Amor y llanto

Part 19

Chapter 194,080 wordsPublic domain

Después se precipitó a la puerta, vacilante como una persona ebria.

El duque le siguió, quebrantado de aquella terrible desaparición.

—¡Le han comprado para que me la robe!... —murmuró el artista—; ¡se ha vendido al oro... del rey!... pero... ¡yo le mataré!

El desgraciado Velázquez cayó desplomado, en el suelo, y su hermosa cabeza negra y rizada rebotó en el pavimento de la galería.

En aquel momento entraba en ella, por la parte opuesta, un caballero como de cincuenta años, de elevada estatura y gallardo continente, bien que lleno de nobleza y dignidad.

Su traje, de damasco azul a la flamenca, estaba ricamente bordado de oro, y en su sombrero se veía prendida, con un joyel de diamantes y rubíes, una hermosa pluma de garza real.

Las insignias de muchas órdenes cubrían su pecho; sus manos blancas y de hermosa forma salían de entre una nube de encajes iguales a los que bajaban hasta sus borceguíes.

Seguíale una inmensa comitiva de nobles españoles y flamencos, y una guardia de honor, ni más ni menos que si fuese una persona real.

Era, en efecto, el rey de la pintura, Pedro Pablo Rubens, artista distinguido, eminente diplomático y embajador de la infanta doña Isabel, gobernadora de la Flandes y los Países-Bajos, cerca de la majestad de Felipe IV.

Rubens se dirigió a los aposentos de Velázquez para visitar su taller, ya que no podía verle por hallarse en el Escorial, según le había dicho la reina.

Al ver al duque del Infantado, que le había sido presentado en la recepción por la misma reina; al verle, repito, sostener en sus rodillas la cabeza de otro hombre desmayado, detúvose Rubens.

—¿Queréis que os ayude, señor duque? —preguntó el ciudadano de Amberes con la dulce amabilidad que, no obstante la arrogancia de su aspecto, le era tan habitual.

—Gracias, señor embajador, gracias... ya vuelve —contestó el duque, poniendo junto a la nariz del artista su perfumado pañuelo—. ¡Velázquez! —añadió en seguida moviéndole suavemente.

—¡Velázquez! —repitió Pedro Pablo inclinándose para contemplar al artista cuyas manos tomó.

Don Diego abrió sus grandes ojos negros, y los fijó ansiosamente en las personas que le rodeaban: cuando su mirada chocó con la de Rubens, dos lágrimas brotaron de sus ojos.

Diego Velázquez poseía el mejor retrato que el rey de la pintura había hecho de sí mismo.

Rubens abrió sus brazos al desgraciado joven, que se arrojó sollozando en ellos.

—Vuestra vista, señor embajador, es lo único que pudiera prestar algún consuelo a Velázquez en la desgracia que le aqueja —dijo el duque ayudando al desdichado joven a ponerse en pie.

—¡Oh! murmuró Rubens, ¡la desgracia! ¿no basta, ¡oh, Dios mío! que me acompañe a mí, sino que la he de encontrar también donde quiera que vaya?

Algunos momentos permaneció su fisonomía sombríamente triste, apareciendo en su noble frente un pliegue de dolor.

Mas sus móviles y hermosas facciones recobraron pronto su serenidad, y sus ojos se fijaron de nuevo en Velázquez, con acariciadora expresión.

—¡Para el amanecer, los trenes de S. M. la reina y de su señoría el señor embajador, que salen para el Escorial! —gritó en aquel instante la voz del jefe de las caballerizas.

—¿Queréis acompañarme, Velázquez? —preguntó Rubens a don Diego—. Deseo que permanezcáis a mi lado los breves días que he de vivir bajo vuestro cielo.

—¡Doña Ana debe estar en las garras del de Olivares! —murmuró el duque del Infantado al oído del artista—. ¡Partamos!

—Soy vuestro —murmuró Velázquez débilmente y con acento acongojado.

—Pues hasta dentro de cuatro horas, Velázquez: os espero en mi cámara con el señor duque, y os ofrezco a entrambos dos asientos en mi coche.

Rubens hizo un afable saludo, y se retiró seguido de su comitiva.

—¡Valor, Velázquez! —dijo el duque, cerrando tras ellos la puerta de la cámara donde habían penetrado.

