Cartas americanas. Primera serie
Part 12
Es mi tesoro una joya Que en áureo cerco no brilla: Me la dió Naturaleza En su forma primitiva. Mas quien de joyas entiende, Si llega á mirar la mía, Su inmenso valor pondera Y palidece de envidia. En clara noche de estío, Del mundo en la edad florida, Cuando la tierra con lágrimas Regado el hombre no había, Pues deslumbraba sus ojos La luz de fáciles dichas, Cayó mi joya del cielo Sin que su luz fuese vista. Vino más tarde el dolor, Que sueños calman y alivian, Y quien alivio buscaba Mi joya en sueños veía. Danzas entonces tejiendo En una selva, á la tibia Claridad de las estrellas, Y en el césped escondida, Encontró un hada mi joya Y la puso en su varita. Protectora se hizo el hada De mucha inocente niña, Y trocó en sedas y encajes Los harapos que vestía, Y se la llevó en volandas A dar, en fiestas magníficas, A los príncipes amor Y á las princesas envidia. Luego empeoró nuestra raza, Y las hadas afligidas Huyeron sin que se sepa A qué región ni á qué clima. Antes de huir sepultaron La joya en profunda sima, Porque no la profanase Ninguna mirada indigna. Sobre esta piedra preciosa Harto los sabios cavilan, Y filosofal la llaman Y estudian por descubrirla. Mas, como nunca penetran Bastante en la esencia íntima De naturaleza, en balde Ver la joya solicitan. Así permaneció siempre Blanco oculto á toda mira, Hasta que en una mañana De primavera, yo misma Con mis lisonjas la atraje Por mis conjuros cautiva. En mi seno, desde entonces, La joya está, do mitiga Toda pena, y donde todo Vano deseo amortigua: Que hay en su centro brillante Misteriosa hechicería Y recuerdos de aquel sitio Que abandonó en su caída. Al contemplarla mi alma, Mi alma á los cielos aspira, Sin que en afanes diarios La joya no valga y sirva, Pues humildad y pobreza No la avergüenzan ni humillan: Y con rosicler de aurora Baña su luz peregrina Mejor que el alcázar regio Las modestas alquerías. Al sabio que de esta joya Sepa el nombre, y dé noticias Y explicación del encanto Que en su talismán se cifra, Tendré yo por el más sabio Mortal que en el mundo viva, Y también por el más rico, Y, aunque nada anhele y pida, A mi muerte ha de ganar Esta joya por albricias.
Volviendo ahora á los poetas, que por admirar á las poetisas habíamos abandonado, seré breve por varias razones.
Hay tres ó cuatro poetas en el _Parnaso Colombiano_ de quienes es mejor limitarse á citar los nombres que decir poco sin haber estudiado todas sus obras y sin conocer bien su vida.
Así, por ejemplo, Rafael Núñez, actual presidente de la república. Núñez es autor de un libro titulado _Ensayos de crítica social_ y también de muchas poesías, que no sé si ha publicado en tomo. Las que inserta el _Parnaso_ son originalísimas por su fondo filosófico y por su forma concisa, enérgica y sentenciosa. La primera, que es la más encomiada y que merece serlo, deja pasmado á quien la lee, sobre todo al considerar que es el autor un hombre político, presidente de la república nada menos. Nosotros casi no podemos comprender la franqueza de Núñez. Entre nosotros no diré yo que un jefe de partido, un eminente hombre de Estado tenga por fuerza que creer en alguna cosa. Bien puede no creer en ninguna; pero se guardará de decirlo. Decirlo sería descarrilar: hacer mal su papel. Tendrá, pues, su _Credo_ ó _Símbolo_, redactado por artículos; artículos de fe, de cada uno de los cuales no renegará, aunque le descuarticen. Así serán ó aparecerán todos los políticos. Este creerá en la soberanía del pueblo y en el sufragio universal; aquel, en el derecho divino de los reyes y en la constitución interna; uno será librecambista, proteccionista otro; pero todos se mostrarán muy firmes en sus creencias y harán de las opiniones _dogmas_, y de la profana política algo como _religión_ ultrasagrada, y llamarán _comunión_ ó _iglesia_ á su bandería ó pandilla, y _correligionarios_ á sus parciales, y pondrán en su _martirologio_ á cualquiera de estos _correligionarios_, cuyo _suelto_ en los periódicos haya sido denunciado.
