Cartas americanas. Primera serie
Part 9
A la verdad que á tanta costa, y exponiéndome á tanto percance, tal vez ni aun cuando yo estuviese ahora en la flor de la juventud, me atrevería á ir á Bogotá. El Sr. Cané pinta la empresa casi como sobrehumana para un hombre civilizado. Hubo momentos en que dice que se apoderó de su espíritu una desesperación infinita y en que sintió deseos de arrojarse al río á pesar de los caimanes, ó de pegarse un tiro y acabar con aquel martirio sin gloria, sin excitación moral, sin propósito alentador.
Repito que todo esto me parece exagerado. Los argentinos deben de ser más vivos de imaginación y más dados á ponderar que los andaluces. Pero como quiera que sea, en vista de esos peligros, de ese abrasado país que rodea el paraíso de Bogotá, y que es menester atravesar para penetrar en él, me representaba yo á Bogotá, al leer el libro del Sr. Cané, como á la hermosa Walquiria Brunequilda, á quien el dios su padre, á fin de que nadie pudiese gozar de su gentil presencia, trato y afecto, sin mostrar antes el ánimo más esforzado, circundó de un espantoso círculo de voraces llamas, en cuyo centro ella quedó dormida durante siglos, como puede verse en la bella ópera de Ricardo Wagner.
Asimismo, representándome todo el cúmulo de obstáculos que para llegar á Bogotá deben allanarse, y después lo agradable y ameno de la vida en Bogotá, donde hay tanto músico y tanto poeta, recordaba yo la antiquísima fábula griega del país de los Hiperbóreos, para llegar al cual se necesita pasar más allá de las Montañas rifeas, donde Bóreas vive y donde hay tremendos peligros y todo es inhospitable. Pero, salvados la aspereza y el horror de las referidas montañas, hallábase el viajero en medio de un pueblo excelente, predilecto del dios Apolo, donde casi todos los habitantes cantaban y tocaban deliciosamente la lira, y donde las lindas mujeres eran también cantoras, y bailaban con rara gallardía, y cautivaban los corazones con su ingenio y con su gracia.
En resolución, yo acepto, sin rebajar un ápice y sin borrar un tilde, todo lo bueno que en alabanza de Bogotá dice el Sr. Cané en su divertido é interesante libro; pero si no borro, rebajo bastante de los trabajos y de los casos peligrosos de la peregrinación hasta allí desde Barranquilla. ¿Quién sabe si dentro de diez ó doce años, ó antes, ya desde Barranquilla, ya desde un punto cualquiera de la costa, se subirá por ferrocarril hasta Bogotá con la misma facilidad con que se va ahora desde París á Bruselas?
Por lo pronto, no podemos negar, aunque sí atenuar algo, las penalidades de la ascensión. Y, por cierto, que lo que apenas puede concebir la fantasía, y supone un valor sobrenatural, es la hazaña de llegar hasta allí, y de descubrir y conquistar aquello, como lo hicieron en 1556 un puñado de españoles, á las órdenes de D. Gonzalo Jiménez de Quesada. Cerca de un año duró la peregrinación, y en ella murió la mitad de los aventureros que mandaba D. Gonzalo, vencidos por el hambre, los animales ponzoñosos, las fiebres y las inclemencias del cielo; pero, como dice el Sr. Martín García Mérou en sus _Impresiones_, «al alcanzar la elevada planicie, hallaron la recompensa de sus fatigas. Aquel era el país de los chibchas, el más opulento y el más civilizado que habían encontrado hasta entonces, con sus verdes sementeras, sus poblaciones indígenas, los palacios de sus caciques, la fecundidad de sus campos y la abundancia de sus aguas».
La planicie de Bogotá fué, pues, desde antes que los españoles la descubrieran, centro y foco de civilización. Los chibchas ó muiscas de entonces no eran inferiores en cultura á los súbditos de Atahualpa y de Moctezuma, así como los bogotanos de ahora son el pueblo más aficionado á las letras, ciencias y artes de toda la América española.
