Cartas americanas. Primera serie

Part 4

Chapter 43,990 wordsPublic domain

El sabio biólogo compara el cuerpo humano á una máquina de vapor. El vientre es la caldera, el carbón el alimento, y el vapor la sangre que mueve los músculos ó los nervios, ya para sacudir puñetazos, ya para escribir poemas ó resolver ecuaciones. Lo que sobra de este trabajo sale silbando de la máquina de hierro ó sale procreando del cuerpo del hombre. Cuando éste no anda bien, ora se gastan en títeres las fuerzas, y el hombre es un Hércules estúpido; ora se gastan en discurrir, y tenemos un sabio enclenque, anémico y cacoquimio; ora se consume todo en sabidurías y lucubraciones mentales, y el doctor tiene que contentarse con la posteridad espiritual: con adeptos y discípulos en vez de hijos. Herbert Spencer no se resigna, con todo, á que se pierdan ó se menoscaben unas aptitudes para que otras se desenvuelvan, y juzga posible, con hábil higiene, que todo vaya á la par y que sirvamos para todo, y hasta que progresemos.

El único progreso á que pone límites, y que sin pena se conforma con que no siga, es el de la fuerza muscular. Con la maquinaria la supliremos. Herbert Spencer se contentará con que seamos más ágiles, con que bailemos y brinquemos mejor, y no tropecemos, ni nos caigamos. En cuanto á las otras facultades más altas, el discurso y el sentimiento, el pensar y el amar, casi debemos decir como Júpiter:

_His ego nec metas rerum nec tempora pono;_ _Imperium sine fine dedi._

Nuestros sesos irán pesando más cada día, y cada día habrá en ellos más enmarañado laberinto de circunvoluciones y mayor cantidad, consumo y despilfarro de fósforo.

Y ¡ay infeliz del que no adquiera todo esto! Carecerá del esencial requisito para vivir. Sucumbirá en la lucha por la vida. Sólo quedará en la tierra una raza humana superior y archilista, extinguiéndose las demás razas.

Pero esta raza humana superior, como sabrá adaptarse cada vez más al medio ambiente, si no logra la inmortalidad, logrará ser _macrobiótica_; esto es, tendrá vida grande y más completa, por la intensidad, por la duración y por las nuevas, variadas y numerosas correspondencias con el medio ambiente ó _environment_.

Lo que será difícil, hasta rayar en lo imposible, será la inmortalidad del individuo, en este sistema _spencerino_. El medio ambiente sufrirá tan radicales mudanzas, que aun sin contar con la fin del mundo, ocurrirán cosas que nos maten á todos, y no sabremos, por mucho que estudiemos, adaptarnos al medio ambiente.

Cada veinte mil y pico de años, v. gr., sobrevendrán períodos glaciales, y luego surgirán nuevas floras y nuevas faunas. ¡Vaya Ud., pues, á precaverse contra todo esto, por mucho que sepa! No habrá más remedio que morir, en lo tocante al cuerpo sólido; pero á bien que tenemos el cuerpo fluido. Yo me refugio en él y en el sistema de usted, y vengan períodos glaciales y estíos abrasadores:

_Ast insueti aestus, insuetaque frigora mundo_,

como ya anunciaba el divino y precitado Fracastoro; y truéquese la tierra en mar y el mar truéquese en tierra, y con el ardor del sol quede todo agostado y sin vida, ó bien salgan, del removido y fecundo cieno, inauditos monstruos, bichos rarísimos y ponzoñosos, y una caterva de desaforados gigantes,

_Ausuros patrio superos detrudere coelo,_ _Convulsumque Ossum nemoroso imponere Olympo._

De todo esto me reiré, de todo esto no se me importará un ardite, teniendo el cuerpo fluido bien adiestrado ya.

Como quiera que sea, por el sistema de Herbert Spencer, si no se prueba la posibilidad práctica de nuestra inmortalidad, á causa de estos grandes trastornos que él pronostica, queda probada la posibilidad teórica ó especulativa de la inmortalidad en una combinación de materia; y por el sistema de Ud., la realidad práctica de esa inmortalidad en dicha combinación, cuando es de una materia sutil, pura, activísima y ligera. Yo no quiero ni debo poner objeción á esto. Sólo siento tener que decir que no es muy nuevo. Los cuerpos gloriosos, la resurrección de la carne, son lo que Ud. dice. Israelitas, cristianos y muslimes apoyan su teoría de Ud., y creen por fe que Henoch y Elías, sin morir, _eterizaron_ ó _fluidificaron_ sus cuerpos, y llegaron á la inmortalidad sin pasar por la muerte.

