Cartas americanas. Primera serie

Part 10

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Y, sin embargo, yo nada veo de exótico en _La vuelta á la patria_ del Sr. Caro. No es menester dejar de ser español para ser sencillo, sentido y profundo. No eran ingleses, ni habían leído poesía inglesa, fray Luis de León y Jorge Manrique. Dejando, no obstante, esta discusión á un lado, convengo en que es preciosa _La vuelta á la patria_. Aquella dulce y mística melancolía, aquella vaguedad esfumada con que percibimos como verdadera patria la que está más allá de la muerte, y aquella pintura, tan natural y verdadera, de la patria terrenal, de la casa de nuestros padres, del valle tranquilo en que pasó nuestra niñez; y aquella mengua y abatimiento del corazón enfermo, que vuelve á su antigua soledad, que la desea y que ya no la halla, porque ya no existe sino en su mente como ideal divino: todo, en suma, en esta composición, en que hay más sentidos y más ideas que palabras, la hacen en mi opinión perfecto dechado de poesía de sentimiento en cualquier idioma. No se puede citar un solo verso sin citarlos todos. Nada huelga en la composición. Todo está primorosamente enlazado y forma el más armonioso conjunto.

Tampoco estoy conforme con Ud. en calificar de germánica _La flecha de oro_. Aquello es original, es nuevo; pero ¿por qué no ha de haber nada español que tenga algo de original y de nuevo, que no esté vaciado en los antiguos moldes, y que no por eso sea germánico ó inglés? El asunto de _La flecha de oro_, el _cuento_, es tan poco germánico, que está tomado del principio de un _cuento_ de _Las mil y una noches_. Lo inventado por Caro es el valor simbólico y transcendente, que adquiere en su breve poesía la antigua leyenda india, persa ó arábiga. El príncipe, en los versos de Caro, no vuelve á encontrar la flecha, como la encuentra en el cuento de _Las mil y una noches_. No hubo hada Parabanú, que, enamorada de él, la extraviase para atraerle. La _flecha_ del antiguo cuento nada significa: la _flecha_ del poemita de Caro tiene alta significación. Y la sobriedad artística con que esta significación queda indeterminada, hace aún más poéticos los versos, abriendo la puerta á la fantasía del lector, para que se lance volando por todos los libres, infinitos espacios de las filosofías y de las religiones, en busca de la perdida flecha, sin envidiar al hermano que, por apuntar más bajo, tocó en el blanco y heredó el reino terrenal de su padre.

De aquí que toda alma soñadora y entusiasta pueda creerse el héroe ó la heroína de los versos, y decir:

Yo busco una flecha de oro Que, niño, de una hada adquirí, Y «Guarda el sagrado tesoro», Me dijo; «tu suerte está ahí.» Mi padre fué un príncipe: quiere Un día nombrar sucesor, Y á aquel de dos hijos prefiere Que al blanco tirare mejor. A liza fraterna en el llano Salimos con brío y con fe: La punta que arroja mi hermano Clavada en el blanco se ve. En tanto mi loca saeta, Lanzada con ciega ambición, Por cima pasó de la meta Cruzando la etérea región. En vano en el bosque vecino, En vano la busco doquier: Tomó misterioso camino Que nunca he logrado saber. El cielo me ha visto horizontes Salvando con ávido afan, Y mísero á valles y á montes Pidiendo mi infiel talismán. Y escucho una voz ¡_Adelante_! Que me hace incansable marchar: Repítela el viento zumbante: Me sigue en la tierra y el mar. Yo busco la flecha de oro Que, niño, de una hada adquirí, Y «Guarda el sagrado tesoro», Me dijo; «tu suerte está ahí.»

No he sabido resistir á la tentación de poner aquí _La flecha de oro_, aunque me acuse Ud. de impertinente y de copiarle lo que de memoria sabe.

Yo soy tardío, pero cierto. Hace cerca de un año que debo contestación á la carta de Ud.; pero ahora voy á pagar con usura, escribiéndole una serie de ellas, pues no se requieren menos para dar alguna idea de lo que es el _Parnaso Colombiano_.

