que se retarda mientras que aquélla se aleja del horizonte.
Ya son bien perceptibles junto a mí los primeros rayos, y luego otros un poco más lejos... Ahora está iluminada toda la marisma. La más pequeña mata de hierba proyecta sombra. Concluyose la _espera_, las aves nos ven; es forzoso volver a casa. Caminamos envueltos por una inundación de luz azul, ligera, polvorienta, y cada uno de nuestros pasos en los estanques y en las acequias, revuelve en ellos millares de estrellas caídas y fulgores de rayos de luna que llegan hasta el fondo del agua...
IV
ROJO Y BLANCO
En una cabaña semejante a la nuestra, pero algo más rústica, y de la que sólo dista un tiro de fusil, habita nuestro guarda, con su esposa y sus dos hijos mayores: la moza, que prepara la comida de los hombres y compone las redes para la pesca; y el mozo, que ayuda a su padre a levantar las artes y a vigilar las compuertas de los estanques. Los dos más jóvenes viven con su abuela en Arlés, y allí permanecerán hasta que hayan aprendido a leer y celebrado la primera comunión, pues aquí están muy lejos de la iglesia y la escuela, además de que el aire de Camargue no vendría bien a esas criaturas. El hecho es que cuando llega el verano, cuando las charcas se secan y el blanco légamo de las acequias se agrieta con los grandes calores, es imposible habitar la isla.
Yo pude apreciar eso una vez en el mes de agosto, viniendo a cazar ánades silvestres, y jamás olvidaré el aspecto triste y feroz de este paisaje abrasado. De trecho en trecho humeaban al sol los estanques como inmensas cubas, conservando en el fondo un resto de vida en movimiento, un hormigueo de salamandras, arañas y moscas de agua en busca de rincones húmedos. Había allí un aire hediondo, una bruma de miasmas densamente flotante, que innumerables torbellinos de mosquitos espesaban. Todo el mundo tiritaba en casa del guarda, todo el mundo padecía fiebres, y apenaba ver las caras amarillas y largas, los ojos agrandados y con ojeras, de aquellos infelices que durante tres meses se arrastraban bajo ese ancho sol inexorable que abrasa a los febricitantes y no consigue hacerlos entrar en calor... ¡Triste y penosa vida la de guardacaza en Camargue! Y menos mal que puede tener a su lado a su mujer y sus hijos; pero dos leguas más lejos, en la marisma, vive un guarda de caballos, completamente solo todo el año, de cabo a rabo, haciendo una verdadera vida de Robinsón. En su choza de cañas, construida por él mismo, no hay nada que no sea obra de sus manos, desde la hamaca tejida con mimbres, y las tres piedras negras reunidas en forma de hogar, y los troncos de tamarisco dispuestos en forma de escabeles, hasta la llave y la cerradura de madera blanca con que se cierra esta extraña habitación.
Este guarda es por lo menos tan extraño como su residencia. Es una especie de filósofo silencioso como los solitarios, que oculta su desconfianza de labriego bajo unas cejas espesas como matorrales. Cuando no está en los pastos, vésele sentado junto a su puerta, descifrando pacientemente, con una aplicación infantil y conmovedora, uno de esos folletos de color de rosa, azules o amarillos en que están envueltos los frascos de medicina que emplea para los caballos. El pobre diablo no se distrae más que en la lectura, ni tiene más libros que éstos. Aunque vecinas sus cabañas, nuestro guarda y él nunca se visitan. Hasta evitan encontrarse. Un día que pregunté al _rondeîron_ la razón de esa antipatía, me respondió con seriedad:
--Tenemos distintas opiniones... El es rojo, y yo soy blanco.
Y de esta manera, hasta en ese desierto cuya soledad hubiera debido amistarlos, esos dos salvajes, tan ignorantes y sencillos uno como el otro, esos dos boyeros de Teócrito, que solamente una vez cada año van a la ciudad, y a quienes los cafetuchos de Arlés, con sus dorados espejos, les deslumbran como si contemplasen el palacio de los Tolomeos, ¡las opiniones políticas les ha proporcionado una razón para odiarse!
