Autobiografía Obras Completas Vol. XV

Part 9

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La primera es mi conocimiento con Vargas Vila, el célebre pensador, novelista y panfletista político, que para mí no es sino, juntándolo todo, un único e inconfundible poeta, quizás contra su propia voluntad y autoconocimiento. Vargas Vila, que ha pasado muchos años de su vida en Italia, país que ama sobre todos, se encontró conmigo en Roma. Fuimos íntimos en seguida, después de una mutua presentación, y no siendo él noctámbulo, antes bien persona metódica y arreglada, pasó conmigo toda esa noche, en un cafetín de periodistas, hasta el amanecer; y desde entonces, admirándole yo de todas veras, hemos sido los mejores camaradas en Apolo y en Pan.

La segunda impresión es mi encuentro con Enrique García Velloso, que, aunque siempre lleno de talento, no era todavía el fecundo, rozagante, pimpante y pactolizante autor teatral que hoy conocen las escenas Argentinas y aun las Españolas. Yo le había conocido desde que era un adolescente, en casa de su padre. En la urbe romana tuvimos primero saudades de Buenos Aires, y después nos dimos a la alegría y gozos del vivir. Y tras animados paseos nocturnos, nos fuimos una mañana, en unión del periodista Ettore Mosca, al lugar campestre situado en las orillas del Tíber, que se denomina «Acqua acetosa». Allí, en una rústica _trattoria_, en donde sonreían rosadas tiberinas, nos dieron un desayuno ideal y primitivo: pollos fritos en clásico aceite, queso de égloga, higos y uvas que cantara Virgilio, vinos de oda horaciana. Y las aguas del río, y la viña frondosa que nos servía de techo, vieron naturales consecuentes locuras.

LV

De Roma partí para Nápoles, en donde pasé amistosos momentos en compañía de Vittorio Pica, el célebre crítico de arte, autor de tantas exquisitas monografías y director de _Emporium_, la artística revista de Bergamo. Hice la indispensable visita a Pompeya y retorné a París.

Nunca quise, a pesar de las insinuaciones de Carrillo, relacionarme con los famosos literatos y poetas parisienses. De vista conocía muchos, y aun oí a algunos, en el _Calisaya_ o en el café Napolitain. Al Napolitain iba casi todos los días un grupo de nombres en _vedette_, entre ellos Catulle Mendès y su mujer, el actor Silvain, Ernest Lajeuneuse, Grenet, Dancourt, Georges Courteline, algunas veces Jean Moreas y otros citaredas de menor fama. Catulle Mendès no era ya el hermoso poeta de cabellos dorados, que antaño llamara tanto la atención por sus gallardías y encantos físicos, sino un viejo barrigón, cabeza de nazareno fatigado, todavía con fuertes pretensiones a las conquistas femeninas, las cuales, en efecto, lograba en el mundo de las máscaras, pues era crítico teatral y personaje dominante entre las gentes de tablas y bambalinas. Una que otra vez se aparecía, con su melena negra y sus negros bigotes, el hoy elegido príncipe de los poetas franceses, Paul Fort, y la verdad es que allí no descollaba, pues su influjo principal estaba del otro lado del río, en el país Latino.

LVI

Yo seguí habitando la misma casa de la calle Faubourg Montmartre y cuando regresaba por las madrugadas, solía entrar a cenar a un establecimiento situado en mi vecindad, y que se llamaba _Au filet de Sole_. En uno de esos amaneceres llegué en compañía de un escritor cubano, Eulogio Horta. Estábamos cenando en uno de los extremos del salón del café. Había un nutrido grupo de hombres de aspectos e indumentarias que yo no sabía conocer aún, alemanes en su mayor parte, y franceses. Casi todos ostentaban sendos alfileres y anillos de brillantes y estaban acompañados de unas cuantas hetairas de lujo. Espumeaba con profusión el _cordon rouge_, y al son de los violines de los tziganos, algunas parejas danzaban más que libremente. De pronto entro una joven, casi una niña, de notable belleza; se dirigió a uno de los hombres, rojo, rechoncho, de fosco aspecto, con tipo de carnicero, habló con él algunas palabras... La bofetada fué tan fuerte que resonó por todo el recinto y la pobre muchacha cayó cual larga era... A Eulogio Horta y a mí se nos subió, sobre los vinos, lo hispanoamericano a la cabeza, y nos levantamos en defensa de la que juzgábamos una víctima; pero la cuadrilla de rufianes se alzó como uno solo, amenazante, lanzándonos los más bajos insultos. Y lo peor era que quien nos insultaba más, con la cara ensangrentada, era la moza del bofetón... No nos pasó algo serio porque el gerente del establecimiento, que me conocía desde Buenos Aires, salió a nuestra defensa, habló en alemán con ellos y todo se calmó. Luego vino a nosotros y nos advirtió que nunca se nos ocurriera salir a la defensa de tales _gourgandines_.

