Cabos sueltos: Literatura y lingüística
Part 15
Y con todo, los aficionados al estudio del castellano fuera de ella van siendo tan numerosos como los visitantes de la estatua, bastante más que los aficionados al catalán. En el momento presente casi estoy por decir que es la lengua que priva. Al estudiar el castellano los extranjeros, franceses, ingleses, alemanes y yanquis, unos tienen el ojo puesto en América, donde hay un mercado que aparroquiarse y una presa con que alzarse; otros lo tienen puesto en España, donde hay una antigualla digna de estudiar y aun un cachivache digno de coleccionar. El caso es que á centenares se abren cada día las cátedras de castellano en Europa y América, y se publican fuera de España más libros, monografías y artículos sobre nuestras cosas y nuestras anticuadas personillas que en la misma Península. Se dió el caso, hará unos meses, de que un extraño explicó á todo un señor de alto copete de Madrid una de las frases más vulgares y traídas por los suelos, que él no entendía. Con ocasión de un Congreso lingüístico vendrían sabios que nos enseñarían cosas que creemos saber y no sabemos si ignoramos. Aquí la lingüística moderna es un nombre vacío, la fonética se nos antoja una endiablada jerigonza, el estudio de nuestro lenguaje literario, clásico y actual, y de nuestros dialectos, son rozas y embreñado monte, que encierran ricas minas por beneficiar. Los que pasan por gramáticos y lexicólogos, siguen soñando y fantaseando á la antigua española, etimólogos de otra casta que pereció en Europa, pero de la que á dicha conservamos en España ejemplares preciosísimos, que nos los pagarían los congresistas á peso de oro. El aire que trajeran echaría por tierra de una vez todos esos vejestorios y nos encaminaría por las veredas de la realidad científica. Algo cuesta arriba se les haría á no pocos romper con su soñada ciencia gramatical y dejarse despojar de la aureola con que la ignorancia general les había coronado; pero la ciencia española no perdería gran cosa echando algunas canas al aire. Dejarían de oirse hasta en las más encumbradas cátedras oficiales disparatones mayúsculos, de los cuales, para solaz y recreo de curiosos, tengo recogido un buen golpe de los más chistosos y festivos; pero en cambio, la gente moza y bien dispuesta vería que se les abrían nuevos horizontes por donde volar y nuevos mundos por donde discurrir. No se henchirían las librerías de viejo de textos mal traducidos y muy bien pagados; pero hallaríamos en ellas los libros que hoy hay que ir á buscar á Alemania, con la pequeña molestia de haberse aprendido antes aquella enrevesada lengua. No tendríamos tantos diccionarios castellanos como cada año se publican, repitiéndose por milésima vez las voces del Diccionario de autoridades de la Academia y las graciosas y jocundas etimologías de su Diccionario oficial; pero en retorno saldría alguno que contuviera las infinitas voces de nuestros clásicos y de nuestro pueblo, que en el uno faltan, y las etimologías serias que en el otro no sobran. Algunos abrirían los ojos y echarían de ver para qué sirve el latín y el griego, que los extranjeros tanto estudian, sin que por eso dejen de saber algo más que nosotros; y los que no los quisieran abrir, se coserían por lo menos la boca para no quedar feos disparatando de lo que no entienden. La lingüística y la filología (cosas que entonces aprenderíamos á distinguir, que aquí no sabemos por carecer de una y otra) son los sólidos fundamentos de los estudios literarios, históricos y aun jurídicos y sociológicos; teniendo fundamentos podríamos pensar en edificar algo de esto, dejándonos ya de diletantismos superficiales en todas estas ramas del saber.
Tales son las ideíllas que me ocurren al admirar el feliz suceso del Congreso de Lengua Catalana. Desgraciadamente, la estatua seguirá estatua, yacente por más señas, y los que escribimos, por ver si le comunicamos aliento y vida, seguiremos (es de esperar) cantando aquello de _las tres ánades, madre_, que es también un muy añejo y muy castellano cantar.
