Cartas americanas. Primera serie

Part 8

Chapter 84,005 wordsPublic domain

De aquí que muchos, apoyándose en la idea de que hubo una revelación primitiva, cuya luz aparece, aunque ofuscada, en el seno del paganismo, ya ven en el Titán filántropo, que padece por amor de los hombres, una confusa prefiguración del Redentor; y ya ven lo mismo en el hijo de Júpiter, en Hércules, que mata el buitre ó el águila que devoraba el renaciente hígado de Prometeo, y reconcilia á éste con Júpiter, á la cual interpretación vienen á dar más fuerza las palabras en que explica Hesíodo la buena voluntad con que Júpiter perdona; porque «así se difundía con mayor gloria sobre la tierra la virtud de su Hijo muy amado».

En el poema de Andrade, más lírico que épico, donde se narra poco y hay muchos versos en que habla el Titán, esta confusión, ó más bien oscuridad entre lo impío y lo piadoso, persiste y no se disipa.

¿Será á Júpiter, ó á Dios mismo, á quien por boca del Titán dice el poeta todos estos insultos y amenazas?

¡Oh Dios caduco! grita El titán impotente: Como esta negra carne que renace Bajo el pico voraz del cuervo inmundo, Renacerá fulgente Para alumbrar y fecundar el mundo La chispa redentora Que arrebaté á tu cielo despiadado. Germen de eterna aurora Del caos en las entrañas arraigado! Desata, Dios caduco, La turba ladradora de tus vientos; Sacude los andrajos de tus nubes, Y acuda á tus acentos La noche con sus sombras, Con montañas de espuma el Oceano: No apagarán la luz inextinguible Del pensamiento humano. ¿Qué importa mi martirio, Mi martirio de siglos, si aun atado, Júpiter inmortal, yo te provoco, Júpiter inmortal, yo te maldigo? ¿Si el viejo Prometeo, el titán loco, El mártir de tu encono, Siente tronar la ráfaga tremenda Que va á tumbar tu trono?

Otro punto hay también, en el cual los opuestos y discordantes elementos que entraron en la fábula, argumento de la tragedia de Prometeo, hacen oscura su significación en Esquilo. Todavía, después de tantos siglos, queda en el poema de Andrade la misma oscuridad, vaguedad ó indecisión, la cual sería grave falta en cualquiera obra didáctica en prosa; pero en verso está bien y tiene singular hechizo, pues pinta la indecisión, las dudas, las contradicciones de la mente humana, así cinco ó seis siglos antes de Cristo, como diez y nueve después.

Entonces y ahora los hombres no estaban ni están contentos y satisfechos de lo presente; y así, ya fingen la edad de oro en lo pasado, de la cual hemos descendido por nuestra culpa hasta esta mísera edad de hierro; ya pintan, en lo pasado, una humanidad bestial y feroz, que ha ido y va levantándose, poco a poco, hacia el bien, la luz y la perfección; ya, concertando la antinomia, aseguran la caída primera, creen en una redención ulterior, y en pos de esta redención en el progreso.

De todo esto hay vagamente en Esquilo; y de todo esto hay también vagamente en Andrade.

A la verdad, cuando el Prometeo de este último, atado siempre y padeciendo su martirio, llega á descubrir sobre el Gólgota la Cruz del Salvador, el poeta argentino nos alucina por un momento y nos parece completamente cristiano. Se puede imaginar que la significación profética que da Augusto Nicolás á Prometeo es la que le inspira. El Prometeo de Andrade dice algo por el orden de las santas y hermosas palabras del viejo Simeón: _Nunc dimittis servum tuum, Domine, in pace, quia viderunt oculi mei salutare tuum._

«¡Al fin puedo morir--grita el gigante Con sublime ademán y voz de trueno.-- Aquella es la bandera de combate, Que en el aire sereno Ó al soplo de pujantes tempestades Va á desplegar el pensamiento humano, Teñida con la sangre de otro mártir, Prometeo cristiano, Para expulsar del orgulloso Olimpo Las caducas deidades. Es un nuevo planeta que aparece Tras los montes salvajes de Judea Para alumbrar un ancho derrotero Á la conciencia humana: El germen fulgurante de la idea Que arrebaté al Olimpo despiadado; La encarnación gigante de mi raza, La raza prometeana. ¡Al fin puedo morir! Hijo de Urano, Llevo sangre de dioses en las venas. ¡Sangre que al fin se hiela! Aquel que me sucede, hijo del hombre, Lleva el fuego sagrado, Que eternamente riela, Ya le azoten los siglos con sus alas, Ó el viento furibundo; El fuego del espíritu, heredero Del imperio del mundo.»

