Bocetos al temple. Tipos trashumantes
Part 12
Con el carácter de César y los muchos conocimientos que llevaba adquiridos en el comercio, no le fué difícil obtener la confianza de su nuevo protector, á cuyo lado era indudable que hubiera hecho fortuna «por sus pasos contados».
Pero es preciso no olvidar que César llevaba en su pecho un aguijón que le obligaba á caminar de prisa, y en su imaginación una luz extraña que le hacía ver como interminable todo plazo por breve que fuera. Pensaba en su prima, y temía no hallarla esperándole en el mundo terreno, si tardaba él mucho en volver á su patria.
Por otra parte, era agradecido; y no queriendo regatear el tiempo y la ganancia á una persona que tanto le protegía, pasó cuatro años adquiriendo mucho, pero no todo lo que necesitaba en su afán de «acabar pronto».
Al fin su impaciencia febril pudo más que sus miramientos. Recogió sus utilidades; púsolas, como quien dice, á una carta, en una especulación de la casa; tuvo la suerte de duplicarlas, y conociendo su protector, por éste y otros rasgos, el gusanillo de la prisa que le roía, y no desconociendo ni menospreciando las buenas dotes que adornaban al impaciente, propúsole pasar á Méjico, donde podría, con la recomendación que él le diera, hacer doble negocio en la mitad del tiempo, si bien con triples fatigas.
Aceptó César con entusiasmo; diéronsele eficaces recomendaciones para una casa de Veracruz, cuyo principal negocio era la explotación de dos minas de plata, y allá se fué con sus ilusiones y sus ahorros.
No se le había engañado en las promesas. Dos años le bastaron para llegar á reunir un capitalejo, limpio y morondo, de cuarenta mil duros.
En sus expansiones amistosas no ocultaba á nadie el afán que le devoraba; pero jamás declaró su verdadera patria ni sus parentescos en ella, en previsión de un lance desgraciado que pudiera obligarle un día á buscar un porvenir por vías más humildes y azarosas que las hasta entonces recorridas con tan buena suerte. Hasta ese punto llevaba sus propósitos de hacer fortuna honradamente, y sus repugnancias pueriles á deslustrar el brillo de que tanto se pagaba la vanidad de su tía. Por lo demás, hablaba hasta con exceso de sus frecuentes relaciones con la casa de la Habana, aunque siempre con el fin de ponderar lo mucho que la debía, y se curaba muy poco, como joven y de escasas malicias, de ver si todos los que le rodeaban en sus momentos de expansión eran dignos de sus candorosas confianzas.
Á menudo tenía noticias de su tío, y por éste sabía que «todo seguía en casa como él lo había dejado»; es decir, que Enriqueta seguía esperándole allí, según su traducción al lenguaje de sus amorosos anhelos.
De la Habana tampoco le faltaban cartas, en las cuales se le deseaba siempre rápida fortuna, y se le prometía no dejar de recomendarle cualquiera ocasión que se presentara por allí de conseguirlo, si antes no lo había conseguido él donde se hallaba.
Un día recibió una carta de esta procedencia, y de puño y letra de su afectuoso protector, en la que se le dijo que la ocasión tan deseada había llegado al fin; que, con otra carta suya á la mano, se le presentaría en Veracruz un don Cleofás Araña, gran amigo del recomendante, que pasaba á Méjico á continuar la explotación de dos minas de oro, de su propiedad; que por una deferencia singularísima se había prestado á darle la participación que quisiera tomar en la empresa, en la seguridad de duplicar el capital en menos de seis meses, y que el tal don Cleofás era riquísimo, honrado, etc., etc.
Pocos días después llegó efectivamente este señor, tipo de hombre entre campesino y culto, de aire franco y resuelto, como el de aquél que más bien ofrece que necesita protección. Entregó la anunciada credencial á César, y le mostró además títulos de pertenencia, muestras de oro nativo, etc., etc., con lo cual el iluso mozo, creyéndose más que satisfecho, realizó cuanto tenía y puso en manos de aquel potentado hasta treinta mil pesos, quedándose sólo con otros diez mil para las eventualidades. Extendióse un proyecto de contrato; diósele á César, mientras aquél se formalizaba, un resguardo en toda regla; hubo no sé qué dificultades mecánicas que duraron tres días; al cuarto avisó el socio que se había quedado en la cama un poco indispuesto; al quinto pasó César á visitarle... y el socio había desaparecido de la casa y de la ciudad. Llamó el incauto al cielo; siguió la pista del fugitivo la gente que lo entiende, y, como de costumbre, no dió con él.