[Ilustración]
EXTRAVAGANCIAS DEL LENGUAJE
I
Mucha filosofía dicen que atesoran las lenguas. No lo negaré; pero también hay que añadir que encierran no menos disparates y extravagancias. De éstas me toca hablar ahora, y para que no se crea que sólo se les escapan á la gente rústica é incivil, la tomaré con lo más granado de entre nuestros escritores clásicos. Digo que nuestros encomiados clásicos fueron los hombres de más disparatada sesera que Dios echó al mundo. El famosísimo Dr. Laguna dicen que tradujo elegantemente á Dioscórides. Mi buen amigo, el también Dr. Olmedilla, escribió un folleto sobre tan venerable varón y lo pone como uno de los primeros, si no el primero, de los médicos del siglo XVI. Y efectivamente lo fué del Emperador Carlos V y del Papa. Pero no le vale á Laguna el haber sido todo eso, ni el que lo celebrara Cervantes, ni el que escribiera su elegante traducción en la misma quinta Tusculana donde Cicerón había escrito sus filosofías. _Cuájanse con frío los metales_, dice Laguna (_Diosc._, 5, 44). ¿Qué mayor disparate que decir todo un Doctor en medicina, médico de Carlos V y del Papa, que los metales cuando están en fusión se tornan cuajada? Merced al cuajo se convierte en cuajada, se cuaja la leche. Echad un poco de cuajo, viene á decir el Doctor, en los metales fundidos, y hételos hechos cuajada. Pues permítame el Sr. Doctor, médico de Carlos V y del Papa, que le diga que eso es un solemnísimo disparate.
La frase debió de caer en gracia, pues otro disparatadísimo Doctor estampó en un libro devoto: _Las perlas se cuajan con el rocío de la mañana_. Y si esto parece declarada locura, que el rocío haga de cuajo y las perlas sean cuajada de leche ó de otra cosa, con razón se tiene por locos á los poetas, que repiten lo de que el rocío son _perlas que brillan sobre la yerba_, y que ésta _amanece aljofarada_, y locura de remate fué la del más loco de todos ellos, del celebrado Garcilaso, cuando ordenó á las ovejas que _paciesen la yerba aljofarada_. ¡Lindo rechinar de dientes se oiría en un rebaño de 200 cabezas, con el áspero masticar de esas perlillas que llaman aljófar! En la _Histórica relación del reino de Chile_ amontonó juntos todos esos disparates el P. Alonso de Ovalle: _Esta yerba se cubre el verano de unos granitos de sal, como perlas y aljófar, que cuaja sobre sus hojas_. De luengas tierras luengas mentiras. Los chilenos nos podrán decir si es cierto que por allá se cubra alguna yerba de granitos de sal, y si esos granitos se hacen cuajada sobre sus hojas, y si esa cuajada son perlas y aljófar.
