Bocetos al temple. Tipos trashumantes
Part 13
--Vamos, hombre--dijo entonces don Serapio al ver la creciente indignación que se iba pintando en César,--si en el recibir no hay engaño, y esa cantidad es para tu... primo, una bicoca, como él te lo asegura, acéptala desde luego, sé feliz, y olvida al otro á quien, por las trazas, no has de ver más.
Al llegar aquí la porfía, Enriqueta, que no perdía un gesto, ni una palabra, ni una mirada de las que se cruzaban durante la extraña escena que veía representar, rompió su silencio para decir á su primo, sin disimular su disgusto:
--Si, como no puede dudarse, es cordial la oferta, me atrevo también á rogar á César que la acepte, y á los dos, que cesen en esa lucha de inaudita generosidad.
--¡Oh--respondió su primo,--no sabes tú bien todo lo que de inaudito tiene este caso, Enriqueta!
--Ea--añadió don Romualdo con el aire más campechano del mundo,--quédese aquí la historia, que no es cosa de moler con ella á quien no le interese. Pero como ya está picado mi amor propio y tengo más empeño que nunca en convencer á don César, le ruego que hablemos á solas unos instantes para conseguirlo... Porque lo he de conseguir, ó yo he de poder poco. ¡Jájájá!
--Eso me place,--dijo el joven como si le hubieran acertado su mayor deseo.
--Pues vamos al escritorio, que estará hoy de huelga, si el señor don Serapio lo consiente,--propuso el indiano, como si de intento buscase para la entrevista el rincón más apartado de la casa.
--Pues sea en el escritorio,--dijo don Serapio, tomando el lance por lo cómico y guiando á los dos interesados á la escalera secreta.
--Sea enhorabuena en el escritorio,--asintió César siguiendo al indiano y á su tío.
Y mientras los dos descendían al entresuelo, don Serapio se volvió al lado de su familia.
XVI
Fuera ofender gravemente la discreción del lector, decirle en serio que ni don Serapio, ni su mujer, ni su hija sospecharon cosa de importancia en todo lo ocurrido en su presencia entre el recién casado y el recién venido; que no hallaron más de un punto de enlace entre la historia referida por César, y todo lo ocurrido después entre éste y el indiano. Pero entre una sospecha, por vehemente que sea, y la realidad tangible, hay un abismo de dudas, de reflexiones y de consuelos; y si es la necesidad lo que obliga á dudar, á reflexionar y á consolarse, el abismo es todavía mayor. Á la exclamación de César al ver al indiano, se dijeron todos; «es indudable»; á las primeras palabras de don Romualdo, ya divergían los pareceres: según Enriqueta, no cabía duda; según su padre, había que ir observando; según su madre, no podía ser. Un poco más adelante, doña Sabina creía resueltamente que no; su marido, que no debían hacerse juicios _á la ligera_, y su hija _huía_ de pensar en lo más malo, porque ya no tenía remedio. Cuando los tres se quedaron solos y en silencio, Enriqueta era la única que verdaderamente temblaba por lo porvenir... «si llegaban á realizarse sus sospechas»; pero en la joven había un motivo especial de alarmas y zozobras: la presencia súbita de César en la casa, que sobre mortificarle la conciencia no poco, hacía resaltar á sus ojos, en enormes proporciones, los defectos de su marido. Fuera de esto, quizá se hubiera ido consolando poco á poco con la reflexión de que hasta entonces no resultaba, real y positivo, más que un hombre muy rico, muy estimado de todos los capitalistas de la plaza, que salvaba la casa, poco antes en quiebra, y que brindaba á la familia con un porvenir de abundancia y, _por consiguiente_, de felicidad; reflexión que se habían hecho ya su padre y su madre.
Mientras esta gradación siguieron las reflexiones de los susodichos tres personajes de esta historia, colocados, como tres estatuas del silencio, en tres rincones de la sala, pasaba en el escritorio, entre César y don Romualdo, lo que á saber va el lector, muy en reserva, por ser asunto delicado.
