Chapter 6
...Gran movimiento en la tienda de Sid'Omar... El cafetero llena las tazas, enciende otra vez las pipas. Charlan, se ríen a más y mejor. ¡Es tan divertido ver zurrarle la badana a un judío!... En medio de la zambra y del humo, me acerco despacio a la puerta; siento deseos de ir a rondar un poco por la judería, para saber qué impresión ha producido a los correligionarios del Iscariote la afrenta hecha a su hermano...
--Venga a comer esta tarde, señor--me grita el bueno de Sid'Omar.
Acepto, doy las gracias y me marcho.
Todo el mundo anda alborotado en el barrio judío. El asunto ha producido ya mucho ruido. No hay nadie en los tenduchos. Bordadores, sastres, guarnicioneros, todo Israel se ha echado a la calle... Los hombres, con gorro de terciopelo y medias de lana azul, gesticulando en grupos, con mucha algazara... Las mujeres, desencajadas, abotagadas, tiesas como ídolos de madera, con sus faldas escurridas, con peto de oro y el rostro rodeado por cintas negras, mézclanse uno y otro grupo chillando como gatas... En el momento de llegar yo, se arremolina la muchedumbre... Apoyado en sus testigos, el judío, personaje principal de la comedia, pasa por entre dos setos de gorros, bajo una lluvia de exhortaciones.
--Toma venganza, hermano; vénganos, venga al pueblo judío. Nada temas; la ley está en favor tuyo.
Un horrible enano, hediendo a pez y a suela vieja, se acerca a mí con aire gemebundo, y suspirando fuertemente.
--¡Ya lo ves!--me dice.--¡Cómo nos tratan a los pobres judíos! ¡Es un viejo! Mira. Poco ha faltado para que lo maten.
No cabe duda de que el pobre Iscariote está más muerto que vivo. Pasa por delante de mí, con la vista apagada y el semblante descompuesto; no andando, sino arrastrándose... Sólo una fuerte indemnización puede curarlo; así es que no lo llevan a casa del médico, sino a la del agente de negocios.
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En Argelia hay muchos agentes de negocios, casi tantos como langostas. Puede creerse que el oficio es bueno. De todos modos tiene la ventaja de que en él se puede entrar a la pata la llana, sin estudios, ni fianza, ni avecindamiento. Como en París nos hacemos literatos, en Argelia se hacen agentes de negocios. Sólo se necesita saber un poco de francés, español y árabe, llevar siempre un código en el bolsillo, y tener, especialmente, el temperamento de la profesión.
Las funciones del agente son muy diversas: sucesivamente abogado, procurador, corredor, perito, intérprete, tenedor de libros, comisionista, escribiente de portal, es el maestro Yago de la colonia. Pero Harpagón no tenía más que uno, y la colonia tiene muchos más de los que ha menester. Sólo en Milianah se cuentan por docenas. Para evitar los gastos de oficina, esos señores reciben generalmente a sus clientes en el café de la plaza mayor, y celebran sus consultas--¿puede decirse que las celebran?--entre el ajenjo y otra bebida.
El digno Iscariote encamínase al café de la plaza mayor, acompañado de sus dos testigos. No vayamos tras de ellos.
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Cuando abandono el barrio judío, paso por delante de la oficina árabe. Desde fuera, con su tejado de pizarra y el pabellón francés ondeando encima, podía tomársele por una alcaldía rural. Conozco al intérprete; entremos a fumar con él un cigarrillo. ¡Pitillo tras pitillo concluiré por matar este domingo sin sol!
