Cartas americanas. Primera serie
Part 6
No hay arte con que disimule el poeta la falta de convicción. Lo que sí puede ser es que por ampulosidad sobrada se estropee un sentimiento leal y sincero, y aparezca falso y mentido. Esto se advierte á veces en Víctor Hugo. No ha de extrañarse, pues, que también se advierta en Olegario Andrade, que tomó á Víctor Hugo por ídolo y modelo.
Víctor Hugo tenía mucho arte: ponía en la forma el mayor esmero y estudio, como casi todos los poetas franceses; pero nuestros poetas románticos, que no pueden imitar en la forma la poesía francesa, por ser tan distinta, y que acaso se dejan engañar por lo que dice el poeta extranjero de que la inspiración le arrebata y de que no reflexiona, ni lima, ni pule, escriben sin arte y allá corren desbocados, dando rienda suelta á su portentosa facilidad.
Presupuestos, con todo, el sentir y el pensar con hondura, y la sinceridad, y el brío en el estilo, que todo esto tiene Andrade, no se puede negar que fué egregio poeta, por más que á veces le falten el arte, la mesura, la nitidez y la elegancia.
Contra los principios y doctrinas que sostiene y divulga, nada tiene que decir el crítico que ama la poesía por la poesía. Lo que importa es la nobleza del intento, la grandeza del fin, el valor de aquellas ideas y aspiraciones generales en que estamos todos de acuerdo. Después, tan gran poeta parece Schiller kantiano, como Manzoni católico-liberal, como Whittier cuákero liberalísimo, como Quintana enciclopedista-progresista.
La historia, la filosofía, las religiones, todo puede ser asunto de versos con tal de que el asunto se trate bien; pero yo no me cansaré de repetir que en estos asuntos han de exigirse más que en nada la perfección de la forma, lo limpio y hermoso de la dicción, la riqueza de las imágenes y el buen gusto y el peregrino empleo de frases y giros. El poeta que no labre con todo esto sus versos filosóficos y políticos, se expone á que parezcan _artículos de fondo_ con rimas ó índices y extractos del Bouillet ó de cualquier librejo de texto, puestos en coplas.
Con cuanto queda dicho se señalan y previenen los tropiezos á que se expone el que se lanza á poeta _hierofante_, digámoslo así. Que Andrade quería ser poeta de este género, y en lo posible lo era, se ve claro en su composición á Víctor Hugo. Allí, al ensalzar al maestro, explica Andrade el concepto que tuvo de la poesía y de la misión del poeta en este mundo.
Diremos, entre paréntesis, que Víctor Hugo, que recibió la composición, no la leyó, ó si la leyó, no entendió ni chispa, y contestó dando las gracias, con tres frases huecas y frías, en vil prosa.
La composición á Víctor Hugo fué, pues, mal pagada, y, á mi juicio, fué también despilfarrada. En este juicio no hay discrepancia entre mi diablillo crítico y yo: estamos de acuerdo; pero el mal pago, y cuando no el peor empleo, el derroche, no implican que sea mala la composición. La composición, á pesar de las enormes alabanzas al poeta francés, y á pesar de otros defectos, contiene, en mi sentir, bellezas de primer orden.
Los que versificaban en castellano en el siglo XVI no se curaban de evitar las asonancias.
En el día, nuestros oídos son más delicados y no las pueden sufrir; pero Andrade se quedó con los antiguos y no cayó en esto. Sus versos están plagados de asonancias que los desentonan y afean. Lo advierto, porque, si bien procuraré citar versos en que no haya asonancias inoportunas, será difícil.
Para Andrade, analizando ya la composición á Víctor Hugo, el poeta es un hierofante, es quien trae luz á la humanidad cuando se extravía en las tinieblas y quien le enseña el camino que debe seguir:
Así la humanidad despierta inquieta, En la noche moral abrumadora, Cuando surge el poeta, Ave también de vuelo soberano, Que en las horas sombrias Canta al oído del linaje humano Ignotas harmonías, Misteriosos acordes celestiales, Enseñando á los pueblos rezagados El rumbo de las grandes travesías, La senda de las cumbres inmortales.
