Autobiografía Obras Completas Vol. XV

Part 5

Chapter 54,077 wordsPublic domain

En Madrid, me hospedé en el hotel de Las Cuatro Naciones, situado en la calle del Arenal y hoy transformado. Como supiese mi calidad de hombre de letras, el mozo Manuel me propuso:--«Señorito, ¿quiere usted conocer el cuarto de don Marcelino? El está ahora en Santander y yo se lo puedo mostrar». Se trataba de don Marcelino Menéndez y Pelayo, y yo acepté gustosísimo. Era un cuarto como todos los cuartos de hotel, pero lleno de tal manera de libros y de papeles, que no se comprende cómo allí se podía caminar. Las sábanas estaban manchadas de tinta. Los libros eran de diferentes formatos. Los papeles de grandes pliegos estaban llenos de cosas sabias, de cosas sabias de don Marcelino--. «Cuando está don Marcelino no recibe a nadie», me dijo Manuel. El caso es que la buena suerte quiso que cuando retornó de Santander el ilustre humanista yo entrara a su cuarto, por lo menos algunos minutos todas las mañanas. Y allí se inició nuestra larga y cordial amistad.

XXV

Era el alma de las delegaciones hispanoamericanas el general don Juan Riva Palacio, ministro de Méjico, varón activo, culto y simpático. En la corte española el hombre tenía todos los merecimientos; imponía su buen humor, y su actitud, siempre laboriosa, era por todos alabada. El general Riva Palacio había tenido una gran actuación en su país como militar y como publicista, y ya en sus últimos años fué enviado a Madrid, en donde vivía con esplendor, rodeado de amigos, principalmente funcionarios y hombres de letras. Se cuenta que algún incidente hubo en una fiesta de Palacio, con la reina regente doña María Cristina, pues ella no podía olvidar que el general Riva Palacio había sido de los militares que tomaron parte en el juzgamiento de su pariente, el emperador Maximiliano; pero todo se arregló, según parece, por la habilidad de Cánovas del Castillo, de quien el mejicano era íntimo amigo.

Tenía don Vicente, en la calle de Serrano, un palacete lleno de obras de arte y antigüedades, en donde solía reunir a sus amigos de letras, a quienes encantaba con su conversación chispeante y la narración de interesantes anécdotas. Era muy aficionado a las zarzuelas del género chico y frecuentaba, envuelto en su capa clásica, los teatros en donde había tiples buenas mozas. Llegó a ser un hombre popular en Madrid, y, cuando murió, su desaparición fué muy sentida.

Fuí amigo de Castelar. La primera vez que llegué a casa del gran hombre iba con la emoción que Heine sintió al llegar a la casa de Goethe. Cierto que la figura de Castelar tenía, sobre todo para nosotros los hispanoamericanos, proporciones gigantescas, y yo creía, al visitarle, entrar en la morada de un semidios. El orador ilustre me recibió muy sencilla y afablemente en su casa de la calle Serrano. Pocos días después me dió un almuerzo, al cual asistieron, entre otras personas, el célebre político Abarzuza y el banquero don Adolfo Calzado. Alguna vez he escrito detalladamente sobre este almuerzo, en el cual la conversación inagotable de Castelar fué un deleite para mis oídos y para mi espíritu. Tengo presente que me habló de diferentes cosas referentes a América, de la futura influencia de los Estados Unidos sobre nuestras Repúblicas, del general Mitre, a quien había conocido en Madrid, de _La Nación_, diario en donde había colaborado; y de otros tantos temas en que se expedía su verbo de colorido profuso y armonioso. En ese almuerzo nos hizo comer unas riquísimas perdices que le había enviado su amiga la duquesa de Medinaceli. Hay que recordar que Castelar era un «gourmet» de primer orden, y que sus amigos, conociéndole este flaco, le colmaban de presentes gratos a Meser Gaster. Después tuve ocasión de oir a Castelar en sus discursos. Le oí en Toledo y le oí en Madrid. En verdad era una voz de la naturaleza, era un fenómeno singular, como el de los grandes tenores, o los grandes ejecutantes. Su oratoria tenía del prodigio, del milagro; y creo difícil, sobre todo ahora que la apreciación sobre la oratoria ha cambiado tanto, que se repita dicho fenómeno, aunque hayan aparecido tanto en España como en la Argentina, por ejemplo en Belisario Roldán, casos parecidos.

