Bocetos al temple. Tipos trashumantes
Part 15
--Va «como una seda».
--Es claro... Pues verasté. Yo me crié muy delicadito, y los médicos decían que unos tumores como puños que me salían en salva la parte, eran _escrúfulas_ ínticas á las que papá había traído de América.
--Pero las llevaría ya de España.
--No, señor: las cogió allá.
--Yo creía que las escrófulas no se adquirían así tan de repente.
--Por eso decían los médicos, cabayero, que cuando las escrófulas se cogen de golpe y á esa edad, ya no se sueltan; y á más á más, se pegan.
--Ya me voy enterando.
--Como que mamá, que nunca las había tenido de joven, se fué á la sepultura llena de ellas... Pues verasté: y criándome yo tan delicadito, dijeron los médicos que necesitaba poco trabajo y mucho baño de mar. Por eso nunca pude ir al colegio; que, por lo demás, mi papá quería que yo estudiara para ingeniero. Pero papá era muy liberal, y murió en la Plaza de la Cebada... de un tiro, cuando la revolución del cincuenta y cuatro. Entonces mi mamá no pudo con el susto; se le metieron en el cuerpo las escrófulas, y murió también. Quedándome yo huérfano y con pocos recursos, me dediqué á este arte, y con él voy viviendo, gracias á los baños de mar que tomo todos los veranos... ¿Quiere usted que le descañone?
--Haga usted todo lo de costumbre.
--Y usted, cabayero, ¿no se da luego una vuelta por Madrí? Conocerá usted allí mucha gente.
--No tanta como usted.
--¡Oh! yo conozco á todo el mundo... Sobre todo, artistas y literatos.
--¡Anda!
--No sé si vendrá este año por aquí Benito.
--¿Qué Benito?
--Galdós.
--Parece que le trata usted con mucha confianza.
--Muchísima. Cuando salí de Madrí quedaba él dando las últimas plumeadas á un libro muy bonito que va á publicar en seguida.
--Se le leería á usted.
--Porque yo no quise que se molestara, no me le leyó; pero hablamos de él, así, por encima.
--Vamos, le gustará su parecer de usted.
--Aunque yo no debiera decirlo... ¿No ve usted que no se riza con nadie más que conmigo?
--Es extraño eso; porque yo juraría que gasta el pelo rapado.
--Efectivamente; pero yo me refería á la barba.
--Siempre se la vi afeitada.
--Pues se la afeito yo, cabayero.
--¡Ah, ya!
--Y la misma intimidad tengo con Adelardo Ayala. Pues ¿y con Campoamor?... El primero que le dió la mano cuando se echó el último dracma suyo, fuí yo.--«Gracias, chico, me dijo, y créete que estimo tu enhorabuena como la mejor».
--De modo que trata usted á toda la literatura por debajo de la pata.
--Hágase usted cuenta que á toda... ¡Qué chicos! Tienen la gracia de Dios... Pues ahí está _Lagartijo_, que dice en el _Imperial_ á voz en cuello que la tarde que no estoy yo en la plaza no sabe dar un volapié. ¡Ése sí que tiene sombra!
--¿El _Imperial_?
--No, señor, _Lagartijo_... Así decimos en Madrí... Cosas de esos chicos del _Gil Blas_. Aquí, en provincias, tiene uno que mirarse mucho para hablar, porque en seguida se escama la gente...
--Ya ve usted, la ignorancia...
--Es natural; porque no están, como uno, al tanto de las cosas del día... pero allí, aunque no se quiera, hay que estruirse... Misté, cabayero: yo estoy todo el año en la peluquería de Prats, que es la mejor de Madrí. Allí el literato, allí el músico, allí el diputado... Para que usted vea: ocho días antes que Salaverría leyera en las Cortes los presupuestos últimos, sabía yo todo aquello del recargo que tanto dió que hablar. Lo mismo me sucedió con lo de los fueros. Así es que yo tengo á montones las papeletas para las trebunas de orden; y si no voy á todas las sesiones, es porque, para mí, todo lo que no sea hablar Emilio ó Roque Barcia...
--De modo que es usted de los que llaman «de la cáscara amarga».