Hecha ya esta definición, la ilustra con varios ejemplos históricos: pone como prototipos de estos poetas que enseñan á la humanidad y que la sacan ó tratan de sacarla del atolladero y de las tinieblas en que se ha hundido, á Isaías, á Esquilo, á Juvenal y á Dante; y, por último, síntesis maravillosa de todos éstos, y superándolos á todos, suscita Dios á Víctor Hugo, cuya misión es más alta que la de Isaías, que la de Juvenal y que la de Dante, porque viene á renovar el linaje humano, nada menos.
Diré aquí con toda franqueza que si yo fuese Víctor Hugo, y alguien me hubiera echado tanto incienso, y no tontamente, sino con gracia, y moviendo bien el turíbulo, hubiera yo escrito una carta menos seca, pagando al poeta sus alabanzas con otras iguales y no menos justas. La carta de Víctor Hugo me da rabia, como si yo fuese Andrade. La única disculpa que tiene la carta es que Víctor Hugo no sabía castellano y no entendió los versos de su admirador.
La verdad es que, ó debe uno callarse y dejar que le adoren como á un Dios, ó contestar con algo mejor que tres frases hechas á requiebros como los que siguen:
Todo lo tienes tú, la voz de trueno Del gran profeta hebreo, Fulminador de crímenes y tronos! El grito fragoroso del que un día Encarnó, para ejemplo de los siglos, La idea del derecho en Prometeo; La cuerda de agrios tonos De Juvenal, aquel Daniel latino, Tremendo justiciero de su siglo, Y el rumor de caverna de los cantos Del viejo Ghibelino. Todo lo tienes tú; por eso el cielo Te dió tan vasto sin igual proscenio. No hay notas que no vibren en tu lira, Ni espacios que no se abran á tu genio. Cantas al porvenir, y los que sufren, Esclavos de la fuerza ó la mentira, Sienten abrirse á sus llorosos ojos De la esperanza las azules puertas. Apostrofas al tiempo, y se levantan, Mágico evocador de edades muertas, Como viviente, inmenso torbellino, Razas extintas, pueblos fenecidos, Fantasmas y vestiglos, Para contarte en misterioso idioma La colosal _Leyenda de los siglos!_ Todo lo tienes tú; todo lo fuiste: Profeta, precursor, mártir, proscrito. Gigante en el dolor te levantaste Cuando en la noche lóbrega sentiste Temblar los mares, vacilar la tierra, Con pavorosa conmoción extraña, Cual si un titán demente forcejease Por arrancar de cuajo una montaña. Era Francia, montaña en cuya cumbre Anida el genio humano; La Francia de tu amor, que tambaleaba Herida por el hacha del germano; Y arrojando la lira en que cantabas La _Canción de los bosques y las calles_, Fuiste á tocar llamada, De París sobre el muro ennegrecido, En el ronco clarín de Roncesvalles.
Larga es la cita que acabo de hacer; pero ella muestra la excesiva, candorosa y casi desdeñada adoración á Víctor Hugo; el concepto que formaba Andrade de lo que era ó debía ser un poeta grande; y aun algunos de sus sentimientos y creencias sobre el progreso y la libertad, y sobre el alto destino de Francia, _cumbre donde anida el genio humano_.
Las faltas de Andrade se ven también en los versos que acabo de citar. Por ellos se puede afirmar que se le empieza á conocer; mas para conocerle á fondo, es fuerza hablar de su _Prometeo_, de su _Atlántida_ y de otras composiciones que piden más cartas. Por hoy añadiré sólo que al terminar los versos á Víctor Hugo, muestra Andrade otro de sus entusiasmos y sus creencias más poéticas: que el glorioso porvenir del humano linaje está en el mundo que descubrió Colón.