Digo, pues, que no bien hubieron los dos llegado al entresuelo, se abalanzó César sobre don Romualdo, y asiéndole de las solapas de la levita, díjole en voz ronca, pero terrible:
--¡Ladrón, infame, bandido!... He corrido medio mundo por hallarte; pero yo sólo quería pedirte lo que me has robado. ¿Con qué restituyes hoy el honor que también robas á mi familia? ¿Con qué lavará ésta la ignominia de haberte admitido en su seno? ¿Qué mal espíritu te aconsejó este rumbo? ¿Qué tenías que hacer en esta tierra que jamás produjo afrentas como tú?
--Poco á poco, caballerito--respondió el apostrofado trocando la melosidad del acento americano con que le conocimos, por otro más brusco y un tanto siniestro;--y entienda, por de pronto, que á mí no me asustan bravos. Quiero decir, que se haga dos pasos atrás y tome el asunto más en calma, si hemos de entendernos.
--¿Qué inteligencia puede caber entre un miserable y un hombre honrado?--dijo César alejando de sí con un empellón á don Romualdo, que recibió la agresión con la mayor frescura, limitándose á contestar:
--Pues es preciso que nos entendamos, y nos entenderemos.
--¡Jamás!
--Vaya, joven, un poquito de calma, y concluimos en dos palabras. Empiezo por declarar que le soy á usted deudor de treinta mil pesos, y hasta le añadiré que maldita la falta me hacían cuando se los tomé.
--¡Infame!
--Es la verdad, créame ó no me crea. Con la irreflexión propia de la edad, se confiaba usted demasiado al primero que quería escucharle, y sin poderlo remediar supe yo de sus mismos labios una vez lo que usted tenía, lo que usted anhelaba y lo que le prometían desde la Habana en punto á ocasiones de prosperar; después cayó en mis manos una de estas cartas, que sin duda se olvidó usted bajo la mesa del café á que concurría. _Dibujo_ bastante bien; tentóme el demonio y escribí otras dos con la misma letra, aunque con distinto asunto; hice que pusieran la una en el correo en la Habana, y quedéme yo con la otra para entregársela á usted á la mano.
--¡Y lo confiesa el bribón, sin avergonzarse!
--¡Qué quiere usted! soy ingenuo por naturaleza.
--Pero ¿cómo pude yo nunca contarte entre las personas de mi confianza?
--Ocupando yo la mesa contigua á la en que ustedes hablaban.
--Y ¿cómo te desconocí cuando fuiste á robarme, bandido?
--Y ¿cómo se imagina usted que un hombre como yo, que se precia de esmerado y fino, había de ir á tratar de negocios importantes con una persona decente, en el mismo traje que usaba en el café, y sin afeitarse la barba, teñirse las canas y dar á su cuerpo y á su voz cierto aire de distinción?... Pero dejando aparte todos éstos y otros pormenores que no tienen otro objeto que demostrar á usted que no siempre el agravio es culpa del agresor, sino de las tentaciones que le ofrece el agraviado, declárole á usted también que en aquella fecha sólo apetecía yo la estimación de los hombres honrados, y me ocupaba en elegir un punto de la tierra donde pasar el resto de mi vida reparando algunas faltillas viejas á fuerza de beneficios. El éxito de aquel negocio trastornó por entonces mis proyectos; viajé algún tiempo sin rumbo fijo, y sabiendo por informes que en este rincón del globo se consagraba al dinero un culto fanático, víneme á habitar en él. ¡Mal podía yo sospechar que era la patria de usted! Fuí recibido como un príncipe en su corte; mis lujos y mis dispendios eran la admiración de todos. Solicitáronme los ricos y me adoraron los pobres. Traté á los unos y á los otros, y conocí por primera vez el placer inmenso de ser estimado en las sociedades honradas y de enjugar las lágrimas con beneficios.
--Sin embargo, cometiste todavía el crimen de deshonrar una de esas familias entrando á formar parte de ella.
--Todas las del pueblo se disputaron esa deshonra. La única mujer que se mostró esquiva á mis galanteos, fué Enriqueta. Por eso la solicité. Dije lo que era, no me preguntaron lo que había sido... y me casé. Cualquiera en mi lugar hubiera hecho otro tanto.
César sintió estas palabras como fuego que le inflamara el rostro y acero que le traspasara el corazón: eran la evidente prueba de la deslealtad y loca ambición de su prima, de la repugnante sed de oro de su madre, y de la ya criminal falta de carácter de su padre.
