Cartas americanas. Primera serie
Part 16
El obispo de Santiago era á la sazón, por los años de 1657, un varón piadosísimo, aunque tolerante y alegre, de aquella santa alegría que se regula por la eutropelia cristiana. D. Fray Gaspar de Villarroel gustaba muchísimo de las comedias, y hacía sabia y elocuentemente su defensa. Para ello se valía de un medio ingenioso. Suponía que los padres y doctores de la Iglesia han anatematizado el teatro, porque en lo antiguo eran los dramas tan lascivos, tan deshonestos y tan indecentemente representados, «que fué menester que los santos armasen contra ellos todas sus plumas». Pero, en los días del señor obispo, los dramas nada tenían ya de pecaminosos, y, por lo tanto, no había para qué prohibirlos.
Aducía el señor obispo como prueba que Lope escribió comedias á pesar de haber vivido tan reformado en sus postreros años, ordenádose de sacerdote y dado á Dios lo asentado y sesudo de su edad. El señor obispo no podía haber leído el curioso libro del Sr. Asenjo Barbieri sobre los _últimos amores_ del gran poeta; pues si no, ya hubiera visto con dolor adónde fueron á parar el _asiento_ y el _seso_ de que habla. Pero de todos modos, el razonamiento de D. Fray Gaspar de Villarroel era irrefutable: Lope hizo comedias á vista del arzobispo de Toledo, del nuncio de Su Santidad y del Consejo Supremo de Castilla, y no es de suponer que personas tan santas lo hubieran sufrido si las comedias fuesen pecado. Otro argumento más poderoso aún añade el señor obispo: «Nuestros católicos reyes--dice--tienen en su salón comedias cada martes.» _Ergo_ ni el componer, ni el representar, ni el oir comedias es pecado. «Unos amores, honestamente referidos, concluye su señoría ilustrísima, no inducen á pecar juicios cuerdos.»
Sin embargo, el señor obispo, con cierta apariencia de contradicción, gustando mucho de las comedias, aborrecía á los farsantes, y los llamaba _canalla_ y _gente perdida_. No podía elogiarlos, aunque quisiese, y él mismo cuenta que, en sus mocedades, hallándose en Madrid, predicó en la iglesia de San Sebastián un sermón, en una función que los farsantes costeaban, y que los trató tan mal, que los curas de la parroquia le dieron por baldado para su púlpito y los de la cofradía estuvieron á punto de apedrearle.
Esta ojeriza contra los comediantes inclinaba además al señor obispo á amonestar á los padres y á los maridos para que no llevasen al teatro á sus hijas y mujeres: por donde el espectáculo debía ser para hombres solos. Las mujeres se exponían mucho oyendo comedias. En apoyo de esto, contaba el señor obispo un caso ocurrido, á lo que parece, en Lima, y en que él había intervenido: «Una miserable tragedia de cierta doncella principalísima. Crióse sin madre, y colgó su padre en ella grandes esperanzas. Tenía cien mil ducados que darle en dote. Fué á una comedia y aficionóse á un farsante. Desatóse el listón de una jervilla, y enviósele con su criada. Y díjole de parte de su señora que en la primera comedia que representara se le pusiera en la gorra. Estimó el favor de la dama, pero temió por su vida. Perseguíale ella. Pidióme consejo: di el que debía; pero vencieron la codicia y la hermosura.»
Hazte cargo de lo que sucedería siendo joven y guapo el farsante, y la doncella tan determinada y fogosa que le envió de buenas á primeras la cinta de sus zapatos ó botines.
De todos modos, yo hallo cruel que el obispo Villarroel condenase á las mujeres á no oir comedias porque oyéndolas había pecado una; pero aun así, Villarroel fué el menos severo de los obispos. Otro hubo, D. Manuel de Aldai, cuya rigidez impidió que se fundase en Chile teatro permanente, en el año de 1778. El Sr. Aldai afirmaba que, según la mayoría de los teólogos, era pecado mortal el asistir á las comedias.