Numerosos árabes andrajosos ocupan el patio que precede a la oficina. Hay allí, haciendo antecámara, una cincuentena, agachados a lo largo de las paredes, arrebujados en sus albornoces. Aquella antecámara beduina, aunque está al aire libre, despide fuerte olor a piel humana. Pasemos pronto de largo... En la oficina veo al intérprete enfrascado con dos grandes vocingleros completamente desnudos bajo largas mantas mugrientas, y narrando con airada mímica no sé qué historia de un rosario robado. Tomo asiento en un rincón, sobre una estera y miro... Bonito traje el del intérprete. ¡Y qué bien le sienta al intérprete de Milianah! Parecen pintiparados el uno para el otro. El vestido es azul celeste con alamares negros y relucientes botones de oro. El intérprete es rubio, rosado, pelo rizado; un lindo húsar azul, bien humorado e ingenioso; un poco parlanchín, ¡habla tantas lenguas! un poco escéptico, ¡ha conocido a Renán en la escuela orientalista! gran aficionado al _sport_, tan satisfecho en el vivac árabe como en las veladas de la subprefectura, bailarín como nadie y que hace el _cuscús_ como cualquiera. Parisiense en una palabra; tal es mi hombre, y no es extraño que las mujeres se pirren por él. En cuanto a _dandysmo_, no tiene más que un rival: el sargento de la oficina árabe. Este, con su levita de paño fino y sus polainas con botones de nácar, causa la desesperación y la envidia a toda la guarnición. Destacado en la oficina árabe, está rebajado del servicio de cuartel y siempre se le ve en la calle, de guante blanco, recién rizado, con grandes cartapacios bajo el brazo. Es admirado y temido. Es una autoridad.
No hay duda; aquella historia del rosario robado lleva trazas de no acabarse nunca. ¡Buenas tardes! No espero el final.
Al marcharme, está en efervescencia la antecámara. La muchedumbre rodea a un individuo de elevada estatura, pálido, altivo, envuelto en un albornoz negro. Ese hombre había luchado ocho días antes con una pantera en el Zaccar. La pantera fue muerta, pero el hombre sacó medio brazo devorado. Va diariamente a la oficina árabe para hacer que le curen, y siempre lo detienen en el patio para oírle referir su historia. Habla lentamente y con una hermosa voz gutural. De vez en cuando entreabre el albornoz y muestra, pegado al pecho, el brazo izquierdo arrebujado en trapos ensangrentados.
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Tan pronto como llego a la calle, estalla una violenta tempestad. Lluvia, truenos, relámpagos, viento siroco... Pronto, a refugiarse en cualquier sitio. Me meto por una puerta, al acaso, y me encuentro rodeado de una camada de bohemios, amontonados bajo los arcos de un patio morisco. Ese patio es una dependencia de la mezquita de Milianah; es el refugio habitual de la piojería árabe, y se llama el _patio de los pobres_.
Grandes y escuálidos lebreles, llenos de miseria, se acercan dando vueltas en torno mío con aire amenazador. Pegado a uno de los pilares de la galería, procuro conservar buen continente, y sin hablar con nadie, contemplo la lluvia que rebota en las losas de colores del patio. Los bohemios están en el suelo, tendidos en grupos. Junto a mí, una mujer joven y casi guapa, con la garganta y las piernas desnudas, con grandes brazaletes de hierro en las muñecas y en los tobillos, canta un aire exótico, de tres notas melancólicas y nasales. Mientras canta, da de mamar a un niño pequeño completamente desnudo, de color broncíneo rojo, y con el brazo que le queda libre, machaca cebada en un mortero de piedra. La lluvia, empujada por un viento cruel, inunda a veces las piernas de la madre y el cuerpo de su mamoncillo. La bohemia no repara en ello y prosigue su cántico con las rachas, mientras que muele cebada y da el pecho.
Cesa la tempestad... Aprovechándome de un claro, me apresuro a abandonar aquella corte de los milagros y encamínome al banquete de Sid'Omar; ya es hora... Al cruzar la plaza mayor, he vuelto a encontrar al viejo judío de antes. Se apoya en su agente de negocios; los testigos caminan alegres detrás de él; una banda de asquerosos chicuelos judíos salta alrededor. El agente se encarga de arreglar el asunto. Pedirá ante el tribunal una indemnización de dos mil francos.
