Bocetos al temple. Tipos trashumantes

Part 19

Chapter 194,024 wordsPublic domain

No me digan á mí (_enfrente del espejo y en ropas menores_) que aquellos hombres de anchas espaldas y robusto pecho, que gastaban gabanes de acero y pantalones de hierro colado, eran el tipo de la belleza varonil... Serían, todo lo más, forzudos; pero ¿elegantes?... ¡bah!... Hay que desengañarse: es mucho más hermosa la juventud de ahora... ¿Qué hay que pedir á esta pierna larga y delgada, como un mimbre? ¿á este brazo descarnado y suelto, como si no tuviera coyunturas? ¿y á este talle que se cimbrea? ¿y á este pescuezo de cisne?... ¡Si no fuera por esta pícara nuez! Pero se me ha corregido mucho, y á la hora menos pensada desaparece por completo. De todas maneras, la cubriré con la barba... cuando la tenga... Y en verdad que sentiré tenerla, porque con ella perderá el cutis su frescura: ¡cuidado si es fresco y sonrosado mi cutis! ¡Si estuviera la cara un poco más llena de carnes y fueran los dientes algo más blancos y menudos!... porque con estos ojos rasgados, este bigotillo de seda y este pelo negro echado hacia atrás... ¡Qué hermosa frente tengo!... Y eso que no es muy ancha... Bien. Ahora el traje _amelí_ de _negligé_. ¡Qué bien cae el pantalón sobre los pies! Me gustan estas campanas tan anchas, porque tapan los juanetes. ¡Pícaros juanetes! ¿Por qué he de tener yo juanetes como un hombre vulgar?... No sé si me ponga el sombrero de paja á la marinera, ó el de fieltro. Como es por la tarde... Me decido por el de paja. No viste tanto, pero me va muy bien... Ahora los guantes de piel de Suecia, el bastón de espino ruso... y á la calle... Vaya antes una mirada general... ¡Intachable!... ¡Cómo se nos conoce en el aire á los chicos distinguidos!... ¡Por cierto que estos provincianos de Santander tienen un afán de arrimarse á uno!... y luego serán capaces de quejarse si se les da un desaire... Pues no me hace gracia esta corbata: no juega bien con el traje. La cambiaré... Afortunadamente tengo en qué escoger. Papá se propuso sin duda que en esta primera salida mía á provincias dejara yo el pabellón bien puesto, y nada me ha escaseado. Corresponderé, papaíto, á tus propósitos, y la fama te dirá luego quién es tu hijo. Así están más en armonía los colores; y hasta las puntas sueltas dicen mejor á este traje que el nudo armado... Probablemente me estarán esperando en el Sardinero Casa-Vieja, Monteoscuro, Pradoverde y Manolo Cascajares... y hoy me hacen suma falta para que me ayuden á averiguar quién es aquella hechicera y distinguida rubia que paseaba ayer tarde con las de Potosí. Cuando quise acercarme á ellas para saberlo, se metieron en un carruaje, y perdí la pista... Tres veces me miró, ¡tres! pero ¡con qué intención!... Lo raro es que yo no la conocía hasta entonces... Acaso ella me haya visto antes en alguna parte: esto es lo más probable... En lo que no cabe duda es en que las de Potosí la habrán dicho quién es papá: por consiguiente, tengo andada la mayor parte del camino, y mis relaciones con ella son seguras... Lo siento por el desengaño que van á llevarse mis dos conquistas del Muelle. ¡Pobres chicas! Pero ellas se lo han querido. Á la tercera vez que pasé bajo sus balcones, ya me devoraban con los ojos... Y el caso es que son muy bonitas... Si se conformaran con el segundo puesto que les corresponde en mi corazón. ¡Corazón! Pero ¿le tienes tú, acaso, joven voluble?... ¡Y ellas que aspiran á conquistar el primero! Tendría que oir lo que se dijera de mí en Madrid este invierno, si me presentara en el gran mundo con la historia de dos conquistas provincianas por botín de mi campaña veraniega. ¡Yo que soy uno de los chicos de moda y de más porvenir!... En fin, por de pronto martiricémoslas un poco, y enseñemos á estos cursis montañeses algo de lo que vale y puede un joven de la buena sociedad madrileña.