* * * * *

_27 de Agosto de 1888._

III

Muy estimado señor mío: Entre las varias dificultades con que tropiezo al emitir mi juicio sobre el _Parnaso Colombiano_, cuenta por mucho (¿y por qué no confesarlo?) mi corto saber de los hombres y las cosas de ese país. En una recopilación de versos escogidos de varios sujetos, que son además personajes políticos, y que han escrito en prosa, en periódicos, y que han compuesto novelas, y libros de derecho, de filosofía, de filología y de historia, que no conozco, es menester que yo adivine mucho, y toda adivinación está sujeta á graves errores.

La mayoría de los poetas, de quienes el señor Añez pone tres ó cuatro composiciones en su _Parnaso_, han escrito tomos enteros. ¿Quién me asegura que lo que inserta el Sr. Añez sea lo mejor y lo más característico? ¿Y cómo, por las breves noticias biográficas que preceden á las composiciones de cada autor, y por lo que él dice en ellas, averiguar con plena certidumbre sus doctrinas y creencias y tasar su valer en lo justo?

Por todo esto, y porque no me es dable extenderme demasiado, mi crítica tiene que ser incompleta: no será crítica; me limitaré á participar á usted mis impresiones en general, sin detenerme á decir algo en particular sobre tanto poeta.

He empezado por Miguel Antonio Caro, porque es el más conocido entre nosotros. Es fundador de la Academia Colombiana, correspondiente de la Española; director de la Biblioteca Nacional en su país, y ahí y en todas partes muy notable polígrafo y erudito, lo cual no impide que sea también elegante, inspirado y entusiasta poeta. Las dos composiciones suyas, que ya hemos citado, lo demuestran bien, y no lo desmienten otras cuatro que inserta de él el _Parnaso_: una _A la estatua de Bolívar_, obra admirable de Teneranni, que está en la Plaza Mayor de Bogotá, y otra de ellas _A la gloria_, donde yo admiro y envidio el fervor amoroso del poeta que la canta y la desea, exento de aquella mala vergüenza con que por Europa tratamos de encubrir ese entusiasmo, si por acaso le sentimos. Todos los que componen versos le sienten aún, pero con más tibieza, y no todos se atreven á decir, ni dicen tan bien á la gloria:

A cantar me obligaste con levantado aliento, Y en premio me ofreciste tu divinal favor. Hoy á buscarme vuelves. Yo conozco tu acento Y sé de tus miradas el mágico fulgor.

* * * * *

¡Oh! ¡cumple tus promesas: alza mi nombre al cielo: Lleva los cantos míos al último confín, Y dales, incansable en tu radioso vuelo, La heroica resonancia de tu inmortal clarín!

En casi todos los poetas de que hay obras en el _Parnaso Colombiano_ debo decir, en honor de la verdad, que se advierte un sabor castizo, una corrección y una elegancia sencilla, que, no en todos, sino sólo en nuestros mejores y más cultos peninsulares se nota. Claro se ve que en Colombia es cultivado con amor y con atinado ahinco nuestro patrio idioma; que en Colombia ha nacido Rufino Cuervo. Todas las locuciones vulgares, todas las adulteraciones que pueblo tan remoto de España ha introducido en el lenguaje español, quedan tan estudiadas y corregidas en las _Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano_ de Cuervo, que no hay rastro de ello en la buena poesía.

De este respeto general al idioma aun da Cuervo otra prueba más brillante, viniendo á constituirse, como Ud. dice, desde un rincón de los Andes, en maestro excelente y superior del habla de Castilla. Su _Diccionario de construcción y régimen_ es un portento de erudición, de buen gusto, de tenacidad y de paciencia.