Acostumbrados nosotros á esta severidad dogmática, y dichosos poseedores de una ciencia ó de una creencia, ¿cómo no maravillarnos de los versos del Sr. Núñez, que se titulan, con la frase de Montaigne, _Que sais-je?_, y donde el autor viene á declarar que no cree en nada y que no sabe nada? El Sr. Núñez no está seguro de
Si es la ciencia dudosa que aquí hallamos Escala vacilante en que pasamos De un error á otro error.
Así es que termina exclamando:
¡Oh confusión! ¡Oh caos! ¡Quién pudiera Del sol de la verdad la lumbre austera Y pura en este limbo hacer brillar! De lo cierto y lo incierto, ¡quién un día Y del bien y del mal conseguiría Los límites fijar!
Otros varios poetas figuran en el _Parnaso Colombiano_, de quienes no se debe aquí decir nada. Sería menester escribir un largo artículo sobre cada uno. Hay que hacerse cargo de que el _Parnaso Colombiano_ es un muestrario de toda una rica literatura contemporánea.
Tal vez un día, si sigo yo escribiendo estas cartas, hable extensamente y como ellos merecen, de José María Samper, poeta, novelista, dramaturgo, filósofo, político y el más fecundo escritor de Colombia; de Julio Arboleda, lírico famoso y autor de un poema ó leyenda cuyo título es _Alvaro de Oyón_; de José María Marroquín, sabio filólogo y discreto poeta, lleno á veces de chiste; de Gregorio Gutiérrez González, gran pintor de la naturaleza de su tierra, y cuyo poema sobre el cultivo del maíz acaso compite con la sublime _Destrucción de las florestas_ del brasileño Araujo Porto-Alegre; de los Caros, padre é hijo, de quienes he dicho tan poco, y de otros más.
Por lo pronto, aunque no baste esta carta y tenga yo que escribir la sexta para terminar mi trabajo, he de decir algo todavía de varios poetas que me parecen muy originales, y de otros, jóvenes los más, que, sin dejar de ser originales, siguen algo en la forma y en la manera, ya á Campoamor, ya á Bécquer, que son, á par de Núñez de Arce, los poetas españoles del día más populares y celebrados hoy en Colombia.
Justo es decir que, entre estos jóvenes poetas, Bécquer es más seguido é imitado que Campoamor, y que su escuela está también mejor representada. Verdad es que Bécquer tiene á Heine por auxiliar, y el auxiliar de Campoamor no acude ó no se ve tan claro.
Como muestras de estos _becqueristas_ citaré de Emilio Antonio Escobar las siguientes composiciones, que él llama _Rimas_, como llama Bécquer á las suyas:
Allá en el fondo de la tumba fría, Del cadáver los átomos inertes Se transforman, se buscan y palpitan En las auroras de un eterno génesis..... Y aquí en mi pecho un corazón vacila Y el hielo horrible del sepulcro tiene..... Allá se siente palpitar la vida, Aquí se siente palpitar la muerte.
Cada vez que tu mano, al despedirme, Estrecho conmovido entre las mías; Cada vez que me dices: «Hasta luego», Fijando en mí tus húmedas pupilas, Oigo un eco lejano que repite Dolorosa y eterna despedida, Y siento que una lágrima que oculto Me cae al corazón pesada y fría.
Ya en la iglesia de los cielos Alguien enciende los cirios, Y el órgano de los vientos Suspira ya sus registros; Largos nubarrones negros Enlutan el infinito..... Se va á cantar el entierro De nuestro amor muerto niño.
En todo esto hay lo más lastimoso de Bécquer y de Heine: olor de cementerio y cancamurria de gori-gori.
