Cabos sueltos: Literatura y lingüística
Part 16
Fray Laurencio de Zamora, cisterciense, en su _Monarquía mística de la Iglesia_ (l. 1, sím. 6) escribe: _Comienza la tierra á vestirse de hermosura_, por manera que antes estaba desnuda; ¡desvergonzada! Pero oigamos al _Donado hablador_ (p. 2, c. 2 y 3), que llama al desnudarse _quedar en carnes, en pelota_. ¡Habráse visto! Pues ¿en qué iba á quedarse? ¿En huesos? Y lo de comparar un hombre desnudo á una pelota es chistoso. _Apeó la dificultad y dió alcance á la dificultad_, dice Correas (_Vocab._, l. _A_), que significan entender, como si eso se hiciese con los pies. Fonseca convierte en árboles las banderas, y se queda tan satisfecho: _enarbólanse banderas_ (_Vida de Cristo_, p. 1, c. 31). Aguado convierte una azotaina en jubón: _Se le ajusta al enemigo un jubón de azotes_ (_El perfecto religioso_, p. 1, tít. 7, c. 6). Don Oton Edilo Nato de Betissana en el _Epítome de Guichiardino_ (p. 45) llega al descaro de convertir al Papa en lo que oiréis: _Remover el embarazo del Pontífice_, y eso que dicen que es elegante y castizo escritor. Nuestros castizos y elegantes escritores hicieron, pues, mangas y capirotes del castellano. ¿Á quién, sino á Quevedo, en el _Cuento de cuentos_, se le ocurre decir que _andaba ya de capa caída_? Pero lo que no puede creerse, aunque lo diga de Dios el Obispo de Astorga, D. Antonio de Cáceres, en su _Paráfrasis de los Salmos_ (salmo 17, fol. 31), es que _apretó y estrujó los cielos para que diesen jugo, y que con cielos y todo se bajó á nosotros_, como si Dios fuese uno de esos que pisan las uvas y luego un jayán de cordel que se viene con los cielos á cuestas. Este Obispo tenía rarezas muy suyas; dice que _hace Dios chispear el cielo_ (fol. 30), como si ardiese, y que _por un oído les entra y por otro les sale_, como si la cabeza estuviera horadada, y dice en nombre de Dios de los malos tales necedades como estas: _se atan las manos con su ingratitud_, _han querido apurarme_, _hacerme dar la cuerda_. Según Fray Pedro de Vega, en el salmo 1.º, hay quien _ve la muerte al ojo_, y añade que _qué alborotada saldría aquella alma de las carnes_. Realmente estas son chocheces, como lo que escribe Sigüenza en la _Vida de San Jerónimo_ (l. 6): _que el alma rompió las cuerdas y desasida voló como paloma cándida á las moradas eternas_; y ahora me explico yo por qué algunos dicen que la religión católica es religión de un estado muy niño de cultura, cuya época ya pasó. La culpa la tienen estos reverendos frailes que florearon tanto en sus expresiones, como si hablasen á niños, siendo así que la Humanidad ha dejado ya, como se dice, de ser niña, y ha llegado á su madurez, que sólo se paga de verdades y pensamientos, no de imágenes y símbolos. Dice Luis Muñoz en la _Vida del P. Granada_ (l. 2, c. 15) que _se venía acercando á paso largo la muerte_. La muerte no viene á paso largo ni á paso corto; no es más que el echarse á perder la máquina del organismo humano.
Y en esto hasta los que no eran frailes desbarraron, pues Torres de Villarroel, el famoso confeccionador de almanaques, catedrático de Salamanca, en un soneto á Mejía dice que _Un mulo allí levanta sus resuellos_. ¡Qué ha de levantar, hombre! Lope en su _Filomena_ (f. 72) ya había dicho que _se lleva de un aliento tres pliegos de un romance_; pero Lope, aunque clérigo, era poeta; lo mismo que Alonso de Fuentes, que hizo de filósofo en la _Suma de filosofía natural_, cuando escribió: _Los que tienen calenturas alientan muy recio_, como si el aliento fuese delgado ó recio como una tela ó una tabla. Poetas y filósofos han pertenecido siempre al gremio de los orates. León, que era fraile, filósofo y poeta, pudo decir (_Faces_) que _es gracioso en los ojos de Dios_, atribuyendo á Dios _ojos_, lo cual es muy poético, filosófico y frailuno; pero no deja de ser una mentira, y en ello convendrán los mayores entusiastas de Fray Luis, y aun toda la Orden de San Agustín. Pero que todo un Príncipe de Esquilache estampara en sus obras: _Del alma humilde dilaté los senos_, es cosa que no se puede tolerar, pues sabido es que no tiene tales senos dilatables ni por dilatar el alma. El mercenario Fray Hernando de Santiago en su _Cuaresma_ (serm. 5) dijo de la rosa que _queda lacia, mustia y melancólica_, como quien está de mal humor, cosa que á las rosas no se puede atribuir; y el agustino Pedro de Valderrama en su _Teatro de las religiones_ (serm. 1) dijo que _un rayo de sol quema y abrasa las flores_, que aunque el sol queme y abrase, no sé yo quién habrá visto flores ardiendo por causa del sol; pero al cabo fueron frailes. Mas que Ibarra en la _Guerra del Palatinado_ (l. 4) escribiese _seguir la derrota del pueblo_, sabiendo que en las cosas de la guerra una _derrota_ es... pues una derrota, téngolo por descuido incalificable.