Sin embargo, después de la atenta lectura de estos versos, se nota harto bien que el sentimiento cristiano ha entrado en ellos en pequeñísima dosis.

Cristo, según el poeta, vale más que Prometeo, no porque es Dios, sino porque es menos Dios y más hombre que el titán. Para el poeta, Prometeo, Cristo, Galileo, Sócrates, en suma, todo sabio que haya sido algo perseguido ó muy perseguido por clérigos y frailes, por inquisidores ó por dioses de cualquiera laya, viene á ser un titán, un Prometeo de mayor ó menor calibre, la personificación ó la encarnación del pensamiento humano, que es el verdadero Dios que inspira su poema y á quien le dedica.

El Prometeo de Andrade muere en cuanto ve morir á Jesús, y muere porque mueren los dioses todos para que reine sin rival el espíritu del hombre.

El poeta termina su obra entonando á este espíritu un cántico triunfal muy entusiasta. Todos los pensadores futuros serán otros tantos Prometeos, que es de suponer que no llegarán á padecer, ni con mucho, lo que padeció el titán, ni serán crucificados como Cristo, ni beberán cicuta como Sócrates, ni tendrán que sentir ninguna otra desazón mayúscula, como no hagan alguna tunantería ó algún disparate. Estos nuevos pensadores contribuirán á que amanezca pronto el claro día

En que el error y el fanatismo espiren Con doliente y confuso clamoreo.

Los poetas harán también brillante papel en este drama del porvenir. Andrade no cree, por dicha, como creen y sostienen ahora algunos pensadores del Ateneo de Madrid, que la poesía, al menos la rimada ó metrificada, va á morir por inútil. Los poetas serán las aves que cantarán la venida de esa aurora mental y social, y que secarán con sus alas la sangre y el sudor de los pensadores, perseguidos ó afanosos, si ellos se afanan y si alguien los persigue.

Para mí es evidentísimo que hay en todo este poema de Andrade portentoso brío y gran vuelo de inspiración. Lo que se echa muy de menos, y ¿por qué no decirlo con franqueza? es el estudio para prepararse á escribirle y el estudio al escribirle.

No quiero pararme en el desaliño ni en las rarezas del lenguaje. No gusto de disputar, y alguien hallará bien quizás lo que yo hallo deplorable; pero quede consignado, sin atreverme á decir que no está bien, que no me suena el que Cristo sea _planeta_, y que preferiría que fuese _estrella_ ó _sol_; que la raza _prometeana_ me choca y lastima los oídos, y que celebraría yo que Prometeo viese la Cruz y no la _silueta_ de la Cruz. La _silueta_ me hace pensar en seguida en figurillas de papel recortadas con tijeras.

Las fábulas gentílicas no merecen el respeto que merece la historia. El poeta puede modificarlas á su antojo y bordar sobre ellas; pero aun en esta licencia se han de poner condiciones: de no observarlas, surgirán inconvenientes en daño del poema licencioso. Mientras más clara y transparente sea en Prometeo la representación del genio del hombre ó del pensamiento humano, menos vida poética tendrá el personaje: más se acercará á la fría abstracción: más se esfumará como mera é insustancial alegoría. Para Esquilo y para los atenienses, público de Esquilo, Prometeo era persona de verdad; y Júpiter y las ninfas del Océano, y todos los seres que aparecen en el drama, distan mucho de ser abstracciones y vanas prosopopeyas. Por esto sólo, aunque no lo fuese por más, sería el Prometeo de Esquilo superior á todos los Prometeos que se han escrito más tarde.