Con tan firme oposición, y en una colonia sumisa y obediente á la tutela de la autoridad eclesiástica, no era posible que el teatro floreciese.
Aun así, hubo varias representaciones, con ocasión de grandes fiestas y solemnidades, señalándose entre todas las que tuvieron lugar en 1693 para celebrar el casamiento del nuevo presidente D. Tomás Marín de Poveda con la señorita peruana D.ª Juana Urdánegui, hija del marqués de Villa Fuerte. En esta ocasión se dió en Chile el primer drama escrito allí, titulado _El Hércules chileno_.
Con todo, la oposición, según hemos dicho, de la autoridad eclesiástica, que hasta por motivos económicos prohibía las representaciones, á fin de evitar gastos de trajes y galas, en un país entonces pobre, no permitió que la afición al teatro creciera y diera fruto. Las representaciones dramáticas siguieron haciéndose muy de tarde en tarde y con lamentable pobreza y falta de medios: sin decoraciones, sin vestuario y con actores improvisados.
En 1777 hubo un empresario que formó compañía de actores para representar autos. Y dice un autor, describiendo estas representaciones, que «algunos mulatos notables por su desplante estaban vestidos de casacas, como los oficiales de la guardia del gobierno, para representar á los reyes magos, á Herodes y á Pilatos; y dos ó tres mujeres, más recomendables por su locuacidad que por la cultura de sus maneras, se habían cubierto de vistosas sayas para desempeñar los papeles de Santa Ana, de Santa Isabel y de la Virgen María.» Ni es muy de extrañar esta falta de exactitud histórica en la indumentaria. De principios de este siglo he oído yo contar á testigos oculares haber asistido en ciudades de esta Península á la representación de _El maestro de Alejandro_, y haber visto á Aristóteles de abate, con traje negro, chupa y calzón corto, zapato de hebilla de plata, capita y tricornio.
Todavía se infiere de lo citado un no pequeño progreso en el arte escénico de Chile en 1777. Ya entonces representaron mujeres, cuando era lo común que para los papeles de mujeres sirviesen muchachos.
En suma, durante casi todo el tiempo del régimen colonial, ni floreció ni pudo florecer el teatro en Chile. Para divertir al público y proporcionarle espectáculos había otras tres ó cuatro cosas más fáciles de hacer, y que se hacían más á menudo á despecho casi siempre de los obispos, en extremo celosos de la moral de sus ovejas.
Estos otros espectáculos, que agradaban en Chile y á los que la gente acudía con entusiasmo, eran las corridas de toros, que después de la independencia prohibió perpetuamente el Congreso por ley de 1823: las _chinganas_ y los retablos de nacimientos, contra los cuales, á pesar de ser tan religioso el asunto, se estrelló también el obispo Aldai y los prohibió bajo pena de excomunión mayor, porque aseguraba y lamentaba que, merced al agolpamiento y apreturas de los muchos sujetos de ambos sexos que acudían á ver los nacimientos, sobrevenían mil desmanes. Las mismas corridas de toros habían dado motivo á quejas semejantes, porque terminada la función y ya de noche, hombres y mujeres, ellos embozados y tapadas ellas, se acogían debajo de los tablados provisorios con el pretexto de tomar dulces, refrescos ó licores, de lo que resultaban escenas poco edificantes.
Las corridas de toros tenían además otro grave peligro, no habiendo circo á propósito. Era frecuente que los toros bravos se escaparan, causando no pocos males, pues no siempre hacía Dios un milagro para salvar á la gente, como el milagro que se cuenta en la _Vida del venerable siervo de Dios fray Pedro Bardesi_. Este fray Pedro detuvo un toro que corría furioso por las calles de Santiago: se arrancó una manga del hábito y se la puso al toro en el hocico, y el toro se hincó de rodillas para venerarla y besarla, y entonces acudieron los de la plaza y le ataron y se le llevaron sin resistencia como si fuese cordero.