He recordado alguna vez, cómo en casa de doña Emilia Pardo Bazán y en un círculo de admiradores, Castelar nos dió a conocer la manera de perorar de varios oradores célebres que él había escuchado, y luego la manera suya, recitándonos un fragmento del famoso discurso réplica al cardenal Manterola. Castelar era en ese tiempo sin duda alguna, la más alta figura de España y su nombre estaba rodeado de la más completa gloria.

XXVI

Conocí a D. Gaspar Núñez de Arce, que me manifestó mucho afecto y que, cuando alistaba yo mi viaje de retorno a Nicaragua, hizo todo lo posible para que me quedase en España. Escribió una carta a Cánovas del Castillo pidiéndole que solicitase para mí un empleo en la compañía Trasatlántica. Conservaba yo hasta hace poco tiempo la contestación de Cánovas, que se me quedó en la redacción del _Fígaro_ de la Habana. Cánovas le decía que se había dirigido al marqués de Comillas; que éste manifestaba la mejor voluntad; pero que no había, por el momento, ningún puesto importante que ofrecerme. Y a vuelta de varias frases elogiosas para mí, «es preciso, decía, que lo naturalicemos». Nada de ello pudo hacerse, pues mi visita era urgente.

Conocí a D. Ramón de Campoamor. Era todavía un anciano muy animado y ocurrente. Me llevó a su casa el doctor José Verdes Montenegro, que era en ese tiempo muy joven. Se quejó el poeta de las _Doloras_ y de los _Pequeños Poemas_, de ciertos críticos, en la conversación. «No quieren que los chicos me imiten», decía. Conservaba entre sus papeles, y me hizo que la leyera, una décima sobre él que yo había publicado en Santiago de Chile y que le había complacido mucho. Era un amable y jovial filósofo. Gozaba de bienes de fortuna; era terrateniente en su país de Asturias, allí donde encontrara tantos temas para sus fáciles y sabrosas poesías. Ese risueño moralista era en ocasiones como su gaitero de Gijón. Muchas veces sonríe mostrando la humedad brillante de una lágrima.

Uno de mis mejores amigos fué D. Juan Valera, quien ya se había ocupado largamente en sus _Cartas Americanas_ de mi libro _Azul_, publicado en Chile. Ya estaba retirado de su vida diplomática; pero su casa era la del más selecto espíritu español de su tiempo, la del «tesorero de la lengua castellana», como le ha llamado el conde de las Navas, una de las más finas amistades que conservo desde entonces. Me invitó D. Juan a sus reuniones de los viernes, en donde me hice de excelentes conocimientos: el duque de Almenara Alta, D. Narciso Campillo y otros cuantos que ya no recuerdo. El duque de Almenara era un noble de letras, buen gustador de clásicas páginas; y por su parte, dejó algunas amenas y plausibles. Campillo, que era catedrático y hombre aferrado a sus tradicionales principios, tuvo por mí simpatías, a pesar de mis demostraciones revolucionarias. Era conversador de arranques y ocurrencias graciosísimas, y contaba con especial donaire cuentos picantes y verdes.

