Bocetos al temple. Tipos trashumantes
Part 17
¡Qué donaire tiene el indino y qué remilgado pespunteo de palabra, para revolver un corrillo de pizpiretas jovenzuelas! ¡Qué mirar de ojos, qué rasgar de boca y accionar de índice para decir, por ejemplo:--«Vamos, Conchita, ya se ha descubierto por qué esperaba usted el correo anoche con tanta impaciencia!». Ó: «¿Saben ustedes por qué está Soledad tan preocupada?... ¿Lo ven ustedes? Ya se sonroja». Ó: «Carmela, en mi solitario paseo de esta madrugada me han revelado las _ondinas_ el secreto que usted me ocultaba ayer. ¡Ah, picarilla!...».
...¿Dicen ustedes que éstas son impertinentes y sobadas vulgaridades?... Séanlo enhorabuena; pero atrévase un buen Juan á hacerse con ellas solas hombre ameno y travieso, y verá cómo le plantan en seco. Hay que desengañarse: para decir ciertas cosas y brillar en ciertos terrenos, hay que ser mozo de cierta catadura.
La del de quien vamos hablando parece cortada para el oficio. Como ramo de su ciencia, conserva en la memoria muchas anécdotas rechispeantes de la última campaña del _gran mundo_, y anuncia el desenlace de más de un suceso interesante, para la próxima. Y como todos los del corrillo son de Madrid, dicho se está que las agudas murmuraciones y los retorcidos discreteos no languidecen un punto, por falta de interés.
Posee otra cualidad, muy importante para esto de veranear con éxito en una provincia entre las personas que lo han por oficio: sabe de corrido toda la fraseología literaria y musical de moda entre la gente madrileña.
Y cuidado, que esto no es grano de anís. Figúrense ustedes que por allí anda muy en boga Dante, como anduvo un invierno, porque un orador del Parlamento dijo, á cuento de no sé qué:
_Nom ragioniam di lor, ma guarda e passa_,
cosa, por lo visto, hasta entonces no oída en Madrid, según la prisa que se dió todo el mundo, en papeles y en corrillos, á traducir la cita, á estudiar el pasaje entero, á desentrañar el intríngulis, á hablar de la _Divina Comedia_, y hasta á poner en perverso castellano el inmortal poema. En tal caso, ¿qué joven que se precie de _ilustrado_, ha de salir á provincias el verano siguiente sin saber decir, por ejemplo, cuando se le cae de la boca la punta del cigarro, ó de la mano el bastón, que se le cayeron
_...como corpo morto cade?_
ó cuando quiere bromearse con alguno que no encuentra lo que busca, ó que llega tarde:
_Lasciate ogni speranza?..._
ó si trata de pintar el abismo en que se han hundido sus ilusiones:
_Nel mezzo del camin di nostra vita me ritrovai per una selva oscura?..._
Si el de moda es Goethe, porque se cantó en _el Real_ una ópera cuyo argumento está tomado de su célebre poema, no hay más remedio que llamar _Fausto_ á todo viejo galanteador y acicalado, _Margarita_ á toda joven que suspira, y _Mefistófeles_ á todo señor que tenga la nariz afilada, rasgada la boca, trigueña la color y zurda la mirada.
Si es Flotow el que priva, hay que saber, por lo menos, entonar á media voz, con los ojos fruncidos, las uñas clavadas en el pecho y mucho arrastre de amargura, aquello de
_¡Marta Marrrrrrrrrrta!_
como nos cantaban en una ocasión todos los señoritos que venían de Madrid, empeñándose en que había uno de llorar oyéndolos, porque en _el Real_ lloraba toda la gente cuando lo cantaban Talini... ó Cualini, tenores de mucho _sentimiento_.
Cuando reinan estas epidemias en el pueblo, no hay más remedio que aguantarlas como mejor se pueda, y resignarse á exclamar en cada _caso_, siquiera por no hacerle más grave: ¡Admirable, magnífico, arrebatador!
Pues iba diciendo yo que para evocar estas reminiscencias, citar aquellos textos y cantar las otras ternezas, nadie como el amigo de quien vamos hablando.
No sé si he dicho, ó ustedes lo han comprendido ya, que es literato, ó que cree serlo.