Desde aquí, teatro nuevo Que Dios destina al drama del futuro, Razas libres te admiran y se mezclan Al coro de tu gloria, Orfeo que bajaste En busca de tu amante arrebatada, La santa democracia, A las más hondas simas de la historia! Desde aquí te contemplan Entre dos siglos batallando airado Y arrancando á la lira La vibración del porvenir rasgado O el triste acento de la edad que espira! Y al través de los mares, Astro que bajas al ocaso, envuelto En torrentes de llama brilladora, Entonando tus cantos seculares, Te saludan los hijos de la aurora.
Este final es magnífico.
No es más grandioso y arrogante nada de Víctor Hugo; pero, como el poeta argentino, envolviendo á su ídolo en nubes de incienso y en nimbos y aureolas de luz, le llama viejo y astro que baja al ocaso, ¿quién sabe si Víctor Hugo lo entendería y se enojaría un poco?
Basta ya, por ahora. Otro día veremos cómo entrevé y predice Andrade el porvenir de su América, y cómo teje guirnaldas ó coronas poéticas con las flores que toma en la filosofía de la historia; jardín público donde cada cultivador planta y recoge las flores que le convienen ó le gustan; ciencia que cada cual construye, entiende y explica según le place.
* * * * *
_7 de Mayo de 1888._
IV
Mi distinguido amigo: La última producción de Andrade, titulada _Atlántida_, es el canto de cisne, donde su sentir patriótico y de raza está expresado con mayor elegancia y brío. Premiado el canto en público certamen, y siendo además la obra más encomiada del poeta, bien puede afirmarse que las ideas y los sentimientos que contiene son de los más populares en las orillas de La Plata.
No pretendo yo negar que el canto es hermoso. No me propongo escatimar las alabanzas, ni deslustrar los aciertos sacando á relucir faltas y errores. Tampoco gusto, por lo común, de impugnar, con la fría dialéctica de la prosa, lo que tal vez afirma un poeta arrebatado por el estro; pero ¿cómo prescindir de mi propia manera de sentir, de mi ser de español-peninsular, y no contradecir sentimientos é ideas que en la _Atlántida_ se expresan y que en algo ó en mucho nos lastiman?
El canto _Atlántida_ está dedicado al porvenir de _la raza latina en América_, y esto de _raza latina_ ofende mi amor propio español. En esto, para España, hay algo que hiere, como se sentiría herido un anciano al saber que un hijo suyo, emancipado, rico, con gran porvenir, establecido en remotos países y lleno de altas miras ambiciosas, justas y fundadas, había renegado del apellido paterno, y en vez de llamarse como se llamó su padre, había adoptado el apellido de un amo, á quien su padre sirvió en la mocedad.
Al llamarse latinos los americanos de origen español, se diría que lo hacen por desdén ó desvío del ser que tienen y de la sangre que corre por sus venas. Ellos se distinguen, entre sí y de nosotros, llamándose argentinos, mexicanos, colombianos, peruanos, chilenos, etc. Pero si buscan luego algo de común que enlace pueblos tan diversos é independientes, me parece que el tronco de las distintas ramas no está en el Lacio, sino en esta tierra española. Los Estados y las naciones que han surgido en América de nuestras antiguas colonias son tan españoles como fueron griegas las colonias independientes que los griegos fundaron en Africa, en Asia, en Italia, en Sicilia, en España y en las Galias. No se avergonzaron estos griegos independientes de seguir llamándose griegos, y no imaginaron llamarse pelasgos ó arios para borrar ó esfumar su helenismo en calificación más vasta y comprensiva.
