Cabos sueltos: Literatura y lingüística

Part 21

Chapter 213,649 wordsPublic domain

Es un asunto este de esos que, por ajenos que parezcan al acaloramiento de las pasiones, y por fríamente que se discutan en la región serena de la ciencia y de las ideas, si no levantan ronchas, no pueden menos de hacer cosquillas. Si americano hablase á americanos, si español á solamente españoles, buscando á contentar á unos ó á otros, el carril estaba trazado. Si como español que soy pretendiese darme á conocer en el mercado americano, no había más que seguir el que otros han abierto con gran contentamiento de sus ánimas y bolsillo, y con no menos bien satisfecha vanidad de los lectores que pagan el pato. Soy demasiado Quijote y me apaño harto desmañadamente en estas cosas; en cambio mi brutal aragonesismo me arrastra, quieras que no, á cantar las verdades en sí bemol, si á mano viene, con tal de quedarme satisfecho con el desahogo de la cantata. Soy admirador y amante de los americanos. El gran movimiento lingüístico promovido entre ellos por la ocurrencia que tuvo un Andrés Bello de publicar una sugestiva gramática, y el silencio, lingüístico también, que al propio tiempo por acá en España formaba notabilísimo y lamentable contraste, me pone de parte de los de allá y me aleja de los míos. Á los escritores americanos que de una ó de otra manera conozco, no debo más que mil finezas y atenciones. Nada para mí se ha escrito de más subidos quilates acerca de nuestra lengua que el _Diccionario de construcción y régimen_, y con más hondo conocimiento de la psicología del castellano que las _Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano_, y las modestísimas y magníficas _Notas_ á la gramática de Bello. Estas obras, producto del cerebro lingüístico de primer orden y del arsenal inmenso de papeletas de la incansable y bien organizada laboriosidad de don Rufino José Cuervo, me atarían de pies y manos para no soltar la lengua sino en toda suerte de encomios para los escritores americanos, aunque la talla gigantesca del jefe no me dejara ver la cerrada falange que le sigue. Y cuenta que no son astros de pequeña magnitud Emiliano Isaza, con el mejor _Diccionario de la conjugación castellana_ que poseemos; ni Bello, con su genial _Gramática castellana_; ni Peña, con la suya; y pasando del estudio del castellano general al de americanismos, tampoco son estrellas telescópicas Esteban Pichardo, que abrió á todos el camino con el _Diccionario provincial casi razonado de voces cubanas_; ni Zorobabel Rodríguez, con su _Diccionario de chilenismos_; ni Daniel Granada (español), con su _Vocabulario rioplatense razonado_; ni Ricardo Palma, con sus _Neologismos i americanismos_ y sus _Papeletas lexicográficas_; ni Julio Calcaño, con _El castellano en Venezuela_; ni Alberto Membreño, con su _Vocabulario de los provincialismos de Honduras_; ni Antonio Batres Jáuregui, con los _Provincialismos de Guatemala_; ni Eufemio Mendoza, con sus _Apuntes para un catálogo razonado de las palabras mejicanas introducidas en el castellano_. Menos para Bolivia, Nicaragua y Paraguay, existen obras especiales que tratan de los provincialismos de cada una de las Repúblicas americanas. En España, si exceptuamos el _Diccionario aragonés_ de Borao, apenas si merece citarse hasta estos últimos años obra alguna, no sólo de provincialismos, pero tal vez ni aun de gramática castellana en general. En cambio, de toda esa inmensa labor americana, sólo se conoce aquí de veras el _Diccionario de galicismos_ de Baralt. No se conocen ni siquiera las obras trascendentales ó, como ahora dicen, mundiales, de Cuervo, Bello é Isaza; porque no es conocerlas el que el _Diccionario de construcción y régimen_ se halle en algunas bibliotecas públicas tan cerrado como el cofre del Cid, ni el que de la _Gramática_ de Bello se hayan hecho dos infames reimpresiones en Madrid, mientras serán contadísimos los maestros de escuela que hayan oído el nombre de Bello y los profesores de latín y castellano de nuestros Institutos que hayan tenido la curiosidad de consultar, y hasta de abrir, su _Gramática_.