Cruzáronse exhortos; escribióse mucho; crecieron los autos á montones, y vino á saberse en limpio que el ladrón se había largado á los Estados Unidos, y que ya era conocido por los siguientes fragmentos de su edificante historia:
Entre los primeros buscadores de oro en los _placeres_ famosos de California, se contaba un mallorquín, marinero desertor de un buque llegado á aquellas costas con víveres y utensilios. Sabido es por demás que los susodichos explotadores eran lo peor de cada casa, y que no habiendo entonces en el país ni ley, ni rey, ni roque, todo era en él _primi ocupantis_, por lo cual, antes que la herramienta del trabajo, todo buscador precavido adquiría un revólver y un puñal; porque no es necesario decir que lo que se adquiría arañando las costras de la tierra durante el día, había que defenderlo á menudo, por la noche, á tiros y á puñaladas. Con tan suaves entretenimientos, hijos de la necesidad, hasta el hombre más bondadoso tenía que convertirse en una fiera. ¿Qué llegaría á ser el que antes de pisar aquel suelo no tenía ya entrañas? De éstos era el mallorquín.
Cansándose muy pronto de escarbar la tierra para buscar el oro, y siendo muy diestro en los juegos de azar, trocó la herramienta por la baraja. Ganó mucho en pocos días; pero se le conoció el juego y estuvo á pique de pagar con el pellejo las ganancias. Salvó las unas y el otro; mas no queriendo exponerse á nuevos trances por el estilo, convenció á media docena de perdidos como él, y se lanzaron los siete á la montaña más próxima, de la cual descendían cada vez que se les presentaba una ocasión de hacer un buen agosto, sin arredrarles el riesgo de andar á puñaladas con los desvalijados. Estos atentados y otros parecidos que se hicieron de moda, sugirieron á otros buscadores menos bandoleros la idea de formar entre ellos rondas y tribunales con el fin de hacerse la justicia por su mano. La medida dió por resultado inmediato el que un día amanecieran seis ladrones colgados por el pescuezo en medio de la colonia de aventureros. Cuando estos ejemplares castigos se hicieron muy frecuentes, el mallorquín, que ya había visto colgados á tres de su cuadrilla, tuvo miedo en todas partes.
Huyó, pues, de California, con el rico botín de sus rapiñas, y se cree que se refugió en Méjico, porque, tiempo andando, se le ve aparecer, al frente de una docena de bandidos, asaltando una _conducta_ de varios millones que iba de la capital á Tabasco; conducta que, merced á la fortuna de los salteadores, torció de rumbo con éstos, sin saberse á qué parte del mundo.
Tiempo después vuelve á vérsele en la isla de Cuba hecho un gran personaje, tratando con un criollo, separatista de nota, de una invasión filibustera. Habíale presentado cartas credenciales del centro conspirador de New York, en las cuales se le autorizaba para recoger una fuerte suma recaudada con el fin de reclutar gente y adquirir pertrechos de guerra. Los filibusteros cubanos no pusieron en duda la autenticidad de las cartas, sellos y contraseñas; entregáronle los millones recaudados en valores de pronta y fácil realización, y ni de éstos ni de su conductor volvieron más á saber aquellos sempiternos _laborantes_.
Su última hazaña conocida fué la que llevó á cabo en Méjico, siendo la víctima César.
Nada quiso decir éste del caso á su tío, hasta conocer el resultado de sus pesquisas, ni tampoco escribir á la Habana; pues sobre estar convencido de la falsedad de las cartas de recomendación, temía que por aquel conducto llegara á saberlo su familia, y al saberlo ésta corría el riesgo él de que se desalentara Enriqueta, que le estaría esperando «de un momento á otro». En todo caso, para empezar á trabajar de nuevo y dar la triste noticia, siempre estaba á tiempo.
