Autobiografía Obras Completas Vol. XV
Part 6
Concluído el discurso, salimos a la calle. No bien habíamos andado algunos pasos, cuando oí que alguien le llamaba: «¡Don José! ¡Don José!» «Era un negro obrero que se le acercaba humilde y cariñoso». «Aquí le traigo este recuerdito», le dijo. Y le entregó una lapicera de plata.--«Vea usted, me observó Martí, el cariño de esos pobres negros cigarreros. Ellos se dan cuenta de lo que sufro y lucho por la libertad de nuestra pobre patria». Luego fuimos a tomar el té a casa de una su amiga, dama inteligente y afectuosa, que le ayudaba mucho en sus trabajos de revolucionario.
Allí escuché por largo tiempo su conversación. Nunca he encontrado, ni en Castelar mismo, un conversador tan admirable. Era armonioso y familiar, dotado de una prodigiosa memoria, y ágil y pronto para la cita, para la reminiscencia, para el dato, para la imagen. Pasé con él momentos inolvidables, luego me despedí. El tenía que partir esa misma noche para Tampa, con objeto de arreglar no sé qué preciosas disposiciones de organización. No le volví a ver más.
Como él no pudo presidir el banquete que debían de darme los cubanos, delegó su representación en el general venezolano Nicanor Bolet Peraza, escritor y orador diserto y elocuente. Al banquete asistieron muchos cubanos preeminentes, entre ellos Benjamín Guerra, Ponce de León, el doctor Miranda y otros. Bolet Peraza pronunció una bella arenga y Gonzalo de Quesada una de sus resonantes y ardorosas oraciones. Al día siguiente tomamos el tren Gonzalo y yo, pues mi deseo era conocer la catarata de Niágara, antes de partir para París y Buenos Aires. Mi impresión ante la maravilla confieso que fué menor de lo que hubiera podido imaginar. Aunque el portento se impone, la mente se representa con creces lo que en la realidad no tiene tan fantásticas proporciones. Sin embargo, me sentí conmovido ante el prodigio natural, y no dejé de recordar los versos de José María de Heredia, el de castellana lengua.
Retornamos a Nueva York y tomé el vapor para Francia.
XXXII
Yo soñaba con París desde niño, a punto de que cuando hacía mis oraciones rogaba a Dios que no me dejase morir sin conocer París. París era para mí como un paraíso en donde se respirase la esencia de la felicidad sobre la tierra. Era la Ciudad del Arte, de la Belleza y de la Gloria; y, sobre todo, era la capital del Amor, el reino del Ensueño. E iba yo a conocer París, a realizar la mayor ansia de mi vida. Y cuando en la estación de Saint-Lazare pisé tierra parisiense, creí hallar suelo sagrado. Me hospedé en un hotel español que por cierto ya no existe. Se hallaba situado cerca de la Bolsa, y se llamaba pomposamente Grand Hôtel de la Bourse et des Ambassadeurs... Yo deposité en la caja, desde mi llegada, unos cuantos largos y prometedores rollos de brillantes y áureas águilas americanas de a veinte dólares. Desde el día siguiente tenía carruaje a todas horas en la puerta, y comencé mi conquista de París...
Apenas hablaba una que otra palabra de francés. Fuí a buscar a Enrique Gómez Carrillo, que trabajaba entonces empleado en la casa del librero Garnier.
Carrillo, muy contento de mi llegada, apenas pudo acompañarme, por sus ocupaciones; pero me presentó a un español que tenía el tipo de un gallardo mozo, al mismo tiempo que muy marcada semejanza de rostro con Alfonso Daudet. Llevaba en París la vida del país de Bohemia, y tenía por querida a una verdadera marquesa de España. Era escritor de gran talento y vivía siempre en su sueño. Como yo, usaba y abusaba de los alcoholes; y fué mi iniciador en las correrías nocturnas del Barrio Latino. Era mi pobre amigo, muerto no hace mucho tiempo, Alejandro Sawa. Algunas veces me acompañaba también Carrillo, y con uno y otro conocí a poetas y escritores de París, a quienes había amado desde lejos.
