Bocetos al temple. Tipos trashumantes

Part 14

Chapter 144,005 wordsPublic domain

Ya hemos dicho que las de Cascajares no son bellas; pero que son _distinguidas_, categoría inventada en estos tiempos democráticos para colocar en ella todo lo que no es vulgo, sin ser aristocracia, no por la sangre, sino por _el aire_.

El efecto de esta distinción se deja conocer en el pueblo inmediatamente. En esos días es cuando se tropieza uno con alguna indígena que lleva sobre su cuerpo cierta cosa rara que llama nuestra atención: verbigracia, un moño encima de los riñones, un pispajo de tul en el cogote, el pelo echado sobre los ojos, ó medio vestido azul y medio de color de canario, collar de rollos de canela, ó pendientes de melocotón... cualquiera extravagancia por el estilo.

Si tenemos franqueza para tanto, y la preguntamos, deteniéndola en la calle, qué es _aquello_, nos responderá sorprendida:

--¿No le hace á usted gracia?

--Maldita.

--¡Oh! pues _lo llevan mucho_ las de Cascajares y en Madrid _hace furor_.

--¡Hola!

--¿No le gustan á usted _esas chicas_?

--¿Quiénes?

--Las de Cascajares.

--La verdad es que no me han llamado la atención...

--¡Oh! pues son muy distinguidas.

Y no es otra, lector, la razón de que muchos arreos femeniles que te parecen espanta-pájaros por esas calles de Dios, se consideren, entre las gentes de «buena sociedad», como modelos de gracia y bien caer.

¡Lo llevaban las de Cascajares!

Y es de advertir que entre los hombres que se pagan mucho del adorno exterior, sucede lo propio. Tienen también sus Cascajares _distinguidos_ que les hacen zambullirse en unas bragas descomunales; ú oprimir el busto entre las láminas de una levita sin solapas, sin faldones, y hasta sin paño; ó la mollera en un cilindro sin alas, ó en unas alas sin cilindro.

Volviendo á las de Cascajares, añado que asisten á los bailes campestres, muy elegantes, pero con mal gesto; bailan poco, ó no bailan nada. Son las últimas que llegan al salón, y las primeras que se retiran de él.

Y como son tan distinguidas, suspiran muy á menudo por aquel «Biarritz de su alma», donde todo es _chic_ y _confortable_. En cuanto á Santander, «no las hace felices».

El diplomático dice «amén» á todos los discursos de sus hermanas, y no se separa de ellas en todo el día. Es autoridad de peso en asuntos de moños y vestidos; y en el ramo de modas en general, bastante más entendido que en los protocolos de la secretaría de su cargo.

Por lo que hace al otro Cascajares, se levanta á las dos de la tarde, come á las seis, se va á la ruleta, si la hay, ó á la timbirimba más fuerte, que sí la habrá, y no vuelve á casa hasta las tres de la mañana, viendo siempre las estrellas, aunque el cielo esté nublado, porque es de advertir que tropieza mucho en el camino.

En cambio, su papá no tiene más afán que pasear solo por el Alta; y como se acuesta temprano y madruga mucho, no ve á su familia más que á las horas de comer. Sabe que está sin la menor novedad en su importante salud, y no se mete en otras honduras. Lo mismo hace en Madrid.

Y llega á la mitad el mes de Septiembre, y vuelven á empaquetar los equipajes; y después de haber _pagado_ diez visitas de las veinte que deben, tórnanse á Madrid las de Cascajares, llevándose las maldiciones de las diez familias con quienes quedan _en descubierto_, y dejando en cambio el recuerdo de su _distinción_ entre las señoras pudientes, que las imitan en cuanto les es dable, así en el vestir como en el andar, y entre algunas inocentes cursis, que sudan y se desgañitan por remedar sus frescas y turgentes sedas, con marchitos tafetanes y engomadas percalinas.

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LOS DE BECERRIL

Dos taleguillos blancos llenos de ropa de muda, unas alforjas atacadas de chorizos y garbanzos, y un paraguas. Este es el equipaje de cada familia al meterse en el tren en la estación más próxima.

