Cartas americanas. Primera serie

Part 5

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Difícil es dar á conocer á un poeta citando así trozos arrancados de sus obras. Más que darle á conocer es esto despedazarle. Por eso no gusto yo de hacer muchas citas.

A más de excelente poeta lírico me parece Ud. buen poeta narrativo, según el testimonio brillante que de ello da en la leyenda de Santos Vega. Las décimas en que está escrita esta leyenda son no menos fluidas, bien hechas y ricas de rimas que las décimas empleadas por Núñez de Arce y por Velarde en descripciones y narraciones. Las de Ud. tienen además para mí algo de peregrino y nuevo: me pintan, con el colorido y la precisión de la verdad, la pampa y la vida primitiva de sus habitantes; me traen como un aroma sutil de sus flores y un eco suave y adormido de sus músicas y de sus rumores misteriosos.

Santos Vega es el _payador de larga fama_: el más celebrado poeta, cantor y tocador de guitarra que ha habitado en la pampa entre los gauchos. Su contienda con otro trovador exótico, medio hechicero, que aparece obrando prodigios, y el triunfo de este nuevo trovador sobre el antiguo, que muere de pesar del vencimiento, todo es sin duda simbólico: es el triunfo de la vida moderna, y de la industria, y de los ferrocarriles, y de las ciudades, sobre el modo agreste de vivir en lo antiguo, en aquel florido y verde desierto, en aquella extensa llanura que los Andes limitan; pero si bien Ud., como poeta, lamenta la pérdida de un poco de poesía, harto deja conocer que sobre esa poesía perdida, si es que se pierde, ha de florecer otra, y ya florece en la mente y en el libro de Ud., que vale muchísimo más que la del _payador_ Santos Vega.

Justo es, no obstante, que Ud. dé á Santos Vega las alabanzas que merece, por más que, al dárselas, se las dé escribiendo tan preciosa leyenda, y dándole envidia de la que el pobre Santos Vega sería capaz de morirse, si ya en la lucha con el trovador y mago intruso no hubiera muerto.

Como por el retrato veo que es Ud. joven, espero que seguirá escribiendo poesías líricas y leyendas no menos bonitas que las que aquí con tanta justicia he celebrado.

* * * * *

_16 de Abril de 1888._

Á D. ENRIQUE GARCÍA MÉROU

II

Muy señor mío y distinguido amigo: Cuando en el verano pasado de 1887 tuve el gusto de conocer y de tratar en Spa á Ud. y al general don Julio Roca, hablamos mucho de la patria de usted, de su próspera situación y del brillante porvenir que todo el mundo le augura.

Bien puede afirmarse que el general D. Julio Roca ha sido quien más ha contribuído á disipar las nubes que oscurecían y velaban el horizonte, y quien así nos ha dejado ver el cielo de ese porvenir despejado y claro.

Dicho general, venciendo definitivamente á los indios, errantes por la inmensa soledad de la Pampa, aumentó el territorio de la república con muchos millones de hectáreas, preparó todos aquellos campos para el advenimiento de la civilización y de la colonización europea, y, libertándolos de las invasiones y rapiñas de los salvajes, les dió un valor que sólo puede significarse por centenares de millones de pesetas.

Todo esto se hizo humana y hábilmente, sin disparar un tiro, sin derramar una gota de sangre. Los indios fueron perseguidos, cazados y confinados en sitios donde tendrán que reducirse á la vida civil, ó morir y extinguirse como raza. Quichuas, guaranies, tehuelches, pehuenches y araucanos, todo va á desaparecer y á ceder por completo la tierra, desde el límite occidental de la dilatada provincia de Buenos Aires y los límites meridionales de las de Córdoba, San Luis y Mendoza, á fin de que por allí se explaye y se difunda la civilización americano-española, hasta el estrecho de Magallanes.

¿Debemos recelar que amenace ahora cierto peligro á esta civilización, y á la raza que la representa, y al lenguaje que la expresa? Yo creo que no, á pesar de lo que sostienen y pronostican autores de nota, entre los cuales sobresale el francés Emilio Daireaux, cuya obra, _Vida y costumbres en la Plata_, Ud. mismo me ha dado á leer.