Muy superior me parece otro _becquerista_ de veintitrés años: Joaquín González Camargo, médico y literato. Sus versos _Viaje de la luz son becqueristas_; pero, ¿yo no sé?, me siento inclinado á decir que me gustan más que los mejores de Bécquer y de Heine. Y dicen los versos:
Empieza el sueño á acariciar mis sienes: Vapor de adormideras en mi estancia; Los informes recuerdos en la sombra Cruzan como fantasmas. Por la angosta rendija de la puerta Rayo furtivo de la luna avanza, Ilumina los átomos del aire: Se detiene en mis armas. Se cerraron mis ojos, y la mente, Entre los sueños, á lo ignoto se alza: Meciéndose en los rayos de la luna, Da formas á la nada. Y ve surgir las ondulantes costas, Las eminencias de celeste Atlántida, Donde viven los Genios y se anida Del porvenir el águila. Allí rima la luz y el canto alumbra, Aire de eternidad alienta el alma, Y los poetas del futuro templan Las cristalinas harpas. Auroras boreales de los siglos Allí se encuentran, recogida el ala; Como una antelia vese el pensamiento Que gigantesco se alza. Allí los Prometeos sin cadenas Y de Jacob la luminosa escala; Allí la fruta del Edén perdida, La que el saber entraña. Y el libro apocalíptico, sin sellos, Suelta á la luz sus misteriosas páginas, Y el Tabor del espíritu su cima De entre la niebla saca. Y allí el Horeb de donde brota puro El casto amor que con lo eterno acaba: Allá está lo ideal, allá boguemos..... Dad impulso á la barca. Despertéme azorado..... ¿Y ese mundo? Para volar á él ¿en dónde hay alas? Interrogué á las sombras del pasado, Y las sombras callaban. Pero el rayo de luna ya subía Del viejo estante á las polvosas tablas, Y lamiendo los lomos de los libros, En sus títulos de oro se miraba.
Y ahora que acabo de copiar los versos del señor Camargo, comprendiéndolos bien, no vacilo ni dudo. Digo, parodiando al Duque de Rivas, que, en esta ocasión,
No el padre guardián, el lego Tuvo la revelación.
El discípulo Camargo se adelanta aquí á sus dos maestros, al español y al alemán, y hace una linda poesía, sobria de palabras, rica de pensamientos, llena de imágenes y de galanura.
Y baste por hoy. Prometo que la próxima carta será mi última sobre este asunto.
* * * * *
_8 de Octubre de 1888._
VI
Mi distinguido amigo: Ya habrá Ud. notado que en la rápida y poco ordenada reseña que de los poetas de esa república voy haciendo, hay un espíritu que, por lo mismo que es muy español, propende más á poner de realce lo original que lo imitado. Sin duda que algo lisonjea el amor propio nacional percibir en región tan remota la resonancia ó el eco de Quintana, de Bécquer, de Campoamor y de Núñez de Arce, que son hoy los poetas de esta Península más populares ahí; pero si todo es uno, según mi teoría; si Uds. no han proclamado la independencia literaria, ni nosotros la hemos reconocido tampoco; si no conviene además esta independencia, y si toda la riqueza nuestra y de Uds. debe seguir _pro indiviso_, creo yo que nos trae más cuenta que todo sea diverso dentro de la grande unidad, que no tener _doublettes_ ó ejemplares dobles en nuestro tesoro común intelectual ó biblioteca castellana.
Por dicha, la realidad viene en Colombia á colmar la medida de mi deseo. Son Uds. todo lo originales que deben ser, sin caer en la extravagancia, buscando la originalidad, y sin imitar demasiado á los franceses é ingleses por no imitar á los españoles.
Poco hay que pueda calificarse en Colombia de _campoamoresco_ ó de _quintanesco_. Sólo abunda el _becquerismo_; pero más bien el remedo es en el corte ó traza, que no en el fondo y la esencia.