El pintor se dejó caer en un sitial, y murmuró con ronca y apagada voz:

—¡Vendido por él!... ¡Vendido!... ¡Vendido!...

X

ANA

Dos días habían pasado desde aquel en que Isabel de Borbón, Pedro Pablo Rubens y Diego Velázquez de Silva habían llegado al palacio del Escorial.

Las cuatro de la tarde acababan de dar en el reloj de San Lorenzo cuando se entreabrió una ventana, perteneciente a las habitaciones del conde-duque, situadas muy cerca de las del rey; la otra ala del palacio estaba habitada por la reina, la infanta María Teresa, y las servidumbres de ambas.

La ventana en cuestión estaba guarnecida de espesas celosías; pero, no obstante, un rayo de sol que iba a quebrarse en sus cristales hizo brillar con dorados reflejos una cabeza cubierta de abundantes y rubios rizos.

Aquella cabeza era la de Ana.

Permaneció durante breves instantes silenciosa e inmóvil, cual si fuera una estatua de alabastro, con la mirada fija en las dilatadas campiñas que se extendían al frente de sus ojos.

Luego apoyó los brazos en el antepecho, dejose caer en un sitial colocado detrás de ella, y sepultó la cabeza en sus manos.

No era ya la misma Ana que Velázquez conoció en Amberes, ni siquiera la misma que robaron al artista las tramas del conde-duque de Olivares: en los dos días pasados desde la vez primera que la presenté a mis lectores, se habían hundido sus mejillas y apagado sus ojos; los suaves y purísimos contornos de su boca habían perdido toda su gracia cándida y juvenil, adquiriendo, en cambio, esa laxitud que es siempre signo seguro de la total ruina de la salud.

Parecía más elevada su estatura a causa de su extrema delgadez; sus rasgados y espléndidos ojos azules eran más grandes, y, aunque sus brazos y manos conservaban sus seductoras formas, estaban en extremo enflaquecidos.

Largo rato permaneció en la actitud abatida en que la dejamos, al cabo del cual se abrió cautelosamente la puerta de la estancia, dando paso a la joven que vimos socorrer a Ana cuando se desmayó en la casa donde la depositaron sus raptores.

Aquella joven adelantó lentamente algunos pasos, andando de puntillas e inclinando graciosamente la cabeza hacia adelante, creyendo dormida a la pobre Ana.

La recién llegada era una de esas criaturas robustas, hermosas y risueñas: sus facciones, un tanto gruesas, eran bellas en extremo; sus grandes ojos negros y sus cabellos de azabache armonizaban deliciosamente con su tez trigueña y sonrosada, y su boca parecía formada únicamente para la sonrisa, pues al más leve movimiento mostraba, no obstante su pequeñez, dos sartas de menudas perlas engastadas en coral.

Llevaba un lindo traje de seda de colores subidos, y su gola dejaba ver, a despecho de la moda de aquel tiempo, la parte superior de una garganta suave, redonda y satinada.

El aposento en el cual se encontraba Ana armonizaba bien con la figura de la recién llegada, por la suntuosidad vistosa de sus adornos: las colgaduras, de damasco blanco, estaban guarnecidas de anchos flecos de oro y sujetas con gruesos cordones y borlas de lo mismo; la sillería, de damasco granate de color subido, se ostentaba recargada de iguales adornos; y cuatro soberbias lunas de colosales dimensiones reproducían los objetos.

La joven llegó, por fin, junto al sillón de Ana y se apoyó suavemente en el respaldo; luego bajó su cabeza al nivel de la de la flamenca para ver si efectivamente dormía.

—¡Dios mío, estáis despierta, señora! —exclamó alzándose de nuevo, porque acababa de ver lucir como dos estrellas los grandes ojos de Ana.

—No duermo —contestó esta con acento lento y melancólico—; sin embargo, no os oí entrar, Estrella.

—Lo creo muy bien —dijo la joven, cuya risueña frente se había cubierto de una nube de tristeza—; ¿cómo me habíais de oír si estabais en una de esas peligrosas meditaciones que os convierten en estatua?

La flamenca sonrió tristemente y nada contestó.

—Y a pesar de eso —continuó Estrella—, el señor conde me dice todos los días: «No permitáis a doña Ana ni un instante de soledad y de cavilación, porque esto la mata.»

—¡Pluguiese a Dios que así fuese! —murmuró Ana elevando al cielo una mirada empapada en lágrimas.

