Cartas americanas. Primera serie
Part 17
El cielo os conceda ver La libertad de conciencias. Y á Chile vendrán las ciencias, Como lo anunció _Voltér_. Entonces ¡oh qué placer! Las artes renacerán: Todos á Dios amarán, Aunque de diversos modos; Pues siendo un Dios para todos, Todos de un Dios gozarán. Mas no quieras, suerte impía, Que esta tierra fortunada, Por el fanatismo hollada Se encuentre como la mía; En tal caso ¡ay! gemiría En llanto y desolación, Presa de la Inquisición, De ese tribunal horrendo, El más bárbaro y tremendo Que inventara la opresión. Mas yo, no estando en España, Nada temo á los tiranos; Y entre ilustres araucanos Me burlaré de la saña De ese hombre de fiera entraña, De ese Fernando cruel, De ese monstruo atroz é infiel, Que causa mi mal eterno, Y ha vomitado el Averno Por ser aun peor que Luzbel.
Entre el tumulto de estas contiendas civiles, político-religiosas, que Bello y Mora procuraban moderar con más alta crítica, si bien inficionada por las pasiones y el espíritu liberalesco de entonces, nació y empezó á florecer la literatura dramática chilena.
Fuerza es confesar que los primeros frutos y flores no fueron muy sazonados ni hermosos.
D. Juan Egaña, limeño, naturalizado en Chile y competidor con mala suerte de Mora por querer ser el Solón de la nueva república, era, á par de gran liberal, galante y enamorado caballero. La dama de sus pensamientos, á quien llama Marfisa en sus versos, le inspiró hasta los dramas que tradujo ó compuso, figurando entre ellos la _Cenobia_, de Metastasio, su poeta predilecto.
El notable personaje de la revolución, Camilo Henríquez, de quien ya hemos hablado como crítico, escribió dos dramas, informados ambos por sus ideas filosóficas á la Rousseau. Se titulaban _La patriota de Sud América_ y _La inocencia en el asilo de las virtudes_, y eran, á lo que parece, menos que medianejos.
D. Bernardo Vera y Pintado es el tercer autor dramático chileno de que habla nuestro libro. Sus composiciones fueron á modo de loas para celebrar victorias contra los españoles, como la de Chacabuco.
Naturalmente, los interlocutores de estas loas son araucanos, que describen como funestísima la conquista de Chile y fantasean la independencia como la reconquista que los araucanos hacen de su tierra contra los españoles.
Otro autor, D. Manuel Magallanes, fué silbado, á pesar de su fervor patriótico y de su ilustre apellido.
Resulta, pues, que hasta 1829 no se representa en Chile ninguna obra de bastante valer literario escrita allí, y que esta obra es de D. José Joaquín de Mora, si bien no toda suya, ya que en parte está tomada de _Le mari ambitieux_, de Picard, y lleva el mismo título: _El marido ambicioso_. Aunque peque de prolijo he de continuar haciendo este extracto. Hasta otro día.
* * * * *
_17 de Diciembre de 1888._
III
Querido primo: Siguiendo en mi tarea de extractar, diré que, hasta el instante en que aparece en Chile el romanticismo, se escribieron y representaron allí estas obras dramáticas.
Además de _El marido ambicioso_, dió Mora _El embrollón_.
El poeta colombiano D. José Fernández Madrid dió _Atala_, tragedia en verso.
D. Ventura Blanco Encalada tradujo en verso la _Merope_, de Voltaire, y en prosa _La marquesa de Seneterre_, de Menesville y Duvegrier.
D. Gabriel Alejandro Real de Azúa, argentino, dió al teatro, en Santiago, en 1834, una comedia de índole política y de escaso valer, titulada _Los aspirantes_.
Mora ejerció sobre esta comedia benignísima crítica.
En el mismo año, el actor argentino Luis Ambrosio Morante, que, según he dicho ya, era también poeta y había compuesto una tragedia, _La revolución de Tupac-Amaru_, dió á la escena en la noche de su beneficio una comedia titulada _Adulación y fingimiento, ó el intrigante_.
Morante no puso su nombre en el cartel; pero se tiene por seguro que la comedia era suya. Su mérito, por otra parte, debió de ser corto, cuando nada se dice de ella.
El primer poeta dramático chileno de alguna fecundidad y de cierto mérito fué D. Salvador Sanfuentes. Escribió antes y después del romanticismo, y sus obras marcan la transición de una escuela á otra.