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En casa de Sid'Omar me obsequian con una comida espléndida. El comedor da a un elegante patio morisco, donde murmuran dos o tres fuentes... Magnífica comida a la turca, que no vacilo en recomendar al barón Brisse. Entre otros platos, mencionaré un pollo con almendras, un alcuzcuz con vainilla, una tortuga con jugo de carne, algo pesado, pero de sabor exquisito, y bizcochos con miel, llamados _bocadillos del Kadí_... No se sirven más vinos que champaña. A pesar de la ley musulmana, Sid'Omar bebe un poco de él, cuando los criados no pueden verlo... Al concluir la comida, pasamos a la habitación de nuestro huésped, donde nos ofrecen dulces, pipas y café... El mueblaje de este dormitorio es sencillísimo: un diván, algunas esteras; al fondo, un gran lecho altísimo sobre el cual hay almohaditas rojas bordadas de oro... Pende de la pared una antigua pintura turca representando las proezas de cierto almirante Hamadí. A juzgar por la muestra, en Turquía los pintores no emplean más que un color en cada cuadro; en este cuadro se ha utilizado el verde. El mar, el cielo, los navíos, el mismo almirante Hamadí, todo es verde, ¡y qué verde!...
La costumbre árabe exige retirarse temprano. Después de tomar el café y de fumadas las pipas, saludo a mi anfitrión y lo dejo con sus mujeres.
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¿Dónde acabaré de pasar la velada? Es muy temprano para acostarme, los clarines de los _spahis_ no han tocado todavía retreta. Además, los cojines de oro de Sid'Omar bailan en torno mío fantásticas farándulas que no me dejarían dormir... Estoy delante del teatro; entraré un momento.
El teatro de Milianah no es otra cosa que un antiguo almacén de forrajes, transformado bien o mal en sala de espectáculos. Enormes quinqués que se llenan de aceite durante los entreactos, hacen oficio de arañas. La cazuela está de pie, la orquesta en bancos. Las galerías están muy orgullosas porque tienen sillas de paja... Rodea a la sala un largo pasillo, obscuro, sin entarimar. Parece que se está en la calle, nada falta para ello... La función había ya empezado cuando entré. Con gran extrañeza por mi parte, los actores no son malos, me refiero a los hombres; tienen arranque, vida... Casi todos ellos son aficionados, soldados del 3º; el regimiento está orgulloso con esto y va todas las noches a aplaudirlos.
Respecto a las mujeres, ¡ay!... son ahora y siempre ese eterno femenino de los teatros de provincias, presuntuoso, amanerado, ficticio... A pesar de todo, entre estas damas hay dos que me interesan; dos judías de Milianah, jovencitas, que pisan la escena por primera vez... Los padres están en la sala y parecen encantados. Están convencidos de que sus hijas van a ganar miles de duros en ese comercio. La leyenda de la Raquel, israelita, millonaria y cómica, se ha extendido ya mucho entre los judíos del Oriente.
No hay nada más cómico y enternecedor que esas dos jóvenes judías en las tablas. Están atemorizadas en un rincón del escenario, empolvadas, pintadas, despechugadas y tiesas. Tienen frío, se avergüenzan. De vez en cuando dicen una frase sin comprenderla, y mientras hablan, sus ojazos hebreos contemplan al público con estupor.
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Salgo del teatro... Todo está entre tinieblas. En un extremo de la plaza, oigo gritos. Acaso algunos malteses en vías de explicarse a navajazos.
Me encamino lentamente a la fonda, a lo largo de las murallas. De la llanura suben embriagadores aromas de naranjos y de tuyas. El aire es tibio, el cielo casi diáfano... Allá abajo, al extremo del camino, yérguese un viejo fantasma de paredón, resto de algún vetusto templo. Ese muro es sagrado; todos los días acuden a él mujeres árabes a colgarle _ex votos_, jirones de jaiques y de otras prendas, largas trenzas de cabellos rubios sujetos con hilillo de plata, trozos de albornoz... Al tibio soplo de la noche, y bajo un pálido rayo de luna vese ondular ese abigarrado pendón de la estulticia humana.
LA LANGOSTA
Consignaré otro recuerdo de Argelia, y regresaré en seguida al molino...
