Bug-Jargal

Part 5

Chapter 54,031 wordsPublic domain

Esta rivalidad de entrambos diputados, fieles órganos de sus corporaciones respectivas, exigió de nuevo la intervención del gobernador.

--¿Adónde van ustedes a parar, señores, con sus sempiternas asambleas _provincial_, _general_, _colonial_, _nacional_?... ¿Servirá de mucho para ilustrar a esta corporación invocar así el nombre de otras tres o cuatro?...

--¡Voto a Dios!--gritó con voz de trueno el general Rouvray, dando una fuerte palmada en la mesa del Consejo--, ¡y qué endemoniados parlanchines! ¡Mejor quisiera habérmelas a voces con un cañón de a veinticuatro! ¿Qué se nos da de esas dos asambleas que se disputan el paso como dos compañías de granaderos al subir a la brecha? Pues bien, señor gobernador: lo mejor será convocarlas a ambas, y yo organizaré con ellas dos batallones para salir a campaña contra los negros. Veremos si hacen tanto ruido con los fusiles como con la lengua.

Después de esta áspera rociada, volviéndose hacia mí, que estaba a su lado, me dijo a media voz:

--¿Qué quiere usted que haga un gobernador nombrado por el rey entre dos asambleas de Santo Domingo que se pretenden soberanas? Los habladores y los abogados son quienes lo echan todo a perder aquí, como en la metrópoli. Si yo tuviera la honra de ser el señor teniente general, pondría de patas en la calle a toda esa canalla, diciéndoles: _El rey, reina, y yo mando_; enviaría a Barrabás la responsabilidad hacia esos llamados representantes, y con diez cruces de San Luis, prometidas a nombre de Su Majestad, encerraría en un abrir y cerrar de ojos a todos los rebeldes en la isla de la Tortuga, habitación en algún tiempo de otros bandidos semejantes, los piratas. Joven, acuérdese usted de lo que le digo. Los _filósofos_ engendraron a los _filántropos_, quienes procrearon a su vez a los _negrófilos_, los que nos van dando a luz los _matablancos_, que así se llamarán mientras se les busca un nombre griego-latino. Esas fingidas ideas liberales con que se embriagan en Francia son un veneno bajo la latitud de los Trópicos. Convenía tratar a los negros con blandura, pero no llamarlos a una emancipación tan repentina. Todos los horrores que se ven hoy en Santo Domingo provienen de la sociedad patriótica de Massiac, y la insurrección de los esclavos no es más que un golpe de rebote de la toma de la Bastilla.

Mientras que el veterano me explicaba sus opiniones políticas, respirando franqueza y convencimiento, seguían los tempestuosos debates. Un hacendado del corto número que participaba del frenesí revolucionario, y que tomaba el título de ciudadano general C..., porque había servido de caudillo en algunas escenas de carnicería, exclamó:

--Antes se necesita dar ejemplos que pelear. Las naciones exigen lecciones terribles: atemoricemos, pues, a los negros. Yo soy quien apaciguó los levantamientos de junio y julio poniendo en la entrada de mi finca cincuenta cabezas de negros clavadas cada cual en una estaca y colocadas como árboles a estilo de alameda. Que cada uno dé su cuota para la proposición que voy a hacer, y defendamos las murallas del Cabo con los negros que aún nos quedan.

--¿Cómo?... ¡Qué imprudencia!--empezaron todos a decir.

--Ustedes no me comprenden, señores--repuso el _ciudadano general_--. Hagamos un cordón con cabezas de negros que rodee la ciudad desde el castillo de Picolet hasta la punta del Caracol, y sus compañeros los insurgentes no se atreverán a acercarse. En circunstancias como las presentes es menester sacrificarse por el bien general, y yo lo haré el primero. Quinientos negros me quedan sumisos, y los pongo a disposición de la Junta.

La propuesta se recibió con un movimiento general de horror y voces unánimes de “¡Horrible! ¡Abominable!”

--Medidas de esa naturaleza son las que lo han arruinado todo--dijo otro hacendado--. Si no se hubieran dado tanta prisa en ajusticiar a los insurgentes de junio y julio, se habría podido coger el hilo de la conspiración, y no que ahora el verdugo lo ha cortado con su hacha.

