Cabos sueltos: Literatura y lingüística
Part 17
En este caso no hay metáfora, la oreja queda alargada un palmo con la mano, el sonido hace mella física en el oído como en blanda cera el punzón, ó en la placa ó rodillo fonográfico la misma voz. Casi estoy por decir que no existe la metáfora en el pensamiento ni en el habla, y que no nos valemos de conceptos y expresiones impropias, sino que todo es real y físicamente como lo pensamos y lo decimos. Por lo menos tal debemos sentir los que creemos que todo en el mundo es materia que obra por contacto físico, ó espíritu que se sirve, al pensar y al hablar, de la materia como de instrumento indispensable.
No hay pensamiento sin entrechoque y trasformación química de la materia gris, y menos hay habla sin entrechoque y trasformación física, y aun química, de toda suerte de materias, desde el pulmón hasta la boca y el aire del ambiente, desde el oído que escucha hasta el cerebro que trasforma el movimiento sonoro en ideas.
_Meter la pluma en lo religioso_ dijo por _escribir de cosas religiosas_ Fr. Jerónimo en el _Genio de la Historia_ (l. 2). Claro es que no se trata de meter una pluma de ganso en el pecho de los religiosos, como hacen ciertos anticlericales que no saben manejar más que la de otros mil que han repetido las mismas gansadas. Pero el bueno del fraile metía su pluma de ave en el tintero y la clavaba en el papel, la metía al escribir, y el tintero, el papel y lo escrito eran cosas religiosas, por simpleza que parezca decirlo, no sólo porque eran cosas del fraile, sino porque lo que escribía era asunto religioso. Y eso de asunto religioso no es cosa puramente moral y metafísica, es físicamente trasformación de masa gris en el cerebro, de sangre en la mano que lleva y mueve la pluma, y de otras muchas cosas.
Ni deja por eso de haber metáfora ó traslación mental de idea á idea. La mente no se cuida de que en la realidad sea un hecho físico; ella relaciona dos ideas y salta de la una á la otra, considera _lo religioso_ como el tintero, y aplica el _meter la pluma_ á lo primero como ve que sucede en lo segundo. De hecho en el cerebro cada una de esas ideas es una molécula ó montón de moléculas grises, que al relacionarse las ideas se entrechocan, se saludan dándose una cabezada y quién sabe si se mezclan engendrando otra molécula representante de la nueva idea relativa. Lo físico no impide á lo metafísico, antes éste siempre va acompañado de aquél. _Pluma_, _meter_, _lo religioso_ se toman desde otro punto de vista, y estos cuadros así mirados resultan otros, con cariz distinto, resultan una pluma, un meter y un religioso metafóricos, que se han trasladado, que han pasado á ser otra cosa sin dejar de referirse á lo que antes eran. Metáfora es un referirse de lo nuevamente engendrado á lo que lo engendró, de una idea hija á una idea madre. La mente es gran engendradora de relaciones, pues á relaciones se reduce el pensar. Así el pensar es un relacionar, un metaforear; el pensamiento una relación, una metáfora. ¿Cómo podía ser otra cosa el habla sino una sarta de metáforas, como lo es el razonamiento? Si la metáfora es una mentira, lo es también el pensar. El hombre por ser pensador es el gran mentiroso. Otra vez el _omnis homo mendax_.
¿No existe, pues, la verdad? Allá dentro de los seres, en el númeno, habrá su verdad ontológica; en el fenómeno percibido y en las relaciones entre esos fenómenos, ó en el pensar, llamamos verdad el pensar todos más ó menos de una manera, aunque ese más ó menos sea muy elástico: de hecho ya se ve que es una mentira. Y no se me tache de idealista ni de tradicionalista. _Tristes visiones mira_, dice Quevedo en la _Musa_ 7. ¿Por qué tristes? Porque á fulano le entristecen. Y ¿por qué no le entristecen á mengano? Porque los dos llevan al mirarlas distintos anteojos. Las visiones no son, pues, tristes, sino la percepción de ellas en el estado anímico de fulano: subjetivismo puro. Dijera mejor _mira visiones y se entristece con ellas_. El acto de mirar y el de entristecerse son las únicas verdades, y esas en fulano; que en mengano no hay de qué, ni menos en mí que las escribo y en los lectores que las leen, que nos quedamos tan frescos. ¿Qué es eso de la verdad en este caso concreto? Un modo de mirar las cosas; luego, una relación. Y el relacionar algo es, es una verdad ontológica, como las demás del númeno.