Queda, pues, como inconcuso que puede haber y que hay combinación de moléculas tan sabiamente organizadas, que ya ni en la eternidad se separen, y que resistan, para conservar su forma, á toda externa violencia. Pero ¿cómo se da esta combinación? Se da, sin duda, por obra de una fuerza individua, indivisible, _organizante_ é _individuante_, que no está en ninguna de las moléculas de la combinación, sino que se extiende por todas, y está toda en cada una de ellas. Sin esta fuerza, una, verdaderamente una, _insecable_, _átomo_ real y no imaginario, mónada sencillísima y no extensa, _entelechia_, en fin, ó cifra de todas las perfecciones en cierne, ¿cómo quiere ni puede usted concebir la existencia, la organización y la animación de un cuerpo fluido?

Viene á corroborar este pensamiento la consideración de que apenas hay molécula en un organismo que no se separe ó que no se conciba que puede separarse sin que el organismo padezca, con tal de que otra molécula de igual valer la reemplace. No es, por consiguiente, la confederación de cierto número de moléculas lo que constituye la vida. Es casi seguro que en un tiempo marcado desaparecen en todo cuerpo orgánico cuantas moléculas le compusieron, y vienen á componerle otras. Un hombre, por ejemplo, de cuarenta años, es lo probable que no tenga en su organismo ni un solo átomo de la materia que tuvo á los diez años, á los quince ó á los veinte. Este hombre, sin embargo, sigue siendo el mismo y tiene la conciencia de que sigue siendo el mismo; guarda en la memoria los sucesos de su vida y lo que ha estudiado y aprendido. Si es buena persona, ha progresado en ciencia y en virtud; y como muestra aún la fisonomía y traza de antes, aunque un poco deteriorada ó alterada, porque los años no pasan en balde, todo el mundo le reconoce y le da el nombre que le dió cuando muchacho, y persiste en creer que es el mismo sujeto, cuando le ve en calles y plazas, tertulias y reuniones. ¿Qué es, pues, lo que persiste en este señor para que siga siendo siempre él y no otro? Usted dirá que persiste la forma, pero la forma no tiene nada de sustantivo: es un adjetivo, es una calidad que cae sobre la sustancia. Luego si la sustancia varía y la forma persiste, por fuerza hemos de conceder un principio informante que va amoldando y sujetando á determinada forma la sustancia que llama á sí para constituir un organismo.

Claro está que, según el sistema de Ud., el cuerpo fluido es quien tiene esta habilidad y hace esta operación en el cuerpo sólido. Pero con el cuerpo fluido, con toda combinación, por tenue y etérea que sea, ha de ocurrir idéntica dificultad. Un cuerpo fluido, una sombra, una aglomeración orgánica de las más alambicadas chispas de éter, tendrá también pérdidas sensibles é insensibles, sudará á su modo, se alimentará de purísimos efluvios y de refinadísimos aromas, y en suma hará también sus digestiones y sus secreciones, de suerte que al cabo de cierto tiempo ocurrirá al cuerpo fluido orgánico lo que al sólido: ni un solo átomo tendrá ya de los que antes tenía, si bien persistirán su individualidad y su forma. Luego, no ya la inmortalidad, sino la duración y la persistencia, no residen en la cohesión ó agrupamiento de las moléculas, sino en una virtud plasmante ó informante, la cual atrae y colecciona los átomos, concertándolos para fines prescritos y prefijadas operaciones. Y como esta virtud es calidad, y no sustancia, menester es que supongamos sustancia en que resida y que sea sujeto de este atributo.