--¡Pues ahí verá usted!... No, señor. Por de pronto, yo no soy _ya_ hombre de opinión, porque los desengaños me han hecho ateo en política; pero, de estar por alguno, más bien estoy por los de guante blanco, que, al cabo, se peinan y se afeitan, y son, como el otro que dice, parroquianos de uno. Es que esos oradores yo no sé que tienen para mí: bien séase que no los entiendo, ó que lo dicen con cierto... Vamos, ello es que me llevan detrás, como si me dechizaran... Aquí, en provincias, estarán ustedes poco al tanto de esas cosas.
--Nada, hombre, nada.
--Es natural. Les falta el roce y la... Allí da gusto: de todo se trata y en todo se ilustra la persona... ¿Descañono más?
--Está bastante.
--¿Fría ó caliente?
--De la más fría.
--Tenga usted la bondad de ensugarse con esta toballa. Le daré á usted unos golpes de peine.
--¿En dónde?
--En el pelo... ¡Oh, cabayero! ¡qué antigua es ya esa moda que usted yeva! Ahora, en Madrí, todos los chicos distinguidos llevan el pelo en bandós...
--¿Sí, eh? Pues deje usted el mío como está, y así seré mucho más distinguido.
--Como usted guste, cabayero... ¿Conque también tienen ustedes ya tranvía?
--Así parece.
--Han querido imitar al de Madrí. ¡Aquél sí que es tranvía!
--¿Mejor que éste, eh?
--¡Qué tiene que ver! Sin embargo, cabayero, para una provincia, éste es todo lo que se puede pedir.
--Ya me hago cargo. Además, aquél recorre sitios más amenos.
--¡Muchísimo más! Recoletos, la calle de Alcalá, la Mayor, Palacio, el barrio de Pozas... todo Madrí; conque, figúrese usted.
--Al paso que aquí, Molnedo, San Martín, la Magdalena, el Sardinero...
--Eso es: mucho prado, mucha mar... rústico todo. Pero no hemos de pedir en una provincia las ventajas de un Madrí. ¡Cuántas tiene usted en España todavía mucho más atrasadas que ésta! Pero ya irán ustedes entrando poco á poco. Por de pronto, la buena sociedad madrileña que les visita todos los veranos, ya adorna esto y algo ilustra. Misté: el domingo fuí yo en el tranvía, y se me figuraba que estaba en Madrí. Todos los pasajeros éramos de allá, y todos conocidos. Así es que la gente se nos quedaba mirando cuando nos apeamos.
--¡Qué le parece á usted!
--Lo mismo me sucede cuando voy por las mañanas á tomar el baño. Toda la gente que anda por el arenal y por la galería, somos de Madrí. De modo que todo se le vuelve á uno saludar. Le digo á usted, cabayero, que algunas veces me parece que estoy en el Prao, y me da tristeza.
--¿Por qué, hombre?
--Ya ve usted la diferiencia: cuatro peñascos, un arenal y un poco de agua. Compáreme usted esto con aquel gentío de carruajes, con aquellos palacios y aquel vaivén de sociedad, que á veces no cabemos en el salón... porque, créame usted, cabayero, aquello es la mar de elegancia... Esto no es decir que el Sardinero sea del todo malo, pues, para una provincia, no puede pedirse más; pero desengáñese usted, á los que estamos hechos á aquel Madrí... ¡Ay, Madrí de mi alma!... Está usted servido, cabayero.
--Muchas gracias, amigo.
--Me alegraré haberle dado gusto.
--Pues vaya usted alegrándose.
--Ya lo sabe usted: por ahora, desgraciadamente, aquí; desde el mes que viene, calle del Carmen, peluquería de Prats, para cuanto se le ocurra.
--No olvidaré las señas. Conque agur, y aliviarse de las _escrúfulas_.
--Tantísimas gracias... Beso á usted su mano, cabayero.
[Ilustración]
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UN SABIO
Al siguiente día de su llegada á Santander, ó acaso sin sacudirse el polvo del camino, dase á conocer en tertulias y corrillos diciendo, con la mayor impavidez, que España es un país de estúpidos, y que la capital de la Montaña es el último rincón del país, puesto que no hay un solo montañés que conozca _la telematología_, ni la _filosofía del sentimiento estético en sus relaciones con la actividad del yo pensante, en, dentro, sobre, sobre en y por debajo de la conciencia universal_. Pero esta ignorancia no le sorprende en un pueblo en que _todavía_ oyen misa los hombres que se llaman ilustrados, y desconocen á _Jeeéguel_ (muy arrastrada la J) ó Hegel, como decimos las personas vulgares.