De hecho eso objetivo, la relación como algo objetivo, fuera de la operación psico-física, es menos que aire, es nada, es la visión y el sujeto que la mira, dos númenos: la relación sólo tiene la entidad lógica que le damos en nuestra mente objetivándola como si fuese algo físico proyectado en un telón de conferencias, es decir, en el telón fónico de las palabras, donde lo enseña el conferenciante que habla á los espectadores que le escuchan. ¿Qué es, pues, la verdad? Una cosa que no sabemos, pues á poco que queramos cogerla se nos desliza como anguila de entre las manos. Mientras no lleguemos al plano augoeide de los teósofos y permanezcamos columpiándonos bonitamente, es decir, haciendo la plancha en el plano austral, no haremos más que un papel ridículo. Los que se meten á filosofar pierden el equilibrio y se quiebran la cabeza, dando que reir á los que nos contentamos con tomar el aire dejándonos mecer acá y allá. Ese filosofar díjose _ventilar una cuestión_ que no admite polilla ni paja. La verdad dijo el poeta que voló hacia las estrellas. Dejémosla, pues, estar, que es tan intangible é invisible como Dios, porque no es más que Él. Todo lo demás es mentira, mal que les pese á los panteístas. _Omnis homo mendax_ por tercera vez.
Ya irá viendo el lector que no jugueteaba yo con la ironía en mi precedente artículo, al tener por necedades las expresiones de los clásicos.
Todos mentimos de lo lindo, aunque ellos hicieron raya y nos ganaron en este entretenimiento de muchachos. Porque muchachos somos de la cuna á la sepultura, y sólo deja de serlo un momento el que un momento tiene un destello de la luz de la verdad para ver que realmente lo es.
_Derramar y disipar las santas reliquias_ dice Pedro de Rivadeneira (_V. de San Ign._, 1. 2, c. 18). No hay ramas ni disipación que valgan, fuera de la mollera que encerraba en lucia calva el bueno del Padre. ¿Qué ramas, vamos á ver, se figuró el bendito autor, formadas por las santas reliquias? Si hubiera pensado en ramas, le hubiera parecido tan fuera de propósito que si á mano viene hubiera acudido á otro verbo. ¿No pensó en ramas? No, es lo más probable. Pues entonces dijo lo que no quería, pues _derramar_, para mí al menos, su lector, cosa de ramas es; y decir lo que uno no quería es necedad de á libra y media. Además á mí me engañó, y fué, por lo mismo, un mentiroso. Mentiroso y necio es todo aquel que echa mano de los vocablos y se porta tan gentilmente como el P. Pedro. Lo malo es que ese lo somos todos al hablar, pues tomamos y damos las palabras como moneda corriente, sin mirarle la leyenda y menos pesar su plata y cobre, y menos fundirla para examinarla y cerciorarnos de que es buena y verdadera y tiene los quilates debidos conforme á la ley de aleación. ¡Aviados estábamos, si otra cosa hiciéramos! ¿No hacemos otro tanto con todas las demás cosas? ¿Apuramos en el laboratorio cuanto llevamos á la boca? ¿Deshacemos el billete de banco para asegurarnos de si es paja de las eras ó pedazo de la camisa del Preste Juan de las Indias lo que se metió en la tina de donde salió papel para billetes de banco? ¿Hacemos un estudio, acompañados de dos ó tres ingenieros de quienes podamos fiarnos, del piso de la calle por donde vamos á pasar? ¿Sabemos si esos ingenieros, hoy fieles, no fueron ayer unos tunos de siete suelas, y que pudiera haberles quedado algo de sus antiguas malas mañas y pudieran engañarnos en el examen de la susodicha calle? Eso no sería vivir. Convengamos, pues, en que vivir es ser mentiroso y andar todo el día entre mentiras: la vida y el hombre que la vive son mentira sobre mentira; la verdad no habita por acá. Por cuarta vez _omnis homo mendax_.