Tradujo la _Ifigenia_ y el _Británico_, de Racine; imitó _Le cocu imaginaire_, bajo el título de _Los celos infundados_, y compuso los siguientes dramas originales: _Caupolicán I_, _Caupolicán II_, _El mal pagador_, _El castillo de Mazini_, _Carolina ó una venganza_, _Cora ó la Virgen del Sol_, _Juana de Nápoles_ y _D. Francisco de Meneses_.
Á lo que parece, Sanfuentes vino temprano, cuando en Chile había poco público aún. Descorazonado, quemó parte de sus obras: otras quedaron por terminar: otras, inéditas: sólo el drama _Juana de Nápoles_ se representó con éxito creo que menos que mediano.
D. Andrés Bello, que también tradujo dramas y los compuso originales, ejerció durante años el magisterio de la crítica dramática en Chile. Son curiosos y dignos de atención sus juicios sobre algunos de nuestros autores dramáticos contemporáneos. Á Bretón de los Herreros, á quien juzga con ocasión de la _Marcela_, le pone desde luego por cima de Moratín, á quien califica de lánguido y descolorido. En Moratín halla además falta de «aquel sabor poético que es propio aun de las composiciones escritas en estilo familiar, y que tanto luce en los fragmentos de Menandro y en los buenos pasajes de Terencio»; mientras que en Bretón ve la gracia y el brillo en el estilo, y asimismo una _vis cómica_ que falta algo á Terencio, y «en que tampoco es muy aventajado Moratín».
Ya se entiende que cito para narrar, y no para aprobar ni impugnar.
Yo creo que, al menos, _El café_ tiene más _vis cómica_ y más durable chiste que media docena de las más chistosas comedias de Bretón.
Y esto á pesar de la pedantería grave de don Pedro, que eclipsa un poco el resplandor de la graciosísima pedantería de D. Hermógenes.
En cambio de este grande entusiasmo por Bretón, Bello es severo con Hartzenbusch al juzgar _Los amantes de Teruel_, cuyos defectos señala y pondera y cuyas bellezas no ve ó no encomia.
La guerra promovida con ocasión del teatro entre timoratos y desenfadados, librepensadores y clericales, devotos é impíos, se enardeció más en Chile con el advenimiento del romanticismo.
Aunque había censura previa de teatros, establecida en 1830, ésta no se ejercía con severidad. Sin embargo, mucha parte del público, cristianamente educada, repugnaba las impiedades y se rebelaba contra ellas.
En 1832 se representó en Santiago el _Aristodemo_, no ya el de Cabrera Nevares, sino el de Monti, traducido, que es mucho mejor. El pasaje en que Lisandro llama á los dioses
Fútiles sombras del temor humano,
escandalizó á gran número de los espectadores.
Más tarde, en 1835, quiso la compañía dramática representar _El fanatismo ó Mahoma_, tragedia de Voltaire, traducida al castellano por D. Dionisio Solís; pero aunque esta obra había sido dedicada por su autor al Papa Benedicto XIV, que la aceptó con gusto, el clero de Chile se resistió con tal energía á que se representase, que la compañía desistió de su propósito.
La nueva escuela romántica, con todos sus apasionados atrevimientos de expresión, no apareció triunfante en Chile hasta 1841, con la representación del _Macías_, de Larra.
Este drama fué aplaudido con entusiasmo; pero los escrupulosos le hallaron gravemente perjudicial á las buenas costumbres; citaban escenas corruptoras que atropellaban el recato, la moral y las leyes; y entre ellas nada pareció peor que aquello que dice Macías á Elvira, ya casada:
Ven á ser dichosa. ¿En qué parte del mundo ha de faltarnos Un albergue, mi bien? Rompe, aniquila Esos que contrajiste horribles lazos. Los amantes son sólo los esposos, Su lazo es el amor: ¿cuál hay más santo? Su templo, el universo: donde quiera El Dios los oye que los ha juntado.
* * * * *
......... Huyamos: ¿qué otro asilo Pretendes más seguro que mis brazos? Los tuyos bastáranme; y si en la tierra Asilo no encontramos, juntos ambos Moriremos de amor.
Todavía, un año después de representado el _Macías_, se quejaban los escritores clericales de su inmoralidad. «¿Qué impresión--decía uno indignado--pueden hacer en el corazón de una joven versos tan indecentes?»