El ciudadano C... observó por algunos instantes el silencio propio de un despechado, y luego empezó a refunfuñar entre dientes:

--Pues, con todo, me tenía y me tengo por persona no sospechosa. Soy amigo de todos los _negrófilos_ del mundo, y corresponsal de Brissot y de Pruneau de Pomme-Gouge en Francia; de Hans Sloane, en Inglaterra; de Magaw, en América; de Pezll, en Alemania; de Olivarius, en Dinamarca; de Wadstrohm, en Suecia; de Peter Paulus, en Holanda; de Avendaño, en España, y del abate Pedro Tamburini, en Italia.

A medida que adelantaba en su catálogo de negrófilos, iba alzando la voz, y, por último, concluyó con decir:

--¡Pero aquí no se entiende pizca de filosofía!

M. De Blanchelande pidió por tercera vez que se recogieran los votos.

--Señor gobernador--dijo una voz--, mi parecer es que nos embarquemos todos en el _Leopardo_, que está en la bahía.

--Que se pregone la cabeza de Bouckmann--dijo otro.

--Que se le envíe un aviso al gobernador de la Jamaica--dijo el tercero.

--Sí, para que nos mande otra vez el risible socorro de quinientos fusiles--respondió un diputado de la provincial--. Lo mejor será enviar una consulta a Francia y aguardar la respuesta.

--¡Aguardar!, ¡aguardar!--prorrumpió M. De Rouvray con energía--. Y los negros, ¿aguardarán? Y la llama, tan vecina, que va a devorar a la ciudad, ¿aguardará también? M. De Touzard, mande usted tocar generala; agarre artillería y salga con sus granaderos y cazadores contra el grueso de los rebeldes. Usted, señor gobernador, establezca campamentos en todas las parroquias de Levante y guardias de observación en Trou y en Vallieres, y yo me encargo de las vegas del castillo del Delfín. Dirigiré los trabajos; mi abuelo, que era maestre de campo del regimiento de Normandía, ha servido a las órdenes del señor mariscal de Vauban; yo he estudiado a Folard y Bezont, y tengo un poco de práctica en defender un país abierto. Además, como las vegas del fuerte del Delfín, rodeadas casi por el mar y las fronteras españolas, parecen una península, se defenderán en cierta manera por sí solas. Igual ventaja presenta la península del Muelle. En fin, aprovechémonos de todo, y manos a la obra.

El lenguaje enérgico y positivo del militar de experiencia acalló de repente toda la discordancia de votos y de opiniones. El general acertaba, y aquel instinto que cada cual posee para distinguir lo que le conviene, reunió todos los pareceres al de M. De Rouvray; y mientras el gobernador le manifestaba en un apretón amistoso de la mano cuánto agradecía el valor de sus consejos, bien que dados a modo de orden, y la importancia de su auxilio, el resto de la concurrencia reclamaba la pronta ejecución de dichas medidas. Los únicos dos diputados de entrambas asambleas rivales aparentaban disentir del asenso general, y cada cual en su rincón hablaba entre dientes de _usurpación de facultades por parte del poder ejecutivo, de resoluciones atropelladas_ y de _exigir la responsabilidad_.

Yo aproveché la coyuntura para arrancarle a M. De Blanchelande las órdenes que con tal anhelo solicitaba, y salí, a fin de reunir mi tropa y ponerme de nuevo en marcha hacia el Acul, no obstante el cansancio de que todos, excepto yo, daban muestras.

XVII

Iban ya despuntando los primeros albores de la mañana cuando acudí a la plaza de Armas, despertando a los milicianos, que dormían echados en sus capotes, mezclados con los Dragones encarnados y amarillos, con los fugitivos del llano, con los ganados que mugían y balaban, y con los efectos de toda especie introducidos en la ciudad por los dueños de haciendas. En medio de tal desorden, iba ya logrando poner mi escasa fuerza en orden, cuando vi acudir hacia mí, a escape tendido, un dragón amarillo, cubierto de sudor y de polvo, y, adelantándome a su encuentro, supe con espanto, a las pocas y entrecortadas palabras que pronunció, que mis temores se habían realizado, que la insurrección se había propagado por las vegas del Acul y que los negros habían puesto sitio al castillo de Galifet, donde se habían refugiado la milicia y los hacendados blancos. Y aquí convendrá decir que el castillo de Galifet era de muy poca importancia, pues en Santo Domingo se le daba aquel pomposo nombre a cualquier fortín de campaña.