Cualquiera diría que esto es sermón de cuaresma, y no es más que pura filosofía, forrada de lingüística poética, es decir, mentira forrada de mentira. Pero, pues de ella no podemos prescindir, dispense el lector que le haya también yo engañado con este artículo, que es una mentira más, con tal de que conceda y vea que el lenguaje, el de nuestros clásicos á la cabeza, es una hermosa, filosófica y poética mentira y un vistosísimo tejido de solemnísimos disparates. Y si no lo cree así, comprueba con su incredulidad que, pues ó él ó yo nos engañamos y disparatamos, el mundo está lleno, á lo menos mediado, de engañadores y engañados, de disparates ó extravagancias. _Omnis homo mendax_, ó como cantó Hesíodo: _idmen pseudea polla legein etymoisin homoia_.
[Ilustración]
CRITERIO DEL CASTICISMO
I
Paréceme que esto de lo castizo en el habla es tan claro y tan llano, que por serlo tanto no lo han echado muchos de ver: acaece todos los días que por tender la mirada allá á lo lejos, cuando algo se busca con afán, se nos pasa por alto, teniéndolo menos de dos palmos de las narices. Los que se las echan de muy modernos, con serlo tanto como ellos cuantos hoy pisamos la faz de la tierra y haberlo sido para su hoy los que la pisaron en todo tiempo, torciendo el gesto á todo lo que huele á retórica añeja, oyen con pesadumbre hasta esta misma palabra de castizo, y estoy seguro que algún lector habrá doblado la hoja al leerla como epígrafe de estas líneas. No es, sin embargo, tan necio el león como le pintan, ni por más que á mí me vendan por lingüista y por amigo de lo castizo, estoy muy lejos en la manera de pensar de los que así se amohinan con sólo quererles hacer que miren un momento atrás. Todos nos reimos de las retoricadas de antaño; pero lo del casticismo, precisamente como yo lo entiendo, es cosa tan modernista, y si se quiere es cuestión tan étnica y social, que por eso no la alcanzaron los antiguos. Los estudios sociales y psicológicos de los pueblos han sacado al hombre de entre las instituciones rutinarias y convencionales, y lo han colocado al aire libre, en el campo, rodeado de la bullente naturaleza. Fuera dogmatismos cerrados, escuelas acartonadas, metafísicas empedernidas, fórmulas leguleyas. Y fuera trataditos de retórica, añado yo, Nebrijas y Calepinos. Hasta las ciencias más hondas del espíritu se han convertido en ciencias naturales; el soplo de la naturaleza, que es el de la verdad, ha henchido los pulmones de los sabios.
La cuestión del casticismo no es una cartapuebla sobada y mugrienta; es un capullo por abrir, tan entera está y tan fresca. Lo nacional en el traje son las prendas que visten todos los de una nación y sólo los de aquella nación, digamos, entre españoles hasta la llegada del prosaico pantalón parisién, la capa, el zorongo, la faja, el calzón corto, y, según los gabachos, la navaja en la liga. Pues lo nacional en el habla, eso es lo castizo. Cuestión por consiguiente, de etnografía. Y si el hábito no hace al monje, es porque el monje es el que hace el hábito: la vestimenta no es la psiquis de un pueblo; pero son los rasgos exteriores de su fisonomía. Tampoco el idioma es el alma del pueblo que lo habla; pero es el ropaje sonoro con que se manifiesta afuera. Idioma pobre arguye poca capacidad; mucho préstamo de términos, pobretería y servilismo; falta de color y nervio, flema y sangre de chufas. En ciertas latitudes nevadas y nubosas no se concibe un pincel tan rusiente como el del Greco, el de Velázquez, el de Goya; ni una pluma tan aguzada como la del autor de la «Celestina», del «Quijote», de la «Farsalia»; ni un despeñadero de tan honda y asentada idea ética como la de un Séneca, la de un Quevedo, de una Santa Teresa, un San Juan de la Cruz.