Estoy, pues, por los americanos, y desearía dar á conocer á los españoles ese inmenso trabajo lingüístico, ese nuevo mundo intelectual, enteramente inexplorado y desconocido; pero no sé si en este artículo me quedará espacio para hacerlo. Pocos meses ha nos convocó á unos cuantos aficionados á los estudios lingüísticos la Unión Ibero-Americana, para que tratásemos de una ponencia sobre lengua castellana: habían comprendido los señores de la Junta general lo que el peruano Palma escribió hace tiempo: que «el lazo más fuerte, el único quizá que, hoy por hoy, nos une con España, es el del idioma». Todo se desbarató, como suele suceder aquí, por causas que me guardaré bien de manifestar. Pero lo que viene al caso es que se propuso una especie de Congreso lingüístico, moral, por decirlo así, sin asistencia de los congresistas, y consistente en que se invitase á los centros literarios y á las personas competentes de América á contribuir con papeletas á la formación de un _Diccionario_ de vicios y deficiencias de la lengua castellana en todos los países donde se habla, y de sus correspondientes enmiendas. Lo que allí no se dijo fué que ese sin fin de papeletas que se buscaban estaban ya no sólo recogidas, sino publicadas en otro sin fin de libros americanos, de los cuales son contados los ejemplares llegados á Madrid, y eso de las obras que hayan tocado las costas de la Península, que son la menor parte.

Nuestras publicaciones pasan el charco á duras penas, mayormente si no son novelas, y tresdoblan su precio en manos de aquellos libreros, y aun en las de éstos, hasta el punto de que ciertos libros, aquí baratísimos, solamente los muy acomodados se los pueden procurar. Pero las publicaciones de allá, ni á peso de oro se hallan en nuestras librerías. Si tienen ó no la culpa los libreros, ó los estafadores de correos, ó lo que fuere, otros lo sabrán, que no yo. Ello es que la vía más directa y económica es la de Alemania ó Francia, camino que, por corto que sea, no deja de ser tan largo como extraño y peregrino.

Pero yo me sospecho que si de América no se traen más libros, es sencillamente porque á los españoles no nos da el naipe ni nos pirramos por la literatura americana. Y aquí entra el cuento. Apreciabilísimas son las obras que por allí se han escrito acerca del castellano, y no menos de estimar algunas obras literarias. Pero, digámoslo brutal y secamente, es tan floja por término general la literatura americana, tan ligera y tan híbrida en el fondo y en la forma, en el pensamiento y en el lenguaje, es un reflejo tan pálido de otras literaturas que tenemos ahí en pasando los Pirineos, y se presenta con tan desgarbado desaliño de lenguaje y estilo, con tan extraña vestimenta de percalinas, cuya hilaza, de manufactura francesa, choca con el clima de los trópicos, de las selvas, de las pampas, que no hay paladar español capaz de arrostrar diez estrofas ó tres capítulos de tan desaborido manjar. Ésta es una verdad como un templo: está en la conciencia de todo literato español. Y el menosprecio por esa literatura descolorida y extranjeriza, que suena á castellana y americana y no tiene el alma americana ni el timbre castellano, ha envuelto en la condena general toda producción de allende los mares, desde los más genuinos partos de las musas andinas, que (¿quién lo duda?) bailotean por aquellos oteros que es una delicia, hasta los trabajos lingüísticos, que deberían ser de otra manera apreciados.

La cuestión es compleja, el ovillo bastante enmarañado. Yo voy á prescindir del elemento estético, ciñéndome al lingüístico; aunque á decir verdad, si por el hilo se ha de sacar el ovillo, los cabos del hilo estético y del hilo lingüístico hay que buscarlos en París de Francia: allí está la devanadera, allí se devanó la madeja, se hizo el ovillo, se armó el telar, se cruzaron los lizos, y de allí se embarcó la hilaza para ultramar.