No conozco más que un escritor que se riese de tales bernardinas; los demás españoles las tuvieron por gallardas elegancias del buen decir. El gravísimo fraile jerónimo José de Sigüenza en obra tan seria y elocuente como la _Vida de San Jerónimo_, en folio por más señas y á dos columnas, nos habla (l. 1, disc. 4) de _tomar puerto en la isla_. Quiere decir que unos navegantes llegan á una isla, siéntanse sobre la verde alfombra, _fronde super viridi_, y con todo el sosiego del mundo, como quien se toma una jícara de chocolate, comienzan á embaularse el puerto que tienen delante con bajeles y todo y hasta con sus muelles y cargaderos, se lo sorben, se lo echan al coleto, se lo meten entre pecho y espalda. ¡Todo esto es ridículo! Pues este fraile tan descomunal en su manera de expresarse, se vuelve tan melindroso en el mismo discurso, que repite la misma idea llamando á eso _tocar el puerto y la deseada ribera_. Si no hace uno más que tocar el puerto y la ribera y no desembarca, no comprendo yo cómo pudo desearla tanto. Y ¿qué diremos del discreto P. Mariana, que tal vez por evitar tales dislates escribió todo lo contrario de lo que en la cabeza tenía y pensaba escribir? _Dió fondo_, dice, _junto á Cádiz_. Quiso decir que llegó á tierra sano y salvo, y se nos descuelga con que se fué á pique, pues la letra esto da á entender, á lo menos el fondo del mar no es la playa, á mi pobre entender. El cejijunto jesuíta tiene cosas muy buenas: en el libro 4.º, capítulo 4.º de su _Historia de España_ dice: _tenía sujeta toda la provincia_. ¡Buenas cadenas ó sogas tuvieron que hacer los herreros y cordeleros de aquellos tiempos, no se les morirían los hijos de hambre! En otra parte (9, 36) añade: _Al cabo de tres días de cerco alzaron mano de él_. ¡Vamos, que ni los días tienen cabo, como las velas ó las costas, ni se estuvieron sin comer ni dormir tres días mortales puestas las manos sobre cosa alguna, y menos sobre un cerco, que no tiene donde se puedan poner! Todo eso son sandeces más que de marca. ¡Pues digo! del otro, que escribió: _Cuando Dios alzare las manos de los buenos_. ¡Largos brazos serían los de Dios, si desde lo alto del cielo tuviera puestas las manos sobre los hombros de los buenos! El descabellado Gonzalo de Correas habla en su _Vocabulario_ (l. _D_) del _dejar en jerga la cosa_ por abandonar ó dejar sin la debida perfección. Según eso los albañiles, cuando al propietario le faltan los cuartos para terminar una casa, la dejan en jerga, y en jerga dejo yo el almuerzo, cuando lo dejo por acudir á otra parte.
Buena jerga la del catedrático de griego de Salamanca. El cual en la letra _U_ escribe: _Un sudor se le iba y otro se le venía_, como si el sudor tuviese pies y se fuese y viniese, y no saliese del cuero. En la letra _A_ nos habla de _armar caramillos, armar zancadillas y armar tranquillas_, cuando es así que ningún soldado vi yo armado de tales pertrechos, y el caramillo sólo lo he visto en los labios para chiflar. Para decir que lo apetece todo nos espeta en la letra _E_ el _empreñarse del aire ó de lo primero que oye_. Preñez del aire sólo la había yo oído en Plinio, que lo dice de las antiguas yeguas lusitanas, y aun tal vez el discreto naturalista puso yeguas por no dar matraca á los finchados hidalgos de Portugal. Preñez de lo que se oye es una preñez harto cuestionable; pero Correas sabía mucho, y su razón tendría cuando lo dijo. Que sabía mucho no hay que ponerlo en duda: en la letra _T_ nos habla del _tener asomos de una cosa_, sin que intervenga ventana ni _somo_ ó altura alguna; en la letra _H_ nos repite lo del _hacer sudar la gota gorda_, que yo he oído cien veces por ahí, sin lograr jamás entender qué _gota gorda_ será esa, y cuál será la _gota flaca_. También añade el _hacer sudar como gato de algalia_, gato que debe ser muy raro, pues, que yo sepa, los gatos no sudan. El lector supondrá que hablo en broma; puede tomarla por tal, si así se le antoja: yo digo la verdad como la siento.
