Autobiografía Obras Completas Vol. XV

Part 3

Chapter 33,951 wordsPublic domain

En ese tiempo vino la guerra que por la unión de las cinco repúblicas de Centro América declarara el presidente de Guatemala, Rufino Barrios. En Nicaragua había subido al poder, después de Zabala, el doctor Cárdenas. Y anduve entre proclamas, discursos y fusilerías. Vino un gran terremoto. Estando yo de visita en una casa, oí un gran ruido y sentí palpitar la tierra bajo mis pies; instintivamente tomé en brazos a una niñita que estaba cerca de mí, hija del dueño de casa, y salí a la calle; segundos después la pared caía sobre el lugar en que estábamos. Retumbaba el enorme volcán huguesco, llovía cenizas. Se obscureció el sol, de modo que a las dos de la tarde se andaba por las calles con linternas. Las gentes rezaban, había un temor y una impresión medioevales. Así me fuí al puerto como entre una bruma. Tomé el vapor, un vapor alemán de la compañía _Kosmos_, que se llamaba Uarda. Entré a mi camarote, me dormí. Era yo el único pasajero. Desperté horas después y fuí sobre cubierta. A lo lejos quedaban las costas de mi tierra. Se veía sobre el país una nube negra. Me entró una gran tristeza. Quise comunicarme con las gentes de a bordo, con mi precario inglés, y no pude hacerme entender. Así empezaron largos días de navegación entre alemanes que no hablaban más lengua que la suya. El capitán me tomó cariño, me obsequiaba en la comida con buenos vinos del Rhin, cervezas teutónicas y refinados alcoholes. Y por el juego del dominó aprendí a contar en alemán: eins, zwei, drei, vier, fünf... Visité todos los puertos del Pacífico, entre los cuales aquellos donde no hay árboles, ni agua, y los hoteleros, para distracción de sus huéspedes, tienen en tablas, que colocan como biombos, pintados árboles verdes y aun llenos de flores y frutas.

XIV

Por fin, el vapor llega a Valparaíso. Compro un periódico. Veo que ha muerto Vicuña Mackenna. En veinte minutos, antes de desembarcar, escribo un artículo. Desembarco. La misma cosa que en el Salvador: ¿qué hotel? El mejor.

No fué el mejor, sino un hotel de segunda clase en donde se hospedaba un pianista francés llamado el capitán Yoyer. Hice buscar a Eduardo Poirier, y al poco rato este hombre generoso, correcto y eficaz estaba conmigo, dándome la ilusión de un Chile espléndido y realizable para mis aspiraciones. “El Mercurio”, de Valparaíso, publicó mi artículo sobre Vicuña Mackenna y me lo pagó largamente. Poirier fué entonces, después y siempre, como un hermano mío. Pero había que ir inmediatamente a Santiago, a la capital. Poirier me pidió la carta que traía yo para aquel personaje eminente en la ciudad directiva y la envió al destinatario.

Mi artículo en «El Mercurio», mi renombre anterior... Contestó aquel personaje que tenía en el Hotel de France ya listas las habitaciones para el señor Darío y que me esperaría en la estación. Tomé el tren para Santiago.

Por el camino no fueron sino rápidas visiones para ojos de poeta, y he aquí la capital chilena.

