Autobiografía Obras Completas Vol. XV

Part 7

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Una de ellas, la titulada «Era un aire suave», fué escrita en edad de ilusiones y de sueños y evocada en esta ciudad práctica y activa, un bello tiempo pasado, ambiente del siglo XVIII francés, visión imaginaria traducida en nuevas verdades músicas. Ella dice la eterna ligereza cruel de aquella a quien un aristocrático poeta llamara _Enfant Malade_, y trece veces impura; la que nos da los más dulces y los más amargos instantes en la vida; la Eulalia simbólica que ríe, ríe, ríe, desde el instante en que tendió a Adán la manzana paradisíaca. Como siempre, hubo sus aplausos y sus críticas, en las cuales, gente que había oído hablar de decadentes y de simbolistas, aseguraban ser mis producciones ininteligibles, censura cuya causa no he podido nunca comprender. Como he dicho, había también quienes me seguían y me aplaudían; y tiempo después debían aquí repetirse por la obra de otros poetas de libertad y de audacia, iguales censuras, como también iguales aplausos.

Mi poesía _Divagación_ fué escrita en horas de soledad y de aislamiento que fuí a pasar en el Tigre Hotel. ¿Tenía yo algunos amoríos? No lo sabré decir ahora. Es el caso que en esos versos hay una gran sed amorosa y en la manifestación de los deseos y en la invitación a la pasión, se hace algo como una especie de geografía erótica. El poema concluía así:

... Amor, en fin, que todo diga y cante, Amor que encante y deje sorprendida A la serpiente de ojos de diamante Que está enroscada al árbol de la vida.

Amame así, fatal, cosmopolita. Universal, inmensa, única, sola. Y todas; misteriosa y erudita; Amame mar y nube; espuma y ola.

Sé mi reina de Saba, mi tesoro; Descansa en mis palacios solitarios. Duerme. Yo encenderé los incensarios Y junto a mi unicornio cuerno de oro Tendrán rosas y miel tus dromedarios.

XL

Luego vienen otras poesías que han llegado a ser de las más conocidas y repetidas en España y América, como la _Sonatina_, por ejemplo, que por sus particularidades de ejecución, yo no sé por qué no ha tentado a algún compositor para ponerle música. La observación no es mía. «Pienso, dice Rodó, que la _Sonatina_ hallaría su comentario mejor en el acompañamiento de una voz femenina que le prestara melodioso realce. El poeta mismo ha ahorrado a la crítica la tarea de clasificar esa composición, dándole un nombre que plenamente la caracteriza. Se cultiva casi exclusivamente en ella, la virtud musical de la palabra y del ritmo poético». En efecto, la musicalidad en este caso, sugiere o ayuda a la concepción de la imagen soñada.

_Blasón_ es el título de otra corta poesía, que fué escrita en Madrid en el tiempo de las fiestas del Centenario de Colón. Tuve allí oportunidad de conocer a un gentil hombre, diplomático centroamericano, casado con una alta dama francesa, como que es, por sus primeras nupcias, la madre del actual jefe de la casa de Gontaut-Biron, el conde de Gontaut Saint-Blancard. Me refiero a la marquesa de Peralta. En el álbum de tal señora, celebré la nobleza y la gracia de un ave insigne; el cisne. Después están las alabanzas a los «ojos negros de Julia». ¿Qué Julia? Lo ignoro ahora. Sed benévolos ante tamaña ingratitud con la belleza. Porque, ciertamente, debió de ser bella la dama que inspiró las estrofas de que trato, en loor de los ojos negros, ojos que, al menos en aquel instante, eran los preferidos. Luego será un recuerdo galante en el escenario del siempre deseado París. Pierrot, el blanco poeta, encarna el amor lunar, vago y melancólico, de los líricos sensitivos. Es el carnaval. La alegría ruidosa de la gran ciudad se extiende en calles y bulevares. El poeta y su ilusión, encarnada en una fugitiva y harto amorosa parisién, certifica, por la fatalidad de la vida, la tristeza de la desilusión y el desvanecimiento de los mejores encantos. Rodó--a quien siempre habría que citar tratándose de «Prosas Profanas»--ha dicho cosas deliciosas a propósito de estos versos.

