Cabos sueltos: Literatura y lingüística

Part 18

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De aquí que las comadres del barrio y los tíos del soportal de la parroquia sean para mí y para todo el que entiende algo de arte ó aprecia un grano de la naturaleza más que cien arrobas de artificioso pedantismo, los que más castizamente conservan el castellano, los que mejor lo parlan y los verdaderos maestros de lingüistas, escritores y académicos.

Saber francés, latín y hotentote, cosas son harto buenas para otros menesteres, y aun para conocer á fondo el mismo castellano; pero cuando para hablar castellano castizo ó para formarse un criterio cierto del casticismo sólo sirven de embarazo, como suele suceder, de desear sería que nos olvidásemos del hotentote, del griego y del latín. Y no hay para qué aspaventar, porque no hay novio, por lo menos de los que yo conozco, que le importe un ardite la cara más ó menos apabullada de su futura suegra, con tal que sea linda la de la polla. Cuando hablo ó escribo castellano, viene á decir Valdés en no sé que folio de su _Diálogo_, procuro olvidarme del latín. No faltaba más, sino que un ochentón, como el castellano, más que diezdoblado, no supiera todavía andar sin andadores y sin su ama de cría al lado, repiqueteando las sonajas.

Yo no digo que prescindamos de todo punto de las millaradas de vocablos latinos que ya han tomado carta de naturaleza en la literatura y aun en el habla de las personas cultas. Lo que sí habíamos de hacer los amantes del castellano, es menudearlos lo menos posible, cerrar la puerta á otros infinitos que nos pretenden introducir los que sin saber latín se entretienen en hacernos creer que lo saben, y sobre todo apurar y acrisolar nuestro criterio acerca del casticismo, estudiando nuestro caudal léxico, para poder dar la preferencia á lo más idiomático, á lo que se amolda á nuestro fonetismo, y á los radicales exclusivos españoles, que son los más pintorescos y robustos por lo mismo que llevan la estampa de la fantasía y del corazón de nuestro pueblo. Tal es el secreto de los grandes hablistas, conocedores de su hacienda, que tienen á gala pasarse la vida desentrañando el tesoro que nos legaron nuestros padres y en él el alma entera del pueblo español, no por prurito de desempolvar vegestorios, sino de sacudir de nuestro idioma la polilla galiparlera que la ignorancia y pisaverdismo ha puesto de moda, sometiendo nuestra rica lengua, como todo lo demás, al yugo extranjero. Los pueblos y los individuos son grandes, cuando libres de ajenos arrimos rebosan de vida propia, cuando llegan á ser verdaderos caracteres, ingenios que se levantan sobre el rebaño de las medianías.

II

Á nada conducen patrioterías halagadoras de hueras vanidades, si no es á acallar con fanfarronadas el grito interior de la propia flaqueza y á colorear la falta de sangre con postizos afeites; pero también harto nos hemos querellado y hecho alarde, más de lo que se nos pedía, de nuestro abatimiento y desgracias.

Ciertas ráfagas de nuevos alientos corren ya entre los escritos de nuestros autores, y la mejor señal para mí de que los desmayos pasaron es advertir que se va cayendo en la cuenta de que no estamos tan muertos, ni aun tan maltrechos como nos figurábamos ó nos hicieron figurar, y de que abriendo los ojos al pasado nos vamos persuadiendo de que nuestra gente ha valido y sido y hecho algo en el mundo, de que también hemos tenido nosotros por acá algunas cosillas no de menospreciar del todo. Un pueblo que reconoce su valor, sea el que fuere, y que alimenta esperanzas y fantasea ideales dignos de sus mayores, no es un pueblo muerto ni herido de muerte.