No había, pues, ni un momento que perder. Busqué cuantos caballos me fué dable para montar mi tropa, y sirviéndome el dragón de guía, llegamos a la hacienda de mi tío hacia las diez de la mañana. Apenas eché una mirada sobre aquellos magníficos plantíos, convertidos en un mar de llamas que despedían de su seno espesas olas de humo, entre las cuales cruzaban, arrebatados como leves chispas por el viento, gruesos troncos de árboles vomitando fuego. El espantoso crujir del incendio, como que respondía a los aullidos lejanos de los negros rebeldes, a quienes alcanzaba a oír, aunque no a divisar. Sólo me acusaba un pensamiento, del que no podía distraerme la pérdida de tantas riquezas de que hubiera sido dueño: ¡el salvar a María! Después de conseguirlo, ¿qué me importaba el resto? Sabía que estaba encerrada en el castillo, y mi única súplica a Dios era la de llegar a tiempo. Sólo esta esperanza me alentaba en mis penas y me daba las fuerzas y los bríos de un león.

Por fin, a una vuelta del camino, se descubrió el castillo de Galifet, con el estandarte tricolor ondeando aún en sus murallas, defendidas por un vivo fuego de fusilería. Solté un grito de placer:

--¡A galope, amigos; riendas sueltas y meted espuelas!--dije a mis compañeros.

Y, redoblando el paso, nos arrojamos a campo a traviesa hacia el castillo, a cuyas plantas se veía la habitación de mi tío, desmantelada, pero en pie aún e iluminada por los rojizos reflejos del incendio, que todavía no había hecho en ella presa, pues el viento soplaba de la mar y estaba aislada de cualquier otro edificio.

Una multitud de negros guarecidos en la casa se mostraban a la vez en el ventanaje todo y aun en los techos, y sus armas y antorchas relucían en medio de los incesantes disparos que hacían al castillo, mientras otro y más numeroso tropel de sus camaradas subía, caía y volvía a subir de nuevo por los muros de la fortaleza, rodeados de escalas. Aquellas oleadas de negros, sin cesar rechazados y sin cesar asomando sobre aquellos cenicientos paredones, se asemejaban a un enjambre de hormigas que procuran ascender por la concha de una gruesa tortuga, y de cuyas molestias se liberta de rato en rato el tardo animal con una sacudida.

Tocábamos, por fin, en las obras avanzadas del fuerte, y con la vista fija en el asta de bandera, animé a mis soldados, invocando el nombre de sus familias, recogidas cual la mía al amparo de aquellos muros, en cuyo socorro íbamos. Una aclamación general me respondió, y, formando mi reducido escuadrón en columna, estaba pronto a dar la voz de carga contra el tropel de los asaltantes. En este momento, un grito agudo salió del recinto de la fortaleza; un espeso remolino de humo envolvió todo el edificio, extendiendo por algún espacio sus vaporosos pliegues en derredor de las murallas, de donde salía un rumor semejante al de un horno encendido, y, alzándose luego en el aire, nos dejó ver el castillo de Galifet, dominado por una bandera roja, anuncio de la cabal catástrofe.

XVIII

No diré lo que por mí pasó a la vista de aquel horrible espectáculo. Con vergüenza lo confieso; pero la toma del castillo, la muerte de sus defensores, la carnicería de veinte familias, tamaño, en fin, y tan universal estrago, no me ocupó ni por un instante. ¡María, perdida para mí, arrebatada de mis brazos a las pocas horas de aquella en que me había sido confiada para siempre, perdida por mi culpa, pues si no la hubiera abandonado la noche anterior para ir al Cabo por orden de mi tío, hubiese podido siquiera estar a su lado, y morir junto a ella, y con ella y en su defensa, que casi era no perderla! Tales y tan amargas ideas hicieron subir mi dolor al punto de frenesí. Había en mi desesperación algo de remordimiento.