Ruido de tren que llega, agitación de familias, abrazos y salutaciones, mozos, empleados de hotel, todo el trajín de una estación metropolitana. Pero a todo esto las gentes se van, los coches de los hoteles se llenan y desfilan y la estación va quedando desierta. Mi valijita y yo quedamos a un lado, y ya no había nadie casi en aquel largo recinto, cuando diviso dos cosas: un carruaje espléndido con dos soberbios caballos, cochero estirado y _valet_, y un señor todo envuelto en pieles, tipo de financiero o de diplomático, que andaba por la estación buscando algo. Yo, a mi vez, buscaba. De pronto, como ya no había nada que buscar, nos dirigimos el personaje a mí y yo al personaje. Con un tono entre dudoso, asombrado y despectivo me preguntó:--¿«Sería usted acaso el señor Rubén Darío?». Con un tono entre asombrado, miedoso y esperanzado pregunté:--«¿Sería usted acaso el señor C. A.»? Entonces vi desplomarse toda una Jericó de ilusiones. Me envolvió en una mirada. En aquella mirada abarcaba mi pobre cuerpo de muchacho flaco, mi cabellera larga, mis ojeras, mi jacquecito de Nicaragua, unos pantaloncitos estrechos que yo creía elegantísimos, mis problemáticos zapatos, y sobre todo mi valija. Una valija indescriptible actualmente, en donde, por no sé qué prodigio de comprensión, cabían dos o tres camisas, otro pantalón, otras cuantas cosas de indumentaria, muy pocas, y una cantidad inimaginable de rollos de papel, periódicos, que luchaban apretados por caber en aquel reducidísimo espacio. El personaje miró hacia su coche. Había allí un secretario. Lo llamó. Se dirigió a mí.--«Tengo--me dijo--mucho placer en conocerle. Le había hecho preparar habitación en un hotel de que le hablé a su amigo Poirier. No le conviene».

Y en un instante aquella equivocación tomó ante mí el aspecto de la fatalidad y ya no existía, por los justos y tristes detalles de la vida práctica, la ilusión que aquel político opulento tenía respecto al poeta que llegaba de Centro América. Y no había, en resumidas cuentas, más que el inexperto adolescente que se encontraba allí a caza de sueños y sintiendo los rumores de las abejas de esperanza que se prendían a su larga cabellera.

XV

Por recomendación de aquel distinguido caballero entré inmediatamente en la redacción de «La Época», que dirigía el señor Eduardo Mac-Clure, y desde ese momento me incorporé a la joven intelectualidad de Santiago. Se puede decir que la «élite» juvenil santiaguina se reunía en aquella redacción, por donde pasaban graves y directivos personajes. Allí conocí a D. Pedro Montt; a D. Agustín Edwards, cuñado del director del diario; a D. Augusto Orrego Luco; al doctor Federico Puga Borne, actual ministro de Chile en Francia, y a tantos otros que pertenecían a la alta política de entonces.

La falange nueva la componía un grupo de muchachos brillantes que han tenido figuración, y algunos la tienen, no solamente en las letras, sino también en puesto de gobierno. Eran habituales a nuestras reuniones Luis Orrego Luco; el hijo del presidente de la República, Pedro Balmaceda; Manuel Rodríguez Mendoza; Jorge Huneeis Gana; su hermano Roberto; Alfredo y Galo Irarrázabal; Narciso Tondreau; el pobre Alberto Blest, ido tan pronto; Carlos Luis Hübner y otros que animaban nuestros entusiasmos con la autoridad que ya tenían; por ejemplo: el sutil ingenio de Vicente Grez o la romántica y caballeresca figura de Pedro Nolasco Préndez.

Luis Orrego Luco hacía presentir ya al escritor de emoción e imaginación que había de triunfar con el tiempo en la novela. Rodríguez Mendoza era entendedor de artísticas disciplinas y escritor político que fué muy apreciado. A él dediqué mi colección de poesías «Abrojos». Jorge Huneeis Gana se apasionaba por lo clásico. Hoy mismo, que la diplomacia le ha atraído por completo, no olvida sus ganados lauros de prosista y publica libros serios, correctos e interesantes. Su hermano Roberto era un poeta sutil y delicado; hoy ocupa una alta posición en Santiago. Galo Irarrázabal murió, no hace mucho tiempo, de diplomático, y su hermano Alfredo, que en aquella época tenía el cetro sonoro de la poesía alegre y satírica, es ahora ministro plenipotenciario en el Japón. Tondreau hacía versos gallardos y traducía a Horacio. Ha sido intendente de una provincia. Todos los demás han desaparecido; muy recientemente el cordial y perspicaz Hübner.

Mac-Clure solía aparecer a avivar nuestras discusiones con su rostro sonriente y su inseparable habano. Era lo que en España se llama un hidalgo y en Inglaterra un «gentleman».