Otras cuantas aventuras de este género me acontecieron, pues en esa época yo hacía vida de café, con compañeros de existencia idéntica, y derrochaba mi juventud, sin economizar los medios de ponerla a prueba.

LVII

Había vendido miserablemente varios libros a dos _ghettos_, de la edición que en París han hecho miles y millones con el trabajo mental de escritores españoles e hispanoamericanos, pagados harpagónicamente, y como yo me quejase en aquel entonces, por una de mis obras, se me mostraron las condiciones en que había vendido para la América española una escritora ilustre su _Vida de San Francisco de Asis_.

Don Justo Sierra, el eminente escritor y poeta, que en Méjico era llamado «el Maestro», y que acababa de fallecer en Madrid de ministro de su país, escribió el prólogo para uno de mis volúmenes, «Peregrinaciones». En París tuve la oportunidad de conocer a este hombre preclaro, que en los últimos años de la administración del presidente Porfirio Díaz, ocupó el Ministerio de Instrucción pública.

El gobierno de Nicaragua, que no se había acordado nunca de que yo existía sino cuando las fiestas colombinas, o cuando se preguntó por cable de Managua al ministro de Relaciones Exteriores argentino si era cierta la noticia que había llegado de mi muerte, me nombró cónsul en París.

Y a propósito, por dos veces se ha esparcido por América esa falsa nueva de mi ingreso en la Estigia; y no podré olvidar la poco evangélica necrología que, la primera vez, me dedicara en _La Estrella de Panamá_ un furioso clérigo, y que decía poco más o menos: «Gracias a Dios que ya desapareció esta plaga de la literatura española... Con esta muerte no se pierde absolutamente nada...» Hasta dónde puede llevar el fanatismo y la ignorancia en todo.

LVIII

Me instruí en mis funciones consulares y tenía como canciller a un rubio y calvo mexicano, limpio de espíritu y de corazón, y a quien convencimos, en horas risueñas, algunos hispanoamericanos, de que, dado su tipo completamente igual al de los Hapsburgos y la fecha de su nacimiento, debía de ser hijo del emperador Maximiliano; y el «rico tipo», con poco cariño por su papá y poco respeto por su señora mamá, llegó a aceptar, entre veras y bromas, la posibilidad de su austriaco parentesco...

Entre mis tareas consulares y mi servicio en _La Nación_, pasaba mi existencia parisiense. Era ministro nicaragüense en Francia D. Crisanto Medina, antiguo diplomático de pocas luces, pero de mucho mundo y práctica en los asuntos de su incumbencia. A pesar de nuestras excelentes relaciones, había algo entre ellas que impedían una completa cordialidad. Me refiero a un antiguo drama de familia, relacionado con el asesinato de mi abuelo materno.