Imposible parece que, en medio de las faenas de una fábrica de cerveza, donde Rufino, auxiliado por su hermano Angel, creó los bienes de fortuna que no tenía, le sobrasen tiempo y medios para leer, conocer á fondo y poder citar todo libro escrito en castellano desde la formación del lenguaje hasta ahora. Así será su obra alto monumento literario, honra de Colombia, de él y de la raza á que pertenece. Al mismo tiempo da Rufino Cuervo noble ejemplo de vivir, cuando, hijo del que fué presidente de la república, no se avergüenza de emplearse en bajos y mecánicos menesteres para ganarse la vida, y, ya ganada, la consagra por completo á competir con Littré, si no á vencerle, haciendo un _Diccionario de autoridades_, con tal copia de ejemplos, que pasma y aturde, y donde está la historia de cada palabra y de todas sus acepciones, desde el siglo XII hasta el XIX.

Hablo aquí de Cuervo para consagrarle este testimonio de mi admiración, y para que sea como muestra y garantía de que en su tierra se sabe la lengua castellana, lo cual importa mucho en la alabanza de sus poetas. El crítico circunspecto, digan lo que digan los entusiastas y sublimes, tiene que ir con pies de plomo en eso de conceder ó de negar patentes de _genio_ y en disponer de la inmortalidad gloriosa para otorgarla ó rehusarla, según su antojo; pero bien puede afirmar, y yo lo afirmo del _Parnaso Colombiano_, que es un dechado de buen decir, y fehaciente documento de la civilización del pueblo donde tales poetas hay, y del arte, magisterio y esmerado tino con que manejan el habla, instrumento de la poesía.

Prestan además carácter á la poesía colombiana en general dos condiciones, ó mejor diré circunstancias, que influyen mucho en que sea buena y original. Es una el espectáculo de la magnífica naturaleza que rodea al poeta y le inspira, y es otra la sencillez patriarcal de costumbres, que transciende y da clara y dichosa muestra de sí en el estilo, á pesar de ciertos refinamientos de cultura intelectual, y á pesar de autores, grandes sí, pero enrevesados, ampulosos y gongorinos á su manera, que á veces se toman por modelo, como Víctor Hugo por ejemplo.

Para citar algo que ponga de manifiesto lo que digo, tengo que ir muy á la ventura y no respondo de que lo que yo cite sea siempre de lo mejor. Los poetas citados tienen además que permanecer para nosotros medio desconocidos. Por unos cuantos versos no es posible apreciar á los que han escrito mucho.

Hay; v. gr., un doctor Manuel María Madiedo que ha escrito tanto como el Tostado. Ha escrito tragedias, dramas, sainetes, novelas y obras por cuyos títulos, que es lo único que yo conozco, se calcula que han de ser de filosofía, de religión y de política, como _La ciencia social_, _Crítica general_, _Derecho de gentes_, _Nuestro siglo_ XIX, _El cáncer de los siglos_, _La razón del hombre juzgada por sí misma_ y _La divina profundidad de la filosofía del Evangelio_.

El Sr. Madiedo ha escrito muchísimo en los periódicos; es de los que más han hecho por la instrucción pública de su país: ha sido rector y catedrático en varios colegios. En su misma casa ha puesto cátedra y ha dado lecciones gratis. Es jurisconsulto, etc., etc. Y, sin embargo, no hay en el _Parnaso Colombiano_ más que una sola composición del doctor Madiedo, tal vez de su mocedad, tal vez de las más descuidadas. Es, pues, evidente que yo no intento dar á conocer el mérito del doctor Madiedo por un trozo de la susodicha composición. Cito sólo el trozo para muestra del candor natural y sin aliño con que sin duda hace versos en Colombia todo hombre de ingenio y de ciencia, fijando sus fugitivas impresiones por medio de la palabra rítmica y procurando transmitir y perpetuar la idea y el sentimiento que ha despertado en su espíritu la naturaleza circunstante.

Los versos del doctor son al río Magdalena, al que, entre otras mil cosas que justifican no poco las que yo sospechaba que fuesen ponderaciones de mi amigo el Sr. Cané, dice lo siguiente:

No nadan rosas en tus aguas turbias, Sino los brazos de la ceiba anciana, Que desgarró con hórrido estampido Tremendo rayo de feroz borrasca. Yo veo serpientes que tus aguas surcan, Cuyos matices á la vista encantan, Y oigo el ronquido del hambriento tigre Rodar sobre tu margen solitaria; Mientras salvaje el grito de los bogas, Que entre blasfemias sus trabajos cantan, Vuela á perderse en tus sagradas selvas, Que aun no conocen la presencia humana. ¡Oh! ¡qué serían sátiros y faunos, Bailando al son de femeniles flautas, Sobre la arena que al caimán da vida En tus ardientes y desiertas playas! ¡Ah! ¡qué serían cerca de los bogas Que, rebatiendo las callosas palmas, En el silencio de solemne noche En derredor de las hogueras danzan!

