Cabos sueltos: Literatura y lingüística
Part 22
Estas tendencias no pueden ser más claras. Copio á Palma: «Jóvenes muy inteligentes é ilustrados de la nueva generación me han revelado su poco ó ningún apego por la lengua castellana, con estas palabras no escasas de fundamento: la pobreza del anémico vocabulario español, en la marcha progresiva del siglo, es una rémora para la expresión fiel del pensamiento. El cartabón académico es exageradamente estrecho, y para acatarlo habría que pasar la existencia hojeando el Diccionario para convencerse de qué vocablos de uso frecuente están excluídos del léxico. Hoy, en la mayoría de las Repúblicas, no son muy leídos los libros españoles, y la juventud universitaria devora los textos en francés, inglés ó alemán. No es entusiasta, como la de la anterior generación, por la lectura de los clásicos españoles. El purismo pasó de moda. El siglo XX impone un vocabulario más rico que el tan admirado del siglo de oro ó de esplendor para las letras castellanas. Hoy tiene caracteres de aforismo esta espiritual frase de Unamuno: «no caben, en punto á lenguaje, vinos nuevos en viejos odres».
Aquí está bien puntualizada con todos sus pelos y señales esa jerga literaria, que han barrido sobre todo del francés «jóvenes muy inteligentes é ilustrados de la nueva generación», pero que tienen «poco ó ningún apego por la lengua castellana». Á la verdad, no quieren castellano; quieren otra lengua distinta, híbrida de castellano y francés. ¿Y los nuevos términos extranjerizos de esa jerigonza, son los que tienen empeño en que los acepte la Academia Española? Á nueva lengua, nueva Academia. Ténganse ellos, pues, su Academia de esa nueva lengua. Si tienen poco ó ningún apego á la lengua castellana, ¿qué les importa de nuestra Academia ni de nuestra lengua?
Esotra cantilena de que «la pobreza del anémico vocabulario español, en la marcha progresiva del siglo, es una rémora para la expresión fiel del pensamiento», no faltan jóvenes que la solfeen también por acá en España. El vocabulario español lo dejaron precisamente anémico, en camisa y casi en cueros los galiparlistas, que redujeron el sobreabundantísimo léxico del siglo XVI al pobrísimo del siglo XVIII por ceñirse en castellano á solos los términos que tienen su equivalente en francés. Y á pesar de eso, ese «anémico vocabulario español» es el doble en grueso del vocabulario francés; y no tiene el lector, para convencerse, más que tomar en su mano cualquier Diccionario español-francés y francés-español, y comparar el grueso del lomo de los volúmenes. Si con la mitad tienen los franceses que les sobra para «la expresión fiel del pensamiento», ¿por qué con el doble de palabras y con el triple de metáforas y frases que empleaban nuestros clásicos, y en parte no queremos nosotros emplear, sólo porque no las tienen los franceses, no podremos expresar ese pensamiento? ¿Tan sutil es y alambicado, tan hondo, tan cerrado, ese pensamiento moderno, que no cabe en el castellano, que abarcó, cual ninguna lengua, desde la mística hasta la picaresca, desde el Renacimiento, donde se hallaba todo lo moderno, hasta la antigüedad greco-latina, que distaba bastante más del siglo XVI que no dista del mismo siglo el siglo XX? Por lo menos esos jóvenes «muy inteligentes é ilustrados» en su nueva jerga, ¿habrán expresado esas sutilezas, alambicamientos y honduras, que pasan del alcance del castellano? En la literatura americana yo no hallo nada de eso, sino más bien mucha ligereza y superficialidad, y conceptos más romos que agudos, sentimientos más secos que jugosos, filosofías que nada tienen de germánicas, de hondas, de trascendentales. El Sr. Palma escribe lindísimamente: no por esa nueva jerga, que él no emplea, sino por lo picaresco de su habla, adaptada á la bohemia, á la picaresca, que remedó allá en Lima el modo de ser y de hablar de la vieja España.
