Bug-Jargal

Part 7

Chapter 73,978 wordsPublic domain

En este instante pareció clavarse en mí la mirada del hechicero, y con un estremecimiento en todo su cuerpo, dió un paso atrás y extendió la vara hacia las griotas cual para mandarlas regresar. Con todo, después de refunfuñar entre sí, oyéndosele tan sólo la palabra _maldito_, dijo no sé qué al oído del negro, y se retiró a paso lento, con los brazos cruzados y los ademanes de un hombre embebido en profundas meditaciones.

FOOTNOTES:

[6] Acordaos, acordaos.--N. del A.

XXVII

En seguida me avisó mi vigía que Biassou deseaba verme y que había de prepararme para dentro de una hora a la entrevista con aquel caudillo.

Sin duda, quedábame aún una hora de vida, y mientras transcurría, dejé correr mis miradas por el campamento de los rebeldes, cuyo singular aspecto me demostraba la luz clara del día hasta en los más pequeños pormenores. Quizá en un estado diverso del ánimo no hubiese podido contener la risa al contemplar la inepta vanidad de los negros sobrecargados, casi sin excepción, de insignias guerreras y sacerdotales despojos de sus víctimas. La mayor parte de tales adornos no eran otra cosa que algunos andrajos desapareados y sangrientos. No era cosa rara el ver una gola sobre una sobrepelliz, o una charretera encima de una casulla. Además, sin duda para descansar de las faenas a que habían estado su vida entera sujetos, los negros permanecían en un estado de inacción absolutamente desconocido por nuestros soldados, aun en las horas de descanso. Algunos estaban dormidos al sol, con la cabeza cerca de una hoguera ardiente; otros, con el semblante ya apático, ya furioso, cantaban con voz monótona, sentados en cuclillas a la puerta de sus _ajoupas_, especie de chozas puntiagudas, techadas con hojas de plátano y de palma, cuya forma cónica se asemejaba a nuestras tiendas de campaña. Las mujeres, negras o pardas, preparaban con ayuda de los negrillos el rancho para los combatientes, y yo los veía revolver con enormes pinchos el maíz, las patatas, los ñames, los plátanos, los guisantes, el coco, la col caribe, que ellos llaman tayo, y toda especie de frutos y plantas indígenas, que hervían mezclados con los cuartos despedazados de cerdos, de perros y de tortugas, en las inmensas calderas robadas de los ingenios. A lo lejos, en los confines del campamento, los griotos y las griotas formaban grandes círculos alrededor de las hogueras, y el viento me traía a veces algunos trozos de sus bárbaras canciones entre la música de las guitarras y balafos. Varios centinelas colocados en la cima de los más cercanos peñascos vigilaban los alrededores del cuartel general de Biassou, cuya única defensa, en caso de ataque, consistía en una línea circular de carretones cargados con las municiones y el botín. Aquellos atezados centinelas, erguidos sobre la aguzada punta de las pirámides de granito de que están erizados los cerros, daban vueltas a menudo, como las veletas de los góticos campanarios, y se corrían con toda la fuerza de sus pulmones esta palabra, que aseguraba el sosiego del campamento:

--Nada, nada.

De tiempo en tiempo se formaba en torno de mi persona un corro de negros curiosos, que todos me contemplaban con aire amenazador.

XXVIII

Al cabo, un piquete de soldados de color, bastante bien armados, se llegó hacia nosotros, y el negro a quien parecía yo pertenecer me desató de la encina a que estaba atado y me entregó en manos del comandante de la escolta, recibiendo en pago un saco, que abrió sin demora, y que estaba lleno de pesos fuertes. Mientras el negro, arrodillado sobre la hierba, los iba contando con ansia manifiesta, los soldados me separaron de allí. En el camino examiné con curiosidad su equipo, que consistía en un uniforme de paño tosco, pardo y amarillo, y cortado a la española: una especie de _montera_ castellana, adornada de una cucarda encarnada[7], les cubría su pelo de lana. En lugar de cartuchera llevaban una especie de morral colgando del costado, y sus armas eran un fusil de mucho peso, un sable y un machete. Después supe que este uniforme era el de la guardia particular de Biassou.