Y como si esta sustancia fuese corporal ó extensa, volveríamos á las andadas, y meteríamos en el cuerpo fluido otro más fluido y más sutil, y así hasta lo infinito, ha sido menester poner, como hipótesis para explicar esto, una sustancia incorpórea ó sin extensión, á la cual hemos llamado _archea_, _entelechia_, alma ó espíritu, sustancia, en suma, que ha tenido mil nombres y de cuya esencia convengo en que no se sabe nada; pero como de la esencia de la materia no se sabe más, me parece que por este lado espíritu y materia quedan iguales y nada tienen que echarse en cara en cuanto al concepto oscurísimo que de ambos formamos. Por lo cual, si hemos de negar el espíritu porque no sabemos lo que es, bien podemos con el mismo fundamento negar la materia; y ya Ud. sabe que casi ó sin casi la negaba Berkeley. Hasta se puede ir más allá y asegurar que procedemos menos de ligero afirmando la existencia del espíritu, que afirmando la existencia de la materia, porque la percepción del espíritu es inmediata y la de la materia no.

Para percibir la materia necesita uno de ojos, de oídos ó de otro sentido; y si no los tiene muy agudos, de lentes ó de trompetillas acústicas; y si la materia es muy menuda, de microscopios; y si está muy distante, de catalejos; mientras que para percibirse uno á sí mismo, no tiene más que pensar y no necesita más medio ni más instrumento que el pensamiento mismo.

De todo lo cual se infiere, y tengo que decirlo con la franqueza que me es propia, que sus cuerpos fluidos de Ud. no explican nada como no les prestemos alma inmortal que los informe y habilite. Hecho este préstamo, su sistema de Ud. me agrada. Estamos de acuerdo, y hasta estamos de acuerdo también con Allan Kardec y los espiritistas. Y si no reparamos en pelillos, ni entramos en menudencias, y damos á nuestros asertos una interpretación amplísima, generosa y conciliante, hasta estamos de acuerdo con todo buen cristiano, que cree en la inmortalidad del alma espiritual y en el cuerpo glorioso informado por ella.

Lástima es que no acepte Ud. también para todo el universo, que es unidad á par que conjunto de cosas varias, cierta fuerza unitiva é inteligente que lo ordene, enlace y una todo; algo, en suma, que se parezca al Dios en que nosotros creemos; pero Ud. se muestra enojadísimo contra Dios y le suprime, lo cual me apesadumbra de veras.

Y es lo más extraño que en el proceder de usted hay una inconsecuencia capital que salta á la vista. Tal vez el motivo más fundamental que tiene Ud. para suprimir á Dios es la existencia del mal moral y físico, que, siendo Dios todopoderoso, inteligente y bueno, no consentiría. Pero, como en seguida se pone Ud. á cavilar, á trabajar y á arreglar el mundo, y resulta que todo está á pedir de boca, y que no podemos quejarnos, no comprendo cómo no vuelve Ud. á Dios el crédito que ha querido quitarle, y ya que lo halla todo tan bien y tan enderezado á nuestro progreso físico, intelectual y moral, no vuelve á dar á Dios la gobernación de todas las cosas, y aun á celebrar en su honor una función eucarística y de desagravios.

La verdad es que acerca de todo eso, así como acerca de cuanto en su sistema de Ud. tiene que ver con la moral y con las ciencias sociales y políticas, hay muchísimo que decir todavía, y más importante que lo dicho hasta ahora; pero yo estoy cansado de escribir sobre tan arduas cuestiones, y Ud., y el público, á quien comunico las cartas que á Ud. escribo, recelo yo que estén cansados de estas filosofías que voy enjaretando. Dejémoslas, pues, al menos por ahora, y ya veremos si más adelante vuelvo á escribir á usted sobre su libro con más serenidad y reposo. Entre tanto, aunque disto mucho de haber expuesto aquí toda la doctrina que el libro contiene, y de haberla juzgado, ya creo que doy alguna idea, así de la doctrina como de lo que pienso acerca de ella. Sólo añadiré hoy cierta alabanza, que lo es para un escéptico como yo, aunque para usted no lo sea. Su libro de Ud. no convence, pero entretiene. Luce Ud. en él su brillante imaginación, y llena no pocas de sus páginas de elocuentísimas frases. Ya esto es mucho, y yo le doy por ello mi más cumplida y cordial enhorabuena.

