Autobiografía Obras Completas Vol. XV
Part 8
No he de dejar en el tintero mis buenas relaciones con un _clown_ inglés que ha divertido a tres generaciones de argentinos. Ya se comprenderá que trato de Frank Brown. Los que le conocen fuera de la pista saben que ese payaso es un _gentleman_; y que un artista, o un hombre de letras, tiene mucho que conversar con él. Sabe su Shakespeare mejor que muchos hombres que escriben. Es grave y casi melancólico, como todos aquellos que tienen por misión hacer reir. Hay que tener en cuenta que el arte del _clown_ confina, en lo grotesco y en lo funambulesco, con lo trágico del delirio, con el ensueño y con las vaguedades y explosiones hilarantes de la alienación. Para manejar todo esto, se precisan una fuerte salud física y una vigorosa resistencia moral. Con Frank Brown hemos pasado repetidas horas, agradables y provechosas, y más de una vez ha aparecido su nombre en mis prosas y versos. Por ejemplo, en aquellos que empiezan:
«Frank Brown como los Hanlon Lee sabe lo trágico de un paso de payaso y es para mí un buen jinete de Pegaso.
Salta del circo al cielo raso; Banville le hubiera amado así; Frank Brown, como los Hanlon Lee, sabe lo trágico de un paso...»
O en la siguiente medalla:
Anverso.
«En el fondo de oro de la fiesta, en traje rojo u oro, oro o rojo saeteado de estrellas, o recamado de una flora de seda, el rostro inaudito, máscara de risa cuasi por lo fijo y violento dolorosa, descendiente de los Hanlon Lee, alado, elástico, Frank Brown, _clown_, aparece.
La contracción gelásmica se acompaña de súbitos gritos y gestos, siendo el conjunto demostración de cómo la risa, en lo bufo inglés, como en las marionetas macabras niponas, se constituyese rayana, en su fondo, en lo trágico. El tono denota, en aflautados finales, o monólogo coloreado fuertemente, de acentos de tirolesa, rayados de erres, mientras, saltante, avanza, batracio o acracio, magistral en su arte extraño, la figura que el ojo de Bebé agranda, principal, miliunanochesca, deslumbrante, en única, múltiple empero, apoteósis.
Las palabras sálenle en hipos: acaso el esfuerzo verbal continuando dolorosa meditación: Fuego de artificios cortado a veces de ausas, _lazzi_ y gedeonería transcendente. Intimo con caballos, leones, perros, monos, cebras, hércules, _ecuyères_ y _tonys_; Brown, con un gesto dominador, explícito, rige.
_¡Music!_ ya se escucha: Tiempos de Buislay y Bell, ¡lejanos! Hoy, tiempo de Footit, tiempo de Frank Brown. ¿Qué hace, risueño risible, este _clown_, a las veces filosófico? Parodia a Shakespeare, Hamlet, no risueño, risible: «doloroso».
Reverso.
«Este es el caballero Frank Brown», que tiene cara de Byron. Hombre triste y serio, piensa. Su sonrisa, melancolía. (¿Acaso él no conoce a Durero?) Y como su mano ha acariciado tanto los animales, y los ojos de los seres inocentes y profundos le han contemplado tanto, su corazón se ha llenado de íntima bondad.
Es un hombre natural; su imperio, la fuerza y la dignidad. Es inglés, sabe de poetas.
Es inglés; tiene el culto del hogar, celoso de hembra y cachorro.
Obra con sana y firme voluntad. Su alma de payaso no se ha pintado nunca la cara. Si queréis verle de cerca, si queréis conversar de Shakespeare y de la bravura y de la vida justa y sencilla, de la naturaleza sagrada, y de Dios y de los buenos hombres, id a casa de Luzio, después de la función del «San Martín», y veréis junto a una mesa, rodeado de amigos, al «hombre». Le reconoceréis por la cara de Byron.
Es inglés; toma _whisky_ con soda.»