Después de grandes rodeos entre las filas irregulares de chozas, que embarazaban el terreno del campamento, llegamos a la entrada de una gruta, labrada por la naturaleza al pie de uno de aquellos inmensos lienzos de peña viva de que estaba el valle amurallado. Un gran cortinaje de aquella tela tibetana llamada _cachemira_, y que no tanto se distingue por lo vivo de sus colores cuanto por la suavidad de su trama y lo variado de sus dibujos, escondía a la vista lo interior de esta caverna, rodeada por espesas hileras de soldados, todos con igual equipo que mis conductores.

Tras dar la seña a los dos centinelas que se paseaban a los umbrales de la gruta, el comandante del piquete alzó el cortinaje y me introdujo consigo, dejándole caer tras de mí.

Una lámpara de cobre con cinco mecheros, colgada de unas cadenas a la bóveda, difundía sus trémulos rayos sobre las húmedas paredes de aquella cueva, privada de la luz del día. Entre dos filas de soldados mulatos descubrí a un hombre de color, sentado en un grueso tronco de caobo, medio encubierto por un tapiz de plumas de papagayo. Este hombre pertenecía a la especie de los _salto-atrás_, que no está separada de los negros sino por diferencias casi imperceptibles. Su vestido era ridículo. Una magnífica faja de red de seda, de donde colgaba una cruz de San Luis, le ceñía a la altura del ombligo unos calzoncillos azules, de lienzo tosco, y una chupa de cotonía blanca, demasiado corta para alcanzarle a la cintura, completaba el resto de su ajuar. Llevaba, además, botas grises, un sombrero redondo, coronado con la cucarda encarnada, y dos charreteras: la una de oro, con estrellas de plata en la pala, cuales usan los mariscales de campo en Francia, y la restante, de lana amarilla. Dos estrellas de cobre, que aparentaban ser dos acicates de espuela, estaban clavadas en la postrera, sin duda para hacerla digna de su brillante compaña. Estas dos charreteras, que no tenían sujeción por medio de presillas en su lugar debido, colgaban por ambos lados de los hombros sobre el pecho del personaje. Un sable y dos pistolas ricamente embutidas estaban a su lado, sobre un tapiz de plumas.

Detrás de su asiento, silenciosos e inmóviles, se veían dos niños con el vestido de esclavos, y cada uno con un inmenso abanico de plumas de pavo real. Estos dos niños eran dos blancos reducidos ahora a cautiverio.

Dos cojines de terciopelo carmesí, que parecían sacados de algún oratorio, señalaban dos puestos a derecha e izquierda del leño de caoba. Uno de ellos, el de la derecha, se hallaba ocupado por el obí que me libertó del furor de las griotas. Estaba él sentado, con las piernas cruzadas, derecha la varita, inmóvil cual un ídolo de porcelana en una pagoda chinesca, tan sólo que a través de las hendeduras del velo veía chispearle los ojos, enardecidos y clavados en mí sin pestañear.

A cada lado del caudillo había unos haces de pendones, banderas y gallardetes de toda especie, entre los cuales reparé en la bandera blanca francesa con flores de lis, la bandera tricolor y la bandera española; las restantes eran insignias de capricho, incluso un gran estandarte de color negro.

A la cabecera de la estancia, por encima del principal personaje, otro objeto llamó asimismo mi atención: un retrato del mulato Ogé, ajusticiado el año anterior en el Cabo por crimen de rebelión con su teniente Juan Bautista Chavanne, y otros veinte cómplices, entre pardos y negros. En este retrato, Ogé, hijo de un carnicero del Cabo, estaba representado como tenía costumbre de hacerse pintar, es decir, con uniforme de teniente coronel, la cruz de San Luis y la orden de mérito del León, que había comprado en Europa al príncipe del Limburgo.

El mulato en cuya presencia me veía yo ahora era hombre de mediana estatura, y en el semblante presentaba una extraña mezcla de astucia y crueldad. Hízome aproximar, me miró por algún tiempo en silencio y, al fin, me dijo con risa amarga y sarcástica, parecida a los aullidos de una hiena:

--Yo soy Biassou.