Vino á colmar el enojo la representación, pocos días después de la del _Macías_, de otro drama, traducido del francés, titulado _La nona sangrienta_. Se dejó adrede en el título la palabra _nona_, en vez de _monja_, para no alarmar y para engañar á los incautos; pero no valió la artimaña, y el arzobispo de Santiago dirigió al gobierno un oficio quejándose de la impiedad é inmoralidad de los dramas.
De este oficio no se hizo caso por lo pronto, y siguieron representándose dramas inmorales é impíos.
En 1841 había en Santiago una actriz limeña, idolatrada del público, y que era una revolución andando. Se llamaba Toribia Miranda. Amunátegui la pone por las nubes, y es tal su entusiasmo, que hace recelar que él, allá en su mocedad, fué uno de los muchos admiradores de la Toribia:
«Tenía, dice, un instinto artístico admirable. Se introducía maravillosamente bajo la piel de la heroina á quien caracterizaba, y procedía como tal. Sentía lo que hablaba y lo que accionaba. La pasión palpitaba en sus labios. El llanto corría por sus mejillas. La belleza de que estaba adornada, contribuía poderosamente á la influencia y fascinación que ejercía en el auditorio. Tenía la tez pálida; los ojos negros, rasgados, incendiarios; el cuerpo contorneado y voluptuoso; los pies pequeños, y ese donaire que es la sal de su suelo nativo. Los mozos se inflamaban con sus miradas. Los viejos perdían el seso con ellas. Los sujetos más graves y doctos le componían sonetos y decían en prosa: «Esta mujer tiene en su cuerpo todo el fuego de su patria.»
Tal era la actriz destinada á trasplantar en Chile el romanticismo vehemente, á pesar de las quejas del arzobispo y del escándalo de los timoratos.
La más tremenda batalla que se riñó en esta guerra fué en la representación de _Angelo, tirano de Padua_, de Víctor Hugo. El drama fué frenéticamente aplaudido, y no fué menos frenética la protesta que se levantó entre los devotos, censurando duramente que la cortesana brillase con mengua de la legítima esposa; que el amor impuro se albergase en el corazón de todos los personajes, y que la mujer casada muriese para el marido y viviese para el amante. El drama fué calificado de inmoral en grado sumo por muy respetable porción de la sociedad.
El gobierno tuvo al fin que ceder á las quejas del arzobispo y dirigir severa amonestación al censor de teatros, que lo era D. Andrés Bello.
Los dramas románticos siguieron, no obstante, representándose, pero mutilados ó desfigurados por la censura.
_El paje_, de García Gutiérrez, se representó con no pocas de estas mutilaciones ó cambios.
A veces se cambiaban, no sólo frases, sino los desenlaces, á fin de que no fuesen tan tétricos.
En el drama _Los hijos de Eduardo_, de Delavigne, traducción de Bretón de los Herreros, aquellos interesantes niños lograban escapar de la Torre de Londres, á despecho de la historia.
Poco á poco fué haciéndose en Chile menos asustadizo el público. La censura acabó por consunción; pero hasta más de mediado el siglo presente se opusieron en Chile á las libertades del teatro un ardiente espíritu religioso y lo que llama Amunátegui _la excesiva gazmoñería en materia de amor_.
El romanticismo tuvo en Chile un eco prodigioso. Los románticos se diferenciaban de los demás hombres hasta en el vestido. Los cuatro poetas de quienes más se admiraban, procurando imitarlos, eran Víctor Hugo, Dumas, Espronceda y Zorrilla. Venía después D. Nicomedes Pastor Díaz, cuya _Mariposa negra_ se sabía la juventud de memoria.
Los poetas chilenos, con todo, apenas escribían para el teatro más que arreglos y traducciones.
D. Andrés Bello tradujo _Teresa_ y _Antony_, de Dumas.
D. José Victorino Lastarria arregló _El proscrito_, de Federico Soulié.
D. Santiago Urzúa tradujo _Pablo el marino_, de Dumas.
Y D. Juan García del Río, _Pizarro_, tragedia en cinco actos, de Sheridam.
El primer drama romántico original que se representó en Chile, con éxito muy lisonjero, fué producción de un hijo de D. Andrés Bello, llamado D. Carlos. El drama se titulaba _Los amores del poeta_, y se representó en 1842. Era de lo más poético, exaltado y lleno de lirismo.
D. Carlos Bello, que sin duda tenía notable talento de poeta, dejó por concluir otro drama titulado _Inés de Mantua_, cuyo principal héroe era César Borgia. D. Carlos Bello murió muy joven, y este segundo drama se ha perdido.