La otra gran diversión, que suplía el teatro, y que más tarde compitió con él y pugnó por vencerle, fué la diversión de las _chinganas_. Eran reuniones donde se bailaban los preciosos bailes del país, y singularmente la _zamacueca_; pero el tratar de esto requiere detención, y lo dejo para la carta siguiente.
* * * * *
_3 de Diciembre de 1888._
II
Querido primo: Siguiendo hoy en el ligero extracto del curioso y extenso libro de Amunátegui, veo que las _chinganas_ fueron el obstáculo más persistente contra el florecimiento del teatro; florecimiento que, más que nadie, promovieron después de la independencia de Chile los dos famosos literatos D. Andrés Bello y D. José Joaquín de Mora.
La afición á las _chinganas_ persistió y aun se recrudeció pasado ya el primer tercio del siglo presente. Por esta afición, los teatros quedaban desiertos.
Contribuía poderosamente á tal resultado la malevolencia contra el teatro del clero y del partido clerical, malevolencia no infundada, ya que el teatro, de que gustaban y que concebían los doctos de entonces, era una escuela de moral, que reemplazaba al púlpito con ventaja, y donde habían de enseñarse además virtudes cívicas y patrióticas, y odio y desconfianza á la religión y á los sacerdotes.
Resultaba asimismo de este prurito de doctrinar desde la escena que no se podía dar en el teatro nada divertido, sino tragedias pesadas y filosóficas, traducidas ó imitadas del francés, y donde todo se volvía sermonear y despotricarse contra los tiranos sacros y profanos de todas las edades. Era tal la tiramira de desvergüenzas con que los varones libres y virtuosos atarazaban á los tiranos, que casi parecían ellos los tiranos, y los tiranos las víctimas, hasta que á lo último perdían los tiranos la paciencia y mandaban degollar á los otros. En suma: había razones, hasta cierto punto plausibles, para justificar ó disculpar la preferencia que se daba en general á las _chinganas_.
Yo creo que éstas habían de ser, ó son, si subsisten aún, algo parecido á nuestros cafés, en donde se canta y se baila á lo _flamenco_, por más que las _chinganas_, si hemos de no ver exageración en lo que dice D. Andrés Bello, eran más frecuentadas por toda clase de gentes, y daban mayor pábulo á la deshonestidad y á la licencia. Yo presumo que Bello, cegado y exaltado por el espíritu de partido, exagera mucho cuando califica á las _chinganas_ de burdeles autorizados, «donde la confusión de todo género de personas afloja los vínculos de la moral y abre la puerta á la corrupción, donde los movimientos voluptuosos, las canciones lascivas y los dicharachos insolentes hieren con vehemencia los sentidos de la tierna joven, á quien los escrúpulos de sus padres ó las amonestaciones del confesor han prohibido el teatro».
Bello y Mora siguieron declamando contra las _chinganas_ y en favor del teatro con poco fruto por lo pronto. Ellos mismos hubieron de entrever que en gran parte tenían la culpa las tragedias pseudoclásicas, tan cívicas y filosóficas, y las comedias docentes á la francesa; y ya proponían que se representasen obrillas más alegres y de menos doctrina y comedias del antiguo teatro español.
Mora, calculando que no podía vencer á la Terpsícore chilena, trató de adularla, de educarla y de hacer de ella una poderosa aliada. Para esto, así como había redactado el Código fundamental ó Constitución de Chile, quiso reglamentar el baile y convertir á los chilenos en un pueblo de bailarines honestos y morigerados. Propuso que se organizasen por todo Chile comparsas de danzantes de doce ó más parejas, de un solo sexo ó de los dos, destinadas á bailar en los grandes días festivos, acordándose, sin duda, de David y de los seises. Cada parroquia había de tener su número completo de bailarines que bailasen con trajes airosos y decentes al son del tamboril y de una gaita delante de la iglesia al concluirse los oficios divinos, y luego, por la tarde. Asimismo se les había de permitir ir á bailar en los días de cumpleaños y en los casamientos de las personas más condecoradas del barrio, para de este modo mantener trajes y músicos. Y, por último, en las grandes festividades nacionales debían ir á la Plaza Mayor á tejer con arcos, guirnaldas y espadas, varias danzas que entretuviesen á la muchedumbre.