Debe entenderse que estos _bogas_ son los indios briosos y sufridos, aunque groseros y algo feroces, que se emplean en todas las faenas de la navegación y tráfico por el gran río. Los sátiros y los faunos, el doctor tiene razón, quedan chiquititos al lado de estos _bogas_, que encienden las hogueras para ahuyentar á las bestias feroces, y que el doctor ha visto

Dando á los aires la robusta espalda Sobre la arena que marcado habían De las tortugas la penosa marcha, Y del caimán la formidable cola, Y de los tigres la temible garra. Yo los he visto en derredor del fuego Danzar al eco de sonora gaita, Mientras silbaba el huracán del Norte Sobre tus olas con sañuda rabia.

El cuadro es completo en su sencillez y se ve que está tomado del natural. Allí impera el hombre primitivo, libre, fuerte, luchando con una naturaleza terriblemente poderosa, bella y rebelde.

En vano busca en tu desierta margen El hombre, que cual leve sombra pasa, Palacios y ciudades de una hora Que derrumban del tiempo las pisadas.

Pero, en cambio, ¡cuánta poesía, cuánta libertad y cuánta hermosura, apacible á veces,

Cuando, en un cielo plácido y sin mancha, Mira la luna en tus remansos bellos Su faz rotunda de bruñido nácar!

Entonces, al contemplar el poeta el Magdalena,

En sus riberas vírgenes admira La creación saliendo de la nada,

y piensa que

El hombre libre, que sus redes seca En tu sublime margen solitaria, Como en Edén nuestros primeros padres, Sólo de Dios adora la palabra.

* * * * *

Cedros y flores ornan tu ribera Y aves sin fin que con tus ondas hablan, En sus variados armoniosos cantos De tus desiertos la grandeza ensalzan.

Si la pompa y la grandeza de estos desiertos han sido ensalzadas por los poetas colombianos, natural es que lo haya sido más la útil y cómoda beldad de la llanura elevada donde Bogotá se encuentra, y que, por parecerse á Granada, con su Sierra Nevada y con su vega, valió á aquellas regiones el nombre de Nueva Granada.

El prodigioso salto del Tequendama debió ser y ha sido también asunto adecuado y frecuente de la poesía, compitiendo con el Niágara. Ya los indios habían poetizado el Tequendama en su mitología. Nemterequeteba es uno de los nombres del ser sobrenatural, que, como Manco Capac con relación á los peruanos, trajo la civilización á los chibchas, apareciendo entre ellos, estableciendo religión y vida política, y enseñándoles á tejer, á labrar la tierra y á fundir y esculpir el oro, aunque no el hierro, que desconocían.

El río Funca ó Bogotá se desbordó y cubrió la llanura toda. Los hombres, para no morir ahogados, tuvieron que encaramarse y refugiarse en lo alto de las montañas. Y entonces fué cuando Nemterequeteba, hiriendo con su báculo una firmísima roca, abrió paso al agua, que se precipitó por allí con estruendo y como en un abismo. Tal origen tuvo el salto del Tequendama, en la imaginación de los chibchas. Los modernos colombianos le celebran y describen en hermosos versos.

Uno de los cantores del Tequendama es D. José Joaquín Ortiz, de quien tengo que decir lo mismo que de Madiedo, y que de casi todos. Es autor de multitud de obras que no hemos visto por aquí; de novelas, de comedias, de _Lecciones de literatura castellana_, de muchas _Poesías_ y de un libro titulado _Testimonio de la historia y de la filosofía acerca de la divinidad de Jesucristo_.