Claro está que si esos jóvenes no leen nuestra literatura, sino la francesa, tropezarán á cada paso al querer expresar tan bien en castellano como los hallan escritos en francés los sentimientos y pensamientos franceses. Es que cada pueblo tiene su matiz propio y exclusivo en el sentir y pensar, que sólo puede expresarse en el propio idioma, que con ese sentir y pensar nació. Ahora, que el sentir y pensar francés y su idioma sean más ricos, originales, hondos, pintorescos, vivos, que los del pueblo que creó el castellano, esa es una cuestión que puede resolver la literatura comparada y la comparación de los idiomas de entrambas naciones, y el fallo está dado tiempo ha por nacionales y extranjeros.
El sol de Andalucía no cabe parearlo con las nieblas de París, ni la sangre hirviente, negra y tenaz española con la belicosa y rubia, pero ligera como el agua, de nuestros vecinos. La picaresca, la mística, el teatro á lo Calderón y Lope, la novela cervantista, los manolos y chulas, son cosas que les dan á ellos en rostro y que los críticos alemanes é ingleses califican, por el contrario, de lo más original, naturalista, profundo y característico en punto á costumbres y literatura.
Ejemplo al canto: esta _espiritual frase_ dice Palma del dicho del Evangelio y de Horacio. ¿Qué significa aquí _espiritual_? Mucho en francés, porque tiene un matiz intraducible. Pero en castellano es simplemente una gansada. Toda frase que exprese un pensamiento, ó dígase cosa del _espíritu_, es _espiritual_. Ese matiz francés del vocablo es, pues, tan bonito como ligero, pero tan poco profundo como lo son ellos mismos: bueno para hacer efecto al primer golpe, y por lo mismo para que lo lleven y sepan venderlo en todos los escaparates del globo terráqueo los modistos parisinos y esté de moda unos días; pero como le falta profundidad filosófica y colorido de fantasía, su moda pasa y se desvanece como todas las modas parisinas.
Pero, en fin, es inútil que á esos «jóvenes muy inteligentes é ilustrados» les queramos persuadir de que el léxico castellano nada tiene de anémico, sino de sobrado, que es por lo que siempre pecó, como por lo sobrado y exuberante pecaron nuestros ingenios, desde Séneca y Lucano hasta Lope y Calderón, desde Castelar hasta el anémico Tostado. Porque bastaría preguntarles que ¿por dónde saben ellos que nuestra lengua padece de anemia, si, como dice Palma, no han leído á nuestros clásicos? Tiene gracia que, movidos de aversión por todo lo que sepa algo al nombre español, devoren textos no castellanos, piensen extranjerizamente, no hayan abierto un libro clásico castellano, ¡y nos vengan después con lo de la anemia de nuestro caudal léxico! Pero aún tiene más gracia el que, después de haberse hecho para su uso particular un vocabulario de palabras barridas con ignorante é inexperta mano de otras lenguas, nos vengan con la ingenua pretensión de que las incluya la Academia en el Diccionario castellano. Pónganlas, noraental, en el Diccionario de esa riquísima, progresiva y espiritual lengua, que ellos se van apañando con tanta inteligencia como ilustración, y dejen estar al Diccionario castellano con lo que es suyo y á la Academia con lo único que le incumbe, que es registrar los vocablos que emplea todo aquel que pretende hablar castellano, no los que empleen «jóvenes inteligentes é ilustrados que tienen poco ó ningún apego por la lengua castellana».
Para no condenar en globo á todos los escritores americanos, conviene aclarar las cosas y hacer una distinción importante, que hace el mismo Palma, escritor tan castizo y á la antigua española, que más bien tiende á lo viejo que á lo moderno en su vocabulario y estilo, aunque ciertos desabrimientos, en parte justificados, le hayan hecho últimamente portaestandarte del neologismo y párroco de esa nueva feligresía, muy inteligente é ilustrada.