La impresión que guardo de Santiago, en aquel tiempo, se reduciría a lo siguiente: vivir de arenques y cerveza en una casa alemana para poder vestirme elegantemente, como correspondía a mis amistades aristocráticas. Terror del cólera que se presentó en la capital. Tardes maravillosas en el cerro de Santa Lucía. Crepúsculos inolvidables en el lago del parque Cousiño. Horas nocturnas con Alfredo Irarrázabal, con Luis Orrego Luco o en el silencio del Palacio de la Moneda, en compañía de Pedro Balmaceda y del joven conde Fabio Sanminatelli, hijo del ministro de Italia.

Debo contar que una tarde, en un «lunch», que allí llaman hacer «once», conocí al presidente Balmaceda. Después debía tratarle más detenidamente en Viña del Mar. Fuí invitado a almorzar por él. Me colocó a su derecha, lo cual, para aquel hombre lleno de justo orgullo, era la suprema distinción. Era un almuerzo familiar. Asistía el canónigo doctor Florencio Fontecilla, que fué más tarde obispo de La Serena y el general Orozimbo Barboza, a la sazón ministro de la Guerra.

Era Balmaceda, a mi entender, el tipo del romántico-político y selló con su fin su historia. Era alto, garboso, de ojos vivaces, cabellera espesa, gesto señorial, palabra insinuante--al mismo tiempo autoritaria y melíflua. Había nacido para príncipe y para actor. Fué el rey de un instante, de su patria; y concluyó como un héroe de Shakespeare. ¿Qué más recuerdos de Santiago que me sean intelectualmente simpáticos?: La capa de D. Diego Barros Arana; la tradicional figura de los Amunátegui; D. Luis Montt en su biblioteca.

Voy a referir algo que se relaciona con mi actuación en la redacción de _La Epoca_. Una noche apareció nuestro director en la tertulia y nos dijo lo siguiente:

«Vamos a dedicar un número a Campoamor, que nos acaba de enviar una colaboración. Doscientos pesos al que escriba la mejor cosa sobre Campoamor». Todos nos pusimos a la obra. Hubo notas muy lindas; pero por suerte, o por concentración de pensamiento, ninguna de las poesías resumía la personalidad del gran poeta como esta décima mía:

«Este del cabello cano como la piel del armiño, juntó su candor de niño con su experiencia de anciano. Cuando se tiene en la mano un libro de tal varón, abeja es cada expresión, que volando del papel deja en los labios la miel y pica en el corazón».

Debo confesar, sin vanidad ninguna, que todos los compañeros aprobaron la disposición del director que me adjudicaba el ofrecido premio.

Y ahora quiero evocar al triste, malogrado y prodigioso Pedro Balmaceda. No ha tenido Chile poeta más poeta que él. A nadie se le podría aplicar mejor el adjetivo de Hamlet: «Dulce príncipe». Tenía una cabeza apolínea, sobre un cuerpo deforme. Su palabra era insinuante, conquistadora, áurea. Se veía también en él la nobleza que le venía por linaje. Se diría que su juventud estaba llena de experiencia. Para sus pocos años tenía una sapiente erudición. Poseía idiomas. Sin haber ido a Europa sabía detalles de bibliotecas y museos. ¿Quién escribía en ese tiempo sobre arte, sino él? ¿Y, quién daba en ese instante una vibración de novedad de estilo como él? Estoy seguro de que todos mis compañeros de aquel entonces acuerdan conmigo la palma de la prosa a nuestro Pedro, lamentado y querido.

Y, ¿cómo no evocar ahora que él fué quien publicara mi libro «Abrojos», respecto al cual escribiera una página artística y cordial?

XVI

Por Pedro pasé a Valparaíso, en donde--¡anomalía!--iba a ocupar un puesto en la Aduana.

Valparaíso, para mí, fué ciudad de alegría y de tristeza, de comedia y de drama y hasta de aventuras extraordinarias. Estas quedarán para después.

Pero no dejaré de narrar mi permanencia y mi salida de la redacción de _El Heraldo_. Lo dirigía a la sazón Enrique Valdés Vergara. Era un diario completamente comercial y político. Había sido yo nombrado redactor por influencia de don Eduardo de la Barra, noble poeta y excelente amigo mío. Debo agregar para esto la amistad de un hombre muy querido y muy desgraciado en Chile: Carlos Toribio Robinet.