Por de pronto escribe quintillas en el arenal con la punta del bastón, y en la tertulia de la noche lee á las señoras tal cual balada tierna ó alusivo soneto.
Si hemos de creerle, conoce á todos los literatos, y se tutea con los más talludos.
Lo cierto es que si llega al Sardinero alguna celebridad de este género, él es quien le presenta á las damas y se compromete á que el presentado les lea _alguna cosa_; al cual compromiso corresponde éste (después de asegurar que viene enteramente _desprevenido_) leyendo una comedia resobada, ó una oda que ya reluce de tanto manoseo, las cuales saca de un enorme cartapacio de poesías que ya han sido leídas por el autor trescientas veces en Ontaneda ó las Caldas, mientras tomó aquellas aguas.
Como piensa hacer algunas investigaciones históricas, arqueológicas y geográficas en la provincia, ha traído con su equipaje una mochila, un grueso garrote con agudo regatón de hierro, y borceguíes ingleses de ancha y claveteada suela. Parece ser que todas estas cosas ayudan mucho á recoger noticias sobre aquello que se trata de conocer y describir, especialmente en un país como éste, en el cual hay un pueblecillo á cada cuarto de legua, una casa en qué dormir regularmente, y comer, aunque no muy bien; buenos senderos para cabalgaduras de alquiler, cuando no excelentes caminos para carruajes; poquísimas antigüedades, y ésas á la vista y muy estudiadas ya; nada de historias del otro mundo, y ninguna montaña que escalar á uña y puntera, porque todas son cómodamente accesibles por algún costado. Y la prueba de que este atalaje debe servir de mucho al _tourista_ para sus exploraciones, es que el nuestro, aunque le lleva á cuestas, no camina á pie, ni come de la fiambrera, ni duerme al socaire de los torreones; antes aprovecha el mullido vagón de primera hasta donde le conviene, y luego la diligencia, y hasta los caballejos y carros del país, como hacemos los hombres vulgares, y las fondas y las tabernas y los figones. Luego la mochila y el báculo y los borceguíes, que evidentemente no sirven para lo que en rigor significan, tienen alguna virtud de carácter, que atrae, combina y depura todo lo que va buscando en sus peregrinaciones un erudito á la flamante usanza, cuando con ellos carga, como con el fardo de sus pecados. Que es lo que yo quería demostrar, recelándome alguna observación maliciosa de tal ó cual lector demasiado _montañés_.
Y ahora continúo diciendo que este ilustrado mortal, en los ratos que le dejan libres sus baños, sus abstracciones solitarias, sus discreteos públicos, sus inscripciones poéticas en los arenales, en las rocas duras y hasta en los troncos resinosos de los Pinares, escribe correspondencias á un periódico de Madrid, que las agradece mucho y quizá las paga.
La última que yo leí impresa, después de haberla leído el autor manuscrita y recién nacida, á sus bellas contertulias, decía, entre otras muchas cosas, _plus minusve_, lo siguiente:
* * * * *
«¡El mar!... ¡¡La mar!!... ¡¡¡Los mares!!!... ¡¡¡¡Las mares!!!!... ¡Ah!... ¡Ohhh!...
«Perdone usted, señor director; perdonadme vosotros, mis queridos compañeros: faltan palabras á mi pluma para expresar cuanto la mente concibe en este horizonte sin medida, sobre este abismo sin fondo. ¡El mar! Pero ¿por qué son verdes sus aguas? ¿por qué son salobres? ¿qué fuerza las precipita contra la roca dura que ahora me sirve de pedestal? ¿por qué suben? ¿por qué bajan? ¡Inescrutables misterios de la Naturaleza!... Pero ¡qué espectáculo, gran Dios!... Contemplándole, el corazón palpita, la mano tiembla, los ojos se turban. El sol sin una nube que empañe sus fulgores; la brisa rizando la inquieta superficie de las aguas sin fin; la blanca gaviota, cerniéndose voluptuosa en el espacio; bajo la gaviota, la esbelta nave de tajante proa; allá el puerto; acá el escollo; allí la espuma; aquí las flores, y en todo y sobre todo, un torrente de luz y una embriaguez de aromas... ¡Ah!... Mas ¿qué es esto? el trueno ruge; cruzan la atmósfera rayos y centellas; se respira el hálito abrasador de la tempestad; desgájase el secular peñasco; húndese en el abismo, y se elevan hasta mí los pliegues espumantes del salobre sudario que le envuelve... Se columbra un punto en el horizonte. _¡Helás!_ Es una nave. Distingo perfectamente al angustiado nauta que implora el auxilio de los hombres... Muchos son los que pueblan la orilla, pero ninguno acude. El que va á _hacer naufragio_ no implora el auxilio para él solo... también le necesitan sus tiernos camaradas de _equipaje_... Yo me arrojo á la mar, y los salvo á todos, entre los saludos y los aplausos de este querido bello sexo, regulador de todas mis acciones, inspirador de mis más elevados pensamientos, y fin y exclusivo objeto adonde hasta el menor de mis intentos se endereza.