Y ahora que el lector sabe algo sobre la venida de este huésped, voy á decirle otro poco acerca de su procedencia.
La humana debilidad tiende, por instinto, á lo más cómodo, hacedero y comprensible.
Por eso á los grandes apóstatas, aunque arrastrados á la apostasía por el demonio de la soberbia, ó de la codicia, ó de la concupiscencia, nunca les han faltado inocentes que formen su cortejo.
Pero llegó el siglo XIX, hijo legítimo de la glacial filosofía del XVIII, y la masa dócil á tantas voluntades durante tantos siglos de controversias y de charlatanes, endurecióse como el mármol, y hasta el más lerdo se convenció de que en estos días esplendorosos, de luz y de _pronunciamientos_, ya no cabe el cisma, por la sencilla razón de que el que se separa de la verdad católica no es para proclamar otra _creencia_, sino para dudar de todas; y dudar de todas equivale á carecer de entusiasmo, que es hijo de la fe; y careciendo de fe y de entusiasmo, no cabe la disputa ni, por consiguiente, la escuela. Es decir, que los disidentes de la verdad «ya no creen en brujas», ó, hablando más en «carácter de época», están «curados de espantos», en plena _despreocupación_. Deducción lógica de esto: no puede darse una ocasión que sea menos á propósito que la presente, para fundar sectas religiosas y sistemas filosóficos.
Pues bien, lector: en ninguna otra, desde que el mundo es mundo, se han hecho mayores esfuerzos para arrastrar á la razón humana á los extremos que más la repugnan; jamás se ha visto mayor cúmulo de desatinos presentados como armas de seducción, unos en el campo religioso, otros en el filosófico y otros en el de la política; siendo inútil advertir que todas estas agrupaciones, tan diferentes entre sí, coinciden en un punto: el consabido odio _á las viejas instituciones y creencias_.
Ni de los fundadores, ni de los pontífices, ni de los apóstoles (aunque todo ello suele andar en una sola pieza) de estas doctrinas, ni siquiera de los adeptos que lo sean _de veras_, voy á tratar aquí, gracias á Dios.
Pero es el caso que alrededor de estas colmenas de insípida melaza, bulle de continuo un enjambre de zánganos impresionables, que, so pretexto de un amor desmedido á lo _nuevo_ y á lo _fuerte_, pero incapaces de elaborar cosa propia, aunque sea mala, van chupando, á hurtadillas, cien desatinos de la filosofía, cincuenta extravagancias de lo religioso y doscientas majaderías de la política; y con estas provisiones en el buche, mal digeridas, así por falta de jugos como por la indigesta condición de lo engullido, échanse zumbando por esos mundos de Dios, y aun pretenden elevar su vuelo hasta las águilas, porque les han dicho que aquello que les nutre el menguado entendimiento se llama _ciencia moderna_.
Uno de estos _sabios_ es el huésped consabido.
Y ya que tampoco ignoras de dónde viene, continúo leyéndote todas las señas particulares de su pasaporte.
Generalmente es _tipo_ por su figura, ó por el corte de su vestido, y joven; porque no se concibe que pueda llegar nadie á la edad de las canas con tantos grillos en la cabeza.
Ni la experiencia, ni la erudición más vasta en el campo de los _viejos sistemas_, le merecen el menor respeto; porque él ha asistido durante dos meses á una cátedra de filosofía krausista en la universidad de Madrid, y sabe, por boca de uno de los oráculos españoles de esta escuela alemana, que «_cada filósofo debe construir su propia ciencia sin necesidad de abrir un libro_». Y tan al pie de la letra ha tomado el consejo; á tal extremo ha llevado el asco á los libros, que ni siquiera conoce la gramática castellana.
Ya hemos visto, al dársele á conocer al lector, qué desparpajo le presta ó le infunde esta _ilustrada_ ignorancia; mas como aquella tesis la repite donde quiera que halla tres hombres reunidos, y como no es raro que entre tantos haya muchos á quienes sobre de buen sentido lo que les falte de _ciencia moderna_, su temporada de verano es una pelea sin tregua ni sosiego.
Porque es de advertir que, aunque de pronto se le escucha como quien oye llover, una vez _metido en barro_ ya no hay paciencia que sufra tantas salpicaduras al sentido común, única _ciencia_, á mi entender, que se _construye_ sin abrir un libro, por la sencilla razón de que no hay libro que enseñe á construirla cuando Dios ha negado á alguno la _materia prima_.