POESÍA ARGENTINA

_26 de Marzo de 1888._

Á D. RAFAEL OBLIGADO

I

Muy señor mío: Hace ya más de dos años que tuvo Ud. la bondad de enviarme un ejemplar de su precioso tomo de poesías, impreso en 1885. El ejemplar ha estado, como otros muchos libros y cartas, aguardándome en mi casa de Madrid, mientras que andaba yo por esos mundos, sin saber que tal obsequio me había Ud. hecho. No extrañe Ud., pues, y perdone que yo acuda tan tarde á darle las gracias.

El libro de Ud. agrada antes de leerle. El libro de Ud. excitaría, además, cierta envidia en mi alma, si yo fuese propenso á sentir tan mala pasión. Nunca hubo poeta en España que lograse ó soñase siquiera con tener tan elegante edición de sus versos. El magnífico retrato de Ud. y los demás grabados y viñetas son modelo de buen gusto y de gracia. El papel, la impresión, todo es bellísimo.

Declaro mi ignorancia cándidamente. Yo no había oído hablar de Ud. hasta que recibí el tomo. Y, al verle, en lo material tan lindo, pues no creo que exagero si digo que no vi tomo de versos de ningún país que esté mejor impreso que el de Ud., me entró desazón y recelo de que los versos fuesen malos y de que todo el valor del libro estuviese en la estampa. Por fortuna, recelo y desazón pasaron pronto. Leí los versos, y hallé que merecen estar tan bien impresos y tan ricamente adornados de primorosas láminas.

Al escribir á Ud. hoy, agradeciéndole el presente, me he de permitir también poner aquí mi juicio sobre los versos y darlos á conocer á la generalidad de los españoles que no saben de usted sin duda.

Gran satisfacción es para todos nosotros cualquiera gloria literaria que adquieran en América los ciudadanos de las repúblicas que salieron de nuestras antiguas colonias. Es algo que viene á acrecentar el tesoro de nuestra civilización castiza y á probar su vitalidad fecunda. Tan nuestras, tan españolas considero yo las poesías de usted, que me avergüenzo de no entender por completo aquellos vocablos que significan objetos de por ahí, como _aberemoa_, _guayacán_, _pacará_, _quinchar_, _burucuyá_, _seibo_, _ombú_, _payador_, _chaja_, _ñandubay_, _molle_, _chañar_, _achiras_, _totoral_, _camalote_, _quena_ y otros; y si no están en nuestro Diccionario, como sospecho, quisiera definirlos bien é incluirlos en él.

La lisonjera impresión que recibe un natural de esta Península, aficionado á las letras, al recibir poesías tan bellas como las de Ud., venidas de tierra tan remota, es como la que recibiría un ciudadano de Atenas cuando llegasen á su noticia las obras en griego de algún insigne sabio, poeta ó historiador de su casta que viviese en el Asia central, en Egipto, en Libia ó en alguna ciudad helénica de la misma Hesperia, hasta donde la civilización, el habla y todo el ser de Grecia habían penetrado, creando nuevas repúblicas y Estados independientes, si bien conservando la unidad superior de la sangre, del lenguaje y de la cultura.

Así también, cuanto se escriba en América, salvo en el Canadá y en los Estados Unidos, es de esperar que siga siendo literatura española. Y mientras más adelanten los ingenios de ahí y superen en lo futuro á los ingenios de la antigua metrópoli, más sello castizo, más aire de parentesco, más color y sabor españoles tendrán sus obras. Sólo por decadencia podrá ocurrir que se borre ó esfume en Uds. el ser propio nuestro, y que sean Uds. otros de los que son. Y no es de temer que las razas indígenas prevalezcan, ni que las lenguas guarani ó quichua destierren la castellana, ni tampoco se ha de presumir y pronosticar que los primitivos colonizadores pierdan ahí su virtud asimilante y plástica, y se fundan en los nuevos colonos é inmigrados, en vez de fundir en sí á cuantos acudan á esas regiones, desde Alemania, Francia, Bélgica é Italia.