Si nos entrásemos por los escritos de Quevedo, aunque es el único que tomó por bernardinas, como apunté, todos estos dislates, no nos daríamos manos á toma y deja, á esta quiero, esta no quiero, porque es el disparatador por excelencia. Por ejemplo, en la _Musa_ 6, 1, dice: _Si yo mi argumentillo mal no entablo_. Buen medio para ponerlo ante la vista, entablarlo entre cuatro tablas. _Tiene izquierdo discurso_ (_Tir. la Piedr._), de modo que el habla se le iba por la zurda. _Remojar la palabra_ (_Mus._ 5, j. 14), como un bizcocho en vino. _Enjugar las lágrimas á las viudas_, llevando, naturalmente, á prevención en el bolsillo tres docenas de moqueros, y no sé si bastarán para enjugárselas á la primera que topáremos. _Ser ojo á los ciegos_, metiéndose uno bien aovilladico en una de las cuencas de los ídem, por no decir otra cosa. Todo eso lo escribe al tratar de _La Providencia_ (tr. 2), libro que dicen es muy serio; pero así son las seriedades de Quevedo, pues en las _Musas_ (6, r. 9) dice: _En cada bostezo gasta una cruz de dos palmos_, quiere decir que al bostezar roe una cruz larga de dos palmos; y en _Marco Bruto: Fanfarronea con la sangre civil entre amores faranduleros_, quiere decir que en dando con un civil, le saca la sangre para darse pisto enseñándola por las calles; y aun por eso me explico que sean todos ellos como espátulas de flacos y arguellados. _Nada bueno le puede entrar de los dientes adentro_, dice en la _Visita de los chistes_; pero no le veo la punta, porque el chiste estaría en que no le entrase de los dientes afuera. _Me ha llenado el ojo_ (_Entremet._), dejándole ciego, será de suponer. Ya sabrá él buscarse quien le ayude á vaciarlo, pues en la _Visita_ dice que _tomó una purga confeccionada con hojas de Calepino_. Sin duda eran entonces mejores los estudiantes que hoy, que el Calepino hoy más bien empacha que aligera. Repito que, fuera de toda guasa, esto y lo otro y lo que sigue, son chirigotas y es hablar en necio.
Dejando ya á Quevedo, leo en la _Mosquea_ de Villaviciosa (2, 62): _Al palacio se parte el pueblo junto_, verso que no entiendo, pues ó sobra el _se_ y quiere decir que todo el pueblo rompe el castillo y lo divide en dos partes, que ya es tarea para animalitos tamaños, ó el que se quiebra y parte en dos es el pueblo junto, lo cual también tiene su intríngulis, como lo tiene el _partir la baraja_, pues no forma un todo pegado, y el _partirse los viajeros_ cuando sale el tren, pues ellos bien enteros se asoman por las ventanillas.
_En él ponéis los ojos con agrado_, escribe Villegas en el _Soliloquio_ 8, capítulo 4, y no hay quien lleve su necedad hasta el punto de sacarse los ojos para ponerlos _con agrado_ en parte alguna. _Las flores á los ojos ofreciendo diversidad extraña de pintura_, dice tontamente Garcilaso (_Egl._ 2), pues convierte en pintores á las flores. _Cubrir mentiras con capa de retórica_, añade Correas (_Vocab._, l. _E_): paño es ese de la retórica que no sé hayan sabido nunca cortar los sastres. _La justicia tomó la mano de todo_, dijo _El Donado hablador_ (p. 2, c. 9), en lo cual mostró tener poco donaire, pues hasta los niños de la escuela saben que el todo tiene partes, pero no manos. _Sintieron en lo vivo la nueva determinación_, dijo Argensola (_Anales_, l. 1, c. 44): ¡no, que la iban á sentir _en lo muerto_! Y el bendito del P. Acosta en su _Historia natural de las Indias_, se nos viene con cien mil candideces, que quiso se las creyésemos por ser de cosas lejanas, que no íbamos nosotros á averiguar. En el libro 4, capítulo 10, nos quiere hacer creer que _con maravilloso afecto se pega el azogue al oro y le busca_, como si fuese su novia, y _que el azogue se va al oro donde quiera que le huele_, cual si fuese perro de la calle, y que _á ningún otro metal abraza sino al oro_, y que _de esotros metales no hace caso el azogue_, y que _todo lo come y todo lo gasta_: ¿acaso no teníamos azogue en España y no sabíamos á qué atenernos en todas esas patochadas, que le cuelga el buen Padre? Cuénteselo á su abuela, que no somos niños de la dotrina. Otro Padre, Fray Juan Márquez, en los _Trenos de Jeremías_ (v. 2, con. 3, 4), nos habla de _abrir las puertas al contento_, y sobre esta mentira, pues el contento no tiene puertas ni ventanas, dice que _rompieron el aire las voces_, y las voces no rompen nada, ni menos se puede romper el aire, ó yo entiendo poco de física. Pero de física se sabía poco en aquellos tiempos, y así no extraño se lea en la _Celestina_ (acto 12): _desadormecieron mis pies y manos_, y aun en pleno siglo XX, para que se vea la ignorancia española en achaque de ciencias biológicas, he oído ó creído oir decir que á fulano _se le adormeció el pie_. Falta nos hacía otro Feijóo, para enseñar á esos necios que los pies no duermen, ni despiertan, que esas son creencias vulgares de la ciencia antigua.