Hay en el tomo de «Prosas Profanas» un pequeño poema en prosa rimada, de fecha muy anterior a la poesías escritas en Buenos Aires, pero que por la novedad de la manera llamó la atención. Está, se puede decir, calcado en ciertos preciosos y armoniosos juegos que Catulle Mendès publicó con el título de «Lieds de France». Catulle Mendès, a su vez, los había imitado de los poemitas maravillosos de Gaspard de la Nuit, y de estribillos o refranes de rondas populares. Me encontraba yo en la ciudad de New-York, y una señorita cubana, que era prodigiosa en el arpa, me pidió le escribiese algo que en aquella dura y colosal Babel le hiciese recordar nuestras bellas y ardientes tierras tropicales. Tal fué el origen de esos aconsonantados ritmos que se titulan _En el país del Sol_.

Un soneto hay en ese libro que se puede decir ha tenido mayor suerte que todas mis otras composiciones, pues de los versos míos son los más conocidos, los que se recitan más, en tierra hispana como en nuestra América. Me refiero al soneto _Margarita_. Por cierto, la boga y el éxito se deben a la anécdota sentimental, a lo sencillo emotivo, y a que cada cual comprende y siente en sí el sollozo apasionado que hay en estos catorce versos. Entonces sí, ya había caído yo en Buenos Aires en nuevas redes pasionales; y fuí a ocultar mi idilio, mezclado a veces de tempestad, en el cercano pueblo de San Martín. ¿En dónde se encontrará, Dios mío, aquella que quería ser una Margarita Gauthier, a quien no es cierto que la muerte haya deshojado, «por ver si me quería», como dice el verso, y que llegara a dominar tanto mis sentidos y potencias? ¡Quién sabe! Pero, si llegásemos a encontrarnos, es seguro que se realizaría lo que expresa la tan humana redondilla de Campoamor:

Pasan veinte años, vuelve él y al verse, exclaman él y ella: --¡Dios mío, y ésta es aquélla! --¡Santo Dios, y éste es aquél!

Hay otra poesía en ese volumen, escrita en España en 1892, en la cual se ven ya los distintivos que han de caracterizar mi producción anterior, a pesar de que ese trabajo es castizo, de espíritu español puro, de acento, de tradición, de manera, de forma. Es en elogio de un metro popular, armonioso y cantante, la seguidilla. A ese tiempo también pertenecía el «pórtico» que escribí en Madrid para que sirviese de introducción a la colección de poesías que con el título de «En tropel» dió a luz el poeta Salvador Rueda.

_La página blanca_ fué escrita en Buenos Aires, en casa del pobre Miguelito Ocampo. ¿Quién se acuerda de Miguelito Ocampo?... Hombre de corazón bueno, de natural ingenio, a quien se debe el primer ensayo de zarzuela cómica nacional argentina, y que hubiese quizás dejado una producción más copiosa e importante, si la peor de las bohemias no le arrebata, primero la voluntad y después la salud y la vida. En su casa escribí, como he dicho antes, _La página blanca_, en presencia de nuestro querido viejo Lamberti, a quien dediqué esos versos. Casi todas las composiciones de «Prosas Profanas» fueron escritas rápidamente, ya en la redacción de _La Nación_, ya en las mesas de los cafés, en el Aue’s Keller, en la antigua casa de Lucio, en la de Monti. _El coloquio de los centauros_ lo concluí en _La Nación_, en la misma mesa en que Roberto Payró escribía uno de sus artículos. Tanto éstas como otras poesías exigirían bastantes exégesis y largas explicaciones, que a su tiempo se harán.