Melo, de quien se dice que es gravísimo historiador, me parece algo fanfarrón y muito portugués cuando lanza estas exageraciones (_Guerr. de Catal._, l. 4): _Todo el suelo era sangre, todo el aire era clamores, no se oían sino quejas, voces y llantos, todos mataban, todos se compadecían_, y todo eso es filfa retórica y mentira calificada. ¿Cabe mayor desenfado, mayor ceguedad y mayor tontada que esta frase de Anastasio Pantaleón de Rivera: _La vez que me kirieleisan, responsan y parcemican_ (P. 2, rom. 21)? Sí, lo de Jacinto Polo (_Obr._, p. 224): _me llevaron en diablandas, en un diablamen nos pusimos allá_. Hay quien tiene estas majaderías por expresiones galanas y hasta divinas, pero
¿No fuera harto más claro y más divino llamar á cada cosa por su nombre y decir al pan, pan, y al vino, vino?
Góngora (_Rom. burl._, 4) nos viene con que _Le bebían las palabras_, Rebolledo (_Ocios_, egl. 3) con que _Las miré tanto que ni pestañeaba el pensamiento_, Estebanillo (c. 10) con que _Me dejó hecho estatua de Baco en el jardín de Flora_, Santa Teresa (_Vida_, c. 18) con que _Es mi intención engolosinar las almas_, Nieremberg (_Obras y días_, c. 42) con _Comprar voluntades, feriar corazones_, Lope (_Filomena_, 158) con que _Es vanidad ingerta en bobería_, Correas (_Vocab._, l. _C_) con _caerse la baba á uno_.
Y para decir sencillamente _callar_ ¡qué de circunloquios hueros, qué de tonterías babilónicas, qué de pamplinas pamplináceas nos regalaron nuestros palabreros clásicos! Cuando lo más á propósito para expresar el callar parece debía ser hablar lo menos posible. Burguillos (_Gatom._, s. 1) dice _sellar los labios_, cual si fuera carta la boca. Tejada (_L. pro._, 1, 37), no contento con esto añade: _Lleva cada uno en la boca para sellar el silencio una piedra_; y luego nos reiremos del helénico _tener un buey sobre la lengua_. _Santo silencio profeso_, dice Quevedo en la _Musa 5_, á pesar de ser tan hablador que no acaba de charlar para indicar el silencio. Así en _La Providencia_ (tr. 3): _no permitir voz alguna á su inocencia_, _enmudecer los acentos de la fragilidad humana_, _no gastar palabras_, _servir de aplauso á la calamidad callando_, _asistir á uno con el silencio_; en el _Cuento de cuentos_: _El padre no hacía sino chitón, como entendía el busilis, ni chistó ni mistó_. _Él no dijo esta boca es mía, y tieso que tieso_; en los _Riesgos del matrimonio_: _La lengua y las palabras se me hielan_. Cervantes entre otros mil despropósitos dice: _Punto en boca y atended_ (_Novel._ 8), _morderse la lengua_ (_Quij._, II, 23), _casi no he hablado palabra hasta ahora_ (ídem, c. 1), _él se diera tres puntos en la boca y aun se mordiera tres veces la lengua_ (ídem, I, c. 30), _díjole al oído que no descosiera los labios_ (ídem, II, 69), _no se probará que haya desplegado el labio donde yo hablo_ (II, 12), _nos hemos de coser la boca_ (I, 25), _depositar una cosa en lo más escondido del silencio_ (_El am. liber._). Si tal despotricaron los maestros, ¿qué harían los discípulos? Aguado dijo: _Sepulte su boca_ (_Per. rel._, 2, 10, 10), _tener enfrenada la lengua_ (ídem, 3, 6, 2), _guardar cerrados los labios_, _poner guarda á la boca_, _poner freno á la boca_, _poner sello á los labios_ (ídem, c. 4); Quiñones (_Las Civilid._): _Sin chistar, sin paular y sin maular_. Correas llega hasta la ridiculez: dice que callar puede expresarse por _coser la boca y coser la boca á dos cabos_ (_Vocab._, l. _C_), como si