En esto, mis compañeros clamaron irritados:

--¡Venganza!

Y con el sable en la boca y las pistolas empuñadas en ambas manos, nos metimos por medio de los rebeldes vencedores. Aun cuando en número muy superior, los negros huían al acercarnos; pero delante y detrás, por derecha e izquierda, iban asesinando a los blancos y apresurándose a incendiar el fuerte; nuestro furor se acrecentaba con su cobardía.

A una puerta del castillo se me presentó Tadeo, cubierto de heridas.

--Mi capitán--dijo--: su Pierrot de usted es un hechicero, un _obí_, como dicen esos condenados negros, o, cuando menos, un diablo. Nos estábamos sosteniendo y ustedes llegaban, con lo que quedaba todo remediado, cuando se entró en la fortaleza no sé por dónde, y cate usted ahí... En cuanto a su señor tío, y su familia... y la señora...

--¿Y María?--le interrumpí--. ¿Dónde está María?

En este momento, un negro de alta estatura salió de entre un parapeto incendiado, llevándose una mujer joven, que gritaba y luchaba en sus brazos. La joven era María; el negro era Pierrot.

--¡Pérfido!--le grité, y le apunté con una de mis pistolas.

Pero otro de los esclavos rebeldes corrió a cubrirle del tiro, y, atravesado por la bala, cayó muerto a mis pies.

Pierrot se volvió, y pareció como que me dirigía algunas palabras, y luego se escondió con su presa entre una maleza de cañas medio abrasadas. Un momento después atravesó un perro, llevando en la boca la cuna del hermano menor de María. También reconocí al perro, que era _Rask_, y, transportado de ira, le disparé la segunda pistola, pero erré la puntería.

Eché a correr como insensato, siguiéndole las huellas; pero mis dos viajes en el curso de la noche, tantas horas pasadas sin tomar descanso ni alimento, mis temores acerca de María, la súbita mudanza del colmo de la fortuna al último grado de las desdichas, tantas violentas emociones del ánimo más aun que las fatigas del cuerpo, habían agotado mis fuerzas. A los pocos pasos empecé a vacilar, se me anubló la vista y di en tierra con un desmayo.

XIX

Al volver en mí, me encontré en la habitación arruinada de mi tío y entre los brazos de Tadeo, que, lleno de bondad, tenía clavados en mí los ansiosos ojos.

--¡Victoria!--gritó en cuanto sintió al tacto reanimárseme el pulso--. ¡Victoria, los negros van de vencida y el capitán ha resucitado!...

Interrumpí su grito de alegría con mi eterna pregunta:

--¿Dónde está María?

Yo aún no había coordinado mis pensamientos; conservaba la idea, mas no el recuerdo exacto de mis infortunios. Tadeo bajó la cabeza. Recobré entonces la memoria, trayendo a la imaginación la horrible noche de mis bodas, y la figura de aquel negro gigante arrebatando a María al través de las llamas, se me renovó cual visión infernal. El horrendo relámpago que acababa de iluminar a la colonia y de enseñar a los blancos un enemigo en cada cual de sus esclavos, me hizo reputar a aquel Pierrot tan bueno, tan generoso, tan fiel, que me debía tres vidas, por un ingrato, un rival y un monstruo. El robo de mi mujer, en la noche de nuestro enlace, me confirmaba en las anteriores sospechas, y claramente reconocí que el músico incógnito de la glorieta era el mismo execrable raptor de María. ¡Cuánta mudanza en tan escasas horas!

Tadeo me dijo que en balde se había afanado en seguir a Pierrot y a su perro; que los negros se habían retirado, aunque su número era muy suficiente para aniquilar nuestras cortas fuerzas, y que el incendio de los bienes de mi familia seguía su curso, sin que fuese posible atajarlo.

