Bug-Jargal

Part 6

Chapter 64,035 wordsPublic domain

A la tarde del tercer día entramos por las gargantas del Río Grande, mientras se calculaba que los negros estarían a veinte leguas de distancia entre las sierras. Asentamos nuestros reales en un cerro de escasa altura, que, según estaba despojado, parecía haberles servido para el mismo fin. La posición no era favorable; pero estábamos ajenos de todo recelo. Dominaban al cerro por todos lados peñas tajadas a pico y cubiertas de enmarañados bosques, la aspereza de cuyas lomas había hecho señalar aquel sitio con el nombre de _Doma-Mulatos_. El río Grande corría a espalda del campamento, y, encajonado entre ambas orillas, iba por allí estrecho y profundo. Las márgenes, en rápida pendiente, estaban salpicadas de malezas y arbustos impenetrables a la vista con su espesura, y, a menudo, hasta sus aguas quedaban encubiertas por las guirnaldas de bejucos que, colgando del tronco de los arces entre sus flores rojizas, enlazaban sus vástagos de la una a la otra orilla y, cruzándose en modos miles, formaban sobre la corriente inmensos toldos de verdura. A la vista que los contemplaba desde lo alto de los vecinos riscos aparecían cual húmedas praderas aljofaradas con el rocío de la mañana. Tan sólo el murmullo de las aguas o el vuelo inesperado de algún pato silvestre rompiendo por la florida cubierta indicaban el curso del río.

Pronto cesó el sol de dorar las puntiagudas cumbres de los lejanos montes del Dondon, y poco a poco se fueron tendiendo las sombras por el campamento, y sólo el graznido de las grullas vino a turbar el silencio universal, o bien el mesurado paso de los centinelas. De repente, el himno terrible de _Oua-Nassé_ y del _Campo del Grand-Pré_ resonó sobre nuestras cabezas; las palmas y los cedros que coronaban los riscos rompieron en llamas, y a las blanquecinas vislumbres del incendio vimos cubiertas las próximas alturas de innumerables bandadas de negros y mulatos, cuyo cobrizo cutis parecía bermejo a los resplandores del fuego. Estas eran las tropas de Biassou.

El peligro era inminente. Los jefes, despiertos con sobresalto, corrían a formar sus soldados; las cajas batían generala; las cornetas y clarines, el toque de alarma; nuestras líneas se formaban en tumulto, y los rebeldes, en vez de aprovechar la confusión en que nos veíamos, nos contemplaban inmóviles entonando el cántico de _Oua-Nassé_.

Un negro gigantesco apareció solitario en la cima del más elevado pico a la margen del río; una pluma color de fuego ondeaba sobre su frente; en la diestra mano empuñaba un hacha, y un rojo pendón en la siniestra. Reconocí luego a Pierrot, y si hubiera tenido a mano una carabina, quizá la rabia me hubiese inducido a cometer alguna vileza. El negro repitió el coro del himno de _Oua-Nassé_, clavó su bandera en la cumbre de la peña, arrojó el hacha entre nuestras filas y se sepultó en las ondas del río; un vivo pesar sentí en el corazón temiendo que no había de morir por mis manos.

Entonces los negros comenzaron a despeñar sobre nuestras columnas inmensas moles de piedra, y un granizo de balas y de flechas descargó sobre el cerro. Nuestros soldados, furiosos de no poder medirse con los asaltantes, expiraban con amarga desesperación, aplastados por las peñas, acribillados por las balas o traspasados por las saetas. Espantosa confusión reinaba por todo el ejército. De súbito, un rumor horrible pareció como que salía del centro de las aguas del río Grande, y pasaba allí, en efecto, una extraña escena. Los Dragones amarillos, maltratados en lo sumo por los peñascos que los negros nos arrojaban desde lo alto de la sierra, concibieron la idea de ponerse al abrigo bajo las flexibles bóvedas de bejucos de que estaba cubierto el río. Tadeo, que fué el primero en discurrir este medio, a la verdad ingenioso...--

Aquí la narración se vió interrumpida de repente.