uno no bastara; y: _No dijo ni oste ni moste_, _No hubo ni chuz ni muz_, _No dijo ni uste ni muste_, _No despegó la boca_, _No desplegó la boca_, _No dijo esta boca es mía_ (l. _N_); y: _Tener la barba queda_, _Tener la boca llena de agua_ (l. _T_). ¡Habráse visto palabrería, y charlatanería, y parlanchinería! _Pusiera á los labios el candado y á las puertas el cerrojo_, dice hasta el grave de Esquilache (_Rim._, r. 230). Zamora (_Monar._, 3, 3) dijo: _Vivir á la sorda_. Calderón: _Suspender la voz_, _Ten el acento_, etc. Estebanillo (c. 7): _Dime un centenar de tapabocas_, _Poniéndome la planta de las manos en los labios_. En la _Pícara Justina_ (l. 2, p. 2, c. 2): _Tenía caídas las golillas de pura vergüenza_, _Tragaba saliva á duras penas_; Nieremberg (_Obr. y días_, c. 20): _echar grillos á la lengua_. En fin, que fuera el cuento de nunca acabar, si sobre el callar hubiéramos de decir cuantos dislates vinieron al magín á nuestros parleros clásicos.
Acabemos, pues, aquí esto de las extravagancias del lenguaje entre ellos, y dejemos para otro día otras de no menor calibre del lenguaje en general.
El lector ha leído este artículo, y se figura que todo él es una pura guasa y aún me tildará de poco avisado en haber sostenido tan á la larga el tono irónico. Pues, desengáñese. Si cree que es ironía, y que de hecho el lenguaje no está lleno de barbaridades, se engaña de medio á medio, y yo he logrado cogerle como á un chino. Yo lo habré hecho muy mal; pero mi intención era expresar lo que siento, que nuestros clásicos dijeron mil necedades, que hicieron con el lenguaje cien mil barrabasadas. Que en este hecho se encierra un problema, no lo negaré, y precisamente lo he querido exponer para discurrir acerca de él y ver de soltarlo, si fuere posible, en otro artículo.
II
_El cielo no ha querido que yo ame por destino_, dice Cervantes (_Quijote_, II, 14), es decir por designio: _destinar_ es fijar un objeto para algo. Es la idea de fijación, y así _resbalar sin tino por una verdad_ (QUEV., _Polit. de Dios_) es no quedarse fijo en ella, sino pasar y caer de ella, como _no dar en el blanco de la razón_ (RIVAD., _Eucarist._) ¿Por qué, pues, _destino_ y _desatino_ valen lo opuesto lo uno de lo otro: _decir y publicar desatinos_ (ILLESCAS, _Hist. Pontif._, l. 6, c. 24, § 12)? Ambos llevan _des_, y puesto que en _des-tino_ no indica negación de _tino_, ¿por qué la indica en _des-a-tino_? La _a_ no es negativa; _a-tinar_ es tener _tino_.
He aquí una extravagancia del lenguaje. Extravagancia que nos enseña el origen de _destinar_, _destino_. Siempre el _des-_ en castellano fué negativo; pero en latín _dis-_, de donde _des_ procede, sólo indicó _pasar al través_, de donde la acepción castellana de _fuera de_, _no_. Ese valor latino dió en el mismo latín la acepción derivada de entera y perfectamente, abarcando y recorriendo toda la cosa, lo mismo que en _per-_, y esta acepción es la del _des-_ en _destino_, _destinar_, _fijar enteramente_. Luego estos vocablos tuvieron origen erudito, los forjaron los eruditos mirando al _dis-_ latino; el pueblo era incapaz de atribuir á _des-_ otro valor que el de negación. La extravagancia de _destinar_, _destino_, recae, por consiguiente, sobre los eruditos que componen vocablos castellanos, dando á uno de sus elementos en su forma castellana una acepción que en castellano no tiene. Así, á las veces, el saber lleva á _hacer desatinos_ y á _desatinar_, fabricando el _destino_.