Al hilo, pues, lingüístico, y á París por él. Pero ante todo aclaremos ideas sin salir de casa.

Hay aquí quien, juzgando solamente por los escritos que han caído en sus manos, se ha formado una idea muy errada de lo que es el habla americana, y está muy persuadido de que en América el castellano se halla en un estado de corrupción que no tiene remedio, está desahuciado. Y ese _quien_ son la mayor parte de los españoles que no han salido de su casa. Contra tan general opinión conviene hacer ver que no es así, poniendo las cosas en su punto. Yo distingo en América dos lenguas de tendencias muy diversas, que se encuentran en pugna. No es fácil adivinar cuál saldrá vencedora. Estas dos lenguas son el habla del pueblo no ilustrado y el habla de los escritores y de la gente culta que los imita. El habla del pueblo americano no sólo no está en decadencia, sino que se conserva más sana y fresca que el habla de la Península. Regiones hay, como Chile, donde el carácter fonético del habla indígena y otras circunstancias han hecho evolucionar al castellano en una dirección abiertamente separatista: una nueva lengua se está formando; ni hay diques que la contengan ni lágrimas y quejas que valgan, ni siquiera que sean justificadas. En otras, como en la Plata, es una verdadera Babilonia, donde se han amontonado toda suerte de pueblos y labios. Las lenguas andan como las sociedades y la historia. Forjarse un idioma en la fantasía como algo que va perfeccionándose, pero que al llegar á la cumbre de una imaginada perfección se estanca ó debe pretenderse que se estanque, ó que, por el contrario, al emprender la carrera por la opuesta pendiente degenera, se corrompe y fenece, es un puro fantasear de los antiguos gramáticos, que contradice á la naturaleza del lenguaje. No nace hoy una lengua, mañana florece y al día siguiente se deshoja y marchita. El habla es una misma en todo el curso de la historia, pero que siempre evoluciona y por lo mismo es siempre distinta. Ni tiene momentos de subida ó de bajada, de perfección ó enfermedad; siempre es un organismo completo, acomodado á la sociedad que lo elaboró, y el más perfecto y acabado para aquel momento histórico de aquella sociedad. Tan acabada es el habla castellana del siglo XII para los españoles del siglo XII, como el habla americana del siglo XX para los americanos del siglo XX. Tan mal entallada le vendría al Cid el habla de Porfirio Díaz, como á Porfirio Díaz el habla del Cid. Las ideas son otras, los sentimientos son otros, y otro es el lenguaje. Dejemos ya estas alturas, y bajando á lo llano, vuelvo al lenguaje de algunas regiones americanas. Estábamos en Chile, y repito que allí ha tomado el castellano otro derrotero. ¿Lo habrá tomado igualmente en las demás regiones americanas? Si es así, ¿estará escrito en la historia del porvenir que divergirán cada vez más aquellas hablas y se apartarán para siempre del castellano? Parecer mío particular es que sí, rotundamente que sí. La naturaleza del lenguaje lo lleva consigo. No hay profecía más cierta para un lingüista, ó la lingüística es una filfa. Para los que se les hace duro queda un consuelo. La evolución lingüística es muy lenta: tenemos para siglos. Y si se añade el freno de la literatura, cada vez más influyente en las hablas vulgares, podemos tranquilamente aguardar y podrán aguardar nuestros nietos hasta que puedan decirse lenguas distintas del castellano las americanas.