XXIII

Hacía ya más de un cuarto de hora que el sargento Tadeo, con el brazo derecho colgando de una banda, se había metido en la tienda sin que nadie hiciera alto, y, acurrucado en un rincón, se contentaba con expresar por sus gestos lo mucho que se interesaba en la historia del capitán, hasta que, llegado el momento en que no le pareció regular dejar pasar un elogio tan directo sin dar las gracias a D’Auverney, empezó a decir, medio tartamudeando:

--Eso es mucha bondad, mi capitán.

Soltaron todos la carcajada, y, volviéndose D’Auverney, le preguntó con aspereza:

--¿Cómo es eso, Tadeo? ¿A qué tiene usted que venir aquí? ¿Y su brazo?

A un lenguaje tan extraño para sus oídos, las facciones del veterano se entristecieron, y tropezando y echando la cabeza hacia detrás como para contener las lágrimas que asomaban a sus párpados, respondió por fin en voz muy baja:

--No creía yo, nunca lo creyera, que mi capitán había de ser tan duro con su sargento que le tratara de usted.

El capitán se levantó con precipitación:

--Perdóname, amigo, perdóname, que no sé lo que me he dicho. Vamos, Tadeo, ¿me perdonas?

Soltó por fin rienda a las lágrimas el sargento, aunque muy a pesar suyo, diciendo:

--Esta es la tercera vez; pero ahora es llorar de gozo.

La paz estaba ajustada; mas siguióse un breve silencio.

--Pero, dime, Tadeo--preguntóle el capitán con blandura--, ¿por qué te has salido del hospital para venirte aquí?

--Con licencia, mi capitán; pero quería saber si hay que ponerle mañana al caballo la mantilla de galones.

Enrique se echó a reír.

--Mejor hubieras hecho, Tadeo, en preguntarle al cirujano si habías de ponerte dos onzas de hilas en el brazo herido.

--O en averiguar--prosiguió Pascual--si podrías beber un poquito de vino para refrescarte; por el pronto, aquí está el aguardiente, que por fuerza te hará provecho. Vaya un trago, sargento.

Tadeo se adelantó, hizo un respetuoso saludo, dió sus excusas por agarrar el vaso con la mano izquierda, y le vació con un brindis a la salud de la concurrencia. Esto le infundió bríos.

--Estaba usted, mi capitán, en el momento que... que... ya, pues sí, yo fuí el que propuse entrarnos por los bejucos para que no muriera a pedradas gente cristiana. El oficial, que no sabía nadar y tenía miedo de ahogarse, se oponía con empeño, hasta que, con licencia, caballeros, vió un canto, que a poco no le estruja, caer en la madre del río, sin hundirse en las hierbas. “Más vale--dijo entonces--morir como Faraón de Egipto que no como San Esteban, porque nosotros no somos santos, y Faraón era militar como cualquiera de nosotros.” Conque así, mi oficial, que ya conocerán ustedes que era sujeto de muchas letras, se avino a mi parecer a condición que haría yo el primero la prueba. Voy, pues, y me bajo por la orilla y salto debajo del toldo, agarrándome a las ramas de encima, cuando digo: “Mi capitán, siento que me tiran de una pierna”; me resisto, grito por socorro y me empiezan a dar de sablazos, cuando vea usted aquí que acuden todos los dragones y se meten de mogollón, como diablos, debajo de los bejucos. Sin que nadie lo supiera, los negros de Morne Rouge estaban allí agazapados para probablemente embestirnos por las espaldas un momento después. ¡Vaya, y la que se armaría en el agua! No era buen rato para pescar con caña. Cada cual peleaba, juraba y gritaba como mejor y más podía. Ellos, como estaban desnudos, andaban más listos; pero nuestros golpes eran más duros que los suyos. Se nadaba con un brazo y peleábamos con el otro, como siempre se hace en tales casos; y los que no sabían nadar, digo, mi capitán, se colgaban por una mano de los bejucos, y los negros les tiraban de los pies. En medio de la función, reparé en un negrazo que se defendía como Belcebú contra ocho o diez de los míos; me fuí hacia allá nadando y conocí a Pierrot, llamado también Bug... Pero esto no debe decirse hasta después. ¿Verdad, mi capitán? Reconocí a Pierrot, y, como desde la toma del fuerte andábamos peleados, le agarré por el pescuezo, y él iba ya a sacudirse de mí con una puñalada, cuando me miró a la cara, y, en lugar de matarme, se entregó; que fué una lástima, mi capitán, porque si no se hubiera entregado... Pero eso queda para más adelante. En cuanto los negros le vieron prisionero, se nos echaron todos encima para rescatarle, de modo que también los milicianos se venían al agua para darnos socorro; hasta que él, conociendo que todos los negros iban a quedarse allí, les dijo algunas palabras que serían un exorcismo, porque los puso a todos en huída. Se zambulleron, y en un abrir y cerrar de ojos no quedaba uno. Aquella batalla debajo del agua tenía algo de agradable, y me hubiera entretenido si no hubiera perdido un dedo y mojado diez cartuchos, y si... ¡pobrecillo!, ¡pero estaba escrito, mi capitán!