Cuando se convenció de que el fugitivo no parecía, buscado por la nariz de la justicia, sintióse acometido de una comezón febril y quiso él mismo correr tras él para arrancarle lo robado, ó para matarle si se lo negaba. Con este propósito, y sin decir á nadie una palabra, salió para los Estados Unidos, depósito inmenso de todos los grandes ladrones del mundo, y se consagró con alma y vida á buscar el de sus ahorros.
Tres meses de investigaciones en aquel laberinto de cosas grandes y de cosas horrendas, diéronle por resultado la convicción de que su hombre había pasado á Inglaterra, donde, por lo visto, tenía acumuladas, y en lugar seguro, sus incalculables riquezas tan honradamente adquiridas.
Tomó, pues, pasaje para Liverpool, y esto es todo lo que por ahora tenemos que decir de César al lector.
XV
Volviendo al asunto que dejamos pendiente para hacer esta ligera excursión por el otro mundo, digo que llegó el día de la boda y que acudió á ella medio pueblo, unos como invitados y otros como curiosos. Enriqueta, con su traje blanco, su corona de azahar y su rubor de costumbre en tales lances, podía habérsela tomado por una vestal que iba al sacrificio, ó por una virgen cristiana conducida al martirio; y en cuanto á don Romualdo, más parecía, aunque vestido de rigorosa etiqueta, el administrador de la casa, que el Polión de aquella Norma ó el Eudoro de aquella Cimodocea. Los carruajes se atropellaban á la puerta de la iglesia, y lo más granadito y cogolludo de la población invadía el templo, mientras en el altar mayor se celebraba la ceremonia religiosa.
Dos horas más tarde se servía en casa de la desposada espléndido almuerzo presidido por Enriqueta y don Romualdo, unidos ya ante Dios y los hombres en eterno indisoluble lazo.
Aquella misma noche, y no á hora más cómoda, por exigirlo así las leyes de la naturaleza, que no había querido alterar el orden de las mareas ni por los doblones del opulento indiano, debían salir los recién casados para el extranjero en un vapor fletado y dispuesto con este objeto exclusivo.
Llegaron las cuatro de la tarde, y desfiló el último de los convidados; levantáronse los manteles y los cachivaches, y se quedó sola la familia, ocupada en algunos preparativos para el viaje. Don Romualdo, con el mismo fin, necesitó darse una vuelta por su habitación de soltero; y si no por el desorden que reinaba en algunos departamentos de la casa, el cansancio que se reflejaba en los rostros de los amos y las galas que aún vestían los criados, nadie diría á las cinco que allí se había celebrado una fiesta ruidosa con la ocasión más transcendental de todas las ocasiones de la corta y achacosa vida humana.
Descansaban en silencio, bostezando don Serapio, pensativa Enriqueta y risueña doña Sabina, como quien saborea gratísimas ilusiones, cuando apareció en escena, y sin anunciarse, otro personaje desconocido en aquel teatro. Era joven, y vestía con elegancia un cómodo traje de camino; su tez era ligeramente morena, y negros el pelo y la barba. Fuera por natural timidez, ó porque se vió contrariado con la expresión de extrañeza que notó en aquella familia, es lo cierto que el recién llegado, al verse en medio de ella, apenas se atrevió á hacer una ligerísima salutación. Levantóse maquinalmente don Serapio al reparar en el intruso, y antes de desplegar los labios para corresponder á su saludo, observó que su mujer, como picada por una víbora, se incorporaba de repente con los puños y los labios apretados y los ojos centellantes, y que Enriqueta, pálida como un cadáver, se apoyaba con las dos manos en los brazos de su butaca. Entonces don Serapio, fijándose más en el recién llegado, abrió inmensamente los ojos y la boca; después le tendió los brazos, y cayendo en ellos el otro, exclamaron los dos á la vez:
--¡César!
--¡Querido tío!
Cántico que tuvo por acompañamiento esta salmodia rechinante de doña Sabina:
--¡Así le ahogaras!
--Y usted, señora--dijo á ésta César cuando se desprendió de los brazos de su tío,--no dude que la veo con sumo placer. Y á ti también, Enriqueta.