Cuando se apean en Santander, el padre carga con las alforjas, amén de la capa, que también se echa al hombro; la madre con un taleguillo y la criatura que amamanta; una jovenzuela, con el otro talego, y un rapaz de doce años, con el paraguas.

Vienen á Santander porque el padre tiene _dúlceras_ en las piernas, y _dúlceras_ en el _cuadril_ de la derecha; la madre, desde el último parto, «añudados los gonces» de la rodilla izquierda; el mamoncillo no puede echar los últimos dientes «de por sí solo»; la jovenzuela ha cumplido ya quince años y está pálida como la cera, y el rapaz, que va para doce, tiene los labios como un embudo, el cuello como un botijo, y le salen ya los lamparones por detrás de las orejas.

Por consejo del médico de Becerril de Campos, vienen á tomar los baños de mar, porque éstos han de curar todas y cada una de las dolencias enumeradas.

Con estas esperanzas y aquel equipaje, y en el orden de formación en que hemos ido citándolos, llegan á la Dársena y echan Muelle adelante con el asombro pintado en los ojos y en la boca.

El molinete que suena; el vapor que cruza la bahía; el ligero esquife que se desliza sobre las aguas, como la golondrina en el espacio; la sardinera que grita su mercancía; el coche que pasa rápido; el carretero que aturde la vecindad con las blasfemias de costumbre; el marcial arreo y las infantiles galas; sedas, tules, libreas y levitas, chaquetas y manteos... Todo esto junto y revuelto, casi en torbellino, que es lo primero con que tropiezan los ojos del viajero que desde la estación del ferrocarril se lanza, de sopetón, al Muelle en una tarde de verano, aturde y deslumbra con sobrado motivo al sedentario y patriarcal lugareño de tierra de Campos.

Pero el coche, y «los señores», y el soldado, y «las damiselas», todo, en fin, lo que es terrestre, cabe perfectamente en las presunciones de los de Becerril, y luego dejan de admirarlo. Lo que realmente los fascina por de pronto, y acaba por atontarlos, es «lo marítimo». Les faltan ojos para contemplarlo y hasta narices para olerlo.

--¡Míales, míales, hijo!--vocea la madre.--¿No te lo ecía yo?... Más altos son los palos que el campanario del pueblo.

--¡Pus anda--añade el padre,--con el otro que va río abajo! Mal rayo me parta si no ahúma como si llevara los demonios aentro. ¿Qué tié que ver el tren con esto! ¡Pus ávate con el barquillico que lleva á la zaga!...

--Será la cría, padre,--grita el rapaz.

--Puá que, hijo: no te diré yo que no lo sea.

--Y toas éstas que están arrimaícas aquí lo paecen tamién... ¡Cristo, cuánta barca!... y allá va una cargá de _cubetos_... ¿Y dende esta orillica se pescará el _fresco_?

--¡Otra con el inocente! Eso se pesca en alta mar, borrico.

--¿Pues no es esto la alta mar?

--¡Anda si qué! ¿Pus no oístes á aquel señor que venía en el tren á la vera de tu madre, que esto es el puerto? ¡Qué tié cacer esto pa-onde está la alta mar!

--Y ¿ónde está esa mar?

--En cuantico alleguemos á casa, dí que se ve de golpe.

Y en éstas y otras por el estilo, admirando acá, exclamando allá, parándose aquí, retrocediendo en el otro lado, preguntando á este «caballero» y á la otra «buena mujer», llegan á Miranda, en el cual barrio tienen apalabrada una habitación que les ha buscado otra familia castellana que les precedió en el viaje.

Al ver el mar desde aquellas alturas, los padres se atolondran y los hijos se estremecen, considerando que al día siguiente han de meterse todos ellos en tales honduras.

Como el barrio de Miranda es el que eligen siempre los castellanos, por la doble razón de economía y de proximidad á la playa, tienen ocasión los nuestros de hacer rancho en la misma casa en que viven, con otros paisanos instalados en ella también. De todas maneras--y por eso traen las alforjas llenas de provisiones,--siempre «se ajustan» sin la comida.