«En la próxima semana emprenderé mi viaje de exploración por la provincia. Mi primera, jornada concluirá en Colindres, bellísima capital de la Liébana, región que, como ustedes saben, se extiende desde el valle de Camargo al de Reocín, y está protegida, al Oriente, por los Picos de Europa, y al Occidente, por el monte de Cabarga, _el de las eternas nieves_. Según Estrabón y Quinto Curcio, esta parte de la provincia fué la verdadera Cantabria, la que dió aquellos héroes que entregaban el robusto cuello, cantando himnos guerreros, al hacha de los esbirros de Felipe II, cuando este fanático monarca, no pudiendo implantar aquí el bárbaro tribunal de la Inquisición, por repugnar á los altivos pechos de estos libres montañeses, ocupó militarmente el país. Algunos rasgos típicos de esa raza insigne se observan todavía en sus actuales descendientes, los famosos pasiegos, únicos pobladores de la Liébana. Pero, mejor que en el sello fisonómico, revela su ilustre procedencia esta hermosa gente en sus costumbres nómadas é independientes. Anidan, como las águilas, en los picos de las rocas; jamás pisan las sendas frecuentadas, ni duermen dos noches consecutivas bajo un mismo techo. Se alimentan de frutas silvestres y de carne montaraz, pues su ocupación exclusiva es la caza, pero con honda, la cual manejan con una destreza asombrosa.
«Mas de esto y de otras muchas cosas tan auténticas como interesantes, hablaré á mis bellas lectoras en las sucesivas correspondencias y en un libro que traigo entre manos tiempo ha».
Con lo cual se queda el corresponsal tan satisfecho, el periódico tan hueco, los lectores que no conocen esta provincia, tan enterados, y los pocos montañeses que le leen, haciéndose cruces con los dedos.
Pero no impide, sin embargo, que la prensa local que nos anunció su llegada en junio, nos diga un día, á mediados de septiembre:
«Hoy ha salido para Madrid el distinguido publicista don F. de Tal, después de haber permanecido más de dos meses _entre nosotros_. En las varias excursiones que ha hecho por la provincia, ha recogido gran cantidad de curiosos y fidedignos datos, los cuales piensa utilizar para dar á la estampa un libro que tratará de la historia, carácter y costumbres del pueblo montañés, desde los más remotos tiempos hasta nuestros días. Nos atrevemos á rogar al insigne literato que cuanto antes nos haga conocer su obra, que seguramente habrá de darle tanta gloria como títulos al aprecio de todo montañés que estime en lo que vale el buen nombre de su patria».
Y adelante con los faroles; que en los venturosos tiempos que corren,
_Sic itur ad astra;_
ó, como dijo el otro,
Por estas asperezas se camina de la inmortalidad al alto asiento.
[Ilustración]
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BRUMAS DENSAS
Éstos son dos, y cada uno de ellos pudiera pedir un cuadro aparte; pero es de saberse que siempre que trato de sacarlos del fondo de mi cartera, al tirar del uno hacia arriba, sale enredado el otro con él; de donde yo deduzco que son tal para cual, y uno en esencia, aunque dos en la forma.
Tiro, pues, de ellos, agarrando á tientas, y ahí tienen ustedes al primero.