El daño está en que la literatura americana, si sigue por el camino emprendido, en vez de contener la evolución la despeñará, y por derroteros más desviados todavía que los seguidos por el curso natural del habla vulgar. Ésta en América, hablando en general, se guarda más tradicional y conservadora que en España en muchos puntos. Podría citar centenares de vocablos y construcciones, que los españoles hemos desechado, y que los americanos conservan desde la época de la conquista. Algunos de los autores de americanismos la emprenden contra estos hermosos restos de nuestros mayores, teniéndolos por corruptelas del vulgo ó groserías de la gente rústica. Con esto no hacen más que contribuir á la emancipación del habla americana, dando bien á entender el criterio que les guía, que no es otro que el de la segunda lengua que he dicho hallo en América: la lengua literaria y del habla entre las gentes de cuenta, en cuanto en ella se infiltra del elemento literario. De esta lengua es de la que he dicho que teníamos que ir á París á buscar el hilo y toda su manufactura. Voy á copiar un ejemplar del género, porque no hay manera de formarse idea cabal de lo que él es, pues sobrepuja á cuanto pueda inventar el más destartalado ingenio, aunque sea el de Don Quijote. El párrafo trata precisamente del punto que ventilamos: es un bocado exquisito, ó digamos retal, que á los lectores dejo decidir si se tejió en cerebro americano de raza española ó en cerebro americano que piensa y teje en París, ó en cerebro que de todo eso tiene, como es lo más cierto. Estamos, pues, en París, y dice así:

_Antes de solucionar una cuestión, precisa llevarla á la barra_ (llegamos al puerto). _De momento, el juicio crítico, que se ha hecho hoy un prestigio remarcable, debe dictaminar las prescripciones donde tenga lugar una contestación de idioma._ ¿Entiendes, lector? Pues yo tampoco: y eso que todos los vocablos son latinos; sólo que con el latín se pueden hacer muchas cosas: puede hacerse francés, castellano, y mezcla, como la presente, que el diablo que la digiera. Y sigue: _No tenemos de menester más razones. Y el juicio crítico no es más que el uso que nos fundamentalizamos_ (hay que tomar el exprés para cogerle el rabo á ese vocablillo) _para plantear el monopolio de palabras nuevas. El que no las adopcione merece que le espuyan el nombre como hostil á las grandes conquistas modernas, y tras espuirle débese fustigarle el dorso del honor como imbécil que se sale del rango debido. ¿Qué nos interesa el que los sexcentistas expresionasen sus sentimientos con palabras y ambages que ya persona no entiende? ¿Por cuáles imprentamos nosotros sino por los de hoy? ¿Y cómo nos haremos entender de ellos si los propinamos una dosis repelente?_ (Con esas propinas repelentes te entenderán, ¡vaya, hombre imprentador!..., hasta los cocheros). _No resultará; y no sólo arruinaremos el éxito_ (parece un fabricante francés), _si que también privaremos de las ovaciones debidas al genio inventor_ (aquí al fabricante le nacen alas y vuela, es un genio). _¿Quién sería en estado de obligacionarnos?_ (¡señores viajeros, al tren!) _á llevar aparejo,_ (¡demonio!) _para comulgar_ (¡tres veces demonio!), _á catar heridas al enfermo, á cutir con el enemigo, ó topar con el amigo, á recordar del sueño, á tener responsión de los criados_ (¿quién diablos, ó aparejos de diablos, le dice que hable así?) _y á otras mil banalidades de los sexcentistas_ (Cervantes á la cabeza) _que pudibundizarían_ (¡ay Cervantes de mi alma! ¡ay rucio de mis entretelas! échale el aparejo que se cubra á ese buen señor que se pu-di-bun-di-za) _al hombre menos dotado del espíritu de combatividad? De todos modos, no me hace menester desilusionar á los sabios; ellos no revocan en duda_ (¡qué han de revocar, si ese testuz aun para pared no es buena!) _que esas minquionerías, que son el ridículo al colmo_ (_al_ con acento de tres varas), _no pueden hacer la ley en un siglo de luz. Abajo, pues, las antiguallas, que no llenan más condiciones valiosas_ (aquí debía de estar llenando la valija y haciendo la maleta para echar á andar). _Al que me hiciese homenaje de semejante retroceso, yo, después de ringraciarle_ (¿no decía yo? aquí de la propina á la criada) _con correctas maneras, le diría que tratar de imponerse al siglo es erigirse en juez sin serlo y portarse como inconveniente_ (él no se erige en juez, es muy conveniente). _Pocas contestaciones_ (habla á la criada, que sin duda no era respondona) _tendría yo con el que pretendiese que yo defeccionase de mis ideales literarios_ (con su pan se los coma). _Porque es incontestablemente cierto_ (¡algo menos, hombre!) _que las frases antes sublineadas ya muchos y valiosos sexcentistas las miraban como de insignificancia absoluta y no insumían tiempo en perseguir el placer de usarlas_ (menos Sancho Panza, que era así... tan dócil). _¿Por qué nos han de estorquear_ (nadie le aprieta las tuercas, no hay que apurarse) _á nosotros el sacrificio de nuestra respetabilidad_ (aquí sin querer imitó á Teresa Panza, cuando trata á la duquesa de _vuestra pomposidad_; pero no es hurto mayor; adelante) _con tan estudiada manera? Lo que es por nosotros, no caemos en su sentir; queremos independizarnos en absoluto_ (hágase, pues, de una vez turco). _Trabajemos en grande escala_ (aquí se mete á farolero) _por dispensar favoritismo á la propaganda del nuevo estilo, y no choquemos las pretensiones modernas_ (no hay miedo que tropiece; sube usted por esa escala que es un primor). _Como sepamos mantenernos en una conducta perfectamente correcta_ (aquí ya es moralista de confesonario) _respecto de un estilo racional_ (nada de estilos asnales), _no habemos de menester implantar unas leyes absurdas sobre la dicción. Si estas líneas están concebidas en un tono autoritativo y rotundo_ (en do de pecho muy redondo, quiere decir; nada de becuadros), _es debido á las circunstancias que atraviesa la prensa actual. Nuestra misión, que no puede pasar desapercibida, sería improducente atacarla por el lado más sensible, que es el de la libertad moderna. Del resto_ (de los relieves que caen de esa mesa de _la libertad_, de la cual no quiere perder migaja; aunque la de disparatar la tiene todo el que quiera parlar por parlar), _sería darse los aires_ (con abanico japonés) _de redentor_ (¡recóncholis!) _y hablar en el aire_ (como un acróbata) _el querer con tan pretencioso designio avanzar un sistema preconcebido, que se haría responsable á los resultados de hacer atmósfera_ (aquí nos mete en una fábrica de gas) _que de ahí se inseguirían bajo estas bases_ (bajo bases y losas nada se insigue, no puede uno menear un dedo, está uno aconchado como una tortuga). _Breve: la síntesis del lenguaje está reasumida en el uso. Bajo este punto de vista, el adoptamiento de los clásicos faltará siempre de idiosincrasia_ (idiota sin grasa, que diría Sancho). _No nos ocupemos de ellos, toda vez que su caracterización no se compagina con nuestros sentimientos y lesiona_ (esto es ya grave) _los más sagrados_ (¡tate!) _intereses_ (¡ah! vamos, era cosa de cuartos!) _de la actual sociedad; por esto no puede tener suceso todo autorizado que se le suponga_.