Y el sargento, después de llevarse, en ademán de saludo militar, la mano a la gorra de cuartel, la levantó hacia el cielo con gesto de inspirado.

D’Auverney parecía entregado a un violento desasosiego.

--Sí--dijo--, sí; tienes razón, Tadeo, que aquélla fué una noche fatal...

Y se hubiera perdido en sus acostumbradas y melancólicas distracciones si la concurrencia no le hubiese instado con empeño para que prosiguiera, cual así lo hizo.

XXIV

Mientras la escena que Tadeo acaba de pintar...--Tadeo, triunfante, fué a colocarse detrás de su capitán--, mientras la escena que Tadeo acaba de pintarnos pasaba a espaldas del cerro, yo había conseguido trepar de mata en mata con algunos de los míos hasta la cima de un pico llamado el _Pavo Real_ por los brillantes reflejos que despedían a la luz del sol las peñas de su cumbre. Este pico se hallaba a igual altura que las posiciones de los negros, y, mostrado el camino, pronto estuvo cubierto de milicianos, con cuyo refuerzo comenzamos un fuego muy vivo de fusilería. Los negros, peor armados, no podían respondernos con tanto calor, y empezaron a desalentarse, con lo que redoblamos nuestros esfuerzos, y pronto tuvieron precisión los rebeldes de evacuar las peñas más vecinas, aunque cuidando antes de hacer rodar sus muertos sobre el resto del ejército, que estaba aún tendido en batalla en la loma. Entonces cortamos y atamos con bejucos algunos de aquellos enormes árboles del algodón silvestre de que fabricaban los habitantes de la isla canoas para cien remeros. Con ayuda de este puente improvisado pudimos cruzar a los riscos abandonados por el enemigo, y parte considerable de nuestras fuerzas se encontraron en posición ventajosa. Semejante aspecto enfrió el valor de los insurgentes al paso que nuestro fuego continuaba. En esto se alzó por el ejército de Biassou un rumor lastimoso, en que iba mezclado el nombre de Bug-Jargal, y cundió por entre sus filas gran espanto. Varios negros de Morne-Rouge aparecieron en lo alto de la peña, adonde ondeaba el rojo pendón; se postraron en tierra, arrancaron luego el estandarte y se arrojaron con él a los abismos del río. Todo parecía denotar que su caudillo estaba o muerto o prisionero.

Nuestro ánimo subió de punto en grado tal, que me resolví a arrojar al arma blanca a los rebeldes de los peñascos que todavía ocupaban. Hice echar otro puente volante entre el peñón en que estábamos y el pico más cercano, y me lancé el primero en medio de los negros. Mis soldados iban a seguirme cuando uno de los rebeldes hizo de un hachazo volar el puente en astillas, y los troncos, deshechos, cayeron por el precipicio, golpeando en las rocas con horroroso estruendo. Al ruido volví la cabeza, y en aquel instante mismo me sentí agarrar por seis o siete negros que me desarmaron. Luché con toda mi fuerza, cual un león; pero ellos me sujetaron, y sin atender a la lluvia de balas que mis soldados hacían caer en su alrededor, me ataron con cuerdas hechas de la corteza de los árboles. La única cosa capaz de mitigar mi desesperación eran los gritos de victoria que escuché resonar un momento después, y en seguida vi a los negros y mulatos subir en desorden por las más ásperas cuestas, lanzando clamores de terror. Mis guardianes imitaron el ejemplo, y, cargándome el más robusto sobre sus espaldas, me condujo a los bosques saltando de peña en peña con la agilidad de una cabra montés. Pronto cesó de alumbrarnos el resplandor de las llamas; pero el débil reflejo de la luna fué para él luz suficiente, acortando tan sólo un poco la rapidez de su paso.

