Bocetos al temple. Tipos trashumantes
Part 20
--Y ¿por qué no tiene un hombre de su confianza en quien descansar?
--Porque, como él dice, «hacienda, tu amo te vea». Lo mismo le pasará á su esposo de usted.
--Es verdad; pero ya que tan bien le ha ido y le va con los negocios, ¿por qué no se retira de una vez? La salud ante todo, Carmelita. Y para una hija sola que tiene...
--Cierto es eso; pero los negocios parece ser que están enredados unos con otros, y que no es tan fácil como se cree echar el corte cuando se quiere... Y si no, pregúnteselo usted al coronel.
--En verdad que algo de eso suele decirme á mí Guerrilla cuando le llamo codicioso, y le aconsejo que lo deje todo y se venga al lado de su familia.
--Pues velay, usté.
--Ya, ya; ya me hago cargo.
Y por más vueltas que dan la madre y las hijas á sus interrogatorios, no sacan otra cosa en limpio las de doña Calixta, con respecto á la verdadera posición social de sus amigas de Madrid.
Algo pudiera decirlas yo que les ahorrara más de la mitad del camino para llegar al asunto; pero ¡vaya usted á ponerlo en sus bocas! Toda la veneración que sienten por Ofelia, no alcanzaría á impedirlas que se lo contaran, _en secreto_, al primero que les manifestara el mismo afán que ellas tienen hoy. Y que ese _algo_ no debe publicarse después de haber ellas mismas ensalzado tanto la prosapia de Ofelia, es indudable. Y si no, que lo diga el imparcial lector, á quien hago juez en el asunto. Trátase de una carta que las de Madrid se dejaron olvidada, debajo de la cama, en la casa de huéspedes que habitaron el verano pasado; carta que llegó á mi poder, no diré cómo, y canta así:
«Mi más querida esposa Carmelita y amadísima hija Ofelia: Sus escribo la presente para decirvos que estoy bueno de salú, y para que me digáis cómo anda la vuestra; pus va diquiá dos semanas que no recibo carta de vusotras.--De paso sus alvertiré que, como la lezna no entra por onde señala, lo de la contrata de zapatos para el Hospicio no valió esta vez como las otras; y gracias que lo cuento en mi casa. Paece de que antier volvieron los chicos descalzos al establecimiento, porque, á resultas de la lluvia, se reblandeció el cartón de la suela y se descubrió el ajo.--Diréis que cómo otras veces ha pasado el engaño, y ahora no.--Sus diré á eso que, en primer lugar, esta vez, por guitonada de los oficiales, no se dió bien al cartón el unto que sabéis y con el que aguantaba un zapato siquiera tres posturas (no mojándose en la segunda); y después, porque ya no está allí el encargado de enantes, que además de recibir la obra por buena, echaba á los chicos la culpa de la avería, cuando se le quejaban de ella. Tomó cartas ahora el administrador, y me baldó. Por buena compostura, he consentido en perder todo el valor de lo entregado, que, por fortuna, de cartón era ello y de badana. ¡Bien haya los sofocos que me di cortando pares en el mostrador! ¡Y yo que pensaba calzar á medio ejército de tropa, por lo que, como sabéis, tenía echado un memorial en el menisterio! Me temo que lo del Hospicio no me ha de favorecer nada para el caso. Y lo peor es que, por atender con todos mis operarios á la tarea, los parroquianos de fino han estado mal servidos, y algunos me dejan.
«Á todo esto sus diré, que el marqués de la esquina se ha casado en Alicante con una viuda rica y vieja, para salir de trampas. Bien sus decía yo que estaba más tronado que una rata, y también sus dije que me debía los botitos de dos años; y ahora sus diré que además me debía siete duros que me pidió una noche al pasar por la tienda, porque no llevaba suelto. Cuando venga le pasaré la cuenta de todo; y si paga, que no pagará, eso saldremos ganando... ¡y gracias que no nos debe más, que bien hubiera podido ser! No hay que pensar en estos marqueses que soban mucho á los artistas que tenemos hijas guapas.
«Esto me alcuerda que ya van cinco veranos que veraneáis en ésa, sin el menor apego de _indiano_, como sus figurestes. Con un par de negocios como el del Hospicio, sacabó la tela, y, como el otro que dice, el veraneo de moda. Mucho sus quiero, pero no sé si podréis ripitir.
«Venisius pronto, que ya me hacéis falta para el ribeteo de fino: alcordarvos de que pierdo dinero pagando, más de mes y medio, oficialas que hagan vuestra labor.
«Tocante á lo demás, devertisius mucho, pues bien sabéis sus ama y sus estima vuestro esposo rendido y amante padre,
«CRISPÍN DE LA PUNTERA».
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EN CANDELERO
Que va á Alicante; que prefiere á Valencia; que acaso se decida por Barcelona.
--»Que ya no va á Barcelona, ni á Valencia, ni á Alicante, porque viene á Santander.
--»Que ya no va á ninguna parte.
--»Que le son indispensables los baños de mar, y que tiene que tomarlos.
--»Que se decide por la playa del Sardinero.
--»Que vendrá en julio; que acaso no pueda venir hasta principios de agosto; que lo probable es que ya no venga hasta muy cerca de septiembre.
--»Que ya no viene ni en julio, ni en agosto, ni en septiembre.
--»Que, por fin, viene, y se cree que se hospedará en una fonda del Sardinero.
--»Que es cosa resuelta que llegará el tantos de julio, y que no se hospedará en el Sardinero, sino en la ciudad.
--»Que no se sabe si le tendrá en su casa el marqués de X, ó el conde de Z, ó D. Pedro, ó D. Juan, ó D. Diego.
--»Que resueltamente se hospedará en casa del señor de Tal».
Eso, y mucho más por el estilo, cuentan, corrigen, desmienten, rectifican y aseguran todos los días estos periódicos locales, con el testimonio de los de Madrid y algunas correspondencias particulares, desde mayo á fin de julio, casi en cada año, refiriéndose á alguno de los personajes que á la sazón se hallen _en candelero_.
Un día vemos conducir á hombros, por la calle, una lujosa sillería, un espejo raro, una mesa de noche muy historiada... algo, en fin, que no se ve en público á todas horas; observamos que las señoras indígenas transeúntes se quedan atónitas mirando los muebles, y hasta las oímos exclamar:--«Son para el gabinete que _le_ están poniendo. El espejo es de Fulanita, la mesa de Mengano y la sillería de Perengano».
Y llega el tantos de julio; y por la tarde se ven fraques, levitas y tal cual uniforme, camino de la Estación, y además el carruaje que envía el señor de Tal, propio, si le tiene, y si no, prestado.
Poco después estallan en el aire, hacia el extremo del andén, media docena de cohetes, y casi al mismo tiempo se oye el silbido de la locomotora que entra en la Estación. Luego salen de ella los viajeros vulgares, y puede verse en el fondo, enfrente de la puerta, un grupo de personas apiñadas, confundiéndose en él, con el oro de los uniformes, el negro paño de la media etiqueta; el cual grupo se cimbrea de medio arriba muy á menudo, dejando ver, á tiempos, en su centro, una persona erguida é impasible, como ídolo que recibe la incensada; después el del centro del grupo, con otros tres de la circunferencia, toman asiento en el carruaje; sale éste al trote de sus caballos; síguenle, echando los pulmones por la boca, dos docenas de granujas impertinentes, y una pareja de guardias municipales que llevan los paraguas y los abrigos de algunos de los que van en el coche, y vuelven á verse los mismos fraques y galones de antes camino de la Dársena, pero dispersos y en desorden.
Y andando, andando, el carruaje llega al punto de su destino.
--¿Cuál de ellos es?--pregunta algún curioso, al ver apearse á los del coche.
--Ése que va enmedio...
--Pues no tiene la mejor traza,--replica el preguntante, con cierto desaliento, en la creencia, sin duda, de que el hombre está obligado á embellecerse á medida que asciende en la escala de los empleos.
Los que le acompañaron hasta su misma casa, salen de ella á poco rato; y cuando anochece, comienzan á llenar de ruido la barriada la charanga de la Caridad, y sucesivamente todas las murgas que de la caridad pública viven.
Al día siguiente vuelven á verse por la calle las libreas de la etiqueta. Son de los que tienen obligación de ir á ofrecer sus respetos al recién venido, y de las comisiones de esto y de lo otro. Recibe á cada grupo á hora distinta, y tiene para todos frases bastante lisonjeras, ya que no muy variadas.
--Señores--suele decirles:--yo me felicito de recibir el cordial saludo de... (aquí lo que sean los visitantes) tan dignos y beneméritos. Estad seguros de que si seguís prestándonos todo el apoyo de vuestra importantísima adhesión y de vuestro celo é inteligencia en el desempeño de vuestros respectivos cargos, el Gobierno se envanecerá de ello; y el país, que tanto espera de nosotros, porque por nosotros está nadando en la felicidad y en la abundancia, os lo recompensará con largueza. Yo, fiel intérprete de sus deseos y aspiraciones, os lo prometo en su nombre.
Se dicen luego cuatro vaguedades sobre la salud del visitado, sobre la virtud de los baños de ola, y sobre el paisaje y el clima de la Montaña, y á otra cosa.
Al segundo día, aún se ven algunos curiosos... y curiosas de copete, husmeando hacia la puerta de la calle, á las horas probables en que _él_ ha de salir.
Al tercero, nadie se acuerda ya del personaje. Sólo la prensa local se ocupa, con un celo superior á todo elogio, en decirnos si va ó si viene; si le _pintan_ los baños; si piensa darse tantos ó cuántos, y cuántos se ha dado ya; si prefiere el bonito á la merluza; con quién comió y con quién comerá; á qué hora se acuesta; quiénes le hacen la tertulia; de qué lado duerme, y á qué hora se levanta.
Al octavo día, observa la gente que por la Plaza Vieja sube un coche lleno de señores muy espetados.
--Ahí va,--dicen algunos.
--¿Adónde?--se les pregunta.
--Á visitar el Instituto. Desde allí irá á la Farola. Ahora viene del Cristo de la Catedral.
--Entonces ¿está ya para marcharse?
--Claro; ¡cuando le enseñan _eso_!...
Y así es, en efecto. Al cumplirse la semana y media desde su llegada, vuelven á verse una mañana, camino de la Estación, los fraques, los galones, el coche, los granujas y los policías de la otra vez; y en el andén, el mismo grupo dando sombreradas y apretones de manos al propio personaje, que va poco á poco desapareciendo en un coche reservado y muy majo; estalla en los aires otra media docena de cohetes; vuelve á silbar la locomotora, y parte el tren hacia la Peña del Cuervo, dejando detrás la consabida crencha de humo vaporoso, que ondula, se enrosca y serpentea, y al cabo se pierde y desvanece en el espacio, como todas las vanidades de la tierra.
Durante algunos días después, la gente _bien informada_ se las promete muy felices para los intereses del común. Todos los proyectos que el Municipio tiene pendientes de superior resolución, serán despachados «como se pide»; habrá subvenciones para esto y para lo otro y para lo de más allá; el puerto va á quedar como nuevo; los barrancos que están á expensas del Estado á las inmediaciones de Santander, volverán á ser anchas, firmes y cómodas carreteras... Él lo ha prometido; él lo ha asegurado; él se lo ha ofrecido en confianza á Juan, á Pedro y á Diego... Va muy satisfecho de _nosotros_, ¡contentísimo de la acogida que se le ha hecho!
Claro es que ninguna de estas ofertas se cumple, no sé si porque, en realidad, no se hicieron, ó porque se olvidaron, como tantas otras; pero, en cambio, un día del próximo otoño amanecen Caballeros y Comendadores de tal y de cual, seis docenas de ciudadanos que se acostaron simples mortales como yo. ¡Única estela que hoy dejan, á su paso por los pueblos, los varios españoles que gozan del eventual y efímero privilegio de ser recibidos con música y cohetes!
[Ilustración]
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AL TRASLUZ
Ó hay que convenir en que la mujer es susceptible de adquirir cuantos aspectos y aptitudes morales quiera darle la educación, ó debemos confesar que la naturaleza tiene, de vez en cuando, caprichos muy singulares.
Esto, que probablemente se habrá dicho cincuenta mil veces á propósito de las mujeres que se han hecho célebres en el campo de las ciencias, en el de las artes, en el de las letras... y hasta en el de las armas, cuadra perfectamente al hablar de cierto tipo que, no por pasar como un relámpago todos los años sobre la fisonomía veraniega de Santander, deja de imprimirse en ella; y no así como quiera, sino como imprime un pintor de fama el sello de su ingenio, su idiosincrasia artística, si vale la palabra, sobre todas las figuras de sus cuadros.
Nacida y propagada esta verdadera originalidad del sexo débil en regiones algo inverosímiles todavía en la tradicional y cachazuda España, cuando aparece en una, señal es de que allí puede vivir ya; de que en ella se encuentran los elementos que necesita su vida de ostentación y de aventuras. Estos elementos son: los hombres de Estado, los ricos banqueros, los famosos calaveras, los pontífices de las letras y de las artes, y, como á manera de orla de todo el catálogo, una muchedumbre de damas del llamado _gran mundo_, y de mozuelos esclavos de la moda.
De que Santander reúne todo eso y ha llegado ya, por ende, á la alta categoría que alcanzan en el mundo elegante tantos otros puertos extranjeros, en cuyas aguas lavan cada verano sus distinguidas mataduras las primeras aristocracias europeas, es evidente prueba el que nos visita todos los años, desde muchos acá, algún ejemplar de aquella fenomenal especie.
Mas antes que el lector eche á mala parte lo que le dije de los elementos vitales de esta señora, apresúrome á indicarle en qué concepto los necesita _hoy_.
Figúresela en un _hotel_ del Sardinero, con todo un piso á su disposición, porque sus criados y equipajes no caben en menor espacio, si ha de quedarle á ella el necesario para dormir, para peinarse, para vestirse, para recibir y para comer en ancha mesa, siempre dispuesta para una docena de convidados.
Éstos han de ser de las notabilidades á que aludí; es decir, de lo más cogolludo en letras, artes, política, banca, armas... y aun tauromaquia, que á la sazón resida en el Sardinero ó en la ciudad.
Para comer con ellos, para hablar con ellos, necesita, busca y agasaja á esos hombres. Ella los preside, ella dirige las conversaciones, ella provoca y salpimenta los discreteos, y en sus labios hay siempre agudezas y oportunidades para los discretos, y sutiles epigramas para los necios, pues no dejan de serlo, en varios lances, muchos hombres de talento. Que quien tal vida trae no debe mostrarse muy aficionada al trato de las mujeres, no hay necesidad de asegurarlo: evidente es que huyera de ellas si no las necesitara para fondo y accesorios del cuadro en que ella entra como principal figura, ó, á lo sumo, para tener en quien cebar impunemente sus sátiras implacables, ó esos pedazos más de entretenimiento que repartir entre la voracidad murmuradora de su corte favorita.
Hay quien atribuye esta antipatía hacia su sexo á cierta pasión _non sancta_ que suele albergarse en los pechos que ya no laten á impulso de un alma juvenil y retozona; cuando se huye del espejo como de las grandes verdades que acusan faltas é imperfecciones; cuando los tristes desengaños de las primeras arrugas hacen recordar con envidia y desconsuelo los triunfos y los encantos de la risueña juventud; cuando se aspira, en fin, á conquistar, á fuerza de dispendios y agudezas, lo que antes se atrajo por el solo brillar de la hermosura.
Pero esta suposición, que bien pudiera admitirse con referencia al molde común de las mujeres, y aun de los hombres, no está justificada cuando se endereza á este otro tipo, cuyas pasiones, talentos y debilidades están, y han estado quizás, muy por encima de todo lo usual y corriente. Con esta consideración á la vista, no se afane el lector porque le diga yo de dónde vienen esas intimidades encumbradas; de qué procede ese varonil desparpajo que la hace, en verano, reina y señora del Sardinero, como en invierno le da absoluto predominio en los aristocráticos salones de Madrid, y eso que no es aristócrata ella, ni nombre llevó jamás que á pergamino huela. Cierto es que cuando se ha pasado la vida en roce continuo con hombres de todas las imaginables condiciones y cataduras, á poco que se haya tomado de cada uno de ellos puede reunirse, cerca de la vejez, gran copia de saber y de experiencia; pero ¿cómo se llegó en la juventud á esas alturas?--pregunto yo á mi vez;--¿cómo lo que en unas gasta y desprestigia, en otras acrecienta el poder y el atractivo? Aquí no hay otro remedio que volver á la segunda parte de mi tema: la naturaleza tiene, de vez en cuando, caprichos muy singulares; y añado ahora que también la Fortuna suele complacerse en mimar con sus dones más preciados á lo que es obra de los caprichos de la naturaleza.
Así hay que explicarse esas cataratas de doblones que siguen y preceden á esta clase de mujeres en sus viajes, y las envuelven en los alcázares que habitan la mayor parte del año; pues ni feudo se las conoce que tanto produzca, ni ya son Dánaes pudibundas que creer nos hagan en las lluvias de oro de los Joves de ogaño.
Ofrecedle dificultades al vulgar entendimiento, y veréis á la imaginación echarse desatentada por los cerros de Úbeda. Tal sucede en el presente caso. No se comprende bien, ó no se explica, la razón de su predominio y de sus caudales, y cada cual se forja una historia á su capricho, fundada sobre vagos rumores; y estas historias juntas quieren ser una pequeña parte de la historia de esa dama, á quien se adjudican todas las anécdotas _picantes_, todas las frases equívocas, todos los triunfos y todos los escándalos con que han inmortalizado sus nombres en la _alta_ sociedad las demás mujeres de su talla.
No desconoce ella estos rumores; y como sabe muy bien que son los gajes de su oficio, antes la lisonjean que la ofenden.
En las poquísimas veces que se da á luz entre su escogida corte bigotuda, los hombres abren calle para que pase, y las mujeres temen su mirada como el siervo la de su señor. ¿Qué mayor triunfo para su vanidad de mujer _de historia_?
Tan pocas veces se exhibe en público, que yo mismo, que trato de hacer su monografía, no la he visto jamás, ni la conozco sino por la fama que la han dado aquí los que nos dicen que la conocen mucho.
Pero mito ó realidad, ella _pasa_ por Santander cada verano, y, como al principio dije, se imprime en la fisonomía veraniega del pueblo de un modo indeleble, como el detalle que más resalta y hasta da carácter é importancia á todos los demás.
Y he aquí por qué yo, que estoy haciendo el croquis de esa fisonomía, no puedo prescindir de dibujar en ella tan expresivo pormenor.
Eso haré yo tan sólo, y me guardaré mucho de escarbar el cutis para ver lo que hay debajo.
Quédese esto, en buen hora, para los aduladores que la cantan, ó para los maldicientes que la despellejan.
Si el calor de unos hechizos, que ya no existen, derritió el áureo pedestal sobre que la adoración de laborioso marido colocó á su propia mujer para atraerla el culto de los demás; si la tarea olímpica de reponer con otro nuevo cada trono derretido, dejó sin fuerzas, sin esperanzas y hasta sin vida al desventurado que tal empresa creyó fácil; si el peso que á él le mató, abandonado al pie de la montaña, tuvo nuevos Sísifos que le empujaran esperando llevarle triunfantes hasta la cima, y también rodaron hasta el abismo, desalentados y rotos; si mientras duró aquel fuego no le faltaron tronos que consumir, ni tesoros que rodar montaña arriba, buscando su calor; si de ese montón de escombros y cenizas ha hecho la química de la necesidad inagotable venero que surte de esplendor á una soberanía no destronada, antes ennoblecida con la augusta diadema de las canas; si éstas no son el fruto natural de los años, sino la huella de las tempestades que corrió la juventud en el mar de todos los deleites; si el corazón de la mujer, que es casi siempre un libro abierto, sin ser por eso un libro bueno, á menudo es una caverna con ruidos y sin luz, ¿á mí qué me cuentan ustedes? ¿qué me importa en el presente caso? Cuéntenselo á ese enjambre del _buen tono_ que tanto se paga de ciertos relumbrones; cuéntenselo á esa sociedad que se complace en crear ídolos que después escupe y despedaza, acaso porque le imponen y amedrentan; cuéntenselo á esas gentes del _gran mundo_, para quienes nada es bueno ni plausible, sino lo _distinguido_ y _elegante_. Ellas solas son las trompetas de esas famas; ellas quienes las elevan y sahúman antes; ellas mismas quienes las difaman después.
En cuanto á mí, dibujos hago, que no autopsias; y dibujo es éste, _al trasluz_, por más señas, sobre los perfiles que la fama trazó. Al público sale, pues, como el público le ha forjado: yo no hice más que copiarle en ésta, por ahora, última hoja de mi cartera.
1877.
[Ilustración]