II EN LA CALLE

Antes de acometer el asunto principal de mi empresa de hoy, hagamos un poco de prólogo por el interior de la ciudad. Éntrome por la calle de San Francisco... ¡Vulgo, vulgo todo! Modistillas, horteras, traficantes que van y vienen, y algunas señoras cursis... Aquellos tres chicos con humos de elegantes van á querer arrimarse á mí... Haré que no los veo, poniéndome á mirar esta vidriera... Ya pasaron... Me carga esta gente por lo pegajosa que es... No sé por qué se les figura que el darle á uno billete para el Círculo, ó para los bailes de campo, les autoriza para tomarse ciertas libertades... Todos los que pasan á mi lado me miran. Dirán para sus adentros: «¡Qué chico tan elegante y tan distinguido! Ése es de Madrid...». porque se nos conoce á la legua... Se me figura que por más allá de San Francisco viene algo que no es vulgo... ¡Oh, fortuna! son las de Cascajares. Bien decía yo que ese aire no era de por acá. Voy á saludarlas...--Á los pies de ustedes...--Perfectamente, gracias...--Pues por aquí matando el aburrimiento...--Lo comprendo sin que ustedes me lo digan...--Ni tampoco sociedad...--Qué quieren ustedes, les falta _chic_...--También yo, en cuanto se marchen las amigas del Sardinero...--Creo que van primero á Ontaneda...--Y Pilar erisipela...--¡Qué maliciosas son ustedes!...--Y Manolo, ¿dónde anda?...--Entonces le veré en el Sardinero...--Á los pies de ustedes.

¡Qué amables, qué discretas y qué distinguidas! Pues tampoco yo he sido rana... ¡Aquello de la erisipela lo dije con una travesura y un retintín!... Á estos gomosos provincianos quisiera yo ver tiroteándose con las señoras del gran mundo. ¿Qué idea tendrán de él aquí? ¡Pobre gente!

Pues, señor, esta región ya está explorada. Ahora al Muelle. Allí lanzaré un par de flechazos á mis dos montañesitas, y en seguida tomo el tranvía para el Sardinero. De más tono sería un carruaje abierto, en que fuera yo recostado con esa indolencia voluptuosa que tan bien me va; pero no hay que hablar de eso en este pueblo atrasadísimo... Echo por los atajos para llegar primero.

¡Oh, qué brisa tan oportuna corre por aquí!... ¡Cómo juguetea con mis cabellos y con las puntas sueltas de mi corbata!... ¡Debo de estar hermosísimo en este instante!... Andaré un poco más de prisa, no se figure algún mentecato indígena que la Ribera ni las que en ella viven son capaces de llamar mi atención... ¡Voy de paso, sí, señores, nada más que de paso!... aunque demasiado conocerá la gente que, á estas horas, no puede venir por aquí con otro objeto un chico distinguido de Madrid.

Me parece que aquel mirador es el de una de ellas. Justamente... ¡como que está esperándome en él!... Pero no está sola... ¡Anda! pues es _la otra_ quien la acompaña. Serán amigas... Tanto mejor: así despacho de un solo viaje. ¡Hermosa carambola voy á hacer con cada mirada!... ¿qué digo carambola? la discordia es lo que van á producir mis miradas, como la manzana del otro... ¡Suerte más provocativa!... Vayan, ante todo, un par de estirones de puño, haciendo, de paso, como que el sombrero me sofoca, para meter los dedos entre el pelo... Á esos dos provincianillos que vienen por la otra acera, les haré un saludo desdeñoso; y dirán las chicas: «¡con qué desdén tan distinguido los trata! ¡cómo los domina!...». ¡Agur!... ¡Qué fachas van!... Las del mirador me han visto... Pues allá va la mirada... Ya la pescaron... Me miran de reojo y se sonríen y cuchichean. ¡Cómo disimulan la una con la otra! Luego será ella, cuando tratéis de ver quién se le lleva. Para vosotras estaba, inocentes... La verdad es que son monísimas... ¡Válgame Dios, qué estragos podía yo hacer en este pueblo si me lo propusiera! No miro á una que no me corresponda... Otro golpe de brisa. Todo me favorece hoy. ¡Es que estoy graciosísimo con estas arremetidas del aire!... Antes de perder de vista el mirador, voy á volver la cara... ¿No lo dije? Devorándome están con los ojos... Y para disimular más, se meten corriendo en casa, haciendo que ríen á carcajadas... ¡De cuánto fingimiento es capaz la mujer! Pues, señor, este fruto está ya sazonado; y aunque sea para entreplato, se aprovechará.