Los denuestos del poeta griego contra su Zeus ó Júpiter, vivo y reinante, debían de pasmar por su audacia: eran la protesta hermosa del derecho y de la razón contra la violencia y el poder. En el día nada significa hablar mal de Júpiter. Y si Júpiter es la superstición, el fanatismo, la idea de Dios ó un Dios en quien no se cree, y es como si no fuera, todo elemento dramático y épico se desvanece, y se reduce el poema á la lucha de una abstracción contra otra.

Ya se entiende que digo esto como consideración general, que afecta poco al mérito del poema de Andrade. El, ó reflexivamente ó por instinto, pensó como yo, é hizo su poema lírico, y no epopeya ni drama.

Y no es esto decir que, en nuestra edad moderna, no sea posible una epopeya ó un drama sobre Prometeo; pero, á mi ver, ha de ser de uno de estos tres modos: ya poniendo en parodia y en solfa el asunto, como en las operetas de Offenbach; ya ciñéndose con inspiración erudita al espíritu y pensar de los antiguos, sin bastardear ni mezclar las ideas anacrónicamente. Por tal estilo, bien podría un poeta muy helenista y muy sabio restaurar la trilogía, completando lo que de Esquilo nos falta, así como Leopardi compuso el himno á Neptuno, que parece traducción literal de uno de los himnos que se atribuyen á Homero. Puede, por último, y más bien pudo hará doscientos ó más años, cuando la filosofía de la historia no se había popularizado tanto, y cuando los poetas no metafisiqueaban tanto como hoy á sabiendas y reflexivamente, dar la fábula de Prometeo asunto para un drama, que no fuese bufo como las operetas, ni arqueológico tampoco, sino con moderno significado.

Calderón, á mi ver, nos dejó lindo ejemplo de esto en su precioso drama _La estatua de Prometeo_. Su intento fué sólo escribir una gran comedia de magia con mucha vistosa pompa, música y canto; pero la inspiración fué más allá del intento. Informada é iluminada la fábula terrible por la luz del cristianismo y por sus alegres esperanzas, toma el aspecto más risueño y tiene el desenlace más dichoso. El coro canta, con razón, al terminar:

Feliz quien vió El mal convertido en bien Y el bien en mejor.

Prometeo, así como Epimeteo su hermano, no son figuras alegóricas, sino personajes reales. Prometeo, sabio; Epimeteo, guerrero. Representan, no obstante, la lucha de las armas y las letras, de la razón y de la pasión, de la ciencia y del instinto violento y ciego. Aunque rodeados de personajes simbólicos y mitológicos, hay realidad y vida en ambos protagonistas.

La lucha que entre ellos estalla viene á parar en reconciliación interviniendo Minerva, ó la sabiduría misma, y Apolo, ó el padre de la luz, los cuales interceden con el sumo Jove, quien perdona antes de que Prometeo padezca el suplicio á que estaba condenado. Pandora no es causa de todos los males, como en Hesíodo, tan aborrecedor de las mujeres.

Para el galante Calderón, que rendía culto á la mujer, y para quien

.....Si el hombre es breve mundo, La mujer es breve cielo,

Pandora, que representa á la mujer, completa la dicha del sabio, casándose con él y amándole. Robar el fuego del cielo resulta chico pecado y perdonable atrevimiento, en vista de los bienes que acarrea, y sobre todo

Porque nunca niega Piedades un Dios.

La maravillosa y estupenda fantasía de Calderón despliega toda su virtud en el robo mismo del fuego, en la aparición de Prometeo, cuando ya le trae del cielo, y en la repentina y milagrosa vivificación de la estatua que se convierte en mujer, hermosa y sabia, hasta el punto de confundirse con Minerva, cuando Prometeo le da la llama celestial, que la penetra y la anima.

Un crítico de buena voluntad y transcendente, como hoy se usan, pudiera sacar de _La estatua de Prometeo_ mil deliciosas, amenas y hasta profundas filosofías.

No me incumbe á mí hacerlo ahora; y me vuelvo á Andrade.

En éste no son tan atinadas como en Calderón las modificaciones ó innovaciones. Algunas van contra todo razonable simbolismo y le truecan en embolismo. El Titán, hijo de Japeto, es y quiere Andrade que sea el pensamiento humano. ¿Por qué, pues, le hace pelear contra Júpiter, con los otros titanes, que significan las fuerzas cósmicas, fatales é ininteligentes, en las que Júpiter pone orden y ejerce imperio? Prometeo aconsejó á los titanes que no se rebelasen contra Júpiter.

