Cabos sueltos: Literatura y lingüística
Part 23
_Á mérito_ de su origen americano habrá que conceder al autor el que exagere tal vez más de lo que pidiera un razonable andalucismo el valer de los que por allá escriben levantándolos por cima de los demás, como sobre una basa que sustente la memoria de tan peregrinos ingenios. «Pero quien ha manejado con más abundancia de vocablos la rica lengua de Castilla, quien más de cerca ha seguido al autor del _Quijote_, quien con más limpieza emplea múltiples y variados giros, quien derrocha primores y elegancias de dicción, quien arcaico, si se quiere, es el más clásico de cuantos últimamente han escrito en castellano, es el atildado estilista D. Juan Montalvo, de quien pudo decirse, en verdad, que al dejar su espíritu la tierra, recibióle en el empíreo Garcilaso y fué á confundirse con Cervantes». ¡Cáspita con el encarecimiento! ¡Confundirse con Cervantes! Contento se vería sirviendo de caudatario al americano Palma, por no citar á otros americanos y españoles. Montalvo enjaretó en su libro no pocos galicismos y extravagancias cultas y modernas, pensando buenamente que remedaba á Cervantes, y creyó darle cierta tonalidad arcaica con añadirle cuatro antiguallas que le llenaron el ojo. Recrecióseles á los lectores americanos, digo á los que estaban ayunos de clasicismo, y lo han levantado sobre los cuernos de la luna. Aquí sí que debieran leer á Valera y atender á lo que de Montalvo escribió, en vez de agarrarse á él, como á lapas, cuando abogan por la introducción de americanismos.
Ahí está publicado el _Diccionario del Quijote_: el que guste, puede buscar en él todo ese derroche de primores y elegancias de Montalvo. Seamos más mirados y modestos, dejando á Montalvo á la cabeza de los que en la imitación del asendereado manco gloriosamente fracasaron, y no será pequeño lustre el permitirle capitanear esas huestes.
Que «Don Antonio José de Irisarri desentrañó, en sus _Cuestiones Filológicas_, los organismos del castellano», sí será verdad, pero con eso y con todo lo de más allá, á pesar de nuestras ganas y de leer libros de Irisarri y de los no Irisarri, no ya las entrañas y redaños, pero ni dos dedos de la piel adentro hemos logrado, los demás y yo, calar y ver de esos organismos. Lo cual no se entienda contra el saber de Irisarri, que sabía tan bien como nosotros lo poquísimo que de tales organismos se nos alcanza á los lingüistas de estos tiempos. Otros vendrán, en los cuales se sepa más y haya más «dignos intérpretes de las galas académicas de nuestra abundosa lengua, _asaz esmaltada_ por el ameno estilista de aquella tierra (Venezuela), el popular y _talentoso_ Nicanor Bolet Peraza». Por vía de los talentosos, académicos y asaz esmaltados, y cuan abundantes y por los suelos andan en América, «La obra de Zorobabel Rodríguez, de la Barra y de Reyes son, si vale la frase, una autopsia de la lengua»: y ¡cómo que vale!; que con esas y esotras la van poniendo de talle, que pronto habrá menester la pobre lengua castellana que se la hagan en alguna clínica de París, á pesar de los que, como nuestro autor, se desviven por conservarla lozana y fresca.
«Eduardo de la Barra es un filólogo insigne, que escribió lo mejor que se ha publicado sobre métrica castellana». ¿No sobraría decir que escribió mucho de bueno? Por lo menos los admiradores de Benot, Sicilia y Bello se retorcerán los mostachos al estampido de tan fiero escopetazo. Bello tuvo un oído delicadísimo y apuntó observaciones métricas de gran valer y de mayor alcance de lo que se figuran los que no lo han estudiado; Benot no le va en zaga, añadiendo otras de no menor sagacidad; De la Barra ha sistematizado matemáticamente, como buen ingeniero que es, algunas leyes, que podrán ser de mayor ó menor provecho; pero la Métrica castellana continúa sin hacer, á pesar de estos autores, de Sicilia y de Robles con su _Ortología clásica_, estrellado pajar donde centellean algunos tenues hilos de luz.