Convengamos en que es mozo de gran estampa. Pedrusco en el anillo que recoge los dos ramales de su chalina; pedruscos en los dedos; pedruscos en el pecho y pedruscos hasta en la leontina; flamante vestido de lanilla; leve pajero muy tirado sobre los ojos; éstos de mirada firme, pero no muy noble; largo cigarro en retorcida y caprichosa boquilla; la siniestra mano en el correspondiente bolsillo del pantalón, y en la diestra, flexible junco.
Sin embargo, aunque sus ojos son negros, y negras las anchas relucientes patillas, y es regular su boca, y blanca su dentadura y alta su talla, no puede decirse de él que es lo que ordinariamente se llama _una buena figura_. Mirada más al pormenor, tiene juanetes en los pies, ásperas y muy gruesas las manos, demasiada redonda la cara y muy destacados los pómulos. Además, carece su persona de ese aire de que todos hablamos, que todos conocemos á la legua, pero que nadie sabe definir, y al que, por darle algún nombre, se llama vulgarmente _buen aire_, ó _aire distinguido_; cuya falta es, sin duda, la causa de que, á pesar de su pedrería, que relumbra mucho, y de su boquilla, que sin cesar ahúma, pase este mozo enteramente inadvertido, como figura vulgar é insignificante.
Anda con parsimonia lo poco que anda, como hombre que no lleva prisa ni se preocupa de cuanto le rodea mientras va andando.
Se lee más en su frontispicio cuando está parado á la puerta del café, de una iglesia, del teatro, ó de la plaza de toros, que siempre son sus sitios de parada y para los cuales ha nacido, como la estatua para el pedestal. Arrimado á las jambas de una puerta, flagelándose una pernera con el junquillo, lanzando de la boca espirales de humo y dignándose apenas fijar la vista en los que entran ó en los que pasan, precisamente cuando su cuerpo revela más soltura y lucen en sus ojos chispas de inteligencia. Al verle pegado á esas puertas, siempre que al otro lado de ellas se oye el rumor y hasta se huele el tufillo de las muchedumbres _emparedadas_ (pues es de advertir que jamás se arrima á puerta que no encierre mucha gente), cualquiera pensaría que el ruido le aturde, que el calor le marea y las estrecheces le sofocan; y, sin embargo, deteniendo sobre él un poco la curiosidad, puede observarse que siempre se le ocurre entrar cuando los demás comienzan á salir, como si las apreturas fueran su deleite y hallara en rozarse con pechos y solapas un atractivo irresistible.
Obsérvase también que, por lo común, es de noche más activo que de día. Su andar es más resuelto entonces; y si á la luz del sol le gustan los sitios más públicos y concurridos, á la del gas prefiere las calles más solitarias y sombrías, en alguna de las cuales suele desaparecer por largas horas.
Llega á Santander días antes de los de ferias y toros; pero ni él mismo sabe fijar la época de su marcha, porque ésta depende, á menudo, de los agentes de la autoridad, que pueden echarle la mano encima, en el momento en que él pone la suya sobre el reló de su prójimo, ó está en un garito tirando el _pego_ á dos docenas de incautos á quienes va desvalijando con el auxilio de otros camaradas de oficio, ó tanteando los intestinos de la ciudad para buscar una salida por los fondos de la caja del Banco...
Y aquí asoma ahora, lector, el otro tipo, enlazado, por estas profundidades, á la figura de la cual voy tirando para mostrártela en todas sus principales actitudes. Hablemos de él, pues que se empeña, como si fuera un miembro del otro cuerpo, ó una cereza del mismo ramillete.
Viene á _veranear_ mucho antes que el otro, y con un pelaje bien diferente. Su tipo es el de _un caballero que ha venido á menos_. Negra la raída levita, negra la deshilada corbata, negros los relucientes pantalones, negras las puntas que se ven de su chaleco, negra la descuidada barba, negros los ásperos mechones de su pelo y negras las puntas afiladas de sus luengas uñas. En esta figura no hay nada que blanquee: ni siquiera la camisa. Los únicos puntos menos obscuros de este veraniego nubarrón, son dos puntos pardos, ni siquiera grises: los zapatos y el sombrero.