Poco después del estreno de _Los amores del poeta_ empieza á figurar en la no larga lista de los autores dramáticos de Chile un español que, como Mora, emigró á Chile, mal avenido con el gobierno absoluto de Fernando VII, y contribuyó muchísimo al desenvolvimiento intelectual de aquel país. Tuvo colegio, primero en Buenos Aires y después en Santiago, y por él fueron educados no pocos personajes ilustres de aquellas repúblicas.
Este español, aunque hijo de francés, había nacido en San Felipe de Játiva, y se llamaba D. Rafael Minvielle.
Era gran matemático, á más de ser literato y poeta, y hablaba con igual perfección el francés, idioma de su padre, y el castellano, lengua de su madre y suya.
Minvielle vivió en Chile hasta principios del año pasado de 1887, en que ocurrió su muerte, siendo tan lamentada cuanto encomiado él por haber sido de los que más cooperaron, durante medio siglo, al progreso intelectual de aquella república, como maestro, como empleado en administración y en Hacienda, y como escritor infatigable, ya componiendo obras originales, ya traduciendo.
Su drama _Ernesto_, representado en 1842, fué aplaudido y encomiado. En su primera representación, la Toribia Miranda «arrancó muchas lágrimas á las señoritas concurrentes».
Aunque Minvielle era medio francés, se consideraba tan español, que durante la última guerra de España con Chile no quiso permanecer en aquella república, y se fué á Buenos Aires, de donde no volvió hasta que se ajustó la tregua, que fué la paz sin el nombre.
Aquí casi puede decirse que termina la historia de la literatura dramática en Chile.
La mojigatería, según el Sr. Amunátegui, ha sido causa de que el teatro chileno, como fecundo ramo del español, no haya florecido todo lo que debiera.
Tres puntos toca el Sr. Amunátegui extensamente al terminar su libro, que son como síntomas de que la mojigatería va á pasar y de que el teatro va á florecer en Chile.
Estos tres puntos no son en realidad tres puntos, sino tres personas hechas y derechas, que han venido sucesivamente á prestar atractivo casi irresistible á las representaciones teatrales chilenas, á vencer la repugnancia de los timoratos, y á dar fuego á la inspiración dramática de los autores.
Fué la primera persona, en el tiempo aún del romanticismo, una gentil bailarina de Chile, llamada Carmen Pinilla, á quien apellidaban la Terpsícore araucana y la Sílfide de los Andes. Dicen que era el genio alado de la _zamacueca_.
Tenía otra hermana, notable también, aunque no tanto. Cuando se las mentaba juntas, se las designaba con el nombre de las _Petorquinas_; pero la Carmen era la que se llevaba la palma.
Dos cosas consiguió esta Carmen: la primera suscitar aún una tremenda y postrera lucha entre despreocupados y timoratos, horrorizados aquéllos y entusiasmados éstos por la ágil, gallarda y hermosa bailarina, que enviaba su retrato con el anuncio de su beneficio; «para quien vestirse de gasa transparente era casi desnudarse, y que ostentaba su carne juvenil á la luz de la batería escénica ante la vista de dos mil espectadores».
El segundo triunfo fué la sumisión del baile al teatro, y la consiguiente decadencia de las _chinganas_, visto que el baile chileno formaba estrecha alianza con el histrionismo.
Después, ya en 1885, hay un momento solemne para el teatro de Chile. Amunátegui se entusiasma y dice: que sus jóvenes compatriotas van á sentir bullir en sus cabezas magníficas escenas; que un choque ligero hará saltar la chispa eléctrica; que una frase va á revelar una vocación ó á poner de manifiesto una aptitud; que el teatro va á florecer en Chile, y que una semilla que el viento trae de tierras remotas va á convertirse en árbol majestuoso ó en flor espléndida.
Todo este alegre y entusiasta vaticinio le produjo la llegada á Chile del actor D. Rafael Calvo con una compañía dramática en que figuraban su hermano D. Ricardo, D. Donato Jiménez y las Sras. Contreras, Revilla, Casa y Tobar.
Fueron extraordinarios los aplausos y la simpatía que ganaron en Chile los cómicos españoles. Amunátegui considera á la compañía como una de las mejores y más completas que por allí habían ido, y á su director D. Rafael Calvo le llama artista eminente.