Pues no, que el P. Fray José Láinez, agustino, sabía de cosas, que es para alabar á Dios, dador de todo bien. En el _Privado cristiano_ nos dice de los _pensamientos vanos_, que sin duda el buen señor tomaba por algo así como nueces vanas y hueras, que _son hijos de pasos ociosos_, frase que no tiene pierde, pues los _pasos_ dicen todo lo contrario del estar ocioso y no pueden llamarse ociosos, sino á lo más andariegos, y los pasos no tienen hijos, como lo prueba el concluyente argumento de no tener padres, pues sabido es que hijos y padres, padres é hijos son cosas correlativas, que no se dan la una sin la otra, y tampoco los pensamientos pueden tener hijos, porque á admitirlo algún filósofo, ya hubieran tratado los teólogos de investigar un _cuesito_ de mucha importancia, que no faltaría en la _Suma_ de Santo Tomás con estos ó parecidos términos: _Utrum filii cogitationum possint baptizari et quomodo_. Y los tomistas se hubieran devanado los sesos inútilmente, porque el caso era de los peliagudos, y de los que sobrepujaban las entendederas del _Doctor subtilissimus_. Por todo lo cual la frase del susodicho fraile hay que darla por un completo disparate de tomo y lomo. Otro fraile, Fray Antonio Pérez, benedictino, dijo con no menor inexactitud, en sus _Sermones dominicales_ (p. 170), que _la salud que le dió tan á pie quedo_, y no es menester saber quién ni á quién, pues basta saber que nadie puede dar cosa _á pie corriendo_ sin detenerse por lo menos un segundo, y que de todas suertes lo del _á pie quedo_ tratándose del _dar_ es y será siempre una niñería, indigna de un grave benedictino.
¿Pues qué decir de estotras truculentas pamplinas, que leo en la página 6: _Desconfiados los hombres, se atericiarán y se secarán, y quedarán como estatuas con el pellejo enjuto, y con sólo la armadura, de puro amedrentados y ajudiados de lo que en todo el mundo ha de suceder?_ Lo que no sucedió, por la inmensa misericordia de Dios y la excesiva paciencia de los oyentes, es que le echasen con cajas destempladas del púlpito abajo á predicador tan lenguaraz, que en la cátedra de la verdad osaba mentir por mitad de la barba. Si se secan y quedan con el pellejo enjuto, ¿cómo han de poder soportar el peso de _la armadura_?; y si se convierten en judías, ¿qué tienen que temer en el día del juicio, si el juicio ha de ser de los hombres, y no de las judías ni de las calabazas? Son sandeces del lenguaje, y de nuestros clásicos, los más sandios de los sandios.
Pero oigamos cómo Correas (_Vocab._, l. _C_) expresa el _peligrar_, porque no parece sino que estos señores clásicos españoles han perdido la chaveta con los volatines que hacen: _estar colgado por un hilo_ es el primer ejercicio gimnástico, el segundo _estar colgado de los cabellos_, el tercero _estar con el agua á la boca_, suplicio de Tántalo, _estar con el agua á la garganta_, cosa buena en estío, _estar con la soga á la garganta_ cosa de ahorcados, y con esto se acabó la función.