Lo que no se debiera tolerar es que se pregonaran á bombo y platillos libros disparatados hasta dejarlo de sobra: «ha publicado el doctor D. Santiago Ignacio Barberena _El curso elemental de Historia de la Lengua Española_, que contiene mucho de filología de los idiomas sabios, y no poco respecto del germen, desarrollo y pubescencia del habla castellana. El lujo de doctrina y las citas oportunas avaloran esa obra interesante, en la cual se engolfa D. Santiago Ignacio, buscando el origen del lenguaje como andaba el inglés de marras en pos de la calavera de Adán, para ofrecerla al Museo Británico de Londres... Sea de todo eso lo que fuere, la obra del doctor Barberena es una prueba más de que en la América latina hay hombres de letras merecedores de sincero elogio, que honran la lengua que de sus antepasados heredaron. _Los Quicheísmos_ de tan apreciable filólogo así como varios otros de sus libros, le han recomendado en el mundo científico, en el cual ya gozaba, en concepto de matemático, de una reputación bien adquirida». ¡Válame la burra de Balaam! y ¡qué de _sinceros elogios_ nos vemos precisados á tragar los que escribimos! ¡Con esto, vaya usted á almibararse y ponerse bien hueco, cuando en revistas y periódicos le espeten una andanada de encomios lisonjeros y adormecedores! Es cosa de chuparse los dedos y de confitarse el alma de gusto dando de patas en ellos como mosca golosa. ¿De veras dice el autor todo eso del famosísimo y celebérrimo Barberena, tan recomendado en el mundo científico por lo entretenido y graciosísimo de sus escarceos y payasadas? Mejor le hubiera estado al bueno del Doctor haberse quedado en su retraimiento de cándida doncella, resolviendo inocentes incógnitas matemáticas, sin meterse en caballerías, ni _Quicheísmos_, ni _Historias_ de lenguas. Todo lo cual, mía fe, que no son inquinas ni exageraciones de crítico malhumorado: nadie mejor que el autor lo sabe, y no había para qué venírsenos á ensalzar tan ladinamente las cosas patrias con libros de esa marca.
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En el capítulo segundo, donde el autor descubre los _Vicios de locución en la América latina_, tenemos una bonita muestra de lo que pasaría en España, si se lograse, como muchos pretenden, desterrar de la enseñanza el estudio greco-latino, madre del cordero, que habiéndolo abandonado por aquellas tierras, no es mucho lo hallemos tan roñoso, trasijado y enclenque. _Quezada_, _quezo_, _Baltazar_, _faces_, _exhuberante_, _silvido_, _explendor_, _expontáneo_, _hechar_, _cólega_, _diábetes_, _páis_, _bául_, _máiz_, _autopsía_, _disinteria_, _ópimo_, etc., son lindezas que dice se dicen y escriben por aquellas bienaventuradas regiones. En cambio entre estos barbarismos pone _Sardanápalo_ y _cóndor_, que él cree deben decirse _Sardanapálo_ y _condór_, aunque no veo por qué, pues cuanto á _cóndor_, tal sonaba en la lengua quechua, de donde procede, si hemos de dar crédito á Arona, Lafone, Lenz, Mitre, Bello, y á la misma Academia, que lo aceptó en 1884, y al uso de Chile, y puede decirse que de toda la América. Que por acá digan _condór_ no lo extraña el que sabe que las voces terminadas en consonante suelen ser agudas en castellano; pero en éstas y otras palabras americanas los americanos son los que han de dar la ley. Por las mismas tendencias idiomáticas prefiero yo _Sardanápalo_, pues en voz tan extraña se nos hace recio el decir cosa que suene á _palo_ tratándose de un tan pomposo emperador. Menos razón asiste al autor cuando reprueba arcaísmos que no lo son en América. _Enjaguar_ es más castizo que _enjuagar_, que es su metátesis, de _ex-aquare_; _la color_ no es «remembranza de Berceo y Santillana, que usaron esa palabra como femenina, á la provenzal, que daba tal género á los acabados en _or_», sino de uso no interrumpido en todos los siglos, en Cervantes y demás clásicos, y hoy día en Castilla; ni es de origen provenzal. Menos se me alcanza por qué hayamos de tener por arcaísmos _truje_, _mesmo_, _agora_, siendo así que viven en todas las regiones de habla castellana y son más conformes á la etimología.