Yo iba siempre a ver trabajar a mi amigo _clown_ en su pista del teatro «San Martín». Una noche vi allí la demostración del talento especial del «payo» Roqué, para ganarse amistades y hacerse simpático con sus habilidades y maneras, a toda clase de gentes. Había leído, por la tarde, la llegada en su _yacht_ de un potentado inglés, el conde de Carnarvon, Lord Dudley, a quien acompañaba un príncipe indio, Duhlcep Sing. En el intermedio de la función del «San Martín» noté en un palco a un joven de tipo británico, acompañado de otro hombre moreno, que tenía en su mano derecha un anillo con estupendo brillante negro. Estaba con ellos uno al parecer secretario. Me encontré con el «payo» y le dije: «¿Ha visto usted al Lord de Inglaterra y al Príncipe de la India?» y se lo señalé en el palco. Cuál no fué mi sorpresa, cuando al continuar la función vi a Roqué sentado en el palco, en risueña conversación con los dos exóticos personajes. Más tarde llegué a casa de Luzio, y como viese, muy pasada la media noche, movimiento de mozos que subían a los altos con pavos trufados y botellas de champagne, pregunté qué fiesta había arriba, y un camarero me contestó: «Son unos príncipes que están de farra con el «payo» y unas artistas».
Cierto día llegué a la redacción de _La Nación_, a cuyo personal yo pertenecía como algo a manera de _croque-mort_, esto es, enterrador de celebridades, pues no moría un personaje europeo, principalmente poeta o escritor, sin que D. Enrique de Vedia no me encargase el artículo necrológico. Por cierto que Mark Twain me jugó una de sus pesadas bromas. Nos encontrábamos, mis compañeros de café y yo, sin un céntimo, al comenzar la noche, en casa de Monti; y aunque el bravo suizo nos hacía crédito, la situación era ardua. En esto, se me llamó por teléfono de _La Nación_. Fuí inmediatamente y el administrador me mostró un cablegrama en que se anunciaba que el escritor norteamericano, famoso por su humorismo, Mark Twain, se encontraba en la agonía. «Es preciso, me dijo el Sr. de Vedia, que escriba usted un artículo extenso en seguida para que aparezca mañana con el retrato, pues seguramente esta noche llegará la noticia del fallecimiento». De más decir que yo puse manos a la obra con gran entusiasmo y con gran satisfacción y aprovechando ciertas apuntaciones que sobre el humorista yankee tenía desde hacía mucho tiempo. Volví, es evidente, a dar la buena nueva a los amigos que me esperaban en casa de Monti. La muerte de Mark Twain haría que tuviésemos dinero al día siguiente...
Cuando entregué mi trabajo les fuí a buscar, para que cenáramos juntos y, por supuesto, pedimos una cena opípara y convenientemente humedecida. Las libaciones continuaron hasta el amanecer, entre nuestras habituales, literarias y anecdóticas charlas; y Charles Soussens, nuestro dionisiaco lírico helvético, se ofreció para ir a buscar al nacer el día, un número de _La Nación_ a la imprenta. Así fué. Al poco rato le vimos aparecer desde lejos, por la abierta puerta del restaurant. Traía un número del diario, pero alzaba los brazos y nos hacía gestos de desolación. Cuando llegó, con una faz triste, nos dijo: «¡No viene el artículo!» Nos pusimos serios. Desdoblé el periódico y me di cuenta de la penosa verdad. Un cablegrama anunciaba la agonía de Mark Twain, pero en otro se decía que los médicos concebían esperanzas... En otro, que se esperaba una pronta reacción y en otro, que el enfermo estaba salvado y entraba en una franca mejoría... Y la salvación del escritor fué para nosotros un golpe rudo y un rasgo de humor muy propio del yankee, y del peor género... Felizmente, a propósito de la enfermedad, pude arreglar el artículo de otro modo y conseguir que pasara, algunos días después.
XLVIII
Fuí, como queda dicho, cierto día, a la redacción del diario. Acababa de pasar la terrible guerra de España con los Estados Unidos. Conversando, Julio Piquet me informó de que _La Nación_ deseaba enviar un redactor a España para que escribiese sobre la situación en que había quedado la madre patria. «Estamos pensando en quién puede ir», me dijo. Le contesté inmediatamente: «¡Yo!». Fuimos juntos a hablar con el señor de Vedia y con el director. Se arregló todo en seguida. «¿Cuándo quiere usted partir?» me dijo el administrador. «¿Cuándo sale el primer vapor?» «Pasado mañana». «¡Pues me embarcaré pasado mañana!».