He dicho esto, abriendo toda la trompetería á propósito del revivir que se nota entre nuestros jóvenes escritores á las letras castizamente españolas. Ya no hay aquí ni un modernista. Fué un sueño de verano eso del modernismo, que dejó como embriagados á unos cuantos mozos hambrientos de ideal, al creerlo hallar en los últimos ecos acá llegados de las escuelas en descomposición de París. ¡Quién sabe si el manco de Lepanto al hacerles volver atrás la vista con su Centenario los despertó de ese sueño y les hizo parar mientes en nuestras cosas de antaño, donde pudieran á poca costa descubrirse soterrados mineros de invención genuinamente nacional, y hacer brotar frescos raudales de aguas que ya corrieron y dejaron cegar los galicistas del siglo XVIII! Lo cierto es que á la par de la oscura labor con que nuestros eruditos labran sus panales, editando libros clásicos antiguos en abundancia que sorprende, tomo tras tomo, biblioteca tras biblioteca, que no se dan manos editores y libreros, la florida juventud que se estrena con artículos sueltos en revistas y periódicos y aun alza el vuelo hasta llenar libritos de poesías, cuentos y novelas, más preñadas de ricas esperanzas que de madura mies, ha dado en poco tiempo una vuelta redonda, y ya no se va tras los oropeles de allende con el afán de antes; ganosa de loable novedad sale al campo á escuchar las voces de la naturaleza, requiere las aldeas y ciudades de provincia para conocer á los hombres como ellos son, y acoge codiciosa cuanto los más leídos descubren en nuestros viejos libros, ya voces de buena cepa y maneras de decir lozanas á vueltas de su antigüedad, ya ideas de nuestros peregrinos é inagotables ingenios.

Ateniéndome al lenguaje castellano, mi anterior articulillo _Criterio del casticismo_ comprueba esto mismo; tanto, que me ha vuelto á poner la pluma en las manos para desenvolver algunas cosas que en él apunté y me han pedido declare más despacio. Sin merecerlo, por sus modestas pretensiones, el articulejo parece que ha hecho vibrar la cuerda patria en algunos, y cuando esa cuerda ha respondido al unísono, de creer es que no está tan destemplada. Siete cartas, amén de las felicitaciones, sinceras ó de cumplido, de amigos y conocidos, han llegado á mis manos, y todas se resumen en darme á entender que mi idea les paladeó el gusto, dejándoles con gana de algo más. ¿Cómo podríamos encauzar los deseos de muchos que sienten la necesidad de españolizar la literatura y el lenguaje literario, que quisieran conocer, sin meterse en hondas disquisiciones, cuáles son los vocablos y modos de decir castizos, de cuño verdaderamente español, fraguados por la fantasía y el corazón de nuestro pueblo?

En esto se cifra el contenido de las cartas á que aludo y á esto quisiera yo responder en este artículo ó en otros que me barrunto habré de enhilar á poco que me dilate. No es tan hacedero, escribía yo, distinguir lo castizo de lo no castizo, mayormente desconociendo tantas lenguas antiguas y modernas, como son las que rodearon desde su cuna al castellano, y han influído y están á la continua influyendo sobre él en bien ó en mal. Ello es que requeriría un estudio muy al por menudo de nuestro caudal léxico. No á la manera tradicional de los diccionarios, especie de museos, donde se hallan amontonados toda suerte de cachivaches fuera de su propio lugar, sin que pueda acertar el lector, si es que no lo sabe, el manejo y papel de cada uno en el habla real, corriente y moliente; sino apurando el origen y mudanzas de los vocablos fónica y semánticamente y con citas de autores, en las cuales se viese su valor y empleo. Por la fonética se vería cuáles eran las voces que llevaban el sello de nuestro fonetismo, y cuáles las traídas en bruto de fuera. Por la semántica nos entraríamos recorriendo el hilo de las mudanzas metafóricas de las voces al través de los tiempos, hasta el obrador donde la metáfora se hila y se teje, que no es más que lo íntimo del alma española, de esa fantasía, cabeza, corazón español, llámesele como se quiera, donde arraigan el sentir, el pensar, el querer, el fantasear de ese todo lógico llamado España. Este cernido y desmenuzamiento psico-fisiológico, fonético-semántico, que hoy llaman análisis fonético y psicológico, pondría á descubierto el alma toda española, tal cual en nuestro idioma se refleja y retrata, y nos aseguraría y abonaría el criterio que habíamos de tener en el elegir de los vocablos, frases y construcciones.