—¡Ay, Dios mío! Pero, ¿por qué queréis morir, doña Ana? Sois una niña, sois bella hasta el extremo y tenéis amigos poderosos que velan por vos y se interesan por vuestra suerte... ¿Cómo es posible que os canse la vida?

—No lo sé, Estrella —contestó la joven con acento triste—: no sé por qué, pero yo deseo la muerte con todo mi corazón.

—¿Sentís acaso la separación de vuestro hermano?

—¡Oh, sí!... —repuso Ana llevando al corazón sus dos manos, como si Estrella hubiese tocado en él una herida dolorosa y profunda.

—Pero solo hace dos días que carecéis de su vista, y además tenéis la esperanza de verle muy pronto.

—¡Esa esperanza la voy perdiendo ya, Estrella! Cuando el conde me sacó de Madrid, me aseguró que me llevaba a la nueva casa de mi hermano... y todavía no he podido verle... Luego... —continuó la pobre niña vacilando—, luego... estos últimos días me suceden cosas tan extrañas... ¿Por qué me sacaron a la fuerza de nuestra habitación del palacio de Madrid?... ¿Por qué me llevaron a vuestra casa durante algunas horas para traerme luego aquí?... ¿Por qué me aseguró ese caballero, a quien llamáis el señor conde, que vería muy pronto a Diego si todavía no he podido lograrlo? ¡Estrella, Estrella!... Ese conde... lo confieso... ¡me da miedo!...

Ana ocultó de nuevo el semblante entre las manos, y un doloroso temblor recorrió todo su cuerpo.

Estrella la contempló por algunos instantes pintándose en sus facciones una profunda expresión de piedad: a la verdad, la figura de Ana, velada por su larga túnica blanca, se asemejaba a esas imágenes de santas mártires que todavía nos conmueven y admiran en nuestro descreído siglo.

Lo enflaquecido de su cuello, brazos y manos patentizaba bien los sufrimientos de la desdichada niña, y su cabeza, inclinada y cubierta por una cascada de gruesos rizos rubios que se extendían hasta sus rodillas, tenía una admirable expresión de sumo e intenso padecer.

—Vamos, doña Ana —dijo por fin Estrella con acento dulce y cariñoso, y apoyándose de nuevo en el respaldo del sillón—; vamos, buen ánimo: quizá no acabe el día de hoy sin que veáis a don Diego.

Ana permaneció silenciosa durante un momento: luego alzó la cabeza lentamente, y Estrella contuvo con trabajo un grito de terror al ver el semblante de la pobre niña.

Lejos de retratar las facciones de Ana el gozo que debía infundirle la esperanza formulada por los labios de Estrella, se veía pintada en ellas una expresión de agudo dolor: levantose como una sonámbula, y tomó las manos de Estrella oprimiéndolas con una fuerza convulsiva entre las suyas secas y abrasadoras.

En aquel instante apareció detrás de uno de los árboles del jardín una cabeza negra y erizada, alumbrada por dos ojos grandes y calenturientos que fueron a fijarse en el rostro desencajado de doña Ana.

Un segundo después se oyó un grito de alegría frenética, y el mulato Juan de Pareja salió de detrás del árbol y cruzó el jardín corriendo desesperadamente.

A pesar de sus esfuerzos, su carrera avanzaba poco: el infeliz esclavo hacía tres días que no había probado alimento ni cerrado al sueño sus ojos, ocupado solo en vagar como una sombra durante la noche por los alrededores del palacio, porque su buen instinto le decía que la tenebrosa infamia que lamentaba solo podía haberla urdido la mano del conde-duque.

Llegó por fin a una de las puertas excusadas del jardín, y desapareció por ella.

Doña Ana continuó largo rato oprimiendo las manos de su compañera.

—Escuchad —dijo al cabo de algunos instantes con voz lenta y ahogada—; escuchad, Estrella, antes de que Dios me llame a su seno, una confesión que a nadie he hecho todavía... pero que necesito hacer porque me ahoga...

—Hablad, hablad, doña Ana.

—Yo creo... creo que vos me amáis un poco, Estrella...

—Os amo mucho, mucho —dijo Estrella estrechando con afecto las manos de la infeliz joven.

—Entonces a nadie confiéis mi secreto... ¿lo oís?

—Sí, no temáis.