Se me encargó una crónica semanal. Escribí la primera sobre _sports_. A la cuarta me llamó el director y me dijo: «Usted escribe muy bien... Nuestro periódico necesita otra cosa... Así es que le ruego no pertenecer más a nuestra redacción...» Y, por escribir muy bien, me quedé sin puesto.

¡Que no olvide yo estos tres nombres protectores: Poirier, Galleguillos Lorca y Sotomayor!

Mi vida en Valparaíso se concentra en ya improbables o ya hondos amoríos; en vagares a la orilla del mar, sobre todo por Playa Ancha; invitaciones a bordo de los barcos, por marinos amigos y literarios; horas nocturnas, ensueños matinales, y lo que era entonces mi vibrante y ansiosa juventud.

Por circunstancias especiales e inquerida bohemia, llegaron para mí momentos de tristeza y escasez. No había sino partir. Partir gracias a don Eduardo de la Barra, Carlos Toribio Robinet, Eduardo Poirier y otros amigos.

Antes de embarcar a Nicaragua aconteció que yo tuviese la honra de conocer al gran chileno D. José Victorino Lastarria. Y fué de esta manera: Yo tenía, desde hacía mucho tiempo, como una viva aspiración el ser corresponsal de _La Nación_ de Buenos Aires. He de manifestar que es en ese periódico donde comprendí a mi manera el manejo del estilo y que en ese momento fueron mis maestros de prosa dos hombres muy diferentes: Paul Groussac y Santiago Estrada, además de José Martí. Seguramente en uno y otro existía espíritu de Francia. Pero de un modo decidido, Groussac fué para mí el verdadero conductor intelectual.

Me dijo D. Eduardo de la Barra: Vamos a ver a mi suegro, que es íntimo amigo del general Mitre, y estoy seguro de que él tendrá un gran placer en darle una carta de recomendación para que logremos nuestro objeto, y también estoy seguro de que el general Mitre aceptará inmediatamente la recomendación. En efecto, a vuelta de correo, venía la carta del general, con palabras generosas para mí, y diciéndome que se me autorizaba para pertenecer desde ese momento a _La Nación_.

Quiso, pues, mi buena suerte que fuesen un Lastarria y un Mitre quienes iniciasen mi colaboración en ese gran diario.

Estaba Lastarria sentado en una silla Voltaire. No podía moverse por su enfermedad. Era venerable su ancianidad ilustre. Fluía de él autoridad y majestad.

Había mucha gloria chilena en aquel prócer. Gran bondad emanaba de su virtud y nunca he sentido en América como entonces la majestad de una presencia sino cuando conocí al general Mitre en la Argentina y al doctor Rafael Núñez en Colombia.

Con mi cargo de corresponsal de _La Nación_ me fuí para mi tierra, no sin haber escrito mi primera correspondencia fechada el 3 de Febrero de 1889, sobre la llegada del crucero brasileño _Almirante Barroso_ a Valparaíso, a cuyo bordo iba un príncipe, nieto de D. Pedro.

En todo este viaje no recuerdo ningún incidente, sino la visión de la «débâcle» de Panamá: Carros cargados de negros africanos que aullaban porque, según creo, no se les habían pagado sus emolumentos. Y aquellos hombres desnudos y con los brazos al cielo, pedían justicia.

XVII

Al llegar a este punto de mis recuerdos, advierto que bien puedo equivocarme, de cuando en cuando, en asuntos de fecha, y anteponer o posponer la prosecución de sucesos. No importa. Quizás ponga algo que aconteció después en momentos que no le corresponde y viceversa. Es fácil, puesto que no cuento con más guía que el esfuerzo de mi memoria. Así, por ejemplo, pienso en algo importante que olvidé cuando he tratado de mi primera permanencia en San Salvador.