El primer baño no le toman sin grandes recelos, sobresaltos y serias meditaciones: los chicos lloran y los grandes tiemblan de miedo, mucho antes de temblar de frío; pero, al cabo, bien agarrados éstos á las cuerdas, y á empellones los muchachos, van entrando todos poco á poco, hasta que, después de acurrucados, les llega el agua al pescuezo. Es decir, que se quedan á la orilla, donde, al romper las olas, tras de machacarles los cuerpos como mazos de batán, les hacen sorber la arena á carretadas.

En la misma guisa que salieron del tren, exceptuando el detalle de las alforjas, van al baño y vuelven de él: con la propia capa el hombre, las mujeres con los talegos y la criatura, y el rapaz con el paraguas. La capa para arroparse, el paraguas para quitarse el sol el de los lamparones, y los taleguillos para guardar la ropa del baño.

Catorce de á media hora recetó á cada uno el médico de Becerril; pero ellos, que traen muy contado el tiempo y el dinero, toman dos cada día, y así despachan en una semana, cuando no en media, echándose en remojo una hora por la tarde y otra por la mañana.

Siempre que no están en el baño, ó comiendo, ó durmiendo la clásica siesta, se los halla recorriendo las alturas de la costa, metiendo la cabeza en todas las grutas y rendijas de las peñas, y preferentemente escarbando los arenales para acopiar _pelegrinas_ y _caracolillos_, por las cuales baratijas se perecen.

Antes de volverse á Becerril, ó á Frómista, ó á Amusco, al pueblo, en fin, de Castilla del cual procedan, bajan dos veces á la ciudad: una para verla y comprar á la chica unas arracadas de _cascaritas_, y otra para visitar, _por adentro_, un vapor-correo, y, si le hubiere en el puerto, «un barco de Rey».

Por lo demás, son los bañistas más metódicos y decididos de cuantos se zambullen en el Cántabro. Ni en los días de más resaca perdonan el remojón. De manera que si también en la hidroterapia obra la fe prodigios, estas buenas gentes se vuelven á Becerril tan sanas como corales.

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EL EXCELENTÍSIMO SEÑOR...

Una semana antes de suspenderse, por razones de alta temperatura, las sesiones de las Cortes, pronunció un discurso de abierta oposición á la política del Gobierno. Tres días después se trasladó á Santander con su señora, luciendo todavía los tornasoles de la aureola en que le envolvió aquel triunfo parlamentario.--No hay que decir si llegaría hueco y espetado, él que, por naturaleza, es grave y repolludo.

Como ni Su Excelencia ni su señora piensan tomar baños de mar, sin duda por aquello de que _de cincuenta para arriba, etc..._, refrán cuya primera parte les coge por la mitad, no han querido alojarse en el Sardinero; y como tampoco quieren el bullicio y las estrecheces del cuarto de una fonda, se han acomodado en una modesta casa de huéspedes, ocupando la mejor sala con el adjunto gabinete.

Su Excelencia sale á la calle con zapatos de cuero en blanco, sombrero hongo de anchas alas, cómoda y holgada americana, chaleco muy abierto y tirillas á la inglesa.

Siempre camina lento y acompasado, con las manos cruzadas sobre los riñones, y entre las manos la empuñadura de cándida sombrilla. Nunca va solo: generalmente le acompañan cuatro ó seis personas de la población y de sus ideas políticas.

Marchan en ala, y el personaje ocupa el centro de ella.

Á cada veinte pasos hace un alto, y el acompañamiento le rodea. Es que va á tocar uno de los puntos graves de su discurso; porque es de advertir que Su Excelencia no gasta menos, ni aun para diario.

Y en efecto: si un oído indiscreto se acerca entonces al grupo, percibirá éstas ú otras semejantes palabras, dichas en tono campanudo y resonante:

--Porque, señores: los hombres que hemos adquirido la experiencia del gobierno con amargos desengaños, debemos al país toda la verdad, todo el esfuerzo de nuestro patriotismo acrisolado. Por eso, si en el Parlamento, como la Europa ha visto, fuí implacable con los hombres de la situación, lo fuí mucho más, lo estoy siendo todos los días, en el terreno de mis personales relaciones con todos ellos. Momentos antes de salir de Madrid, decía yo al presidente del Consejo de Ministros:--«Ésa que ustedes siguen es una política de aventuras; y ciegos están si no ven que con ella está el país al borde de un abismo... El país no quiere utopías: el país quiere hechos prácticos; el país quiere reformas tangibles y beneficiosas; el país quiere economías positivas; y ustedes, para corresponder á sus justos anhelos, le dan la dictadura en hacienda, el caos en la política y el desconcierto en todo».