Y aunque se diga que los portugueses no son españoles y que hay un gran imperio de origen portugués en América, el argumento no vale. Si hemos de reducir á un común denominador á los luso-americanos y á los hispano-americanos, á fin de sumarlos luego, más natural sería hacerlos á todos, no latinos, sino ibéricos y hasta españoles. Los portugueses, en los siglos de su mayor auge y florecimiento, cuando tenían navegantes, héroes y poetas, como Gama, Cabral, Diego Correa, D. Juan de Castro, Alburquerque y Camoens, no desdeñaban el ser españoles, por más que dentro de este predicamento general pusieran la distinción específica de portugueses. Ni sé yo que los austriacos, cuando no son húngaros, bohemios ó croatas, así como tampoco otros pueblos germánicos, que no dependen del imperio alemán, fundado por los prusianos, repugnen el dictado de alemanes y pretendan llamarse de otra manera. Más derecho sería negar al imperio flamante el exclusivo título de alemán.
De esta suerte pudieran los portugueses, si hubiera tribunal con jurisdicción para decidir y el negocio importase más, poner pleito á España por haberse alzado con el nombre de España y pedir que este Estado se llamase Reino Unido de Aragón y Castilla.
Me parece, por otra parte, que el título de América latina disuena más al promover la contraposición con la América _yankee_, que han dado en apellidar _anglo-sajona_. Para que la contraposición fuese exacta, convendría, si llamamos anglo-sajona á una América porque se apoderó de Inglaterra un pueblo bárbaro llamado anglo-sajón, llamar visogótica á la otra América, porque otro pueblo bárbaro, llamado visogodo, conquistó la España. Igual razón habría para llamar á los Estados Unidos y al Canadá América normanda, con tal de que la restante América se llamase moruna ó berberisca.
La verdadera contraposición, la innegable diferencia entre los _yankees_ y los hispano-americanos de cualquier república que sean, no está en lo germánico, ni en lo latino, ni en lo normando, ni en lo moruno, ni en lo anglo-sajón, ni en lo visogótico, sino en que una América, civilizada ya, procede de ingleses, y de españoles otra, cuando Inglaterra y España eran al fin dos naciones perfectamente formadas y distintas, con condiciones propias y con carácter peculiar y con sello de originalidad indeleble. Y este sello tiene ó debe tener fuerza y virtud informante para marcar y asimilar á la gente que entre por aluvión á ser parte de la población de los nuevos Estados. Y así como no es de presumir que los franceses del Canadá y de Nueva Orleans, y que los españoles de origen de California, Texas y la Florida, y mucho menos los seis ó siete millones de negros, ciudadanos libres hoy de la república que fundó Washington, cambien el ser de aquella república y borren su origen, en su mayor parte inglés, menos debe temerse que los italianos ó los franceses que emigran ahora á la América, de origen, no en su mayor parte, sino exclusivamente española ó ibérica, borren la filiación y las señales de la procedencia y conviertan aquella América en latina.
Hechas estas consideraciones para que quede en su punto la verdad, severa y prosaicamente considerada, no debiéramos disputar más con el poeta, sino repetir la sentencia de Horacio del _quidlibet audendi_, y dejarle imaginar lo que se le antojara y convertir en latinos á todos los hispano-americanos desde Nueva Méjico á Patagonia.
En medio de todo no hay concepto generalizador que, aun pareciendo absurdo por un lado, no tenga por otro cierto racional fundamento, el cual estriba en nociones vagas, que se desprenden de ciencias nuevas, como, en este caso, de la filosofía de la historia, de la etnografía y de la filología comparativa, y pasan al dominio del vulgo. De aquí, sin duda, que habiendo sido tan pocos los latinos, allá en un principio, nos convirtamos ahora todos en latinos, con sorpresa y pasmo de los que no están en el secreto y por obra y gracia de las mencionadas ciencias.