XLI

Otra hospitalidad de buen humor que me acogiera por esos días fué la del excelente amigo Rouquad. Allí rendíamos tributo a la gula, con platos suculentos que solía dirigir el dueño de casa. Allí llegaban, entre otros compañeros ya nombrados, un joven poeta de audacia y fantasía, que ha producido después libros muy plausibles. Se llamaba Américo Llanos, era de origen uruguayo y desempeña actualmente el consulado de su país en San Sebastián de España, con su verdadero nombre, Armando Vasseur. Iba también cierto abate francés, de apellido Claude, que enseñaba su idioma al melodioso y elegante lírico de dorados cabellos, Eugenio Díaz Romero. Este abate tenía una historia de las más escabrosas y que habría interesado a Barbey d’Aurevilly. Era sobrino de un cardenal. Había venido a la Argentina muy bien recomendado, pero al hombre le gustaban mucho los alcoholes, en especial la demoníaca agua verde del ajenjo. En una de las provincias colgó los hábitos, pues se había enamorado locamente de la mujer con quien tuvo varios hijos. Ella, atemorizada o arrepentida, le abandonó para casarse con otro; y poseyó al abate la mayor desesperación, y la desesperación y el veneno verde le llevaron casi a la locura. Volvió a Buenos Aires y entonces fué cuando le conocí. En _La Nación_ he publicado una página en que narro cómo el general Mitre pudo socorrer una vez al infeliz religioso, en momentos de miseria y de angustia. Mucho tiempo después, se me apareció en París el desventurado. Iba de nuevo vestido con sus ropas talares. Lo tenía recluído el arzobispo en un convento. Le dejaban salir muy de tarde en tarde y en compañía de algún otro sacerdote; pero esa vez llegó solo. Me contó sus horas de oración y de arrepentimiento, mas poco á poco se fué exaltando.--«Vamos, me dijo, a dar una vuelta.» Yo le acompañé a la calle. Conversaba ya tranquilo, ya agitado, sobre todo cuando me recordaba a la mujer de quien siempre estaba enamorado, y a sus hijos. Y como pasáramos cerca de un café:--«Entremos, me dijo, tengo mucha sed, tomaremos algún refresco». Por más que me opuse, vi que la cosa era irremediable. Entramos, y con asombro de los concurrentes, el abate, en vez de un refresco, ya comprenderéis que pidió su veneno. Yo me despedí más tarde. Al día siguiente llegó a verme de nuevo en un estado lamentable. Me dijo que todo aquello no era sino obra del demonio; que él estaba arrepentido y que para cortar el mal de raíz, se iría a una cartuja que está en una isla cerca de Niza. Creí que todas esas promesas eran historias; pero el abate desapareció y a los pocos días recibía yo unas cuantas fotografías de la Cartuja, y una carta en que el triste me anunciaba su definitiva separación del mundo. No volví a saber nunca más de él.

XLII

En la redacción de _Tribuna_ me relacioné, por presentación de Mariano de Vedia, con el doctor Lorenzo Anadón, con el general Mansilla, y los poetas Carlos Roxlo y Christián Roeber. Mansilla simpatizó mucho conmigo y publicó a este respecto un precioso y chispeante artículo. Le visité. En su casa me mostró cosas curiosísimas, entre ellas el mejor retrato que yo haya visto de su tío D. Juan Manuel de Rozas. Alcancé a conocer también a su madre, doña Agustina, la belleza célebre que aun resplandecía en su ancianidad, y a quien, cuando murió, deshojé un ramillete de rosas literarias. El poeta Roxlo era de trato suave y delicado y no adivinaba yo en él al futuro vigoroso combatiente de las luchas políticas. Publicaba sus versos impregnados de perfume patrio y en los cuales hay sollozos de guitarra pampera, melancólicos aires rurales, y la revelación armoniosa de un profundo sentir. Roeber era tipo romántico y legendario. Su novela vital se contaba en voz baja. Se decía que, por drama de amores, lo que menos le había pasado era recibir una bala en la cabeza, en duelo, por lo cual tuvo que estar un tiempo encerrado en un manicomio. Es lo cierto que tenía un conocido título español, con el cual publicó una serie de traducciones de las novelas de cierto alegre y ha tiempo pasado de moda autor francés. Mansilla me dió una comida a la cual invitó a algunos intelectuales. Tengo presente la larga conversación que allí tuve con el doctor Celestino Pera, y la interesantísima fecundia de nuestro anfitrión, que narrara amenos sucesos y prodigara agudas ocurrencias, felices frases, con ese poder de conversador ágil y oportuno que se ha reconocido en todas partes.