—Pues bien, Estrella: la vista de Diego no aliviará mi padecer... no...

—¡Qué decís!...

—¡Me matará más pronto!...

Dos gruesas lágrimas brotaron de los ojos de Ana, al pronunciar estas palabras, y se deslizaron por sus mejillas de alabastro.

En cuanto a Estrella, creyó que deliraba, y dijo solamente con dulce voz:

—La vista de vuestro hermano os pondrá buena: creedme, doña Ana.

—¡Yo no tengo hermano!... —gritó con angustia desgarradora la desdichada niña.

—¡Qué decís!

—¡Diego no lo es!

—¿Queréis acostaros, doña Ana? —dijo Estrella persistiendo siempre en creer que un acceso de fiebre hacía delirar a la joven.

—¡Mirad!... —exclamó Ana sacando de su seno una carta, que, por lo muy arrugada que estaba, decía bien claro que los ojos de Ana la habían devorado muchas veces—. ¡Mirad, Estrella!

La atónita joven desdobló el papel y leyó lo siguiente:

«Don Diego Velázquez de Silva os engaña, pobre niña, diciéndoos que es vuestro hermano: vos sois sola en el mundo, y vuestro raptor os hizo creer que os unían a él los lazos de la sangre para sustraeros a las miradas de todos los hombres, a fin de evitar así que, casándoos, os roben de su lado.

»Vos, pobre niña, sois el origen de su gloria, pues harto sabéis que os toma para modelo de sus celebradas vírgenes, si bien para disimularlo cambia en sus pinturas el color de vuestros ojos y de vuestros cabellos, y os oculta a la vista de todos.

»Empero, vos podéis libertaros fácilmente de la esclavitud en que os tiene el odioso egoísmo de Velázquez: el rey Felipe IV os ama; recurrid a él cuando dentro de dos días vaya a visitaros, y conseguiréis de su cariño la protección que necesitáis.

»No temáis por Velázquez: está casado con una dama noble y hermosa a quien ama mucho, y de la cual tiene una hija.»

La carta no tenía firma.

—¡Dios mío, qué extraño es esto! —murmuró Estrella devolviendo la carta a la flamenca.

Esta no respondió; apoyada en el marco de la ventana, tenía doblada la cabeza sobre el pecho.

—Vamos, doña Ana —continuó Estrella tomando una de sus manos—; vamos, no os abatáis así: puesto que, según esa carta, debe venir el rey a veros, declaradle la villanía de Velázquez, y él os amparará.

—¡Acusar yo a Diego! —exclamó Ana con una indescriptible vehemencia—. ¡Yo, que le amo con todas las fuerzas de mi alma! ¡Yo, que daría mi vida por volver a verle una sola vez!...

—¡Cómo! ¿Le amáis?

—¡Que si le amo! —repitió la joven; y ante el pensamiento de su cariño pareció fundirse su dolor en un delicioso arrobamiento que se significó instantáneamente con una sonrisa de dicha—; ¡que si le amo! —repitió cruzando las manos, y con un acento impregnado de dulzura infinita—: le amo tanto, que solo temo dejar la vida, porque la muerte me privará de verle. ¿No me veis —continuó con una vehemencia que hizo colorear sus mejillas—, no me veis pálida y casi moribunda? Pues bien, ¡lo que aniquila mi vida, lo que me mata, es ese amor que ardía en el fondo de mi corazón sin que yo misma lo sospechase!... Cuando Diego se separaba de mi lado, la luz huía de mis ojos... y mi pecho se oprimía como si le faltase aire que respirar... Cuando me dormía, su imagen aparecía delante de mí... y no pocas veces he soñado estar sentada sobre sus rodillas... ¡Cuántas veces, viéndole dormido, han caído mis lágrimas sobre su frente al imprimir en ella un beso! ¡Cuántas, al estrechar su mano, he sentido que un fuego devorador circulaba por mis venas! ¡Cuántas he sentido oprimirse mi corazón al despedirse de mí, aunque fuera por breves instantes!...

—Pero...

—No sé lo que sentía yo entonces... —prosiguió Ana cuya vehemencia iba en aumento—: solo sí puedo asegurar que aquel padecimiento que no comprendía aniquilaba mi vida, que tan feliz debiera haber sido. Yo amaba mucho a Diego... por ventura, ¿no era él la primera persona que me había amado en el mundo?, ¿no fue su mano la que me sacó del abandono en que yacía?, ¿no ha sido él hasta hoy quien ha velado por mi suerte?...