--¡Bravo!--exclamará aquí uno de los oyentes que más arriman los asombrados ojos á los crespos bigotes del orador.--Y él, ¿qué le respondió á usted?

--¿Qué me respondió?--replicará Su Excelencia mirando al interpelante como si fuera á tragársele, y recorriendo luego el grupo con la vista airada, haciéndole desear por un buen rato la respuesta.--Lo de siempre: que el estado del país; que el desbarajuste de las pasadas administraciones; que los compromisos contraídos; que la demagogia; que la revolución latente; que la necesidad de cimentar las instituciones... ¡Farsa, señores, farsa todo!

--¡Pues es claro!--responderá el coro.

Y el orador, después de pasear otra vez la vista por los circunstantes, sin añadir una sola palabra, erguirá la cerviz, fruncirá el ceño y continuará su paseo.

Y así hasta el infinito.

Por la noche, aquellos mismos complacientes y complacidos caballeros le acompañan al _Círculo de Recreo_; y dicho se está que le llevan, medio en triunfo, al salón del _Senado_, venerable mansión donde, al revés de la cárcel del mísero Cervantes, «toda _comodidad_ tiene su asiento y _ni el más leve_ ruido hace su habitación».

Allí se levantan los más autorizados señores al ver al recién llegado; cédenle la poltrona presidencial, y, alargando tirios y troyanos el pescuezo y los hocicos (_intentique ora tenebant_, que dijo el otro), dispónense á escuchar, sin perder sílaba, la quincuagésima octava variante sobre el consabido tema...

Que sigue y se reproduce también en el camino del Sardinero, que gusta Su Excelencia de recorrer á pie, muy á menudo.

Y así va deslizando la temporada, salpimentando sus solaces con tal cual visita á este ó al otro personaje que veranea en la playa, ó pasa de largo para el extranjero.

Al fin del verano se le lleva un día á ver el Instituto, y otro á la Farola de Cueto, que, á lo que parece, es todo lo monumental que aquí tenemos, digno de que lo vean esos señores; y hasta el año que viene, si para entonces no está Su Excelencia en candelero... ó en las Marianas, que de todo se ha visto.

Cuando el personaje montó en el coche que le llevó á visitar la Farola, se notó que le acompañaba una señora, sobrado vulgar de aspecto y nada joven, por las trazas. Aquella señora era la suya, y entonces se la vió en público por primera vez.

Extrañó mucho la gente reparona que un señor de tal fachada y de tantos requilorios, hubiera elegido una compañera de tan vulgar modelo.

Pero estos reparones no reparan en que los hombres no nacen para ser personajes, como los príncipes para ser reyes; y así les sucede á muchos lo que al cosaco Kalmuff, que «como no esperaba llegar á sargento, descuidó un poco la letra»; es decir, que como al verse abogados sin pleitos, ó temporeros de una modesta tesorería de provincia, ó alféreces de reemplazo, no pudieron soñar que el viento de una revolución ó los caprichos de la fortuna los colocasen en las mayores alturas del presupuesto, no se les ocurrió entonces tomar una señora de majestuoso porte, para reflejar en ella en el día de la apoteosis los relumbrones del oficio.

Mas á esto dicen también las gentes que en España todos los hombres, en cuanto llegan á serlo, debieran prepararse para lo más grave, porque parece ser, y varios hechos lo atestiguan, que, por una rara excepción de la naturaleza, _todos los españoles servimos para todo_.

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LAS INTERESANTÍSIMAS SEÑORAS

Generalmente son dos: rubia la una, morena la otra; pero esbeltas y garridas mozas ambas. Arrastran las sedas y los tules como una tempestad las hojas de otoño. De aquí que unos las crean elegantísimas, y otros charras y amaneradas. Pero lo cierto es que los otros y los unos se detienen para verlas pasar, y las ceden media calle, como cuando pasa el rey.

Como nadie las conoce en el pueblo, las conjeturas sobre procedencia, calidad y jerarquía, no cesan un punto.