Pero el hombre no se desmiente á sí mismo. No hay mayor desatino ni mayor instabilidad en España que los _destinos_: se logran por toda suerte de medios injustos, desposeen de su derecho á otros que los merecían, paran en tristes é inesperadas cesantías y fomentan en los que los dan el caciquismo, la mayor de las injusticias sociales. El _destino_ es, pues, un mal social, un mal del que lo da y del que lo recibe, es un verdadero _desatino_. El _destino_ es obra de los poderosos, de los mismos que desatinaron al fraguar el vocablo; hicieron mal la palabra, y la cosa por ella significada es mala. Esta palabra encierra la historia de uno de nuestros males sociales, al decir de muchos, del peor de los males de nuestra sociedad, y probablemente tendrán razón, pues de los males sociales el peor y el padre de todos es la injusticia.
Las extravagancias del lenguaje encierran, por consiguiente, honda filosofía. Los mismos vocablos llevan en su raíz esas ideas. En _La lengua de Cervantes_, (II, vocablo _atinar_) pruebo que _tin-o_, _a-tin-ar_ significó _justo_ en su origen, y _fijo_, _exacto_: _des-tino_ vale pues _in-justo_, pese á los inventores del término, que quisieron decir todo lo contrario al poner en _des-_ el valor del _dis-_ latino. La extravagancia no está en el lenguaje, sino en el hombre desatinado; antes el lenguaje sale por sí y le desmiente y publica sus depravados y torcidos desafueros: _mentita est iniquitas sibi_.
Uno de los infinitos vocablos que faltan en el _Diccionario_ oficial es _descantarrear_, sin duda por ser de pura cepa castellana. _Des-cant-ar_ es salirse de tono, del canto, que malamente los eruditos latinizaron en _dis-cantar_, con ese _dis-_ latino, que nunca fué castellano vulgar. Pero _des-cant-ar_ también hubo de decirse de _cant-o_ por esquina y piedra, y como de _guij-a_ se dijo _guij-arro_, de _cant-o_ se dijo _cant-arro_ y _des-cant-arr-ear_ romper las esquinas, los cantos, las puntas: _Se muerden los jabalíes y descantarrean en la comida_, dicen los _Diálogos de Montería_ (1.2), publicados por la Sociedad de Bibliófilos españoles, 1890, de un manuscrito del siglo XVI. Equivale aquí á morder, del quitar un pedazo, una punta ó esquina, como _cant-ero_ es la esquina y pedazo más duro, con la corteza, del pan, equivaliendo, por consiguiente, á _des-pedaz-ar_. ¿Qué tiene que ver un canto ó piedra con morder? ¿Acaso se muerden los cantos ó los cantos muerden? Extravagancias del lenguaje. Pero el camino de la psíquica y del pensamiento humano es la metáfora. No anda, pues, descaminado el pensamiento que concibe el morder como un _clavar el diente y sacar bocado_ (AGUADO, _Perf. rel._, p. 2, t. 1, c. 2), ó como un _dar una tenazada con las quijadas_ (HERNÁNDEZ, _Eneid._, l. 12), ó como _darle buenos mordiscones_ (ESPINEL, _Obreg._, I, 3), ó _dar su dentellada_ (CÁCER., _Salm._ 21, fol. 42). Lo mordido y el bocado mordido es un pedazo, morder es _des-pedazar_; pero la piedra se concibió como un pedazo, un canto ó esquina, porque tiene esquinas y puntas, y canto valió pedazo y esquina, y _descantarrear_, morder ó despedazar.
Lo que en el lenguaje nos parecía extravagancia no era sino cosa muy encaminada, muy encarrilada, y nos descubre la ley fundamental del pensamiento, que es la metáfora.