D. Crisanto, de quien ha hecho Luis Bonafoux, en una de sus crónicas, bien pimentada _charge_, era un hombre tan feliz y tan ecuánime a su manera, que no tenía la menor idea de la literatura.., Había conocido, desde los tiempos de Thiers, a Víctor Hugo, a Dumas, a otras cuantas celebridades; pero de Víctor Hugo no me contaba sino que en un banquete, en la inauguración del Hôtel de Ville, le libró de un resfriado levantándose de la mesa y yéndose a poner su gabán, a causa de una corriente de aire, cosa que D. Crisanto imitó;... y de Dumas, que una vez, al salir de una reunión, el famoso autor no encontraba su coche, y D. Crisanto le fué a dejar en su casa en el suyo... Al ecuatoriano Juan Montalvo le llamaba «aquel Montalvo que escribía»... Tenía gran admiración por Gómez Carrillo, no porque hubiera leído su obra de escritor, sino porque Carrillo le servía a veces de secretario, y le contestaba las notas con frases pocos usuales, notas que unas veces eran para Nicaragua, otras para Guatemala, porque D. Crisanto había tenido el talento de conseguir la representación, alternativamente y a veces al mismo tiempo, de casi todas las cinco repúblicas centroamericanas. Tible Machado, ministro de Guatemala en Londres y Bruselas, era su pesadilla; y en la conferencia de La Haya... la cosa acabó en un duelo. Una noche, en París, la víspera del encuentro en el terreno, me dijo mi ministro: «Mañana mato a Tible». No lo mató. Cierto es que D. Crisanto había tenido otro duelo célebre, en tiempos casi prehistóricos, con el nombrado colombiano, Torres Caicedo, que sacó su herida de la emergencia.

Contemporáneo de Medina fué el marqués de Rojas, tío de Luis Bonafoux y que había sido diplomático de Guzmán Blanco, con quien tuvo sus polémicas y desagrados. Fué aquel marqués pontificio, a quien traté en su postrimería, muy aficionado a las mujeres y a la buena vida; hombre rico, tuvo una vejez solitaria y murió entre criadas y criados en su _garçonnière_. Esos dos ancianos de que he hablado, y que ha tiempo en paz descansan, eran asiduos al mentidero del Gran Hotel, en donde se reunían españoles e hispanoamericanos a ejercer la parlería y la murmuración nacional y de raza.

LIX

Los ardientes veranos iba yo a pasarlos a Asturias, a Dieppe, y alguna vez a Bretaña. En Dieppe pasé alguna temporada en compañía del notable escritor argentino que ha encontrado su vía en la propaganda del hispanoamericanismo frente al peligro yankee, Manuel Ugarte. En Bretaña pasé con el poeta Ricardo Rojas horas de intelectualidad y de cordialidad en una «villa» llamada _La Pagode_, donde nos hospedaba un conde ocultista y endemoniado, que tenía la cara de Mefistófeles. Ricardo Rojas y yo hemos escrito sobre esos días extraordinarios, sobre nuestra visita al Manoir de Boultous, morada del maestro de las imágenes y príncipe de los tropos, de las analogías y de las armonías verbales, Saint-Pol-Roux, antes llamado el Magnífico.

Entre toda esta última parte de mi narración se mezclan largos días que pertenecen a lo estrictamente privado de mi vida personal.

Emprendí otro viaje por Bélgica, Alemania, Austria-Hungría, Italia, Inglaterra. De todo ello me ocupo en algunos de mis libros con bastantes detalles. Mas no he contado algunos incidentes, por ejemplo, uno en que escapamos en perder la vida mi compañero de viaje, el mexicano Felipe López, y yo. Fué en la ciudad de Budapest, por cierto región encantadora, si las hay. Andábamos recorriendo las calles. Ni López ni yo hablábamos alemán y nos desolábamos, en los restaurants, de no poder entender la lista del «menú», porque los húngaros, en lo general, por odio al austriaco, no quieren emplear al alemán en nada, y así todo está en su lenguaje para nosotros lleno de escabrosidades. Yendo por una gran vía, leímos en letras doradas en un establecimiento: _American Bar_; y encontrando la ocasión de emplear bien nuestro inglés, entramos. Pedimos sendos cocktails, y nos pusimos a escribir cartas. En esto se nos acercó un elegante joven, y en un francés cojo pero melifluo, nos dijo, más o menos, tendiéndonos su tarjeta: que era hijo de un fabricante de bicicletas; que había estado en Francia donde le habían atendido con toda gentileza y que desde entonces se había prometido ofrecer sus servicios, ser útil en todo lo que pudiera y pilotear y atender a cuanto extranjero de condición llegase a tierra húngara. Nosotros, un tanto desconfiados por aquel abordaje sin presentación, dimos las gracias con frialdad, pero el guapo mozo continuó en la carga con tan buenas maneras y con tanta insistencia que nos vimos obligados a aceptar un champagne de bienvenida. Y el joven se convirtió en nuestro cicerone.