Lo diré francamente: las Academias y autores que no hacen caso de tales formas, prefiriendo _traje_, _mismo_, _ahora_, como _únicas_ voces correctas, juzgan con arbitrariedad injustificada lo que no es suyo, pues de las voces _populares_, como son éstas, el pueblo es el único juez. Ni me vengan con que el juez son las personas cultas. Tales personas cultas saben más latín que el pueblo, y por eso son suyas infinitas voces traídas á manos limpias del latín, contraviniendo, por supuesto, al fonetismo castellano; pero saben menos del habla popular, que precisamente por eso acuden al latín. El pueblo dice _maniego_; ignorándolo los cultos, acógense al _ambidextro_ latino, y se quedan tan campantes y satisfechos. Tal es la razón por qué el pueblo pronuncia mal esas voces latinas, diciendo _ambidestro_, si es que alguno lo dice. Es que no sabe el pueblo más que su lengua; pero esa la sabe á las mil maravillas. ¿Quién, si no, la sabe? Á él toca, pues, juzgar de lo suyo, y á los cultos del lenguaje culto. Así cae por tierra aquel criterio de los gramáticos, de que el juez son las personas cultas y doctas. Error es este que, por asentado que esté en la mollera de todos los gramaticastros á la antigua, la lingüística moderna combate victoriosamente. ¿Queréis verlo? Tomad un fonógrafo y recoged en él toda una conversación entre personas cultas, aunque sea de insignes literatos. Idos después á una aldea y haced otro tanto con los tíos en la taberna ó en el portal de la parroquia. Confrontad, y sacaréis en limpio varias importantísimas conclusiones.
La primera, que los cultos pronuncian muy bien las voces eruditas, y las pronuncian muy mal los tíos; porque no son castellano, sino latín á medio castellanizar. Y de aquí el común decir, de que el pueblo estropea los vocablos. ¡No ha de estropear los que os empeñáis que se los apropie siendo latinos! Precisamente con estropearlos muestran saber mejor el castellano que los doctos, pues los adaptan al fonetismo castellano. No estropearán así las voces realmente castellanas; antes los doctos son los que las echan á perder, diciendo, por ejemplo, _ahora_ en vez de _agora_, ya que _hac hora_, conforme á la evolución natural, ha de sonar _agora_.
Tras esta segunda conclusión viene la tercera, y es que en la conversación de los eruditos hallaréis que más de la mitad de los vocablos son latinos de ese jaez, traídos del Diccionario latino, y pronunciándolos, no como los latinos, sino como jamás se pronunciaron, guiándose tan solamente por las letras escritas y dando á éstas sonidos en gran parte diferentes de los que entre los romanos tuvieron. En vez de castellano hablan, pues, jerigonza, mezcla de una lengua viva, de otra que murió y de otra artificial que se han forjado y que no existió nunca. En cambio, los tíos hablan castellano, y sólo se les han pegado de los eruditos algunos de esos vocablos extraños, y aun esos los adaptan mejor á la pronunciación castellana.
Cuarta consecuencia: lo dicho de los latinismos pasa con los galicismos: el pueblo, alguno que otro, va cogiéndoles á los doctos; pero en la conversación de éstos campean que es una bendición.
Total: la gente culta sabe mejor el latín y el francés que la gente indocta; pero en vez de castellano usa una jerga de castellano, mal latín y mal francés. Y luego, como parte interesada, se nos descuelgan los mismos doctísimos varones con que el pueblo habla mal, y que ellos son los jueces del lenguaje. Los lingüistas modernos juzgan de muy diversa manera. Ningún botánico que quiera enseñar á sus discípulos la taxonomía ó la naturaleza de las plantas, de la rosa y el clavel, pongo por caso, los llevará á un jardín, y mucho menos á una tienda de flores de tela ó celuloide, sino al campo. Tratándose de lenguaje, el campo son los tíos, y los doctos son fabricadores de flores de trapo.