¿Qué tienen que ver las nubes llamadas _cirrus_ con el _cerro_ ó parte superior de un caballo? Los cirrus son agua en estado aeriforme, el cerro ni es agua ni es aire. Pero no mira el pensamiento ni el lenguaje al ser, sino al aparecer y figurar de las cosas. El latino _cirrus_ dió _cerro_ por monte, que tampoco es aire ni agua, pero que presenta el apelotonamiento de los cirrus. Y aunque el cerro de un caballo y un monte sean cosas bien distintas, ambos se _mont-an_, se sube á entrambos, y _mont-ura_ viene á significar animal que se monta. _Mont-ero_ y _caball-ero_ son cosas idénticas, el uno se remonta, se encima y sube por el monte, el otro sobre el caballo. _Cim-arr-ones_ son en América las bestias _mont-ar-ac-es_, remontadas, que andan por las cimas y montes, y por lo llano en último término, extendiéndose así el vocablo de manera que _cimarrón_ es bestia suelta del campo, de lo raso, cuando precisamente el campo raso, la sabana, la campiña es todo lo contrario del monte y la cima, como lo bajo lo es de lo alto, lo llano de lo en cuesta. Así la metáfora entrelaza toda especie de ideas, hasta hacer que un vocablo signifique lo contrario de lo que indica su etimología. Cervantes habla del ir caballero sobre una mula ó sobre un hermoso asno, y del tirar á caballero, ó digamos de lo alto que sobrepuja ó monta en un fuerte. Dijérase ir mulero ó asnero sobre la mula ó el asno; pero precisamente el mulero no suele ir montado, sino á pie llevando á la mula del señor que la monta.
¿Son extravagancias del lenguaje? No. Son filosofías, poesías é historias del habla. Allá dijo el otro que la poesía era más filosófica que la historia. El lenguaje es, pues, filosófico, ya que es poesía en sus metáforas, historia en las costumbres que encierra de los pueblos, y psicología en el retratar los trámites del pensamiento y el modo de concebir de la mente.
_Torcían del verdadero camino_, dice el P. Roa (_Flos. S. S._, 11 marzo). ¿Y si el verdadero camino era el torcido, y torcían tirando por el camino derecho? Pero ¿qué derecho, si el camino recto por donde torcían iba hacia la izquierda? Y ¿qué es eso de iba hacia la izquierda, si el que oye refiere todo á su propia persona, y lo que es izquierda para el que habla es derecha para el que oye? Y ¿qué digo camino recto, si recto significa lo dirigido, _reg-ere_, si el buen gobierno las más veces debe tomar en los asuntos las trasversales?
Pero y la trasversal ¿no puede ir en línea recta, aunque cruce el campo? Y el cruzar, ó hacer cruz en un campo ¿cómo significa atravesarlo, si la cruz comprende y encierra precisamente los cuatro puntos del horizonte, por manera que no puede servir de orientación, ya que coge todo el círculo? Y si me oriento hacia el occidente ¿no es un occidentarse, es decir no ir al oriente, no orientarse? Y el occidente, que se dijo del ponerse el sol, ¿no es una mentira poética, ya que el sol no se menea ni occidit, cae, ni se pone? Pues decidme qué es eso de ponerse, porque no hay cosa más vaga; ponerse es colocarse, es decir tomar un lugar, lo cual sólo significa mudar el espacio donde uno estaba. Y el mudar el espacio no deja de ser todo lo contrario de lo que queremos decir, pues el espacio no se muda, ni podemos mudarlo, sino que nosotros nos movemos de lugar, cambiándose por el consiguiente las relaciones espaciales respecto de nosotros. Y así sucesivamente, si siguiésemos con intención de corregir nuestras expresiones, iríamos dando trompicón tras trompicón y amontonando dislates sobre dislates.
Este amontonar dislates se llama razonar; razón es la facultad de ensartar dislates, el hombre razonador es el que los ensarta, el hombre razonable es el hombre de los dislates, y la cosa más razonable es el dislate mayor: dislate y razón son una misma cosa. Y realmente este disparatar al expresarnos por medio del habla era lo más razonable que pudiera darse, porque no es más que metaforear, poetizar, y todo hombre que habla es poeta, el habla, la más honda poesía. Tal vez por eso los poetas se dijeron locos, porque eran los que mejor hablaban, es decir, los que más galanamente disparataban. Toda metáfora no es más que un disparate sonoro, si suena; mental, si queda sin salir de la cabeza. Lo dice el mismo vocablo de metáfora, que significa traslación, ir de una á otra parte: y ¿qué es dis-paratar sino dispararse, no pararse, sino ir á otra parte? Ahora comprendo yo cómo el famoso escritor Unamuno, á quien muchos tienen por un solemnísimo disparatador, es un gran poeta, y el hombre más razonable del mundo. Los que charlamos menos es porque somos menos poetas, menos razonables, menos hombres. Pueden, pues, ponerse como miembros iguales de una ecuación los términos: disparate = poesía = razón = mentira, quedando despejada la última incógnita y X del problema humano en aquella fórmula del Sabio: _Omnis homo mendax_.
