Cartas americanas. Primera serie

Part 11

Chapter 114,015 wordsPublic domain

No hay oda, ni himno, que haga concebir mejor la grandeza del Niágara. De donde yo infiero que la poesía realista ó naturalista vale poco, y que el verdadero valor de la poesía está, no en lo real, sino en lo ideal, en la pasión en el sentimiento que produce el objeto en el espíritu de quien le contempla: en lo sobrenatural y en lo infinito, cuyo volumen Lyell no calcula: en Dios ó en el diablo que al poeta se le aparece, ó que surge evocado por él del seno agitado y estrepitoso de aquellos noventa mil millones de pies cúbicos por hora, que, desde hace tantos siglos, sin que disminuyan, se van derrumbando á un lado y á otro de la isla de la Cabra.

Siempre he leído con gusto el precioso libro de Víctor de Laprade sobre _El sentimiento de la naturaleza_; y no porque me ha convencido, sino porque ha corroborado, con todo su saber y su discreción, lo mismo que yo pensaba y sentía. La poesía tiene por objeto al hombre, con todo lo que hay en su espíritu. Su pensamiento, su acción es siempre el asunto. Donde no hay acción humana, la poesía descriptiva se diría que está de sobra; acuden á la memoria los versos de Lope:

En este valle y líquida laguna, Si he de decir verdad como hombre honrado, Jamás me sucedió cosa ninguna.

Así es que Homero, guiado por su instinto divino é infalible, no describe, y si describe, la descripción se vuelve acción. No se para Homero á describir las armas de Aquiles, sino que nos lleva á la fragua, y vemos á Vulcano con el martillo y las tenazas; y vemos el oro y el bronce que se derriten, y los fuelles que soplan, y el fuego que arde; y vemos trabajar al dios, y salir de entre sus manos ágiles, y de su maravillosa mente de artista, la fuerte coraza, el penachudo morrión y el estupendo escudo, en cuyas cinco zonas el dios va esculpiendo á nuestra vista, llena de grato asombro, cuanto hay de más hermoso en el cielo y en la tierra.

Con el Tequendama ocurre lo mismo que con el Niágara. Cualquiera descripción en prosa, la de Humboldt, la del matemático Caldas, la del barón de Japurá, dan más cumplida idea que los mejores versos. La masa de agua que se precipita es muy inferior, pero cae de un lugar cerca de cuatro veces más alto. El agua además choca primero contra un banco de piedra, y allí revienta; hierve y se lanza de nuevo en plumas divergentes hacia el abismo. En el fondo es más terrible el choque y no puede mirarse sin horror. Las plumas de agua, las puntas de lanzas, que tal parecen, se despeñan con increíble rapidez y se suceden unas á otras. Al llegar al fondo, cuando no antes, en virtud de su vertiginoso descenso, se desmenuza el agua y se pulveriza, y asciende luego en forma de nubes, que el sol dora y adorna con el iris. Se diría que el Bogotá, acostumbrado á correr por las regiones elevadas de los Andes, baja á pesar suyo á aquella profundidad y quiere otra vez elevarse orgulloso en difusos vapores. Estos vapores asegura Humboldt que se ven desde la ciudad de Bogotá á cinco leguas de distancia.

Después de esto, ¿qué podrá añadir la poetisa; qué ponderación realzará en sus versos la pintura de la catarata? La impresión propia, el vuelo de su espíritu, su humano pensamiento y su elevada fantasía, que entrevé á Dios en el horrendo arco que forma el agua.

Después prosigue la poetisa:

¿Qué buscas en lo ignoto? ¿Cómo, adónde, por quién vas empujado? Envuelto en los profusos torbellinos De la hervidora tromba de tu espuma, E irisado en fantástico espejismo Con frenesí de ciego terremoto, Entre tu aérea clámide de bruma, Te lanzas despeñado, Gigante volador, sobre el abismo. Se irgue á tu paso murallón inmoble Cual vigilante esfinge del Leteo; Mas de tu ritmo bárbaro al redoble Vacila con medroso bamboleo. Y en tanto al pie del pavoroso salto, Que desgarra sus senos al basalto, Con tórrida opulencia En el sonriente y pintoresco valle Abren las palmas florecida calle.