Estudio semejante no se ha hecho de lengua alguna; pero lo creo de tanta monta y gusto, que no me despido yo de emprenderlo y llevarlo hasta donde mis flacas fuerzas alcanzaren. Entonces conoceríamos cuál es la finura y delicadeza de oído de nuestra raza, cuáles los colores que se pintan en su fantasía, cuáles los sentimientos que bullen en su pecho, cuál la profundidad de su pensar y manera de ver las cosas, el _Weltansicht_, digámoslo á la alemana con Humboldt, el panorama del mundo que la nación se forma, según sus pensamientos y deseos, como se lo forma al respecto cada individuo, según los alcances de su cabeza y de su corazón.

Entretanto, hay una piedra de toque para distinguir lo castizo de lo que no lo es. Ya la apunté en mi artículo anterior y voy á declararla algo más detenidamente. El mismo nombre de idioma lleva en cifra el criterio del casticismo. Díjose idioma el habla particular de un pueblo. El pueblo lo formó en cuanto pueblo; no fulano ó mengano. Es su propiedad, el retrato de su interior. ¿Quién ha de ser, pues, el maestro que lo enseñe y sepa discernir lo castizo y propio de lo extraño y ajeno, sino el pueblo? Pero ¿qué es el pueblo? ¿Las personas cultas, las cuales según las gramáticas todas (página primera) nos dicen que son la norma del buen decir? Pueblo es, desde el rey, inclusive, hasta el último gañán de cortijo; pero aquí solamente cuando hablan como puros españoles, no como más ó menos sabidos en francés, ó como más ó menos enamoriscados del latín y del griego. Sólo que las personas cultas, con esos enamoramientos, andan embelecadas, y ofreciéndoseles tres caminos, el trillado español, el abierto por la moda francesa y la antigua calzada romana, echan por uno de estos dos últimos, dejando el primero que lo chacoloteen los patanes. Para decir lo que siento y saben todos muy bien sabido, ese dictamen gramatical lo que preconiza como dechado de hablar y escribir, es lo culto, lo que se aparta del habla común de las gentes que no escriben y si leen lo hacen á trompicones ó tomando, como el aldeano del cuento en casa del óptico, el periódico al revés. En puridad, pues, el tal dictamen y precepto ha de volverse también patas arriba para que sea valedero.

¡Horror! ¡Hablar como los tíos! Sí, señores míos, con perdón del que no lo sea, como los tíos! Entendámonos, y amohínese el que guste, que por mucha mohina que tome, no dejará de ser cierto que el pueblo que hizo el idioma es el único que tiene en él vara alta; ó bórrese del Diccionario el término _idioma_, con que lo bautizaron los mismos eruditos, arrastrados por la naturaleza misma á desmentir esos espantos y alharacas. Para curarles de ellos con otro espanto mayor, como con otro clavo, voy á saltar de la lingüística á la agricultura, que no será más que rodear el terreno de lo castizo por otro cabo. Los labriegos españoles, la gente campestre, los tíos, son los verdaderos maestros de la agricultura española. Y ojo con no espantarse, porque sería triste caso de supina ignorancia, el cual con todo es de temer que se dé, si para alguno fuese cosa del otro jueves que los españoles han sido en todo tiempo los grandes maestros de cultivar la tierra, los maestros de romanos, árabes y europeos. Y esos maestros claro está que han sido los tíos. No suelte nadie el trapo, repito, que quedaría graduado de ignorantón á carta cabal. Y no me amenacen los peritos y agrónomos y los peritoagrónomos y otros profesores de agricultura al menorete de Institutos y Escuelas con echarme á la cara centenares de cartillas agrarias, millares de teorías agronómicas, colecciones á pasto de Gacetas, proyectos de granjas modelos, Diccionarios enciclopédicos de agricultura, revistas de ídem, y toda la balumba de papeles que de eso se han escrito desde los tiempos de Carlos III. Porque, sin meterme en más dibujos, sin tenerles que decir bobería tamaña como la de que la Moncloa no es Campiel, ni las riberas del Guadalquivir, ni las huertas de Murcia y Valencia, todos esos papelorrios se revolverán desagradecidos contra ellos al soplo de una sencilla, natural y nada estudiada carcajada mía, con que los habré de recibir, si soy español de casta, que creo que sí. Porque con esa carcajada han despedido bonitamente de todas partes nuestros labradores á los agrónomos, que cargados de mamotretos, aparatos con tornillos y torniquetes, y de dietas, que es lo más sabroso, han ido, enviados por el Estado, á enseñarles á ellos, los tíos. ¡Y esto tiene miga! á los tíos, digo á los baturros de mi tierra, á los del zorongo de entrambas riberas, del Ebro y Jalón, á los de la anguarina de Navarra y Rioja, á los de los zaragüelles de levante, y basta. Llegaron, bien así como llegaban un siglo ha los granaderos franceses á enseñarles justicia, derechos y civilización, llegaron; y después de tanto pompear y pavonear, tras tanto ruido y estruendo, hubieron, cuitaos, de volverse, rabo entre piernas, dejando en los viñedos repastándose á mesa puesta muy á su sosiego y sabor, todas esas animalias (gusana dicen los tíos) que con tanta furia iban á descastar. En aquel entonces soltaron los tíos la carcajada, que aún no la han recogido, que para rato tienen, porque las remesas de gente adietada se suceden que es un descalzarse de risa para los unos, y un ir y venir y un tomar y dejar planes y papeles para los otros.