Un cubano, Rafael Merchán, que ha ido á vivir y á escribir entre Uds., ha emitido, en uno de sus más bellos artículos, un juicio de Bécquer, atinadísimo, en mi sentir. Para Merchán, como para nosotros, Bécquer es excelente poeta: de lo mejor que España ha tenido en el siglo XIX. El fondo de su poesía es rico y vario; pero casi siempre están sus composiciones como vaciadas en el mismo molde ó cortadas por el mismo patrón. Esto es lo que constituye la manera, que no niego yo que induce á la imitación. Cuando el poeta imitador adquiere, tal vez sin darse cuenta de ello, la habilidad, el arte ó procedimiento de la manera, hasta sin querer suele seguirla.
Así es como se nota el sabor _becquerista_ en los ya citados versos de Camargo y de Escobar, en otros que no citamos, y (¿por qué no declararlo?) en los que de Ud. colecciona el Sr. Añez, aunque la imitación en ellos es más indecisa y vaga.
En los versos de Ud. se ve que el poeta, ilustrado su entendimiento por no escasa doctrina y por el saber de varias literaturas, no se deja llevar por determinado maestro, y la inspiración sacude todo yugo y se levanta libre de remedo, mostrando su valer propio. Yo, por las pocas muestras que de sus versos de Ud. da el señor Añez, y en vista de la mocedad de Ud., me atrevo á saludarle como buen poeta, augurándole brillantes triunfos en lo futuro. La composición de Ud. titulada _Lo que es un nido_ suscita el recuerdo de _La iglesia perdida_, de Uhland, aunque en la conclusión, la de Ud. es racionalista y algo panteísta, y la de Uhland fervorosamente cristiana. Á veces, en los instantes de mayor rapto lírico-filosófico, va Ud. más allá de lo justo en los atrevimientos de expresión, influído acaso por Víctor Hugo. Así, por ejemplo:
Y ansiando apocalípticos asombros, Subí de lo infinito las escalas, Y asombrado sentí que en mis dos hombros Se agitaban dos alas, Y volé como fuera de mí mismo..... Y crucé los espacios estelares..... Y comulgué la luz en el abismo De incógnitos altares.
La peregrinación de su espíritu de Ud. por el éter, su comunión de luz en el abismo, etc., nada está de sobra al considerar que Ud. se propone descubrir dónde se oculta el _verbo_; pero á la verdad que es triste lo infructuoso de la caminata y lo hondo de la caída, cuando, al volver Ud. de su éxtasis, ve un nido de golondrinas, que será á lo más uno de los mil millones de efectos del _verbo_, pero que no es el _verbo_, ni le explica, ni explica nada.
La composición de Ud., _Idea y forma_, está muy inspirada por Bécquer. En la otra composición, que se titula _Confidencia_, hay cierta vaguedad misteriosa, que podrá tener hechizo para algunos, pero que á otros los podrá inducir en la creencia de que el poeta no está muy seguro de nada, y de que nada le ha pasado, y de que todo es sueño ó dislate, cuando él mismo ignora si se le ha muerto la novia ó si se le ha casado con otro. Hay en estos versos anhelo de sencillez y naturalidad de lenguaje, que yo apruebo, porque la sencillez y la naturalidad hacen que los versos de amor parezcan más sentidos y _vividos_; pero, cuando en este estilo sencillo viene á interpolarse alguna palabra ó frase, ó muy ambiciosa ó muy técnica del tecnicismo filosófico, ocurren disonancias de efecto pésimo. Así, por ejemplo, cuando dice Ud. que ella _sepulta_ la frente en el pañuelo, y peor aún cuando pregunta usted si ella _le piensa_ aún con amor.
¿Y cómo entonces con amor me piensas?
Sin duda que, en lenguaje filosófico, las cosas se piensan ó son pensadas; pero, en estilo sencillo y de amores, el amante piensa _en_ su amada y la amada _en_ su amante, y si ambos piensan algún ser, este ser, aunque utilísimo, es muy inferior al ser humano.
Piénselo Ud. bien, y convendrá conmigo en que no debemos desear que las muchachas bonitas _nos piensen_, sino que piensen en nosotros.