Aguardaba tal nombre, pero no pude oírle en boca semejante y en medio de aquella feroz carcajada sin temblar interiormente. Mi rostro, empero, se mantuvo sereno y orgulloso, y ni me digné contestarle.

--¿Qué es eso?--repuso en francés menos que mediano--. ¿Te han empalado ya de modo que no puedes doblar el espinazo y hacer una cortesía en presencia de Juan Biassou, generalísimo del país conquistado y mariscal de campo de los Reales Ejércitos de _Su Majestad Católica_?--La táctica de los principales caudillos rebeldes consistía en dar a entender que obraban a favor, ya del Rey de Francia, ya de la revolución o ya del Rey de España--.

Crucé los brazos en el pecho y le miré cara a cara con resolución. El volvió a su risa sarcástica, que parece lo tenía por resabio.

--¡Hola, hola! _Me pareces hombre de buen ánimo._ Pues bien, escúchame lo que voy a decirte: ¿Eres criollo?

--No--le repliqué--, soy francés.

Mi firmeza le hizo arquear el entrecejo, y me respondió con su risa acostumbrada:

--Tanto mejor. Veo por el uniforme que eres oficial. ¿Qué edad tienes?

--Veinte años.

--¿Cuándo los cumpliste?

A semejante pregunta, que despertaba en mi alma tantos y tan dolorosos recuerdos, me quedé absorto en mis ideas; la repitió, empero, con empeño, y entonces yo le contesté:

--El día que ahorcaron a tu compañero Leogrí.

Sus facciones se contrajeron de ira, y la carcajada duró más aún de lo usual; pero al cabo se contuvo, diciendo:

--Hace veintitrés días ahora que murió Leogrí, y esta noche irás a decirle que le sobreviviste veinticuatro días no más. Quiero dejarte hoy todavía en el mundo para que puedas contarle a qué altura se halla la libertad de sus hermanos, lo que hayas presenciado en el cuartel general de Juan Biassou, mariscal de campo, y cuánta es la autoridad que ejerce este generalísimo sobre la _gente del Rey_.

Bajo título semejante, Juan Francisco, quien se hacía apellidar _Gran Almirante de Francia_, y su camarada Biassou, designaban sus catervas de negros y mulatos rebeldes.

Mandó luego que me hiciesen sentar en un rincón de la cueva, entre dos vigilantes, y señalando con el dedo a algunos negros con el disfraz de ayudantes de campo, dijo:

--Que se toque generala y que venga todo el ejército a las cercanías de mi cuartel general, que quiero pasarle revista. Y usted, señor padre capellán, revístase de sus hábitos sacerdotales y celebre para mí y para mis soldados el santo sacrificio de la misa.

El obí se levantó, hizo delante de Biassou una profunda reverencia y le dijo al oído unas cuantas palabras, que interrumpió el general prorrumpiendo en alta voz:

--¿Dice usted, _señor cura_, que no hay altar? Pero ¿qué tiene eso de extraño entre los montes? ¡Ni qué importa! ¿Desde cuándo acá exige el _bon Giu_[8] para su culto un magnífico templo ni un altar adornado con oro y con encajes? Gedeón y Josué le adoraron ante un montón de piedras; hagamos, pues, _bon per_[9], como ellos hicieron, que al _bon Giu_ le basta con corazones fervorosos. ¡Que no hay altar! Pues ¿por qué no armar uno con la caja grande de azúcar que los soldados del Rey cogieron ayer en el ingenio de Dubuisson?

Pronto se puso en planta el mandato de Biassou, y en un abrir y cerrar de ojos quedó listo lo interior de la caverna para semejante parodia de los divinos misterios. Trajeron un tabernáculo y un copón, robados de la iglesia parroquial del Acul, de aquel templo mismo donde mi enlace con María recibió del cielo una solemne bendición, tan luego acompañada de amargos infortunios, y pusieron por altar una caja de azúcar robada, parte del botín de algún ingenio vecino, y cubierta con una sábana a guisa de paño, lo que no tapaba el rótulo siguiente, que podía leerse en los costados del extraño altar: _Dubuisson y Compañía, en Nantes_.