Fundé una revista literaria en unión de un joven poeta tan leído como exquisito, de origen boliviano, Ricardo Jamies Freyre, actualmente vecino de Tucumán. Ricardo es hijo del conocido escritor, periodista y catedratico que ha publicado tan curiosas y sabrosas tradiciones desde hace largo tiempo, en su país de Bolivia, y que en Buenos Aires hizo aparecer un valioso volumen sobre el antiguo y fabuloso Potosí. El y su hijo eran para mí excelentes amigos. Con _Brocha Gorda_, pseudónimo de Jaimes padre, solíamos hacer amenas excursiones teatrales, o bien por la isla de Maciel, pintoresca y alegre, o por las fondas y comedores italianos de La Boca, en donde saboreábamos pescados fritos, y pastas al jugo, regados con tintos chiantis y oscuros barolos. Quien haya conversado con Julio L. Jaimes, sabrá del señorito y del ingenio de los caballeros de antaño.

Con Ricardo no entrábamos por simbolismos y decadencias francesas, por cosas d’annunzianas, por prerrafaelismos ingleses y otras novedades de entonces, sin olvidar nuestras ancestrales Hitas y Berceos, y demás castizos autores. Fundamos, pues, la «Revista de América», órgano de nuestra naciente revolución intelectual y que tuvo, como era de esperarse, vida precaria, por la escasez de nuestros fondos, la falta de suscripciones y, sobre todo, porque a los pocos números, un administrador italiano, de cuerpo bajito, de redonda cabeza calva y maneras untuosas, se escapó llevándose los pocos dineros que habíamos podido recoger. Y así acabó nuestra entusiasta tentativa. Pero Ricardo se desquitó, dando a luz su libro de poesías _Castalia Bárbara_, que fué una de las mejores y más brillantes muestras de nuestros esfuerzos de renovadores. Allí se revelaba un lírico potente, delicado, sabio en técnica y elevado en numen.

XLIII

Y se creó el grupo del Ateneo. Esta asociación, que produjo un considerable movimiento de ideas en Buenos Aires, estaba dirigida por reconocidos capitanes de la literatura, de la ciencia y del arte. Zuberbuhler, Alberto Williams, Julián Aguirre, Eduardo Schiaffino, Ernesto de la Cárcova, Sivori, Ballerini, de la Valle, Correa Morales y otros animaban el espíritu artístico; Vega Belgrano, D. Rafael Obligado, D. Juan José García Velloso, el doctor Oyuela, el doctor Ernesto Quesada, el doctor Norberto Piñero y algunos más, fomentaban las letras clásicas y las nacionales, y los más jóvenes alborotábamos la atmósfera con proclamaciones de libertad mental.