Uno de mis grandes deseos era poder hablar con Verlaine. Cierta noche, en el cafe D’Harcourt, encontramos al Fauno, rodeado de equívocos acólitos.
Estaba igual al simulacro en que ha perpetuado su figura el arte maravilloso de Carrière. Se conocía que había bebido harto. Respondía de cuando en cuando, a las preguntas que le hacían sus acompañantes, golpeando intermitentemente el mármol de la mesa. Nos acercamos con Sawa, me presentó: «Poeta americano, admirador, etc.» Yo murmuré en mal francés toda la devoción que me fué posible y concluí con la palabra gloria... Quién sabe qué habría pasado esta tarde al desventurado maestro; el caso es que, volviéndose a mí, y sin cesar de golpear la mesa, me dijo en voz baja y pectoral: _¡La gloire!... ¡La gloire!... ¡M... M... encore!..._ Creí prudente retirarme y esperar para verle de nuevo una ocasión más propicia. Esto no lo pude lograr nunca, porque las noches que volví a encontrarle, se hallaba más o menos en el mismo estado; y aquello, en verdad, era triste, doloroso, grotesco y trágico. Pobre _¡Pauvre Lelian! ¡Priez pour le pauvre Gaspard!_...
XXXIII
Una mañana, después de pasar la noche en vela, llevó Alejandro Sawa a mi hotel a Charles Morice, que era entonces el crítico de los simbolistas. Hacía poco que había publicado su famoso libro _La littérature de tout à l’heure_. Encontró sobre mi mesa unos cuantos libros, entre ellos un Walt Whitman, que no conocía. Se puso a hojear una edición guatemalteca de mi _Azul_, en que, por mal de mis pecados, incluí unos versos franceses, entre los cuales los hay que no son versos, pues yo ignoraba cuando los escribí muchas nociones de poética francesa. Entre ellas, pongo por caso, el buen uso de la _e_ muda, que, aunque no se pronuncia en la conversación, o es pronunciada escasamente, según el sistema de algunos declamadores, cuenta como sílaba para la medida del verso. Charles Morice fué bondadoso y tuvimos, durante mi permanencia en París, buena amistad, que por cierto no hemos renovado en días anteriores. Con quien tuve más intimidad fué con Juan Moreas. A éste me presentó Carrillo en una noche barriolatinesca. Ya he contado en otra ocasión nuestras largas conversaciones ante animadores bebedizos. Nuestras idas por la madrugada a los grandes mercados, a comer almendras verdes, o bien salchichas en los figones cercanos, donde se surten obreros y trabajadores de «les Halles». Todo ello regado con vinos como el «petit vin bleu» y otros mostos populares. Moreas regresaba a su casa, situada por Montrouge, en tranvía, cuando ya el sol comenzaba a alumbrar las agitaciones de París despierto. Nuestras entrevistas se repetían casi todas las noches. Estaba el griego todavía joven; usaba su inseparable monóculo y se retorcía los bigotes de palíkaro, dogmatizando en sus cafés preferidos, sobre todo en el Vachetts, y hablando siempre de cosas de arte y de literatura. Como no quería escribir en los diarios, vivía principalmente de una pensión que le pasaba un tío suyo que era ministro en el gobierno del rey Jorge, en Atenas. Sabido es que su apellido no era Moreas, sino Papadiamantopoulos. Quien desee más detalles lea mi libro _Los Raros_. Me habían dicho que Moreas sabía español. No sabía ni una sola palabra. Ni él, ni Verlaine, aunque anunciaron ambos, en los primeros tiempos de la revista _La Plume_, que publicarían una traducción de «La Vida es Sueño» de Calderón de la Barca. Siendo así como Verlaine solía pronunciar, con marcadísimo acento, estos versos de Góngora: «A batallas de amor campo de plumas»; Moreas, con su gran voz sonora, exclamaba «No hay mal que por bien no venga»... O bien: en cuanto me veía: «¡Viva don Luis de Góngora y Argote!», y con el mismo tono, cuando divisaba a Carrillo gritaba: «¡Don Diego Hurtado de Mendoza!». Tanto Verlaine como Moreas eran popularísimos en el Quartier, y andaban siempre rodeados de una corte de jóvenes poetas que, con el Pauvre Lelian, se aumentaban de gentes de la mala bohemia, que no tenían que ver con el arte ni con la literatura.