Suponiendo que en el día cuenta la República Argentina con una población de cerca de cuatro millones de hombres, sólo podremos considerar la cuarta parte, un millón, como inmigrados extranjeros, y aun en este número habrá que contar más de 160.000 españoles. Los italianos son los más numerosos entre estos inmigrados. Los franceses vienen después, casi en el mismo número que los españoles. Y hay, por último, ingleses, alemanes y de otros países de Europa.

A la verdad que no es corta esta inmigración. Para el pronto crecimiento y grandeza de la República se ha de presumir que irá la inmigración en aumento constante, pues hay tanto terreno desierto que poblar y que cultivar; pero ni aun así creo yo que deba pronosticarse que ha de fallecer la virtud absorbente de la raza española criolla, que forma ya una nación perfecta y entera, y que del aluvión y conjunto de gentes que acuden y acudirán de todas partes, habrá de surgir una nacionalidad nueva y distinta, con otro idioma, con otra manera de ser y con otros rasgos y caracteres que los que tienen hoy los argentinos y llevaron allí los primeros colonos que fueron de España.

Para dar por seguro ó por probable lo contrario es menester suponer, como sin duda supone Daireaux, que en la Plata no hay verdaderamente nación todavía, sino gérmenes de nación, cuya elaboración definitiva dice él que ha empezado, si bien se ignora qué elemento prevalecerá, y qué lenguaje y qué modo de ser tendrán ustedes. Por lo pronto, afirma el Sr. Daireaux que la raza, que era española en un principio, aunque con mucha mezcla de judíos y de moros (lo cual pongo yo en duda, y si lo concediese, no concedería que esos moros y esos judíos no fuesen ya al ir á la Plata enteramente españoles), ha dejado de ser española y se ha hecho latina, y afirma también que la lengua va sufriendo allí rápidas modificaciones. Dentro de poco no podremos entendernos. Hablarán Uds. en latín, ya que son ustedes latinos, ó en francés, que es la lengua más de moda entre las neolatinas, ó tal vez en una lengua franca y flamante, que saldrá de la mezcla de los diversos idiomas que hablen los que vayan allí de inmigrados.

De nada de esto veo yo, por dicha, ni señales. Y digo por dicha, ya que, si para nosotros, habitantes de esta Península ibérica, sería terrible mortificación de amor propio que desapareciese hasta la huella de que esa república es hija de España, para Uds. la mortificación sería mayor al quedar tan absorbidos y tan desaparecidos como tendrán que quedar los pehuenches ú otras tribus así.

La actividad, la energía y la riqueza que muestran hoy los argentinos, hasta en empresas que parecen aventuradas y de inseguro buen éxito, nos quitan todo recelo de esa á modo de desnaturalización con que el autor francés amenaza á Uds. Sola la provincia de Buenos Aires, privada de su capital, que se ha hecho neutra para ser capital de toda la república, se ha creado en cinco años una nueva y magnífica capital, La Plata, llena de soberbios edificios, monumentos y palacios, y poblada ya de 50.000 ciudadanos.

Pero ni esta bizarría y alarde de poder material, ni el comercio floreciente, ni los adelantos en las varias industrias, prueban tanto el arraigo en aquella tierra del ser argentino, español de origen, que conservan y conservarán Uds., como el movimiento intelectual, cada día más castizo, rico y fecundo, en todas las provincias de la república, y en Buenos Aires sobre todo. El mismo Sr. Daireaux da testimonio del valer é importancia de este movimiento, encomiando las obras del general Mitre y del doctor V. F. López, que trazan la historia de la independencia sudamericana; las de otros autores, como los doctores Vicente Quesada, Navarro Viola y Trelles, que publican documentos sobre los orígenes y la vida social; las de los estadistas y economistas Agote, Latzina, Coni y Navarro; las de los antropólogos, etnógrafos y exploradores Moreno, Ceballos, Lista y Fontana, y las de los jurisconsultos Alcorta, Montes de Oca, Tejedor, Obarrio, Segovia, y Carlos Calvo singularmente, «cuyo tratado de Derecho internacional público y privado resume los progresos de esta ciencia oscura, en la época moderna, figura entre las obras maestras de esta clase, y es consultado por todas las cancillerías y por todos los diplomáticos».