Un día, en momentos en que estaba pasando horas tristes, sin apoyo de ninguna clase, viviendo a veces en casa de amigos y sufriendo lo indecible, me sentí mal en la calle. En la ciudad había una epidemia terrible de viruela. Yo creí que lo que me pasaba sería un malestar causado por el desvelo, pero resultó que desgraciadamente era el temido morbo. Me condujeron a un hospital con el comienzo de la fiebre. Pero en el hospital protestaron, puesto que no era aquello un lazareto; y entonces, unos amigos, entre los cuales recuerdo el nombre de Alejandro Salinas, que fué el más eficaz, me llevaron a una población cercana, de clima más benigno, que se llamaba Santa Tecla. Allí se me aisló en una habitación especial y fuí atendido, verdaderamente, como si hubiese sido un miembro de su familia, por unas señoritas de apellido Cáceres Buitrago. Me cuidaron, como he dicho, con cariño y solicitud, y sin temor al contagio de la peste espantosa. Yo perdí el conocimiento, viví algún tiempo en el delirio de la fiebre, sufrí todo lo cruento de los dolores y de las molestias de la enfermedad; pero fuí tan bien servido, que no quedaron en mí, una vez que se había triunfado del mal, las feas cicatrices que señalan el paso de la viruela.

En lo referente a mi permanencia en Chile, olvidé también un episodio que juzgo bastante interesante. Cuando habitaba en Valparaíso, tuve la protección de un hombre excelente y de origen humilde: el doctor Galleguillos Lorca, muy popular y muy mezclado entonces en política, siendo una especie de «leader» entre los obreros. Era médico homeópata. Había comenzado de minero, trabajando como un peón; pero dotado de singulares energías, resistentes y de buen humor, logró instruirse relativamente y llegó a ser lo que era cuando yo le conocí. Llegaban a su consultorio tipos raros, a quienes daba muchas veces no sólo las medicinas, sino también dinero. La hampa de Valparaíso tenía en él a su galeno. Le gustaba tocar la guitarra, cantar romances, e invitaba a sus visitantes, casi siempre gente obrera, a tomar unos «ponches» compuestos de agua, azúcar y aguardiente, el aguardiente que llamaban en Chile «guachacay». Era ateo y excelente sujeto. Tenía un hijo a quien inculcaba sus ideas en discursos burlones, de un volterianismo ingenuo y un poco rudo. El resultado fué que el pobre muchacho, según supe después, a los veintitantos años se pegó un tiro.

Una ocasión me dijo el doctor Galleguillos: «¿Quiere usted acompañarme esta noche a una visita que tengo que hacer por los cerros?». Los cerros de Valparaíso tenían fama de peligrosos en horas nocturnas, mas yendo con el doctor Galleguillos me creía salvo de cualquier ataque y acepté su invitación. Tomó él su pequeño botiquín y partimos. La noche era obscura, y cuando estuvimos a la entrada de la estribación de la serranía, el comienzo era bastante difícil, lleno de barrancos y hondonadas. Llegaba a nuestros oídos, de cuando en cuando, algún tiro más o menos lejano. Al entrar a cierto punto, un farolito surgió detrás de unas piedras. El doctor silbó de un modo especial, y el hombre que llevaba el farolito se adelantó a nosotros.--«¿Están los muchachos?--preguntó Galleguillos.--«Sí, señor», contestó el rotito. Y sirviéndonos de guía, comenzó a caminar y nosotros tras él. Anduvimos largo rato, hasta llegar a una especie de choza o casa, en donde entramos. Al llegar hubo una especie de murmullo entre un grupo de hombres que causaron en mí vivas inquietudes. Todos ellos tenían traza de facinerosos, y en efecto lo eran. Más o menos asesinos, más o menos ladrones, pues pertenecían a la mala vida. Al verme me miraron con hostiles ojos, pero el doctor les dijo algunas palabras y ello calmó la agitación de aquella gente desconfiada. Había una especie de cantina, o de boliche, en que se amontonaban unas cuantas botellas de diferentes licores. Estaban bebiendo, según la costumbre popular, un «ponche» matador, en un vaso enorme que se denomina «potrillo» y que pasa de mano en mano y de boca en boca. Uno de los mal entrazados me invitó a beber; yo rehusé con asco instintivo; y se produjo un movimiento de protesta furiosa entre los asistentes.--«Beba pronto, me dijo por lo bajo el doctor Galleguillos, y déjese de historias». Yo comprendí lo peligroso de la situación y me apresuré a probar aquel ponche infernal. Con esto satisfice a los rotos. Luego llamaron al doctor y pasamos a un cuarto interior. En una cama, y rodeado de algunas mujeres, se encontraba un hombre herido. El doctor habló con él, le examinó y le dejó unas cuantas medicinas de su botiquín. Luego salimos, acompañados entonces de otros rotos que insistieron en custodiarnos, porque, según decían, había sus peligros esa noche. Así, entre las tinieblas, apenas alumbrados por un farolito, entramos de nuevo a la ciudad. Era ya un poco tarde y el doctor me invitó a cenar.--«Iremos--dijo--, a un lugar curioso, para que lo conozca.» En efecto, por calles extraviadas, llegamos a no recuerdo ya qué casa, tocó mi amigo una puerta que se entreabrió y penetramos. En el interior había una especie de «restaurant», en donde cenaban personas de diversas cataduras. Ninguna de ellas con aspecto de gente pacífica y honesta. El doctor llamó al dueño del establecimiento y me presentó.--«Pasen adentro», nos dijo éste. Seguimos más al fondo de la casa, no sin cruzar por un patio húmedo y lleno de hierba. «Aquí hay enterrados muchos», me dijo en voz baja el médico. En otro comedor se nos sirvió de cenar y yo oía las voces que en un cuarto cerrado daban de cuando en cuando algunos individuos. Aquello era una timba del peor carácter. Casi de madrugada salimos de allí y la aventura me impresionó de modo que no la he olvidado. Así no podía menos de contarla esta vez.