Yo hacía todo el daño que me era posible al dogmatismo hispano, al anquilosamiento académico; a la tradición hermosillesca, a lo pseudo-clásico, a lo pseudo-romántico, a lo pseudo-realista y naturalista, y ponía a mis «raros» de Francia, de Italia, de Inglaterra, de Rusia, de Escandinavia, de Bélgica y aun de Holanda y de Portugal, sobre mi cabeza. Mis compañeros me seguían y me secundaban con denuedo. Exagerábamos, como era natural, la nota. Un Benjamín de la tribu, Carlos Alberto Becú, publicó una _plaquette_, donde por primera vez aparecían en castellano versos libres a la manera francesa; pues los versos libres de Jaimes Freyre eran combinaciones de versos normales castellanos. Becú hace tiempo abandonó sus inclinaciones líricas y es hoy un grave y sesudo internacionalista. Luis Berisso publicaba su _Pensamiento de América_, su traducción de _Belkis_, del portugués Eugenio de Castro, y trabajaba porque se relacionaran los jóvenes intelectuales argentinos con los del resto de Hispano-América. Leopoldo Díaz escribía sus elegancias parnasianas, sus poemas de esfuerzo isotérico. Angel de Estrada anunciaba con su producción el sutil e intenso poeta y el prosista artístico y sugestivo que es hoy. Con él y con Alberto Vergara Biedma, profundizador y elocuente, divagábamos sobre temas de belleza. Miguel Escalada, que abandonó a las generosas musas, burilaba o miniaba poemitas de singular y suave gracia. Eduardo de Ezcurra nos hablaba de su estética y nos citaba siempre a Campanella, uno de sus autores favoritos. Carlos Baires nos hacía pensar en trascendentes problemas, con sus iniciaciones filosóficas. Mauricio Nirenstein nos mostraba selecciones de las letras alemanas y nos instruía en asuntos talmúdicos. José Ingenieros, con su aguda voz y su agudo espíritu nos hacía vibrar en súbitos entusiasmos itálicos. José Pardo llevaba alguna página de pasión, y el bien de su sedoso carácter. José Ojeda nos ungía con el óleo de la música; y si hay otros que no vienen ahora a mi memoria, han de perdonármelo a causa del tiempo. Por esos días di en el Ateneo una conferencia en extremo laudatoria sobre el soñador lusitano Eugenio de Castro. De ese vibrante grupo del Ateneo brotaron muchos versos, muchas prosas; nacieron revistas de poca vida, y en nuestras modestas comidas a escote, creábamos alegría, salud y vitalidad para nuestras almas de luchadores y de _réveurs_. Un día apareció Lugones, audaz, joven, fuerte y fiero, como un cachorro de hecatónquero que viniera de una montaña sagrada. Llegaba de su Córdoba natal, con la seguridad de su triunfo y de su gloria. Nos leyó cosas que nos sedujeron y nos conquistaron. A poco estaba ya con Ingenieros redactando un periódico explosivo, en el cual mostraba un espíritu anárquico, intransigente y candente. Hacía prosas de detonación y relampagueo que iban más allá de León Bloy; y sonetos contra «muffles» que traspasaban los límites del más acre Laurent Tailhade. Vega Belgrano lo llevó a _El Tiempo_, y allí aparecieron lucubraciones y páginas rítmicas de toda belleza, de todo atrevimiento y de toda juventud. Dió al público su libro «Las montañas del oro», para mí el mejor de toda su obra, porque es donde se expone mayormente su genial potencia creadora, su gran penetración de lo misterioso del mundo; y porque hasta sus imperfecciones son como esos informes trozos de roca en donde se ve, a los brillos del sol, el rico metal que la veta de la mina oculta en su entraña. Yo agité palmas y verdes ramos en ese advenimiento; y creí en el que venía, hoy crecido y en la plena y luminosa marcha de su triunfante genio.

XLIV

Tres amigos médicos tuve, que fueron alternativamente los salvadores de mi salud. Fué el uno el doctor Francisco Sicardi, el novelista y poeta originalísimo, cuya obra extraordinaria y desigual tiene cosas tan grandes que pasan los límites de la simple literatura. Su «Libro Extraño» es de lo más inusitado y peregrino que haya producido una pluma en lengua castellana. El otro médico, era Martín Reibel, el fraternal e incomparable Hipócrates de los poetas, a quien Eduardo Talero, entre otros, debe la vida, y yo, más de una vez, el afianzamiento del más sacudido y atormentado de los organismos. El otro era Prudencio Plaza, con quien fuí a pasar una temporada a la isla de Martín García, cuando él era médico de aquel lazareto. Pasamos allí horas plácidas; nos perfeccionábamos en el tiro del mauser; leíamos el _Quijote_, nos confiábamos las ilusiones de nuestros mutuos porvenires. Pero no olvidaré jamás la llegada de los cadáveres de enfermos sospechosos de alguna contagiosa enfermedad; ni una autopsia que vi hacer desde lejos, del cuerpo largo y bronceado de un hindú, pues era la primera vez, la primera y la única, que he visto ejecutar el horrible y sabio descuartizamiento. De Martín García envié a _La Nación_ algunas correspondencias informativas firmadas con un pseudónimo.

Hice después un viaje a Bahía Blanca, en compañía del amigo Rouquaud. No era por cierto Bahía Blanca el emporio que es ahora; sin embargo, ya se hablaba mucho del futuro colosal que debería llegar para esa espléndida región argentina.