XXVII

La noche que me dedicara D. Juan Valera, y en la cual leí versos, me dijo: «Voy a presentar a usted una reliquia». Como pasaran las doce y la reliquia no apareciese, creí que la cosa quedaría para otra ocasión, tanto más, cuanto que comenzaban a retirarse los contertulios. Pero D. Juan me dijo que tuviese paciencia y esperase un rato más. Quedábamos ya pocos, cuando a eso de las dos de la mañana, sonó el timbre y a poca entró, envuelto en su capa, un viejecito de cuerpo pequeño, algo encorvado y al parecer bastante sordo. Me presentó a él el dueño de la casa, mas no me dijo su nombre, y el viejecito se sentó a mi lado. El para mí desconocido, empezó a hablarme de América, de Buenos Aires, de Río de Janeiro, en donde había estado por algún tiempo con cargos diplomáticos o comisiones del gobierno de España; y luego, tratando de cosas pasadas de su vida, me hablaba de «Pepe»: «Cuando Pepe estuvo en Londres»... «Un día me decía Pepe»... «Porque como el carácter de Pepe era así»... El caso me intrigaba vivamente. ¿Quién era aquel viejecito que estaba a mi lado? No pude dominar mi curiosidad, me levanté y me dirigí a D. Juan Valera. «Dígame, señor, le dije, ¿quién es el señor anciano a quien usted me ha presentado?»--«La reliquia», me contestó. «¿Y quién es la reliquia?» «_Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno_»... La reliquia era D. Miguel de los Santos Alvarez; y Pepe, naturalmente, era Espronceda.

Salimos casi de madrugada. Campillo, y yo; con nosotros D. Miguel. Desde la cuesta de Santo Domingo, llegamos hasta la puerta del Sol, y luego a las cercanías del Casino de Madrid. Yo tenía la intención de ir a acompañar la reliquia a su casa, pues ya los resplandores del alba empezaban a iluminar al cielo. Se lo manifesté y él, con mucho gracejo, me contestó:--«Le agradezco mucho, pero yo no me acuesto todavía. Tengo que entrar al Casino, en donde me aguardan unos amigos... Ya ve usted; calcule los años que tengo... ¡y luego dirán que hace daño trasnochar!» Me desprendí muy satisfecho de haber conocido a semejante hombre de tan lejanos tiempos.

Un día, en un hotel que daba a la Puerta del Sol, adonde había ido a visitar al glorioso y venerable D. Ricardo Palma, entró un viejo cuyo rostro no me era desconocido, por fotografías y grabados. Tenía un gran lobanillo o protuberancia, a un lado de la cabeza. Su indumentaria era modesta, pero en los ojos le relampagueaba el espíritu genial. Sin sentarse habló con Palma de varias cosas. Este me presentó a él; y yo me sentí profundamente conmovido. Era D. José Zorrilla, «el que mató a D. Pedro y el que salvó a don Juan...» Vivía en la pobreza, mientras sus editores se habían llenado de millones con sus obras. Odiaba su famoso _Tenorio_... Poco tiempo después, la viuda tenía que empeñar una de las coronas que se ofrendaran al mayor de los líricos de España... Después de que Castelar había pedido para él una pensión a las Cortes, pensión que no se consiguió a pesar de la elocuencia del Crisóstomo, que habló de quien era propietario del cielo azul, «en donde no hay nada que comer»...

Conocí a D.ª Emilia Pardo Bazán. Daba fiestas frecuentes, en ese tiempo, en honor de las delegaciones hispano-americanas que llegaban a las fiestas del centenario colombino. Sabidos son el gran talento y la verbosidad de la infatigable escritora. Las noches de esas fiestas llegaban los orfeones de Galicia, a cantar alboradas bajo sus balcones. La señora Pardo Bazán todavía no había sido titulada por el Rey; pero estaba en la fuerza de su fama y de su producción. Tenía un hijo, entonces jovencito, D. Jaime, y dos hijas, una de ellas casada hoy con el renombrado y bizarro coronel Cavalcanti. Su salón era frecuentado por gente de la nobleza, de la política y de las letras; y no había extranjero de valer que no fuese invitado por ella. Por esos días vi en su casa a Maurice Barrés, que andaba documentándose para su libro _Du sang, de la volupté et de la Mort_. Por cierto que le pasó una aventura graciosísima en una corrida de toros.