Teatro, á lo que parece, no tienen Uds. aún.

De novelas, yo sólo conozco la _Amalia_, de Mármol; pero el Sr. Daireaux cita _Pablo ó el hijo de las Pampas_, de doña Eduarda García, y varias otras novelas de D. Eduardo Gutiérrez, como _Juan Moreira_ y _El tigre de Quequen_, cuyos lances tremendos, crímenes y horrores, compara á los de Eugenio Sue.

Donde, á la verdad, así en la República Argentina como en los demás Estados de la América del Sur, se muestra más el genio castizo ó español de origen, es en la poesía lírica y narrativa. Varias causas contribuyen á esto. Las generales son las que en el siglo presente, aunque se llama _positivo_, hacen que florezca la poesía en todas las regiones de la tierra, como no ha florecido nunca. Y en cuanto á lo castizo y propio, las causas son especiales. Ya sea porque nuestro lenguaje poético está más trabajado y formado, ya sea porque nuestra prosodia es tan distinta de la francesa, ello es que, aun queriendo, el poeta español más entusiasta de los franceses no acertará á imitarlos en la forma si escribe en castellano. Los galicismos de toda clase son más frecuentes en prosa que en verso. Y en cuanto á los galicismos de fondo ó de pensamiento, también en verso tienen que ser más raros; porque aun cuando el poeta siga ó adopte sistemas ó doctrinas que estén de moda en París, como en la poesía entra por mucho el sentimiento nacional y el individual, éstos se combinan con lo que tal vez se aceptó por moda y le presta fisonomía y valer castizos.

En cierto sentido no hay sabios _populares_; pero hay y hubo siempre poetas populares que llevan la voz del pueblo y hacen oir con grata resonancia y ritmo adecuado las palpitaciones del grande corazón colectivo. De aquí que la ciencia sea cosmopolita y la poesía no.

En la República Argentina ha existido y existe esta poesía del pueblo ó del vulgo al lado de la poesía sabia. Desde muy antiguo, desde que hubo gauchos en la Pampa, los cuales no me puedo persuadir--á pesar de cuanto dice Daireaux--de que sean más árabes ó más moros que cualquier habitante de mi lugar ó de otro cualquier lugar de Andalucía ó de Extremadura, hubo entre dichos gauchos cantadores y tocadores de guitarra, músicos y poetas á la vez, que han lucido y nos han dejado en sus coplas y canciones tesoros de inspiración original y fieles pinturas de la vida nómada que en aquellos campos se hacía. Los poetas de esta clase eran llamados ó se llaman _payadores_, y se citan como los más ilustres entre ellos á Estanislao del Campo, á José Hernández y á Ascasubi. Ignoro si el famoso payador simbólico Santos Vega, de quien escribió Rafael Obligado leyenda tan preciosa, es personaje histórico ó mítico; pero esto importa poco á mi propósito. Basta con que haya habido otros _payadores_.

Coincidiendo con su poesía popular y agreste, produjo la tierra argentina, como el resto de la América española, aun antes de la independencia, otra poesía erudita y clásica, la cual siguió siempre la manera de ser de la poesía de la metrópoli; y yo creo que esta poesía, sobre todo la lírica, apenas se dejó influir por el gusto francés en tiempo del _clasicismo_, ni en España, ni en sus colonias, ni en los Estados independientes que de ellas nacieron. Hasta los poetas más ajustados, en la teórica, á los preceptos de Boileau, que al cabo no eran exclusivos de Francia, son muy españoles cuando escriben versos. Meléndez, Jovellanos, Lista, Gallego, Quintana, todo el estol de líricos españoles del siglo pasado y de principios del presente, no se parecen más á los poetas franceses que fray Luis de León, Garcilaso, Herrera y Rioja, de quienes son dignos sucesores. Lo mismo se puede afirmar de los líricos hispano-americanos de aquella escuela y período: de Olmedo y de Bello, por ejemplo.