V
EL VACCARÉS
El Vaccarés es el espectáculo más hermoso que puede presenciarse en Camargue. Muchas veces, abandonando la caza, vengo a sentarme a orillas de este mar salado, un mar pequeño que asemeja un trozo del grande, encerrado entre las tierras y amansado por su mismo cautiverio. En vez de esa sequedad, de esa aridez que comúnmente entristecen la costa, el Vaccarés, con su ribera un poco alta, toda ella verde por la hierba menuda, aterciopelada, ostenta su flora extraordinaria y hechicera: centauras, tréboles acuáticos, gencianas y esas lindas salicarias, azules en invierno, rojas en verano, que mudan su color con los cambios atmosféricos, y con una floración no interrumpida, marcan las estaciones por lo diverso de sus matices.
Allá, a las cinco de la tarde, cuando el sol se pone, ofrecen admirable perspectiva esas tres leguas de agua, sin una barca, sin una vela que limite y dé variedad a su extensión. No es ya el íntimo deleite de los estanques y acequias que aparecen, distanciados, entre los repliegues de un terreno arcilloso, bajo el cual se filtra el agua por doquiera, dispuesta a reaparecer en la menor depresión del terreno. Aquí la impresión es grande, vasta. A lo lejos, ese cabrilleo de las ondas atrae bandadas de fulgas, garzas reales, alcaravanes, flamencos de vientre blanco y alas rosadas, alineándose para pescar a lo largo de las márgenes, disponiendo sus diferentes colores en una larga faja igual, y además ibis, verdaderos ibis de Egipto, que parecen estar en su propia casa entre ese espléndido sol y ese mudo paisaje. Efectivamente, desde mi sitio no percibo más que el chapoteo del agua y la voz del guarda que llama a sus caballos, diseminados en la orilla. Todos tienen retumbantes nombres: «¡Cifer!... ¡L'Estello!... ¡L'Estournello!»... Cuando se oye nombrar cada bruto, corre dando al viento las crines, a comer avena en la misma mano del guarda...
Más lejos, en la misma orilla, vese una gran manada de bueyes, paciendo libremente como los caballos. De vez en cuando distingo por encima de unas matas de tamariscos la arista de sus dorsos encorvados, y sus cuernecitos que se yerguen en forma de media luna. La mayoría de estos bueyes de Camargue se crían para ser lidiados en las fiestas de los pueblos, y algunos tienen ya fama en todos los circos de Provenza y Languedoc. Así, por ejemplo, la manada que está más cerca, cuenta entre otros con un terrible combatiente llamado _Romano_, que ha despanzurrado a no sé cuántos hombres y caballos en las plazas de Arlés, de Nimes, de Tarascón. Por eso, sus compañeros le han confiado la jefatura; porque en esas extrañas piaras los brutos se gobiernan por sí mismos, agrupados en torno de un toro viejo a quien eligen como guía. Cuando en la Camargue descarga un huracán, terrible en esa gran llanura donde nada lo desvía ni lo detiene, es curioso ver replegarse la manada detrás de su jefe, con todas las cabezas inclinadas, volviendo hacia el lado de donde el viento sopla, esas anchas testuces en que se condensa la fuerza del buey. Los pastores provenzales llaman a esta maniobra: _volver cuernos al viento_. ¡E infelices los rebaños que no se conformen con ello! Cegada por la lluvia, empujada por el huracán, la manada en derrota gira sobre sí misma, se extravía, se dispersa, y corriendo enloquecidos los bueyes hacia adelante, pretendiendo alejarse de la tempestad, arrójanse en el Ródano, en el Vaccarés o en el mar, donde casi todos perecen.