Cuando los vasos sagrados estuvieron en su lugar, notó el obí que faltaba un crucifijo, y, sacando el puñal, cuyo mango estaba en forma de cruz, lo clavó en pie ante el tabernáculo, entre el cáliz y el viril. En seguida, sin quitarse la caperuza de hechicero ni el velo de penitente, se echó sobre los hombros desnudos la capa pluvial, robada al vicario del Acul; abrió el misal con manecillas de plata, en que se habían leído las oraciones de mi fatal casamiento, y, volviéndose hacia Biassou, sentado a pocos pasos de distancia del altar, anunció con un profundo saludo que estaba ya listo para la ceremonia.

Al punto, a una señal del caudillo se descorrió el cortinaje de cachemira de la entrada y nos mostró el ejército entero de los negros, formado en columnas cerradas a la boca de la cueva. Biassou se quitó el sombrero redondo, se postró delante del altar y gritó con voz sonora:

--¡De rodillas!

--¡De rodillas!--repitieron los jefes de batallón.

Sonó un redoble de tambores, y toda la gavilla estaba arrodillada.

Yo solo había quedado inmóvil en mi asiento, escandalizado del sacrilegio que iba a cometerse en mi presencia; pero los dos robustos mulatos que me tenían bajo su guardia me arrebataron el asiento y, empujándome con violencia por los hombros, caí de rodillas cual los demás, precisado a tributar un simulacro de respeto a este simulacro de culto.

El obí ofició con seriedad; los dos pajecillos blancos de Biassou hacían oficio de diácono y sub-diácono, y la turba de los rebeldes, doblada siempre la rodilla, asistía a la ceremonia con un aspecto de devoción de que daba el generalísimo el primer ejemplo. Al momento de la elevación volvióse hacia el ejército el obí, enseñando la hostia, y exclamó en su dialecto:

--_Zoté coné bon Giu; ce li mo fé zoté voer. Blan touyé li, touyé blan yo touté[10]._

A estas palabras, pronunciadas en una voz fuerte, que se me antojó haber ya oído en alguna otra parte y otros tiempos, la muchedumbre entera lanzó un rugido; hirieron los soldados sus armas una con otra por largo espacio, y todo el poder de Biassou fué necesario para impedir que aquel siniestro rumor no fuese el anuncio de mi hora postrera. Comprendí, empero, a qué exceso de valor y de crueldad podían llegar estos hombres, para quienes un puñal era un crucifijo, y en cuyo ánimo las emociones eran tan súbitas y profundas.

FOOTNOTES:

[7] Ya se sabe que éste es el color de la cucarda española.--N. del A.

[8] El buen Dios.

[9] Buen padre.

[10] “Ya conocéis a Dios y aquí os lo enseño. Los blancos le mataron; matad a todos los blancos.” Más adelante, Toussaint-Louverture tenía costumbre de dirigir la misma alocución a los negros después de haber comulgado.--Nota del autor.

XXIX

Concluída la ceremonia, el obí se volvió hacia Biassou con una respetuosa reverencia, y entonces, levantándose aquel caudillo, dijo en francés, encarándose conmigo:

--Nos acusan de no tener religión; pero ya ves tú que eso es una calumnia y que somos buenos católicos.

No sé si hablaba irónicamente o de buena fe; mas, al cabo de un momento, hizo que le trajesen un vaso de vidrio lleno de maíz negro, y puso encima unos cuantos granos de maíz blanco, y en seguida, alzando el vaso por encima de su cabeza para que mejor alcanzase a verlo todo el ejército, exclamó:

--Hermanos, vosotros sois el maíz negro, y vuestros enemigos los blancos son el maíz blanco.

En esto meneó el vaso, y cuando casi todos los granos blancos hubieron desaparecido escondidos entre los negros, prorrumpió en decir con aire de inspiración y triunfo:

--_Guette blan si la la[11]._

Otra aclamación, que retumbó en los ecos de la montaña, acogió la parábola del caudillo, y Biassou prosiguió, mezclando con frecuencia en su mal francés frases o españolas o criollas:

--El tiempo de la mansedumbre ha pasado. Por demasiado largo período hemos aguantado en paz como los carneros, con cuya lana comparan nuestros cabellos los blancos; seamos ahora implacables como los jaguares y panteras de la región de donde nos arrancaron. La fuerza sola adquiere derechos, que todo le pertenece al que se muestra esforzado y sin compasión. San Lobo[12] tiene dos fiestas en el almanaque, y el Cordero Pascual no tiene más de una... ¿No es así, padre capellán?