No busquéis esta figura entre los recodos de apartada callejuela, huyendo avergonzada de los resplandores de la luz, ó temiendo manchar con su contacto la brillante librea de los capitalistas; ni tampoco en obscuro taller, encorvado sobre la tosca herramienta para ganar, con un trabajo, extraño quizá á sus hábitos y procedencia, un miserable pedazo de pan; ni en la estrechez de una buhardilla, repartiendo ese mendrugo entre una esposa y unos niños extenuados por el hambre y envejecidos por la miseria y por las lágrimas. Si de ese grupo fuera esta figura, yo no profanara su augusta miseria presentándola en esta breve galería de debilidades risibles y aun de cosas abominables. Buscadla, pues, entre la engalanada concurrencia de calles y paseos, haciendo de su mugriento equipaje una desvergonzada protesta, y lanzando punzantes miradas sobre los que pasan, como si le debieran la camisa limpia, las botas nuevas ó el gabán sin manchas.
Si con esta luz no columbráis aún el tipo, os apuntaré otro dato que necesariamente ha de iluminar vuestra memoria.--Durante lo más recio de un chubasco estival, de ésos cuyas gotas pesan, cada una, medio cuarterón, y después de saltar de rebote hasta los balcones, convierten las calles en torrentes; cuando las losas relucen, y el tránsito cesa, y comienzan las ratas á asomar por los sumideros huyendo de la inundación, y los chicos las apedrean, y la gente, pegada á las fachadas, porque ya están llenos de ella los portales y las tiendas, silba y aplaude y ríe á carcajadas celebrando las corridas, y asoman cabezas por los entresuelos, y hierven, hasta levantar la tapadera, las alcantarillas del Correo, y se inunda la calle de San Francisco; cuando todo esto y mucho más sucede, un solo mortal atraviesa impávido la Plaza Vieja, ó marcha Muelle adelante por la acera del mar, sin paraguas, en chancletas, con las manos en los bolsillos, y, por toda precaución, la cabeza muy hundida entre los hombros. Pues ése es.
Probablemente habréis recibido alguna vez su visita. Es hombre que hace muchas, recién llegado.
Un día os anuncia la inexperta fámula que ha llamado á la puerta un _caballero_ que desea hablaros. Con tal anuncio, la decís que le introduzca en lo más sagrado de la casa; y cuando acudís á recibirle, os le halláis, como la estatua del desconsuelo, con las manos cruzadas sobre el cóncavo vientre, el sombrero entre las manos, y la mirada tangente á las fruncidas cejas y fija en vuestra mirada.
--Cabayero--os dice con voz trémula y un poquillo de olor á aguardiente:--un desgraciado, con su señora enferma y siete criaturas... sin hogar, sin un pedazo de pan que llevar á sus inocentes labios, implora el auxilio de su generoso corazón.
--¿Quién es ese desgraciado?--le preguntáis, por preguntarle algo, antes de plantarle en la escalera.
--Un servidor de usted, que no hace mucho ocupó una briyante posición social. Pero los acontecimientos políticos...
--¿Era usted de los del presupuesto?
--¡Jamás, cabayero!... Me estimaba demasiado para eso. Yo era rentista.
--¡Hola!
--Sí, señor: tenía todo mi capital en los fondos públicos.
--Lo creo.
--Y con estas bajas tan atroces, á consecuencia de la intranquilidad en que tienen al país estos gobiernos...
--Y á mí ¿qué me cuenta usted?
--¡Ah, cabayero!... Yo quisiera una ocupación honrosa para ganarme el sustento.
--Pues tómela usted, si hay quien se la ofrezca.
--Tras eso ando, cabayero; y mientras la hayo en alguna parte, quisiera merecer de usted la atención de veinticinco pesos que necesito para que tome los baños mi señora, y para que no me arroje el tigre del casero, desde la miserable buhardiya en que ahora vivo, hasta la ignominia de un hospital. Crea usted, cabayero, que la fortuna da muchas vueltas; espero volver á lo que fuí, y no perderá usted un cuarto de su préstamo.
Al llegar aquí la historia, se os acaba la paciencia; le dais media peseta, por no darle un puntapié, y se larga tan ufano, haciendo reverencias y mirando, con preferente curiosidad, todo lo que es puerta ó pasadizo.
