Autobiografía Obras Completas Vol. XV
Part 4
Estaba remunerado con liberalidad. Se me pagaban aparte los sueldos de los redactores. Se imprimía el periódico en la imprenta nacional y se me dejaba todo el producto administrativo de la empresa. El diario empezó a funcionar con bastante éxito. Tenía bajo mis órdenes a un escritor político de Costa Rica, a quien encomendé los artículos editoriales: D. Tranquilino Chacón; a un fulminante colombiano, famoso en Centro América como orador, como taquígrafo y aun como militar y como revolucionario, un buen diablo, Gustavo Ortega; y a cierto malogrado poeta costarriqueño, mozo gentil, que murió de tristeza y de miseria, aunque en sus últimos días tuviese el gobierno de Costa Rica la buena idea de hacerle ir a Barcelona para que siquiera lograse el consuelo de morir después de haber visto Europa; me refiero a Equileo Echeverría. Luego, contaba con la colaboración de las mejores inteligencias del país y del resto de la América Central; y el diario empezó su carrera con mucha suerte.
Habitaba entonces en San Salvador la viuda de un famoso orador de Honduras, Alvaro Contreras, que, si no estoy mal informado, tiene hoy un monumento. Fué este hombre, vivaz y lleno de condiciones brillantes, un verdadero dominador de la palabra. Combatió las tiranías y sufrió persecuciones por ello. En tiempo de la guerra del Pacífico fundó un diario en Panamá en defensa de los intereses peruanos. Su viuda tenía dos hijas: a ambas había conocido yo en los días de mi infancia y en casa de mi tía Rita. Eran de aquellas compañeras que alegraban nuestras fiestas pueriles, de aquellas con quienes bailábamos y con quienes cantábamos canciones en las novenas de la Virgen, en las fiestas de Diciembre. Esas dos niñas eran ya dos señoritas. Una de ellas casó con el hijo de un poderoso banquero, a pesar de la modesta condición en que quedara la familia después de la muerte de su padre. Yo frecuenté la casa de la viuda, y al amor del recuerdo y por la inteligencia, sutileza y superiores dotes de la otra niña, me vi de pronto envuelto en nueva llama amorosa. Ello trascendió en aquella reducida sociedad amable:--«¿Por qué no se casa?», me dijo una vez el presidente--. «Señor, le conteste, es lo que pienso hacer en seguida.» Y, con el beneplácito de mi novia y de su madre, me puse a tomar las disposiciones necesarias para la realización de mi matrimonio. Entre tanto, uno de mis amigos principales era Francisco Gavidia, quien quizás sea de los más sólidos humanistas y seguramente de los primeros poetas con que hoy cuenta la América española. Fué con Gavidia, la primera vez que estuve en aquella tierra salvadoreña, con quien penetran en iniciación ferviente, en la armoniosa floresta de Víctor Hugo; y de la lectura mutua de los alejandrinos del gran francés, que Gavidia, el primero seguramente, ensayara en castellano a la manera francesa, surgió en mí la idea de renovación métrica, que debía ampliar y realizar más tarde. A Gavidia acontecióle un caso singularísimo, que me narrara alguna vez, y que dice cómo vibra en su cerebro la facultad del ensueño, de tal manera que llegó a exteriorizarse con tanta fuerza. Sucedió que siendo muy joven, recién llegado a París, iba leyendo un diario por un puente del Sena, en el cual diario encontró la noticia de la ejecución de un inocente. Entonces se impresionó de tal manera que sufrió la más singular de las alucinaciones. Oyó que las aguas del río, los árboles de la orilla, las piedras de los puentes, toda la naturaleza circundante gritaban:--«¡Es necesario que alguien se sacrifique para lavar esa injusticia!» E incontinenti se arrojó al río. Felizmente alguien le vió y pudo ser salvado inmediatamente. Le prodigaron los auxilios y fué conducido al consulado de El Salvador, cuyas señas llevaba en el bolsillo. Después, en su país, ha publicado bellos libros y escrito plausibles obras dramáticas; se ha nutrido de conocimientos diversos y hoy es director de la Biblioteca Nacional de la capital salvadoreña.