_Nuestra actitud reluctante no sabría ser bastante enérgica para hacer aparecer más profunda la solución de continuidad entre ellos y nosotros. El que se coaliga con otros para implantar reformas literarias, se inmiscuye donde no le piden, y como á tal se expone á que le mixtifiquen_ (hacerle mixtos ó fósforos) _si no va á retiro buscándose otra misión_ (entre infieles como misionero, ó al retiro como paseante en corte). _Sólo resta de practicar lo corriente en el estilo, y en lo respectante á la locución picar á la puerta del uso_ (bien se conoce que no se la abren, pues ni una de sus locuciones las entienden allá adentro los americanos que hablan puro español, y aun yo le entiendo á medias con saber francés) _en demanda de proteccionalidad_ (que bien la ha _de_ menester), _pues las ilustraciones_ (no ibero-americanas) _de la prensa y las notabilidades de la ciencia se enrolaron hace tiempo_ (usted sí que está hecho un buen rollo de mantequilla de Soria) _al sistema de hablar que personalizamos_ (y tan personalizado, que es exclusivísimo de su fábrica de usted). _Después de todo, jugar el papel de reformista_ (que lo juega usted á las mil maravillas) _es no prevenirse contra el peligro de perder todo el prestigio_ (porque ya lo tiene perdido). _Estar á la altura del presente_ (haciendo pinitos sobre la veleta de la pedantería) _y lanzar en olvido el pasado, es el espíritu de conducta_ (de vino será mejor para acabar de disparatar) _que se debe perseguir_ (como al ratón el gato), _si debemos resumir en síntesis concreta lo exposicionado_ (buena medalla le habrán dado en tal exposición). _Inspirémonos en el uso_ (de fulano, que se llama yo); _fijarse bien en ello_ (no equivocar la persona, aunque no es fácil), _bajo el respecto del lenguaje español_ (¡eso no! español, ni por asomo), _que hoy debe de ser el portabandera de nuestra cultura contra los faramalleros de fantasía_ (como un servidor de ustedes).

«En idioma genízaro y mestizo, Diciendo á cada voz: yo te bautizo Con el agua del Tajo, Por más que hayas nacido junto al Sena, Y rabie Garcilaso, en hora buena. Que si él hablaba lengua castellana, Yo hablo la lengua que me da la gana».

¡Ay, Iriarte de mis pecados, que no sabías de la misa la media cuando esto escribiste! Ahora, ahora es cuando hay que rechupetearse los dedos, que los dan con azúcar y canela. El nuevo _espíritu de conducta_ no cabe en odres viejos, es demasiado volátil. La agudeza de un Quevedo es chata junto á los conceptos de _las grandes conquistas modernas_, que hay que _expresionar_ é _imprentar_ en _condiciones_ más _valiosas_ y _fundamentalizadas_, para que no _pudibundicen al hombre menos dotado de combatividad_.

Esta jerga literaria, en vez de arrancar de la tradición, de la literatura clásica castellana, es un mal injerto de castellano en francés; es querer pensar y hablar á la francesa con palabras castellanas, de origen castellano por lo menos. Y esta hibridez, vive Dios que nada tiene de loable. Esa es la gangrena del lenguaje empleado por los autores americanos. Por ella no gustan en España sus escritos, ni pueden gustar á nadie. En vano la quieren colorear con el pomposo calificativo de progreso, de evolución del lenguaje, y riñen á brazo partido descomunales batallas contra la literatura clásica, contra la literatura española que en la clásica arraiga, y contra los centros conservadores, como la Academia Española. Pero eso ni es progreso, ni verdadera evolución del habla. La avenida del culteranismo, que inundó el castellano literario de palabras latinas, era de ese jaez, no hizo más que emporcar las claras aguas del castellano, que se deslizaban por su curso natural. El aguaducho galiparlista desde el siglo XVIII no lo ha llenado de menores inmundicias. Nada de evolución natural ni de progresivo desarrollo del lenguaje hay en todo eso, y menos le hay en el afrancesamiento del modo de pensar y de escribir de los americanos. ¿Por qué extrañan que el Diccionario no dé pasaporte á tan sucia mercancía? Vengan con vocablos del habla vulgar de las diversas regiones americanas, con términos de plantas y animales que la necesidad hizo tomar de las lenguas indígenas. Todo eso es castellano de América, y deberá aceptarlo el Diccionario, como los vocablos exclusivos de Castilla, Aragón y Andalucía. Pero no se confundan las cosas. Esa habla reciente de los escritores americanos no es castellana; acudan con ella á su Academia correspondiente. Ni es del habla genuina del pueblo americano; son, repito, dos lenguajes tan distintos como antagónicos en sus tendencias.