Sus versos al Tequendama son buenos, pero no los citaré para citar otros que me parecen mucho mejores. Y no creo que el Sr. Ortiz se enoje ó se aflija de esta preferencia, como dicen que una vez se enojó y afligió mucho Píndaro de que, en los Juegos Olímpicos, Corina le venciese. En tiempo de Píndaro no se usaba la galantería que ahora se usa, y que tanto resplandece en otros versos del Sr. Ortiz, donde lindamente encomia á sus paisanas. Yo, por otra parte, ya que no cite los versos del Sr. Ortiz á la catarata, he de citar algo de estos otros de que hablé, no sólo por el encomio de las damas colombianas y porque en ellos se alude también al gigantesco salto, sino porque, escritos para una fiesta nacional, y llenos del más ardiente afecto á Colombia, manifiestan profundo amor filial á la antigua metrópoli, amor que nos enorgullece, que procuramos pagar, y que muestran y sienten los hispano-americanos, á pesar de los errores y torpezas en que han incurrido con frecuencia nuestros gobiernos en sus relaciones con aquellas repúblicas.

El Sr. Ortiz quiere cantar á su patria, duda de su estro y dice:

¡Oh! ¡no! para cantarte dignamente Poderosa no fuera Del viejo Homero la robusta trompa, Ni de Marón la lira lisonjera. ¿Y yo he de alzar loándote mi acento, De tu gran día en la solemne pompa? ¿Qué es la humilde retama Junto al baobab, patriarca de la selva, Que su gigante mole saca al cielo? ¿Qué el menguado arroyuelo Que corre sin rüido, En la callada soledad perdido. En medio de los Andes, Con nuestro poderoso Tequendama, Que, al arrojarse en el abismo, brama Atronando el desierto en voces grandes?

Toda esta composición está llena de apasionado lírico arrebato. El poeta, ya anciano, es uno de los últimos testigos de la gloriosa guerra de la independencia, y lamenta las discordias civiles del día, mientras que las hazañas de Bolívar y de los demás libertadores dan á su ánimo afligido

Consuelo celestial con su memoria.

Bolívar es para él tan grande como Colón. Si éste descubre la América, el otro la liberta. Si Colón,

... el inmortal piloto, Ve salir lentamente de la espuma, Como alza el cáliz el fragante loto, La americana tierra,

y si Colón puede entonces exclamar, ebrio de gozo,

¡Gloria al Señor! ¡He descubierto un mundo!

Bolívar también

Al través de los campos de la muerte, Llega por fin, de donde el mar recibe Al Orinoco en amoroso abrazo, A la cima en que eleva al firmamento Su frente de granito el Chimborazo, Y derrama la vista abajo, y mira Cual salidas del báratro profundo Cinco grandes naciones, Y clamar puede al fin, ebrio de gozo, ¡Gloria al Señor! ¡He libertado un mundo!

Pero este mismo anciano poeta, que vió al libertador y que tanto le ensalza, ama á España y nos asegura que no cesó de pensar en ella y de desear la reconciliación.

En esos años de la ausencia fiera, El recuerdo de España Seguíamos doquiera. Todo nos es común: su Dios, el nuestro; La sangre que circula por sus venas Y el hermoso lenguaje; Sus artes, nuestras artes; la armonía De sus cantos, la nuestra; sus reveses, Nuestros también, y nuestras Las glorias de Bailén y de Pavía.

Hasta las mujeres de su país traían al poeta, en su mocedad, el recuerdo y el amor de España:

En el porte elegante, En el puro perfil de su semblante, En su mirada ardiente y en el dejo Meloso de la voz, eran retrato De sus nobles abuelas; Copia feliz de gracia soberana, En que agradablemente se veía El decoro y nobleza castellana Y el donaire y la sal de Andalucía.