Gran dolor sería esto para nosotros. Esto daría indicio de que somos de raza inferior, y quitaría fundamento al orgullo legítimo con que, después de la gente inglesa, nos consideramos como la primera de todas las gentes civilizadas en haber difundido sobre la faz de este planeta su lenguaje, sus creencias, su saber, sus artes y todas las demás manifestaciones de su espíritu. Esto nos quitaría la esperanza que hoy tenemos de nuestra inmortalidad colectiva, aun cuando ocurriese el grande infortunio de que se hundiera España ó quedase desierta, ya que ahí, ó del otro lado de los Andes, ó en el rico Anahuac, renacería España, joven, poderosa y lozana, y pondría los recuerdos de nuestra gloria como digno principio de la que nuestros hijos hubiesen ya adquirido ó adquiriesen en lo futuro.

A pesar de cierto americanismo, que tal vez á algunos de los habitantes de esta vieja España nos parezca sobrado, veo yo con viva satisfacción que el espíritu de Ud. y el de su crítico, encomiador é intérprete D. Calixto Oyuela, poeta asimismo de mucho mérito, coinciden en esto que afirmo. Poco importa, como el Sr. Oyuela confiesa y deplora, que su patria esté aquejada de cosmopolitismo. El medio millón de italianos á que ascenderá pronto la inmigración, los ciento cincuenta mil franceses y los demás hombres llegados ahí de distintas partes de Europa para aumentar la riqueza, la industria y el comercio de esa república, tendrán que españolizarse, ó, si usted quiere mejor, que _argentinarse_. La vitalidad de nuestra raza debe salir triunfante de esta prueba. Libros como el de Ud. vienen en corroboración de mi pronóstico. Dejemos hablar al señor Oyuela, cuyas palabras hago mías: «Los nobles sentimientos é ideas que Ud. expresa son tales como deben ser, y son naturalmente imaginados y sentidos por un argentino de raza española. La lengua en que están es pura lengua española. Aunque Ud. conoce y estima, como toda persona de buen gusto, la literatura francesa, no se deja dominar por su influjo. Ni el más leve soplo francés corre por las delicadas páginas de su libro. Tampoco hay en él nada italiano, nada inglés ni nada alemán. En cambio, sin que Ud. lo haya solicitado, quizá desconociéndolo, y con sólo dar rienda suelta á su naturaleza americana y á su carácter argentino, tiene el libro de Ud. no poco de andaluz. De ahí que maneje Ud. el castellano con tanta pureza, soltura y gallardía.»

El mismo Sr. Oyuela añade: «Somos, es cierto, un país colonizador, y necesitamos de la inmigración para engrandecernos; pero á condición de asimilárnosla y de fundirla en nuestra nacionalidad propia. Las naciones, como los individuos, sólo valen y significan algo por su carácter, por su personalidad. Un país sin sello propio es como un escritor sin estilo: no es nadie. El cosmopolitismo no ha engendrado ni engendrará jamás nada fecundo, ni en política, ni en literatura.»

El Sr. Oyuela, pues, comentando los versos de usted, y Ud. escribiéndolos, reniegan de ese cosmopolitismo estéril y procuran que brote de la raíz española, trasplantada á ese suelo, la originalidad nacional que anhelan, y que ya tienen sin duda.

A este fin, además, se puede ir por muy distintos caminos, y tanto Ud. como el Sr. Oyuela siguen, á mi ver, el más seguro, recto y hermoso. Dentro de la afición á lo castizo desechan Uds. la equivocada distinción entre el arte gentílico y el arte cristiano. No hay verdaderamente más que un arte bueno y legítimo, en cuya forma pagana ó griega no cabe hoy sólo el espíritu racionalista de Goethe, de Leopardi, de Chénier, de Fóscolo y de Carducci, sino que puede también vivir y vive el espíritu español y católico. Así lo entendió y lo realizó fray Luis de León, á quien usted y su amigo ensalzan y siguen; y así lo proclama hoy Menéndez Pelayo, á quien el señor Oyuela llama «_el gran ortodoxo_, griego en arte hasta la medula de los huesos»: Ni se opone esto á lo popular y castizo; porque, como su crítico de usted dice muy bien, los buenos poetas griegos hubieran sido en América tan americanos como usted; y Echevarría, que señala el punto de partida de la literatura nacional argentina, es en sus aciertos clásico sin saberlo; y más lo hubiera sido si, al libertarse del pseudo-clasicismo francés, no hubiera imitado el romanticismo francés, no hubiera pensado en francés y no hubiera escrito en castellano de baja ley.