Sin ese lastre en la cabeza, claro es que, como todo lo henchido de aire, ó menos pesado que él, este sabio, no bien se agita un poco, ya está dando tumbos por el espacio y perdiéndose de vista en el infinito. Por eso lo primero que _discute_, y con doble afán si hay mujeres en el auditorio, es á Dios, es decir, al _Dios de las viejas creencias_.
Eso de _Dios Trino y Uno_, tiénelo él por _logomaquia_.
La _conciencia humana_ no siente este concepto _absurdo_; la mente, por tanto, no le penetra, no le alcanza.
Entonces es la ocasión de echar atrás las solapas del levisac, poner la cara hosca y lanzarse sobre los ignorantes con este párrafo que, según el sabio, es claro, perceptible y concluyente:
--«_Dios es el absoluto ser, en su total unidad é integridad, como lo que es y de lo que es, en la esencial sustantiva unión y composición del ser y del existir, del conocer y del pensar, dándose y determinándose en, dentro y debajo de la unidad, abiéndose de sí, para sí y consigo, congrua, individual y homogéneamente, antes y sobre toda determinación concreta de la materia caótica en tiempo y espacio, medio en que lo objetivo y lo subjetivo recíprocamente comulgan_».
En seguida apoya su aserto con la autoridad de los _santos_ padres, ó pontífices de _su_ iglesia, Krause, Sanz del Río y Salmerón; mira en derredor de sí con cara de lástima, y pasa á otra cosa.
Nada le _repugnaba_ tanto cuando él _era_ católico, «por no disgustar á su _pobre_ madre que creía como una _inocente_ todas _esas cosas_», como los milagros, lo sobrenatural; y lo del premio y el castigo inmediatos á la muerte del cuerpo, ni más ni menos que si Dios llevara una cuenta corriente á cada una de sus criaturas. Esto es empequeñecer la idea; agraviar á la razón humana, que es un destello divino, etc., etc.
Y he aquí que comienza á cantar endechas al _espiritismo_, secta de la cual se declara partidario y hasta miembro integrante. Y siendo espiritista, cree, por ende, y así lo manifiesta, que los espíritus vagan por el espacio, ramoneando de planeta en planeta, como carneros trashumantes, para purificarse por una serie de transmigraciones, hasta que Dios los llame junto á sí, después de juzgarlos dignos de Él: cree, por tanto, en los meta-espíritus, y que el hombre está en la tierra, de tránsito, procedente ya de otro planeta, ó de otra criatura de diferente condición social ó naturaleza, y ni siquiera niega que pueda él mismo haber sido asno tiempos atrás, por más que--¡otro contrasentido!--no le guste que se lo llamen. En fin, repugnándole todo lo sobrenatural, y hasta negándolo con indignación, nos cuenta entusiasmado que se pasa las horas muertas hablando mano á mano con el espíritu de Confucio... ó con el de Sancho Panza (pues inspirados _eruditos_ hay en la secta que se lo han tragado), si es _medium_, por su propia virtud, y si no, por el del hermano que la posea; y le cuentan que esto está perdido, y que la Iglesia caerá, y que prevalecerá lo que quieran Bassols, Solanot, Allan-Kardek y otros cuantos apóstoles de la doctrina famosa... Y todo esto y mucho más se lo cuentan en parábolas y rengloncitos entrecortados, que necesitan luego una interpretación no poco ingeniosa.
También en este trance tapa la boca á los incrédulos que se ríen al oirle, con nombres propios. En seguida enjareta una letanía de los más sonados en España entre políticos y militares, los cuales sujetos hacen lo mismo que él, y _aliquid amplius_, en esas conferencias con los espíritus; prueba que, aunque irrecusable, porque es la pura verdad, no levanta un ápice la cuestión ante el testarudo y arranciado sentido común que escucha al sabio; pues se obceca aquel inconquistable tribunal en sostener que en ninguna parte hay reunidas, en menos terreno, más extravagancias, más monomanías, más opuestas condiciones sociales que en un manicomio, y, sin embargo, á nadie se le ha ocurrido tomar por lo serio aquella algarabía de insensatos.