Dos días después iba yo navegando con rumbo a Europa. Era el 3 de Diciembre de 1898. En esta travesía no aconteció nada de particular, solamente algo que me da motivo para una rectificación. Recorriendo mi libro «España Contemporánea» veo que el episodio del capitán Andrews aconteció en este viaje y no anteriormente, como por explicable confusión de fecha--repito que no me valgo para estos recuerdos sino de mi memoria--lo he hecho aparecer.
XLIX
Llegué a Barcelona y mi impresión fué lo más optimista posible. Celebré la vitalidad, el trabajo, lo bullicioso y pintoresco, el orgullo de las gentes de empresa y conquista, la energía del alma catalana, tanto en el soñador que siempre es un poco práctico, como en el menestral que siempre es un poco soñador. Noté lo arraigado del regionalismo intransigente y la sorda agitación del movimiento social, que más tarde habría de estallar en rojas explosiones. Hablé de las fábricas y de las artes; de los ricos burgueses y de los intelectuales, del leonardismo de Santiago Rusiñol y de la fuerza de Ángel Guimerá, de ciertos rincones montmartrescos; de las alegres ramblas y de las voluptuosas mujeres.
Llegué a Madrid, que ya conocía, y hablé de su sabrosa pereza, de sus capas y de sus cafés. Escribía: «He buscado en el horizonte español las cimas que dejara no hace mucho tiempo, en todas las manifestaciones del alma nacional; Cánovas muerto; Ruiz Zorrilla muerto; Castelar desilusionado y enfermo; Valera ciego; Campoamor mudo; Menéndez y Pelayo... No está, por cierto, España para literaturas, amputada, doliente, vencida; pero los políticos del día parece que para nada se diesen cuenta del menoscabo sufrido, y agotan sus energías en chicanas interiores, en batallas de grupos aislados, en asuntos parciales de partidos, sin preocuparse de la suerte común, sin buscar el remedio del daño general, de las heridas en carne de la nación. No se sabe lo que puede venir. La hermana Ana no divisa nada desde la torre». Envié mis juicios al periódico, que formaron después un volumen.
Frecuenté la legación argentina, cuyo jefe era entonces un escritor eminente, el doctor Vicente G. Quesada. Intimé con el pintor Moreno Carbonero, con periodistas como el marqués de Valdeiglesias, Moya, López Ballesteros, Ricardo Fuente, Castrovido, mi compañero en _La Nación_ Ladevese, Mariano de Cávia, y tantos otros. Volví a ver a Castelar, enfermo, decaído, entristecido, una ruina, en vísperas de su muerte... Me juntaba siempre con antiguos camaradas como Alejandro Sawa, y con otros nuevos, como el _charmeur_ Jacinto Benavente, el robusto vasco Baroja, otro vasco fuerte, Ramiro de Maeztu, Ruiz Contreras, Matheu y otros cuantos más; y un núcleo de jóvenes que debían adquirir más tarde un brillante nombre, los hermanos Machado, Antonio Palomero, renombrado como poeta humorístico bajo el nombre de _Gil Parrado_, los hermanos González Blanco, Cristóbal de Castro, Candamo, dos líricos admirables, cada cual según su manera: Francisco Villaespesa y Juan R. Jiménez, _Caramanchel_, Nilo Fabra, sutil poeta de sentimiento y de arte, el hoy triunfador Marquina y tantos más.
Iba algunas noches al camarín de los llamados, por antonomasia, Fernando y María, esto es, los señores Díaz de Mendoza, condes de Balazote, grandes de España y príncipes del teatro, a quienes escribí sonoros alejandrinos cuando pusieron en escena el _Cyrano_ de Rostand.