--Cuando me hallé enfrente de usted--prosiguió don Romualdo,--creí que un abismo me tragaba.
--¡La conciencia que te mordía, miserable!
--Nada de eso. Creí que usted, dejándose llevar de su ira, iba á descubrirlo todo...
--Ése debió ser tu primer castigo, antes de entregarte á los tribunales de justicia. Pero ¿cómo castigarte á ti sin cubrir de afrenta á mi familia?
--Esa reflexión me hice yo al momento.
--Y ésa te ha salvado, infame.
--Lo cual no impide que yo agradezca mucho esos miramientos, pues sin ellos se hubiera producido un escándalo inútil.
--¡Inútil!
--Sí, porque estando yo dispuesto desde luego á reconocer la deuda, y siendo imposible desatar lo que ató el cura esta mañana, ¿á qué conduciría el escándalo?
--¡Á desenmascararte; á que la justicia te castigara!
--Tampoco se conseguiría eso. Romualdo Esquilmo no tiene nada que ver con Cleofás Araña.
--Ni éste con el mallorquín de California, ni con el salteador de _conductas_. ¿No es eso?
--Muy enterado está usted de ciertas aventuras--dijo el bribón con la mayor serenidad.--Pero con ellas y todo, insisto en lo dicho, y añado que pude impunemente resistirme á reconocer la deuda, pues carece usted de comprobantes.
--¡Los tengo!
--De don Cleofás Araña, no de don Romualdo Esquilmo; y tampoco estamos en Méjico ahora.
--¿Es decir, que todo lo has previsto?
--Naturalmente. Pero ya ve usted que no abuso de mis ventajas. Al contrario, reconozco, como ya he dicho, la deuda y quiero pagarla ahora mismo, hasta con el premio que merezca la delicadeza que le inspiró la idea de desconocerme delante de mi nueva familia... Porque no quiero ocultárselo á usted, créame ó no me crea: desde que frecuento esta casa, parece que mi alma se ha purificado; me encuentro con fuerzas para ser bueno, y aspiro á serlo, y lo seré. Por eso temblaba cuando temí que usted se dejara llevar de su primer arrebato; por eso bendigo los miramientos que lo impidieron; por eso, en fin, le ruego, aunque sea de rodillas, que acepte... lo que le debo, y me deje seguir en paz el camino de las reparaciones, y tal vez de la felicidad, que he emprendido.
--El dinero que se roba no puede hacer nunca la felicidad del ladrón.
--Se roba de mil maneras, señor mío; y ladrones conozco yo muy felices y muy respetados. El comercio, la industria y hasta la política, están llenos de ellos. Verdad es que roban á mansalva.
--Ladrones son al cabo.
--Y reconocidos por tales, lo cual no obsta para que se les cargue de cruces y veneras. Sin embargo, todavía les llevo yo la ventaja de reconocer las deudas y pagarlas, como la de usted.
--Y si las pagaras todas, ¿qué te quedaría, bandido?
--Mucho, señor don César; porque yo soy inmensamente rico, y, créame usted, no todo es mal adquirido.
--Eso, á Dios que te conoce. En cuanto á lo que á mí me robaste, entiéndelo de una vez, lo quiero y te lo exijo á todo trance; lo que no quiero es que, al recibirlo yo, crea nadie que se me da una limosna.
--Hay un modo muy fácil de conseguirlo, y por eso quise que nos viéramos á solas. Cuando subamos al piso, diré que no he podido convencerle á usted; pero entre tanto, le entrego aquí, de mano á mano, su caudal.
Dijo don Romualdo, y sacando de un bolsillo interior de su levita una cartera enorme, la abrió. Estaba llena de billetes del Banco de Londres.
--Yo voy siempre bien provisto--prosiguió,--por lo que pueda tronar; y amén de lo que todo el mundo puede ver en la cartera que guardo en otro bolsillo, llevo en esta otra un caudal de consideración en papel que es moneda corriente en medio mundo.
Contó luego hasta treinta y cinco mil duros, y se los entregó á César diciéndole:
--Ahí está mi deuda, con réditos y todo.
Pero César retiró los cinco mil, y recogió la restante.
--Esto es lo mío,--dijo examinando los billetes uno á uno.