* * * * *

La indiana piña de la ardiente vega, Adorada del sol, de ámbar y de oro, Sus amarillos búcaros despliega. Sus ánforas de jugo nectarino Te ofrece hospitalaria La guanábana en traje campesino, A la par que su rica vainillera El tamarindo tropical desgrana, Y la silvestre higuera Reviste al alba su lujosa grana. Bate del aura al caprichoso giro Sus granadillas de oro mejicano Con su plumaje de ópalo y zafiro La pasionaria en el palmar del llano; Y el cámbulo deshoja reverente Sus cálices de fuego en tu corriente. Miro á lo alto. En la sien de la montaña Su penacho imperial gozosa baña La noble águila fiera; Y espejándose en tu arco de topacio, Que adereza la luz de cien colores, Se eleva majestuosa en el espacio Llevándose un jirón de tus vapores. Y las mil ignoradas resonancias Del antro y la floresta, Y místicas estancias Do urden alados silfos blanda orquesta, Como final tributo de reposo ¡Oh émulo del destino! Ofrece á tu suicidio de coloso La tierra engalanada en tu camino.

Todo esto es bello; pero en el fondo del cuadro, la figura principal es la misma poetisa. El Tequendama es el pedestal ingente sobre el cual se pone su espíritu

A retocar sus desteñidos sueños.

El desaliento que se apodera del espíritu en presencia de tan grande escena, hace concebir mejor su magnificencia que la descripción más atinada y exacta.

Manzoni, cantando á Napoleón, que al fin era un hombre como él, y por la elevación del pensamiento mucho menor que él, puede decir, sin que nos ofenda la jactancia, que va á entonar un cántico que _forse non morrà_. Simónides, reviviendo en los versos de Leopardi, puede pedir para sus versos la misma inmortalidad que da la gloria á los trescientos héroes que los versos celebran; pero ante el espectáculo solemne de aquella fuerza ciega, fatal y sin término, el ánimo se apoca. Es además una mujer la que canta, y yo veo algo de amable y de muy delicado en la timidez y desconfianza con que la poetisa predice, engañada por su modestia, que su canto va á morir; que

Así como se pierden á lo lejos, Blancos al alba y al morir bermejos, En nívea blonda de la errante nube, O en chal de la colina, Los velos primorosos De tu sutil neblina, Va en tus ondas mi cántico arrollado Bajo tu insigne mole confundido, E, inermes ante el hado, Canto y cantor sepultará el olvido.

No es de recelar que tal suceda, porque los versos son hermosos y muestran el arte de la poetisa, su viva imaginación y el buen gusto para la dicción poética. Tal vez el _bamboleo_ con que, alucinada ella por un momento, cree que se estremecen y vacilan las inmobles rocas al rudo golpe del agua, parezca á alguien palabra sobrado vulgar; pero es gráfica y está realzada por el epíteto _medroso_.

La pintura de la vegetación tropical, que se extiende al pie del Salto, no es inferior á la de D. Andrés Bello, que la poetisa recordó é imitó, y aun se puede afirmar que hace más impresión que la de Bello, porque no habla en general de las plantas y flores de la zona tórrida, sino que describe lo que está viendo allí mismo.

No es Agripina Montes la única poetisa de nota que el _Parnaso Colombiano_ nos da á conocer. Hay otras que llaman mucho la atención y se ganan el aprecio y las simpatías de los lectores.