L
En la librería de Fernando Fe, lugar de reunión vespertina de algunos hombres de letras, solía conversar con Eugenio Sellés, hoy marqués de Gerona, con Manuel del Palacio, poeta amable de ojos azules, que recordaba siempre con cariño sus días pasados en el Río de la Plata; con Manuel Bueno, ilustrado y combativo, célebre como crítico teatral y hoy diputado a Cortes; con Llanas de Aguilaniedo, autor de interesantes novelas y de un libro sobre ciencia penal. A D. José Echegaray me presentó una noche Fernando Díaz de Mendoza. «Ustedes los americanos, me dijo, tienen instinto poético...» La frase me supo agridulce... Pero ¡vaya si lo teníamos...! Tiempos después firmaba yo con los escritores y poetas de la famosa protesta contra el homenaje nacional a Echegaray. Mi inquina era excesiva... _Juventud, divino tesoro..._
Visité de nuevo a Campoamor, a quien encontré en la más absoluta decadencia. Estaba, anotaba yo, «caduco, amargado de tiempo a su pesar, reducido a la inacción después de haber sido un hombre activo y jovial, casi imposibilitado de pies y manos, la facie penosa, el ojo sin elocuencia, la palabra poca y difícil, y cuando le dais la mano y os reconoce, se echa a llorar, y os habla escasamente de su tierra dolorida, de la vida que se va, de su impotencia, de su espera en la antesala de la muerte... os digo que es para salir de su presencia con el espíritu apretado de melancolía». En realidad, aquello era lamentable y doloroso. El poeta glorioso, el filósofo de humor y hondura, era un viejo infeliz a quien tenían que darle de comer como a los niños, un sér concluído en víspera de entrar a la tumba.
Doña Emilia Pardo Bazán continuaba dando sus escogidas reuniones. Allí solía aparecer, ya ciego, pero siempre lleno de distinción, anciano impoluto y aristocrático, el autor de _Pepita Jiménez_. Allí me relacioné con el novelista y diplomático argentino Ocantos, con el doctor Tolosa Latour, con los cronistas mundanos _Montecristo_ y _Kasabal_, con el político Romero Robledo, con el popular Luis Taboada, y con algunas damas de la nobleza que no se ocupaban únicamente en modas, murmuraciones y asuntos cortesanos, sino que gustaban de departir con poetas y escritores: la condesa de Pino Hermoso y la marquesa de la Laguna, cuya hija Gloria tuviera celebridad más tarde por sus singulares encantos y su valentía de espíritu. Era yo también muy amigo de José Lázaro y Galdeano, director de la _España Moderna_ y que tenía un verdadero museo de obras de arte, entre las cuales un pretendido Leonardo de Vinci.
Con Joaquín Dicenta fuimos compañeros de gran intimidad, apolíneos y nocturnos. Fuera de mis desvelos y expansiones de noctámbulo, presencié fiestas religiosas palatinas; fuí a los toros y alcancé a ver a grandes toreros, como el Guerra. Teníamos inenarrables tenidas culinarias, de ambrosías y sobre todo de néctares, con el gran D. Ramón María del Valle Inclán, Palomero, Bueno y nuestro querido ministro de Bolivia, Moisés Ascarrunz. Me presentaron una tarde, como a un sér raro,--«es genial y no usa corbata», me decían--a D. Miguel de Unamuno, a quien no le agradaba, ya en aquel tiempo, que le llamaran el sabio profesor de la Universidad de Salamanca... Cultivaba su sostenido tema de antifrancesismo. Y era indudablemente un notable vasco original. El señor de Unamuno no conocía entonces a Sarmiento, y hablaba con cierto desdén, basado en pocas noticias, y en su particular humor, de las letras argentinas. Yo recuerdo que, a propósito de un artículo suyo, escribí otro, que concluía con el siguiente párrafo:
«Decadentismos literarios no pueden ser plaga entre nosotros; pero con París, que tanto preocupa al señor de Unamuno, tenemos las más frecuentes y mejores relaciones. Buena parte de nuestros diarios es escrita por franceses. Las últimas obras de Daudet y de Zola han sido publicadas por _La Nación_ al mismo tiempo que aparecían en París; la mejor clientela de Worth es la de Buenos Aires; en la escalera de nuestro Jockey-Club, donde _Pini_ es el profesor de esgrima, la _Diana_ de Falguière perpetúa la blanca desnudez de una parisiense. Como somos fáciles para el viaje y podemos viajar, París recibe nuestras frecuentes visitas y nos quita el dinero encantadoramente. Y así, siendo como somos un pueblo industrioso, bien puede haber quien, en minúsculo grupo, procure en el centro de tal pueblo adorar la belleza a través de los cristales de su capricho: _¡Whim!_ diría Emerson. Crea el señor de Unamuno que mis «_Prosas Profanas_», pongo por caso, no hacen ningún daño a la literatura científica de Ramos Mejíal de Coni o a la producción regional de J. V. González; ni las maravillosas _Montañas de oro_, de nuestro gran Leopoldo Lugones, perturban la interesante labor criolla de Leguizamón y otros aficionados a este ramo que ya ha entrado en verdad en dependencia folk-lórica. Que habrá luego una literatura de cimiento criollo, no lo dudo; buena muestra dan el hermoso y vigoroso libro de Roberto Payró _La Australia Argentina_ y las otras obras del popularísimo e interesante _Fray Mocho_».