Desde que el Nuevo Reino de Granada se cristianizó y se españolizó han abundado en él poetas é historiadores, que algo nos han descubierto de su antigua manera de ser, de su mitología, leyendas y vida anterior á la conquista.
De todo esto quisiera yo hablar extensamente, porque todo esto es muy curioso; pero si empiezo tan _ab ovo_, ¿qué infinidad de cartas no tendré que escribir si he de llegar á decir algo del _Parnaso Colombiano_ que Ud. me ha remitido?
El _Parnaso Colombiano_ consta de dos tomos de cerca de 400 páginas cada uno, impresos el tomo I en 1886 y el tomo II en 1887, y que contienen composiciones de más de cien poetas y de quince ó diez y seis poetisas, contemporáneos todos, ó sea posteriores á la independencia. Pero como Ud. amplifica é ilustra la colección hecha por Julio Añez con un extenso discurso preliminar, que puede considerarse como compendio de la historia literaria de Colombia, por fuerza, aunque no quiera, tendré que hablar de todo, si he de dar mi opinión á Ud.; y á los demás que leyeren estas cartas, cierta idea de lo que es ese pueblo y de lo que importa y vale su vida intelectual.
Y ya se entiende que lo que yo diga ha de ser muy somero, por dos razones: porque yo, de mío, soy muy poco profundo, y porque debo ser breve para no cansar.
Aseguro á Ud. que si no fuese por esta invencible _scribendi cacoethes_ que me aqueja, la tal cuestión de lo profundo y de lo somero me hubiera hecho arrojar la pluma lejos de mí desde hace años. Yo necesito un público mediano en lo tocante á sabidurías: que sepa algo para que no le parezca pesada mi corta erudición; que no sea muy desdeñoso é indiferente para el saber, á fin de que el mío le interese; y que no sepa mucho, á fin de que algo de lo que yo le diga le coja de nuevas, y no lo considere como sabido y resabido, y que ya no se debe ni recordar. Como aquí, ó el público es muy sabio, sobrado sabio, ó no se le da un comino de todas las sabidurías, yo estoy perdido, y con las cosas que he publicado me han ocurrido mil desengaños.
Pondré ejemplos.
Cuando traduje del alemán la obra de Schack titulada _Poesía y arte de los árabes en España_, imaginaron muchos que todas aquellas coplas y todos aquellos poetas eran creación mía, y como creación mía, los desdeñaron; pero en cambio los profundos orientalistas españoles despreciaron, no sólo la traducción, sino el original que yo había traducido. Los versos todos estaban tomados por Schack, que no sabe árabe, de no sé cuántas traducciones en lenguas modernas de Europa. En suma, mi trabajo era superficialísimo y no enseñaba nada.
Con mis cartas á D. Jesús Ceballos Dosamantes me ha pasado algo más gracioso aún, si no fuese tan lamentable. Para muchos, yo soy el inventor de D. Jesús Ceballos Dosamantes y de su _Perfeccionismo absoluto_, imaginado adrede por mí para decir algunas burlas, como si mil sistemas filosóficos europeos no se prestasen á más burlas, si está uno de humor para hacerlas; pero en cambio el público re-sabio nada halla nuevo ni peregrino en D. Jesús Ceballos Dosamantes, ni en su impugnador ó expositor tampoco: todo lo han leído y releído, y casi se lo tienen ya olvidado, por saberlo tan bien desde que tomaban papilla.
Así, escribir para mí es como navegar entre dos escollos; pero yo he de escribir sin remedio. No puedo curarme de mi afición á escribir. Lo que procuro inculcar siempre en el ánimo de mis lectores es que no pretendo enseñar, sino entretener un rato, si puedo, y además divulgar algunos conocimientos que los sabios están ya hartos y aun tifos de saber, pero que varias personas cándidas y de buena fe ignoran y no desdeñan que lleguen á su noticia.