Estoy oyendo ya decir entre dientes á más de cuatro: «Pero la rosa de cien hojas del jardín es más vistosa que la natural de cinco, que brota por los campos, y el lenguaje literario es el lenguaje vulgar perfeccionado por los buenos ingenios». Muchos distingos y salvedades había que hacer para desenmarañar esta vieja opinión. También es más hermosa la Venus de Milo que todas las mujeres del mundo; y con todo, si en el arte la rosa de cien hojas y la Venus de Milo son hermosas, en la Naturaleza lo son más la rosa de los prados y las mujeres de carne y hueso, cuanto va de lo natural á lo artificial y de lo vivo á lo pintado. Hasta hace muy poco no se ha tenido verdadera noción de lo que es el habla; creíase un artificio como el de la escritura. Un abismo los separa. El habla es tan natural y efecto de todo el genio de una raza, como lo es el gesto y el carácter de la misma raza. Un lenguaje artificial, como el que los literatos han formado tomando vocablos del Diccionario latino, cual viejas osamentas desenterradas de un cementerio, se parece al artificio con que el cómico remeda en las tablas el hablar, el gesticular, el pensar y querer, el carácter, en suma, de un personaje histórico. Cuanto difiere esa farsa que remeda á Alejandro del mismo Alejandro, tanto difiere un lenguaje artificial del lenguaje natural, producto espontáneo y secular de un pueblo, que lleva el sello de su pensar, querer y fantasear, que vive en la cabeza y en la fantasía y en el corazón de los hombres, y sale afuera formando un todo con su pensamiento y sus afectos. Todos los eruditos y gramáticos del mundo son incapaces de crear un solo vocablo metiendo en él el alma de una raza, como la lleva cada uno de los vocablos del habla natural.
Pero dejando este terreno, que no hago más que señalar desde lejos, en el mismo lenguaje literario lo sano es cuanto encierra del habla vulgar; lo que se le añada de otras lenguas sin asimilación lenta, y como apegándose superficialmente, repugna en el fonetismo y en la semántica al genio del propio idioma. El arte literario no debe amalgamar elementos léxicos ni gramaticales que sean ajenos al idioma, so pena de formar un lenguaje híbrido, y por lo mismo repugnante é infecundo. Por eso tales elementos flotan, cambian á cada época, van y vienen, y si de ellos solamente constara el lenguaje literario, éste perecería, como pereció el latín clásico, mientras el vulgar siguió viviendo. Cuanto á la estética de los vocablos, los que vienen de fuera nada dicen á los españoles, fuera del significado convencional en el que se les emplea, mientras que los castizos llevan consigo larga historia, presentan en su leyenda el color de la época en que fueron acuñados y el carácter del ingenio patrio. La estética en el lenguaje literario no está en barajar el castellano con toda suerte de extranjerismos léxicos ó sintácticos, sino en saber sacar al alma del idioma sus propios aceros.