Pues, señor, que con cuatro ó cuatro mil nociones sobre terrenos y cosechas ideales y aéreas, se nos vuelve un mozuelo al pueblo, donde le vieron en la edad de los tres bolsillos, sin entender jota de cosas que los viejos traen en las uñas y en los callos de sus manos de medio siglo atrás, y pretende el muy estirado y guapo volver de arriba abajo lo que tienen sabido y resabido los vecinos, que así lo aprendieron de sus tatarabuelos, y éstos de sus trasbisabuelos hasta Alonso de Herrera, el primero que trató de agricultura en la Europa moderna sudando más en sus fincas paternas de Talavera que en su escritorio, hasta los escritores árabes de agricultura, que por boca de Iben Galib y de Almaccarí se dan por discípulos de los españoles, en fin, hasta Columela, y aquellos famosos turdetanos é iberos, tan tíos como los de hoy. Y luego nos vendrán con lo de la rutina, la testarudez, la superstición y la ignorancia de los tíos!

Recuerdo que el maestro Clarín, una de las tardes que charla charlando nos pasábamos, él enseñando sin pretenderlo, yo aprendiendo como quien no quiere la cosa, lastimándose de las ligerezas juveniles en que había caído al tratar de puntos religiosos, me dijo estas palabras que se me quedaron hondamente clavadas, porque eran fruto sazonado de aquel profundo pensador: «Hay que tentarse mucho la ropa, y yo cada vez tiemblo más de hacerlo, en eso de hablar sin ton ni son contra una institución, que ha pasado ilesa al través de tantos siglos y de tantas inteligencias superiores, á lo menos tan entendidas como las nuestras». Profundo respeto me infunden á mí todas las cosas populares. _Vox populi, vox naturae putanda est._ Por algo harán los tíos lo que hacen. Fruto es de infinitas experiencias de los siglos, de las generaciones que pasaron, de hombres, que no somos nosotros más que ellos, que ponían todo su interés en granjear lo más posible con su terruño, que conocían, si no todos los terrenos en teoría, el suyo cada cual en concreto, y el clima, y lo que lleva ó no lleva el pedazo de tierra que heredaron de sus padres. No digo que no sufra mejoras la tradición española, pero á bien que ella y nuestros labradores merecen todo respeto y reverencia. No así como así puede decirse que tal máquina, tal rotación, etc., es buena para tal tierra y su colono, que en correaje gastaría más de lo que saca, aun dado que fueran cosas apropiadas y tan buenas en concreto como lo son en general en las lucubraciones de los sabios. Las cosas del pueblo arraigan muy hondo, donde quiera que se ve la mano del hombre en común, hay que ver la fuerza del instinto humano, de todos los individuos mancomunados de un pueblo, y ese instinto es algo tan natural como las leyes físicas del universo y tan sabio como el instinto en los animales y plantas, y algo más, si el hombre vale algo más que todo eso. Y al aplicar el cuento al idioma, téngase presente que éste es la obra de las obras del hombre y del instinto social, no de uno ú otro individuo. El idioma es lo más sagrado que existe de tejas abajo, pero con tal que sea ese idioma fabricado instintivamente por toda una raza. Es el fruto de la inteligencia humana colectiva, lo más precioso que florece en la naturaleza. La sabiduría de todas las Academias y filósofos es un grano de anís delante de la sabiduría que encierra, como su meollo, el idioma. Que el arte literario, al aprovecharse de esa habla vulgar busque maneras de combinar los materiales, como las demás artes, es cosa que se cae de su peso; pero no lo es el que se eche mano de otros materiales extranjerizos ó el que se tome por módulo el módulo latino ó francés, como hacen los cultos. El pueblo es, pues, el maestro del idioma, es la piedra de toque del casticismo.