La noche de mi llegada a aquella granja del Sahel, me era imposible dormir. La novedad del país, la molestia del viaje, el aullar de los chacales y sobre todo un calor enervante, abrumador, una completa sofocación, como si las mallas de la mosquitera no permitiesen pasar un soplo de aire... Al abrir, de madrugada, la ventana, una bruma de estío, densa y moviéndose lentamente, ribeteada de negro y rosa en los bordes, flotaba en los aires como una nube de humo de pólvora sobre un campo de batalla. No se movía una hoja, y en esos frondosos jardines que tenía ante mis ojos, las viñas espaciadas sobre las laderas bajo espléndido sol que azucara los vinos, los pequeños naranjos, los mandarineros en interminables filas microscópicas, todo conservaba el mismo aspecto mohíno, aquella inmovilidad de hojas en espera de la tempestad. Los mismos bananeros, esos extensos cañaverales de un color verde claro, agitados siempre por alguna brisa que enmaraña su fina cabellera tan leve, alzábanse silenciosos y derechos, como penachos bien puestos en su sitio.
Permanecí un momento contemplando aquella maravillosa vegetación, donde estaban reunidos todos los árboles del mundo, produciendo cada cual en su estación respectiva, flores y frutos exóticos. Entre los campos de trigo y los macizos de alcornoques, plateaba una corriente de agua fresca, que agradaba contemplar en esa asfixiante madrugada, y admirando a un tiempo el lujo y el orden de esas cosas, aquella hermosa quinta con sus arcos moriscos, sus terrazas completamente blancas, de flor de espino, las cuadras y los cobertizos agrupados en torno, recordaba yo que veinte años antes, cuando aquellas intrépidas gentes se habían instalado en ese valle del Sahel, no habían encontrado más que una mala casilla de peón caminero y un terreno inculto, erizado de palmeras enanas y lentiscos. Fue necesario crearlo y construirlo todo. A cada instante, levantamiento de árabes. Había que abandonar el arado para disparar. Después, las enfermedades, oftalmías, fiebres, la escasez de cosechas, los tanteos de la inexperiencia, la lucha con una administración ciega y siempre flotante. ¡Cuántos esfuerzos! ¡Qué de fatigas! ¡Qué vigilancia más perseverante!
Ahora, todavía, a pesar de haber pasado los malos tiempos y de la fortuna con tantos esfuerzos adquirida, ambos, el hombre y la mujer, eran quienes se levantaban primero en la granja. A aquella hora matutina, oía sus idas y venidas por las grandes cocinas de la planta baja, vigilando el café de los trabajadores. No tardó en sonar una campana, y un momento después los obreros desfilaron por el camino. Viñadores de Borgoña; labradores kabilas con fez rojo; peones mahoneses, con las piernas al descubierto; malteses y luqueses; todo un pueblo heterogéneo, difícil de dirigir. El hacendado, ante la puerta, distribuía a cada uno de ellos su tarea de la jornada, con voz breve y algo dura. Cuando terminó el buen hombre, levantó la cabeza y escudriñó el cielo con desasosiego; después, al verme en la ventana, me dijo:
--Mal tiempo hace para el cultivo... va a soplar el siroco.
Efectivamente, a medida que se alzaba el sol, llegaban del Sur hasta nosotros bocanadas de aire cálido y asfixiante, como si viniesen de la puerta de un horno abierta y vuelta a cerrar. No se sabía adónde guarecerse, ni cómo evitar la angustia. Así transcurrió toda la mañana. Tomamos el café sobre las esteras de la galería, sin tener ánimo para hablar ni movernos. Los perros, estirándose y buscando la frescura de las losas, tumbábanse fatigados. El almuerzo nos reanimó un poco, un almuerzo abundante y extraño, compuesto de carpas, truchas, jabalí, erizo, manteca Stanelí, vinos de Crescia, guayabas, bananas, manjares exóticos, cuyo conjunto semejaban a la naturaleza tan compleja que nos rodeaba... Estábamos a punto de levantarnos de la mesa, cuando de repente, por la puerta-ventana, cerrada para resguardarnos del calor del jardín hecho un ascua de fuego, oyéronse grandes gritos:
--¡La langosta! ¡La langosta!