El _Suizo_. Con la disculpa de buscar á alguien, voy á darme un par de golpes de espejo... Perfectamente. ¡Qué hermoso estoy esta tarde!... Es que nunca ha sido mi cutis más blanco, ni han tenido mis ojos más hechicera languidez. ¡No me extraña que las del mirador hayan quedado fascinadas!... ¡Es mucho ese Madrid para chicos distinguidos!

Ahora, á tomar el tranvía y buscar á mi gente al Sardinero... ¡Ah, rubia! te compadezco...

Me cargan á mí estos tranvías de provincia, por la morralla que va en ellos... Por supuesto que, como de costumbre, tendré que ir de pie en la imperial, porque en el interior es un poco pesado llevar tanto tiempo el ceño fruncido y la cara de asco... Y de otro modo no puede ir un chico distinguido como yo. Arriba, con la disculpa de mirar al mar, puede uno siquiera volver la espalda á todo el mundo sin violencia y sin que choque... Debería haber departamentos especiales en estos carruajes.

III EN EL SARDINERO

Esto ya es otra cosa... aquí puedo decir que estoy en mi casa. ¡Qué toaletas; qué _negligés_ tan _chic_!... ¡Cómo se destacan las madrileñas!... y ¡cómo me destaco yo! Empecemos por buscar á los amigos; después á la rubia. La compañía le hace á uno más osado y hasta más elocuente... No los veo por ninguna parte... Pero en cambio veo á las de Potosí, que están aquí paseando. ¡Canastos! vienen solas... ¿Y la rubia?... Lo más acertado será preguntar discretamente por ella...--Señoritas...--Muy bueno, gracias...--Sí: la tarde está hermosa para eso...--Ayer estaban ustedes más acompañadas...--Palabra de honor: jamás había visto á esa señorita... Hermosa es, en efecto; pero ¿y qué?...--Ni tarde ni temprano...--¡Que se ha marchado ya?...--¡Oh! no me admiro por lo que ustedes creen, sino por lo poco que ha estado aquí...--De modo que veinticuatro horas escasas...--Pues no vi yo á su papá...--¡Barrizales! ¿Luego ella es Lola Barrizales, la que estaba en un colegio de Alemania? Y ¿qué va á hacer ahora en Madrid?...--¡Que va á casarse en cuanto llegue?...--Nada hay de raro, en efecto, sino que... en fin, que sea enhorabuena. Y hablando de otra cosa, ¿han visto ustedes á Casa-Vieja y demás amigos por aquí?...--Lo siento, porque andaba buscándolos para un asunto... Veré si en la galería... Á los pies de ustedes.

¡Horror y maldición! Conque era Lola Barrizales, y Barrizales es íntimo de papá, y ella supo quién era yo: luego aquellas miradas eran lo que yo me figuraba; y tal vez la sacrifican y ella quería decírmelo, y yo pude haberlo impedido con una sola entrevista... ¡Maldito coche en que se metieron ayer! ¡Lola Barrizales! ¡bella, rica y distinguida!... ¡Qué ocasión para mí! ¡qué ocasión perdida, dioses inmortales! Pero ¿tiene remedio ya este bárbaro contratiempo? Eso es lo que tengo que consultar con mis amigos, y voy á buscarlos ahora mismo á la galería... Entraré en ella muy pensativo y hasta cabizbajo, como quien lleva herido el corazón: esta actitud me irá muy bien. Entremos. ¡Cuánta gente elegante!... No están ellos aquí tampoco... En aquel extremo hay una silla desocupada... La ocupo... Dos chicas muy guapas se han fijado en mí. Buena ocasión para herirlas... Apoyo el codo en la barandilla, la cabeza sobre la palma de la mano, y me pongo muy triste y melancólico. Siguen mirándome... Y dirán ellas:--«Ese joven debe de tener una gran pesadumbre: ¡qué hermoso es!» y me compadecerán... Ahora miro al suelo, apoyando la frente en mi mano; y como si quisiera ocultar alguna lágrima que enturbiara mis ojos, doy golpecitos en el pie con el bastón. Pero la angustia va en aumento, el disimulo no alcanza y vuelvo la cara hacia la ermita. Para expresarlo mejor, muerdo el pañuelo... Estoy así un ratito, como sollozando. ¡Qué hermoso debo de estar!... Ahora, después de sonarme y guardar el pañuelo, debo levantarme y salir de prisa, ocultando la cara, como si mi dolor se aumentase entre la gente. Allá voy... Siguen mirándome las dos chicas, y creo que algunas más. No importa: yo no puedo, no debo, en esta situación, fijarme en nadie; á papá mismo negaría el saludo... ¡Magnífica salida he hecho! ¡Qué interesante he estado!... Me parece que he causado gran efecto. Á la noche indagaré si se habló algo de mí después que salí de la galería.