Nos llevó al Os Buda Vara, al barrio de los magnates, casi todo construído según la manera de la Secesión; a un jardín público, donde debía celebrarse un fiesta esa tarde, y al cual debía asistir un príncipe imperial; nos hizo comer no sé qué mezcla magyar de queso fresco, cebolla picada, sal y paprika, mojada con una incomparable cerveza Pilsen, como de nieve y seda. Sin saber cómo ni cuándo se apareció un hombre con tipo de obrero, que llevaba en la diestra maciza un anillo de gran brillante. Habló en húngaro con nuestro joven, éste nos lo presentó como un rico industrial y nos dijo, que, encantado de que fuésemos extranjeros, nos invitaba esa tarde a una comida compuesta exclusivamente de platos nacionales. Llevado de mi entusiasmo por las cocinas exóticas, dije que aceptábamos con gusto, y quedamos en que nuestro cicerone nos llevaría al punto de reunión. Se nos dijo que el restaurant elegido quedaba cerca.

Muy entrada la tarde nos dirigimos a la cita. Ibamos a pie, y después de andar un buen trecho entre villas y quintas, observé que habíamos salido de la población. Se lo hice notar a mi amigo, pero el húngaro nos señaló una casa cercana, aislada, y nos dijo que era allí el lugar de la comida. Advertí a López que la cosa me parecía sospechosa, mas como viésemos que la casa tenía un jardín y en él había mesitas donde comían otras gentes, nos parecieron vanas nuestras sospechas. Entramos. Desde el momento vimos que aquello era un cafetín popular. Apareció el industrial. Nos hicieron entrar a un cuarto lateral, pidieron cuatro copas de no recuerdo qué licor. Dije en español a López que no bebiéramos, pero él bebió con los dos desconocidos. Querían que yo tomara con ellos, pero dije que no me sentía bien. A poco, el mexicano se puso pálido y me dijo que le venía un sueño irresistible y que seguramente nos habían servido un narcótico. Hice que saliéramos para que tomase un poco de aire, y así se le quitó algo la pesadez de la cabeza. El hostelero nos dijo que la comida estaba servida. En efecto, bajo una parra había una mesa para cuatro personas. La cuarta apareció y nos fué presentada como un señor conde de nombre enrevesado. Era un coloso mal trajeado y con manos de boyero. Nos sentamos a la mesa y comimos un _papricak hun_, plato especial del país y otros más de éstos. Cuando concluímos se nos invitó a pasar al lado del figón, a una cancha de bochas, o juego de bolos, perteneciente a un club, del cual se nos dijo que el conde era director. Aquello estaba solitario, daba a un largo patio, o más bien dilatada extensión de terreno. No lejos, corría el Danubio. Nos invitaron a tomar un vino tokay, que nos inspiró confianza, pues la botella vino cerrada. No era el común vino tokay que se encuentra en todas partes y que sirve para postres, sino un néctar delicioso, de caldo color dorado, y que apuramos en grandes vasos. Confieso no haber tomado nunca un vino tan exquisito. Después se nos insinuó que era preciso, pues de uso corriente y nacional, que jugásemos a un juego de cartas llamado «el reloj». Como por encanto apareció allí una baraja y después de algunas indicaciones empezó la partida.

A pocos momentos, tanto el mexicano como yo, habíamos ganado importante número de florines; pero la partida continuó, y cuando nos percatamos, tanto él como yo, habíamos perdido todo lo ganado y bastante dinero más. De común acuerdo resolvimos irnos en seguida, mas cuando manifestamos nuestra intención, fué como si hubiésemos encendido un reguero de pólvora. Los hombres se sulfuraron y se pusieron ante nosotros en actitud amenazante. El joven intérprete nos explicó que se creían ofendidos. Nosotros estábamos sin armas y no había sino que emplear alguna treta oportuna. Yo le dije que había en todo una equivocación; que estábamos dispuestos a continuar el juego al día siguiente, pero que en ese momento teníamos que ir a la ciudad a recoger un dinero. El conde habló con sus compañeros y el joven nos dijo que se nos invitaba al día siguiente para ir a una _pushta_ o estancia húngara para que conociésemos la vida rural del país. Me apresuré a decir que con muchísimo gusto, y en los ojos de los bandidos se vió una gran satisfacción. ¿A qué horas pasará el conde en su automóvil por ustedes? «Tiene que ser antes de las ocho».--«A las siete y media en punto», le contesté. Así nos dejaron partir. Cuando llegamos al hotel, el dueño del establecimiento nos dijo:--«De buena se han librado ustedes. Esos pillos deben pertenecer a una banda que ha robado y hecho desaparecer a varios extranjeros, cuyos cuerpos apuñalados se han encontrado en las aguas del Danubio». Tomamos el tren para Viena a las cinco de la mañana.