El obí hizo una reverencia afirmativa.

--Han venido--repuso Biassou--, han venido los enemigos de la regeneración de la humanidad, esos blancos, esos hacendados, esos dueños, esos hombres de negocios, _verdaderos demonios_ vomitados por las furias infernales. _Han venido con insolencia_, cubiertos, ¡gente vana!, de armas, de plumajes y de ropajes magníficos a la vista, y nos despreciaban porque éramos negros y estábamos desnudos. Pensaban, en su orgullo, dispersarnos con tanta facilidad como estas plumas ahuyentan esos negros enjambres de mosquitos y maringuinos.

Y, al acabar esta comparación, tomó de manos de un esclavo blanco uno de aquellos abanicos que se hacía llevar detrás de sí, y comenzó a sacudirlo con mil gestos vehementes; luego continuó:

--... Pero, hermanos, nuestro ejército se arrojó sobre ellos como las moscas sobre un cadáver; cayeron con sus lucidos uniformes a los golpes de estos brazos desnudos, que juzgaron sin bríos, no sabiendo que la buena madera está más dura cuando le quitan la corteza. Ahora tiemblan esos tiranos aborrecibles: _yo gagné peur_[13].

Un aullido de gozo y de triunfo respondió a este grito de su jefe, y la caterva toda siguió repitiendo por largo período:

--_Yo gagné peur!_

--Negros criollos y congos--añadió Biassou--, venganza y libertad. Gente de sangre mixta, no os dejéis ablandar por las seducciones _de los diablos blancos_. Vuestros padres están entre sus filas, pero vuestras madres están entre las nuestras. Y luego, _hermanos de mi alma_, jamás os han tratado como padres, sino como amos; tan esclavos erais como los negros. Cuando apenas un miserable harapo cubría vuestros miembros abrasados por el Sol, vuestros bárbaros padres se pavoneaban con muy _buenos sombreros_ y llevaban chaquetas de mahón los días de faena, y los días de fiesta, vestidos de barragán o de terciopelo, _a diez y siete cuartos la vara_. ¡Maldecid a esos entes desnaturalizados! Pero como los santos mandamientos del _bon Giu_ los protegen, no maltratéis a vuestro propio padre; y si le encontráis entre los contrarios, nada os estorba, _amigos_, para que no os digáis mutuamente: _Touyé papa moé, ma touyé quena toué_[14]. ¡Venganza! Gente del Rey: libertad para todos los hombres. Este grito tiene eco en todas las islas: nació en _Quisqueya_[15] y resonó en Tabago y en Cuba. Un capitán de ciento veinticinco negros cimarrones de las Montañas Azules, un negro de Jamaica, Bouckmann, en fin, fué quien primero alzó el pendón entre nosotros. Un triunfo ha sido su primer acto de fraternidad con los negros de Santo Domingo. Sigamos tan glorioso ejemplo, con la tea en una mano y el hacha en la otra. No haya compasión para los blancos, para los dueños. Matemos las familias, arruinemos sus plantíos, no dejemos en sus haciendas un árbol siquiera sin tener las raíces hacia el cielo. ¡Trastornemos la tierra para que se trague a los blancos! ¡Animo, pues, hermanos y amigos! Pronto iremos a pelear y exterminarlos. Triunfaremos o moriremos en la empresa. Vencedores, gozaremos a nuestra vez de todos los deleites de la vida; si morimos, iremos al cielo, donde los santos nos esperan; al paraíso, donde cada bravo tendrá ración doble de aguardiente y un peso en plata al día.