Aquí afuera hay demasiada gente también, y no debo permanecer entre ella estando tan triste como estoy. Me voy del Sardinero á buscar la soledad que me corresponde.--«Estuvo aquí un instante (debe decir la gente mañana) muy afectado, y se retiró en seguida sin saludar á nadie...». Y habrá hasta quien crea que fui á los Pinares á levantarme la tapa de los sesos. ¡Magnífico! Esto me pondrá de moda.

Me vuelvo á la ciudad, á pie, por la Magdalena, y me ayudarán á conllevar las fatigas del camino mis tristezas. En marcha, pues.

IV OTRA VEZ EN SU CUARTO

Resumen de mis meditaciones del camino: continuaré en Madrid la empresa malograda aquí. El destino me la arrebató soltera; yo haré que el diablo me la devuelva casada. (_Desnudándose enfrente del espejo_). ¡Qué interesante me han puesto la pena y el cansancio!... Un amor contrariado con los correspondientes azares y escándalos, debe ser la ambición de todo hombre de mundo. La suerte quiere, por lo visto, que yo empiece por donde tantos calaveras han concluido. ¡Cúmplase mi destino, y adelante! Pero entre tanto, yo padezco y necesito distraerme. Me distraeré... abusando un poquito de mis ventajas... Esta noche al teatro; mañana al baile de campo con todos los recursos de mi hermosura, de mi distinción y de mi ropero. No me contentaré ya con la mirada y con la sonrisa; usaré también el billete perfumado, y luego el soborno, y después el escalamiento, y, por último, hasta el rapto, y, si es preciso, la estocada... Comencemos por vestirme de serio... ¡Juro á Dios que no me detendrán en mi carrera ni lágrimas ni amenazas! Yo no he traído esta contrariedad fatal; yo no me he colocado por mi gusto en esta actitud que ha de dejar memoria eterna en Santander. No se me pregunte luego por qué dejo víctimas detrás de mí:

«Soy el león... perseguido Que sacude la melena».

Y pues al cielo plugo hacerme sentir el fuego de una pasión, y arrebatarme el objeto que me la inspirara, de las cenizas que deje á mi paso esta llama abrasadora,

«responda el cielo, yo no».

[Ilustración]

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LAS DEL AÑO PASADO

Conoce el lector á _las de doña Calixta_? En un libro que anda por ahí con el rótulo de _Tipos y Paisajes_, se habla de ellas y de otras muchas cosas más. Si no las conoce, compre el libro. Si las conoce, con decirle que no se separan de ellas en todo el verano las aludidas en el título de este croquis, debe hallarlas en su memoria á poco que la registre.

Á mayor abundamiento, le daré algunas señas particulares. Son dos, madre é hija. La madre es achaparrada, con el pescuezo más bien embutido que colocado entre los hombros, y la cabeza ensartada en el pescuezo, como una calabaza en la punta de una estaca; tiene ancha y risueña la boca, fruncido el entrecejo, grises los ojos, poca frente, mucho pelo, mala dentadura y peor el cutis de la cara. La hija, por uno de esos inconcebibles caprichos de la naturaleza, es todo lo contrario de su madre: de bizarras líneas, de hermosas y correctísimas proporciones; modelo del arte clásico, mármol griego, y, como de tal substancia, fría é inanimada. Se llama Ofelia. Su madre no responde más que al nombre de Carmelita, aunque otra cosa se le grite al oído.

Los que lo entienden, dicen que Ofelia podría ser irresistible por la sola fuerza de su propia hermosura, con expresión en la fisonomía, flexibilidad en el talle y gusto en el vestir; pues además de rígida é inanimada, parece que es sumamente cursi. En cuanto á Carmelita, basta verla en la calle una vez para que el menos autorizado en la materia pueda decidir de plano que es un espanta-pájaros.

Táchase en las dos, como resabio de su mal gusto, un afán inmoderado de hacer ver á todo el mundo que siempre llevan zapatos nuevos, de los más relumbrantes ó de los más historiados.

Cómo empezaron sus relaciones con las de doña Calixta, no lo sé yo: acaso hubo entre unas y otras esa atracción misteriosa que se explica en latín con aquello tan sabido de _similis_, _similem querit_; pero es indudable que desde que por primera vez llegaron á Santander á veranear, intimaron con la «coronela» y sus tres hijas, como dos gotas de agua con otras cuatro. Á sus reuniones van, á sus amigas visitan; con ellas recorren de día y de noche calles y paseos; _por_ ellas pagan sorbetes en el café, coches al Sardinero y lunetas en el teatro; y en su exclusiva compañía asisten á los bailes campestres, á las serenatas, á las procesiones y á las solemnidades públicas.

Desde la primera vez que se la vió en este pueblo, llamó la atención la hermosura de Ofelia; pero ni los hombres la codiciaron, ni las mujeres la temieron: sus ya enumerados defectos, y el contrapeso estrafalario que le hacía su madre constantemente, entibiaban hasta el frío el entusiasmo de los unos, y tranquilizaban hasta el desdén á las otras. Nadie, pues, supo su nombre, ni quiso cansarse en preguntar por él. El primer año, si se la citaba en una conversación, se decía únicamente: _ésa que anda con las de doña Calixta_. Desde el verano siguiente ya se las llamó, á ella y á su madre, _las del año pasado_; especie de mote que revela cierto cansancio de verlas y pocos méritos para murmurar de ellas más de una vez.

Las de doña Calixta están locas por Ofelia. En su presencia, la ensalzan hasta la adulación; ausente, aburren al lucero del alba hablando de su hermosura, de su elegancia, de su brillante posición, de sus relaciones entonadas en Madrid, de las magníficas proposiciones que desecha, de sus deseos de llevarlas á pasar el invierno á su lado, de las cartas que se escriben desde que se va de aquí, y de los encargos que se hacen mutuamente.

--Pero ¿quiénes son ellas?--se ha preguntado muchas veces á las de doña Calixta.--¿Qué pito tocan en Madrid, cuál es su verdadera posición social?

Á las cuales preguntas jamás han dado las interrogadas una respuesta satisfactoria; porque á decir verdad, no están ellas mucho más enteradas en el asunto que los preguntantes. Y bien sabe Dios que hacen todo lo posible por ajustar á sus amigas las cuentas al menudeo; pero sea porque el asunto es harto sencillo y no necesita explicaciones y está á la vista, ó porque realmente hay malicia para disfrazarle, es lo cierto que las de Madrid no acuden al interrogatorio con la claridad que desean las de Guerrilla.

--¡Dichosa de ti--dicen éstas á Ofelia en sus frecuentes confidencias con ella;--dichosa de ti que puedes vivir en la corte con todas las ventajas que te dan tu posición y tu figura!

--No tanto como creéis,--contesta Ofelia entre desdeñosa y presumida.

--¡Ay! no me digas eso... Di que Dios da nueces... ¡Aquí te quisiera yo ver todo el año!

--De modo que, mejor que aquí, desde luego os confieso que se pasa allí el tiempo; pero de esto á lo que vosotras pensáis...

--¡Madrid! con aquellos paseos, con aquellos teatros, con aquella tropa y aquellas músicas... Todo el día estarás oyéndola, ¿verdad?

--Psé... Como no sea alguna vez que voy á la parada con mamá...

--¡Á Palacio!... ¡qué hermosura!... estará la plaza llena de generales.

--Ni se _arrepara_ en ellos, chicas... La última vez que fuimos se empeñó el coronel _entrante_ en que tomáramos asiento en el pabellón...

--Y tú, con esa sequedad condenada, no querrías.

--Claro está que no.

--¡Uf, qué rara, hija!... ¡Me da coraje ese genio! No me extraña que te sucedan ciertas cosas.

--¿Qué cosas?

--Por de pronto, aburrir á tus proporciones y hacerlas creer que las desprecias, que es lo mismo que si las tiraras por la ventana... Ya ves cómo lo creyó aquél de quien nos hablabas ayer...

--¡Mira qué ganga!... Un simple _catredático_.

--Ya se ve, ¡como tienes otros adoradores de alto copete!

--No lo dirás por el _comendante_ que me echó la carta por debajo de la puerta.