III

¿Fueron castizos nuestros clásicos, quiero decir, los escritores alistados como tales en el Diccionario de autoridades de la Academia, con buen golpe de otros allí omitidos? Desentrañemos el vocablo _castizo_.

Doble valor, activo y pasivo, suelen tener los adjetivos castellanos acabados en _izo_. _Espantadiza_ es la bestia que se asombra y espanta; pero no es menos _espantadizo_ lo que causa espanto y asombro, y así pudo decir Cabrera de la ley de Moisés que fué _espantadiza y de temor_ (pág. 292). _Castizo_ llamamos á lo que viene de casta; pero no lo es menos lo que la produce, por lo cual Herrera escribió de las palomas: _que sean muy castizas, de muchas crías_ (l. 5, c. 34); y de los toros: _Si el señor de las vacas procura tener buen toro castizo_ (l. 5, c. 42). Es, pues, _castizo_, lo que viene de casta y lo que la engendra, y sin duda estos dos casticismos, de atrás y de adelante, de pecho y espaldas, que coge á todo el individuo, es todo uno, es decir, que si de casta le viene al galgo el ser rabilargo, rabilargos y no rabicortos saldrán los galguillos.

Estéril es la mula, digamos en castellano _mañera_ ó _mañosa_, sin casta, porque tampoco la tuvo en sus padres, fué descastada. Lo híbrido ó mestizo es un producto teratológico, aislado, que sale del hilo de la corriente natural, es algo pasiva y activamente no castizo. Terciando en la generación de todas las cosas el espacio y el tiempo, castas se dan que desdicen, decaen y degeneran, se descastan, así como otras van criándose poco á poco merced á las apropiadas condiciones que las rodean.

Los merinos españoles han descaecido y venido á menos al salir de España, y aun en España, trocadas las condiciones y privilegios de la mesta; mientras que en Inglaterra, los esmerados y prolijos cuidados de una sabia zootecnia han dado castas de caballos, cerdos, perros y otros animales acomodados al intento que se pretendía.

Las obras de arte más calificadas han sido las más castizas, por el arraigo mayor de los autores en el terreno de su propia raza y época y de su propia personalidad, y al mismo tiempo por lo fecundas en alentar y dar vida á otras muchas posteriores, es decir, por su ascendencia y descendencia, por su casticismo pasivo y activo. El original y sugestivo Unamuno ha tratado lindamente de lo segundo en un artículo de _Los Lunes de El Imparcial_. «Lo más grande de la obra de arte», dice, «es que sirve de incentivo para nuevas obras de arte; apenas hay grande obra poética que no tenga copiosa y dilatada descendencia». Es el casticismo activo, mirado por delante. El pasivo, mirado por detrás, consiste en que la obra arraigue en lo más hondo de la personalidad del escritor, que si éste es español de pura sangre, por el mismo hecho, arraigará á la par en lo más hondo é ingénito de la raza española. El casticismo está, pues, entre pecho y espaldas, en el corazón del artista y de su raza. Y cuanto más personal, más suya, sea la obra, más de Fulano y más española, será á la vez más trascendental, más humana, traspasando las lindes del individuo y de la nación. Don Quijote y Sancho son dos retratos personalísimos del alma de Cervantes, y del alma española, y por eso lo son de todo el linaje humano y de cada uno de sus individuos.