Mora se prometía de todo esto mil beneficios que elocuentemente expone. Casi da lástima de que su proyecto no cuajase. Pero dejemos lo coreográfico y volvamos á lo dramático.
Cuando Chile era colonia aún, cabe la honra á España de haber fundado allí un teatro, aunque provisional, menos efímero que los anteriores. El último capitán general y presidente de la Audiencia, superintendente de Hacienda, etc., que allí tuvo España, se llamaba D. Casimiro Marcó del Pont, y era vehemente aficionado á comedias. A pesar, pues, de la oposición del clero y de la gente devota, hubo teatro en su tiempo. En él se representaban aún comedias españolas castizas, del gusto antiguo.
Pronto vino la independencia, el ejército patriota triunfó en Maipo, y en seguida empezaron á pedir los periódicos que hubiese un buen teatro para la república, donde aprendiesen los ciudadanos á ser libres, á odiar á los tiranos y á combatir por la patria.
El general director D. Bernardo O’Higgins comprendió todo lo útil y transcendental del teatro como escuela de costumbres y de virtudes cívicas, y encargó á uno de sus ayudantes, D. Domingo Arteaga, para que organizase una compañía de cómicos y construyese un _buen coliseo_ permanente.
Se construyó éste y se estrenó en 1820.
En el telón se leía, en letras de oro, el siguiente dístico:
Hé aquí el espejo de virtud y vicio: Miraos en él y pronunciad el juicio.
Lo grave y serio del público y de los actores no respondía aún á la gravedad y seriedad del dístico citado. En el teatro, que era de madera, y malo, reinaba chistosa franqueza patriarcal. En cierta ocasión, la Lucía, actriz mimada del público, se enojó porque la silbaron, y lanzó á los concurrentes, con ademán desdeñoso, «la palabra más puerca que puede salir de la boca de una irritada verdulera». Otra vez, durante la representación del _Otelo_, un inglés encendió un puro y se puso á fumar, lo cual estaba prohibido. El soldado, que hacía cerca centinela, le dijo que apagase, y el inglés se echó sobre él para quitarle el fusil. Se armó brava pendencia entre el inglés y el soldado, y público y actores prescindieron de la tragedia para contemplar la realidad.
Entonces el general O’Higgins sacó el cuerpo fuera del palco y gritó: «Muchacho, cuidado con que te quiten el fusil». Animado el militar con esta voz de mando y aliento, logró desasir el arma de las garras británicas, y aplicó un buen culatazo al inglés, tumbándole en el suelo. Se le llevaron, y siguió la representación interrumpida.
Visto que este primer teatro era peor que un corral de títeres é infundía poco respeto, D. Domingo Arteaga siguió afanándose y logró construir otro teatro, ya bueno y respetable, que se abrió al público en 1827.
Por aquella época llegó á Chile el gran protector del teatro.
D. José Joaquín de Mora llegó á Chile, llamado por el jefe del Estado, D. Francisco Antonio Pinto, para que contribuyera «á derramar el bautismo de la ilustración en una sociedad que acababa de nacer á la vida del entendimiento».
Se renovó en Mora aquello que se cuenta de antiguos sabios de la Grecia, que eran llamados por las remotas colonias para darles Constitución y leyes é iluminarlas con su sabiduría.
Uno de los mil medios de que se valió Mora para mostrar su actividad fecunda y cumplir su misión de sabio civilizador, fué componer alocuciones en verso que se recitaban en el teatro. Claro está que estas alocuciones, donde los españoles son pintados como tiranos, no se insertaron en las colecciones que Mora hizo más tarde de sus poesías, en Cádiz en 1836, y en Madrid en 1853. Por lo demás, así estas alocuciones como otros versos chileno-patrióticos ó ultraliberales que hizo Mora en Chile y que nos da á conocer é inserta Amunátegui, salvo el gusto acendrado y la maestría en la lengua y en la metrificación que revelan, no contienen bellezas por donde puedan ponerse muy por cima de lo mediano.