En estas cartas, pues, nada trato yo de enseñar á los sabios; pero me daré por pagado de que á Ud. contenten y de que esas varias y pocas personas cándidas sepan por ellas que hay del otro lado del Atlántico, en el corazón de la América meridional, sobre esa elevada meseta ó nava de los Andes, cierta agrupación de españoles emancipados, nación nueva, hija de la nuestra, donde nuestro idioma se cultiva y se habla y se escribe con primor, elegancia y pureza, y donde brillan nuestras artes y antigua cultura, transfiguradas y modificadas por otro cielo, por la distancia y por diversas condiciones sociales.
Con tan buen propósito seguiré escribiendo estas cartas, sin arredrarme ni desanimarme, si bien procurando que no sean muy largas, ni muchas.
Y aquí termino la primera, asegurando á usted que soy su agradecido amigo.
* * * * *
_20 de Agosto de 1888._
II
Muy estimado señor mío: En mi sentir, y ya lo he dicho no pocas veces, sin que crea yo que mi aserto pueda ofender al colombiano más celoso de su nacional autonomía, la literatura de su país de Ud. es parte de la literatura española, y seguirá siéndolo, mientras Colombia sea lo que es y no otra cosa. No quita esto que se dé diferencia dentro del género, que en la unidad quepa la variedad con holgura; que sobre la condición general de españolismo se note en toda obra del ingenio de Colombia un sello especial y característico; y menos impide que, con el andar del tiempo, pueda llegar lo que Colombia intelectualmente produzca á igualar y aun á superar en mérito y en abundancia la producción literaria de esta Península.
Entendidas las cosas así, es doble falta por parte de España el desconocimiento general (y no niego que hay excepciones y personas que saben aquí cuanto de ahí hay que saber) del movimiento intelectual de esa República. Ustedes nos leen, nos conocen, nos estudian, pero en España se sabe poquísimo de los autores colombianos. A remediar esto ha venido la creación de la Academia colombiana de la lengua, correspondiente de nuestra Real Academia Española. Así la fraternidad se restablece, y así revive la comunicación entre España y su antigua colonia, hoy emancipada. De esperar es que este elevado comercio, digámoslo así, se extienda y divulgue algo más, para honra y provecho de los que escribimos, y que un libro de historia, una novela ó un poema de un ingenio de Colombia halle su público en Madrid, sea objeto de nuestra crítica, llame aquí la atención é interese, y se venda en nuestras librerías, con relación á su mérito, como cualquiera obra de un escritor peninsular.
Mi deseo es que todo libro colombiano, de algún valer, deje de ser una curiosidad bibliográfica en España, y naturalmente que también los libros españoles lleguen á tener en Colombia más público del que tienen hoy.
Aun distamos mucho de que se logre esta harto modesta aspiración. Y casi me atrevo á asegurar que en toda nuestra Península é islas adyacentes no hay, ni en poder de los libreros, ni en manos de aficionados á versos, más ejemplares del _Parnaso Colombiano_ que los que Ud. y el Sr. Añez hayan enviado de presente, entre los cuales está el mío.
Al dar yo cuenta aquí del _Parnaso Colombiano_ me parece, pues, que doy cuenta de una rareza literaria.
Toda literatura tiene sus precedentes, y la de ustedes, que puede decirse que empieza con esta centuria, los tiene nobilísimos desde que nació la Colonia.
Ya anuncia y augura la vocación literaria de esa nación que el descubridor, conquistador y fundador D. Gonzalo Jiménez de Quesada fuese letrado á par que guerrero, que tomase _ora la espada, ora la pluma_, y que dejase escritos un _Compendio historial_, y lo que peor parece que se aviene con su carácter y condición de batallador y aventurero, una obra devota: _Colección de sermones con destino á ser predicados en las festividades de Nuestra Señora_.
También fué aventurero y soldado el ilustre Juan de Castellanos, que igualmente fué por ahí desde España.