La razón es clara: en lo hondo de la personalidad y de la raza es donde asienta lo universal humano, porque allí está monda y limpia la naturaleza, la cual es una, de manera que la naturaleza humana se espeja en la nacional y en la individual, tanto más cuanto más hacia lo hondo las miremos, como se espeja tanto más diáfana y límpida la luna en la sobrehaz de las aguas de un pozo, cuanto más hondo y envuelto en tinieblas.

Nuestros clásicos fueron grandes artistas; pero digámoslo sin rebozo, lo fueron á medias. No son aquellos trozos arrancados del pentélico y labrados por las castizas musas del Pindo ó del Parnaso. De esos montecillos distan bastante el Pirineo y Sierra Nevada. Estamos en una península codiciada de todas las gentes, que la han ido barriendo, sembrando á su paso semilla de perfumadas rosas y de emponzoñado beleño.

En el siglo XVI eran harto andariegos nuestros padres, y por más que cual señores paseasen la Europa y el mundo, algo se les había de pegar de fino oro y de mentido oropel en sus azarosas correrías. Ello es que la savia nacional, alquitarada por el aislamiento y rudo vivir cercado de luchas durante ocho siglos, pujaba recia y bullidora, y si el espacio y el tiempo le hubieran favorecido, el ancho y rico follaje que al soplo del Renacimiento brotó como por ensalmo, podía haber sido gloria y prez de la raza, á ser castizo del todo y por todo: la España del siglo XVI podía haber sido, como ha dicho alguien, la Grecia de los tiempos modernos. Pero no fué así. Desmañados podadores desceparon las más briosas de sus ramas, menospreciando su pujanza por demasiado bronca, vulgar y cerril, quiero decir que lo más sano de la Celestina y de Lope de Rueda fué apartado á un lado por los más enguantados escritores. En cambio injertos desproporcionados de peregrinas literaturas dieron abigarrada mezcolanza de hojas y frutos al árbol nacional. Despego y menosprecio de lo de casa, ciega admiración de lo de fuera: cosas son que se echan de ver no sólo en los frutos literarios de aquel entonces, sino en las quejas y en los anhelos de los escritores. Briosa y rica vena la de fray Luis de León, alma suya de pintor, á quien hablaban los colores de la vera del Tormes, de músico, para quien el gorjear de sus pájaros era lenguaje conocido, cuajado en concertadas armonías, de ángel, que todo lo convertía en apacibles sentimientos al tocar en su pecho sereno y sosegado.

Ante aquel hombre de hechura helénica

El aire se serena y viste de hermosura y luz no usada.

Y ese artista, ese poeta, ese pintor, ese músico, oreada su frente por el céfiro de la Hélada, pero que ¡ay! ya venía de muy lejos y muy ensalmuerado al través del Mediterráneo, deja caer de sus manos la vihuela castiza española, y empuñando bravamente la cítara antigua remienda lastimosamente la maravillosa profecía del Tajo con aquella, para los españoles fría, amanerada, extranjeriza é incolora personificación del muy reverendo señor el padre río, el cual, sin más ni más, con toda la desenvoltura de un jayán nadador

el pecho sacó fuera y le habló de esta manera.

Triste de D. Rodrigo y de la hermosa Caba, que no entendían tamañas teologías gentílicas, y tristes de los españoles que sólo ven en el río agua que corre, cuando ven y oyen que

el pecho sacó fuera el río, y le habló de esta manera.

De esta manera, el gran poeta español lo que hace es echarnos, no un jarro de agua, sino todo un río, y por dejar de ser castizo deja de ser poeta español y de ser sencillamente poeta. Esa es la ficción que envenena y encona la más sana y fresca vena poética, ese el desacertado injerto que afea nuestra literatura clásica.