XVIII

Y ahora, continuaré el hilo de mi interrumpida narración. Me encuentro de vuelta de Chile, en la ciudad de León, de Nicaragua.

Estoy de nuevo en la casa de mis primeros años. Otros devaneos han ocupado mi corazón y mi cabeza. Hay un apasionamiento súbito por cierta bella persona que me hace sufrir con la sabida felinidad femenina, y hay una amiga inteligente, graciosa, aficionada a la literatura, que hace lo posible por ayudarme en mi amorosa empresa; y lo hace de tal manera que cuando, por fin, he perdido mi última esperanza con la otra, entregada desdichadamente a un rival más feliz, me encuentro enloquecido por mi intercesora. Esta inesperada revolución amorosa se prolonga en la ciudad de Chinandega, en donde, ¡desventurado de mí! iba a casarse el ídolo de mis recientes anhelos. Y allí nuevas complicaciones sentimentales me aguardaban, con otra joven, casi una niña; y quién sabe en qué hubiera parado todo eso, si por segunda vez amigos míos, entre ellos el coronel Ortiz, hoy general, y que ha sido vicepresidente de la República, no me facturan apresuradamente para El Salvador. Lo que provocó tal medida fué que una fiesta dada por el novio de aquella a quien yo adoraba, y a la cual no sé por qué ni cómo, fuí invitado, con el aguijón de los excitantes del diablo, y a pedido de no sé quién, empecé a improvisar versos, pero versos en los cuales decía horrores del novio, de la familia de la novia, ¡qué sé yo de quién más! Y fuí sacado de allí más que de prisa. Una vez llegado a la capital salvadoreña busqué algunas de mis antiguas amistades, y una de ellas me presentó al general Francisco Menéndez, entonces presidente de la República. Era éste, al par que militar de mérito, conocido agricultor y hombre probo. Era uno de los más fervientes partidarios de la Unión centroamericana, y hubiera hecho seguramente el sacrificio de su alto puesto por ver realizado el ideal unionista que fuera sostenido por Morazán, Cabañas, Jerez, Barrios y tantos otros. En esos días se trataba cabalmente de dar vida a un nuevo movimiento unificador, y es claro que el presidente de El Salvador era uno de los más entusiastas en la obra.

A los pocos días me mandó llamar y me dijo:--«¿Quiere usted hacerse cargo de la dirección de un diario que sostenga los principios de la Unión?».--«Desde luego, señor presidente», le conteste--. «Está bien», me dijo, «daré orden para que en seguida se arregle todo lo necesario». En efecto, no pasó mucho sin que yo estuviera a la cabeza de un diario, órgano de los unionistas centroamericanos y que, naturalmente, se titulaba «La Unión».