El sapientísimo Fray Luis de León nos da una muestra de su sabiduría en el libro de _Job_ (16): _recoge la ira en sí_, como si fuese el ganado que se le desmana, y mejor fuera; _poner leña á la cólera_, que si antes era ganado, ahora es fuego; _regaña los dientes_, _aguza los ojos_, que por supuesto no tienen punta, aunque lo diga Su Reverencia; _enclavar los ojos en él_, y sostengo y resostengo que siguen sin punta ni cabeza; _le pone fiera la cara_, _le saca el enojo afuera por los ojos_. Todo eso dice ó quiere decir que significa _enfadarse_, cosa enteramente psico-física del ánimo, que no tiene que ver con clavos, puntas, dientes, leña, fieras, cara ni ojos, más que con las nubes de antaño. _Se iría con el alma en los dientes_, dice Quevedo (_Cuent._), para lo mismo; y miren que tiene bemoles eso de atascarse y tenerse que sacar con palillo de entre los dientes el alma. Pero los españoles debemos de ser gente de malísimas pulgas y de un genio de todos los demonios, porque las expresiones para indicar el enfado no paran aquí, ni con mucho, y todas son á cual más descabelladas. Castro en su _Reformación cristiana_ dice (tr. 4, c. 4): _es más desabrida y amarga que la misma muerte_, aunque nadie se ha comido á la muerte, ni por acá nos comemos á persona viva ni muerta para saber si es desabrida y amarga. _Su malicia_, añade, _te hace gemir con la carga_, no habiendo quien se eche á cuestas la malicia de nadie. La Palma en la _Historia de la Pasión_ (c. 2): _revolvió como víbora, con rostro fiero y voz desentonada dijo, mirando con los ojos turbados y encendidos_: ya se ve que eso de enturbiarse y encenderse los ojos son mentiras elegantes. Fray Juan de los Ángeles en el _Diálogo_ 4: _tomó un poco de cólera diciendo eso_, como tomaba él tal vez un polvo de rapé; _se me enciende el corazón_, sin quemarse; _se me afloja el alma viendo_, figúrense ustedes si es flojera. Solís en la _Conquista de Méjico_ (l. 1, c. 8): _Mezclóse el alborozo con el desabrimiento_, como si el genio fuera algo de comer; _estaba fuera de los términos razonables_, y probablemente no se meneó de su lugar. Torres en la _Filosofía moral de príncipes_ (l. 7, c. 9): _abrasarse con el fuego de la ira_, que ni es fuego ni abrasa; _embriagarse con el enojo_; _la ira arrebata la razón y le despeña_; _abrir la puerta al cierzo de la ira_; _la ira le hace dar por las paredes como ciego_; y en el libro 24, capítulo 7: _le sacó de sus casillas_, donde no sé quién le había metido; _al más sosegado sacan de su paso_. Estebanillo González en su _Vida_, dice por enfadarse: _echando el bodegón por la ventana_, que ya es echar, con mesas, vasijas, vino y borrachos y toda la jacarandana. Cervantes (_Quijote_, I, 14): _le haré despertar la cólera_, como si fuese cosa dormida y sosegada. En la _Pícara Justina_ (f. 200): _ni la ayudara aunque la viera echar los bofes_, tal debía de soplar de puro enojo; _comenzó á meter fagina y echar de bolina y decir fanfarrias_ (ídem, fol. 132), donde se mete á soldado, á marinero y andaluz. Correas (_Vocab._, l. _Q_): _quísome comer los ojos_, ¡ya es hambre!; _agotar y apurar la paciencia_ (l. _S_), _sacar de paciencia, de tino_. En la _Celestina_: _no me hinches las narices con esas memorias_; en las narices mora, según esto, el enfado. Solórzano (_Donaires del Parnaso_): _me deshago y me destrizo_. Ovalle (_Hist. chil._, 3, 3): _para echar de sí el miedo, comienzan á patear el suelo; se revisten todos de un gran furor_. Quiñones (_El murmurador_): _no hay cosa de que no se pudra; traigo la sangre requemada_. Todo eso, si es enfadarse, es un enfadarse muy raro.