A fin de no hacer interminables estas cartas, voy á prescindir de multitud de poetas de quienes hay obras selectas en el _Parnaso_, y á citar, como remate, á los cuatro ó cinco que me parecen más inspirados y más llenos de originalidad.
Empezaré por Rafael Pombo, cuyas obras completas siento no conocer. Mi opinión acerca de Pombo tiene también que ser poco fundada; esto es, tiene que fundarse sobre datos muy insuficientes. Hay mil cosas que despiertan la curiosidad al leer sus poesías, y que yo no podría averiguar á no escribir pidiendo noticias, ó á Colombia, ó á París, donde hay muchos colombianos. La romanza del rey Asuero y el aria de don Rodrigo, en las óperas _Ester_ y _Florinda_, implican que existen estas óperas, y un compositor colombiano, que se llama el maestro Ponce de León, é implican que Pombo ha escrito enteros ambos _librettos_. Yo sé, porque lo dice el señor Añez, que Pombo ha publicado _Cuentos pintados_ y _Cuentos morales_ para niños, y que son tan populares y famosos, que se los saben de memoria casi todos los niños de la América española. Y si esto es así, yo me pregunto: ¿cómo es que en España, donde tan pobre es esta clase de literatura para niños, no han penetrado los tales cuentos y no se ha hecho de ellos alguna edición?
Colócase también á Rafael Pombo entre los mejores traductores de Horacio. Dice Añez que el eminente Menéndez Pelayo da gran valer á su traducción, pero no nos dice si es ó no completa. Yo lo ignoro, y buscando además en el _Horacio en España_ lo que dice Menéndez de Pombo, nada he hallado. Tal vez sea una edición posterior á la que yo tengo. En la que yo tengo, aun no conocía Menéndez sino poquísimo de la poesía hispano-americana contemporánea, lamentándose de que no exista historia de la literatura de la América española, ni aun colección de poetas americanos medianamente hecha. Se ve que entonces aún no había leído Menéndez sino el tomito, publicado en Leipzig por Brockhaus, que encierra, en su harto severo sentir, «piezas detestables que no pueden pasar por buenas ni en América ni en parte alguna del mundo civilizado».
Volviendo á Pombo, diré que, como otros varios americanos de nuestra raza, ha ejercido muchas profesiones en su vida de acción, y en su vida especulativa ha estudiado y escrito de todo. Pombo es ingeniero civil; ha sido militar, y profesor, y diplomático, y periodista; y como escritor, es polígrafo. Contraigámonos aquí á hablar de él sólo como poeta. Su lira posee todas las cuerdas y todos los tonos: es mística, erótica, elegíaca, jocosa, satírica y descriptiva; pero ni siquiera conocemos una muestra de cada género.
En lo que conocemos hay originalidad, naturalidad y gracia. Sus redondillas al _bambuco_, que llegan á ochenta, muestran cuán fácil y abundante es el autor, sin pecar de pesado ni de rastrero. La música y la danza del _bambuco_ están muy bien calificadas, y ponderadas con chiste todas sus excelencias y la desapoderada afición que le tienen los colombianos:
Porque ha fundido aquel aire La indiana melancolía Con la africana ardentía Y el guapo andaluz donaire. Su ritmo vago y traidor Desespera á los maestros; Pero acá nacemos diestros Y con patente de autor.
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Hay en él más poesía, Riqueza, verdad, ternura, Que en mucha docta obertura Y mística sinfonía. Y así respóndele fiel El corazón donde llega: Con él el alegre juega Y el triste llora con él. Mágico el más obediente, Camaleón musical, Siempre el mismo original, Pero siempre diferente. Eterna variación En que hallamos por instinto Acento propio y distinto Para cada sensación.
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Y si ordenase un tirano La abolición del _bambuco_, Pronto viera cuán caduco Es todo poder humano.
Aun es más linda, en la misma composición, la pintura de una fiesta popular al aire libre, en que se baila el _bambuco_.