Yo me figuro que en Colombia no deben de ocurrir las varias causas que en España, y sobre todo en Madrid, influyen para que las mujeres no escriban versos. Nuestros padres y abuelos, hartos de los discreteos, latines y tiquis-miquis de las damas de Calderón, condenaron el saber en las mujeres, denigraron á las mujeres sabias con los apodos de licurgas y marisabidillas, y pusieron el ideal femenino en la más crasa ignorancia. Mas tarde, y ya bien entrado este siglo de las luces, volvió la mujer á querer saber y á saber; pero en muchas partes, y sobre todo en Madrid, en las clases elegantes y abastadas, la educación de la mujer fué exótica: en colegios, ingleses ó franceses, con ayas inglesas ó alemanas. De aquí que el castellano fuese en boca de muchas damas la lengua del vulgo, sólo aristocratizada por la pronunciación gangosa de las erres. Si la dama salía aficionada á leer, leía á Musset ó á Lamartine ó á los poetas británicos, y lo español le parecía tonto y cursi, aunque no lo dijese ella. Cuando la dama no salía muy aficionada á leer, como esta vida de Madrid, la _high life_, es un torbellino de fiestas, toros, bailes y paseos, no había para qué leer ni siquiera por pasatiempo. Al teatro se iba á oir música, y de la dama _comm’il faut_, si por acaso se allanaba á ir á la comedia, se podía decir lo que ya Iriarte decía de las _currutacas_ de su tiempo:

Aplauden cuando más al tramoyista; Oyen tal cual chulada del sainete, Y sirve lo demás de sonsonete, Mientras que están haciendo una conquista.

De aquí que, con relación á la gracia, chiste, despejo y portentosa facundia de la mujer española, hayan sido muy pocas las que han escrito y han ganado alta fama escribiendo. Y estas pocas han venido casi siempre á este centro, desde el fondo de alguna apartada ciudad de provincia. Así la Avellaneda, de Cuba; Carolina Coronado, de una villa de Extremadura; María Mendoza y Josefa Barrientos, de Málaga; y de la Coruña, doña Emilia Pardo Bazán.

En toda mujer que se lanza en España á ser autora, hay que suponer una valentía superior á la valentía de la Monja-Alférez ó á la de la propia Pentesilea. Cada _dandy_, si por acaso la encuentra, será contra ella un Aquiles, más para matarla, que para llorar su hermosura después de haberla muerto. Quiero decir, dejando mitologías á un lado, que en la literata suelen ver los solteros algo de anormal y de vitando, de desordenado y de incorrecto, por donde crecen las dificultades para una buena boda, etc., etc. De aquí que, si una jovencita sale aficionada á literatear ó á versificar, ella misma lo oculta como un defecto ó impedimento dirimente, cuando no es la propia familia la que procura ocultarlo. Sólo la más ardiente y firme vocación y un extraordinario mérito pueden sobreponerse á tanto cúmulo de inconvenientes.

Una pícara sentencia de Horacio, cuya falsedad é injusticia, perdóneme Horacio, ofenden al recto juicio, viene á hacer más penosa la situación de toda poetisa: la medianía en versos no la sufren ni los postes. De modo que sufrimos la medianía en la cocinera (y ojalá que la mía fuese siquiera mediana), en la planchadora, en la que borda, en la que dibuja, en la que canta, y sólo para versos es menester que los haga una mujer mejor que Safo, ó que no los haga. Yo declaro esto absurdo. Yo declaro que sufro mejor, no ya un mediano soneto, sino una oda mala, que una camisa mal planchada, que un caldo mal hecho, que un aria mal cantada, ó que una melodía de Chopin chapuceramente tocada en el piano ó en el arpa. Si por temor de hacer mal una cosa no se ha de hacer, la misma razón hay para que una mujer no haga versos, que para que no cante, ó baile, ó toque el piano. En verso se pueden decir tonterías: esto es verdad; pero ¿acaso hablando en prosa no pueden también decirse tonterías? ¿Y hemos de anudar ó cortar la lengua de las mujeres para que no las digan? No niego yo que una tontería, dicha en verso, adquiere cierta consistencia, compromete más, es más solemne, resonante y repercutiente, que en prosa; pero, en cambio, debemos convenir en que, por facilidad que se tenga para hacer versos, y por malos y flojos que los versos sean, no se improvisan tanto, ni salen, ni manan con tanta fluidez y copiosa vena como las tonterías en prosa desatada.