También es raro que los titanes para escalar el cielo monten á caballo y galopen como gauchos por la pampa, y en corceles de semoviente y animado granito. Para subir al asalto de una fortaleza, á un monte enriscado ó al cielo, no valen corceles si no tienen alas como el Pegaso. Además, yo creo que la lucha de los titanes contra Júpiter es difícil de pintar sin que el poeta moderno quede deslucido, cuando esta lucha inspiró en la Teogonía los versos más sublimes y verdaderamente titánicos al vate de Ascra.

A pesar de todo lo expuesto, y para terminar sin cansar demasiado ni al público ni á Ud., diré que, tanto por las composiciones de que he hablado, como por _El nido de cóndores_, _A Paisandú_ y otras que no cito, Andrade es uno de los más ilustres poetas que ha habido en América, y valdría más que Olmedo ó que Bello, y tanto como Quintana, si hubiese cursado más humanidades y hubiese tenido más y mejores lecturas.

Andrade, por último, como otros poetas argentinos, como Mármol, Echevarría y Obligado, tiene en su lira cuerdas que á Quintana le faltan. Andrade siente, ve y comprende, con profundo sentimiento poético, la naturaleza que le rodea. Si hubiera él olvidado ó descuidado más á Víctor Hugo y engolfado menos su alma en la filosofía de la historia, hubiera sido aún más notable poeta pintando la naturaleza americana y cantando de amor y de hermosura, mejor que de evoluciones y de progreso.

EL PARNASO COLOMBIANO

_13 de Agosto de 1888._

Á D. JOSÉ RIVAS GROOT

I

Muy distinguido señor mío: Vergüenza me da de no haber contestado aún á la amabilísima carta de Ud. fecha en Bogotá el 29 de Octubre de 1887. Pido á Ud. por ello mil perdones y le ruego que crea que en parte mi desidia y en parte mil quehaceres y cuidados han tenido la culpa de mi tardanza.

La carta de Ud., que recibí á su debido tiempo, me alegró y lisonjeó mucho. Con ella recibí el estimable presente que me hizo Ud. de un ejemplar del _Parnaso Colombiano_.

En la carta me pide Ud. ó muestra deseos de saber mi opinión sobre los poetas cuyas composiciones contienen los dos tomos del _Parnaso_. Y pensando yo en darla, después de reflexivo estudio, y con el mejor tino que pudiese, he dejado hasta hoy correr el tiempo, sin hacer nada de la tarea que me había prescrito.

Pocos meses há empecé á escribir estas _Cartas americanas_, y claro está que de uno de los libros de que yo más detenidamente deseaba hablar en ellas era del que Ud. me había remitido; pero más fáciles asuntos me han salido al paso, y todavía no he satisfecho mi deseo.

Entre tanto, he recibido, sin saber quién me los envía, los números de _La Nación_, de Bogotá, fechas 18 y 25 del último Mayo, donde contesta usted muy discreta y amablemente á mi primera _Carta americana_, defendiendo con gran calor y habilidad á Víctor Hugo é impugnando mi crítica en lo que á Víctor Hugo es adversa.

En la impugnación se muestra Ud. tan cortés, tan benigno y tan amable conmigo, que la gratitud me desarma, y casi me siento capaz, á fin de ser á Ud. grato, de confesar que me he equivocado: que la musa de Víctor Hugo no tiene falta ni mácula, y que, si la tiene, la hermosea en vez de afearla, como velloso lunar á una linda moza, haciendo resaltar más con su negrura lo sonrosado de la mejilla ó la limpia candidez de la desnuda espalda, donde el lunar campea y descuella como matita de bambúes en prado de flores.

Los artículos de Ud. me llevan además á hacer escrupuloso examen de conciencia. ¿Señor--me digo,--habré yo pecado denigrando, ó rebajando al menos, el mérito del gran poeta por odio y envidia de español contra lo francés en particular, y en general contra todo lo extranjero? Raro es el español que sintió jamás tal odio ni tal envidia, y no soy yo ese español raro.