Después de larga vida militar, llena de azares y aventuras, se hizo sacerdote, y retirado en Tunja, empleó los ocios de su sana y robusta vejez en escribir todo cuanto sabía, ó por lectura, ó de oídas, ó por haberlo presenciado, y aun representado en ello su papel, «de la variedad y muchedumbre de cosas acontecidas en las islas y costas del mar del Norte de estas Indias Occidentales, donde, añade él en su dedicatoria á Felipe II, he gastado yo lo más y mejor del discurso de mi vida,» etc.
No diremos que Juan de Castellanos sea un Virgilio, ni llegue siquiera en pasaje alguno á la alta é inspirada entonación de Ercilla; pero son asombrosos y simpáticos su facilidad, el candor de su estilo, la frase natural y castiza, y á veces la gracia y el primor con que lo va refiriendo todo en octavas reales ó de versos endecasílabos. Su obra es inmensa, pues no sólo compuso las _Elegías de varones ilustres de Indias_, que llenan un tomo de 565 páginas de la compacta edición de _Autores Españoles_ de Rivadeneira, y contienen muy cerca de noventa mil versos, sino también una _Historia del Nuevo Reino de Granada_, que andaba inédita y como perdida, y que há poco publicó por vez primera D. Mariano Catalina en su _Colección de Escritores castellanos_. Todo esto lo hacía el historiador-poeta sin esperar remuneración alguna, sino la de su beneficio, y, como dice con cándida sencillez, «para no comer el pan de balde».
Y no se imagine que la lectura de las obras de Juan de Castellanos sea fatigosa é inútil. Contienen las obras un precioso tesoro de noticias, y no rara vez caen muy en gracia la inocente malicia, el desenfado y la soltura con que refieren algunas cosas cómicas ó les ponen comentarios. Así, al hablar de cierta fuente milagrosa que devolvía doncellez y vigor á mujeres y á hombres, pondera Castellanos la multitud de gente que iría en peregrinación allí, si el hecho fuera indudable, para recobrar _sus antiguas gallardías_, y añade:
Cierto, no se tomaran pena tanta Por ir á visitar la Tierra Santa.
Parece, á la verdad, un cuento de Lafontaine aquel episodio del portugués, enamorado de la india, que no gustaba de él y quería abandonarle. El portugués, para gala y como principio de civilización y de púdico decoro, había revestido á la india de una camisa. Era de noche: la india estaba al lado de su amigo, y para alejarse pretextó cierto indispensable negocio. Como la india era ladina, pensó en que la camisa blanqueaba en la obscuridad, y quitándosela á escape, se quedó con el traje que fué de su crianza. Así se escapó de entre las manos del portugués, el cual, contemplando siempre la camisa, que había dejado ella tendida en unas matas, creía que allí estaba la señora de sus pensamientos. Impaciente ya de que tardase tanto, el portugués decía: _Ven ya á os brazos do galan que te deseia._
Viendo no responder, tomó consejo De levantarse con ardiente brío, Diciendo: _¿Cuidas tú que non te vejo?_ _¡Vejot muyto ben pelo atavio...!_ Echóle mano, mas halló el pellejo De la querida carne ya vacío: Tornóse, pues, con sólo la camisa, Y más lleno de lloro que de risa.
A más de Juan de Castellanos habla Ud. en su _Estudio preliminar_ de otros muchos escritores que hubo ahí durante el período colonial, descollando entre los poetas Hernando Domínguez Camargo, autor de un poema sobre San Ignacio de Loyola; D. Francisco Alvarez de Velasco y una inspirada y mística monja llamada la Madre Castillo.
Por lo demás, la historia literaria de ahí sigue un curso paralelo al de la nuestra: idéntico culteranismo ó gongorismo en el siglo XVII; idéntica decadencia prosaica hasta mediado el siglo XVIII, y hacia fin del siglo XVIII y en el primer tercio del siglo XIX, cierto renacimiento y gusto más puro y elevado, aunque debido al menoscabo de la originalidad castiza y á la imitación, si no de las composiciones, de los preceptos del pseudo-clasicismo francés.