Podemos llamarnos latinos, aunque no raza latina, como ya nos llamaron latinos los griegos del Bajo Imperio, para quienes los alemanes y los ingleses, y con sobrada razón, eran latinos, porque habíamos sido todos civilizados por el latín y con el latín: por el Imperio latino de Roma y después por la Iglesia latina, de Roma. Podemos llamarnos latinos, porque nuestras lenguas proceden del latín, y, en este sentido, no son latinos los alemanes; pero no sé yo por qué los ingleses han de ser más germánicos que latinos ó celtas. Si es cuestión de vocablos, acaso, casi de seguro, hay en un Diccionario inglés tantas palabras tomadas del latín como tomadas de otro idioma. Y si nuestro latinismo se funda en el influjo civilizador de la Iglesia romana, desde la caída del Imperio hasta la Reforma, los ingleses y los irlandeses resultan más latinos que los españoles, quienes, durante toda la edad media, estuvieron mucho más separados que Inglaterra y que Irlanda del influjo de Roma.
En resolución, y bajo cualquier aspecto que esto se mire, yo comprendo que, con el andar de los siglos, desaparezca del todo entre los _yankees_ la huella de su origen inglés, y entre los hispano-americanos la huella de su origen español, para que _yankees_ é hispano-americanos sean algo enteramente nuevo; pero no comprendo que _yankees_ é hispano-americanos se borren el ser inglés ó español que tienen para que aparezca por bajo un ser anglo-sajón ó latino, á la manera que se puede borrar lo escrito recientemente en un palimpsesto, para que salga á relucir por bajo alguna obra clásica de antigüedad remota.
Si otro modo de transformación puede ó no ocurrir, misterio es profético en el que no debo entrar. Sólo digo que esta transformación, por cuya virtud quedasen _descastados_ los españoles ultramarinos, los vejaría más á ellos que á los españoles peninsulares. ¿Carecerá la raza que colonizó tan inmensa extensión de ambas Américas de vigor y de nervio suficientes para imponer el sello característico que la distingue? ¿Cederá al empuje de la inmigración creciente, dejando, v. gr., que los franceses ó los italianos se sobrepongan, y que las nuevas nacionalidades y tal vez las lenguas sean un conjunto italo-franco-hispano-lusitano, que venga á denominarse _latino_, para que no sea tan largo el término de expresión?
Me parece que, en todo caso, han de pasar centenares de años antes de que esto ocurra.
Lo más probable, así como lo más deseable, será que el Brasil, prescindiendo de tupinambas y guaranies, y de negros bundas y minas, y considerado como nación civilizada, siga siendo portugués de casta y origen, y que sus habitantes sigan hablando y escribiendo la lengua portuguesa, enriquecida ya por ellos con un tesoro de poesía épica y lírica y con muy estimables libros de historia y de derecho; que todas las repúblicas hispano-americanas, como pueblos civilizados, sigan siendo de origen español, y que sus ciudadanos sigan hablando la lengua de Castilla, en que han escrito Alarcón, Sor Juana Inés, Valbuena, Gorostiza, Ventura de la Vega, Baralt, Bello y Olmedo; y que los sesenta millones de _yankees_, que podrán dentro de poco pasar de ciento, sigan siendo ingleses por su origen, como pueblo civilizado, y sigan hablando la lengua inglesa. Las literaturas de estos pueblos seguirán siendo también literaturas inglesa, portuguesa y española, lo cual no impide que con el tiempo, ó tal vez mañana, ó ya salgan autores _yankees_ que valgan más que cuanto ha habido hasta ahora en Inglaterra; ni impide tampoco que nazcan en Río Janeiro, en Pernambuco ó en Bahía escritores que valgan más que cuanto Portugal ha producido; ó que en Buenos Aires, en Lima, en México, en Bogotá ó en Valparaíso lleguen á florecer las ciencias, las letras y las artes con más lozanía y hermosura que en Madrid, en Sevilla y en Barcelona.
No niego yo la posibilidad de que los hispano-americanos nos superen; y si no deseo que se nos adelanten, porque la caridad bien ordenada empieza por uno mismo, deseo que nos igualen. Lo que niego es que, á no ser por decadencia y no por primor ó por adelanto, se vuelvan latinos. Afirmo la persistencia del españolismo, y en este sentido creo que la sentencia del Duque de Frías no puede fallar. Durante muchos siglos aún podremos exclamar con dicho poeta:
Españoles seréis, no americanos,
y podremos afirmar que el navegante que vaya por allí desde Europa,
Al arrojar el áncora pesada En las playas antípodas distantes, Verá la Cruz del Gólgota plantada Y escuchará la lengua de Cervantes.