--Muchas gracias--contestó aquélla con ira mal disimulada.--Y ¿se puede saber cuál es la causa de esa venida tan intempestiva?
--En efecto--añadió don Serapio.--¿Cómo no nos lo has anunciado previamente?
--Mi presencia no ha de estorbar á ustedes mucho tiempo--replicó César, hondamente herido con aquella frialdad con que se le recibía.--Hace una hora llegué de Inglaterra á este puerto, y me he desembarcado para venir aquí con el exclusivo objeto de saludar á la única familia que me queda en el mundo. Tengo, en hacerlo, una inmensa satisfacción, y lo creí, además, como un sagrado deber mío; especialmente siendo, como han de ser, muy pocos los días que he de permanecer en esta ciudad.
--Y ¿quién te ha dicho que nos estorbes ó dejes de estorbarnos?--repuso doña Sabina en el tono más despreciativo que pudo.--Ya veo--añadió,--que te has curado muy poco de tus achaques románticos.
--En esta casa hay siempre una habitación para ti, y corazones, no lo dudes, César, que se interesan por tu felicidad,--dijo don Serapio queriendo enmendar las demasías de su señora.
--Ya lo veo,--contestó César con doble intención, mirando á su tía, y sobre todo á Enriqueta, que no desplegaba sus labios ni levantaba los ojos de la falda de su vestido.
--Y por cierto--prosiguió doña Sabina, resuelta á dar á su sobrino la última puñalada,--que si tardas un poquito más, te encuentras con dos habitaciones en vez de la que te ofrece la generosidad de tu tío.
--¿Cómo así, mi buena tía?
--Porque dentro de dos horas sale Enriqueta para Francia.
--¿Con usted acaso?
--No, señor: con su marido.
Y esto lo dijo doña Sabina recalcando mucho la última palabra.
--¡Con su marido!--exclamó Cesar aturdido, como si el suelo se abriera bajo sus pies.
--Con su marido,--insistió aquélla.
--Pero ¿desde cuándo le tiene?
--Desde esta mañana.
--¡Es posible eso?... digo, ¿es cierto, Enriqueta?--preguntó César dirigiéndose á su prima, y queriendo en vano dominar el dolor, la ira y el despecho que á la vez estaban atormentándole.
--Creí que tú lo sabías...--respondió Enriqueta con voz apenas inteligible.
--¡Que lo sabía yo! ¡Y te has casado esta mañana!
Al desencantado joven ya no le quedaba la menor duda de que ni la misma Enriqueta, cuyas protestas de eterno cariño conservaba él escritas en su corazón como un consuelo en sus tribulaciones, había guardado en su alma el más leve recuerdo del pobre huérfano arrojado de casa á merced de la suerte.
--Es de advertir, César--díjole don Serapio, quizá deseoso de disculpar su propia conducta,--que no sabemos de ti hace algunos meses, y que he tratado en vano de averiguar tu paradero.
Estas palabras sacaron al joven del estupor en que había caído.
--Cierto es--dijo,--que durante ese tiempo no he querido dar á usted noticias mías.
--Y ¿por qué has hecho eso?
--Porque en ese período de mi vida, la suerte ha puesto el colmo á sus rigores conmigo. Y para que no se atribuya á olvido ni á ingratitud lo que acaso es efecto de todo lo contrario, impondré á ustedes de los tristes sucesos que fueron causa de que se interrumpiese nuestra correspondencia.
Aquí relató cuanto ya sabe el lector sobre el robo de sus economías.
Enriqueta hubiera querido hallarse á cien leguas de allí cuando su primo se detenía á hablar de su vehemente afán de llegar pronto á ser _algo_, pues no se le ocultaba que este afán era hijo del propósito de _merecerla_... ¡á ella que tan dócil había sido para olvidarle, y tan fácil para entregarse, con una venda en los ojos, aunque con disculpas de sacrificio, á los azares de un porvenir dudoso en brazos de un desconocido!
Comparaba entonces la delicadeza, la hermosura de su primo, con las chocarrerías y el aspecto grosero y vulgar de su marido, y tal vez maldijo á la casualidad que no había traído á César doce horas antes á aquella casa.