XXVIII

Conocí mucho a D. Antonio Cánovas del Castillo, a quien fuí presentado por D. Gaspar Núñez de Arce. Hacía poco que aquel vigoroso viejo, que era la mayor potencia política de España, se había casado con doña Joaquina de Osma, bella, inteligente y voluptuosa dama, de origen peruano. Mucho se había hablado de ese matrimonio, por la diferencia de edad; pero es el caso que Cánovas estaba locamente enamorado de su mujer, y su mujer le correspondía con creces. Cánovas adoraba los hombros maravillosos de Joaquina, y por otras partes, en las estatuas de su _sérre_, o en las que decoraban vestíbulos y salones, se veían como amorosas reproducciones de aquellos hombros y aquellos senos incomparables, revelados por los osados escotes. La conversación de Cánovas, como saben todos los que le trataron de cerca, era llena de brío y de gracia, con su peculiar ceceo andaluz. Su mujer no le iba en zaga como conversadora lista y pronta para la «ripposta»; y pude presenciar, en una de las comidas a que asistiera en el opulento palacio de la Huerta, en la Guindalera, a una justa de ingenio en que tomaban parte Cánovas, Joaquina, Castelar y el general Riva Palacio.

Cuéntase ahora en Madrid una leyenda, que si no es cierta, está bien inventada como un cuento de antaño o como un romántico poema. Dícese que cuando Cánovas fué asesinado por truculento y fanático anarquista italiano, se repitió en España el episodio de doña Juana la Loca. Y que, una vez que el cuerpo de su marido fué enterrado, después que le hubo acompañado hasta el lugar de su último reposo, sin derramar, como extática, una sola lágrima, la esposa se encerró en su palacio y no volvió a salir mas de él. Dícese que apenas hablaba por monosílabos con la servidumbre para dar sus órdenes; que recorría los salones solitarios, con sus tocas de viuda; que una noche de invierno se vistió de blanco con su traje de novia; que por la mañana, los criados la buscaron por todas partes sin encontrarla; hasta que la hallaron en el jardín, ya muerta; tendida con la cara al cielo y cubierta por la nieve. Ello es lindo y fabuloso; Tennyson, Bécquer o Barbey d’Aureville.

XXIX

Los miembros de la delegación de Nicaragua, recibimos en la sección correspondiente de la Exposición, y en su oportunidad, a los reyes de España, que iban acompañados de los de Portugal. El día de la visita fué la primera vez que observé testas coronadas. Me llamó la atención fuertemente la hermosura de la reina portuguesa, alta y gallarda como todas las Orleans, y fresca como una recién abierta rosa rosada. Iba junto a ella el obeso marido, que debía tener tan trágico fin. En la vecina sección de Guatemala, sucedió algo gracioso. Había preparado el delegado guatemalteco, doctor Fernando Cruz, dos abanicos espléndidos para ser obsequiados a la reina; pero uno de ellos era más espléndido que el otro, puesto que era el destinado para la reina regente doña María Cristina. Los abanicos estaban sobre una bandeja de oro. El ministro, antes de ofrecerlos, anunció el obsequio en cortas y respetuosas palabras. La reina doña Amelia de Portugal vió los dos abanicos y con su mirada de joven y de coqueta se dió cuenta de cuál era el mejor; y, sin esperar más, lo tomó para sí y dió las gracias al ministro.

Antes de retornar a Nicaragua, fuí invitado a tomar parte en una velada lírico-literaria. Hablamos dos personas. Un joven orador de barba negra, que conquistaba a los auditorios con su palabra cálida y fluyente, D. José Canalejas, que fué luego presidente del Consejo de Ministros, y yo, que leí unos versos, creo que los titulados _A Colón_. Poco tiempo después tomaba el vapor para Centro-América, en el mismo puerto de Santander, en donde había desembarcado.