XIX
Listo, pues, todo para mi boda, quedó señalada la fecha del 22 de Junio de aquel año de 1890 para la ceremonia civil. En ese día debería efectuarse en San Salvador una gran fiesta militar, para lo cual vendrían las tropas acuarteladas en Santa Ana y que comandaba el general Carlos Ezeta, brazo derecho y diremos casi hijo mimado del presidente de la República. Se decía que había querido casarse con Teresa, la hija mayor de éste. Si no estoy equivocado había disensiones entre Ezeta y algunos ministros del general Menéndez, como los doctores Delgado e Interiano; pero no podría precisar nada al respecto.
Es el caso que las tropas llegaron para la gran parada del 22. Esa noche debía darse un baile en la Casa Blanca, esto es, en el Palacio Presidencial.
Se celebró en casa de mi novia la ceremonia del matrimonio civil y hubo un almuerzo al cual asistió el general Ezeta. Este estaba nervioso y por varias veces se levantó a hablar con el señor Amaya, director de Telégrafos y amigo suyo. Después de la fiesta, yo, fatigado, me fuí a acostar temprano, con la decisión de no asistir al baile de la Casa Blanca. Muy entrada la noche, oí, entre dormido y despierto, ruidos de descargas, de cañoneo y tiros aislados, y ello no me sorprendió, pues supuse vagamente que aquello pertenecía a la función militar. Más aún, sería ya la madrugada, cuando sentí ruidos de caballos que se detenían en la puerta de mi habitación, a la cual se llamó, pronunciando mi nombre varias veces.--«Levántate, me decían, está tu amigo el general Ezeta». Yo contesté que estaba demasiado cansado y no tenía ganas de pasear, suponiendo desde luego que se me invitaba para algún alegre y báquico desvelo. Sentí que se alejaron los caballos.
Por la mañana llamaron a la puerta de nuevo; me levanté, abrí y me encontré con una criada de casa de mi novia, o mejor dicho, de mi mujer.--«Dicen las señoras, expresó, que están muy inquietas con usted, suponiendo que le hubiese pasado algo en lo de anoche».--«¿Pero qué ha ocurrido?», le pregunté.--«Que ya no es presidente el general Menéndez, que le han matado»--«¿Y quién es el presidente entonces?»--«El general Ezeta». Me vestí y partí inmediatamente a casa de mi esposa. Al pasar por los portales vecinos a la Casa Blanca encontré unos cuantos cadáveres entre charcos de sangre. Impresionado, entré al café del Hotel Nuevo Mundo a tomar una copa; me senté. En una mesa cercana había un hombre con una herida en el cuello, vendada con un pañuelo ensangrentado. Estaba vestido de militar y bastante ebrio. Sacó un revólver y tranquilamente me apuntó:--«Diga, ¡Viva el general Ezeta!»--«Sí, señor, le contesté, ¡viva el general Ezeta!»--«Así se hace», exclamó. Y guardó su revólver. Tomé mi copa y partí inmediatamente a buscar a mi mujer. En su casa se me narró lo que había sucedido. Durante la noche, mientras se estaba en lo mejor del baile presidencial, donde se hallaba la flor de la sociedad salvadoreña, quedaron todos sorprendidos por ruidos de fusilería y se notó que el palacio estaba rodeado de tropas. Un general, cuyo nombre no recuerdo, había penetrado a los salones e intimó orden de prisión a los ministros que allí se encontraban. El presidente, general Menéndez, se había ido a acostar. La confusión de las gentes fué grande; hubo gritos y desmayos. A todo esto se había ya avisado al general Menéndez, que se ciñó su espada e increpó duramente al general que llegaba a comunicarle también orden de prisión. Entre tanto, la guardia del Palacio se batía desesperadamente con las tropas sublevadas. Teresa, la hija mayor del presidente, gritaba en los salones:--«¡Que llamen a Carlos, él tranquilizará todo esto y dominará la situación!»--«Señorita, le contestó alguien, es el general Ezeta quien se ha sublevado». El presidente había abierto los balcones de la habitación y arengaba a las tropas. Aun se oyó un viva al general Menéndez; pero éste cayó instantáneamente muerto. Fué llevado el cuerpo, y los médicos certificaron que no tenía ninguna herida. Al darse cuenta de que Carlos Ezeta, a quien él quería como a un hijo y a quien había hecho toda clase de beneficios, a quien había enriquecido, a quien había puesto a la cabeza de su ejército, era quien le traicionaba de tal modo, el pobre presidente, que era cardíaco, según parece, sufrió un ataque mortal. El cadáver fué expuesto y el pueblo desfiló y se dió cuenta de la verdad del hecho.