Siempre hablamos por metáforas, es decir, por términos impropios, y lo impropio es lo no propio, lo que no es, la mentira: hablamos por medio de mentiras, hablar es mentir, ni más ni menos. Aquel que más y mejor mienta, será el que más y mejor hable. El destino del hombre es el desatino, el desatinar sin tino: _destino_ y _desatino_ volvemos otra vez á hallarlos como vocablos equivalentes.
_Hacer de alegre, estando reventando la tristeza_, dijo Márquez (_Esp. Jer._, v. 3, cons. 3). La tristeza más bien aovilla, reconcentra y sume; la risa y alegría es la que ensancha y hace salir de sí, porque _retoza la risa en el cuerpo_ (CORREAS, 1. _R_), y así _es para quebrar el cuerpo de risa_ (ídem, 1. _E_), y como que _quebrar_ díjose de _crepare_ ó reventar, _sale del pecho la alegría á la cara_ (LEÓN, _Job._ 8), enciéndese el rostro: _Con la cara encendida en fuego de alegría_ (_Guzm. de Alfar._), _Se hinche de risa la boca_ (LEÓN, _Job._ 8), hace _descubrir el chorro de la risa_ (_Estebanillo_, c. 3), y de aquí _reventándome la risa en el cuerpo_ (ídem, c. 50), _me reventaban los ojos de alegría_ (ídem, c. 7), y en fin _Nos despedazábamos de risa todos_ (QUEVEDO, _Tac._, c. 6), ó _nos desternillamos_ ó _nos despepitamos de risa_, hasta que _Todos nos descalzamos de risa_ (J. POLO, p. 235), y _Su alteza se moría de risa y sus criados de placer_ (_Estebanillo _, c. 8), _pereciéndome de risa_ (QUEVEDO, _Tac._, c. 6), _Hubiéronse de caer de risa los presentes_ (_Diabl. coj._, tr. 4 y 7). ¿Por qué, pues se dijo reventar de tristeza? Porque el español consideró al hombre entristecido como un saco lleno de tristeza, no distinguiéndolo de los sacos llenos de harina, que á lo mejor revientan. Otras veces vió en la tristeza como una nube que oscurece la vista del alma, y dijo: _cubrírseme el corazón y los ojos de nieblas y sombras_ (BARBAD., _Alej. Camal._), _se le cubrió el corazón_ (CERV., _Nov._ 1), _abrumado con_ (CORNEJO, _Crón._, 3, 4, 6), _cubriósele el corazón de un velo grande de tristeza_ (ARIAS, _Aprov. espir._, t. 5, p. 2, c. 10). Otras se le antojó un cuchillo: _Era cuchillo que entrañablemente lastimaba su corazón_ (LA PALMA, _Pasión_, c. 8, 9). Otras cual viento abrasador que consume y agosta: _La tristeza le seca los huesos_ (ARIAS, ibid.) Otras carga que hace caer: _Venir cargado de luto_ (CHAIDE, _Magd._, p. 3, c. 25), ó algo que aprieta: _Oprimido del dolor_ (RIVAD., _V. de Cr._), _La congoja apretaba su corazón_ (ídem). Otras bebida amarga: _gustar tragos de amargura_ (ídem). Por manera que á propósito de un triste pasan por la fantasía sacos de harina, velos, brumas, cuchillos, vientos, cargas, tragos, cordeles, todo ello en gentil danza macabra, que si no espeluzna, hace soltar el trapo.
Y este _soltar el trapo_ ¿qué mayor incongruencia? Pues no, ¡que el _creer á pie juntillas ó á puño cerrado!_ Pues todo eso es muy verdadero y filosófico, á la par que muy poético y mentiroso. Claro está que para reir á sus anchas no se ponen primero los marineros á soltar las velas, pero el que así se ríe es navío que corre á vela tendida por el mar de la felicidad y consigue llegar antes al puerto, que el triste ensimismado y cabizcaído que se arrincona en su casa. Ni los pies ni los puños son los que creen, pero el que cree no aparta un paso los pies de lo que le dicen y lo recibe sin mirarlo, pasándolo, como moneda, de puño á puño, y hasta á la faltriquera. Son verdades mentirosas y mentiras verdaderas.
Tan mentira es _estar con el oído de un palmo_ (CORREAS, 1. _C_), como _tener blandos los oídos_ (TORRES, _Filos. mor._, l. 24, c. 12), cuando se trata del atender; pero el hecho de verdad es que lo alargamos un palmo haciendo del asno, para lo que nos valemos de la mano, y lo tenemos más blando que la cera, pues se nos imprime bien en él lo que oímos con atención.