Los americanos ya entrados en años, los hijos de los que se hicieron independientes, á vueltas de cierta aprensión de tiranía, que acerca de los españoles les llevó á las narices el humo de la pólvora que cuando niños les rodeaba, conservaron un grato recuerdo de la madre patria, que, si no todas veces oyeron de labios de sus padres, leyeron por lo menos en sus más hondos y arraigados sentimientos.
Los que de entre ellos se han dedicado á las letras se han mostrado hasta extremosos en acatar la autoridad de nuestros clásicos y de la Academia Española. No conozco obra lingüística escrita en España donde tantos miramientos se guarden con la Academia, como se echan luego de ver en las mejores compuestas en América. Bello, Cuervo, Peña, Isaza, Baralt, Calcaño, Membreño, Batres Jáuregui, el mismo Palma, son académicos hasta exagerados. No lo soy yo tanto, ni muchos de los mismos miembros de la Academia, y en este punto había de llevarles la contra. Quéjanse, es cierto, y repiten en todos los tonos de la gama, de que son una mayoría, cuyos modismos debiera tener en cuenta el Diccionario académico, que algo pesa el voto de cincuenta millones junto al de diez y seis, que el castellano es tan suyo como nuestro; pero estas mismas quejas y la escrupulosidad con que hojean el Diccionario y Gramática de la Academia compulsando con las de ella sus propias doctrinas, y el afán de que se les atienda y el proclamarla como centro de autoridad, ¿no prueban más que manifiestamente que son quejas de hijo desatendido, pero en ninguna manera desamorado y rebelde?
¡Cuán otros se nos presentan los jóvenes de la nueva generación! Sin el menor apego á la España, que sus padres, al cabo como españoles, respetaban; antes, con la prevención y aun inquina no disimulada, cautelosos y escamados, han vuelto la espalda y alejádose lo más que han podido de cuanto huela á español. Cual perro recién desatado de la cadena, se lanzaron tras el resplandor que admiraron en países de otra raza, y allí, encandilados, embaucados, emborrachados como niños inexpertos, que niñas son las nuevas nacionalidades, con los vicios y virtudes de los hombres niños, dieron rienda suelta á su hambre por los apetitosos pastos de la novedad, y se hicieron franceses y hasta ingleses ó canchadales, con tal de dejar el habla castellana, último resto que les quedaba de españoles.
Alimentos extraños, mal digeridos y asimilados, no podían producir más que ese hartazgo y esa jerigonza de lenguaje que afea las obras de los mejores ingenios sudamericanos. Los españoles no nos hemos cuidado para nada de esos pródigos del habla castellana. No asomó á nuestros labios la menor mueca de desdén ó de resentimiento. Creer que en España se odia ó se mira, aunque no sea nada más que con cierta prevención, á los americanos, es otra niñería por parte de los que por allá crean semejante paparrucha. Lo único que aquí ha caído mal entre los literatos que conocen sus escritos es esa monserga empleada por escritores que, gloriándose de hablar castellano, lo han ido á aprender á París. No hay punta de malquerencia en ello: es el desagrado natural que causa lo deforme, y el sentimiento de que de lo deforme se alardee.
Y el hecho es á todas luces clarísimo, mal que les siente á nuestros hermanos de allende los mares. Hay que decirlo francamente. Salvo las raras excepciones de aquellos varones eminentes, que en punto á literatura estudian nuestro pasado, los americanos escriben mal, la mayor parte horriblemente mal, y, á vueltas de delicadísimos chispazos de poesía, los mejores poetas dan de bruces y sueltan necedades de á tomo. No es el habla del pueblo americano, ni el ingenio de los escritores: es esa novelería extranjeriza, la que los malea. El galicismo es un cáncer que hay que sajar hasta en sus últimas fibras. Los que lo defienden, sea como fuere, favorecen esa peste del lenguaje literario de América. Ni admite defensa alguna razonable, porque el galicismo es cosa distinta del neologismo necesario.