Estas visitas son, como si dijéramos, las generales de la ley. Pero hace también otras, bastante más productivas, aunque no tan frecuentes.
Pinto el caso.--Comienza á hablarse mucho en el pueblo de que _la va á haber_, lo cual, como ustedes saben, sucede cada verano. De mí sé decir que, desde que tengo barbas, no recuerdo uno en que no se haya dicho:--«¡Oh! lo que es de ésta, _se arma la gorda_, y no va á quedar títere con cabeza. Me consta por esto y por lo de más allá». También es otro hecho innegable que nunca faltan almas cándidas que dan entero crédito á estos rumores, ni hombres vehementes que se hallan dispuestos á echar el sombrero al aire y hasta una mano al negocio, si hay quien sepa colocársele á conveniente distancia. Excuso decir que en cada verano aparece esta señora _Gorda_ con diferente tocado, y que nada le queda ya en el ramo que lucir, desde el gorro frigio hasta la boina.
Pues uno de estos hombres, ó una de aquellas almas, es quien recibe la visita del ex-rentista cuando más en punto de caramelo andan los rumores públicos; pero, aunque raído y mal trajeado el visitante, no se compunge ni encorva en la visita; antes se presenta, si bien comedido y muy atento, con gran desenvoltura y buen talante, como quien más ha de ofrecer que recibir.--Entonces es el hombre iniciado en los grandes secretos de la conspiración; viene del extranjero, donde aquélla se fragua, y va de paso para uno de los puntos de más peligro el día de la batalla. Sabe que el emperador de allí, ó el comité de acullá, ó el Gran Oriente del otro lado (según el color que tenga la _Gorda_), ha hecho á _la causa_ un anticipo de doscientos millones. Hay metidos en el ajo quince batallones, treinta generales, ocho fragatas de guerra y el presidente del Consejo de Ministros. El grito se dará en tal parte al salir la gente de tal espectáculo. Toda España está hecha un reguero de pólvora, y sólo falta, para que arda, arrimar la mecha. El triunfo, pues, es seguro y muy pronto. Él ha pasado la frontera con grandes precauciones, y á pie, por lo cual está tan desarrapado. No trae credenciales ni papeles de ninguna clase, por no comprometer con ellos la «alta misión» que se le ha encomendado; pero sí el encargo _especialísimo_ para el visitado, de parte del personaje bajo cuya dirección se hace el fregado, de decirle que se cuenta con él, con su patriotismo, con sus influencias, para animar el espíritu del partido en esta ciudad, reunir los dispersos elementos, etc., etc. Antes de tres días saldrá el emisario para Madrid, donde ha de recibir cuarenta mil duros para ciertas atenciones de la causa. Entretanto, necesita que los partidarios de Santander le proporcionen, siquiera, la miseria de dos mil reales para el viaje y comprar á un maquinista del tren que ha de despeñar un batallón que debe salir de aquí, por ferrocarril, dentro de unos días, á sofocar el alzamiento que tendrá lugar en los confines de la provincia.
Y el pobre hombre que escucha, devora hasta con los ojos, no ya con los oídos y la boca, las palabras del mugriento, y le da una convidada, y se echa á la calle, y revuelve á sus correligionarios, les cuenta lo que le han dicho, les saca los cuartos, reúne los dos mil reales más otros quinientos que él pone de su bolsillo, como en correspondencia al alto concepto que de él ha formado Su Excelencia, y se vuelve á casa tan convencido del inmediato triunfo del partido, que le falta muy poco para subir á la del Gobernador y aconsejarle que deje el mando _por buenas_, antes que se le quiten _los suyos_ á linternazos. ¿Necesito pintar el afán con que el bolonio entrega el dinero recaudado y el placer con que lo recibe el descamisado bribón?...
Algunos días después de éstas y otras análogas, aunque no tan productivas fazañas, se oye decir que la policía ha hecho una redada de ladrones que intentaban robar el escritorio del señor de Tal, ó la caja del Banco.
--Y ¿quiénes eran?--pregunta uno de esos curiosos que se creen en la obligación de conocer á todo el mundo.