NOSTALGIA DE CUARTEL
Esta madrugada, cuando empezaba a alborear, me despierta con sobresalto un tremendo redoble de tambor... ¡Rataplán, rataplán!...
¿Qué es esto? ¡Un tambor en mis pinos, y a tales horas!... ¡Qué cosa más extraña!
Pronto, a prisa, me levanto y corro a abrir la puerta.
¡No veo a nadie! Cesó el ruido... De entre unas labruscas húmedas, vuelan dos o tres chorlitos sacudiéndose las alas. Entre los árboles se mece una suave brisa... Hacia el Oriente, sobre la aguda cresta de los Alpilles, amontónase un polvo de oro, de donde surge lentamente el sol... El primer rayo roza ya la techumbre del molino. En el mismo instante, el invisible tambor vuelve a redoblar en el campo bajo la espesura... ¡Rataplán, rataplán!...
¡El demonio llévese la piel de asno! Ya lo había olvidado. Pero, en fin, ¿quién será el bruto que saluda a la aurora en el fondo de los bosques con un tambor?... Aunque miro, no veo a nadie... no diviso nada más que las matas de alhucema y los pinos que se precipitan cuesta abajo hasta el camino... Quizá se oculta en la espesura algún duende, resuelto a burlarse de mí... Sin duda, es Ariel o maese Puck. El pícaro habrá pensado, al pasar por delante de mi molino:
--Ese parisiense está muy tranquilo ahí dentro; vamos a darle la alborada.
Y seguramente habrá tomado un bombo, y... ¡rataplán!... ¡rataplán!...
--¿Quieres callarte, pícaro Puck? Vas a despertarme a las cigarras.
* * * * *
Pero no era Puck.
Era Gouguet François, alias _Pistolete_, tambor del regimiento 31 de infantería, a la sazón con licencia semestral. _Pistolete_ está aburrido en el país, siente nostalgias, y cuando le prestan el instrumento del cabildo municipal, se marcha melancólico a los bosques a tocar el tambor, soñando con el cuartel del Príncipe Eugenio.
Esta mañana ha venido a soñar a mi verde colinita... Allí está de pie, recostado contra un pino, con el tambor entre las piernas, tocando si Dios tiene qué... Bandas de perdigones espantados corren a sus pies sin que lo note. Las hierbas aromáticas perfuman el aire en torno suyo, sin que él las huela.
No ve tampoco las sutiles telarañas que tiemblan al sol entre el ramaje, ni las agujas de pino que caen sobre su tambor. Absorto en su sueño y en su música, mira con amor moverse ligeros los palillos, y su caraza estúpida se ensancha de placer a cada redoble.
¡Rataplán! ¡Rataplán!...
--¡Es muy hermoso el gran cuartel, con sus patios de anchas losas, sus ventanas bien alineadas, su población con gorra cuartelera, y sus galerías, bajo cuyos arcos se oye constantemente el ruido de las tarteras!...
¡Rataplán! ¡Rataplán!...
--¡Oh, la sonora escalera, los corredores enlucidos con cal, la oliente cuadra, los correajes que se lustran, la tabla del pan, las cajas de betún, los camastros de hierro con manta gris, los fusiles que brillan en el armero!...
¡Rataplán! ¡Rataplán!...
¡Rataplán! ¡Rataplán!...
--¡Oh, qué días más hermosos los vividos en el cuerpo de guardia; los naipes que ensucian los dedos y se pegan como pez, la sota de espadas horrible con adornos a pluma, el incompleto tomo de una vieja novela de Pigault-Lebrun arrojado encima de la cama de campaña!...
¡Rataplán! ¡Rataplán!...
--¡Oh, las interminables noches de centinela en la puerta de los ministerios, la garita vieja donde entra la lluvia y en que los pies se hielan!... ¡Los coches de lujo, que salpican de barro cuando pasan!... ¡Oh, el trabajo suplementario, los días de limpieza general, el cubo pestífero, la cabecera de tabla, la fría diana en las mañanas lluviosas, la retreta entre niebla a la hora de encender el gas, la lista por la tarde, a la cual se llega arrojando el bofe!...