--«¿Qué piensas hacer?», me dijo mi esposa.--«Partir inmediatamente a Guatemala, puesto que hay un vapor en el puerto de la Libertad». Salí a dar los pasos necesarios para el arreglo rápido de mi viaje, y en el camino me encontré con alguien que me dijo:--«El general Ezeta desea que vaya dentro de una hora al Cuartel de Artillería». Cruzaban patrullas por las calles. Unos cuantos soldados iban cargados con cajas de dinero. Una hora después estaba yo en el Cuartel de Artillería, que se hallaba lleno de soldados, muchos de ellos heridos. Un tropel de jinetes. Llega el general Ezeta, rodeado de su Estado Mayor. Se nota que ha bebido mucho. Desde el caballo se dirige a mí y me dice que me entienda con no recuerdo ya quién, para asuntos de publicidad sobre el nuevo estado de cosas. Yo salgo y prosigo mis preparativos de partida; escribo una carta al nuevo presidente manifestándole que un asunto particular de especialísima urgencia me obliga a irme inmediatamente a Guatemala; que volveré a los pocos días a ponerme a sus órdenes. Y me dirigí al puerto de la Libertad. En el hotel estaba, cuando el comandante del puerto apareció y me dijo que de orden superior me estaba prohibida la salida del país. Entonces empecé por telégrafo una campaña activísima. Me dirigí a varios amigos, rogándoles se interesasen con Ezeta, y hasta recurrí a la buena voluntad masónica de mi antiguo amigo el doctor Rafael Reyes, íntimo amigo del improvisado presidente.
El vapor estaba para zarpar, cuando por influencia de Reyes, el comandante recibía orden de dejar que me embarcase; pero junto conmigo iba ya persona que observase y que procurase conocer el fondo de mis impresiones y sentimientos sobre los sucesos acontecidos. Era un señor Mendiola Boza, cubano de origen. Natural que yo me manifesté ezetista convencido, y el hombre lo creyó o no lo creyó; pero cumplió con su misión.
XX
Al llegar a Guatemala supe que la guerra estaba por estallar entre este país y El Salvador. Menéndez había mantenido las mejores relaciones con el presidente guatemalteco Barillas, y éste tenía sus razones para creer que Ezeta le sería contrario, y aprovechara para prestigiarse de la antipatía tradicional entre salvadoreños y guatemaltecos. No bien hube llegado al hotel, cuando un oficial se presentó a decirme que el presidente general Barillas me esperaba inmediatamente. La capital estaba conmovida y se hablaba de la seguridad de la guerra. Me dirigí a la casa presidencial, acompañado del oficial que había ido a buscarme. Penetré entre los numerosos soldados de la guardia de honor y se me hizo pasar a un salón. Al llegar, vi que el presidente estaba rodeado de muchos notables de la ciudad. Se hallaba agitadísimo, y cuando yo entré pronunciaba estas palabras:--«Porque, señores, el que quiera comer pescado que se moje el...» Yo me senté tímidamente en una silla, fuera del círculo, pero el presidente me miró y me preguntó:--«¿Es usted el señor Rubén Darío?»--«Sí, señor», le contesté. Me hizo entonces avanzar y me señaló un asiento cercano a él--. «Vamos a ver, me dijo, ¿es usted también de los que andan diciendo que el general Menéndez no ha sido asesinado?»--«Señor presidente, le contesté, yo acabo de llegar, no he hablado aún con nadie, pero puedo asegurarle que el presidente Menéndez no ha sido asesinado». En los ojos de Barillas brilló la cólera--. «¿Y no sabe usted que tengo en la Penitenciaría a muchos propaladores de esa falsa noticia?»--«Señor, insistí, esa noticia no es falsa. El general Menéndez ha muerto de un ataque cardíaco al parecer; pero si no ha sido asesinado con bala o con puñal, le ha dado muerte la ingratitud, la infamia del general Ezeta, que ha cometido, se puede decir, un verdadero parricidio». Y me extendí sobre el particular. El presidente me escuchó sin inmutarse. «Está bien», me dijo, cuando hube concluído. «Vaya en seguida y escriba eso. Que aparezca mañana mismo. Y véase con el ministro de Relaciones Exteriores y con el ministro de Hacienda.» Me fuí rápidamente a mi hotel y escribí la narración de los sucesos del 22 de Junio, con el título de «Historia negra», que en ocasión oportuna reprodujo _La Nación_ de Buenos Aires.