Mi anfitrión palideció como un hombre a quien anuncian un desastre, y salimos precipitadamente. Durante diez minutos hubo en aquella casa, tan sosegada poco antes, un ruido de pasos redoblados y voces indefinidas, que se perdían como en la agitación de un despertar. Desde la sombra de los vestíbulos, donde estaban durmiendo, lanzáronse fuera los criados haciendo resonar con palos, horcas y bieldos todos los objetos de metal que encontraban a mano, calderos de cobre, palanganas, cacerolas. Los pastores hacían sonar el cuerno pastoril. Otros llevaban caracolas marinas, trompas de caza. Aquello era un ruido espantoso, discordante, que dominaban con notas sobreagudas los «¡yu, yu, yu!» de las mujeres árabes de un aduar vecino que acudieron corriendo. Parece ser que en ocasiones un gran ruido, un estremecimiento sonoro del aire, aleja la langosta y le impide descender.
Pero, ¿dónde estaban esos terribles insectos? En el cielo, vibrante de calor, no se veía nada más que una nube aparecer por el horizonte, cobriza, densa, como una nube de granizo, con el ruido de un huracán entre las mil y mil ramas de un bosque. Aquella nube era la langosta. Agarrados los unos a los otros estos insectos por sus alas secas extendidas, volaban en montón, y a pesar de nuestros gritos y de nuestros esfuerzos, la nube no cesaba de avanzar, proyectando en la llanura una sombra inmensa. Pronto estuvo sobre nuestras cabezas; en los bordes viose durante un segundo un desgarrón, una rotura. A semejanza de los primeros granizos de un turbión de pedrisco, desprendiéronse algunos, perceptibles, rojizos; al punto se deshizo toda la nube, cayendo vertical y ruidosa aquella granizada de insectos. Los campos quedaron cubiertos de saltamontes enormes, gordos como el dedo, en una extensión inmensa.
Entonces diose principio a la matanza. Horrendo murmullo de aplastamiento de paja molida. Con gradas, azadones y arados revolvíase aquel suelo movedizo, y cuantos más insectos se mataba más había. Rebullíanse por capas, con sus altas patas enredadas unas en otras; los de encima saltaban ágilmente para salvarse, agarrándose a los belfos de los caballos enganchados para esa extraña labor. Los perros de la granja y los del aduar, azuzados a campo traviesa, lanzábanse sobre ellos y los trituraban furiosos. En ese momento llegaron dos compañías de turcos, con la banda de cornetas al frente, a ayudar a los infelices colonos, y la matanza varió de aspecto.
Los soldados no aplastaban los insectos, sino que los quemaban esparciendo largos regueros de pólvora.
Rendido de fatiga, con el estómago revuelto por el hedor, me metí en casa. Dentro de la quinta, había casi tantos insectos como fuera. Entraron por las aberturas de las puertas y ventanas, por los tubos de las chimeneas. Al borde de los tableros y en los cortinajes, roídos ya, se arrastraban, caían, volaban, trepaban por las blancas paredes, con una sombra gigantesca que hacía mayor su fealdad. Y siempre aquel olor hediondo. En la comida fue preciso pasar sin agua. Las cisternas, las fuentes, los pozos, los víveres de pesca, todo estaba inficionado.
Por la noche, en mi alcoba, donde, no obstante, se habían matado enormes cantidades, oía aún rebullicio debajo de los muebles, y ese crujir de élitros semejante al peterreo de los dientes de ajo que estallan con los calores fuertes.
Tampoco me fue posible dormir aquella noche.
Además, todos estaban despiertos alrededor de la granja.
Serpeaban a ras de tierra llamaradas, de un extremo a otro de la llanura.
Los turcos continuaban la matanza.