Hablando de galicismos y anglicismos, dice seriamente el inteligentísimo y muy querido amigo mío Sr. Palma «que algunos de ellos son precisos por no existir en castellano voz equivalente, como sucede con las palabras _revancha_, _sport_ y otras pocas». Adán, cuando llegó á ser abuelo, no sé yo si mandaría traer de París los juguetes que el día de Reyes regalaba, sin duda alguna, á sus rubios netezuelos; lo que sí tengo muy averiguado es que aquellos rapazuelos jugaban y se daban al deporte con más gusto que el más estirado de los ingleses. También sé de buena tinta que cuando Caín jugó aquella mala partida á su hermano, de dejarle en el sitio de un guijarrazo, no faltó quien desease tomar el desquite, y, para que no se desquitasen sin cuenta y razón, tomó Dios por suya la causa del fratricida, señalándole en la frente, y él por su parte se tuvo el cuidado de guardar la pelleja, emboscándose lejos de la gente. ¿Cree el señor Palma que nuestros abuelos tenían sangre de chufas, para no sentirse picados y procurarse el despique, y que los nietos del rey que rabió fueron tan severos que en su niñez, ni en su mocedad, ni en su edad madura, ni en su misma chochez, no les gustaba entretenerse, divertirse, jugar, espaciarse, holgarse y echar una cana al aire cuando llegaron á tenerlas? Pues créame que todos hemos sido hijos de Adán y nietos del rey que rabió. Y á eso se reduce todo el alegato en favor del galicismo, y esa es la sencilla contestación que se le debe dar.
II
Ya yo me lo había calado, que por algo me quise curar en salud. Parece que al leer mi último artículo en _La España Moderna_ no ha faltado quien sintiese cierto cosquilleo y una no del todo agradable comezoncilla, hasta el punto de hacerle soltar la maldita contra el arrojado é insolente español que tan malparados dejó á los americanos. Doleríame que el que así se picó fuera de los que les coge de lleno mi caritativa crítica. Que caritativa fué en el fondo, aunque confieso llanamente que en el modo anduve un si es no es de indiscreto. Tal les ha parecido también á mis amigos de por acá, y yo, reconociendo la culpa, pido de ella perdón. Lejos de mí el haber intentado envolver en la condena á todos los que por América se dan á escribir. Por ejemplo, al autor de un libro impreso el año 1904 y que hará unos meses llegó á mis manos. Su encabezamiento es precisamente este mismo de _El castellano en América_. No es él un fulano de por ahí; es «individuo de la Facultad de Derecho, abogado honorario del Brasil, correspondiente de la Real Academia de la Lengua, de la Matritense de Jurisprudencia y Legislación, de la Sociedad de Historia Diplomática de París», y hasta catorce líneas de títulos, según reza la portada. No nos las habemos ya aquí con cualquier mequetrefe, que se deja embair por ñoñerías insustanciales; sus años bien cumplidos lleva á cuestas á par de sus títulos y fama. Creo que para conocer la cultura americana, hará al caso ver qué piensa de estas quisquillas lingüísticas y cómo maneja la pluma escritor tan calificado.
En el primer capítulo, donde hace una sucinta reseña de la historia del castellano, deja ya entrever lo al tanto que está de las últimas conclusiones de la ciencia. Allí vemos que «los egipcios fueron dejando rastros de su cultura y lengua en el castellano». Efectivamente, los antiguos nos hablan del egipcio Osiris, que muchos piensan no distinguirse de Baco, y de sus celebérrimas excursiones y andanzas por todo el universo mundo; y aunque no conozcamos con certeza el itinerario que siguió al frente de sus huestes, ¿quién será tan osado que niegue la posibilidad de haber venido á España, donde sin duda dejaría rastros de su cultura y lengua? ¡Cuántas etimologías castellanas están por averiguar, entre las cuales una buena porción bien pudiera aclararse por el egipcio, lengua antiquísima, merecedora de esto y de mucho más!