Menor fué la independencia y mayor fué el remedo de lo francés cuando vino el romanticismo. En la vieja España fué más fácil que algunos poetas se libertasen de este remedo, refugiándose en lo pasado; en la edad media, en nuestros romances, en nuestras tradiciones y en nuestro teatro del siglo XVII; pero en América hubo menos reparo y defensa, y la imitación de lo francés tuvo que ser mayor entre los románticos.

José Mármol es excepción de la regla. La vehemente energía de su odio contra el tirano Rosas presta robusta entonación á sus versos, é imprime en los mejores un sello característico y original, que les da grandísimo valor á pesar de las incorrecciones y desaliños.

En cuanto á Echevarría, ¿cómo negar que malogró en parte sus no comunes prendas? No lo digo yo: lo dice su compatriota de Ud. D. Calixto Oyuela: «precisamente por haberse apartado de lo español y castizo más de lo que nuestra propia naturaleza consiente, no pudo ser bastante americano.» Y Oyuela añade luego: «Si Echevarría quiso renegar de esta índole y de estas afinidades naturales, debió ser lógico, y renegar también del idioma, que es su consecuencia necesaria, proponiendo que hablásemos en francés ó en quichua.»--«Y no se alegue la quimera de formar nuevo dialecto, desprendido del castellano: la historia nos enseña que de los idiomas formados y fijados sólo pueden salir jergas informes.»

A pesar del pesimismo que muestra el señor Oyuela en este punto, bien podemos afirmar, y más aún poniéndole á él y á su amigo Rafael Obligado por claros y vivos testimonios, que en la Plata no se hablará jerga nueva, ni francés, ni quichua, sino castellano puro y limpio.

Ni siquiera valdrá para torcerle, italianizándole, la gran colonia italiana; porque si el influjo de la rica y noble literatura clásica de Italia se deja sentir en la literatura argentina, será de modo benéfico, como se dejó siempre sentir en la triple literatura española, en Portugal, en Cataluña y en Castilla, tanto en los siglos XV y XVI, cuanto en el XVIII y en el XIX.

Dispense Ud. que me valga de tan largos preámbulos y rodeos para llegar al verdadero asunto.

Me pidió Ud., y yo prometí, un juicio franco sobre el poeta argentino Olegario Andrade.

Sus obras, reunidas en un tomo elegantísimo, fueron impresas en el año pasado (1887) en Buenos Aires, á expensas del Tesoro nacional, que consignó por ley 16.000 pesos para la adquisición de los originales y 6.000 para su impresión. Tan espléndido favor á este poeta y á sus obras hace patente la altísima estimación de que gozan en su país de Ud. Yo he prometido decir sin disimulo mi parecer sobre estas obras, que bien se ve, por lo que queda expuesto, que son el reflejo más popular y el eco más vivo del sentir y del pensar argentino en este momento y del gusto literario que allí prevalece.

Como prenda y señal de lo prometido, el general D. Julio Roca me dió el mismo ejemplar que él tenía por no haber otro á mano. No puedo, pues, excusarme.

Mi empeño es ineludible y muy arduo y comprometido. Confieso que lo que más temo es que no parezca mi crítica bastante encomiástica. Por la incorrección, por el descuido á veces de la forma, tendré que censurar no poco en las poesías de Olegario Andrade; pero me consuela y anima que mis alabanzas han de ser grandes, sinceras y fervorosas, y muy superiores á las que tributé ya á D. Rafael Obligado, poeta sin duda más elegante y correcto, pero que jamás se remontó hasta ahora tan alto en sus canciones como Andrade se remonta, ni tomó para ellas, como toma Andrade, asuntos que mueven ó deben mover el ánimo de toda la nación para quien canta. Andrade, á veces, movido por el asunto mismo que trata y por su elevada inspiración, es más que un poeta nacional, es uno de aquellos pocos poetas que aciertan á dirigir la voz dignamente á todo el linaje de los hombres, excitando en ellos el amor de las teorías, la fe en los propósitos que le son más caros, y la sublime esperanza de que pronto habrán de realizarse. De esta suerte, el poeta tiene, hasta donde es posible en lo humano y en una edad tan descreída como la nuestra, algo del profeta antiguo: es el vate.