No tengo en la memoria ningún incidente del viaje de retorno, solamente de las horas que el vapor se detuviera en el puerto de Cartagena, en Colombia. Cartagena de Indias, la ciudad fundada por aquel antepasado D. José María de Heredia, a quien el poeta cubano-francés ha cantado y Claudius Popelin ha retratado en cuadro memorable. No lejos de Cartagena está la residencia de Cabrero, en donde se encontraba entonces retirado el antiguo Presidente de la República y célebre publicista y poeta, doctor Rafael Núñez. Este hombre eminente ha sido de las más grandes figuras de ese foco de superiores intelectos, que es el país colombiano. Digan lo que quieran sus enemigos políticos, el nombre de Rafael Núñez ha de resplandecer más tarde en una cierta y definitiva gloria. Era un pensador y un formidable hombre de acción. Bajé a tierra a hacerle una visita. Acompañábanle, cuando penetré a su morada, su esposa doña Soledad y una sobrina. Me recibió con gravedad afable. Me dijo cosas gratas, me habló de literatura y de mi viaje a España, y luego me preguntó:--«¿Piensa usted quedarse en Nicaragua?»--«De ninguna manera, le contesté, porque el medio no me es propicio.» «Es verdad, me dijo. No es posible que usted permanezca allí. Su espíritu se ahogaría en ese ambiente. Tendría usted que dedicarse a mezquinas políticas; abandonaría seguramente su obra literaria y la pérdida no sería para usted sólo, sino para nuestras letras. ¿Querría usted ir a Europa?» Yo le manifesté que eso sería mi sueño deseado; y al mismo tiempo expresé mis ansias por conocer Buenos Aires. «Puesto que usted lo quiere, agregó, yo escribiré a Bogotá, al presidente señor Caro, para que se le nombre a usted cónsul general en Buenos Aires, pues cabalmente la persona que hoy ocupa ese puesto va a retirarse de la capital argentina. Vaya usted a su país a dar cuenta de su misión, y espere las noticias que se le comunicarán oportunamente.» No hay que decir que yo me llené de esperanzas y de alegrías.

XXX

A mi llegada a Nicaragua, permanecí algunos días en la ciudad de León. Hice todo lo posible por ver si el gobierno me pagaba allí más de medio año de sueldos que me adeudaba; pero, por más que hice, vi que era preciso que fuese yo mismo a la capital, cosa que quería evitar por más de un motivo.

Estando en León, se celebraron funerales en memoria de un ilustre político que había muerto en París, D. Vicente Navas. Se me rogó que tomase parte en la velada que se daría en honor del personaje fallecido, y escribí unos versos en tal ocasión. Estaba, la noche de esa velada, leyendo mi poesía, cuando me fué entregado un telegrama. Venía de San Salvador, lugar adonde yo no podía ir a causa de los Ezetas, y en donde residía mi esposa en unión de su madre y de su hermana casada. El telegrama me anunciaba en vagos términos la gravedad de mi mujer, pero yo comprendí por íntimo presentimiento que había muerto; y sin acabar de leer los versos, me fuí precipitadamente al hotel en que me hospedaba, seguido de varios amigos, y allí me encerré en mi habitación, a llorar la pérdida de quien era para mí consolación y apoyo moral. Pocos días después llegaron noticias detalladas del fallecimiento. Se me enviaba un papel escrito con lápiz por ella, en el cual me decía que iba a hacerse operar--había quedado bastante delicada después del nacimiento de nuestro hijo--, y que si moría en la operación, lo único que me suplicaba era que dejase al niño en poder de su madre, mientras ésta viviese. Por otra parte, me escribía mi concuñado, el banquero D. Ricardo Trigueros, que él se encargaría gustoso de la educación de mi hijo, y que su mujer sería como una madre para él. Hace diez y nueve años que esto ha sucedido y ello ha sido así.

Pasé ocho días sin saber nada de mí, pues en tal emergencia recurrí a las abrumadoras nepentas de las bebidas alcohólicas. Uno de esos días abrí los ojos y me encontré con dos señoras que me asistían; eran mi madre y una hermana mía, a quienes se puede decir que conocía por primera vez, pues mis anteriores recuerdos maternales estaban como borrados. Cuando me repuse, fué preciso partir para la capital para hablar con el presidente, doctor Sacasa, y ver si me abonaban mis haberes.

Llegué a Managua y me instalé en un hotel de la ciudad. Me rodearon viejos amigos; se me ofreció que se me pagarían pronto mis sueldos, mas es el caso que tuve que esperar bastantes días; tantos que en ellos ocurrió el caso más novelesco y fatal de mi vida, pero al cual no puedo referirme en estas memorias por muy poderosos motivos. Es una página dolorosa de violencia y engaño, que ha impedido la formación de un hogar por más de veinte años; pero vive aún quien como yo ha sufrido las consecuencias de un familiar paso irreflexivo, y no quiero aumentar con la menor referencia una larga pena. El diplomático y escritor mejicano Federico Gamboa, tan conocido en Buenos Aires, tiene escrita desde hace muchos años esa página romántica y amarga, y la conserva inédita, porque yo no quise que la publicase en uno de sus libros de recuerdos. Es precisa, pues, aquí, esta laguna en la narración de mi vida.