En lo satírico brilla más Mora en estos versos que sólo publicó en Chile. Hay algunas letrillas, como la titulada _En tiempo de los Borbones_, que le valieron en Chile el título de Beranger español. A Mora, con todo, le ocurría lo que á Arquíloco: la rabia le armaba del jambo; era más poeta cuando se revolvía furioso contra los que personalmente le ofendían; y así, con ser injusto é ingrato cuando insulta á los chilenos, al ver que los del nuevo partido no le protegen ni quieren ya que siga _iluminándolos_, Mora es entonces mucho más poeta. Admiremos la ironía cruel y el osado denostar de estos tercetos:
Borrón es de la patria torpe y feo Que á inocularnos venga un perro godo En exótica charla y devaneo. Raciocinemos, pues, á nuestro modo, O más bien rebuznemos, que es lo mismo. A uno gusta el almizcle y á otro el lodo. Eso sí: guerra eterna al despotismo; Sacudimos el yugo, por supuesto. ¡Viva la patria! ¡Viva el patriotismo! Ya de Castilla el pabellón funesto No profana esta tierra venturosa. Vengan de Londres los millones: presto. ¡Qué ridícula farsa! ¡Qué afrentosa! ¡Qué engañifa de bobos! ¡Qué miseria Por término de lucha tan gloriosa! De reir y llorar larga materia Damos al universo: aquí está el llanto Y suenan carcajadas en Iberia. De libertad el nombre sacrosanto En boca de un gaznápiro insolente Sólo produce destrucción y espanto. _Virgen del mundo_, _América inocente_, Bien entiende de vírgenes Quintana: Llámela vieja, estólida ó demente.
No sólo contó en Chile el teatro con un gran promovedor español, como lo fué Mora, sino que los primeros actores de más valía fueron españoles también.
Cuando recibió el encargo de formar compañía D. Domingo Arteaga, era comandante del depósito de prisioneros, y tuvo la feliz ocurrencia de sacar de entre dicha gente actores, comparsas y sirvientes para su teatro.
Al coronel Latorre, prisionero en la batalla de Maipo, le nombró director, y de un sargento sevillano, llamado Francisco Cáceres, que se rindió con la guarnición de Valdivia, cuando lord Cochrane se apoderó de aquella plaza, hizo un primer galán celebérrimo y muy encomiado por su arrogante figura, por su voz argentina y briosa, y por otras brillantes prendas, que le convirtieron desde luego, y á pesar de su completa carencia de instrucción, en el favorito del público.
Como en el depósito no había prisioneras, tampoco pudo haber, por lo pronto, damas españolas en la compañía. La primera dama fué la chilena Lucía Rodriguez, muy querida del público, y que se desahogaba con él, cuando se consideraba ofendida, con el desenfado que hemos dicho.
No tardó, con todo, en aparecer en Santiago una _dama_ española, que venía precedida de brillante reputación, y tenía las calidades que más agradaban entonces. Se llamaba doña Teresa Samaniego, y era admirable para expresar los sentimientos de heroicidad patriótica. En Barcelona, cuando, con motivo de no sé qué guerra, salió á campaña un cuerpo de ejército, se mostró la Samaniego, en las tablas, vestida de amazona, con otras que con iguales trajes la seguían, é hizo á los militares una alocución que terminaba:
Nosotras con las manos delicadas Ceñiremos al menos las espadas. Id, hijos, os diremos; id, esposos: Volved á nuestros brazos amorosos, Si vencéis en la lid; Pero, vencidos, no tornéis: morid.
Se concibe que dicho esto con brío y gracia por una mujer guapa y discreta, había de levantar en masa á un pueblo entusiasta y empeñado en una lucha patriótica, y hacerle romper en aplausos frenéticos.
Así es que la Teresa Samaniego fué muy aplaudida en Chile.