Ya se ve que debe ser difícil y delicado juzgar bien á Andrade; pero sin creer en todas sus teorías y sin esperar el cumplimiento de todos sus vaticinios, bien podemos celebrar el entusiasmo con que los expresa y decir desde luego que por este entusiasmo le colocamos en el número de aquellos poetas universales y sublimemente _didácticos_, entre los que descuellan Schiller, Manzoni, Quintana y Víctor Hugo.

Con lo dicho se explica la razón de tan extenso preámbulo. Para entrar de lleno en materia tendré que escribir otras cartas.

Ignoro si ésta alcanzará á Ud. en París, en Roma ó en Oriente; pero donde quiera llega _El Imparcial_, á quien la confío. Con ella van mis saludos afectuosos para el general D. Julio Roca, y para Ud. la seguridad de que empiezo á cumplir mi promesa.

* * * * *

_23 de Abril de 1888._

III

Mi distinguido amigo: Cuando murió, poco há, Olegario Andrade, su muerte dió ocasión para que se manifestase del modo más solemne el entusiasmo que inspiraba á sus compatriotas. El gobierno nacional mandando publicar á su costa, y con gran lujo, las obras del poeta; el general Roca pronunciando la más sentida oración fúnebre; Benjamín Basualdo escribiendo un prólogo altamente encomiástico, y la prensa periódica aplaudiéndolo todo, vinieron á corroborar lo que ya era opinión del público argentino, y había sido afirmado por los críticos de más autoridad, como los doctores Wilde y D. Nicolás Avellaneda y el poeta Carlos Guido Spano: que Andrade era un genio y que sus cantos tendrían vida imperecedera y gloriosa.

Yo quiero y debo, no obstante, prescindir de todo esto al dar mi parecer; darle como si nada de esto supiera, y no ceder al influjo de los que tal vez por patriotismo y por la contagiosa sobreexcitación de un momento ponen desmedida hipérbole en su alabanza.

Las poesías de Andrade son harto difíciles de juzgar con acierto y suscitan multitud de dudas y cuestiones, supongo que en la mente de todos, y de seguro en la mía, sobrado escéptica quizás, pues no sólo halla muy sujeta á errores la aplicación de las reglas que sirven para juzgar y apreciar las obras de un singular poeta, sino que, aun en las reglas mismas, nota cierta confusión, contradicción é incertidumbre.

Lo llano, lo cómodo para mí sería no mostrar mis vacilaciones, seguir la corriente y aplaudir sin reparo, como los otros; pero mi sinceridad se sobrepone á toda consideración. El diablillo crítico que me atormenta, y por el que estoy no sé si obseso ó poseído, no consiente que diga yo cuando escribo aquello que quiero decir, sino aquello que él quiere que yo diga; y lo más que logro á veces, y esto es peor, es decir lo que él quiere y lo que yo quiero; de donde resulta, en algo como diálogo, más que discurso, una verdadera sarta ó ristra de _antinomias_, según las llaman ahora.

Yo he calificado á Andrade de poeta sublimemente didáctico, poniéndole en el grupo en que pongo á Manzoni, á Quintana y á Víctor Hugo.