--¡Oh! no son falsos: puede usted tomarlos con toda confianza.
--La tengo porque los conozco, no por la garantía que me ofrece con su palabra el ladrón que me los devuelve.
Después sacó el resguardo que conservaba de la misma cantidad, extendido y firmado por don Cleofás Araña, y se lo entregó á don Romualdo.
--Ése es el comprobante de tu delito.
--Del de Cleofás Araña, dirá usted.
--Tanto monta.
--Hay, sin embargo, del uno al otro, treinta mil duros de diferencia en favor de usted.
--Pero no hay más que un solo ladrón, que es el que desgraciadamente ha caído en mis manos.
--¡Desgraciadamente!... No comprendo...
--Porque villanos como tú no pueden concebir que un hombre honrado prefiera el ignorar toda la vida el paradero de quien le hubiere robado su fortuna, á encontrarle como yo te encuentro á ti.
--Muy afortunadamente, por cierto.
--Pero deshonrando á mi familia y sin poder castigarte.
--Creo--dijo el aludido, como si empezara á formalizarse, y quemando al mismo tiempo con una cerilla el papel que le entregó César,--que hemos concluido nuestro pleito. Le debía á usted, le pago, y estamos en paz. Por lo que hace á mi conciencia, dejémosla en su puesto, como la de cada uno; y pues ya le di amplias satisfacciones en lo que le competía, cese de meterse en lo que no le importa y corre de mi sola cuenta.
César, al oir esto, maldijo de nuevo á la casualidad que ataba sus brazos y su lengua.
--No es tuya toda la culpa de esta afrenta--dijo con amargura,--y eso te salva. ¡Que salve Dios de ella á los que la aceptan por un puñado de oro!
Y esto dicho, encaminóse á la escalera, siguiéndole don Romualdo al instante.
Al llegar al piso donde esperaba la familia en la misma postura en que había quedado al bajar ellos, dijo el flamante marido en el tono más jacarandoso y americano que pudo:
--Pues, señor, este chico es una virtud de bronce.
--Luego ¿no se ha convencido?--preguntó don Serapio.
--No, señor--contestó César de la manera más rotunda;--y como tampoco quiero que vuelva á suscitarse la ridícula porfía de que yo reciba una limosna, y tengo mucho que hacer, porque salgo para Madrid mañana de madrugada, vuélvome al vapor á recoger mi equipaje, y me despido de ustedes reiterándoles mis felicitaciones.
Dió después un abrazo á su tío; saludó á los restantes personajes con una fría reverencia, y salió.
Don Romualdo comenzó entonces á pintar á su modo la entereza del joven; y mientras doña Sabina le acosaba á preguntas y escuchaba las respuestas don Serapio, deslizóse Enriqueta como una sombra y cerró el paso á su primo, cerca ya de la escalera.
--César--le dijo con ansia,--¿qué pasa aquí?
--¿Y me lo preguntas á mí, ingrata?
--¡Ingrata! eso no, César; y para probártelo, escúchame un instante. Yo te esperaba siempre; tú no venías; se presentó ese hombre; me repugnó; la casa de tu tío estaba á punto de arruinarse; me puso mamá en la necesidad de elegir entre esta ruina ó aceptar la mano del que podía salvar de la miseria á toda la familia;... sin más reflexión, cedí ofuscada... ¡César, todo esto me parece un sueño! Pero...
--Ni una palabra más, Enriqueta--exclamó César conteniendo á su prima y mirándola con elocuente fijeza.--En la situación en que te hallo, sólo á Dios, que conoce tu corazón, cumple juzgarte. Que Él te juzgue, pues; y si lo mereces, te castigue con aquello mismo que, sólo bajo su omnipotencia, puede hacer tu felicidad.
Entre tanto, si lo que te pasa te parece, como dices, un sueño, pide al cielo que jamás despiertes.
Dijo, abrió la puerta de la escalera y desapareció por ella.
XVII
Dos horas después salía del puerto el vapor que conducía á los recién casados á Francia.
Al despedirse don Romualdo de su suegra, la había dicho al oído:
--Sépase usted que los aceptó.
--¿Cuáles?
--Los treinta mil del pico.
--¿César?
--Y va más contento que unas pascuas. ¡Pobre chico!
--¡Miren el sinvergüenza!