Le pregunté si sabía del paradero de mi tío, a cuyo aposento me habían conducido; me agarró en silencio de la mano, y, llevándome hacia su cama, descorrió el cortinaje. Allí yacía mi desgraciado tío, sobre su lecho ensangrentado, con un puñal hondamente clavado en el corazón; y por el sosiego de las facciones se conocía que le habían herido en brazos del sueño. La camilla del enano Habibrah, que acostumbraba a dormir a sus pies, también estaba salpicada de sangre, y manchas idénticas se veían en el estrambótico ropaje del pobre juglar, arrojado en el suelo a corta distancia del lecho. No me quedó, pues, duda de que el bufón había sido víctima de su conocida fidelidad a mi tío, y que había perecido a manos de sus camaradas, quizá en defensa de su señor. Echéme entonces con severidad en cara las preocupaciones que me habían hecho concebir juicios tan errados sobre el carácter de Pierrot y de Habibrah, y con las lágrimas que me arrancó el fin trágico y prematuro de mi tío vinieron a mezclarse algunos recuerdos pesarosos de su desdichado enano. Di orden para que se buscara el cuerpo; pero las pesquisas fueron vanas, suponiendo yo que los negros habrían cargado con él y arrojándolo a las llamas; y en las honras fúnebres que hice celebrar a mi padre adoptivo, mandé recitar algunas oraciones por el descanso del alma de su fiel Habibrah.

XX

El castillo de Galifet quedaba arruinado, nuestras haciendas habían desaparecido, y era tan excusado cuanto imposible permanecer por más largo tiempo entre aquellos escombros. En la tarde misma regresamos al Cabo.

Llegados allí, una fiebre ardiente se apoderó de mí. Los esfuerzos que hube intentado para domar mi desesperación eran demasiado violentos, y la cuerda, estirada sin mesura, saltó, y caí en un profundo delirio. Todas mis esperanzas burladas, mi amor profanado, mi amistad vendida, mi porvenir perdido, y, sobre todo, los implacables celos, trastornaron mi juicio, y juzgaba sin cesar que veía las llamas circular por mis venas. La cabeza se me partía y las furias me desgarraban las entrañas. Me representaba a María en poder de otro dueño, de otro amante; en poder de un esclavo, de Pierrot. Dicen que en aquellos momentos me arrojaba del lecho, y eran necesarios seis hombres para impedir que me deshiciera el cráneo contra las paredes. ¡Ah! ¿Por qué no me dejaron entonces morir?

La crisis pasó. Los médicos, los cuidados de Tadeo y no sé qué fuerza vivificante de la juventud vencieron el mal, aquel mal que hubiera podido ser un bien tan grande. Curé al cabo de diez días, y no me afligí por ello. Me alegré de poder vivir algún tiempo más para vengarme.

Apenas convalecido, fuí a solicitar del señor De Blanchelande que me pusiese en servicio activo, y quiso él confiarme la defensa de algún punto fortificado; pero yo le supliqué que me agregara en clase de voluntario a cualquiera de las columnas volantes que acostumbraban a hacer expediciones contra los negros para barrer el país. Mientras tanto, se había fortificado de ligero la ciudad del Cabo, y la insurrección seguía haciendo espantosos progresos. Los negros de Puerto Príncipe empezaban a conmoverse; Biassou hacía de cabeza de los del Limbé, el Dondon y el Acul; Juan Francisco se había declarado generalísimo de los rebeldes de las vegas de Maribarou; Bouckmann, famoso más adelante por su trágico fin, recorría con sus secuaces las riberas de la Limonade, y, por último, las bandas de Morne-Rouge habían aclamado por caudillo a un negro llamado Bug-Jargal.

El carácter de este último, a dar crédito a lo que de él se decía, contrastaba de una manera extraordinaria con la ferocidad de sus iguales. Al paso que Bouckmann y Biassou inventaban mil géneros de muerte para los prisioneros que caían entre sus garras, Bug-Jargal se apresuraba a facilitarles medios para salir de la isla. Los primeros celebraban contratos con las lanchas españolas que cruzaban por la costa y les vendían de antemano los despojos de los desgraciados a quienes precisaban a la fuga; Bug-Jargal, por el contrario, había echado a pique varios de estos piratas. M. Colas de Maigné y otros ocho hacendados de distinción fueron desatados por su mandato de la rueda donde los tenía ya ligados Bouckmann para darles tormento, y se contaban de él otros mil actos de generosidad que serían demasiado largos de referir.