Mi escrito causó gran impresión, y supe después que Carlos Ezeta, así como su hermano Antonio, aseguraban que si alguna vez caía en sus manos no saldría vivo de ellas.--«Y pensar, decía algún tiempo más tarde el presidente Ezeta al ministro de España, don Julio de Arellano y Arróspide, después Marqués de Casa Arellano y cuya esposa fuera madrina de mi hijo, en San José de Costa Rica--¡y pensar que yo hubiera hecho rico a Rubén si no comete el disparate de ponerse en contra mía!» La verdad es que yo estaba satisfecho de mi conducta, pues Menéndez había sido mi benefactor, y sentía repugnancia de adherirme al circulo de los traidores. ¡Será ello quizás un poco romántico y poco práctico; pero qué le vamos a hacer!
XXI
De mi entrevista con el ministro de Relaciones Exteriores y con el de Hacienda resultó que por disposición presidencial se me hizo, como en San Salvador, director y propietario de un diario de carácter semioficial. A los pocos días, salía el primer número de _El Correo de la tarde_.
Era el general Barilas un presidente voluntarioso y tiránico, como han sido casi todos los presidentes de la América Central. Se apoyaba desde luego en la fuerza militar, pero tenía cierta cultura y excelentes rasgos de generosidad y de rectitud. Uno de sus ministros era Ramón Salazar, literato notable, de educación alemana. La guerra se inició, pero concluyó felizmente al poco tiempo. El poder de los Ezetas se afianzó en San Salvador por el terror. En cuanto a mí, hice del diario semi-oficial una especie de cotidiana revista literaria. Frecuentaba a D. Valero Pujol, uno de los españoles de mayor valor intelectual que hayan venido a América y cuyo nombre, no sé por qué, quizás por el rincón centroamericano en que se metiera, no ha brillado como merece. Viejo republicano, amigo de Salmerón y de Pí y Margall, creo que fué, durante la república, gobernador de Zaragoza. En Guatemala era y es todavía el Maestro. Ha publicado valiosos libros de historia y tres generaciones le deben su luces. Era director de la Biblioteca Nacional el poeta cubano José Joaquín Palma, hombre exquisito y trovador zorrillesco. Es aquel autor de cierta poesía que se encontró entre los papeles de Olegario Andrade y que se publicó como suya, averiguándose después que era de Palma.
Tenía varios colaboradores literarios para mi periódico, entre los cuales un jovencito de ojos brillantes y cara sensual, dorada de sol de trópico, que hizo entonces sus primeras armas. Se llamaba Enrique Gómez Carrillo. Otro joven, José Tible Machado, que escribía páginas a lo Bourget, el Bourget bueno de entonces, y que después sería un conocido diplomático y actualmente redactor de _Le Gaulois_ de París, y otros.
Hice lo que pude de vida social e intelectual, pero ya era tiempo de que viniese mi mujer y acabásemos de casarnos. Y así, siete meses después de mi llegada, se celebró mi matrimonio religioso, siendo uno de mis padrinos el doctor Fernando Cruz, que falleció después de ministro en París.