Á todas estas manifestaciones puntiagudas y chillonas del arte ha de responder un idioma en nuestro pueblo de tan finos aceros, de tan honda osamenta, de tan recios nervios. Los vinos de Aragón ni agua admiten, no ya el sabroso agridulce de los vinos franceses: son en demasía broncos y cerriles, la misma azúcar por lo abundante cierra el paso á la fermentación alcohólica y quedan siempre montosos. Aguapiés y agua de cerrajas son ciertos idiomas de por ahí arriba ante el pizmiento castellano. Esa sangre negruzca y ardiente, que corre por sus venas, es su característica; eso, que lo distingue de las demás lenguas, es lo que llamamos castizo. En todo género de cosas apreciamos más lo que lleva más saliente su correspondiente nota propia. La personalidad en el estilo es el estilo de la persona del escritor; los que no lo tienen nos dan una gota de licor desleída en una tinaja de agua, agua de fulano tan parecida al agua de mengano como el agua al agua. ¿Por qué merece esotro el premio? Por haber llevado la nota de sobresaliente, saliéndose de la docena. Cuanto más saliente la nota característica de un idioma es más idioma, y si ninguna trae deja de ser idioma. «Yo no me cuido de casticismo»: salida tan sandia como la del pintor que nos viniera con que él no entiende ni quiere entender de colores. Es pintor que quiere pintura, pero que lo mismo zambulle su brocha en el cieno de la calle que en su paleta: no le importa ésta un bledo. Yo no trato más que de expresar lo mejor que puedo mi pensamiento, dice un escritor enemigo de casticismos. Pues el casticismo no trata de enseñaros más que eso, los matices y combinaciones de los colores.
Enhorabuena que por instinto acertéis en cada caso con el más á propósito; pero ¿no ahorraríais tiempo, trabajo é incertidumbre estudiándolos bien de antemano, formándoos un criterio cierto de lo que es castizo y propio? Los españoles hemos siempre pecado en este punto. Esta falta de disciplina y reflexión se llama filosófica y vulgarmente «pereza».
Hoy saldrá del taller una obra maestra; mañana una mamarrachada. ¿Cómo se llaman esos artistas tan geniales como poco precavidos? Lope y Zorrilla, Goya y todo escritor de pura raza española.
Pero volvamos al propósito. Escojamos de la balumba del Diccionario los vocablos y modos de decir usados en toda España, y que sólo se usan en España: ese es el caudal castizo del castellano. Hacer esa elección no es tan hacedero. Los retóricos y gramáticos que se enojaban al notar un galicismo, jamás se pusieron á hacerla. El casticismo para muchos no es más que eso, el criterio es hoy en día el mismo que entre los antiguos gramáticos y retóricos: razón tienen los modernistas que menosprecian tales niñerías. Evitar en un escrito todos los pecadillos contenidos en los mandamientos de Baralt, es como cepillarse la ropa para quitar de encima las motitas que le han caído estando en la percha; pero la ropa puede ser de uno ú otro paño, y de hechura tan bien entallada y elegante como descuidada y de estrafalario corte. Dejáos de motas, que de lo que se os burlarán será de lo otro.
Descartados los galicismos y neologismos burdos innecesarios, aún quedan las tres cuartas partes del Diccionario, que no es más que borra y tan castizo castellano como el que habló el Preste Juan de las Indias. Esto sí que no lo alcanzaron creo que jamás los gramáticos ni los escritores españoles, por puro llano y claro, salvo escasísimas excepciones.