Hasta cuando estábamos muy soberbios y engreídos y no cesábamos de hablar de Pavía, Otumba, San Quintín y Lepanto, y de que el sol no se ponía en nuestros dominios, no nos dió jamás por denigrar á nadie.

Todo nos parecía mejor en tierra extranjera, ó porque era mejor, ó porque el atractivo de la novedad hacía que así nos pareciese. Hasta los poetas, que por lo común son arrogantes, eran humildes en España al compararse con los extranjeros. Lope de Vega, por ejemplo, que no me parece que era un poeta de tres al cuarto, decía, refiriéndose á los italianos, que no se atrevía á competir con ellos,

Que son solos y soles, Él con sus rudos versos españoles.

Lo que es en el día andamos tan abatidos, que no hay objeto que no nos parezca mejor siendo extranjero que siendo español; y de cuanto admiramos, es lo francés lo que admiramos más, por ser lo que menos mal conocemos. Siguiendo esta regla y esta propensión nuestra, aseguro á usted que mientras más hondamente lo considero, más me persuado de que, lejos de escatimar á Víctor Hugo la alabanza, me he excedido en ella; y llamando á Víctor Hugo rey de los poetas de nuestro siglo, he agraviado á Byron, á Goethe y á no pocos otros, que tal vez tuvieran más derecho que él á esa corona.

¿Qué es, pues, lo que yo puedo y debo replicar á los artículos de Ud. insertos en _La Nación_? Lo mejor es dar el punto por suficientemente discutido. Dejemos á Víctor Hugo que descanse en paz sobre sus laureles, y hablemos de los poetas que escriben en mi propio idioma, y cuyas obras usted me envía, como me dice en su carta, desde un rincón de los Andes.

No puede Ud. imaginar cuánto me agrada y qué gran curiosidad me inspira ese rincón, como usted le llama.

Cuantas descripciones he leído de su tierra de usted, hechas por Alejandro Humboldt, por García Mérou, por el barón de Japurá, padre de una simpática marquesa, española por adopción, y mujer de un antiguo y excelente amigo mío, y por Miguel Cané, discreto escritor y viajero argentino, hoy ministro de su república en esta corte, todo me atrae y cautiva; y aseguro á usted que, si yo no fuese ya y no estuviese ya tan viejo, había aún de ir á Bogotá á hacer á Ud. una visita y á ver el estupendo salto del Tequendama, de tan superior elevación al del Niágara, que he visto.

Lejos de parecerme Bogotá un rincón, se me figura que Bogotá va á ser el centro del mundo en lo venidero, cuando el canal interoceánico acabe de abrirse, y sea en el seno de esa república donde se celebre el gran consorcio de la civilización, besándose y abrazándose, dentro de la zona,

Que el sol enamorado circunscribe,

las ondas del Atlántico y del Pacífico.

Y no crea Ud. que lo que más me encantaría ahí, aunque soy muy apasionado á la hermosura y sublimidad de la naturaleza, serían los fértiles y exuberantes valles y vegas por donde corren el Magdalena y el Cauca; ni la riqueza y variedad de frutos, plantas y flores que hay en la hermosa patria de Ud.; ni la misma catarata, vencedora del Niágara, y una de las maravillas que hay que ver en este planeta, catarata en que se derrumban las aguas del Bogotá desde una altura de 180 metros, y pasan por el aire, desde la tierra fría, desde un clima como el del centro de España, á la tierra caliente, poblada de naranjales y de palmas, y donde revolotean los loros y guacamayos. Todo esto, con un poco de imaginación, se ve en espíritu, leyendo las descripciones de los viajeros, casi como si se viese materialmente con los ojos del cuerpo y se tocase con las manos. Lo que á mí me encantaría más sería ver trasplantada, en esa meseta de los Andes, con hondas raíces, lozana y llena de savia y de vida, la antigua civilización de la metrópoli; sería ver en Bogotá como un foco de luz propia, como un primer móvil de inteligencia castiza, que sin desechar, sino conociendo y estimando todo el moderno saber de los demás pueblos de Europa, imprime en cuanto hace el sello y el carácter de la raza española, con algo además de singular y exclusivo que la determina y distingue como colombiana.