Al día siguiente sabía todo el pueblo que don Romualdo había _regalado_ treinta mil duros á un sobrino de don Serapio, que se había presentado en su casa después de la boda, de vuelta de América, pobre y desengañado.
Y como en el pueblo se había sabido algo, tiempos atrás, de ese sobrino que había sido echado de casa porque amaba á su prima y era correspondido de ella, se hizo la siguiente traducción del hecho propagado por doña Sabina:
--César ha venido á interrumpir la boda, ó á provocar un escándalo; la familia, queriendo evitarle, le ha dicho al novio que ha llegado un primo de su mujer á pedirle su protección. Don Romualdo le ha regalado treinta mil duros, y el chico los ha tomado, prometiendo á sus tíos desaparecer de Europa y no volver á acordarse de Enriqueta en los días de su vida.
Y así, pensando en don Romualdo, decía la gente:
--Pues, señor, hay que convenir en que ese hombre tiene rasgos admirables y un corazón de perlas.
Y recordando después á César, exclamaba:
--¡Parece increíble! ¡Qué falta de decoro! ¡Qué poca vergüenza!
Tal es y ha sido siempre y donde quiera, con raras excepciones, el criterio del público en cuestiones de conciencia y en actos de justicia.
Con ese mismo criterio se crucificó á Jesucristo ayer, y se levantan hoy estatuas á más de cuatro criminales. Por eso dijo uno de ellos, después de rodar del trono que había asentado sobre más de seis millones de cadáveres:
--«¡La pasión gobierna el mundo!».
1876.
[Ilustración]
TIPOS TRASHUMANTES
[Ilustración]
AL LECTOR
_Los pueblos, como los hombres, tienen dos fisonomías, por lo menos (algunos hombres tienen muchas): la que les es propia por carácter ó naturaleza, ó, como si dijéramos_, la de todos los días, _y la de_ las circunstancias, _es decir_, la de los días de fiesta.
_La que en este concepto corresponde á la perínclita capital de la Montaña, la forma esa muchedumbre que la invade cada año, durante los meses del estío, para buscar en ella quien la salud, quien la frescura y el sosiego; ora en las salobres aguas del Cantábrico, ora contemplando y recorriendo el vario paisaje que envuelve la ciudad, mientras la raza indígena la abandona y se larga por esos valles de Dios ansiando la soledad de la aldea y la sombra de sus castañeras y cajigales._
_Para los que sólo se fijan en la variedad de matices y en la movilidad de los pormenores, esta fisonomía es híbrida, abigarrada, indefinible é inclasificable._
_Para un ojo ducho en el oficio, es todo lo contrario. Hay en ese movimiento vertiginoso, en ese trasiego incesante de gentes exóticas que van y vienen, que suben y bajan, que entran y salen, rasgos, colores y perfiles que sobrenadan siempre y se reproducen de verano en verano, como el_ aire de familia _en una larga serie de generaciones. ¿No es todo esto una fisonomía como otra cualquiera?_
_Por tal la reputo, y muy digna la creo, por ende, de ser registrada en el libro de apuntes de quien se precie de pintor escrupuloso de costumbres montañesas._
_Y como quiera que yo, si no tengo mucho de pintor, téngolo de escrupuloso, abro mi librejo y apunto... pero, entiéndase bien, sin otro fin que refrescar la memoria del que leyere, y con la formal declaración de que «cuando_ pinto, _no_ retrato».
1877.
[Ilustración]
LAS DE CASCAJARES
No es aristócrata por la sangre, ni siquiera tiene un título nobiliario de los de nuevo cuño; no por haber llegado tarde al reparto de ellos, sino acaso por distinguirse más, llamándose á secas _el señor de Cascajares_.
El cual es un banquero, ó hacendado, ó contratista de _alto bordo_, muy rico, según la fama, que reside en Madrid, en donde, al decir de los que de allá vienen á pasar las vacaciones de verano, habita espléndido palacio en el paseo de Recoletos, ó elegante casa en la calle de Alcalá ó en la del Barquillo.
Es diputado á Cortes cuantas veces quiere, y lo quiere casi siempre, porque todos los Gobiernos apoyan su candidatura, en cambio de la decisión con que él aplaude á todos los Gobiernos. Sin embargo, no es hombre político: sólo se comunica con los del poder por el ministerio de Hacienda.