Castizo para muchos es sinónimo de antiguo: por manera que, conforme á esto, más castizo es Berceo que Cervantes; y, sin embargo, Berceo es de los escritores menos castizos que conozco. Escribió en un lenguaje medio castellano y medio latino, tomó la mayor parte de su caudal léxico, no de labios españoles, sino de los libros de clérigos y escribas. Blasfemia parecerá á los que no distinguen por sus cabales el elemento castellano, que sin duda era el que usaba el pueblo riojano, entre quienes escribía, del elemento artificial que las gentes de letras se habían malamente confeccionado para cuando tomaban la pluma. Y véase aquí lo que hace el criterio acerca del casticismo. Aquellos escritores medioevales tenían por cosa muy asentada que lo que hablaba el pueblo era un latín corrompido, y que, por consiguiente, no debía escribirse sino en un latín algo mejor. Lo malo es que ni sabían cuál era el buen latín, y así se habían ido fabricando uno, que no fuera tan difícil de aprender por parecerse al habla vulgar, y que, sin embargo, no fuera tan corrompido como ésta, no tan cerrado como el latín ni tan mocoso como el romance de los patanes. Á eso llamaban román paladino, que, por más que dijeran, era el que empleaba cada cual para fablar con su vecino, no había tal, ni por pienso. Abro el diccionario de Berceo á ojo: _plenero_, _pleno_, _pleytesía_, _plogo_, _plorar_, _ploroso_, _pluvia_, _pluia_. Nada de eso es castellano, y es imposible que el pueblo, cuando cada cual hablaba con su vecino, dijese _pleno_ y _lleno_ indistintamente, _plorar_ y _llorar_, _pluvia_ y _lluvia_. _Lleno_, _llorar_ y _lluvia_ es como los riojanos decían entonces, dicen ahora y habían dicho no pocos siglos antes. Esos terminajos _pleno_, _plorar_, _pluvia_, son del mal latín que hallaban en los escritos y que les parecían más bonitos que _lleno_, _llorar_ y _lluvia_. Tal es el criterio medioeval acerca del casticismo. Lo _ploroso_ es que criterio tan monacal é infantil prevaleciera en la misma época del Renacimiento y prevalezca todavía hoy entre los que no calan una cosa tan recóndita como es que lo castizo de un idioma es lo propio del idioma, y lo poco castizo es lo ajeno al idioma, aunque ese ajeno sea mal latín ó buen latín. Lo propio del rabadán es su pellica y cayado, y sería muy de ver qué tal le caía y ajustaba andando con sus cabras el uniforme de capitán general, aunque todos, incluso el mismo rabadán, sabemos que el tal uniforme es más lucido y rico que la sebosa pellica. Por supuesto, que no doy por averiguado el que la lengua latina sea lengua con entorchados y la castellana lengua velluda y cazcarrienta.
Nada de lego tenía el autor de la maravillosa _Comedia de Calixto y Malibea_, y por lo mismo, en la primera página comienza su erudito protagonista á emplear voces como _natura_, _perfeta_, _inmérito_, _incomparablemente_, _sacrificio_, _complir_, _sanctos_, etcétera, etc., que tienen tanto de castellano como yo de chino. Verdad es que ni Celestina ni Parmeno ni la demás gente non sancta que anda por allá, habla así: porque son, á pesar de todo, españoles, con cuatro dedos de enjundia de casticismo rancioso; que, á haber hablado tan á lo señor como sus amos, no lo fueran, ni la Comedia valiera lo que vale.
Si castizo no es lo opuesto á neologismos innecesarios y no es lo viejo y rancio, ¿qué podrá ser?
Pues, repito que lo propio, lo _idiomático_ del _idioma_, y cuanto más exclusivo sea, será más castizo. Un verbo derivado del latín podrá hallarse en francés, en italiano y en castellano, y aun con el mismo valor. Si lo usan todos los españoles, castizo será; pero lo será más otro que, empleándolo italianos y franceses, tenga en España un matiz diferente, porque esa diferencia es el sello nacional, que lo ha diferenciado; y todavía será más castizo otro que ni con diferente ni con el mismo significado se halle en Francia ni Italia, porque en este caso todo él se fraguó en España, lleva el sello español, no ya en la superficie, en una distinción del significado, en el cuño, sino en toda su hechura y en los materiales y ley de la aleación.
De estos tres casos, en el segundo, lo castizo, ó digamos lo propio y exclusivo de España, no puede venir de muy atrás: es agua derivada de la misma fuente latina, que toma cualidades propias en cada terreno, en Francia, Italia, España. En el primero, cuando ni aun ese sabor del terruño lleva consigo, sino que en todas partes es el mismo vocablo y con idéntico sentido, bien podemos pensar que se trajo ayer mismo del latín por los eruditos. En el tercero, ramas, tronco y raíz, corteza y médula, saben á español. ¿De dónde se deriva el árbol? Para los que conocen mis teorías, nada más obvio: es vocablo ibérico, nacional de la primitiva época.