Al siguiente día, cuando abrí la ventana como la víspera, la langosta había emigrado. Pero, ¡qué ruina dejaron tras de sí! Ni una flor, ni una brizna de hierba; todo lo dejaron negro, corroído, calcinado. Los bananos, los albaricoqueros, los abridores, los naranjos mandarines se distinguían solamente por el aspecto de sus desnudas ramas, sin el encanto y la ondulación de hojas que constituye la vida de los árboles. Empezábase la limpieza de los cauces de agua, de los aljibes. Por doquiera cavaban los peones la tierra para destruir los huevos puestos por los insectos. Cada terrón era destripado, desmenuzándolo esmeradamente. Y al ver las mil raíces blancas, llenas de savia, que aparecían en esos destrozos de tierra fértil, el corazón se oprimía y el alma se angustiaba...
EN CAMARGUE
I
LA PARTIDA
El recado del guarda, medio en francés, medio en provenzal, que ha traído un mensajero, anunciando que han pasado ya dos o tres buenas bandadas de _galejones_, de _carlotinas_, y otras _aves de primera_, ha producido gran rumor en el castillo.
«Vendrá usted con nosotros», me han escrito mis amables vecinos. Y esta mañana a las cinco estaba esperándome al pie de la cuesta su gran _break_, cargado de escopetas, perros y víveres. Henos aquí rodando por la carretera de Arlés, algo seca y árida en esta madrugada de diciembre, en que apenas se distingue el pálido verdor de los olivos y el verde intenso de las encinas, demasiado de invernadero y como ficticio. No faltan madrugones que iluminan las vidrieras de las granjas, y en las cresterías de piedra de la abadía de Montmajour, los quebrantahuesos aletargados todavía por el sueño revolotean entre las ruinas. Sin embargo, encontramos ya, a lo largo de las zanjas, campesinas viejas que van al mercado, trotando en sus borriquillos. Vienen de la Ville-des-Baux. ¡Seis leguas largas para sentarse una hora en las gradas de San Trofino y vender paquetitos de hierbas medicinales recolectadas en la montaña!...
Divisamos ya las murallas de Arlés; murallas bajas y almenadas, como se ven en las estampas antiguas, donde aparecen guerreros armados de lanzas sobre terraplenes menores que ellos. Cruzamos a galope esta maravillosa y pequeña ciudad, una de las más pintorescas de Francia, con sus balcones esculpidos y barrigudos avanzando hasta el centro de las calles estrechas, con sus vetustas casas renegridas, de puertas pequeñas, moriscas, ojivales y bajas, que nos recuerdan los tiempos de Guillermo Court-Nez y de los sarracenos. A aquellas horas no había aún nadie en la calle. Sólo está animado el muelle del Ródano. El barco de vapor que hace la travesía de Camargue calienta las calderas junto a los escalones, dispuesto a partir. _Caseros_ con blusa roja, muchachas de La Roquette que van a ganar el jornal en las faenas agrícolas, suben a cubierta con nosotros, charlando y riéndose. Bajo las amplias mantillas obscuras, levantadas a causa del fuerte viento de la mañana, la alta cofia arlesina presta elegancia y empequeñece a la cabeza, con ribetes de lindo descaro, algo así como deseos de erguirse para que la risa o la frase picaresca vaya más lejos... Suena la campana; nos ponemos en marcha. Con la triple velocidad del Ródano, de la hélice y del viento mistral, extiéndense las dos orillas. De un lado está la Crau, una llanura estéril y pedregosa. Del otro, la Camargue, más verde, que prolonga hasta el mar su hierba corta y sus marismas cuajadas de cañaverales.
El vapor se detiene de vez en cuando junto a un pontón, a la izquierda o a la derecha (al Imperio o al Reino, según se decía en la Edad Media, en época del reino de Arlés, y como los marineros viejos del Ródano dicen hoy todavía). En cada pontón vese una quinta blanca y un ramillete de árboles. Desembarcan los trabajadores cargados de herramientas, y las mujeres con la cesta al brazo, erguidas sobre su talle. Hacia el Imperio o hacia el Reino, poco a poco va quedando vacío el vapor, y cuando descendemos nosotros en el puente del Mas-de-Giraud, casi no queda nadie a bordo.