Indígnale también que existan _todavía_ hombres que se llaman ilustrados sosteniendo que la raza humana, entera y verdadera, procede de Adán. Parécele absurda esta _teoría_; y buscando otra más verosímil, y hasta solar más noble á la humanidad, agárrase á Darwin, y pónese muy hueco al declarar con este otro sabio que el hombre desciende del mono--cosa que muchos _ignorantes_ no negarían si todos los ejemplares de la especie fueran idénticos al preopinante.--Verdad es que el sustentar esta teoría le permite soltar la palabreja _antropiscos_ ó _antropoides_, que no es despreciable para un sabio de su calibre, y tapar con ella el resuello al que le pregunte por la raza que debió llenar el abismo que separa al cuadrumano famoso, del más estúpido de los hombres... Por eso me gustan á mí los sabios (y no aludo ahora al de mi cuento): se tropiezan en sus investigaciones con un abismo sin fondo, y le cubren con una palabra rimbombante; y saltando sobre ella, para no sentir el vértigo que les perdería, siguen adelante tan satisfechos como si la senda no tuviera un bache.
Volviendo ahora á nuestro sabio, digo que si se logra hacerle descender de esas alturas en que se mece tan á su gusto, y bajar al mundo terreno, se le ve lanzarse rápido sobre la memoria de los grandes hombres; porque ésta es de las águilas que no pierden el tiempo cazando moscas. La calidad del auditorio es lo que menos le importa.
Así, por ejemplo, al primer tratante en caldos que halla á mano, le enreda en una discusión sobre Cervantes.
--_Concedo_--dice el _generoso_ sabio,--que no fué el autor del _Quijote_ un hombre _enteramente vulgar_, teniendo en cuenta la época en que vivió; pero ¿qué materiales dejó preparados para la _arquitectónica_ de la ciencia moderna? ¿No están sus obras impregnadas del estúpido fanatismo religioso? Lo mismo á él que á Calderón les faltó la _filosofía de la estética_, que les hubiera enseñado lo poco que valían sus creaciones _por sí, mediante, en, con relación al idealismo transcendental, en cuanto, sobre, antes y después de_.
Por el mismo procedimiento demuestra el _idiotismo_ de Colón, la _candorosa_ ignorancia de _Agustín_ (como no cree en brujas, le suprime la santidad), el espíritu _mezquino_ de Raimundo Lulio, la _charlatanería_ de Balmes, y la sublime metafísica de las coplas de Mingo Revulgo.
Ninguno de estos hombres, ni otros infinitos que cita sin pararse en barras, hicieron cosa alguna en beneficio de la humanidad _progresiva_; les faltó la gran idea del símbolo, del _schema_, ó séase _la gráfica determinación en que la naturaleza y el espíritu se unen en forma de lenteja_.
¿Necesito añadir que la aspiración política de este mozo es ir tan lejos como puedan llevarle _las corrientes de la idea nueva_, ó los huracanes de la libertad de su altivo pensamiento?
Así es, en efecto; y conste que, según propia declaración, para colocarse en la senda que necesita su razón sin trabas ni cortapisas, ha comenzado por tomar en una logia masónica el nombre de _Wamba_, y por jurar, _á obscuras_, sacrificarse en cuerpo y alma á la voluntad de un superior á quien no conoce, sin que le sea lícito preguntar jamás el _por qué_ ni el _para qué_ de los esfuerzos que se le _impongan_.
En fin, lector ignorante, después de volcar este ollón de potaje religioso-filosófico-político en plazas, casinos, tiendas y cafés, es cuando el sabio, para rematar la obra, encaja este ribete, pespunteado con aires de protección y tono campanudo:
--Esto se llama, señores, estar penetrado del _ideal de la humanidad_; esa ciencia sublime, mediante la cual, el hombre, _artista de su vida, determinándose en todas las esferas de la actividad, se hace divino en, bajo, mediante Dios_.
Mas, á pesar de la substancia de este luminoso dato, oigo al asombrado lector preguntarme:--Pero ¿adónde va ese mozo con semejante grillera entre los cascos?
¿Adónde va?--En Madrid, al Ateneo, si hemos de creerle.
En Santander, á lo que hemos visto, á difundir la luz; á tomar el aire... y, muy á menudo, á la ruleta.
Mañana... (si antes no se cura) al Limbo, que es la mansión adonde van á parar los que en vida tuvieron la enfermedad debajo del pelo.