Llegó allí con ella un gracioso, llamado don Francisco Villalba, que hacía reir mucho y se ganó la voluntad del público. Tenía este gracioso otras varias habilidades, y entre ellas la de ser pintor de decoraciones, haciéndose aplaudir tanto ó más como pintor que como actor.
Otro forastero, D. Francisco Rivas, catalán, se unió con Villalba, y haciendo de galán compitió con Cáceres, y casi venció á este rival.
Entre tanto, como el teatro seguía siendo escuela de liberalismo, las tragedias que más gustaban eran la _Jornada de Maratón_, _Roma libre_, la _Muerte de César_ y _Catón en Utica_.
Un crítico á la moda entonces, Camilo Henríquez, sostenía y divulgaba que el teatro no era mero pasatiempo, sino institución social para difundir máximas patrióticas y formar costumbres cívicas. «La sublime majestad de Melpómene, decía, debe llenar la escena, inspirar odio á la tiranía y desplegar toda la dignidad republicana.»
Aspiraba Henríquez y otros revolucionarios vehementes á que, lograda la independencia de la América española, no siguiese ésta siendo un remedo de España, estancada ó retrógrada; y para lanzar á los pueblos emancipados por la vía del progreso, encontrábase que era menester vencer el espíritu clerical. Misión fué, pues, del teatro, á más de infundir patriotismo heroico, propagar el odio á la hipocresía, á la Inquisición y á las creencias fanáticas.
Se reprobaba en el teatro todo lo que era fútil, enervante y afeminador. Camilo Henríquez llegó á calificar de _bufonada inmoral El sí de las niñas_. Cuando así se trataba á Moratin, ya imaginará cualquiera cómo serían tratados nuestros autores dramáticos del siglo XVII: de fanáticos, serviles, inquisitoriales, absurdos, supersticiosos y ultramonárquicos.
Es divertidísimo seguir paso á paso, en el libro de Amunátegui, todas las peripecias de esta lucha entre clericales y anticlericales, ó más bien entre librepensadores y católicos, que se dió en Chile en torno de los teatros.
El librepensamiento se había encastillado en los teatros para combatir al clero desde allí. El clero propalaba que iba á caer fuego del cielo y abrasar los teatros. Desde éstos, en cambio, se arrojaban contra el clero tremendas diatribas.
La más ruidosa fué el _Aristodemo_, no la tragedia de Monti, sino otra compuesta por un poeta, creo que de Buenos Aires, llamado D. Miguel Cabrera Nevares. El _Aristodemo_ estaba lleno de feroces declamaciones contra el sacerdocio. Para que á nadie le cupiese duda de que se aludía en la tragedia al clero católico, el _Boletín del Monitor_ interpretaba las fuertes razones del filósofo Polignosto, que era quien llevaba la voz docente en la tragedia, la cual, según dicho _Boletín_, «difundía principios luminosísimos sobre el carácter de esos hombres viciosos, á quienes la ignorancia ha deificado, ofuscada con sus intrigas tenebrosas. El hombre ilustrado ve en el sumo sacerdote Cleofante al obispo de Roma, y en sus secuaces, al clero fanático, enriqueciéndose á costa de la necia credulidad.»
Con el _Aristodemo_ hacía juego, por lo cómico, _El abate seductor_, donde se pintaba á un clérigo libertino y taimado. Los periodistas liberales excitaban á los padres de familia á llevar á sus muy caras hijas á ver dicha comedia para que estudiasen las malas artes y supiesen defenderse contra ellas, «pues son las mismas que han usado y usan los presentes abates de nuestro suelo».
No bastando estas representaciones, se hacían también peroratas anticlericales en verso, desde la escena. En Santiago, el actor D. Luis Ambrosio Morante, que era también poeta, aunque malo, recitó una, que empezaba:
¿Por qué será que en la era de las luces Se haya de introducir el fanatismo?
Y en Valparaíso, la joven actriz española doña Emilia Hernández pronunció, entre salvas de aplausos, otra alocución á los chilenos, que, si bien detestable y pedestre como poesía, hemos de poner aquí por ser curioso documento: