Bocetos al temple. Tipos trashumantes
Part 18
--Pillería de Madrid--responde el preguntado.--Pero á dos de ellos quizá los conozca usted. El uno es un farsantón, de gran fachada, que se pasaba los días arrimado á las puertas de los cafés; el otro, sucio, raído y descamisado, probablemente le habrá visitado á usted para pedirle un _anticipo_ de veinticinco duros.
Los de marras, lector.--Bien dije yo que estos mozos eran tal para cual.
Fáltame añadir que, á pesar de esta quiebra del oficio, que, por de pronto, los lleva á la cárcel pública, si no en el mismo verano, al siguiente, y antes que los frutos de sus mieses lleguen á punto de sazón, ya los tenemos acá otra vez, preparándose para recoger su agosto.
¡Oh sabias y protectoras leyes de la patria!
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EL BARÓN DE LA RESCOLDERA
Cuando llega, en julio, á Santander, viene de Burdeos, adonde fué desde París, donde pasó la primavera después de haber repartido el otoño y el invierno entre Madrid (su patria nativa), Berna, Florencia, Berlín y San Petersburgo. Ni los hielos le enfrían, ni el calor le sofoca. Es una naturaleza de roble que se endurece con los años y á la intemperie.
Pasa ya de los cincuenta, es de elevada talla, trigueño de color, de pelo áspero y rapado á punta de tijera, derecho como un poste; algo protuberante de estómago y de nariz; pequeño de pies, de manos y de boca; ancho de espaldas y de frente, y muy cerrado de barba, que se afeita todos los días cuidadosamente, menos en la parte en que _radican_ sus anchas y bien cuidadas patillas á la macarena.
Viste todo el año de _medio tiempo_, y es su traje intachable en calidad y corte, así como es intachable también la blancura de su camisa, de la que ostenta no flojas pruebas en pecho, puños y pescuezo.
Fuma sin cesar grandes habanos, y saliva mucho, é infaliblemente antes de empezar á hablar lo poco que habla; y en cada desahogo de éstos, larga, zumbando, una pulgada de tabaco que ha partido con los dientes.
Para saludar, no da la mano entera, sino la punta del índice... cuando alguno le saluda; pues él no saluda á nadie en la calle, ni tampoco se para. Si el que pasea con él se detiene para hacerle alguna observación, él sigue andando inalterable. Si el detenido le alcanza después, bueno, y si no, como si jamás se hubiesen visto.
En estos casos, no usa, para sostener la conversación, más que salivazos y monosílabos; también algún carraspeo que otro. Para las grandes ocasiones tiene disponibles unas cuantas frases y pocas más interjecciones y palabras, tan breves como enérgicas: las frases para preguntar, las palabras sueltas para responder, y las interjecciones para comentarios.
Es rico y soltero; trae todo su equipaje en una maleta de cuero inglés, y por toda familia un criado joven que ya le entiende hasta por la mirada.
Viene á Santander acaso porque halla esta ciudad en su camino; pero es lo cierto que viene todos los veranos, y no por pocos días.
Se hospeda en la fonda que mejor le parece, y la deja cuando le conviene; y le conviene dejarla, en cuanto observa que una falta grave se repite hasta tres veces; siendo para él faltas graves, el pescado que _da en la nariz_, el desaseo en su cuarto, la servilleta cambiada en la mesa, y el vino adulterado, ó cualquiera de esas carnavaladas que suelen permitirse los huéspedes á las altas horas de la noche, sin respeto ni consideración á los que duermen y descansan.
En cuanto á baños, solamente toma dos ó tres en la temporada; pero de á hora y media cada uno. Allí se está como una boya en la mar, restregándose la cabeza, carraspeando, escupiendo y estornudando sin cesar y á sus anchas, y con un estrépito que excede á toda ponderación. Cuando sale del agua, no es porque siente frío, sino porque se aburre sin fumar en tanto tiempo.
La primera vez que vino, tuve el gusto de conocerle y de estudiarle, porque un amigo mío con quien yo en cierta ocasión paseaba, era amigo suyo también: saludóle al cruzarse con él, dióle éste el dedo, y juntos, retrocediendo nosotros dos, continuamos los tres aquella tarde; pues por la tarde era cuando esto sucedía, y en el alto de Miranda, cerca de la ermita.
Según íbamos andando, iba el barón devorando con los ojos el hermoso panorama que se descubría desde allí. Á la izquierda, la ciudad amontonada, oprimida, agarrándose unas casas á otras, como con miedo de caerse al agua, y cual si se hubiesen detenido un instante, después de bajar rodando desde el paseo del Alta; la bahía mojando los cimientos de las últimas; la bahía, con sus verdes riberas, sembradas de pueblecillos; después sus cerros ondulantes, y detrás de todo, los abruptos puertos, con su gigantesca anatomía recién desnuda y en espera ya de sus blancas vestiduras de invierno. Á la derecha el mar, coronado de rizos por la juguetona brisa del Nordeste... y lo demás que sabe el lector tan bien como yo.
--¡Hermoso es todo esto!--dijo mi amigo al barón, cuando notó, por los gestos de éste, que la misma idea debía andar rodando por sus mientes.
--Sí,--contestó lacónicamente el barón.
--Hasta la ciudad tiene algo de curioso, así tendida...
--Derramada,--corrigió enérgicamente el otro, después de lanzar de su boca, con la fuerza de un cohete, medio cuarterón de tabaco.
Y tomó el rumbo del Sardinero, siguiéndole nosotros con trabajillos: tan veloz era su andar.
Hay en aquel crucero, durante las tardes de verano, algo como laberinto de gentes y carruajes, que van y vienen. El barón surcaba impávido sus revueltas dificultades, como si éstas fueran su elemento, ó llevara en su mano la punta del famoso hilo de Ariadna. Verdad es que yo no he visto una fuerza de codos como la suya, ni una facilidad más asombrosa para dejar, á su paso, figuras ladeadas y sombreros fuera de la vertical. Nosotros nos colábamos por el surco que él iba abriendo.
Al comenzar la bajada del camino, y en terreno ya más despejado, acortó un poco la marcha, y describió con la vista un arco desde Cabo Mayor á Cabo Quejo; abrió los ojos desmesuradamente, y su pecho y sus narices se dilataron, cual los de noble corcel que aspira el aire de la rozagante pradera, tras de obscuro cautiverio. Era indudable que el espectáculo le agradaba. Después estrelló la mirada contra las tabernas y los bardales inmediatos, frunció las cejas, escupió recio... y apretó el paso.
Así llegamos al Sardinero, y, sin momento de descanso, visitamos la galería, y la playa, y las casas una á una (exteriormente, se entiende), y las fuentes, y los paseos; y como un torbellino atravesamos el puentecillo[1] y llegamos á la capilla, enfrente de la cual tuvo el barón la buena ocurrencia de hacer un alto. Dióse luego media vuelta sobre sus talones, y encarándose con cuanto habíamos visto desde que comenzamos á bajar, como si quisiera hacer un resumen de todo ello,
--¡Gran naturaleza!--exclamó, hasta con su poco de entusiasmo.
--¡Admirable!--dijimos nosotros, haciendo coro á su himno.
--Pero sin arte,--añadió, dejándonos con las notas entre los labios, y en la duda de si también alcanzaba su censura á la humanidad que hormigueaba por allí.
Y sin más explicaciones, describió la otra media vuelta que le faltaba, y emprendió la marcha hacia la Magdalena, como si el camino le fuera conocido.
Después de contemplar un instante el panorama del Puntal desde el polvorín, echó cambera arriba por detrás de éste. Indudablemente tiene este hombre un instinto particular para adivinar sendas y caminos.
Hasta dar con el de Miranda, no dijo una palabra, ni tampoco su respiración se agitó una sola vez. Lo mismo son para él las cuestas arriba que lo llano. Es un roble que anda.
Al bajar á la ciudad, le pidieron limosna, como á todo transeúnte, los pobres del paseo de la Concepción.
Al primero le largó un bufido que heló la plañidera retahila en su gaznate abierto. Más abajo le tendió su arrugada diestra una anciana que estaba sentada á la sombra de un árbol. Entonces el barón, que parecía no fijarse en nada, después de llevar una mano al bolsillo, acercóse á la pobre y depositó algo en su regazo remendado. Miré hacia ello quedándome dos pasos atrás, y vi que eran monedas de plata. ¿Fué casual la acertada distinción que hizo entre los dos pobres, ó es que la costumbre de dar muchas limosnas le ha enseñado á distinguir los buenos de los malos, con una sola mirada?
Ya en Santander, ofrecímosle billete para concurrir al _Círculo de Recreo_. Aceptóle, y acompañámosle por si quería ver sus salones y encrucijadas. Preguntónos por el de lectura, llevámosle á él, y no quiso visitar los restantes, especialmente el de juego; enteróse de la lista de los periódicos que se recibían allí, dió un vistazo á la biblioteca, y después de decirnos que en aquel departamento había más pasto para el cuerpo que para el alma (señalando respectivamente á la mesa de los papeles y á los estantes de los libros), salimos hacia la calle, sin mirar él siquiera á los que jugaban á la baraja á cuarenta grados de calor, entre nubarrones de humo de tabaco.
Cuando le dejamos á la puerta de la fonda en que se había hospedado, nos dió el índice, se descubrió toda la cabeza con la otra mano, y ofreciéndonos con un ademán fino y expresivo su habitación, trepó hacia ella... no sin haber estrellado antes, con un resoplido, contra el suelo del portal, el medio tabaco que le quedaba entre los labios.
--¡Vaya un tipo!--dije á mi amigo, llevándome las manos á los riñones, que me dolían de correr tras él.
--Le conocí en Madrid el año pasado--me replicó mi amigo,--y puedo asegurarte, por lo que deduje de sus hechos y lo que de él me contaron los que le conocían mejor que yo, que es hombre que vale mucho. Tiene gran experiencia del mundo, y un ojo sutilísimo para conocer y apreciar las gentes. Es bueno y generoso, hasta el punto de que sería capaz de arrojarse al fuego por sacar de él á su mayor enemigo.
Posteriormente tuve ocasión de ver que no eran exagerados estos informes de mi amigo.
El barón de la Rescoldera, con todos los desabrimientos y resquemores, externos, de su título, es realmente un hombre de positivo valer.
De él puede decirse, como en resumen, que, al revés de tanto farsante y de tanto bribón como vive y medra, á expensas de la pública credulidad, es _un hombre que no tiene palabra buena ni obra mala_.
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NOTAS:
[1] No existe ya, como tampoco la _cambera_ que se cita más adelante, la cual ha sido convertida en cómoda y espaciosa carretera.--(_Nota de 1888._)
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EL MARQUÉS DE LA MANSEDUMBRE
Llegó á los cincuenta años sin haber salido de Madrid y sus contornos. El Retiro, la Virgen del Puerto, y á lo sumo el Pardo, eran para él las mayores espesuras y fragosidades de la Naturaleza. El mar podría tener, en cuanto alcanzase la vista, diez, veinte... hasta cien estanques como el _Grande_, si se quería. Estanque más ó menos, ¿qué más daba? Del Manzanares al Saja, ó al Deva, ó al Ebro, ó al Guadalquivir, habría la diferencia de algunas cántaras de agua en verano; en invierno, ninguna. En cuanto á praderas, no serían más verdes ni más extensas las del Norte que las que contemplaba él desde el cerrillo de San Blas cuando el trigo comenzaba á crecer. La temperatura estival de la corte no le afligía gran cosa, porque, además de estar formado en ella, no conocía otras más agradables.
Por lo cual, y sin mujer que le pidiera veraneos, y sin hijas que exhibir en las provincias, metódico y rutinario, amén de enemigo irreconciliable de toda lectura que á viajes y á novelas transcendiese, ni una sola vez sintió la tentación de meterse en alguna de las diligencias que salían de Madrid á varias horas y por todas las puertas de la villa, durante el verano, entre muchedumbres de curiosos que envidiaban la suerte de los pocos mortales que abandonaban aquel asadero implacable, y eso que él era uno de los curiosos. Antes al contrario, se compadecía de aquella carne embutida entre los cuatro inseguros tableros de la diligencia; carne cuyo destino era harto dudoso, considerando los riesgos que afrontaba, echándose á rodar por cuestas y desfiladeros, durante media semana, y á merced de bestias y mayorales. ¡Cuánto más higiénicos y menos arriesgados eran los paseos matinales que él se daba por los alrededores del estanque de las Campanillas; ó vespertinos, junto al pilón de la Fuente Castellana!
Antes que el sol levantara ampollas, se encerraba en su casa, lo bastante grande, vieja y desamueblada, para ser, relativamente, fresca, y sustituía su traje de calle con un chupetín y unos pantalones de transparente nipis; y si esta precaución contra el calor no le bastaba, se quedaba en calzoncillos y en mangas de camisa. De un modo ó de otro, se pasaba el día contemplando sus queridos pececillos.
Porque es de advertir que el señor marqués tenía la pasión de los peces de colores, y hasta seis redomas de cristal llenas de ellos.
Cambiarles el agua, desmigar pan sobre ella á horas determinadas, y estudiar en un tratado especial la manera de conservarlos y reproducirlos, eran sus únicas ocupaciones de recreo.
Posteriormente, dos viajes á Aranjuez en ferrocarril le demostraron que podía meterse un hombre en estos rápidos vehículos, sin el riesgo infalible de romperse las costillas ó el bautismo; por lo cual, hasta se atrevió á prometerse á sí propio que tan pronto como hubiera una línea abierta hasta un puerto de mar, la aprovecharía para admirar los grandes peces en su propio y natural elemento.--«Porque desengañémonos--se decía,--no puede asegurar que conoce la merluza ni el besugo, quien solamente ha visto sus cadáveres embanastados en la plazuela del Carmen».
Y cumpliendo su promesa, tan pronto como la línea del Norte empalmó en Alar del Rey con la nuestra, armóse de valor y de dinero, y se plantó de un tirón en el famoso puerto del mar cántabro.
Si ha encontrado aquí lo que se prometían sus ilusiones, dígalo la puntualidad con que, desde entonces, viene cada verano á Santander.
Cansados estarán ustedes de conocerle. Es de corta estatura, muy derecho, enjuto de carnes, redondito de cara, risueño y corto de vista; son rubios los pocos pelos de su cabeza, y casi blancos los del recortado bigote. Gasta, en público, levita, corbata y pantalón negros, y chaleco blanco, sombrero de copa alta y anteojos con armadura de oro.
Tal es, repito, en público, su arreo, ó, mejor dicho, _en tierra_, y con él le habrá visto el lector, no en las alamedas, ni en el Sardinero, ni _en la sociedad_, sino en los embarcaderos de todos los muelles, desde Maliaño hasta Puerto-Chico, ó en camino de alguno de ellos, en los cuales no faltan nunca pescadores de caña ó de _aparejo_.
Tras ellos está siempre, estando en tierra, con las manos á la espalda, el bastón entre las manos, el cuerpo inclinado hacia adelante, y la vista inmóvil, fija en el corcho flotante ó en la sereña tendida.
--¡Quieto, quieto!--exclama á lo mejor, si nota que el corcho se mueve y el pescador se apresura á tirar.--Ésa es picada falsa... Ahora, ahora muerde... ¡Fuera con él!
Y si el pescado sale coleando en el anzuelo, lanza un ¡bravo!; y si el pez no es _pancho_, bate además sus manezuelas; y de todos modos, sean panchos ó lobinas lo que se pesque, él lo _destraba_, confundiéndose entonces, en un solo ovillo, el pez, las manos, las gafas y el anzuelo.
Semejantes intrusiones y familiaridades no dejaron de costarle al principio algún disgusto, pues no son siempre los pescadores de caña tan pacientes como la fama supone; pero, poco á poco, fueron éstos acostumbrándose á las _cosas del señor marqués_ (que, por otra parte, no peca de roñoso con _los del oficio_), y hoy todos le toleran y hasta le encuentran _devertido_ y _celebre_.
Mas no son éstas sus ocupaciones de carácter; quiero decir, que no viene para sólo eso el señor marqués á Santander.
Cuando llega, ya le está esperando una _barquía_ perfectamente limpia y carenada, con los necesarios útiles de pesca, incluso la _guadañeta_ para _maganos_.--Prefiere la barquía, porque teniendo todas las condiciones de seguridad de la lancha y todas las de ligereza del bote, es bastante más grande que el uno y de más fácil manejo que la otra.--Dos marineros, condueños de la barquía, están, como ella, á su disposición; y según que el marqués prefiera las _porredanas_ ó las _llubinas_, le conducen á la boca del puerto, ó á las _puntas de arena_ de la bahía, todos los días, infaliblemente, si el tiempo no está tempestuoso; pues por chubasco más ó menos, no deja él de embarcarse para estar en el sitio conveniente al apuntar la marea.
Ancho pajero y desaliñado y viejo vestido de lanilla, lleva para el sol; y por si llueve, amplísimo impermeable y enorme paraguas de mahón. Por supuesto, no falta el acopio de vino y de fiambres para él y los marineros, el día en que la marea tercia de modo que no puedan volver á comer á casa á la hora conveniente.
Durante la pesca, transige con que los marineros le _ceben_ los anzuelos ó le reemplacen con otra nueva una _tanza_ rota, ó le _desengarmen_ el aparejo, cuando éste se le enreda entre peñas ó en la caloca; pero se guardarán muy bien de tocar el pez que él saque preso en el hierrecillo traidor.
Un día quiso lanzarse á correr aventuras fuera del puerto, seducido por las pinturas que sus marineros le hacían del tamaño y abundancia del pescado en aquellas honduras: y salió, en efecto; mas apenas comenzó la barquía á mecerse en pleno mar, y á columpiarse desde «el lomo altivo al seno proceloso de las ondas» (como acontece allí, aun en las ocasiones en que se dice de la mar que está _como un plato_), pensó que la costa bailaba el fandango, _cambió la peseta_, y tuvieron los dos marineros que llevarle á puerto seguro, antes que se les quedara entre las manos.