—Es verdad —dijo Estrella ansiosa de calmar a la joven—: según me habéis dicho anoche, vos vivíais sola y abandonada... pero, según veis por esa carta, don Diego es casado y además no os ama.

—¡Ah! —exclamó Ana con un penetrante alarido de dolor—: ¡es verdad... es casado... y no me ama!...

La desventurada vaciló como el tierno arbolillo que hiere el hacha del leñador; cerró los ojos, y cayó hacia adelante, yendo a descansar en los brazos de Estrella.

En aquel momento, se abrió una puertecilla disimulada en los tapices y apareció en el umbral la sombría figura del conde-duque.

—¡Por piedad, señor! —exclamó Estrella que sostenía a la joven, rendida a un desmayo mortal—: ¡por piedad, libradme del cargo de guardar a esta desdichada! ¡No quiero, no puedo verla morir!...

—Vos podréis todo cuanto yo os mande, Estrella —contestó fríamente el favorito—, puesto que solo de esto depende el que conceda la libertad a vuestro amante.

—¡Oh, Dios mío, padece tanto!...

—En efecto, no lo dudo, porque solo con ver a esta niña se concibe que hay en ella más corazón que materia... ea, acostadla y hacedla volver en sí.

Y el favorito ayudó a la joven a que colocase en el lecho el inanimado cuerpo de Ana, a cuya nariz aplicó Estrella un pomito de sales.

—Decididamente —murmuró el conde-duque saliendo de la estancia—, decididamente hoy tiene que verla el rey, porque mañana puede morir, y no sé qué extraño presentimiento me avisa que su muerte será la señal de mi ruina.

XI

EL RETRATO DE LA REINA

En el momento en que el de Olivares salía de la estancia de Ana, Diego Velázquez entraba en la cámara del rey.

Un instante después entró también en ella el favorito sin precederle anuncio, según su costumbre.

Al ver entrar al conde-duque, Felipe IV clavó en su rostro una mirada de ansiosa interrogación, que fue contestada con otra de satisfacción arrogante, y con una sonrisa llena de promesas.

Velázquez, pálido, enflaquecido, sombrío, se apoyaba maquinalmente en el respaldo de un sillón; sus ojos hundidos por tres días de desesperación y tres noches de insomnio, miraban vagamente a un objeto impalpable; sus mejillas socavadas, el desorden de sus cabellos, y su barba, que empezaba a brotar en su tez morena y pálida, acababan de darle un aspecto huraño, violento y doloroso.

Bastaba fijar la mirada una sola vez en aquel hombre para conocer que desgarraba su alma un pesar sin consuelo.

Al ver entrar al conde-duque, sus grandes ojos adquirieron fijeza y se clavaron chispeantes de furor en el rostro del favorito.

El rey, que se había conmovido hondamente al notar el aspecto de Velázquez, sintió que la ira dominaba su enternecimiento al descubrir la rabia que trastornaba el semblante del pintor.

En cuanto al de Olivares, sostuvo fríamente la iracunda mirada de Velázquez.

—Señor —dijo este dirigiéndose a Felipe IV—, vengo a pedir a V. M. que me devuelva a una hermana que tenía, y que me ha sido robada.

Aturdido el rey por tan violento exordio, se volvió a mirar a su privado.

—Esa mirada —continuó Velázquez con voz más concentrada y sorda—, esa mirada me dice, señor, que el ladrón de Ana es el conde-duque...

Y Velázquez, con el rostro trastornado, puso la mano en el puño de su espada, y avanzó dos pasos hacia el de Olivares.

—¡Velázquez, tú estas loco!... —exclamó el rey asombrado de tanta audacia, pero al mismo tiempo hondamente conmovido por tan intenso dolor.

—Tengo aún toda mi razón, señor —contestó el pintor de cámara, separando su mano de la empuñadura de su espada—: pero aseguro a V. M. que la perderé, si ese hombre continúa en mi presencia.

Calló Velázquez esperando que Felipe IV mandase salir al conde-duque: mas el débil monarca no se atrevió a formular una orden a cuya sola indicación había visto encender como dos ascuas los ojos del que debía cumplirla.

Una sonrisa de desdén plegó los delgados y astutos labios de don Gaspar de Guzmán y Pimentel.