XXV

Después de atravesar malezas y cruzar torrentes, llegamos a un elevado valle, de aspecto en alto grado salvaje, y lugar que me era absolutamente desconocido. Este valle, situado en el riñón de la sierra que se llama en Santo Domingo _las montañas dobles_, consistía en una vasta y verde llanura aprisionada entre paredes de peña viva y cubierta de arboledas de pinos, guayacos y palmitos. El frío penetrante que siempre reina en aquella región de la isla se hacía sentir aún más en el fresco de la madrugada, porque los primeros albores de la aurora iban despuntando en la blancura de las cercanas y elevadísimas cumbres, y el valle permanecía envuelto en profundas tinieblas o alumbrado tan solo por las numerosas hogueras que encendían los negros, pues aquél era el punto señalado de reunión donde los miembros dislocados de su ejército acudían en desorden. Los negros y los mulatos llegaban por momentos en turbas despavoridas, lanzando gritos de dolor o aullidos de rabia, y nuevas hogueras, que brillaban entre las sombras del valle cual los ojos de un tigre, anunciaban a cada instante cómo se iba ensanchando el círculo del campamento.

El negro que me tenía prisionero me puso al pie de una encina, desde donde contemplaba con indiferencia aquel extraño espectáculo. El negro me ató por la cintura al tronco del árbol en que estaba recostado; apretó los espesos nudos, que me impedían todo movimiento; me plantó en la cabeza su gorro encarnado, como anuncio quizá de que yo era cosa de su pertenencia, y cuando se hubo así asegurado de que ni podía escapar ni serle arrebatado por otros, hizo ademán de alejarse. Me resolví entonces a dirigirle la palabra, y le pregunté en dialecto criollo si pertenecía a la división del Dondon o de Morne-Rouge. Se detuvo, y me replicó con gesto de orgullo:

--De Morne-Rouge.

Me vino luego a las mientes un pensamiento. Había oído hablar de la generosidad del caudillo de estas fuerzas, Bug-Jargal; y aun dispuesto sin pena a recibir una muerte término de todas mis desdichas, la idea de los tormentos con que vendría acompañada si la recibía de manos de Biassou, no dejaba de inspirarme algún espanto. Apetecía morir sin pasar por tales suplicios. Tal vez fuera esto en mí un acto de flaqueza; pero creo que en semejantes momentos la naturaleza del hombre retrocede siempre horrorizada. Imaginéme, pues, que si podía escapar de las garras de Biassou, quizá obtendría de Bug-Jargal una muerte sin tormentos: la muerte de un soldado. Así le pedí a este negro que me condujera a la presencia de su caudillo; se estremeció y repitió el nombre de Bug-Jargal golpeándose con desesperación la frente, hasta que, pasando con rapidez a expresar la ira en su semblante, me gritó, enseñándome el puño cerrado:

--¡Biassou, Biassou!

Y, tras este nombre de amenaza, se apartó de mi vista.

La cólera y el dolor del negro me recordaron aquella circunstancia del combate que nos hizo imponer la captura o la muerte del caudillo de Morne-Rouge, y, ya sin más dudas, me resigné a esperar la venganza de Biassou, con la que aparentaba el negro amenazarme.