LX

Una vez vuelto de ese largo viaje, me tomé algún tiempo de reposo en París. Inesperadamente recibí cablegrama del Ministerio de Relaciones Exteriores de Nicaragua, en que se me comunicaba mi nombramiento de Secretario de la Delegación nicaragüense a la conferencia Panamericana del Río de Janeiro. Debería reunirme en Francia con el jefe de la Delegación, señor Luis F. Corea, que era Ministro en Washington. Una semana después salimos para el Brasil. Ya he narrado en un diario las circunstancias, anécdotas y peripecias de este viaje y mis impresiones brasileñas y de la conferencia, a raíz de este acontecimiento. Vine de Río de Janeiro, por motivos de salud, a Buenos Aires. Mis impresiones de entonces quizás las conozcáis en verso, en versos de los dirigidos a la señora de Lugones, en cierta mentada epístola:

... En fin, convaleciente, llegué a nuestra ciudad de Buenos Aires, no sin haber escuchado a mister Root, a bordo del _Charleston_ sagrado; mas mi convalecencia duró poco. ¿Qué digo? mi emoción, mi entusiasmo y mi recuerdo amigo, y el banquete de _La Nación_ que fué estupendo, y mis viejas siringas con su pánico estruendo, y ese fervor porteño, ese perpetuo arder, y el milagro de gracia que brota en la mujer argentina, y mis ansias de gozar de esa tierra me pusieron de nuevo con mis nervios en guerra. Y me volví a París. Me volví al enemigo terrible, centro de la neurosis, ombligo de la locura, foco de todos _surmenage_, donde hago buenamente mi papel de _sauvage_ encerrado en mi celda de la rue Marivaux, confiando sólo en mí y resguardando el yo. ¡Y sí lo resguardara, señora, si no fuera lo que llaman los parisienses una _pera_! A mi rincón me llegan a buscar las intrigas, las pequeñas miserias, las traiciones amigas, y las ingratitudes. Mi maldita visión sentimental del mundo me aprieta el corazón, y así cualquier tunante me explotará a su gusto. Soy así. Se me puede burlar con calma. Es justo. Por eso los astutos, los listos dicen que no conozco el valor del dinero. ¡Lo sé! Que ando, nefelibata, por las nubes... ¡Entiendo! Sí, lo confieso, soy inútil. No trabajo por arrancar a otro su pitanza; no bajo a hacer la vida sórdida de ciertos previsores. Yo no ahorro, ni en seda, ni en champaña, ni en flores. No combino sutiles pequeñeces, ni quiero quitarle de la boca su pan al compañero. Me complace en los cuellos blancos ver los diamantes. Gusto de gentes de maneras elegantes y de finas palabras y de nobles ideas. Las gentes sin higiene ni urbanidad, de feas trazas, avaros, torpes, o malignos y rudos, mantienen, lo confieso, mis entusiasmos mudos. No conozco el valor del oro... ¿saben esos que tal dicen, lo amargo del jugo de mis sesos, del sudor de mi alma, de mi sangre y mi tinta, del pensamiento en obra y de la idea encinta? ¿He nacido yo acaso hijo de millonario? ¿He tenido yo Cirineo en mi Calvario?...