¡Rataplán! ¡Rataplán!...
--¡Oh, el bosque de Vincennes, los vastos guantes de algodón blanco, los paseos por las fortificaciones, la barrera de la Estrella, el cornetín de pistón de la sala de Marte, la bebida en las afueras, las confidencias entre los hipos, los útiles de encender que se desenvainan, la romanza sentimental que se canta con una mano puesta en el corazón!...
* * * * *
¡Sueña, sueña, hombre infeliz, que no he de ir yo a impedírtelo!... Golpea de firme en el tambor, toca haciendo un remolino con los brazos. No puedes parecerme ridículo.
Si sientes la nostalgia de tu cuartel, ¿no experimento yo la nostalgia del mío?
A mí me persigue mi París hasta aquí como el tuyo. Tú tocas el tambor bajo los pinos. Yo emborrono cuartillas... ¡Somos los dos unos provenzales! Allá, en los cuarteles de París, echábamos de menos nuestros Alpilles azules y el silvestre olor del tomillo; ahora, aquí, en plena Provenza, nos falta el cuartel, y amamos todo cuanto nos lo hace recordar...
* * * * *
Las ocho suenan en la aldea. _Pistolete_, sin dejar sosegar los palillos, ha decidido regresar... Oyesele bajar por el bosque, siempre tocando... Y yo, tumbado sobre la hierba, enfermo de nostalgia, al oír el ruido del tambor que se aleja, creo ver desfilar entre los pinos a todo mi París...
¡Ah, París!... ¡París!... ¡París siempre!
LAS EMOCIONES DE UN PERDIGON... ROJO
No ignoran ustedes que los perdigones andan en bandadas y anidan juntos en el hueco de los surcos, para alzar el vuelo a la alarma más insignificante, desparramándose como los granos que arrojan a la tierra para que produzcan. Mi acompañamiento particular es alegre y numeroso y acampa en un llano junto a la linde de un gran bosque, donde tenemos buen botín y magníficos refugios a uno y otro lado. Por eso, desde que sé correr, tengo buen plumaje y estoy bien alimentado, experimento la alegría del vivir. Sin embargo, una cosa teníame algo intranquilo y era esa célebre conclusión de la veda, de que nuestras madres hablan en voz baja unas con otras. Un viejo de nuestra banda me decía siempre acerca de esto:
--No temas, Rojillo--me llaman Rojillo a causa de mi pico y de mis patas, del color de la serba,--no temas, Rojillo. Yo te protegeré el día de la apertura de la caza, y estoy seguro de que no ha de ocurrirte nada desagradable.
Es un macho viejo muy bribón y vivaracho todavía, aun cuando tiene ya señalada la _herradura_ en el pecho y algunas plumas blancas esparcidas por el cuerpo. De joven recibió en un ala un perdigón de plomo, y como esto le ha hecho ser un poco pesado, mira dos veces antes de volar, mide bien el tiempo y sale del apuro. Con frecuencia me llevaba consigo hasta la entrada del bosque. Hay allí una rara casita, escondida entre los castaños, muda como una madriguera vacía y siempre cerrada.
--Mira bien esa casita, Rojillo--me decía el viejo;--cuando veas que sale humo por la techumbre y están abiertas la puerta y las ventanas, mala señal para nosotros.
Y yo me fiaba de él, sabiendo positivamente que él era ducho en eso de las aperturas de la caza.
Efectivamente, la otra mañanita, al rayar el alba, oí que me llamaban muy bajito dentro del surco...
--Rojillo, Rojillo.
Era mi viejo macho. Miraba de una manera extraña.
--Vente en seguida--me dijo,--y haz lo que yo.
Lo seguí medio adormilado, deslizándome por entre los terrenos, sin volar, sin saltar casi, como un ratón.