Era una noche de aquellas Noches de la patria mía Que bien pudiera ser día Donde no hay noches como ellas. El terciopelo mejor Al del cielo no igualaba; Ni estrella alguna faltaba A la gran cita de amor. Oíanse los bramidos Del Cauca y sus reventones Como enjambre de leones Celosos y mal dormidos. Y el aura circunvolante Embalsamaba el lugar De albahaca y de azahar Y de jazmín embriagante. _Yapangas_ que por modelo Las quisiera un escultor, Giraban al resplandor De las lámparas del cielo. De indianas y de españolas Las perfecciones lucían, Tan lindas que parecían Enamorarse ellas solas. Bajo una gran cabellera Un blanco busto imperial. Y una forma amplia y cabal Cuanto elástica y ligera. Rica tez, mórbido pecho, Nada de afeite ó falsía: Que el arte no enmendaría Lo que hizo Dios tan bien hecho.
Los versos, bien hechos también y sin afeite ni falsía como las _yapangas_, siguen adelante; pero yo no puedo citarlos todos. Dejemos, pues, bailar á las _yapangas_, que
Ya evitan á su mitad Y ya le buscan festivas, Provocadoras ó esquivas Como la felicidad,
y cambiemos de escena. Pasemos volando, desde las orillas del Cauca á las del Hudson, y pongámonos en la Broadway ó Calle Ancha de Nueva York. Nuestro poeta se entusiasma más aún, si cabe, que por las _yapangas_, por todas las _misses yankees_ que por allí se pasean. Verdad es que empieza por ensalzar á las españolas bonitas de Ambos Mundos. Ni pueden quejarse las limeñas, en cuyos ojos dan aún los hombres culto al astro de Manco Capac, ni las sirenas de Maracaibo, ni las sílfides de Cuba, ni las huríes de Chile, de corazón volcánico; ni las argentinas, tremendas en toda lid; ni otras muchas, de diversos países, á quienes el poeta, con tino, gala y primor, va calificando. Pero todo esto se olvida, porque el hombre es ingrato, y la sangre española es pólvora, y las _yankees_, que pasean en la Broadway, forman una legión fulminante, que prende fuego á los corazones, y se los anexiona, y quema todos los títulos de propiedad, memorias, y demás documentos y compromisos.
Los que no me creáis, los que entre lágrimas Eterno amor jurasteis al partir A la que, ondeando el pañuelito, cándida Desde la playa os quiso bendecir, Venid, llegad, y bajo el níveo pórtico Del imperial _Saint Nicholas Hotel_, Donde se alivia el trovador nostálgico Y se llora la ausencia última vez, Ved desfilar el majestuoso ejército Que anida en sus cuarteles Nueva York.....
En la pintura del tal ejército, Pombo se muestra sinceramente inspirado. Allá van algunas estrofas, aunque sea saltando:
Para ataviar á esta legión seráfica, Todo el mundo, Este, Oeste, Norte y Sur, Viene á verter la copa de sus dádivas Que puja el oro en arrogante albur. Blondas que teje para reinas Bélgica Realzando senos de alabastro van, Y nido á cuellos de nevada tórtola Da con sus chales la opulenta Iram. Ondas de seda de Damasco espléndida, Que el _musnud_ no ajaría en el harem, Barren el polvo..... haciendo aquella música Que suspiran las aguas del Zemzem. Y para estos cabellos, á sus náyades Robó tan ricas perlas Panamá, Y á sus zafíreas mariposas fúlgidas Sus lechos de esmeraldas Bogotá.
* * * * *
¡Ah! cada hermosa es un amable autócrata, Ley su sonrisa, sus palabras ley, Y una marcha triunfal entre sus súbditos Cada excursión por la imperial Broadway. Los fieros amos de la Gran República Son sus siervos humildes: ¡ya se ve! ¿Quién no lo fuera de tan lindos déspotas? ¿Y quién podrá decir no lo seré?
Los versos serios de Pombo son aún más bellos que los ligeros y jocosos. En _Preludio de primavera_, ni imita el poeta á nadie, ni parece que lleva ninguna intención literaria. Se diría que canta sin querer, excitado por sentimientos dulcísimos y por las primeras auras vernales, después de un invierno rigoroso de Nueva York.