XXII
En casa de Pujol intimé con un gran tipo, muy de aquellas tierras. Era el general Cayetano Sánchez, sostenedor del presidente Barillas, militar temerario, joven aficionado a los alcoholes, y a quien todo era permitido por su dominio y simpatía en el elemento bélico. Recuerdo una escena inolvidable. Una noche de luna habíamos sido invitados varios amigos, entre ellos mi antiguo profesor, el polaco D. José Leonard, y el poeta Palma, a una cena en el castillo de San José. Nos fueron servidos platos criollos, especialmente, uno llamado «chojín», sabroso plato, que por cierto, nos fué preparado por el hoy general Toledo, aspirante a la presidencia de la República. Sabroso plato, en verdad, ácido, picante, cuya base es el rábano. Los vinos abundaron como era de costumbre, y después se pasó al café y al coñac, del cual se bebieron copas innumerables. Todos estábamos más que alegres, pero al general Sánchez se le notaba muy exaltado en su alegría, y como nos paseásemos sobre las fortificaciones, viendo de frente a la luz de la luna las lejanas torres de la Catedral, tuvo una idea de todos los diablos. «A ver, dijo, ¿quién manda esta pieza de artillería?» y señaló un enorme cañón. Se presentó el oficial, y entonces Cayetano, como le llamábamos familiarmente, nos dijo: «Vean ustedes que lindo blanco. Vamos a echar abajo una de las torres de la Catedral. Y ordenó que preparasen el tiro. Los soldados obedecieron como autómatas; y como el general Sánchez era absolutamente capaz de todo, comprendimos que el momento era grave. Al poeta Palma se le ocurrió una idea excelente.--«Bien, Cayetano, le dijo: pero antes vamos a improvisar unos versos sobre el asunto. Haz que traigan más coñac». Todos comprendimos, y heroicamente nos fuimos ingurgitando sendos vasos de alcohol. Palma servía copiosas dosis al general Sánchez. El y yo recitábamos versos, y cuando la botella se había acabado, el general estaba ya dormido. Así se libró Guatemala de ser despertada a media noche a cañonazos de buen humor. Cayetano Sánchez, poco tiempo después, tuvo un triste y trágico fin.
Por entonces aconteció un hecho que tuvo por muchos días suspensa la atención pública. El hijo de uno de los más íntegros y respetados magistrados de la capital tenía amores con una dama, casada con un extranjero. Como el marido oyese ruido una noche, se levantó y se dirigió al comedor, en donde estaba oculto el amante de su mujer. Este se arrojó sobre el pobre hombre y lo mató encarnizadamente con un puñal. La posición del joven, y sobre todo la del padre, aumentaban lo trágico del crimen. El asesino estuvo preso por algún tiempo, y luego creo que le fué facilitada la fuga. Años después, reducido a la pobreza, se le encontró cosido a puñaladas en el banco de un paseo, en una ciudad de los Estados Unidos, según se me ha contado.
XXIII
No puedo rememorar por cuál motivo dejó de publicarse mi diario, y tuve que partir a establecerme en Costa Rica. En San José pasé una vida grata, aunque de lucha. La madre de mi esposa era de origen costarriqueño y tenía allí alguna familia. San José es una ciudad encantadora entre las de la América Central. Sus mujeres son las más lindas de todas las de las cinco repúblicas. Su sociedad una de las más europeizadas y norteamericanizadas. Colaboré en varios periódicos, uno de ellos dirigido por el poeta Pío Víquez, otro por el cojo Quiroz, hombre temible en política, chispeante y popular; intimé allí con el ministro español Arellano, y cuando nació mi primogénito, como he referido, su esposa, Margarita Foxá, fué la madrina.
Un día vi salir de un hotel, acompañado de una mujer muy blanca y de cuerpo fino, española, a un gran negro elegante. Era Antonio Maceo. Iba con él otro negro, llamado Bembeta, famoso también en la guerra cubana.