Otro argumento tengo yo en favor de los versos. Reflexiónese bien y no se me rechace por sutil: es muy fundado. Todos, hombres y mujeres, tenemos cierta dosis ó capital de tonterías, que gastamos ó difundimos durante nuestra vida mortal. Ellas han de brotar de nosotros como la flor de la planta. ¿No es mejor, pues, que se digan que no que se hagan? Y al decirlas, ¿no es mejor decirlas con rima y con metro? No niego que así subirá más alto, pero también será más delgada la tontería, como cuando en el caño de la fuente que se desborda ponemos un apretado y más angosto canuto, por donde sube más el surtidor, pero sale también menos líquido.

Es indudable que, en la mujer, el hacer versos presenta otra dificultad más grave; pero yo la allano ó salto por cima. La poesía, la lírica sobre todo, siendo sincera como debe ser para ser buena, es _autobiografía_ del corazón y de la mente: es exhibir el alma al público en su desnudez; y esto parece que lastima algo el pudor y la modestia. ¿Cómo enterar á todo el género humano de tus afectos y pasiones? Pues peor es todavía que le engañes y que supongas lo que no eres. Entonces harás una mala acción, y harás además, de seguro, muy malos versos. La mentira del sentimiento es adversa á toda estética.

No hay más remedio que decir la verdad. ¿Y por qué ha de ser tan costoso é incómodo decirla? ¿A qué, en este punto, el misterio y el recato? Seamos positivistas, como mi amigo Juan Enrique Lagarrigue, en cuya _Religión de la Humanidad_ es el Mandamiento III ó IV, no lo recuerdo bien, _vivre au grand jour_.

No crea Ud. que es impertinente esta digresión. La traigo aquí para hablar de la sinceridad, de la noble franqueza, de la verdadera poesía íntima y honda que noto y admiro en algunos versos de sus paisanas de Ud., y por cima de todos, en los de Mercedes Flórez. Dicen y afirman cuantos la conocen que es hermosísima mujer; pero á mí, aunque fuese fea, me sería simpática, por la limpia hermosura de su alma y por su candidez generosa. Sus versos sí que son versos íntimos, sentidos y _vividos_. La palabra _casera_, que aplicada á la poesía fué hasta hoy despreciativa, tiene, por causa de la poesía de Mercedes Flórez, que adquirir un valor encomiástico.

Los versos caseros y la vida casera de Mercedes Flórez se confunden y son un idilio de verdad. El mismo año que ella, el año de 1859, nació su novio Leonidas. Ella y él se amaron mucho. Como eran pobres ambos, los padres se oponían á la boda; pero ellos prescindieron de todo y se casaron.

Leonidas Flórez es también poeta, y compuso entonces unos lindos y graciosos versos, que se titulan _Regalos de boda_, y que empiezan:

Nos hemos de casar, pese al demonio. Ya han agotado todos sus consejos Nuestros padres contra este matrimonio. Así son las chocheces de los viejos.

Como toda la oposición se fundaba en la pobreza del novio, éste prueba que es riquísimo, haciendo brillante enumeración de los espléndidos regalos que trae á Mercedes.

Nada falta allí: estrellas, perlas, diamantes, palacios y jardines que brotan del tesoro inagotable de su fantasía. Y no contento con probar que él es rico, prueba el novio además que es riquísima ella:

Tú también eres rica y generosa; Tu regalo es el colmo de mi anhelo: Me entregas tu belleza, eres mi esposa: Vale eso más que regalarme un cielo.

Él matrimonio ha sido y es dichosísimo, á pesar de esta única riqueza, que no se cotiza en la Bolsa. Y una de sus dichas ha sido la de inspirar las sencillas y tiernas poesías de Mercedes, humilde Victoria Colonna americana.

Después de llamar esclavitud al matrimonio, exclama ella:

Mas ¡oh bendita esclavitud que adoro, En que se reina al par que se obedece! Cadenas tiene, mas cadenas de oro..... ¡Déjame en mi entusiasmo que las bese!

Mercedes sólo tiene un pesar: tiene celos de la gloria y de la ambición de su marido.

La adoras, sí; lo leo en tu mirada; En tus noches de insomnio lo confiesas, Y quizá mientras duermo confiada, Tú en tus sueños la abrazas y la besas.

Entonces procura ella demostrar la vanidad de la gloria, ó bien se queja diciendo:

Ama á la gloria, pues. Vé hasta la altura; Sube como el condor hasta los cielos, En tanto que yo ahorro mi amargura Amándote y muriéndome de celos.