Esta especie de sermón soldadesco, que a ustedes, señores, no les parecerá más que risible, produjo entre los rebeldes un efecto maravilloso. Verdad es que los extraños gestos de Biassou, el acento inspirado de su voz, el extraordinario sarcasmo que cortaba a veces sus palabras, infundían a su arenga no sé qué oculto poderío de seducción. El arte con que entreveraba con sus declamaciones pormenores a propósito calculados para halagar las pasiones o el interés de los insurgentes, añadía cierto grado de fuerza a aquella elocuencia, tan adecuada para aquel auditorio.

No intentaré pintar qué grado de tétrico entusiasmo se manifestó en el ejército tras la alocución de Biassou. Fué un concierto discordante de clamores, de aullidos y de lamentos. Golpeábanse unos el pecho, sacudían otros sus mazas y sables, muchos permanecían de rodillas en actitud de inmóvil éxtasis. Las negras se desgarraban el seno y los brazos con las espinas de pescado que les servían para peinar sus cabellos. Las guitarras, los timbales, las cajas y los balafos mezclaban su estrépito con las descargas de fusilería. Era, por fin, aquello una algazara infernal.

Hizo Biassou un gesto con la mano, y el tumulto cesó luego como por encanto, y cada negro fuese en silencio a ocupar su puesto. Tan severa disciplina a que había doblegado Biassou a sus iguales, por el mero ascendiente de su ingenio y voluntad firme, me llenaron, por decirlo así, de admiración. Todos los soldados de aquel ejército parecían hablar y moverse al impulso del caudillo como las teclas del órgano ceden a los dedos del músico.

FOOTNOTES:

[11] Mirad lo que son los blancos para con vosotros--N. del A.

[12] Santo francés de quien no creemos que se haga mención en nuestra tierra.--N. del T.

[13] Tienen miedo, en dialecto criollo.--N. del A.

[14] _Mata a mi padre y yo mataré al tuyo_, execrables palabras que se oyeron, en efecto, en boca de algunos mulatos.--N. del A.

[15] Nombre antiguo de Santo Domingo que significa _Tierra Grande_. Los naturales le llamaban también _Haití_.--Nota del autor.

XXX

Otro nuevo espectáculo y género nuevo de charlatanismo y alucinamiento excitó mi curiosidad; a saber: la curación de los heridos. El obí, que ejercía en el ejército el doble cargo de médico para las dolencias del alma y del cuerpo, había empezado a visitar los pacientes. Se había desnudado de sus atavíos sacerdotales y llevaba junto a sí un gran cajón con compartimientos, donde iban sus drogas y herramientas, aunque, a decir verdad, poco usaba de sus instrumentos quirúrgicos; y excepto una lanceta de espina de pescado, con la que practicaba con suma habilidad una sangría, le tuve por muy torpe en el asunto, manifestando gran embarazo en manejar las tenazas que le servían de pinzas y el cuchillo que hacía de bisturí. La mayor parte del tiempo se contentaba con recetar cocimientos de naranjas silvestres, de zarzaparrilla o raíz de China, con algunos sorbos de aguardiente de cañas añejo. Su remedio favorito y, según él decía, soberano, constaba de tres copas de vino tinto mezclado con polvos de nuez moscada y la yema de un huevo duro, cocido entre el rescoldo. De este específico se servía para curar cualquier especie de llaga o dolencia. Fácil es de conocer que semejante medicina era tan irrisoria como el culto divino de que se fingía sacerdote, y es de calcular que el muy corto número de curas hijas del acaso no le hubieran bastado para conservar la confianza de los negros si no hubiera añadido los sortilegios a sus drogas y tratado de obrar con tanta más violencia sobre la imaginación de sus pacientes cuanto menor era su influjo verdadero sobre los males. Así es que ya se contentaba con tocar sus heridas haciendo algunos gestos místicos, ya valiéndose con tino de aquel resto de sus antiguas supersticiones, que mezclaba con su catolicismo reciente, metía en la llaga una piedrecita _fetiche_ envuelta en hilas, y el herido atribuía a la piedra los saludables efectos de su cubierta. Si le anunciaban que alguno de los heridos bajo su cuidado había muerto, o de las resultas del daño original, o aun quizá de su propio desatinado método de cura, respondía en tono solemne:

--Ya lo tenía yo previsto: era un traidor que en el incendio de tal hacienda salvó a un blanco, y su muerte es un castigo.