Añade que el castellano «tuvo origen y extendióse en las montañas de Castilla la Vieja». Los mozárabes, los castellanos nuevos, los aragoneses, hablaron siempre castellano, sin haber bajado de esas montañas; pero ¿quién duda de que el castellano nació en Castilla, pues ahí está su mismo nombre que lo está diciendo?
Dice que «el germano concluyó con el latín literario». Bien es verdad que literatura latina hubo y sigue habiéndola todavía; pero realmente de entonces acá el latín que se ha escrito dista tanto del de Cicerón, que muy bien puede afirmar el autor haber desaparecido el latín literario para el tiempo de las invasiones germánicas, tanto más que el germano nunca supo escribir en buen latín; de modo que podemos decir que el germano de una ú otra época concluyó con él.
De los que han trabajado acerca de la gesta del Cid conoce el autor á Bello. Aquí vemos confirmado lo que en el artículo anterior insinué: son tantas las dificultades que se ofrecen para la comunicación con algunas Repúblicas americanas, que no sólo de Europa, pero ni aun de los Estados Unidos han podido llegar noticias de los muchos trabajos que después de Bello se han hecho sobre tan interesante poema, y eso á un autor, como el nuestro, que sigue tan de cerca la pista de los últimos descubrimientos científicos.
Yo tenía creído que por América no se estudiaban las lenguas orientales; pero me ha sacado, y con gran gusto mío, de esta ignorancia nuestro eruditísimo autor, el cual no sólo parece ser aficionado, sino que ha debido de hacer de ellas estudios muy profundos, según se ve claramente por estas palabras: «Oriental la sintaxis española durante los siglos XIII y XIV, llega después á ser clásica, con ricas galas y hermosas preseas». Algo de esto había apuntado cierto académico de la Española en su discurso de recepción; pero eso no quita el mérito al escritor americano, cuyo descubrimiento no puede negarse que es sobre todo encarecimiento importantísimo, y el día que lo exponga detenidamente en libro particular, que sí lo hará, como lo requiere el asunto, la gramática histórica del castellano se volverá de arriba abajo, y la lingüística general podrá asentar como una de las partidas más raras y asombrosas este fenómeno, desconocido hasta hoy, del paso de una sintaxis á otra muy desemejante en una misma lengua.
No menos enterado en los estudios románicos se nos presenta el autor en esta gravísima afirmación: «Los germanos, destruyendo el patriciado romano, propagaron el latín popular, el romance paladino». Es una nueva y originalísima solución del intrincado problema del latín vulgar y del nacimiento de los idiomas neolatinos, que asimismo toca á otra cuestión histórica, á la del fenecimiento del patriciado. Y era lógico y natural que, desaparecidos los patricios, sólo quedase pueblo, cuyo lenguaje bien pudieron propagar los germanos, aunque ellos mismos no lo hablasen, y ese es el «romance paladino».
Aunque en los siglos XIII y XIV la construcción sintáctica del castellano fué oriental según la teoría del autor, hasta las _Partidas_ no fué menos extraña, pues éstas son «la obra portentosa en que el castellano se exhibe ya con propias construcciones». Tenemos, pues, una sintaxis extraña hasta las _Partidas_, otra propia hasta el siglo XIII, otra oriental durante los siglos XIII y XIV, finalmente, otra clásica de entonces acá. Todo ello quiso tal vez condensarlo el autor en el siguiente párrafo, cuya oscuridad se debe á la preñez de tantas y tan exquisitas ideas: bien merece que el lector lo lea y torne á leer, y lo estudie con toda calma y sosiego, para desentrañar toda la doctrina que encierra. Dice así: «El Poema del Cid colmó de orgullo á la musa castellana, que, restaurado en 1215 el puro latín de Cicerón, se entra prepotente por catedrales y monasterios, suntuosísimos _alcázeres_ (sic) de todo saber; y allí, en las sagradas inspiraciones del monge de Berceo, nos da ya transformado en hermosa leyenda literaria y artística el _román paladino_, en qual suele el pueblo fablar á su vecino».