Bolívar pudo sacudir el yugo del tirano Fernando VII; pero el otro yugo, suave y natural, del Manco de Lepanto y del ejército de escritores que le sigue, es yugo que nadie quiere, ni debe, ni puede sacudir.
Otro sentimiento, que no nos es favorable, se deja traslucir además en el canto _Atlántida_. Es legítimo, sin duda, el deseo, y no deja de tener fundamento la esperanza que anima á los americanos, esto es, á los descendientes de europeos que fueron á colonizar á América, de que el porvenir de la humanidad está allí: de que, si en Asia, cuna de la civilización, hizo la humanidad grandes cosas, y de que, si más tarde, tal vez desde las guerras médicas, Europa adquiere la hegemonía, civiliza, domina el mundo y obra mil portentos, todavía América los obrará mayores en lo futuro, eclipsando las glorias de las más ilustres naciones de Asia y de Europa. Hasta este punto, el pensar y el aspirar son razonables y nada tienen de odiosos. Nada hay que decir, pongo por caso, de que un ciudadano de Chicago espere que el esplendor de su ciudad anuble dentro de poco el esplendor de la memoria de Roma, ó de que Nueva York haga olvidar á Sidón y á Tiro, ó de que por Boston se venga á oscurecer la fama de Atenas. Pero ya es de censurar, si traspasando este límite se advierte la impaciencia, que tiene algo de antinatural, como cuando un hijo piensa en que se le muera pronto su padre para heredarle, de que decaiga Europa, á fin de que se levanten las naciones de América con superior y no disputada grandeza.
De todos modos, yo no apruebo esta especie de naciente rivalidad entre el mundo nuevo y el viejo, y creo compatible la grandeza de ambos mundos y posible el florecimiento de las naciones de por allá y de las de por acá; pero como de la emulación nacen los grandes hechos, y no hay éxito dichoso donde no hay confianza, aplaudo el júbilo soberbio con que Andrade parece que espera más de su raza que de Europa y que de los _yankees_, asegurando que su raza va á cumplir las promesas de oro del porvenir, el cual está reservado (en América se entiende)
Á la raza fecunda Cuyo seno engendró para la historia Los Césares del genio y de la espada.
Andrade quiere decir con esto, y yo me alegraría de que tuviese razón, pues aunque quiero bien á los _yankees_, quiero más á la gente de mi casta y sangre, que lo grande que tiene aún que hacer la humanidad lo van á hacer los hispano-americanos. Ojalá, repito, que sea así. Pero ¿qué necesidad hay para ello de que nos considere ya muertos ó arruinados?
Andrade, profetizando en favor de su raza, que él llama latina, exclama:
Aquí va á realizar lo que no pudo Del mundo antiguo en los escombros yertos: La más bella visión de las visiones: Al himno colosal de los desiertos, La eterna comunión de las naciones.
Supongo que el poeta intenta decir, aunque, francamente, lo dice mal, que, escuchando el himno colosal de los desiertos, esto es, en medio de la magnífica, exuberante y hermosa naturaleza de aquel nuevo é inmenso continente, la raza latina realizará al cabo
La eterna comunión de las naciones,
ó sea una confederación y consorcio de pueblos libres, prósperos, fuertes, ricos y llenos de altísima cultura.
A nada de esto debe oponerse, sino aplaudir, todo _latino_ de por acá. Lo que yo no apruebo, y lo que no aprobará ningún _latino_ de los de esta banda, es que los _latinos_ de la otra banda pongan como condición, á lo que parece, el que se convierta en _escombros yertos_ este mundo antiguo, en el que hemos nacido y en el que vivimos.