XXXIV
Entre los verdaderos amigos de Verlaine, había uno que era un excelente poeta, Maurice Duplessis. Este era un muchacho gallardo, que vestía elegante y extravagantemente, y que con Charles Maurras, que es hoy uno de los principales sostenedores del partido Orleanista, y con Ernesto Reynaud, que es comisario de policía, formaban lo que se llama la escuela Romana, de que Moreas era el sumo Pontífice. A Duplessis, que fué desde entonces muy mi amigo, le he vuelto a ver recientemente pasando horas amargas y angustiosas, de las cuales le librara alguna vez y ocasionalmente la generosidad de un gran poeta argentino.
Yendo en una ocasión por los bulevares, oí que alguien me llamaba. Me encontré con un antiguo amigo chileno, Julio Bañados Espinosa, que había sido ministro principal de Balmaceda. Se ocupaba en escribir la historia de la administración de aquel infortunado presidente. Nos vimos repetidas veces. Me invitó a comer en un círculo de Esgrima y Artes, que no era otra cosa, en realidad, sino una casa de juego, como son muchos círculos de París. Allá me presentó al famoso Aurelien Scholl, ya viejo y siempre monoculizado. Se decía que el juego no era perseguido en ese club, porque la influencia de Scholl... pero no deseo repetir aquí murmuraciones bulevarderas.
Comía yo generalmente en el café Larue, situado enfrente de la Magdalena. Allí me inicié en aventuras de alta y fácil galantería. Ello no tiene importancia; mas he de recordar a quien me diese la primera ilusión de costoso amor parisién. Y vaya una grata memoria a la gallarda Marión Delorme, de victorhuguesco nombre de guerra, y que habitaba entonces en la avenida Víctor Hugo. Era la cortesana de los más bellos hombros. Hoy vive en su casa de campo y da de comer a sus finas aves de corral. Los cafés y restaurants del bosque no tuvieron secretos para mí. Los días que pasé en la capital de las capitales, pude muy bien no envidiar a ningún irreflexivo «rastaquouere». Pero los rollos de águilas iban mermando y era preciso disponer la partida a Buenos Aires. Así lo hice, no sin que mi codicioso hotelero, viendo que se le escapaba esa «pera», como dicen los franceses, quisiese quedarse con el resto de mis oros, de lo cual me libró la intervención de un cónsul, y de mi buen amigo Tible Machado, que residía, también con cargo consular, en el puerto del Havre.
XXXV
Me embarqué para la capital argentina, llevando como «valet» a un huesudo holandés que sin recomendación alguna se me presentó ofreciéndome sus servicios.
Y héme aquí, por fin, en la ansiada ciudad de Buenos Aires, a donde tanto había soñado llegar desde mi permanencia en Chile. Los diarios me saludaron muy bondadosamente. _La Nación_ habló de su colaborador con términos de afecto, de simpatía y de entusiasmo, en líneas confiadas al talento de Julio Piquet. _La Prensa_ me dió la bienvenida, también en frases finas y amables, con que me favoreciera la gentileza del ya glorioso Joaquín V. González.
Fuí muy visitado en el hotel en donde me hospedaran. Uno de los primeros que llegaron a saludarme fué un gran poeta a quien yo admiraba desde mis años juveniles, muchos de cuyos versos se recitan en mi lejano país original: Rafael Obligado. Otro fué D. Juan José García Velloso, aquel maestro sapiente y sensible, que vino de España, y que cantó y enseñó con inteligencia erudita y con cordial voluntad.
Presenté mi Carta Patente y fuí reconocido por el gobierno argentino como Cónsul General de Colombia. Mi puesto no me dió ningún trabajo, pues no había nada que hacer, según me lo manifestara mi antecesor, el Sr. Samper, dado que no había casi colombianos en Buenos Aires y no existían transacciones ni cambios comerciales entre Colombia y la República Argentina.