Quien, á la edad de setenta años, echa aún tan bonitos requiebros á sus paisanas, estoy seguro, repito, de que no ha de afligirse de que se dé á una de ellas la preferencia en lo de cantar el Tequendama. Y no es esto decir que el Sr. Ortiz no sienta y exprese bien la naturaleza, sino que, ante la catarata, fué menos feliz que una poetisa. Ortiz, en su composición _A una golondrina_, prueba que vale mucho en este género. No me atrevo á decidir si es coincidencia ó imitación; pero, en el corte, en el tono, en la serena melancolía de sus versos _A una golondrina_, se recuerda á Leopardi, salvo siempre que la fe, que no abandona á Ortiz, quita á sus versos la amarga desesperación que la incredulidad de Leopardi prestaba siempre á cuanto escribía. Hay además en Ortiz no poco de _quintanesco_ y clásico, al ver siempre al hombre y al pensar más en su destino, en su progreso, en su libertad, en su infelicidad ó en su dicha, que en todas las magnificencias de la tierra y de los cielos. Todo esto es para él como el fondo que pinta ligeramente el artista en un cuadro donde campea la figura humana.

En cambio, la ilustre poetisa antioqueña Agripina Montes siente y refleja con gran viveza y vigor la hermosura y sublimidad de los seres inanimados ó inferiores al hombre.

El sentimiento de la naturaleza es en su alma todo lo profundo que puede ser en un alma católica y española; porque la idiosincrasia de nuestra raza pone la propia individualidad por cima de todo, y jamás hubo teósofo español que la disolviese en la inmensidad del Universo, ni místico, y eso que los hemos tenido maravillosos, que la sepultase en el abismo interior del centro del espíritu.

Yo no aclamo, me limito á repetir el grito de admiración con que, en su patria, saludan á doña Agripina, aclamándola _Musa del Tequendama_. Añadiré además que, por las noticias que me da el colector Añez, D.ª Agripina es una señora guapa, joven aún, que se casó, en muy temprana edad, con D. Miguel del Valle, de quien tuvo numerosa prole, y de quien, en 1886, quedó viuda. Vive consagrada á sus hijos, á par que da lecciones en establecimientos de educación y en casas particulares. En 1887 ha sido nombrada directora de la Escuela normal de Santamarta. El Sr. Añez la celebra por no menos hábil y activa en labores caseras que con la pluma.

Para muestra de esta última y superior habilidad quisiera yo poner aquí toda la oda al Salto; pero no me atrevo á llenar mucho las columnas de _El Imparcial_, y me limitaré á trasladar á ellas algunos fragmentos.

Aun así, lo dejaré para otro día, porque va ya siendo demasiado extensa esta carta.

* * * * *

_3 de Septiembre de 1888._

IV

Muy estimado señor mío: Yo hago muchos distingos y no afirmo ni niego por completo sino rarísimas veces. Por esto me acusan de escéptico. Pero, en fin, yo soy así, y no lo puedo remediar. La famosa sentencia _ut pictura poesis_, que en Alemania y en Inglaterra ha sido fundamento de sendas escuelas de poesía, me parece falsa como no se limite mucho.

Hay, debe haber poesía descriptiva, como hay pintura de paisaje; pero la poesía describe de un modo reflejo lo que la pintura pinta de un modo más directo. La poesía vence á la pintura, cuando la poesía describe, no el objeto que se ve, sino la impresión, el sentimiento y la idea que el objeto que se ve produce en lo profundo del alma. En cambio, para conocer bien el objeto, tal como es, ó al menos tal como aparece, la pintura y hasta la fotografía valen más que la poesía más fiel y más pintoresca.

La palabra fría de la prosa, fórmulas aritméticas áridas, nomenclaturas técnicas, dan más cumplido concepto de lo que es cualquier objeto ó fenómeno del mundo exterior que los versos más elocuentes y sublimes.

Heredia, poeta de Cuba; Pérez Bonalde, poeta de Venezuela, han compuesto versos hermosísimos al Niágara. Mas para formar idea del Niágara dice más el que dice: el río se precipita desde una altura de más de 50 metros; contando con la isla de la Cabra, que está en medio, y divide la catarata, la anchura del río, en el lugar en que se precipita, vendrá á ser de 1.300 metros; y el volumen de agua que cae, cada hora, es de noventa mil millones de pies cúbicos ingleses, según los cálculos de Lyell.