Sin embargo, mi sed de venganza no parecía próxima a saciarse, pues no había vuelto a oír hablar de Pierrot. Los rebeldes, al mando de Biassou, seguían hostigando al Cabo, y aun tuvieron una vez el arrojo de subir al cerro que domina la ciudad, costando no poco trabajo el rechazarlos a los cañones de la ciudadela. Entonces el gobernador resolvió acorralarlos hacia lo interior de la isla. La milicia del Acul, el Limbé, Ouanaminta y Maribarou, unidas al regimiento del Cabo y a las terribles compañías de Dragones amarillos y encarnados, formaban nuestro ejército de operaciones. La milicia del Dondon y de Quartier-Dauphin, reforzadas con un cuerpo de voluntarios a las órdenes del comerciante Poncignon, guarnecían la plaza. El gobernador trató primero de desembarazarse de Bug-Jargal, quien le incomodaba en sus movimientos y le alarmaba con sus diversiones. Envió, pues, en su busca la milicia de Ouanaminta, con un batallón del Cabo; pero la columna regresó a los dos días en completa derrota. El gobernador se obstinó en destruir a Bug-Jargal, y mandó salir a las mismas tropas con cincuenta dragones amarillos y cuatrocientos milicianos de Maribarou de refuerzo. Esta segunda expedición quedó más maltratada aún que la primera, y Tadeo, que formaba parte, concibió tal despecho, que me juró, ya de vuelta, vengarse de Bug-Jargal...

Una lágrima brotó de los párpados de D’Auverney; cruzó los brazos y pareció durante algunos minutos como arrobado en dolorosa distracción; mas al fin prosiguió así.

XXI

--Llegó luego la noticia de que Bug-Jargal había salido de Morne-Rouge, dirigiéndose con sus tropas camino de la sierra para reunirse con Biassou. El gobernador se colmó de gozo, y decía, restregándose las manos:

--¡Los cogimos!

Al siguiente día, el ejército colonial había avanzado una legua, y los insurgentes, abandonando a nuestra aproximación Port-Margot y el castillo de Galifet, donde habían establecido un puesto, defendido por gruesas piezas de artillería de sitio, procedentes de las baterías de la costa, se retiraron a paso acelerado hacia los montes. El gobernador estaba no cabe más satisfecho, y así proseguimos en nuestra marcha. Cada cual, al pasar por aquellas áridas y asoladas llanuras, trataba de saludar por última vez, con una ojeada de pesar, el lugar donde existieron sus haciendas, su habitación, sus riquezas, y, a menudo, ni aun siquiera nos era dado conocer el sitio.

A veces nos atajaba el paso el fuego que de los plantíos había cundido por las sabanas y los bosques. En aquellas regiones donde el suelo está aún virgen y la vegetación es tan feraz, la quema de un bosque va acompañada de singulares fenómenos. De lejos, y aun antes de verlo, se oye el incendio rugir con el estruendo de una catarata; los troncos de los árboles que estallan, las ramas que chispean, las raíces que crujen dentro de la tierra, las crecidas hierbas que susurran, el silbido de las llamas al lanzarse por la atmósfera, todo despide por el aire un sordo rumor, que ya mengua o ya redobla con los estragos del destructor elemento. A veces se mira un cinto de verdes árboles que por largo espacio rodean con sus intactas copas el foco de la ardiente hoguera. De súbito aparece en el extremo del fresco cortinaje una lengua de fuego: una culebra de azuladas llamas asciende en veloces roscas por los troncos, y con instantánea mudanza, el frente todo del bosque desaparece bajo un velo de oro movedizo; todo arde a la vez y se consume. Entonces un dosel de humo baja por intervalos, movido por los ímpetus del viento, y envuelve a la llama entre sus sombras. Corre y descorre los pliegues de su opaco manto, se eleva y se abate, se disipa y se espesa; ya vence la obscuridad, y ya una franja de esplendente fuego resalta con vigor en los contornos; ya, por fin, resuena un violento estallido, y la franja desaparece, y el humo se levanta y despide al disiparse una lluvia de rojizas pavesas, que por largo espacio va cubriendo la tierra.

XXII