El romanticismo penetró ahí, como en España, por medio de la literatura francesa. Y justo es confesar que si durante el imperio pseudo-clásico seguimos los preceptos franceses, y nuestra poesía estuvo impregnada, así como la política, de la ligera filosofía sensualista, liberalesca y filantrópica ó humanitaria de Francia, la poesía era, en la forma, menos imitadora que lo fué después de la francesa. El pseudo-clasicismo francés no había tenido un Víctor Hugo que darnos por modelo. De aquí que nuestros poetas peninsulares anteriores al romanticismo, aunque estén inspirados por Rousseau ó por Voltaire ó por otros autores de Francia, son castizos en la forma; y si á alguien imitan, es á los clásicos griegos y latinos, á los italianos y á nuestros mismos clásicos del siglo XVI. Lo propio puede decirse de los poetas hispano-americanos del citado período. Con el romanticismo perdimos, sobre todo en América, en la castiza originalidad de la forma. Y digo _sobre todo en América_, porque ahí, como en tierra de menos recuerdos y que mira más al porvenir, prevaleció el romanticismo de las ideas modernas sobre el romanticismo retrospectivo é histórico, que nos dió en España al duque de Rivas y á Zorrilla, y que prestó á Arolas, á Hartzenbusch, á García Gutiérrez y á muchos otros un fondo y un color castizos y populares, los cuales vinieron á extenderse hasta por las obras de los poetas más cosmopolitas, como Espronceda.
Pero pasó de moda el romanticismo, como el pseudo-clasicismo había pasado, y tanto en España cuanto en Colombia, realizada esta revolución literaria, indispensable y bienhechora, se sintieron sus saludables efectos, y apareció una filosofía del arte, y por lo tanto una crítica, más comprensiva y transcendente.
En este punto, y guiado Ud. por esta más alta crítica, habla y juzga á los autores, todos sus contemporáneos y compatricios, que el _Parnaso Colombiano_ encierra.
En el fondo de sus ideas, como en el fondo de las nuestras, ¿quién negará que hay mucho elemento filosófico y científico, importado de Francia, de Inglaterra y de Alemania? Vamos detrás de estas naciones, y el abatimiento y la modestia nos inducen á creer que vamos aún más rezagados. Pero el sentimiento y la forma, y el medio ambiente y los recuerdos históricos salvan y dan realce á la propia originalidad, y producen una poesía que no carece de ser y de índole peculiares.
Aunque Uds., como nosotros, se dejan influir por poetas extranjeros, siendo los que más han influído últimamente, tanto ahí cuanto aquí, Byron, Víctor Hugo y Enrique Heine, yo noto con mucho gusto que, contra esta corriente de extranjerismo, luchan en Colombia, no sin éxito, la buena tradición española y el ejemplo y el modelo que ofrecen poetas peninsulares del día, conocidos todos en América, y tal vez más queridos, encomiados y estudiados que en España.
Nuestros poetas, de los que veo más huella y sabor en los novísimos colombianos, son Bécquer, Campoamor y Núñez de Arce.
Los que Ud. más celebra y los que antes han tenido ahí más influjo son Quintana, el duque de Rivas, Espronceda, García Gutiérrez, Tassara y Bermúdez de Castro. Y al que Ud. pone por las nubes, como contradiciéndonos, pero no á mí, que sigo casi su opinión, es á Zorrilla, á quien Ud. llama _la primera figura poética de España en este siglo_.
Con lo dicho se empieza á formar idea de la fisonomía general del _Parnaso Colombiano_. Hay que añadir ahora otros rasgos singulares. A pesar de la extraordinaria facilidad con que en Colombia se versifica, y aunque es Colombia una república democrática, su poesía es aristocrática, culta y atildada. Se ve que es producto de algo como una casta superior, dominadora aún, no por las leyes que á todos hacen iguales, sino por la inteligencia, el saber y la cultura, que importó en el país, sobre otra casta inferior, que no se ha extinguido ni ha desaparecido casi, como en las que fueron colonias inglesas, sino que vive en cierta subordinación patriarcal y suave.