XXVI

Entre tanto, cubrían aún las tinieblas la cañada, y sin cesar el tropel de los negros y el número de las fogatas iban en aumento. Un corro de negras llegó en esto a encender una hoguera cerca de mí, y por los numerosos brazaletes de cuentas de vidrio azul, encarnado y violeta que lucían en sus piernas y brazos, por los gruesos pendientes que colgaban de sus orejas, por los anillos sin cuento que adornaban todos los dedos de pies y manos, por los amuletos colgados del seno, por el _collar de hechizos_ pendiente del cuello, por el delantal de vistosas plumas, única cubierta de su desnudez, y, sobre todo, por sus clamores acompasados y sus miradas desatentadas y esquivas, conocí desde luego que eran las _Griotas_. Quizá ignoren ustedes, señores, que entre las tribus de varias comarcas de Africa se hallan ciertos negros dotados de no sé qué tosca disposición para la poesía y facilidad de improvisar, que tiene semejanza con el estado de demencia. Estos individuos andan errantes de región en región, como los antiguos rapsodas, y como en la Edad Media los _minstrels_ de Inglaterra, los _minnesinger_ de Alemania y los trovadores de Francia. Llevan el nombre de _griotos_. Las mujeres, poseídas cual ellos de un espíritu de vértigo, acompañan con obscenos bailes las bárbaras canciones de sus esposos y ofrecen una grotesca parodia de las _bayaderas_ del Indostán, o de las _almeas_ egipcias. Algunas, pues, de esta clase de mujeres eran las que acababan de sentarse en rueda a algunos pasos de mí, cruzadas de piernas al estilo africano y en torno de un inmenso montón de secas ramas, que ardía haciendo vacilar los espantosos rostros al incierto resplandor de su rojiza lumbre.

Así que hubieron formado el círculo, agarráronse todas de la mano, y la más anciana, que tenía una pluma de garza plantada en el cabello, comenzó a clamar:

--_Ouanga!_

Y conocí que iban a operar el sortilegio a que dan tal nombre. Repitieron todas en coro:

--_Ouanga!_

Y la vieja, después de un corto rato de solemne silencio, se arrancó un mechón de su propio pelo y lo arrojó al fuego, pronunciando estas palabras sacramentales:

--_Malé o guiab._

Las que en el dialecto de los negros criollos significan: “Me voy con el diablo.” Todas las _griotas_, imitando el ejemplo de su decana, entregaron a las llamas un rizo de sus cabellos, repitiendo con gravedad:

--_Malé o guiab._

Tan extraña invocación y los gestos burlescos de que iba acompañada me arrancaron aquella especie de involuntaria convulsión que suele apoderarse del hombre más serio o traspasado de mayor dolor, y que se llama _risa histérica_. En balde fueron todos mis esfuerzos para atajarla; estalló al fin, y aquella carcajada en que prorrumpía un corazón tan triste provocó una escena singular por lo lúgubre y espantosa.

Perturbadas las negras en el cumplimiento de su misterioso rito, alzáronse todas a una, cual si despertasen de un sueño en sobresalto. Hasta allí no se habían apercibido de mi presencia, y acudieron en tumulto, aullando antes que diciendo:

--¡Un blanco, un blanco!

Jamás he visto colección de figuras con mayor diversidad horribles que lo era aquella caterva de negros semblantes, donde resaltaba la blancura de sus dientes y de sus ojos, salpicados éstos de gruesas y ensangrentadas venas.

Iban ya a despedazarme, cuando la vieja de la pluma de garza hizo una señal y gritó repetidas veces:

--_Zoté cordé, zoté cordé._[6]

Las fieras se detuvieron de súbito, y les vi, no sin sorpresa, desatar a la vez sus delantales de plumas, arrojarlos sobre la hierba y empezar alrededor de mí aquella danza lasciva a que los negros dan el nombre de _la chica_.

Este baile, cuyas grotescas actitudes y viveza de gestos no expresan sino el placer y la alegría, cobraba aquí, de diversas circunstancias accesorias, un carácter siniestro. Las miradas fulminantes de ira que me lanzaban las griotas en medio de sus joviales evoluciones; el lúgubre acento que infundían a la alegre tonada de _la chica_; el agudo y prolongado gemido que de rato en rato arrancaba de su _balafo_, especie de flauta compuesta de unas veinte cañas, la venerable presidenta de aquel negro sanedrín, y más aún la horrible risa que cada bruja desnuda venía en ciertos momentos de descanso del baile a mostrarme por turno, pegando casi su rostro contra el mío; todo me anunciaba con demasiada certeza cuál era la horrible suerte que le tenían prevenida al _blanco_, espectador sacrílego de su Ouanga. Recordé la costumbre que tienen muchos pueblos salvajes de bailar en torno de sus prisioneros antes de darles muerte, y aguardé con paciencia a que se terminara aquel episodio del drama, en cuyo desenlace tenía yo señalado tan funesto papel. No pude, con todo, menos de estremecerme al notar que, a una señal dada por el _balafo_, cada bruja metió en el fuego, o la punta de una hoja de sable, o el hierro de un hacha, o el extremo de una larga aguja, o los garfios de unas pinzas, o los dientes de una sierra.