El velo fantástico de sus caprichosos sombrerillos, que llevan siempre sobre la cara, es el primer motivo de controversias entre el sexo barbudo. Si aquellos ojos rasgados, y aquellas mejillas tersas, y aquellos labios de rosa que se ven como entre brumas diáfanas, son primores de la naturaleza ó artificios de droguería.--Ésta es una de las cuestiones.--Pero aunque se resolviera en favor de la pintura, no sería un dato; porque ¿qué mujer no se pinta ya?

Otra duda: ¿dónde viven?--Se averigua que se hospedaron en una fonda muy conocida, á su llegada á Santander, y que permanecieron en ella tres días, durante los cuales las acompañó por la calle varias veces un inglés _cerrado_.

Primera deducción.--Que son inglesas.

Á esto replica un curioso que las siguió entonces muy de cerca, que siempre hablaban por señas á su acompañante, y que le decían «_aisé_» para llamar su atención. Dato feroz: de él se desprende que no son inglesas ni tienen la más esmerada educación, puesto que usan ese vocablo con que el tosco populacho bautiza á todo extranjero cuando quiere decirle algo.

Pero un joven optimista hace saber que esa palabra es compuesta de dos inglesas, muy usuales en la conversación, y que equivalen á _digo yo_, ó mejor aún, á nuestro familiar _oiga usted_.

Se desecha el dato desagradable.

Ignorándose dónde viven después que salieron de la fonda, se las sigue discretamente con objeto de averiguarlo. Trabajo inútil. Como si el pueblo fuera para ellas tramoya de magia, desaparecen en el punto y hora que les convienen.

Estas contrariedades excitan doblemente la curiosidad y multiplican la suma de los curiosos y de los admiradores, cuya voracidad fomentan ellas, sin pretenderlo quizás, exhibiéndose con nuevas y más llamativas galas y más sandunguero garbo.

Á todo esto, los que las suponen de _solar conocido_ alegan que las han visto en el teatro, en sendas butacas. Pero esto es poco y equívoco.

Otros, de mejor instinto investigador, declaran que las vieron, días antes, salir de la iglesia.--Éste es mejor dato, sin duda.

Pero otro mucho más elocuente se ofrece á los pocos días.

Se las ve en el baile campestre, lo cual, ya lo sabe el lector, constituye aquí casi una ejecutoria de limpia prosapia.

Sin embargo, todavía no resuelve ni aclara nada este dato.--Asistieron á la fiesta, aunque con intachable arreo, solas como de costumbre.--Se observó que no quisieron bailar, no obstante las muchas invitaciones que otros tantos despreocupados las hicieron.--La incipiente juventud no se atrevió á tanto desde que notó que las damas _distinguidas_ las miraban de reojo.

Esto era muy significativo.--No pudo averiguarse, por más que se registraron al otro día los billetes de convite entregados al portero del salón, qué socio las había dado la credencial para entrar allí.

Inútil es decir que estas nuevas confusiones excitan más y más el afán de las conjeturas acerca de las desconocidas.--Las señoras del pueblo comienzan á tratar de ellas con alguna vehemencia, y también se dividen en pareceres.

No falta ya quien asegura que son dos princesas rusas que se han propuesto darse, á todo gusto, un paseo por Europa. Pero como hay también quien afirma que hablan el castellano, y hasta con cierto dejillo andaluz, se conviene en que _serán_ dos sevillanas de buen humor, cuyos maridos llegarán de un momento á otro.

Esta suposición coincide con el aserto de un curioso, de que, según noticia de Pedro, tomada de Juan, que á su vez la tomó de Felipe, las dos incógnitas tienen letra abierta en una casa de comercio, de las más respetables de la plaza.

Y entonces es cuando empieza á vacilar la repugnancia que hacia ellas sentía la femenil sociedad indígena. Y tanto vacila y tanto decae, que si á la sazón no asisten aquéllas al más encopetado baile particular, ó á la tertulia más entonada, es ó porque no ha habido una disculpa para invitarlas, ó porque ellas no han querido aceptar la invitación.

Tal sube y baja en el humano criterio el concepto que en él se forjan los hombres... y las mujeres, dejándose seducir por las apariencias.