Fuí invitado a las reuniones literarias que daba en su casa don Rafael Obligado. Allí concurría lo más notable de la intelectualidad bonaerense. Se leían prosas y versos. Después se hacían observaciones y se discutía el valor de éstas. Allí me relacioné con el poeta y hombre de letras doctor Calixto Oyuela, cuya fama había llegado hacía tiempo a mis oídos. Conocía sus obras, muy celebradas en España. Talento de cepa castiza, seguía la corriente de las tradiciones clásicas, y en todas sus obras se encuentra la mayor corrección y el buen conocimiento del idioma. Me relacioné también con Alberto del Solar, chileno radicado en Buenos Aires, que se ha distinguido en la producción de novelas, obras dramáticas, ensayos y aun poesías. Con Federico Gamboa, entonces secretario de la Legación de México, que animaba la conversación con oportunas anécdotas, con chispeantes arranques y con un buen humor contagioso e inalterable, y que ha producido notables piezas teatrales, novelas y otros libros amenos y llenos de interés. Con Domingo Martinto y Francisco Soto y Calvo, ambos cuñados de Obligado, ambos poetas y personas de distinción y afabilidad. Con el doctor Ernesto Quesada, letrado erudito, escritor bien nutrido y abundante, de un saber cosmopolita y políglota; y con otros más, pertenecientes al Buenos Aires estudioso y literario. El dueño de casa nos regalaba con la lectura de sus poesías, vibrantes de sentimiento o llameantes de patriotismo. Así pasábamos momentos inolvidables que ha recordado Federico Gamboa, con su estilo ágil y lleno de sinceridad, en las páginas de su «Diario».
XXXVI
Naturalmente que desde mi llegada me presenté a la redacción de _La Nación_, donde se me recibió con largueza y cariño. Dirigía el diario el inolvidable Bartolito Mitre. Lo encontré en su despacho fumando su inseparable largo cigarro italiano. Sentí a la inmediata, después de conversar un rato, la verdad de su amistad transparente y eficaz que se conservó hasta su muerte. Me llevó a presentarme a su padre el general, y me dejó allí, ante aquel varón de historia y de gloria, a quien yo no encontraba palabra que decir, después de haber murmurado una salutación emocionada. Me habló el general Mitre de Centro América y de sus historiadores Montufar, Ayón, Fernández; recordó al poeta guatemalteco Batres, autor de «El Reloj», habló de otras cosas más. Me hizo algunas preguntas sobre el canal de Nicaragua. Estuvo suave y alentador en su manera seria y como triste, cual de hombre que se sabía ya dueño de la posteridad. Salí contentísimo.
Era Administrador de _La Nación_ D. Enrique de Vedia. Alto, delgado, aspecto de figura de caballero del Greco. Grave y acerado, tenía una sólida y variada cultura y un gusto excelente. A pesar de la diferencia de caracteres y de edades, cultivábamos la mejor amistad, y por indicación suya escribí muchos de los mejores artículos que publiqué en ese época en _La Nación_. Era subdirector del diario _Aníbal Latino_, esto es, José Ceppi, hombre al parecer un tanto adusto, pero dotado de actividad, de resistencia y de inmejorables condiciones para el puesto que desempeñaba. Secretario de redacción era Julio Piquet, experto catador de elixires intelectuales, escritor de sutiles pensares y de gentilezas de estilo, y que contribuía poderosamente a la confección de aquellos números nutridos de brillante colaboración del gran periódico, que se diría tenían carácter antológico. En la casa traté a crecido número de redactores y colaboradores, de los cuales unos han desaparecido y otros se han alejado por ley del tiempo y de los cambios de la vida; pero ninguno fué más íntimo compañero mío que Roberto J. Payró, trabajador insigne, cerebro comprendedor e imaginador, que sin abandonar las tareas periodísticas ha podido producir obras de aliento en el teatro y en la novela. Fué asimismo amigo mío el autor de _La Bolsa_, José Miró, que firmaba con el pseudónimo de _Julián Martel_ y cuya única obra auguraba una rica y aquilatada producción futura. El pobre Miró pasó en trabajosa bohemia y en consuetudinaria escasez, los mejores años de su juventud, y, ¡oh, ironías de la suerte!, después que murió de tuberculosis, se encontró que una parienta millonaria le había dejado en su testamento una fortuna.