Por último, la tercera persona cuyo advenimiento á su país celebra Amunátegui, como despertadora también del ingenio dramático de los chilenos, es la célebre actriz francesa Sarah Bernhardt.
Estuvo ésta en Chile en 1886 con una compañía de representantes franceses. Las obras que representó fueron _Fedora_, _La Dama de las camelias_, _Fedra_, _Frou-Frou_, y no sé si otras.
A estas representaciones acudió muchísima gente, á pesar de ser en un idioma extraño que no es razonable exigir que en Chile conozca un numeroso público, hasta el extremo de comprender todos los primores y matices de las palabras y frases. Debe de haber, no obstante, en Chile muchos sujetos que sepan muy bien el francés, y no pocos tan aficionados á la literatura y arte dramáticos, que para comprender á fondo á la actriz leerían y estudiarían el drama antes de ir á verle representado. Lo cierto es que Sarah Bernhardt fué muy aplaudida, y perfectamente comprendida por el público y por los críticos chilenos.
No se cumplió la profecía del elegante crítico francés Julio Lemaître, quien, al despedir á la actriz, en el _Journal des Débats_, con la tan acostumbrada _outrecuidance_ parisina, le dice: «Vais á exhibiros allí ante hombres de poco arte y de poca literatura, que os estimarán mal, que os mirarán con los mismos ojos que á un ternero de cinco patas, y que no comprenderán vuestro talento sino porque pagarán caro el veros.»
Sin duda que en Chile pagaron caro, pero comprendieron el talento de Sarah Bernhardt sin apelar á consideraciones crematísticas y sin calentarse demasiado la cabeza, pues al cabo el talento de Sarah Bernhardt no es asunto tan embrollado y sublime que requiera cursar los _boulevares_ de París para penetrar bien en todos sus misteriosos abismos y remontar el espíritu á todas sus sobrehumanas elevaciones.
Otro temor manifestó además Julio Lemaître, que por dicha no se ha realizado: que Sarah Bernhardt se resabiase é inficionase para agradar á los sudamericanos. Sarah Bernhardt ha vuelto á París sana y salva á pesar de la tremenda prueba. Los sudamericanos se la han restituído á Julio Lemaître artísticamente intacta y sin ningún resabio ni vicio paladino.
Julio Lemaître, lleno con esto de gratitud, casi elogia á los sudamericanos, allá á su manera; los llama candorosos, sensuales, bulliciosos y buenos; les ruega que no se enojen si los _vaudevillistas_ parisienses los ponen á veces en caricatura. Y para consolarlos de que en París los pinten grotescos, les dice: «Las pobres niñas que, entre nosotros, viven del amor, tienen predilección hacia vosotros, porque sois generosos, y os buscan cuando venís á París.» ¿Qué más pueden, pues, desear los sudamericanos que ser buscados por estas _pobres niñas_, que quieren traspasarles el epíteto de _pobres_ y quedarse sin él?
La suave longanimidad con que responde el señor Amunátegui á las citadas impertinencias de Julio Lemaître, las pone más de realce y las hace más ridículas.
En resolución, el libro del Sr. Amunátegui, á más de ser muy ameno y de demostrar, como todos los suyos, gran discreción, mucha diligencia para allegar datos, y alta y serena imparcialidad en los juicios, nos da á conocer algo que podemos considerar como parte de nuestra total historia literaria y artística, y nos muestra y describe extensas regiones, de donde pueden venir á esta Península riquezas que acrecienten el tesoro intelectual de nuestra raza y lengua, y adonde pueden ir también nuestros artistas y nuestras obras literarias, y aun nuestros autores, como Mora y Minvielle, á ganar honra y provecho.
El viaje á la América del Sur del actor Rafael Calvo, cuya reciente y temprana muerte deploramos hoy, probó lo que valen para las artes y letras de España aquellas repúblicas. Se cuenta un rasgo de Calvo, que le honra mucho, y que voy á referir para excitar la emulación y para corroborar mis asertos. Al volver de su excursión por América, y sin ninguna obligación legal que cumplir, Calvo entregó á D. José Echegaray una buena cantidad de dinero, como producto de los dramas suyos que en aquel Nuevo Mundo español había representado, fijando para ello el mismo tanto por ciento que cobran en Madrid los autores.
ÍNDICE
PÁGINAS
CARTA-DEDICATORIA v
Sobre Víctor Hugo 1
El perfeccionismo absoluto 11
Poesía argentina 51
El Parnaso Colombiano 121
Azul 213
El Teatro en Chile 239