En otra ocasión se afana ella por disuadirle de que sea ambicioso, y le dice:

No busques oro y seda y pedrería, Ni rico hogar ni deslumbrante coche; Te bastarán tus libros en el día, Te bastarán mis cuentos en la noche.

Pero donde Mercedes Flórez es divina y despierta envidia de su marido en todo corazón de hombre, es en unos versos que compuso en Diciembre de 1883, cuando ella tenía veinticuatro años y veinticuatro años él, y cuando acababa su marido de salir de una enfermedad que le tuvo á la muerte. Los versos se titulan _En la agonía_, y la refieren como si estuviera pasando: son admirables de verdad y de afecto; son la poesía natural del corazón que trae lágrimas á los ojos:

¡No, no! ¡Tú me amas mucho para dejarme sola! ¡No, no! ¡Yo te amo mucho para dejarte ir! Llévame en ese viaje pesado de ultratumba, O quédate conmigo: aun somos harto jóvenes Para poner, amándonos, á nuestra vida fin.

Estréchame en tus brazos, amado mío, bésame; Mis labios, nueva vida te volverán y ardor. Lucha contra la muerte: véncela en el combate: No me abandones, mi ídolo, que hoy te amo más que nunca..... Conmuévante mis lágrimas..... ¡no lances ese adiós!

* * * * *

Aquí hay laureles muchos aún para tus sienes: Yo con mis propias manos las tengo de adornar. Amante de tu gloria, yo quiero que no trunques Tu espléndida carrera, y de tu vida á lo último El genio te dé aureolas haciéndote inmortal.

¡Dios mío! Mira tu obra: la flor abre sus pétalos; El águila ya altiva levanta el vuelo audaz; ¿Y tú permitir puedes que el cierzo la marchite, Y que cobarde flecha alcance el nido íntimo Y rompa las entrañas del águila real?

¡Dios mío, tu justicia es grande cual tú mismo, Y mi esperanza toda de hoy más cifraré en ti! ¡No arranques de mi cielo este lucero fúlgido Que no hace falta al tuyo! Escucha..... En su delirio Dice que me ama tanto..... ¡que no quiere morir!

Dispense Ud. y dispense el público, á quien confío estas cartas, á Ud. dirigidas, que sea yo largo en ésta. Ya abreviaré en adelante.

* * * * *

_17 de Septiembre de 1888._

V

Mi distinguido amigo: Por más que me amonesto y me excito á ser breve, tengo aún tanto que decir, que, sobreponiéndome al temor de cansar, acabaré por decirlo. La floreciente literatura _castellana_, ó en castellano, de esa república, me complace tanto como si yo soñase que á una persona querida, á quien antes del sueño le hubiesen cortado ó tratasen de cortarle los brazos, le brotasen alas de repente.

Diré á Ud., para que se entere de esta mi visión alegórica, que en gran parte de España, por un lado en Cataluña y por otro en Galicia, ha entrado la manía á no pocos valerosos y fecundos ingenios de privar de sus frutos al habla de Castilla y de escribir sus mejores obras en prosa ó en verso, en catalán ó en gallego. Á mí, que soy muy patriota, en literatura como en todo, me aflige esto bastante; pero me consuela que ustedes, desde tan lejos, nos den como rica compensación lo que dentro de la Península nos quitan nuestros compatriotas.

Tengo además otras razones para extenderme, aunque peque de prolijo.

Los sabios está claro que lo saben todo, y yo no descubro ningún palimpsesto para hablar de ustedes; pero al fin no faltan personas poco sabias, entre las cuales nada se sabe de Uds., y yo puedo contarles cosas casi tan interesantes y amenas como el crimen de la calle de Fuencarral.

Me remuerde la conciencia de haber elogiado sólo á Mercedes Flórez y á Agripina Montes y de no mentar siquiera á otras poetisas. En muchas de ellas noto el mismo candor, la misma sencillez y no menor pasión delicada que la que tan simpática me hace á la hermosa Mercedes.

Así, por ejemplo, Bertilda Samper, hija del doctor del mismo nombre y de doña Soledad Acosta, ilustres escritores ambos. Esta poetisa se complace en la solitaria vida del campo, donde se deleita su alma en la contemplación de la naturaleza y en el devoto y ferviente amor de Dios. Sus versos tienen singular dulzura religiosa. _La parábola del sembrador_ es muy bella, y en las _Cartas de una campesina_ hay trozos que no son inferiores.

Citaré, por último, á otra notable poetisa y escritora colombiana, aunque no lo es por nacimiento, sino por adopción. Hablo de la dama irlandesa María Juana Christie, que casó con don Juan E. Serrano, á la cual he tenido el gusto y la honra de tratar en Nueva York, y á la cual Núñez de Arce y yo debemos estar y estamos muy agradecidos. La señora de Serrano ha traducido al inglés, con singular maestría, venciendo á otros traductores y satisfaciendo el gusto difícil de los críticos de la casa de Appleton, mi novela _Pepita Jiménez_: ha traducido y publicado también mi diálogo _Gopa_, y ha puesto en hermosos versos ingleses, con general aplauso, no pocos de los que contienen los _Gritos del combate_.

Esta señora, sobre su llaneza de buen tono y natural modestia, está dotada de muy agudo ingenio y de elevado entendimiento, cuyo cultivo ha sido esmeradísimo. Habla el castellano tan bien como el inglés, y posee además el alemán, el italiano y las lenguas clásicas griega y latina.

De obras originales no sé que haya publicado más la señora de Serrano que un tomito de versos titulado _Destiny and other poems_, en Nueva York, en 1883; pero este tomito, hasta donde yo soy capaz de comprender el mérito de la poesía inglesa, me parece que no se perderá en el inmenso cúmulo de dicha poesía, y que algo de lo que el tomito encierra figurará como muestra, adorno y gala en las futuras Antologías británicas.

La señora de Serrano, á quien estiman y quieren mucho en la sociedad más distinguida de Nueva York y de Washington; que es hermosa, y que tiene una hija ya casadera, en quien ve renovarse su hermosura, no debiera estar muy melancólica, ni tener _blue devils_; pero los males de su patria, Irlanda, el ejemplo de Byron y de Shelley, y la filosofía pesimista alemana, hoy tan en moda, influyen poderosamente en ella, en lo teórico al menos, ó sea cuando toma la lira y canta. De ordinario, no me parece la señora de Serrano ni desesperada ni siquiera cejijunta, sino llena de afabilidad y de agrado.

Sea como sea, no sé si lamentar su sombría tristeza, meramente especulativa, como la supongo, y que produce tan magníficos versos. Algunos, traducidos al español por D. Rafael Pombo, vienen insertos en el _Parnaso Colombiano_; pero no bastan estos versos, y sería menester estudiar con atención todo el tomo, en inglés, para penetrar bien en el vacilante espíritu de la poetisa y determinar hasta qué extremo llega su pesimismo, y cómo ella le contradice y vence por virtud de ciertas vagas creencias en palingenesias en otros astros, donde la felicidad no es tan difícil, ya que no imposible, como en este en que vivimos ahora.

Necesitaría yo hacer especial estudio del extenso poema _Destiny_ para aquilatar bien el mérito y la originalidad de la señora de Serrano, y hasta qué punto se deja influir por la celebrada y eminente poetisa Isabel Browning, su compatriota. En las obrillas cortas de la señora de Serrano se nota la impresión del momento. En algunas, como en _Despondency_, _Días de otoño é Invocación á la muerte_, hay la más negra y completa desesperación; en otras brillan esperanzas vagas ultramundanas, y en otras, por último, hay yo no sé qué enigmático remedio de todos los males, que la poetisa posee y disfruta, aun en esta vida mortal, pero que no sabe, ó no debe, ó no quiere descubrir en qué consiste. Así es que habla de su panacea como proponiendo un acertijo y ofreciendo premio al que le declare. Yo, aunque mal y torpemente, he traducido, ó mejor diré, he adaptado al español este acertijo, _riddle_. Allá va: adivínele quien pueda.