XXXVII
Claro es que mi mayor número de relaciones estaba entre los jóvenes de letras, con quienes comencé a hacer vida nocturna, en cafés y cervecerías. Se comprende que la sobriedad no era nuestra principal virtud. Frecuentaba también a otros amigos que ya no eran jóvenes, como ese espíritu singular, lleno de tan variadas luces y de quien emanaba una generosidad corriente, simpática y un contagio de vitalidad y de alegría, el doctor Eduardo L. Holemberg; o bien el hoy célebre americanista Ambrosetti, que ilustraba nuestras charlas con sus ilustrativas narraciones. Con Payró nos juntábamos en compañía del bizarro poeta, entonces casi un efebo, pero ya encendido de cosas libertarias, Alberto Ghiraldo; de Manuel Argerich, cariñoso _dandy_, que escribió para el teatro; del excelente aeda suizo Charles Soussens, fiel a sus principios de nocturnidad; de José Ingenieros, hoy psiquiatra eminente; de José Pardo, que fundara varias revistas; de Diego Fernández Espiro, el mosquetero de los sonantes sonetos; del encantador veterano Antonino Lamberti, a quien los manes de Anacreonte bendicen y a quien las Gracias y las Musas han sido siempre propicias y halagadoras.
Otro de mis amigos, que ha sido siempre fraternal conmigo, era Charles E. F. Vale, un inglés criollo incomparable.
Una noche, con motivo del aniversario de la reina Victoria, le dicté en el restaurant de «Las 14 provincias», un pequeño poema en prosa, dedicado a su soberana, que él escribió a falta de papel en unos cuantos sobres y que no ha aparecido en ninguno de mis libros. Ese poemita es el siguiente:
_God save the Queen_
To my friend C. E. F. Vale.
Por ser una de las más fuertes y poderosas tierras de poesía;
Por ser la madre de Shakespeare;
Porque tus hombres son bizarros y bravos, en guerras y en olímpicos juegos;
Porque en tu jardín nace la mejor flor de las primaveras, y en tu cielo se manifiesta el más triste sol de los inviernos;
Canto a tu reina, oh grande y soberbia Britania, con el verso que repiten los labios de todos tus hijos:
_God save the Queen_
Tus mujeres tienen los cuellos de los cisnes y la blancura de las rosas blancas;
Tus montañas están impregnadas de leyenda, tu tradición es una mina de oro, tu historia una mina de hierro, tu poesía una mina de diamantes;
En los mares, tu bandera es conocida de todas las espumas y de todos los vientos, a punto de que la tempestad ha podido pedir carta de ciudadanía inglesa;
Por tu fuerza, oh Inglaterra:
_God save the Queen_
Porque albergaste en una de tus islas a Víctor Hugo;
Porque sobre el hervor de tus trabajadores, el tráfago de tus marinos y la labor incógnita de tus mineros, tienes artistas que te visten de sedas de amor, de oros de gloria, de perlas líricas;
Porque en tu escudo está la unión de la fortaleza y del ensueño, en el león simbólico de los reyes y unicornio amigo de las vírgenes y hermano del Pegaso de los soñadores;
_God save the Queen_
Por tus pastores que dicen los salmos y tus padres de familia que en las horas tranquilas leen en alta voz el poeta favorito junto a la chimenea;
Por tus princesas incomparables y tu nobleza secular;
Por San Jorge, vencedor del Dragón; por el espíritu del gran Will y los versos de Swinburne y Tennyson;
Por tus muchachas ágiles, leche y risa, frescas y tentadoras como manzanas;
Por tus mozos fuertes que aman los ejercicios corporales; por tus _scholars_ familiarizados con Platón, remeros o poetas;
_God save the Queen_
Envío.
Reina y emperatriz, adorada de tu inmenso pueblo, madre de reyes. Victoria favorecida por la influencia de Nile; solemne viuda vestida de negro, adoradora del príncipe amado; Señora del mar; Señora del país de los elefantes. Defensora de la Fe, poderosa y gloriosa anciana, el himno que te saluda se oiga hoy por toda la tierra: Reina buena: «¡Dios te salve!».