Tuve amigos buenos como el hoy general Lesmes Jiménez, cuya familia era uno de los más fuertes sostenes de la política católica. Conocí en el Club principal de San José a personas como Rafael Iglesias, verboso, vibrante, decidido; Ricardo Jiménez y Cleto González Víquez, pertenecientes a lo que llamaremos nobleza costarriqueña, letrados doctos, hombres gentiles, intachables caballeros, ambos verdaderos intelectuales. Todos después han sido presidentes de la República. Conocí allí también a Tomás Regalado, manco como D. Ramón del Valle Inclán, pero maravilloso tirador de revólver con el brazo que le quedaba; hombre generoso, aunque desorbitado cuando le poseía el demonio de las botellas, y que fué años más tarde presidente también, de la República de El Salvador. Sobre el general Regalado cuéntanse anécdotas interesantes que llenarían un libro.
Después del nacimiento de mi hijo la vida se me hizo bastante difícil en Costa Rica y partí solo, de retorno a Guatemala, para ver si encontraba allí manera de arreglarme una situación. En ello estaba, cuando recibí por telégrafo la noticia de que el gobierno de Nicaragua, a la sazón presidido por el doctor Roberto Sacasa, me había nombrado miembro de la delegación que enviaba Nicaragua a España con motivo de las fiestas del centenario de Colón. No había tiempo para nada; era preciso partir inmediatamente. Así es que escribí a mi mujer y me embarqué a juntarme con mi compañero de delegación, D. Fulgencio Mayorca, en Panamá. En el puerto de Colón tomamos pasaje en un vapor español de la compañía Trasatlántica, si mal no recuerdo el _León XIII_; y salimos con rumbo a Santander.
Se me pierden en la memoria los incidentes de a bordo; pero sí tengo presente que iban unas señoras primas del escritor francés Edmond About; que iba también el delegado por el Ecuador, don Leonidas Pallarés, artista, poeta de discreción y amigo excelente; uno de los delegados de Colombia, Isaac Arias Argaez, llamado el _chato_ Arias, bogotano delicioso, ocurrente, buen narrador de anécdotas y cantador de pasillos, y que, nombrado cónsul en Málaga se quedó allí, hasta hoy, y es el hombre más popular y más querido en aquella encantadora ciudad andaluza.
En Cuba se embarcó Texifonte Gallego, que había sido secretario de ya no recuerdo qué Capitán General. Texifonte, buen parlante, de grandes dotes para la vida, hizo carrera. ¡Ya lo creo que hizo carrera! Hacíamos la travesía lo más gratamente posible, con cuantas ocurrencias imaginábamos y al amor de los espirituosos vinos de España. Nos ocurrió un curioso incidente. Estábamos en pleno Océano, una mañanita, y el sirviente de mi camarote llegó a despertarme:--«Señorito, si quiere usted ver un naúfrago que hemos encontrado, levántese pronto». Me levanté. La cubierta estaba llena de gente, y todos miraban a un punto lejano donde se veía una embarcación y en ella un hombre de pie. El momento era emocionante. El vapor se fué acercando poco a poco para recoger al probable naúfrago, cuando de pronto, y ya el sol salido, se oyó que aquel hombre, con una gran voz, preguntó en inglés:--«¿En qué latitud y longitud estamos?». El capitán le contestó también en inglés, dándole los datos que pedía, y le preguntó quién era y qué había pasado.--«Soy, le dijo, el capitán Andrews, de los Estados Unidos, y voy por cuenta de la casa del jabón Sapolio, siguiendo en este barquichuelo el itinerario de Cristóbal Colón al revés. Hágame el favor de avisar cuando lleguen a España al cónsul de los Estados Unidos que me han encontrado aquí».--«¿Necesita usted algo?», le dijo el capitán de nuestro vapor. Por toda contestación, el yankee sacó del interior del barquichuelo dos latas de conservas que tiró sobre la cubierta del _León XIII_, puso su vela y se despidió de nosotros. Algunos días después de nuestra llegada a España, Mr. Andrews arribaba al puerto de Palos, en donde era recibido en triunfo. Luego, buen yankee, exhibió su barca, cobrando la entrada, y se juntó bastantes pesetas.
XXIV