LI
Volví a ver al rey niño, más crecido y supe de intimidades de palacio; por ejemplo, que su pequeña majestad llamaba a sus hermanitas, las dos infantas hoy yacentes en sus sepulcros del Escorial, a la una _Pitusa_ y a la otra _Gorriona_. Busqué por todas partes el comunicarme con el alma de España. Frecuenté a pintores y escultores. Asistí al entierro de Castelar, escribí sobre el periodismo español, sobre el teatro, sobre libreros y editores, sobre novelas y novelistas, sobre los académicos, entre los cuales tenía admiradores y abominadores; escribí de poetas y de políticos, recogí las últimas impresiones desilusionadas de Núñez de Arce. Traté al maestro Galdós, tan bueno y tan egregio, estudié la enseñanza, renové mis coloquios con Menéndez y Pelayo. Hablé de las flamantes inteligencias que brotaban. Relaté mi amistad con la princesa Bonaparte, madame Rattazzi. Di mis opiniones sobre la crítica, sobre la joven aristocracia, sobre las relaciones ibero-americanas, celebré a la mujer española; y sobre todo, ¡gracias sean dadas a Dios! esparcí entre la juventud los principios de libertad intelectual y de personalismo artístico que habían sido la base de nuestra vida nueva en el pensamiento y el arte de escribir hispano-americanos, y que causaron allá espanto y enojo entre los intransigentes. La juventud vibrante me siguió, y hoy muchos de aquellos jóvenes llevan los primeros nombres de la España literaria. Imposible me sería narrar aquí todas mis peripecias y aventuras de esa época pasada en la coronada villa; ocuparían todo un volumen.
LII
La Exposición de París de 1900 estaba para abrirse. Recibí orden de _La Nación_ de trasladarme en seguida a la capital francesa. Partí.
En París me esperaba Gómez Carrillo y me fuí a vivir con él, al número 29 de la calle Faubourg Montmartre. Carrillo era ya gran conocedor de la vida parisiense. Aunque era menor que yo, le pedí consejos. «¿Con cuánto cuenta usted mensualmente?»--me preguntó.--«Con esto», le contesté, poniendo en una mesa un puñado de oros de mi remesa de _La Nación_. Carrillo contó y dividió aquella riqueza en dos partes; una pequeña y una grande. «Esta me dijo, apartando la pequeña, es para vivir: guárdela. Y esta otra es para que la gaste toda.» Y yo seguí con placer aquellas agradables indicaciones, y esa misma noche estaba en Montmartre, en una _boîte_ llamada _Cyrano_, con joviales colegas y trasnochadoras estetas, danzarinas, o simples peripatéticas.
Poco después, Carrillo tuvo que dejar su casa, y yo me quedé con ella; y como Carrillo me llevó a mí, yo me llevé al poeta mexicano Amado Nervo, en la actualidad cumplido diplomático en España y que ha escrito lindos recuerdos sobre nuestros días parisienses, en artículos sueltos y en su precioso libro «El éxodo y las flores del camino». A Nervo y a mí nos pasaron cosas inauditas, sobre todo, cuando llegó, a hacernos compañía un pintor de excepción, famoso por sus excentridades y por su desorbitado talento: he señalado al belga Henri de Groux. Algún día he de detallar tamaños sucedidos, pero no puedo menos que acordarme en este relato de los sustos que me diera el fantástico artista de larga cabellera y de ojos de tocado, afeitado rostro y aire lleno de inquietudes, cuando en noches en que yo sufría tormentosas nerviosidades e invencibles insomnios, se me aparecía de pronto, al lado de mi cama, envuelto en un rojo ropón dantesco, con capuchón y todo, que había dejado olvidado en el cuarto no sé cuál de las amigas de Gómez Carrillo... Creo que la llamada Sonia.