Entre tanto, éste concluía así su relato:
--Llegado á Inglaterra, averigüé que, efectivamente, tenía aquel bribón, ya con otro nombre, un enorme caudal depositado en el Banco de Londres; pero no pude hacer valer mis reclamaciones ante aquellos tribunales. Incierto y desalentado en mis propósitos, reparé entonces que estaba á las puertas de mi patria. Parecióme muy duro alejarme nuevamente de ella sin verla y sin abrazar á mi familia, y aprovechando la salida de Londres de un vapor para este puerto, víneme en él. Ésta es la causa de mi presencia entre ustedes... Y por cierto que es lamentable que la casualidad no me haya traído algunas horas antes--y aquí cambió de tono, y dió á su fisonomía y á sus palabras una expresión bien marcada de ironía,--pues me ha privado de la dicha de ser testigo presencial de un acto tan solemne. Pero esto no obsta para que yo, aunque un poco tarde, felicite á ustedes cordialmente por el acontecimiento... porque no puedo menos de creer que mi prima habrá sabido elegir, con la sensatez que le es propia, un marido digno de ella.
--La elección de mi hija--exclamó airada y convulsa doña Sabina,--para ser acertada y digna, no necesita para nada el parecer del sobrino de mi marido.
--Si llegas una hora antes--dijo éste terciando en aquel altercado que no le hacía gracia en ningún concepto,--hubieras conocido aquí mismo á tu nuevo primo; pero le verás de un momento á otro, y espero que simpatizaréis. ¡Es un bendito de Dios!
En aquel instante se oyeron fuertes pisadas en el corredor adyacente.
--¡Aquí le tenemos ya!--exclamó don Serapio.
Y al abrirse la puerta de la habitación en que pasaba la escena, y aparecer la figura de don Romualdo, tornó á decir su flamante suegro:
--He aquí á mi yerno.
Volvióse César rápido para corresponder á la presentación de su tío; púsose enfrente de aquel hombre, y levantó los ojos para mirarle. Pero como si de repente hubiera recibido un balazo en el cráneo, dió dos pasos atrás; llevóse las manos á la cabeza, y exclamó tras un alarido espantoso:
--¡Dios de justicia!
Por su parte don Romualdo, al ver á César, sintió un estremecimiento que no pasó inadvertido para los circunstantes; pero muy dueño de sí mismo, ó siendo ó aparentando ser extraño á la causa de aquel arrebato, hízose el sorprendido y se limitó á preguntar de la manera más natural y sencilla:
--¿Se ha puesto malo este joven?
--Sin duda... así parece...--contestó doña Sabina hecha toda ojos y movimiento, y paseando sus miradas escrutadoras de su yerno á su sobrino, y viceversa.
Enriqueta, al oir el grito de César, se levantó aterrada de su asiento, y corrió instintivamente al lado de su padre, que se quedó como si viera visiones.
En el asiento que dejó vacío Enriqueta, cayó como desplomado César, á quien las piernas no podían sostener, y allí, hundida la cabeza entre sus manos, permaneció breve rato.
Durante él volvió á preguntar don Romualdo, perfectamente tranquilo, al observar el silencio en que había quedado la familia:
--Pero ¿qué sucede aquí? ¿qué es lo que pasa?
No obtuvo contestación, si, como tal, no le satisfizo un crucero de miradas que, como saetas, iban de César á él y de él á César, porque éste era el único que, según las trazas, podía responder á su pregunta.
Al fin se incorporó César, y después de pasarse las manos por los ojos, como si quisiera apartar de ellos funestas visiones, dijo con voz segura y firme, dirigiéndose respectivamente á don Romualdo y á su familia:
--Perdone usted... caballero, y ustedes perdónenme también. Los que vivimos bajo el peso constante de una preocupación, en cada sombra que pasa, en cada rostro nuevo que aparece á nuestra vista, creemos hallar algo que se relaciona con el objeto de nuestros afanes. Una vaga semejanza, una alucinación quizá, ha producido en mí este vértigo que no he podido dominar. Tengo, pues, el mayor gusto en conocer al elegido de mi prima, y doy á entrambos la más cordial enhorabuena.