Las ideas, los sentimientos, el habla, la religión, las costumbres y tradiciones importados de España por los que vinieron á fundar la colonia, persisten, pues, y son tenidos en gran veneración. Son como los dioses penates, que no ahuyentaron ni la revolución, ni la guerra de la independencia contra la metrópoli, ni las ulteriores guerras civiles.
De aquí que el hombre quizá más eminente en Colombia por el pensamiento, en el vigor de su edad aún (nació en 1843), sea un ultraconservador, un tradicionalista, lo que llamábamos pocos años há en España un neocatólico; pero un neocatólico, un _retrógrado_, que, como dice el liberal Sr. Cané, «ha leído cuanto es posible leer en treinta años de vida intelectual. Su alta inteligencia ha entrado á fondo en la literatura moderna, y pocos como él podrían hablar con tal autoridad de lo que en materia de ciencias y letras se ha hecho en el mundo en los últimos cien años.»
Este hombre, además, es un sabio filólogo y humanista, muy versado en los autores clásicos; griegos y latinos, como lo demuestra su hermosa traducción de Virgilio.
Ya se entiende que hablo de Miguel Antonio Caro, hijo de José Eusebio, poeta ilustre también, y de cuyas poesías ha hecho linda edición, agotada ya, el Sr. D. Mariano Catalina, en su _Colección de Escritores castellanos_.
Miguel Antonio ha escrito mucho en prosa, así de ciencias morales y políticas como de filología. En pocos escritos modernos resplandece más que en los de este autor lo que podemos llamar el españolismo.
Por ello le censuran no pocos americanos, pero no hemos de ser los españoles los que también le censuremos. Además que los mismos americanos más liberales empiezan ya á calificar de injusta y de cansada y de falsa tanta y tanta declamación contra los descubridores y conquistadores de América. Sus culpas, si por herencia se transmiten, más pesan sobre los americanos, si no son indios, que sobre nosotros, ya que nuestros padres, salvo el caso de algunas familias históricas, como Colón, Pizarro, Cortés y Orellana, se quedaron por acá, y no cometieron las atrocidades feroces que á los conquistadores se atribuyen.
Y aun dando por evidentes todas esas atrocidades, ¿es de presumir que á fines del siglo XV y principios del siglo XVI hubieran sido más humanos, más benignos y más generosos los ingleses ó los alemanes, por ejemplo, si les hubiera tocado hacer nuestro papel, descubrir ese continente, y el mar del Sur, y los Andes, y echar por tierra los imperios del Perú y de Méjico? ¿Habría en Colombia tanto indio vivo si en vez del literato y autor de sermones D. Gonzalo Jiménez de Quesada, y de los frailes, entre los cuales hubo más Las Casas que Valverde, hubiera ido por ahí un aventurero tudesco con buen golpe de _lasquenetes_?
Estas y otras consideraciones por el estilo, que se le ocurren á cualquiera, valen para disculpa, suponiendo que necesite disculpa el _retrogradismo_ ó _tradicionalismo_ de D. Miguel Antonio Caro, y prueban que no se puede acusar á este señor de que defiende hasta la Inquisición, y de que su prurito de santificar lo pasado es irreconciliable con la clara luz de su elevado entendimiento.
Este entendimiento elevado brilla en todas las obras de D. Miguel Antonio, le ha hecho célebre y muy estimado en toda América, y aun entre nosotros, é ilumina singularmente sus poesías, de las que en el _Parnaso Colombiano_ hay hermosísimas muestras. No sin motivo califica Ud. al autor de gran poeta, y considera sus mejores versos _La vuelta á la patria_. En lo que no estoy conforme con Ud. es en que no hay nada por el estilo de esta composición en la poesía castellana y en colocarla en el género de poesía inglesa. Ferviente admirador soy yo también de la poesía inglesa, y la creo, por lo general, más concisa que la nuestra y muy hondamente sentida. Para lo de la concisión hasta hay razones materiales. En inglés bien se puede afirmar que la mitad ó menos de sílabas que en castellano basta á expresar las mismas cosas.