Pero, apenas dicto mi primera sentencia, cuando interviene mi diablillo é interpone su apelación. ¿Qué enseña, dice, la poesía en nuestro siglo? ¿Qué sistemas filosóficos, qué doctrinas políticas y sociales, qué dogmas religiosos, qué problemas y qué teoremas de la ciencia de naturaleza podrá nadie resolver ó enseñar en verso, que no estén mejor enseñados ó resueltos, explicados y demostrados, en el más compendioso manual, catecismo ó cartilla para los niños de la escuela? Y como aun reconociendo en el poeta, en Dante, Goethe ó Leopardi, por ejemplo, todas las prendas de un sabio de primera magnitud, y creyendo que su cerebro fué ó es el archivo de todos los conocimientos divinos y humanos que en su época podían penetrar y conservarse con orden en el cerebro de una persona mortal, todavía dudo de la virtud docente de su poesía, mil veces más tengo que dudar de que ocurra y obre esta virtud en quien, lejos de haber estudiado y aprendido mucho, deja el colegio prematuramente con algunas ligeras nociones de historia y noticias muy elementales de literatura, y se lanza á la vida del periodismo, tan agitada y laboriosa.

Mirando este asunto bajo su aspecto prosaico, acude al pensamiento, al ver cómo nos dedicamos muchos al magisterio de la prensa antes de saber algo que enseñar, aquello del «Maestro Ciruela, que no sabía leer y ponía escuela», ó el chistoso epígrafe de un capítulo de la novela del Padre Isla que ha quedado como refrán: «Deja Fray Gerundio los estudios y se mete á predicador.»

Claro está que en este sentido, cuando ni los poetas que fueron también grandes sabios pueden ser poetas didácticos en el siglo XIX, menos lo es Olegario Andrade, cuyos estudios habían sido cortos y someros; pero hay otro sentido, según el cual, como por ciencia infusa, puede un poeta ser sublimemente didáctico en nuestros días.

Las elevadas aspiraciones, el ideal cuya realización se columbra en el porvenir, los planes, doctrinas y esperanzas que están en la mente colectiva de un pueblo ó de la humanidad toda, por estilo vago, informe y confuso, resplandecen con mayor luz en el alma del poeta, y merced á la energía plástica que el poeta tiene, se revisten de forma determinada, precisa y hermosa, en versos que muestran con claridad aquello mismo que agitaba el centro oscuro del alma y que el vulgo apenas comprendía. Para ser así poeta didáctico se requieren dos grandes y raras condiciones, sin las cuales no se alcanza la perfección de la forma en que estriba el misterio. Se requieren el entusiasmo y el buen gusto.

El entusiasmo, esto es, el sentimiento fervoroso y la imaginación potente que le pone de manifiesto, habilitaban é ilustraban, sin duda, el espíritu de Olegario Andrade: poseía esta primera condición para ser gran poeta docente. Sobre la otra condición, sobre la del buen gusto, hay reparos que poner.

En mi sentir, es necesario dar á la forma extraordinaria belleza para que este género de poesía transcendental y encumbrada penetre bien en las inteligencias y en los corazones, y venga á ser como la fórmula duradera de una tendencia general, de una aspiración nacional ó humana.

No bastan las imágenes de que reviste y adorna el poeta su pensamiento, ni el fuego de la pasión con que le presta calor y vida; son indispensables, además, el esmero, la reflexión y el arte más exquisito.

Acontece en ocasiones que un poeta, sin pensamientos muy por cima de lo vulgar, pero con sentimiento delicado, cuando posee y emplea ese arte exquisito, comunica al lector dicho sentimiento y le conmueve más que el poeta desaliñado, aunque tenga ideas más hondas y nuevas. Así entre nosotros, Moratín, hijo, es el más artista, el más primoroso cincelador de versos. Gracias á aquel magistral arte suyo, lo más insignificante á veces, por el fondo, nos penetra, interesa ó enternece. El pensamiento expresado con nitidez y mesura no toca en lo ridículo por el empeño de llegar á lo sublime; y el sentir, expresado con mesura también, aparece sincero, y se apodera de nosotros, mientras que un sentir, más sincero quizá, si está expresado con exageración, nos parece falso, y nos hace reir cuando pretende hacer que lloremos.

No es esto decir que lo primoroso y atildado de la forma salve nunca lo que carece de fondo, lo que está vacío de pensamiento, y frío de sentimiento, ó recalentado con sentimiento falso y postizo. Sean ejemplo de esto los versos políticos de Monti: son un prodigio de _hechura_, pero á mí me dejan helado: apenas tengo paciencia para leerlos.