Es lástima que no lleguen por aquí ni leamos nosotros sino poquísimos de los libros en prosa que Uds. escriben. Yo, lo confieso, aun no he leído más que una novela de Bogotá: _Tránsito_, de Silvestre. Y aseguro á Ud. que han quedado vivamente impresas en mi mente las escenas que describe, en las fecundas márgenes del Magdalena; las fiestas populares, las alegres cabalgatas, los apasionados amoríos, y el poético baile y tonada y canto á la vez que llaman _bambuco_, y que se me figura que no ha de ser inferior á nuestros fandangos, boleros, jotas y seguidillas. Todo lo que leo de ahí me parece más que español. Tal vez nosotros vamos degenerando, ó por decirlo así destiñéndonos y como perdiéndonos modestamente en la cola de la cultura europea, mientras que Uds. conservan mejor el individualismo, la autonomía de raza. Ahí puede llamarse aún _cachaco_ un _dandy_ y _cachaquería_ la _high life_. Ahí siguen los _coliches_ ó _asaltos_, como los había en mi mocedad en nuestras ciudades de provincia cuando improvisábamos un baile en la casa de algún amigo, invadida de repente. Y ahí se canta, se baila y se toca el _bambuco_ en coro, por galanes y damas, que comprenden, estiman y ejecutan, la música más sabia de Schubert, de Chopín y de Beethoven, y aun compiten con ella, escribiéndola, como nos cuenta el Sr. Cané de la señorita doña Teresa Tanco.

El mismo Sr. Cané, en su precioso libro de impresiones titulado _En viaje_, nos describe con tal entusiasmo la cultura, la hospitalidad y el trato afable y discreto de la sociedad elegante de Bogotá, que pone deseo de ir á gozar de ella y de ver en el riñón de América, en una planicie ó extensa nava en el centro de los Andes, á la altura de 2.700 metros sobre el nivel del mar, algo como un paraíso terrestre, de clima apacible, de perenne primavera, donde existen todos los refinamientos que la vida moderna puede dar al espíritu; y no pocos de los regalos, comodidades y _conforts_, como dicen ahora, de que pueden disfrutar nuestros cuerpos.

Todo lo que el Sr. Cané cuenta de este paraíso lo creo yo á pie juntillas; y no es exceso de fe, pues está confirmado por las relaciones de otros viajeros, como el Sr. García Mérou, el barón de Japurá y el mismo Humboldt, á quienes ya he citado, y sobre todo por los libros que Uds. escriben, que son la mejor y más irrefragable prueba de dicha cultura.

En lo que yo creo descubrir cierta exageración es en los graves peligros, dificultades enormes y rudas fatigas que hay que arrostrar, superar y sufrir para llegar á esa ciudad, capital de los Estados Unidos de Colombia, donde tan agradablemente se vive. Bien dijo el divino poeta Ludovico Ariosto:

_Chi va lontan dalla sua patria, vede_ _Cose da quel, che già credea, lontane,_ _Che, narrandole poi, non se gli crede_ _E stimato bugiardo ne rimane,_ _Ch’il vulgo sciocco non gil vuol dar fede_ _Se non le vede e tocca chiare e piane._

Y así, si bien yo no quiero pasar por alguien del _volgo sciocco_, y menos aún por poner en duda la exactitud de las noticias del Sr. Cané, y no niego nada de lo que cuenta, todavía me atrevo á disminuir un poco en mi mente de los calores infernales que pasó desde Barranquilla hasta Honda; de la violencia de los chorros ó rápidos del Magdalena; de la multitud de caimanes que se ven en el río y por las orillas del río, por manadas á veces de sesenta, y cada uno con cinco ó seis metros de longitud; de las feroces picaduras de los mosquitos, de que es víctima quien sube en vapor contra la corriente del Magdalena, navegación que dura doce ó catorce días; y de la expedición á caballo ó en mulas desde Honda ó Bodegas, al borde del río, hasta la nava ó planicie de Bogotá, pasando por espantosos desfiladeros, capaces de poner de punta los cabellos del mismo Cid Campeador.