Esta lección le sirvió para no intentar siquiera «el estudio del besugo y de la merluza en su propio y natural elemento», contentándose, hasta mejor ocasión, con el _anfiteatro_ de la Pescadería, donde los veía tan cadáveres como en la plazuela del Carmen, aunque un poco más frescos.
Por lo demás, entregándose, como se entrega, con verdadera embriaguez, al placer de la pesca menor, y poseyendo _el arte_ como cree él poseerle, es, durante la temporada, casi completamente feliz. Y digo casi, porque no ha podido adiestrarse mayormente en el manejo especialísimo de la guadañeta.
--Aquí hay algún misterio que yo no penetro todavía--dice con desconsuelo á sus remeros é instructores, cada vez que éstos, predicando con el ejemplo, van sacando maganos.--Esta pesca es _al vuelo_, digámoslo así: hay que robar más bien que pescar; y necesito yo estudiar, ante todo, la marcha y la estrategia de la banda.
Y estudia, en efecto; y cuando ya se le rinde la muñeca de tanto menearla, la caridad, sin duda, medio le traba un magano que, al salir al aire libre, le lanza á la cara toda la tinta, dejándosela más negra que la del negro Domingo, sin que falte su abundante rociada para la camisa y cuanto blanquea sobre su cuerpo. Pero como esta tinta es la sangre de aquellas batallas, lejos de creerse afrentado con el tizne, lúcele orgulloso al desembarco, y toma las risas de la gente por muestras de admiración á sus proezas.
Tal es el verdadero _punto negro_ de su felicidad; y eso que, generalmente, pesca poco, ó no pesca nada, si no se le cuentan como pesca tal cual dolor de cabeza, ó romadizo, que de esto no le falta, gracias á Dios, durante la temporada.
No hay para qué decir que es uno de sus grandes placeres obsequiar á las personas de su mayor aprecio con el producto de sus bregas de pescador. Que cuando no pesca habla de lo que ha pescado y de lo que piensa pescar, y que miente en la mitad de lo que habla entonces, también por sabido se calla. La afición desmedida á ésos y otros parecidos entretenimientos, lleva consigo esa pequeña debilidad. Que lo digan los cazadores, y no se ofendan por ello.
La temporada de este tipo concluye cuando los noroestes se hacen crónicos, y la bahía, incitada por ellos, dice que no tolera más bromas en sus aguas. Entonces, curtida su cara por las brisas y el sol, apestando su equipaje á brea y á parrocha, gratifica generosamente á sus dos camaradas de _campaña_, después de pagarles el alquiler de la barquía, y sale para Madrid con el temor de que han de parecerle siglos los meses del invierno, aunque lleno de satisfacción por haber cumplido ampliamente el propósito que le trajo á Santander.
Un dato muy expresivo, que se me olvidaba:
Le vi en una ocasión pararse delante de una tienda donde yo estaba sentado. Plantóse á la puerta; dió en las losas dos golpecitos con la contera de su bastón, en el que apoyó en seguida su diestra mano; oprimió suavemente con la otra sus gafas contra el entrecejo; carraspeó tres veces; levantó mucho sus cejas y los correspondientes párpados, como si se maravillara de algo, y exclamó, por todo saludo, encarándose con mi amigo, y también de ustedes probablemente, el dueño de la tienda:
--Señor don Juan: pic... pic... pic... pic... pic... pic... pic... (y marcaba cada uno de estos sonidos con la mano izquierda, unidos índice y pulgar). Siete veces picó, y yo quieto... quieto... quieto... Picadas falsas... Tú te clavarás... En efecto: un poco después, ¡zas!... ¡zas!... (y aquí frunció el ceño el buen señor, y marcó los golpes á puño cerrado)... Ahora muerdes, dije yo; y ¡rissch! tiro en firme... ¡Dos libras y media pesó! ¡Una porredana como un bonito!... Ayer tarde, á dos brazas de la _Horadada_... Esta noche tendemos el esparavel... Ya diré á usted la carnicería que resulte... Adiós, señor don Juan.
Y se fué.
Así conocí yo al inofensivo, al dulce, al apacible, al venturoso marqués de la Mansedumbre.
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UN JOVEN DISTINGUIDO (VISTO DESDE SUS PENSAMIENTOS)
I EN UN CUARTO DE UNA FONDA