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UN APRENSIVO
Puede ser de Rioseco, lo mismo que de Palencia ó de Zamarramala. No es viejo, ni tampoco joven, ni rubio ni moreno, ni alto ni bajo, ni rico ni pobre. Trajo baúl de cuero peludo y sombrerera de cartón. Hospedóse como pudo, y al día siguiente fué á entregar la carta de crédito que traía, á su orden, contra una casa mercantil de la plaza.
--¿Los señores de Tal y Cual y Compañía?
--Servidores de usted.
--Tenga usted la bondad de enterarse de esta esquelita.
--Cúbrase usted y siéntese.
--Muchas gracias.
--¿Quiere usted recibir ahora la cantidad que los señores Morcajo y Compañía nos mandan poner á su disposición?
--No, señor: iré tomando á cuenta lo que necesite, si á ustedes les parece.
--Como usted guste. Y ¿cómo están aquellos señores?
--Tan guapamente... quiero decir, salvo el sobrehueso del don Atanasio, que no le deja moverse de la silla cuatro años hace.
--Eso es lo peor. Y usted, á lo que parece, ¿se ha venido por ahí á veranear?
--No fuera malo, señor mío. Por ese solo placer quedárame en casa, que los tiempos no están para moverse de ella. Vengo, créalo usted, por la necesidad que tengo de tomar los baños.
--¿Y ya está usted instalado?
--Sí, señor: ahí paro en cá de un paisano, en Santa Clara. Mucha bestia, mucha mosca y bastante ruido hay; pero como dicen que el olor de la cuadra es bueno para el pecho, no me pesa haber encontrado eso. Yo mejor querría un parador con vistas á la mar alta; pero ¡mire usted que llegué á dar hasta doce reales por un cuarto en el Sardinero, y el demontres del posaero se me echó á reir! Conque volvíme ahumando á la ciudad, donde pago medio duro. Le digo á usted que la vida cuesta aquí un sentido. Pero la pícara necesidad de los baños...
--Pues, hombre, el semblante de usted revela mucha salud.
--¡Calle usted, por Dios, que estoy hecho una carraca vieja!... Como que si en este mar no la compongo, no me queda más remedio que la huesera...
--¿Ha tomado usted ya algún baño?
--¡Si llegué ayer, de tardecita; y en un carricoche fuí al Sardinero, y en el mismo me volví, ya de noche, cuando vi lo caro que andaba por allí el hospedaje! Ahora vuelvo allá á enterarme de lo tocante al baño; porque pensar que me he de meter yo en lo que no conozco, siquiera de oídas, es pensar los imposibles. Conque, si ustedes no mandan otra cosa, me alegro de verlos tan buenos, reconózcanme por un servidor, y hasta otro día, que algunos he de volver, si Dios quiere y la salud me lo permite.
--Muchísimas gracias, y que aprovechen los baños.
--Pues si no me pintan, no será por falta de modo para tomarlos.
EN LA PLAYA
--¿Conque, según las trazas, es usted bañero?
--Ya ve usted.
--Vaya, pues lo celebro. Yo también vengo á tomar baños.
--Me alegraré que aprovechen.
--Así lo espero. Y diga usted, ¿está esto muy hondo?
--Hay de todo. Si se queda usted cerquita...
--¿Y si entro mucho?
--Si entra usted mucho, hallará más agua.
--Quiere decir, que según voy entrando...
--Le va á usted cubriendo, cubriendo...
--Eso es, hasta que ¡plaf! se va uno al hondo.
--Cuando no se sabe nadar...
--Pues es una broma pesada. Y diga usted, ¿estarán firmes estas cuerdas?
--Ya lo ve usted.
--De modo que, bien agarrado uno á ellas, aunque venga la ola de firme... Diga usted, ¿de qué lado suelen venir?
--Hombre, según sople el viento; pero, por lo común, de frente, como ahora.
--Quiere decirse... eso es, que poniéndome de cara hacia afuera, las recibiré en las espaldas... Pero entonces no veré lo que viene sobre mí. ¿Cuál le parece á usted lo mejor?
--Eso va en gustos.
--Como tiene usted la experiencia ya... ¿Y si me tiran?
--No suelte usted la cuerda.
--¿Y si la suelto?
--Le tiran á usted.
--¿Y qué hago entonces?
--Agarrarse á la arena.
--¿Es seguro eso?