--Ya sabes tú que voy por más arriba.

--Por el marqués de la esquina, ¿eh?

--¿Se llama así?

--No; pero vive á la esquina de la calle, dos puertas más abajo que nosotros... como vive un duque tres puertas más arriba, y un conde enfrente.

--De modo que en tu calle todos sois personajes.

--Eso sí.

--¡Qué gusto! ¿Y lo del marqués será cosa hecha?

--Psé... Hay poco que fiar, si os he de decir la verdad; no porque él no esté bien apasionado, sino porque como en Madrid hay tantas proporciones y cambia una tantas veces de parecer... Esto nació del teatro Real... Como es muy amigo de papá, me acompañó hasta casa á la salida. Después me ha visitado muchas veces, y siempre ha tenido alguna cosa que decirme al oído.

--Y tú, ¿qué le has contestado?

--Que se lo diga á papá.

--¿Ve usted? ¿Á que desprecias también esa proporción?

--Allá veremos.

--¡Ay, qué sangre de chufas!... ¿De modo que vas muy á menudo al Real?

--Bastante.

--Estarás abonada.

--No quise que se abonara papá á turno con las _Consejeras_ del principal: ellas bien me lo rogaron; y desde entonces, porque no lo tomaran á desprecio, no me he abonado nunca.

--¡Buenas estarán aquellas funciones! ¡Qué concurrencia habrá allí!

--Mucho personaje... toda la corte... y muchísimo título; pero de confianza.

--Como que os conoceréis todos.

--La mayor parte son íntimos de papá.

--¿Por qué no tiene título tu papá?

--Porque, como él dice, está por lo positivo.

--¿Tendréis carruaje?

--¡Como hay tantísimos de alquiler!...

--Es verdad.

--Por supuesto, que te escribirás con el marqués.

--Anda, curiosa, picarona: ¿quieres saber tanto como yo? ¡Esas cosas no se dicen, ea!

Y con esto, ó algo parecido, y cuatro palmaditas sobre el hombro de la preguntona, corta Ofelia el interrogatorio á que todos los días se la somete, y cambia de conversación.

Entre su madre y doña Calixta pasa, en el ínterin, algo por el estilo.

--¿Y cómo no se anima su esposo de usted á acompañarlas algún verano?--pregunta á la de Madrid la coronela.

--Porque no puede, doña Calixta.

--¡Que no puede!... ¡un hombre de su posición!

--Pues por lo mismo. ¡Usté no sabe, doña Calixta, qué bregas y qué _laberientos_ trae ese hombre de Dios metidos en aquella cabeza! Ya se lo digo yo bien á menudo: «¡Cualquiera pensará que no tienes qué comer!».

--Lo mismo me pasa á mí con el coronel, Carmelita. Ahí le tiene usted metido en sus haciendas todo el año de Dios. Hoy, que está levantando la presa de una fábrica de harinas; mañana, que va á los cierros con un regimiento de cavadores; otro día, que está cercando una mies que compró la víspera; ahora, que construye una casa de labor; después, que entró la peste en la ganadería y ha tenido que visitarla con los albéitares; cuando que los colonos; cuando que el administrador... ¡Nunca jamás tiene un día para ver á su familia!... «Pero, hombre--le he dicho algunas veces,--sacrifica media semana siquiera para saludar á estas señoras tan buenas y que tanto nos quieren...». Como si callara, Carmelita...

--Pues sucediéndole á usted eso con su esposo, ¿cómo le extraña que el mío no nos acompañe jamás?

--Creía yo que los negocios de ese caballero no serían de los que amarran tanto como las aficiones de Guerrilla.

--¡Mucho más, doña Calixta! Figúrese usted que mi esposo no tiene hora libre. Estamos almorzando: carta del ministro de Hacienda para que se vea con él inmediatamente; nos sentamos á comer: volante del gobernador que tiene que hablarle _de continente_; vamos á salir al Prado, ó á la Castellana, ó al teatro, ó al baile de Palacio, es de suponer: pues el diputado, ó el ayudante del general, ó el diablo, está ya á la puerta para que se vea en el _azto_ con el presidente de las Cortes, ó con el capitán general, ó con el director de Beneficencia, sobre que la contrata, ó el suministro... Le digo á usted que él podrá ganar buenos caudales, pero buenos sudores le cuestan al pobre. Así es que algunos días tiene un humor que tumba de espaldas.