Todas estas simplezas lo son tanto, que repito que no las han visto nuestros autores. Hoy hace el gasto el verbo _saciar_ para expresar lo que todos sabemos. En los siglos XVI y XVII estaba en muy poco aprecio, mayormente aplicado á cosas intelectuales, y es que se ha traído del diccionario latino; si fuera común en España desde los romanos, hubiera sonado _sazar_. Nuestros clásicos preferían _hartar_, _ahitar_, _llenar_, _satisfacer_. De éstos, _satisfacer_ gustaba por lo nuevo á los escritores, pero no usándolo el pueblo, es claro que tampoco era muy castizo, como lo dice su misma forma, puramente latina. _Llenar_, ya era más español, pasó al castellano desde los primeros tiempos. Tal indica su fonetismo, pues _lleno_ de donde salió, viene de _plenum_, como _llorar_ de _plorare_, _llano_ de _planum_, y no menos su significación concretada de la genérica que tuvo _plenum_, y aun tienen _lleno_ y _llenar_. El gran orador y obispo aragonés de Barbastro Fr. Jerónimo Bautista Lanuza empleó más que nadie el verbo saciar en sus _Homilías sobre los evangelios_, 1621. Pero más castizos son sin duda _hartar_ y _ahitar_. _Hartar_ de _harto_, es el _fartum_ latino, venido á España en la época romana, y así lo usaba el pueblo lo mismo que los eruditos. Si lo comparamos con _ahitar_, no hay quien no eche de ver que éste encierra una fuerza y un colorido que deja oscurecidos á los otros. Al oir _ahitarse_ ó _ahito_ se nos van los ojos á la garganta, y nos decimos _éste está hasta aquí_, y ese _aquí_ es el que señala todo español con el dedo. En Correas leo: _darse un papo_, _una hartazga_; en Quevedo: _estoy hasta el gollete_. _Ahitarse_, _papo_ y _gollete_ son tan gráficos como el _hasta aquí_, y sinónimos de todo punto. Este cuadro naturalista, no menos que el otro del dicho de Correas: _darse una ventrada_, y el popularísimo _sacar el vientre de mal año_, son exclusivamente españoles. Eso es lo castizo. _Ahitarse_ y _ahito_, _papo_ y _repapilarse_ ó _empapizarse_, no son de origen latino, sino ibérico. _Vientre_, que viene del latín, es muy español; pero nadie negará que lo son mucho más _papo_, _panza_, _pancho_, _tripa_, todos ibéricos.
Si de entre estos vocablos hubieran de escoger tres autores, pongo por caso Granada, Santa Teresa y Lope de Rueda, á buen seguro que Granada se quedaría con _satisfacer_ y _vientre_; la santa, menos erudita, bien que algo mirada, daría la ventaja al _hartarse_ y al _papo_, y el para mí primer cómico español Rueda diría á boca llena, sin melindres, porque sin melindres lo dice el pueblo y lo que el pueblo dice es lo más sano y natural: _panza_, _pancho_, _tripa_, _ahitarse_ y _hasta aquí_.
Claro está que los que escriben son los eruditos, y que por tales quieren pasar; por el consiguiente, no es de maravillar que lo más castizo quede postergado, y que al _regoldar_ ibérico de Sancho prefieran como curiosos y limpios el latino _erutar_ de Don Quijote, ó el más latino y menos español _eructar_. Por supuesto, que tan limpio y curioso es lo uno como lo otro, ni los romanos dejaban de regoldar tan feamente como los españoles cuando el caso llegaba, y su vientre no era más de azucenas que la panza y las tripas de esta tierra de garbanzos; pero el hombre vive de fantasías y embelecos, y más las gentes de guantes y levita, hechas á no llamar al pan, pan, y al vino, vino, como los aldeanos que beben puro y sin mezcla el aliento de la naturaleza.
Por este camino el castellano va perdiendo su color, marchitando su fragancia, borrando su sello nacional, deshaciendo lo que tiene de castizo, de genial y propio. El idioma se convierte en lingua franca, gálico-latina, de fácil manejo para el comercio y para darse á entender con extranjeros, pero muy poco estética y menos varonil para el arte y la vida. Porque la vida no se encierra en la bolsa ó aduana, sino en la conversación ordinaria, en la cháchara familiar, en el palique de estrados, portales, rejas y plazas.