El baile iba tocando a su término y los instrumentos del suplicio estaban convertidos en ascuas. Entonces, a una señal de la vieja, fueron las negras en solemne procesión a sacar en fila alguna de aquellas tremendas armas, y a las que no alcanzó a caberles en suerte un hierro ardiente, se proveyó cada cual de un tizón encendido. Comprendí al cabo el suplicio que me aguardaba y que habría de contar en cada bailarina un verdugo. A una señal de su corifeo, empezaron la postrer rueda lanzando tremendos gemidos. Cerré los ojos para no ver siquiera los gestos de aquellos demonios femeniles, que, sin aliento de cansancio y de ira, daban golpes a compás por encima de sus cabezas con los hierros hechos ascua, de donde salía un rumor agudo y millares de chispas.

Empecé a aguardar, haciendo un esfuerzo, el instante de sentirme chirriar las carnes, calcinarse los huesos y retorcerse y saltar los músculos entre las ardientes mordeduras de las sierras y tenazas, y un estremecimiento nervioso circuló por todo mi cuerpo. ¡Fué aquél, en verdad, un momento de horror!

No duró, por fortuna. Apenas el baile de las griotas iba aproximándose a su fin, cuando escuché a lo lejos la voz del negro que me aprisionó, quien acudía gritando:

--¿Qué hacéis, mujeres del demonio? ¿Qué hacéis ahí? Dejad libre a mi prisionero.

Volví entonces a abrir los ojos, y era ya de día. El negro dábase prisa a llegar con mil ademanes de cólera, y las griotas se habían detenido, aunque no tanto al parecer conmovidas por sus amenazas cuanto sobrecogidas por la presencia de un ente bastante estrambótico de que venía el negro acompañado.

Era éste un hombre muy bajo y rechoncho, especie de enano, que llevaba cubierto el rostro con un velo de color blanco, y en él hechas tres aberturas para los ojos y boca, al estilo que usan los penitentes. El velo, que caía sobre los hombros y cuello, dejaba al descubierto su pecho velludo, que, según el color, me pareció de _salto atrás_, donde brillaba, colgado de una cadena de oro, el sol de plata arrancado de un viril. Por encima del cinto de grana, que sostenía unas faldas o enaguas rayadas de verde, amarillo y negro, con franjas que le cubrían los pies, grandes e informes, asomaba el mango de un puñal de trabajo tosco, hecho en forma de cruz. Los brazos iban desnudos, así como el pecho, y empuñaba en su mano una varita blanca; un rosario de cuentas de cachumbo le colgaba de la cintura, junto al puñal, y llevaba sobre la frente una caperuza puntiaguda, ornada de cascabeles, en la que, no sin gran sorpresa, reconocí la _gorra_ de Habibrah. La diferencia única consistía en que entre los jeroglíficos de que estaba aquella especie de mitra cubierta se notaban ahora manchas de sangre. Sin duda alguna, era la del fiel bufón, y aquellos indicios del asesinato los tuve por otra prueba de su fin, y despertaron en mi alma un postrer recuerdo.

Al punto mismo que las griotas repararon en este heredero de la caperuza de Habibrah, dijeron todas a una voz:

--¡El obí!

Y cayeron postradas en tierra, por donde adiviné que sería el hechicero del ejército de Biassou.

--¡Basta, basta!--dijo al acercarse a ellas en tono de voz grave y apagada--. Dejad al prisionero de Biassou.

Todas las negras, alzándose en tumulto, arrojaron los instrumentos de muerte de que iban cargadas, volvieron a ceñirse su delantal de plumas y desaparecieron a un gesto del obí cual una nube de langostas.