XXXVIII
Comencé a publicar en _La Nación_ una serie de artículos sobre los principales poetas y escritores que entonces me parecieron raros, o fuera de lo común. A algunos les había conocido personalmente, a otros por sus libros. La publicación de la serie de «Los raros», que después formó un volumen, causó en el Río de la Plata excelente impresión, sobre todo entre la juventud de letras, a quien se revelaban nuevas maneras de pensamiento y de belleza. Cierto que había en mis exposiciones, juicios y comentos, quizás demasiado entusiasmo; pero de ello no me arrepiento, porque el entusiasmo es una virtud juvenil que siempre ha sido productora de cosas brillantes y hermosas; mantiene la fe y aviva la esperanza. Uno de mis artículos me valió una carta de la célebre escritora francesa, Mme. Alfred Valette, que firma con el pseudónimo de _Rachilde_, carta interesante y llena de _esprit_, en que me invitaba a visitarla en la redacción de el «Mercure de France» cuando yo llegase a París. A los que me conocen no les extrañará que no haya hecho tal visita durante más de doce años de permanencia fija en la vecindad de la redacción del «Mercure». He sido poco aficionado a tratarme con esos «chermaïtre», franceses, pues algunos que he entrevisto me han parecido insoportables de _pose_ y terribles de ignorancia de todo lo extranjero, principalmente en lo referente a intelectualidad.
Pasaba, pues, mi vida bonaerense escribiendo artículos para _La Nación_, y versos que fueron más tarde mis «Prosas Profanas», y buscando por la noche el peligroso encanto de los paraísos artificiales. Me quedaba todavía en el Banco Español del Río de la Plata algún resto de mis águilas americanas; pero éstas volaron pronto, por el peregrino sistema que yo tenía de manejar fondos. Me acompañaba un extraordinario secretario francés, que me encontré no sé dónde, y que me sedujo hablándome de sus aventuras en Indo-China. Considerad que me contaba: «Una vez en Saigón...» o bien: «Aquella tarde en Singapour...», o bien: «Entonces me contestó mi amigo el Maradjad...» ¡No solamente le hice mi secretario, sino que él llevaba en el bolsillo mi libro de cheques! Felizmente, cuando volaron todas las águilas, voló él también, con su larga nariz, su infaltable sombrero de copa y su largo levitón.
Vino la noticia de la muerte del doctor Rafael Núñez, y pocos meses después recibí nota de Bogotá, en que se me anunciaba la supresión de mi consulado. Me quedé sujeto a lo que ganaba en _La Nación_, y luego a un buen sueldo que por inspiración providencial me señaló en _La Tribuna_ su director, ese escritor de bríos y gracias que se firmaba _Juan Cancio_, y que no es otro que mi buen amigo Mariano de Vedia. Mi obligación era escribir todos los días una nota larga o corta, en prosa o verso, en el periódico. Después me invitó a colaborar en su diario «El Tiempo» el generoso y culto Carlos Vega Belgrano, que luego sufragó los gastos para la publicación de mi volumen de versos «Prosas Profanas».
XXXIX
«Prosas Profanas», cuya sencillez y poca complicación se pueden apreciar hoy, causaron al aparecer, primero en periódicos y después en libro, gran escándalo entre los seguidores de la tradición y del dogma académico; y no escasearon los ataques y las censuras y mucho menos las bravas defensas de impertérritos y decididos soldados de nuestra naciente reforma. Muchos de los contrarios se sorprendieron hasta del título del libro, olvidando las prosas latinas de la Iglesia, seguidas por Mallarmé en la dedicada al Des Esseint de Huysmans; y sobre todo, las que hizo en «roman paladino», uno de los primitivos de la castellana lírica. José Enrique Rodó explicó y Remy de Gourmont me había manifestado ya respecto a dicho título, en una carta: «C’est une trouvaille». De todas esas poesías ha hecho el autor de «Motivos de Proteo» una encantadora exégesis.