--Un millón de gracias--respondió don Romualdo,--y á mi vez me felicito de conocer á usted, y me ofrezco á sus órdenes para cuanto guste y yo pueda y valga.
Y quiso estrechar la mano de César; pero éste, fuera casualidad ó estudio, le jugó la vuelta, dirigiéndose á su tío con otro vano cumplimiento.
--¡Ya decía yo!--exclamó entre tanto doña Sabina acercándose á Enriqueta con aire de triunfo.--¿No te parece, mujer, el mentecato de tu primo, qué lances tan pesados viene á provocar en nuestra casa? Fortuna que tu marido es un caballero; pues otro que lo fuera menos, le hubiera curado el vértigo con un bofetón.
Pero Enriqueta estaba muy lejos de oir á su madre, y acaso también de pensar como ella.
--Nos refería César hace un instante--dijo en esto don Serapio deseando disculpar más y más el arrebato de su sobrino,--cómo un bribón le había robado en Méjico, en pocas horas, el fruto de su trabajo de siete años; y naturalmente, estaba muy impresionado con el recuerdo de aquel lance en el preciso momento de llegar usted. El chico es nervioso y vehemente, se alucinó creyendo hallar ciertas semejanzas...
--¡Oh! lo comprendo muy bien--dijo don Romualdo, todo bondad y tolerancia.--Á mí me sucedió de pronto... es decir, me hubiera sucedido eso mismo en igual caso. ¿Y fué mucho lo que le robaron, joven?--preguntó de golpe y como condolido de la situación de César.
--Muchísimo para una persona como mi sobrino, que comenzaba á vivir--contestó don Serapio.--Según nos ha dicho, llega á treinta mil duros.
--¡Hombre, eso es una bicoca!--exclamó don Romualdo;--y es un dolor que por ella haya un desgraciado hoy en esta familia tan digna de ser feliz.
César, que no había querido contestar á la pregunta del indiano, recibió estas últimas palabras como una burla intolerable, á juzgar por la cara que puso al oirlas; pero don Romualdo, que no le perdía de vista un momento, lejos de resentirse de aquella actitud, añadió en seguida mirándole con elocuente fijeza:
--Mis palabras, señor don César, no son una baladronada: he dicho que no quiero verle desgraciado por la pérdida de esa pequeñez, y lo pruebo ofreciéndosela desde ahora... en nombre de su prima, si usted no la quiere en el mío.
Doña Sabina, que creyó ver á su sobrino caer de rodillas ante el hombre que tales rasgos usaba, sintió hervir su sangre de indignación al ver que César recibía la oferta generosa con rostro airado y las manos crispadas.
Don Serapio y Enriqueta iban de sorpresa en sorpresa, y no podían ó no querían explicarse lo que estaban viendo rato hacía.
--Y ¿en qué concepto me hace usted esa oferta, señor don... qué?
--Romualdo Esquilmo.
--¿Señor don Romualdo Esquilmo?--concluyó César recalcando mucho sobre el apellido.
--Esta oferta se la hago á usted, señor don César--contestó aquél en tono más suave del que esperaba su dulcísima suegra,--no en el concepto de préstamo, sino en el de... donación, supongamos.
--Y diga usted, señor mío--replicó César con irónica sonrisa,--y sin que deje yo por eso de agradecer la oferta en todo lo que vale la _generosidad_ de que es fruto: ¿no sería una burla de la suerte que tuviera yo que tomar, ó aparentar que tomaba en España, como una _limosna_ del señor don Romualdo Esquilmo, lo que me robó en Méjico el bribón, falsario, don Cleofás Araña?
--Pues demos otra forma al caso. Figúrese el señor don César que yo, hombre de grandes relaciones en Méjico, convencido de que puedo cobrar muy pronto ese crédito, le ofrezco á su merced por él todo su valor, sin que su merced ponga de su parte más trabajo que recibir los pesos con una mano y entregarme con la otra los comprobantes de la deuda.
--¡Oh! don Romualdo, le estimo á usted demasiado para cogerle por la palabra. ¿No ha reparado usted que ese procedimiento más parecería una _restitución_ que una limosna á los ojos del vulgo maldiciente?
--Déjese del vulgo, camará, y agarre la ocasión, que la pintan calva.