Por dicha, Ud. tiene lo que faltó á Echevarría. Como él, posee Ud. la facultad de reflejar, á modo de claro y mágico espejo, la naturaleza circunstante, hermoseándola y depurándola en la imagen; pero Ud. posee además el arte y la forma adecuada para que esta imagen pase, sin disiparse ni afearse al pasar, desde la mente de Ud. á las mentes de los demás hombres, hiriéndolas y penetrándolas. Se diría que todo el concierto, toda la magnificencia y toda la hermosura de la tierra de Ud., aunque conocidos por la geografía y por la estadística, eran ignorados por el sentimiento, ya que no habían llegado á reflejarse en el alma de un poeta, ni habían aparecido en sus cantos. Así es que mucha parte del elogio que hace Ud. de Echevarría, podemos nosotros con más razón aplicarle á Ud., y repetir:

Como surgiendo de silente abismo, El mundo americano Alborozado se escuchó á sí mismo: El Plata oyó su trueno; La Pampa, sus rumores; Y el verjel tucumano, Prestando oído á su agitado seno, Sobre el poeta derramó sus flores. Desde la hierba humilde Hasta el ombú de copa gigantea; Desde el ave rastrera que no alcanza De los cielos la altura, Hasta el chajá que allí se balancea, Y á cada nube oscura A grito herido sus alertas lanza; Todo tiene un acento En su estrofa divina, Pues no hay soplo, latido, movimiento, Que no traiga á sus versos el aliento De la tierra argentina.

En todos los versos de Ud. hay inspiración propia, por donde, sin buscar la originalidad, Ud. la tiene. Se conoce que ha leído Ud. los poetas españoles, hasta los más recientes, como Campoamor, Núñez de Arce y Velarde. En trozos descriptivos, sobre todo en décimas, creo notar cierto confuso recuerdo del estilo de los dos últimos. En varias composiciones amorosas de Ud. hay también algo del modo de Bécquer. Siempre, no obstante, la imitación ó la coincidencia es tan vaga, que no está uno seguro de que no sea ilusión.

Por lo demás, nada tan opuesto como su espíritu de Ud., sano, optimista, lleno de esperanzas en el progreso y en la grandeza de la patria, y de todo el humano linaje, al espíritu de Bécquer, pesimista y hondamente herido. Hasta en las poesías más melancólicas de Ud. hay consuelo, hay bálsamo, hay luz celestial que lo alegra é ilumina todo. Así, por ejemplo, en _El hogar vacío_, donde tan sentida y tiernamente llora Ud. la muerte de una joven, dulce compañera de su niñez acaso, termina Ud. con esta estrofa, cuya sencillez no deja comprender bien el efecto que produce al terminar la composición, si antes no se ha leído la composición toda:

Así mi lira llorará tu ausencia. Tu cándida existencia Cual blanca nube se elevó del suelo Y en lo infinito desplegó sus galas..... Los que nacen con alas, ¡Cuán pronto suben de la tierra al cielo!

Tal vez cuando, en mi sentir, recuerda Ud. más á Bécquer por la forma, es cuando por el fondo dista Ud. más de él; cuando hay en Ud., no ya la luz y la gloria del _amor que pasa_, sino el júbilo y el dulce contento del amor que vive y queda en el alma para siempre, haciéndola dichosa:

Porque el amor es dueño De todo Paraíso; Porque toda belleza de la tierra Es un fragmento del Edén perdido.

Por eso, sin duda, hay más alegría, más resplandores beatificantes que en la aparición momentánea del amor de Bécquer, en la aparición, en el bosque, que se mostraba mustio, de la mujer por Ud. amada:

Pero llegas....., y el agua, El bosque, el cielo mismo, Es como una explosión de mil colores, Y el aire rompe en sonorosos himnos. Así la primavera Del trópico vecino Desciende, y canta repartiendo flores Y colgando en las vides los racimos. ¡Cuán suenan gratamente Acordes, en un ritmo, Del agua el melancólico murmullo Y el leve susurrar de tu vestido!