Y dejando ya este episodio, dice el autor que no se usan del todo _zahareño_, _añasca_, _azacán_. No es de maravillar que un americano haga tales afirmaciones, cuando los mismos españoles ignoramos multitud de voces corrientes entre la gente vulgar. Tampoco debe admirarnos de que tenga por castizas otras que no lo son, porque otro tanto sucede á muchos de por acá, que no gustan de leer libros viejos. «Así y todo, dice, creo yo que es muy castizo ese verbo _batirse_». Dijera que le entraba por el ojo derecho, ó que á pesar de haber venido de Francia parece que se ha connaturalizado en España y América, y estuviera en lo cierto; pero ni castizo, ni menos muy castizo, es un verbo que ningún americano ni español empleó antes del siglo XVIII, es decir, antes de la invasión galiparlera. _Combatirse_ de _combate_, es como se dijo siempre; eso de batirse se deja para los huevos en tortilla. Sólo que _batir_ dicen los franceses, y _batir_ hemos de decir sus acólitos; y para colmo de servilismo é ignorancia, hemos de afirmar que es _castizo_ y _muy castizo_. Al revés, tacha de galicismo _demasiada amistad_, _demasiada confianza_, y aun aprovechándose de sus vastos conocimientos éticos, añade que _demasiada virtud_ y _demasiado bueno_ «son frases disparatadas, toda vez que en la virtud y en la bondad no cabe exceso». Si con criterio tan cerrado hubiésemos de apurar las frases castellanas, quedarían calificadas sus dos terceras partes como solemnísimos disparates. El castellano es exagerador y andaluz hasta por los pelos de la cabeza, complácese en las metáforas más estupendas, en las elipsis más descomunales. No hay frases elípticas más castizas y comunes que éstas, reprobadas por el autor: _otro que tú lo habría hecho_, que dice debe ser: _cualquiera otro, menos tú, lo habría hecho_; y _si cede, no es que tema sus iras_, que asegura ha de dejarse por esta otra: _si cede, no es porque tema sus iras_. Mucha flema ha de gastar y mucha saliva el que así quiera hablar en castellano. ¿Á qué detenernos en pelillos, como en las dos aes que se deja el autor al decir «_Provoca risa el oir ciertas gentes_», en vez de: _Provoca á risa el oir á ciertas gentes_; en la «_melomanía en la dicción_», por _melodía_ ó _euritmia_, ó como se quiera decir, pues la _manía_ la dejamos para indicar el prurito vicioso y de loco, la cual no tiene lugar en el buscar el _melos_ ó sonoridad, dote muy envidiable en el escritor. Tampoco suena bien: «_Con vista de_ todo eso, creo que _en mérito de_ la sonoridad».
Tiene el autor por impropia la frase _asestar un palo, una bofetada, una puñada_, porque dice que «_asestar_ es apuntar ó dirigir el tiro de cañón, de flecha, de pistola ó de otra arma que necesite puntería»; pero además de que el uso corriente antiguo y moderno le llevan la contra, la misma etimología de _asestar_ dice que equivale á _asentar_, y sólo por metáfora se dijo por apuntar; y si no, échese á discurrir sobre la puntería que hay en el echar uno la _siesta_ y en el _sessitare_ ó _sedere_. «_Atravesar_ un puente no es propio, dado que lo que se atraviesa es el río»: el puente es lo que propiamente atraviesa el río, y sólo atravesando ó pasando el primero atravesamos el segundo sin mojarnos. «_El análisis filosófico_ es en castellano _la análisis filosófica_»; ó _el análisis_, con perdón, pues de entrambas maneras se dice, y más todavía como masculino.
No conviene ser tan apretados y cortos de manga en ciertas quisquillas, cuando se ensancha más de lo justo tratándose de galicismos y otras aves de mal agüero. La _exquisitez_, que en Valera criticó Fabié, que el mismo Valera puso entre los pecados cometidos en su larga vida, que el conde de Cheste creyó mejor arrojar al limbo, de donde había nacido, según nos dice el autor, es un vocablo muy bien formado, como los formaban á porrillo Cervantes y los demás clásicos; y si la Academia no lo aceptó, allá ella. Si ni para eso tenemos autoridad los que tenemos por hacienda nuestra nuestro idioma, quiero decir para valernos de él, con tal que no vayamos contra su manera de ser, ¿qué decir de los que le hacen hablar á la francesa? De esos vocablos de común derivación tiene derecho á inventarlos todo español, cuanto más un tan discretísimo literato como D. Juan Valera. El Diccionario de la Academia no es un código cerrado de leyes, ni los señores académicos sueñan en que lo sea, que fuera un desvariado soñar. Ninguno mejor que ellos sabe que es faltosísimo en palabras y frases, y asaz rico en gazapos, que se han trasconejado, como por fuerza ha de suceder en obra de tal índole, tan vasta y nunca acabable, en la que tantas manos han andado y personas de tan diversos criterios y pareceres. El discreto ha de saber escoger y enmendar en todas partes, sin exceptuar el Diccionario de la Academia y los escritos de los académicos, que al entrar allá no se desnudan de los galicismos y de las extravagancias que antes pudieron tener.