De vuelta a París fuí a pasar un invierno a la Isla de Oro, la encantadora Palma de Mallorca. Visité las poblaciones interiores; conocí la casa del archiduque Luis Salvador, en alturas llenas de vegetación de paraíso, ante un mar homérico; pasé frente a la cueva en que oró Raymundo Lulio, el ermitaño y caballero que llevaba en su espíritu la suma del Universo. Encontré las huellas de dos peregrinos del amor, llamémosles así: Chopin y George Sand, y hallé documentos curiosos sobre la vida de la inspirada y cálida hembra de letras y su nocturno y tísico amante. Vi el piano que hacía llorar íntima y quejumbrosamente el más lunático y melancólico de los pianistas, y recordé las páginas de _Spiridion_.

LXI

El gobierno nicaragüense nombró a Vargas Vila y a mí--Vargas Vila era Cónsul general de Nicaragua en Madrid--miembros de la Comisión de límites con Honduras, que Nicaragua envió a España, siendo el rey Don Alfonso el árbitro que debía resolver definitivamente en el asunto en cuestión. El ministro Medina era el jefe de la Comisión; pero nunca nos presentó oficialmente ni contaba, ni quería contar con nosotros para nada. Vargas Vila tiene sobre esto una documentación inédita que algún día ha de publicarse. El fallo del rey de España, no contentó, como casi siempre sucede, a ninguna de las partes litigantes, y eso que Nicaragua tenía como abogado nada menos que a D. Antonio Maura. La poca avenencia del ministro Medina conmigo hizo que yo me resolviese a hacer un viaje a Nicaragua.

Hacía cerca de diez y ocho años que yo no había ido a mi país natal. Como para hacerme olvidar antiguas ignorancias e indiferencias, fuí recibido como ningún profeta lo ha sido en su tierra... El entusiasmo popular fué muy grande. Estuve como huésped de honor del Gobierno durante toda mi permanencia. Volví a ver, en León, en mi casa vieja, a mi tía abuela, casi centenaria; y el Presidente Zelaya, en Managua, se mostró amable y afectuoso. Zelaya mantenía en un puño aquella tierra difícil. Diez y siete años estuvo en el poder y no pudo levantar cabeza la revolución conservadora, dominada, pero siempre piafante. El Presidente era hombre de fortuna, militar y agricultor, mas no se crea que fué ese la reproducción de tanto tirano y tiranuelo de machete como ha producido la América española. Zelaya fué enviado por su padre, desde muy joven, a Europa; se educó en Inglaterra y Francia; sus principales estudios los hizo en el colegio Höche, de Versalles; peleó en las filas de Rufino Barrios, cuando este Presidente de Guatemala intentó realizar la unión de Centro América por la fuerza, tentativa que le costó la vida.

Durante su presidencia, Zelaya hizo progresar el país, no hay duda alguna. Se rodeó de hombres inteligentes, pero que, como sucede en muchas partes de nuestro continente, hacían demasiada política y muy poca administración; los principales eran hombres hábiles, que procuraban influir para los intereses de su círculo en el ánimo del gobernante. Esos hombres se enriquecieron, o aumentaron sus caudales, en el tiempo de su actuación política. Otros adláteres hicieron lo mismo; la situación económica en el país se agravó, y las malquerencias y desprestigios de los que rodeaban al jefe del Estado recayeron también contra él. Esto lo observé a mi paso. El descontento había llegado a tal punto en Occidente, cuando se creyó, con motivo del matrimonio de una de las señoritas Zelaya, que el Presidente entraba en connivencias con los conservadores de Granada, que había preparada en León, para una próxima visita presidencial, una conjuración contra la vida del general Zelaya.

Amigos míos, entre ellos, principalmente, el doctor Luis Debayle y D. Francisco Castro, ministro de Hacienda, y el mismo ministro de Relaciones Exteriores, Sr. Gámez, pidieron al presidente la legación de España para mí. La unánime aprobación popular, el pedido de sus amigos, y su innegable buena voluntad, hicieron que el general Zelaya me nombrase ministro en Madrid, pero no sin que tuviese que luchar con intrigas palaciegas y pequeñeces no palaciegas, que hacían su sordo trabajo en contra, y esto a pesar de que la legación tenía un pobre y casi desdoroso presupuesto, que fué todavía mermado a la salida del Sr. Castro del Ministerio de Hacienda.

LXII