—S. M. —dijo acentuando lentamente sus palabras—, S. M. parece que no tiene dificultad en que yo oiga que demandáis a vuestra querida.

—¡Mentís como un villano! —gritó el pintor de cámara rojo de cólera; y sacándose un guante, que hizo pedazos en su rabiosa apresuración, lo arrojó al rostro del privado—. ¡Ea! —continuó con voz sorda—, ¡salid si no queréis que os escupa en el rostro, señor conde-duque de Olivares!... ¡salid, y vive Dios que he de arrancaros con mi espada, el precio por el cual habéis comprado a mi mulato Juan, y el sitio en que habéis ocultado, no a mi querida, sino a mi hermana!

—Antes, señor don Diego —contestó el conde-duque, recogiendo fríamente el guante de Velázquez—, antes será preciso que me probéis el derecho que os asiste para querer ser el dueño absoluto de esa infeliz niña a la que teníais sumida en el más odioso cautiverio.

—¡Salid, os digo!... —volvió a gritar Velázquez desnudando la espada.

El privado se dirigió lentamente a la mesa de escribir del rey, y agitó la campanilla de oro que se veía sobre ella.

—¡El capitán de guardias de S. M. el rey! —dijo don Gaspar con una calma glacial al ujier que se presentó.

—¡Sois un infame, señor conde-duque de Olivares! —guturó don Diego al mismo tiempo que entraba el capitán de guardias.

—De orden del rey —dijo el favorito sin mirar siquiera al pintor—, de orden del rey arrestad a don Diego Velázquez de Silva.

El capitán se acercó a Velázquez, y esperó la espada que este retuvo con mano trémula de furor.

En aquel momento se descorrió estrepitosamente el tapiz de terciopelo que cubría una puerta situada a espaldas del rey.

—¡S. M. la reina! —anunció un ujier de toda gala.

E Isabel de Borbón, vestida con un largo traje de ceremonia, apareció en el umbral.

—¡Ejecutad las órdenes de S. M.! —gritó imperiosamente el de Olivares dirigiéndose al capitán de guardias, al mismo tiempo que echaba una mirada recelosa sobre la reina.

Isabel contestó a esta mirada con otra de desprecio.

—Vengo, señor —dijo dirigiéndose enseguida al rey—, vengo a buscar a don Diego para que concluya hoy el retrato mío que hace días empezó, porque nuestra hija María Teresa lo desea para su cámara.

Un rayo de alegría iluminó las abatidas facciones del noble artista, al mismo tiempo que el del favorito aparecía trastornado por el furor.

Felipe IV miró vacilante al favorito y a la reina: el trance se iba haciendo cada vez más embarazoso.

De súbito se oyó un gran rumor de pasos y espadas, y un instante después anunció un paje:

—¡Su señoría el embajador de Flandes!

Levantose Felipe IV para recibir al que, para él, representaba a la infanta su tía, y muy contento interiormente de que su presencia le evitase la explosión de la tormenta que hacía media hora bramaba en su derredor.

El conde-duque salió al encuentro de Rubens maldiciendo en aquella ocasión la etiqueta.

La reina dejó asomar a su linda boca una sonrisa de orgulloso triunfo.

—Señor embajador —dijo dirigiéndose a Pedro Pablo—, nuestro pintor de cámara os convida por mi boca a que visitéis mañana su taller, donde estará expuesto mi retrato que ahora mismo va a concluir.

Inclinose Rubens profundamente y besó la suave y blanca mano de la reina, en tanto que esta le miraba asombrada de la palidez y decaimiento de sus facciones.

Sin duda el rey de la pintura estaba devorado por algún secreto e intenso pesar.

Cuando Pedro Pablo Rubens levantó la cabeza, Isabel presentó su mano a Velázquez quien, después de inclinarse delante del rey y del embajador, volvió la espalda con desprecio al favorito, y salió con la reina.

XII

EL TALLER

Confusos y afanados andaban los discípulos de Velázquez: era el día en que Rubens debía ir a visitar el taller del maestro.

Los pobres muchachos habían ido llegando de Madrid en los tres días que hacía se encontraba Velázquez en el Escorial, porque su amor al arte era tan grande, y admiraban tanto a su maestro, que no habían escaseado ruegos para que sus familias les permitiesen continuar las lecciones en el real sitio de San Lorenzo.