Finalmente: «Desde que los reyes Católicos, Don Fernando y Doña Isabel, proclamaron la lengua de Castilla como idioma oficial, cobró inmenso lustre y donosura»; acto que debió de ser de ruido y estruendo, aunque la incuria de los tiempos y la poca curiosidad de los historiadores lo hayan dejado (¡mal pecado!) en las tinieblas del olvido.
Con tan concisas y luminosas frases nos pone al tanto de los últimos descubrimientos acerca de la filología castellana. Los demás libros de esta clase publicados en América suelen llevar una introducción parecida; aunque hay que confesar que, por lo general, con menor brillantez y con datos menos apurados por la crítica moderna. Ponderadas después las grandes ventajas que aportó á nuestra lengua el descubrimiento del Nuevo Mundo, saca el autor las conclusiones, que, por leerse casi por las mismas palabras en los demás libros sus congéneres, pasaré por alto. ¿Á qué repetir el conocido cascabeleo de que «no deben repelerse de los diccionarios aquellos numerosos vocablos que usan millones de gentes», es á saber, los americanos, y la machaqueadora estadística de los «cincuenta millones de hombres», que por allá dicen que hablan nuestra lengua? Bien que estos desahogos, por cargantes que nos parezcan á nosotros con tanto repetirlos, no dejan de tener grave fundamento. ¿Por qué, efectivamente, no han de ser atendidos 50 millones de hombres, tanto por lo menos como los 10 millones á que se reducen los que por acá hablamos castellano, cifra sin duda exacta, pues según cómputo del autor el castellano es hablado «por sesenta millones?»
Ya que hasta aquí he alabado y puesto en su punto, como se merece, al autor, no dejaré, para que no se me tenga por demasiado parcial, de advertir algunas faltas, que se le han escapado, de menor cuantía.
Como lo de decir que «difiere el latín del español en la falta de conjugación por terminaciones diversas que tiene el primero, y de la (¿falta?) que carece nuestra lengua». «_La palabra_ que en dilatadas regiones _acostumbra_ la gente culta»: debió dejarse el cajista algún verbo. «Pues bien, ese poeta, que si hubiera escrito en español, _supera_ á Bello»: _hubiera superado_ piden los rudimentos de la sintaxis. «El árbol de ancha copa y rico follaje _riega_ al viento su semilla para que nunca se extinga». Pero estos deslices han de atribuirse á la pujanza de aquellas tierras vírgenes, pues el lenguaje del autor, sin ser ampuloso ni retumbante, lleva ecos andinos; y, sin recargo de perfumes picantes, huele al suave aroma de las sabanas. Verdad es que hay entre esos ecos andinos algunos que hieren algo ásperamente el tímpano. Pongo por caso, cuando el pronombre viene tras el nombre suelen sufijarlo malamente los escritores americanos. «Y ya que mencionamos al insigne don Andrés Bello, es el caso de apuntar que cábele la gloria de». Semejantes pujos de cursilería fuera de tono, de la cual disculpo como es debido, al autor, van cundiendo también entre los periodistas españoles, y me sospecho que lo que les ha embotado los oídos para no percibir lo poco rítmico de tal sufijación, hasta poco ha desconocida, ha podido ser el estilo telegramático, añadiéndosele un cierto pisto de gusto estrafalario, afectado por los que andan á caza de originalidad. «El elemento popular americano debe ser _materia prima_ en el diccionario de nuestra lengua». Por haber olvidado que hubo, allá en tiempo del rey que rabió por gachas, una cierta filosofía que llamaron escolástica, puso aquí el autor esa materia prima que ofrece alguna ambigüedad «Los hombres no se clasifican sociológicamente..., sino _á mérito_ de la educación, de la cultura».