XXXI

De este modo, encuéntreme el lector, como dos meses después, en la ciudad de Panamá, en donde, según carta que había recibido en Managua, del doctor Rafael Núñez, se me debía entregar por el gobernador del Istmo mi nombramiento de cónsul general de Colombia en Buenos Aires. Así fué, por la eficaz recomendación de aquel hombre ilustre. No solamente se me entregó mi nombramiento--en el cual se me decía que se me daba este puesto por no haber entonces ninguna vacante diplomática--y mi carta patente correspondiente, sino una buena suma de sueldos adelantados. En seguida tomé el vapor para Nueva York.

Me hospedé en un hotel español, llamado el hotel América; y de allí se esparció en la colonia hispanoamericana de la imperial ciudad la noticia de mi llegada. Fué el primero en visitarme un joven cubano, verboso y cordial, de tupidos cabellos negros, ojos vivos y penetrantes y trato caballeroso y comunicativo. Se llamaba Gonzalo de Quesada, y es hoy ministro de Cuba en Berlín. Su larga actuación panamericana es harto conocida. Me dijo que la colonia cubana me preparaba un banquete que se verificaría en casa del famoso «restaurateur» Martín, y que el «Maestro» deseaba verme cuanto antes. El Maestro era José Martí, que se encontraba en esos momentos en lo más arduo de su labor revolucionaria. Agregó asimismo Gonzalo, que Martí me esperaba esa noche en Harmand Hall, en donde tenía que pronunciar un discurso ante una asamblea de cubanos, para que fuéramos a verle juntos. Yo admiraba altamente el vigor general de aquel escritor único, a quien había conocido por aquellas formidables y líricas correspondencias que enviaba a diarios hispanoamericanos como _La Opinión Nacional_ de Caracas, _El Partido Liberal_ de México, y, sobre todo, _La Nación_ de Buenos Aires. Escribía una prosa profusa, llena de vitalidad y de color, de plasticidad y de música. Se transparentaba el cultivo de los clásicos españoles y el conocimiento de todas las literaturas antiguas y modernas; y, sobre todo, el espíritu de un alto y maravilloso poeta. Fuí puntual a la cita, y en los comienzos de la noche entraba en compañía de Gonzalo de Quesada por una de las puertas laterales del edificio en donde debía hablar el gran combatiente. Pasamos por un pasadizo sombrío; y, de pronto, en un cuarto lleno de luz, me encontré entre los brazos de un hombre pequeño de cuerpo, rostro de iluminado, voz dulce y dominadora al mismo tiempo, y que me decía esta única palabra: «¡Hijo!».

Era la hora ya de aparecer ante el público, y me dijo que yo debía acompañarle en la mesa directiva; y cuando me di cuenta, después de una rápida presentación a algunas personas, me encontré con ellas y con Martí en un estrado, frente al numeroso público que me saludaba con un aplauso simpático. ¡Y yo pensaba en lo que diría el gobierno colombiano de su cónsul general sentado en público, en una mesa directiva revolucionaria antiespañola! Martí tenía esa noche que defenderse. Había sido acusado, no tengo presente ya si de negligencia o de precipitación, en no sé cuál movimiento de invasión a Cuba. Es el caso, que el núcleo de la colonia le era en aquellos momentos contrario; mas aquel orador sorprendente tenía recursos extraordinarios, y aprovechando mi presencia, simpática para los cubanos que conocían al poeta, hizo de mí una presentación ornada de las mejores galas de su estilo. Los aplausos vinieron entusiásticos, y él aprovechó el instante para sincerarse y defenderse de las sabidas acusaciones, y como ya tenía ganado al público, y como pronunció en aquella ocasión uno de los más hermosos discursos de su vida, el éxito fué completo y aquel auditorio, antes hostil, le aclamó vibrante y prolongadamente.