De Bahía Blanca partí para una estancia del doctor Argerich, y allí fué mi primera visita a la Pampa inmensa y poética. Poética, sí, para quien sepa comprender el vaho de arte que flota sobre ese inconmesurable océano de tierra, sobre todo en los crepúsculos vespertinos y en los amaneceres. Allí supe lo que era el mate matinal, junto al fogón, en compañía de los gauchos, rudos y primitivos, pero también poéticos. Allí nemrodicé, con excelente puntería, contra martinetas, avestruces, tordos y pechirrojos, y aun fáciles y poco avisadas vizcachas. Allí atisbé, con las botas dentro del agua, bandadas de patos, y perseguí a ese espía escandaloso del aire que se llama el «teru-teru»; allí anduve a caballo varios días, desde los amaneceres hasta los atardeceres; allí adquirí fuerzas, y renové mi sangre, y fortifiqué mis nervios, y pasé quizás, entre gentes sencillas y nada literarias, los más tranquilos días de mi existencia.

XLV

Retorné a Buenos Aires, y como el producto de mi labor periodística y literaria no me fuese suficiente para vivir, avino que el doctor Carlos Carlés, que era Director general de Correos y Telégrafos, me nombró su secretario particular. Yo cumplía cronométricamente con mis obligaciones, las cuales eran contestar una cantidad innumerable de cartas de recomendación que llegaban de todas partes de la República, y luego recibir a un ejército de solicitantes de empleos, que llevaban en persona sus cartas favorables. En las primeras no me faltaba el «Con el mayor gusto...» y «en la primera oportunidad...» o: «En cuanto haya alguna vacante...» Y a los que llegaban, siempre les daba esperanzas: «vuelva usted otro día... Hablaré con el director... Lo tendré muy presente... Creo que usted conseguirá su puesto...» Y así la gente se iba contenta.

En la oficina tuve muy gratos amigos, como el activísimo y animado Juan Migoni y el no menos activo aunque algo grave de intelectualidad y de estudio, Patricio Piñeiro Sorondo, con quien me extendía en largas pláticas, en los momentos de reposo, sobre asuntos teosóficos y otras filosofías. Cuando Leopoldo Lugones llegó, también de empleado, a esa repartición, formamos, lo digo con cierta modestia, un interesante trío. Cuando no contestaba yo cartas, escribía versos o artículos. En las quemantes horas del verano nos regocijaba en la secretaría la presencia de un alegre y moreno portero que nos llevaba refrigerantes y riquísimas horchatas. Delante de mí pasaban las personas que iban a visitar al director; y recuerdo haber visto allí, por la primera vez, la noble figura del doctor Sáenz Peña, actual Presidente de la República.

XLVI

Como dejo escrito, con Lugones y Piñeiro Sorondo hablaba mucho sobre ciencias ocultas. Me había dado desde hacía largo tiempo a esta clase de estudios, y los abandoné a causa de mi extremada nerviosidad y por consejo de médicos amigos. Yo había desde muy joven tenido ocasión, si bien raras veces, de observar la presencia y la acción de las fuerzas misteriosas y extrañas, que aun no han llegado al conocimiento y dominio de la ciencia oficial. En _Caras y Caretas_ ha aparecido una página mía, en que narro cómo en la plaza de la catedral de León, en Nicaragua, una madrugada vi y toqué una larva, una horrible materialización sepulcral, estando en mi sano y completo juicio. También en _La Nación_, de Buenos Aires, he contado cómo en la ciudad de Guatemala tuve el anuncio psico-físico del fallecimiento de mi amigo el diplomático costarriqueño Jorge Castro Fernández, en los mismos momentos en que él moría en la ciudad de Panamá; y la pavorosa visión nocturna que tuvimos en San Salvador el escritor político Tranquilino Chacón, incrédulo y ateo; visión que nos llenó más que de asombro de espanto.

He contado también los casos de ese género, acontecidos a gentes de mi conocimiento. En París, con Leopoldo Lugones, hemos observado en el doctor Encausse, esto es, el célebre _Papus_, cosas interesantísimas; pero según lo dejo expresado, no he seguido en esa clase de investigaciones por temor justo a alguna perturbación cerebral.

XLVII