Su señora tiene más conexiones é intimidades que él con los altos personajes de la cosa pública. Se tutea con muchos de ellos, aunque tampoco es aficionada á la cábala ni al cabildeo; es decir, que le gusta el personaje por lo que brilla, y nada más.
Tiene tres hijas solteras, y «va con ellas al gran mundo». Ni éstas son modelos de hermosura, ni la madre encaja, por ninguna parte que se la mire, en el más modesto de los moldes aristocráticos; pero, así y todo, pasan en la corte por «ornamentos distinguidísimos de la alta sociedad». Lo cierto es que los _Asmodeos_ y _Pedros Fernández_ las citan siempre, en sus almibaradas crónicas de salones, en el catálogo de las _bellas, discretas y elegantes_.
Dos hijos varones tienen también los señores de Cascajares. El mayor es diplomático; y aunque rara vez sale de Madrid, siempre se le considera como en activo servicio, para los efectos de la nómina y del escalafón, en una de las embajadas de más categoría. El segundo, que pasa ya de los veinticinco, no se ha decidido aún por la carrera que ha de seguir. Por de pronto, asiste con asiduidad al _Veloz-Club_ y al Casino, y sabe poner cien onzas á una sota sin que le tiemble el pulso.
Toda esta gente, más tres doncellas ó camaristas, dos criados para los señoritos, un sotamayordomo, ú hombre de confianza, para «el señor», dos lacayitos y un cocinero negro, vienen en el mes de julio á Santander á habitar un piso amueblado, en la población, que paga el señor de Cascajares á razón de ocho mil reales mensuales, con la obligación de habitarle dos por lo menos, ó de pagarle como si le habitara, y de reponer cuanta vajilla, ropa de camas y muebles sufran el menor deterioro en el ínterin.
Día y medio dura la mudanza, desde la estación del ferrocarril á casa, de los _mundos_, maletas, cajas, baúles, rollos de mantas, bastones y paraguas, que siguen á la familia de Cascajales como la estela al buque.--Y se llena de baúles un cuarto del patio, y hay mundos amontonados en los gabinetes, y cajas sobre todos los veladores, y paquetes sobre todas las sillas, y maletas hasta en el mismo salón en que aquellas señoras reciben las visitas.
Tanto es el equipaje y tanta la servidumbre, que la familia no ha podido colocarse en ninguna fonda del Sardinero; y por acordarse tarde, tampoco logró establecerse en uno de aquellos amueblados _chalets_.
Esto tiene disgustadísimas á las _niñas_ y desazonada á la mamá. Y no es para menos el caso. _Las_ de Himalaya, las de Tenerife, las de Potosí, las de Chimborazo... en fin, toda la más encumbrada aristocracia está en el Sardinero, y ellas, por consiguiente, «sin sociedad». Además, mal alojadas y achicharradas de calor. (El termómetro marca 20° al sol, y cuando ellas salieron de Madrid señalaba 41 á la sombra). Gracias á que han conseguido alquilar por toda la temporada un mal carruaje que las lleva por la mañana al baño y por la tarde á pasear al Sardinero.
Así es que se las ve poco en la calle; y cuando se las ve, se observa que se mueven perezosamente, como buque en _calma chicha_, y miran tiendas, objetos y personas con gesto de hondo disgusto. Si alguien las saluda al paso, responden con lánguido cabeceo, que más parece desmayo que otra cosa.
Por lo común, se las halla, hechas un racimo y envueltas en transparente bata, sentadas en el mirador.
En esta ocasión y en otras varias del día, nunca les falta en la acera de enfrente una guardia de honor, compuesta de los arrapiezos más encanijados y escrofulosos, pero á la vez más _principales_, que haya en la población. Allí, los inocentes, se pasan las horas muertas retorciéndose la inverosímil guía del incipiente bigote; exhibiendo, á fuerza de disimuladas contracciones de muñeca, los puños de la camisa; esgrimiendo las solapas de la levita para que se destaque en todo su desarrollo la curva del robusto pecho, y haciendo, en fin, cuantas evoluciones y habilidades pudiera una bestezuela amaestrada por diestro gitano para seducir al incauto feriante.