Un día se observa que al pasar junto á uno de esos forasteros bullidores y omniscientes, en lo que respecta á pueblos, tipos y costumbres, y de quien hablaré al lector más adelante, le sonríen con inusitada familiaridad, al cual agasajo corresponde él flagelando el vestido de la rubia con dos golpecitos de bastón.

Entonces se le asedia, se le acosa, se le marea con preguntas de todos los colores.

Asómbrase el interpelado del asombro de los interpelantes, y les da una respuesta brevísima.

--¡No es posible!--se le replica.

--Con verlo basta, caballeros.

Desde el día siguiente se las mira en la calle como á _gente conocida_, y se observa un hecho bien opuesto á todo lo usual y corriente en el trato social; y es á saber, que á medida que van ellas ensanchando sus relaciones entre los antes codiciosos de sus miradas y preferencias, van éstos escatimándoles sus atenciones en público, es decir, que más se aíslan cuanto más se comunican.

Muy poco tiempo después tiene lugar el completo eclipse de estos dos astros, que aparecieron entre los de primera magnitud.

Y llamo completo al eclipse, porque se necesita un ojo muy avezado á la observación para distinguirlos, de vez en cuando, en las alturas de un palco segundo del teatro, obscurecidos ya por la luz de una candileja, ó describiendo, como fuegos fatuos, caprichosos giros y recortes en el Muelle, al desembarcar en él los indianos de un vapor-correo.

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UN ARTISTA

--Gusta usted que le sirva, cabayero?

--Sí, señor.

--Sírvase usted tomar asiento aquí... ¿Qué va á ser?

--¿Cuál?

--Digo si gusta usted cortarse, rizarse...

--Quiero que me afeiten.

--Al momento, cabayero... ¿Le gusta á usted así el respaldo? ¿Quiere usted que le suba... que le baje?

--No, señor.

--Muy bien. ¿Fría ó caliente?

--Como á usted le dé la gana, con tal que me afeite pronto y bien.

--¡Oh! como una seda, cabayero... Un poquito más alta la barbiya, si usted gusta... Así... ¡Qué calores tenemos, eh? ¡Cómo se estará asando aquel Madrí!... ¿Hace mucho que no ha estado usted por Madrí, cabayero?

--Y ¿qué sabe usted si yo he estado allá alguna vez?

--¡Oh! yo le conozco á usted.

--Pues que sea por muchos años.

--Sí, señor. Cuando vino usted á cortarse el pelo anteayer, me lo dijo el chico que le sirvió á usted.

--Es decir, que es usted nuevo en esta peluquería.

--Ocho días hace que llegué de Madrí.

--Como en verano se aumenta la parroquia...

--No, señor: yo he venido de placer; quiero decir, á baños.

--Vamos, afeita usted por recreo.

--Hágase usted cuenta que sí; porque lo que sucede es _de_ que al saberse que yo había venido, me solicitó el maestro; y yo, por hacerle un favor...

--Ya lo comprendo.

--Como á mí, en dejándome tiempo para bañarme, una hora para el café y otras dos para ir con los amigos al paseo, no me hace falta el resto del día...

--¿Y todos los años viene usted á bañarse aquí?

--No, señor. Ésta es la primera vez; pero otros amigos de mi arte han venido otros veranos, y me han hablado muy bien de este pueblo. Lo demás, yo siempre he salido á San Sebastián. Hay muy buena sociedad allí.

--¿De modo que usted no piensa quedarse todo el año en esta barbería?

--¡Qué ha dicho usted! ¡Dejar yo aquel Madrí... Madrí de mi alma!... Desengáñese usted, cabayero: nosotros, los artistas, acostumbrados á aquel mundo, no servimos para provincias.

--Según eso, nacería usted allí.

--Naturalmente, cabayero.

--Lo supongo; y supongo también que será extremada la necesidad que tiene usted de los baños de mar, cuando sale usted todos los veranos á una miserable provincia para tomarlos.

--Yo le diré á usted lo que hay. Mi papá estuvo en Ultramar muchísimo tiempo desempeñando un buen destino; y á los dos años de venir él de allá, nací yo... Por cierto que mi mamá tuvo un parto atroz... ¿Hace daño?

--¿Cuál, hombre?

--La navaja.