LIII
Yo hacía mis obligatorias visitas a la Exposición. Fué para mí un deslumbramiento miliunanochesco, y me sentí más de una vez en una pieza, Simbad y Marco Polo, Aladino y Salomón, mandarín y daimio, siamés y cow-boy, gitano y mujick; y en ciertas noches, contemplaba en las cercanías de la torre Eiffel, con mis ojos despiertos, panoramas que sólo había visto en las misteriosas regiones de los sueños.
Había un _bar_ en los grandes bulevares que se llamaba _Calisaya_. Carrillo y su amigo Ernesto Lejeunesse, me presentaron allí a un caballero un tanto robusto, afeitado, con algo de abacial, muy fino de trato y que hablaba el francés con marcado acento de ultramancha. Era el gran poeta desgraciado Oscar Wilde. Rara vez he encontrado una distinción mayor, una cultura más elegante y una urbanidad más gentil. Hacía poco que había salido de la prisión. Sus viejos amigos franceses que le habían adulado y mimado en tiempo de riqueza y de triunfo, no le hacían caso. Le quedaban apenas dos o tres fieles, de segundo orden. El había cambiado hasta de nombre en el hotel donde vivía. Se llamaba con un nombre balzaciano, Sebastián Menmolth. En Inglaterra le habían embargado todas sus obras. Vivía de la ayuda de algunos amigos de Londres. Por razones de salud, necesitó hacer un viaje a Italia, y con todo respeto, le ofreció el dinero necesario un _barman_ de nombre John, que es una de las curiosidades que yo enseño cuando voy con algún amigo a la «Bodega», que está en la calle de Rivoli, esquina a la de Castiglione. Unos cuantos meses después moría el pobre Wilde, y yo no pude ir a su entierro, porque cuando lo supe, ya estaba el desventurado bajo la tierra. Y ahora, en Inglaterra y en todas partes, recomienza su gloria...
LIV
En lo más agitado de la Exposición de París, salí en viaje a Italia, viaje que era para mí un deseado sueño. Bien sabido es que para todo poeta y para todo artista, el viaje a Italia, al tradicional país del arte, es un complemento indispensable en su vida. El mío fué una excursión rápida de turista. Aproveché la compañía de un hombre de negocios de Buenos Aires, y así tuve siquiera con quien conversar, ya que no cambiar ideas. Pasé por Turín, en donde visité la Pinacoteca; tuve ocasión de ver al duque de los Abruzzos; almorzar con el _onorevole_ Gianolio; trabar mi primer conocimiento con la sabrosa _fonduta_ aromada de trufas blancas; conocer la Superga y admirar desde su altura los lejanos Alpes, luminosos bajo el sol. Estuve en Pisa y admiré lo que hay que admirar, el Duomo, el Camposanto, la Torre inclinada, rueca de la vieja ciudad, y el Baptisterio. Manifesté, en tal ocasión, líricas reminiscencias. Fuí a la Cartuja, con carta de recomendación para el prior Don Bruno; oí cantar, en el calor de la estación y en los verdes olivos y viñas, pesadas de uvas negras, las cigarras itálicas. Aumenté mi religiosidad en el convento, y admiré la fe y el amor al silencio de aquellos solitarios.
Pasé por Livorno, ciudad marítima y comerciante, vibrante de agitaciones modernas. Fuí a Ardenza, y en el santuario de Montenero recé una avemaría a la Virgen llegada de la isla de Negroponto, virgen milagrosa, amada de los marinos, visitada por Byron y otras conocidas testas. Luego fuí a Roma. Me poseyó la gran ciudad imperial y papal. Vi en una calle pasar a D’Annunzio, en su inevitable _pose_; vi a León XIII en su colosal retiro de piedra; y dediqué al papa blanco un largo himno en prosa. Esa visita la hice con un numeroso grupo de peregrinos argentinos, entre los cuales tengo presente al ilustre doctor Garro, actual ministro de Instrucción Pública, y al señor Ignacio Orzali, mi compañero de _La Nación_, que ostentaba sus condecoraciones pontificias. A su Santidad blanca me presentaron como redactor del gran diario de Buenos Aires, «el diario del general Mitre». El viejecito de color de marfil me dijo en italiano palabras paternales, me dió a besar su mano casi fluídica, ornada con una esmeralda enorme, y me bendijo. En mi libro «Peregrinaciones» podréis encontrar algunas de mis impresiones romanas, pero no encontraréis dos que voy a contaros.