Hablando de la _y_ griega nos dice el autor cosas que, á oirlas de labios de otro, las rebatiera sin más; pero que en latinista tan consumado no puedo menos de acatarlas y oirlas con pasmo y admiración: «Pero el hecho es que esa letra mal llamada _y_ griega no es griega, sino la forma que prevaleció para representar la _i_ doble de genitivos latinos, como _ingeii_, que se escribía _ingeny_». Confieso mi supina ignorancia: no he visto jamás tal _ingeny_ entre los romanos, y aunque _ingenij_ es cosa conocida, pero la _y_ no creía que viniese de _ij_, sino que no eran más que dos _íes_, _ii_, y, en fin, yo suponía que los romanos habían adoptado sencillamente la _y_ griega mayúscula, de la cual procede nuestro signo _y_; pero puesto que el eruditísimo autor americano así lo asevera, sus razones tendrá.
Otras muchísimas originalísimas doctrinas pudiéramos ir viendo, todas como parto de su feliz ingenio; pero sería por demás prolijo querer examinar todo el libro. Lo apuntado creo que bastará para formar idea del nivel á que se hallan los conocimientos lingüísticos por aquellas tierras.
III
_A D. Julio Saavedra._
(Santiago de Chile).
Muy señor mío y de toda mi consideración. Mi artículo de Setiembre en _La España Moderna_ con este mismo encabezamiento le ha movido á usted á enviarme una atenta carta, un artículo del Sr. Manuel J. Ortiz para que me entere de «las ideas que al respecto flotan en nuestra atmósfera», y la revista _Le Maître phonétique y Panthesis_ con artículos de usted.
Ante todo, he preferido contestarle aquí, porque deseo que sirva para el público chileno y americano, y aun español, lo que dijere, ya que no será otra cosa más que aclarar las mismas doctrinas que he sustentado en _La España Moderna_.
Mi segundo artículo lo habrá usted leído para cuando éste salga, y si el primero le pareció algún tanto inexacto y molesto ¿qué no le habrá parecido el segundo? Y con todo, dejando aparte lo de la molestia, que su benevolencia de usted sabrá disculpar, reconociendo que no ha sido mi intención el causársela, sino que es un efecto natural el que amargue lo que va contra lo propio, por más que el médico trate de dorar la píldora, voy á satisfacerle en la mejor forma que pudiere, siempre, por supuesto, dando el primer lugar á la verdad, de la cual es usted tan amante como yo.
Contentóme en extremo ver que mi artículo hubiese interesado á un escritor de la valía de usted, que ha estudiado la lingüística moderna en París; lo cual no es poco para que mejor nos entendamos, á causa de profesar entrambos las mismas doctrinas glotológicas.
Mi intención no fué envolver á todos los americanos en la censura, como su finura le hace reconocer, añadiendo que esa censura es _justa_. Yo hice una distinción capital respecto del castellano en América, distinción que aclara todas las dudas y torcidas interpretaciones, y es la que separa enteramente el habla del pueblo, no contaminada con lo que viene de París, y el lenguaje de los escritores, su habla y la de las personas cultas, que está empapada y calada hasta los tuétanos de galicismo en todos los órdenes de cosas, en lingüística, en literatura, en doctrinas morales, sociológicas, etc., etc. Esta distinción usted mismo y todos los americanos convendrán en que hay que hacerla antes de pasar adelante. Ustedes mismos se glorían de traer á la patria la cultura y modales de París, y no trataré yo de censurarles en esto, porque en París hay cosas harto buenas y dignas de tomarse, y de París se sacan y traen á España y América muy nobles ideas, modas elegantes y bonitas, juguetes entretenidos, perfumes y cosméticos delicados, en fin, un sinnúmero de doctrinas y de artefactos, con las cuales damos nuevo lustre á lo enrutinado de nuestras opiniones, y con los cuales pulimos, acicalamos y desengrasamos nuestras herrumbrosas y mugrientas personas de lo que se nos pegó durante varios siglos, en que el lavarse, y más con jabón, era melindre de sólo los más atildados y curiosos.