Part 18
Cuando vio al conde-duque, hizo un gesto de disgusto levantando sus blancos y delicados hombros, y le gritó:
—¡No te acerques aquí!... Como eres tan grande, vas a derribarme el castillo con el aire que haces al andar.
Pero la advertencia llegó tarde: al movimiento que hizo el favorito para besar la mano de la niña, llevó un soplo de viento a los naipes, y el edificio vino al suelo.
—Está visto que donde tú estás no puede haber palacios —exclamó María Teresa retirando con rabia su mano—. Me voy a volverle a hacer en la mesa de mármol de mi padre, y cuidado con que vengas allí, ¡cuidado!
Al escuchar las frases de su hija, «está visto que donde tú estás no puede haber palacios», una dolorosa sonrisa entreabrió los labios de la reina: la pobre Isabel debía todos sus pesares a la fatal influencia que el conde-duque ejercía en el ánimo de su esposo.
La infanta recogió sus naipes y, precedida y seguida de dos damas, se encaminó a la cámara de su padre.
La dolencia de la pequeña princesa era tan leve, o mejor dicho, tan habitual, que la reina no se opuso a que aquella fuese a la cámara del rey, deseosa de proporcionarle alguna distracción.
—Tengo que hablar a V. M. de un asunto reservado, señora —dijo el conde-duque volviéndose imperiosamente hacia las damas, que sin esperar una señal de la reina se retiraron en seguida a la antecámara: decididamente el verdadero rey era don Gaspar de Guzmán.
—Ya os escucho —dijo Isabel recostándose en su sitial, y apoyando en la mano su mejilla con aire entristecido.
—He venido —empezó el de Olivares—, he venido a rogar a V. M. que me ayude a salvar a una infeliz niña del amor del rey.
Ante aquellas inhumanas palabras, palideció Isabel; llevó sus manos al corazón como si hubiese recibido en él una profunda herida, y luego dos gruesas y abrasadoras lágrimas corrieron por sus mejillas.
—¿Qué puedo yo hacer? —murmuró con tanto desaliento, que el duro corazón del favorito se conmovió a pesar suyo.
—Esa joven se salvará si V. M. me permite que la traiga esta noche a sus habitaciones.
—¡Nunca! —exclamó la reina con vehemencia—. Creo que obro más dignamente aparentando que ignoro los desórdenes del rey, que oponiéndome a ellos con inútiles escándalos.
—Aquí no puede haber escándalo alguno; yo me he visto obligado a ofrecer al rey que la tendría esta noche en mi poder, pero al mismo tiempo quiero salvar el honor de esa infeliz criatura y librar a don Diego Velázquez de un pesar que le costará la vida, porque ama a esa joven con toda su alma.
—¿Y quién os obligaba a fomentar así la licenciosa pasión del rey por esa joven? —exclamó Isabel de Borbón irguiéndose indignada y altanera—. ¿Quién sino vuestra infame ambición tiene la culpa de los extravíos del padre de mis hijos? ¿Quién es la causa de todos mis pesares? ¿Quién empobrece y pierde el reino? ¡Vos... sí... solo vos, favorito venal de un rey demasiadamente crédulo!... ¿Y queréis que yo os ayude en vuestras inicuas tramas? ¿Queréis que yo sea el dócil instrumento de vuestros ambiciosos planes, para acabarme de perder luego en el ánimo del rey? ¡No lo esperéis jamás!
—¿Se niega V. M.? —preguntó el favorito, quien, no obstante los violentos apóstrofes de la reina, la miraba con una calma provocativa.
—Me niego, sí.
—Iré, pues, a avisar a Velázquez.
Una llamarada de cólera cubrió de púrpura el dulce y poético semblante de la reina. Levantose esta del sitial en que había permanecido sentada, y se aproximó lenta, rígida y amenazadora al conde-duque.
—Si hacéis eso —murmuró en voz baja, pero enérgica, y acentuando cada palabra—; si hacéis eso, yo seré quien os hunda para siempre en un abismo sin fondo. ¡Entendedlo bien, don Gaspar de Guzmán! ¡Si tomáis en boca el nombre del rey, Isabel de Borbón, os lo jura por su nombre real, será quien descubra a Felipe IV la petición que habéis venido a hacerle esta noche! ¡Salid!
La reina señaló la puerta al de Olivares con ademán severo, y este, a pesar de su insolencia, salió maquinalmente, asombrándose de haber sido cogido por la primera vez de su vida en sus propios lazos.
Cuando se halló en la segunda antecámara, la rabia ocupó en su alma el lugar del asombro, y golpeó furioso su frente con su apretado puño.
—¡Vive Dios —murmuró roncamente— que es inútil que yo quiera ser bueno! ¡La primera vez desde que vivo que me ha ocurrido atenuar una mala acción con otra buena, he salido vergonzosamente derrotado...! ¡Adelante, pues! La flamenca será del rey, y Velázquez... a Velázquez ya le he recompensado sobrado bien mi magnífico retrato con el bolsillo que por él le di... ¡Ah, vamos a ver quien vence a quien, señor duque del Infantado!...
VII
EL RAPTO
Eran las doce de la noche del 25 de junio, y Diego Velázquez de Silva, acompañado de la linda Ana, se hallaba en su estudio, absorto, al parecer, en hondas cavilaciones.
Sentada la joven a la ventana abierta, pasaba su blanca mano por la cabeza de un hermoso perro de corpulenta talla y largas lanas negras; también ella estaba pensativa y triste, cual si su lindo rostro hubiera sido un espejo del de Velázquez.
A pesar de haber hecho ya don Diego el retrato de Ana cuando hablaba en la enramada con el duque del Infantado, la daré a conocer por mí misma al lector.
Apenas rayaba esta preciosa criatura en los dieciséis años de su edad; sus ojos azules, guarnecidos de larguísimas pestañas de oro, eran grandes, rasgados y serenos, y su apacible luz patentizaba el dulce candor de su alma; bajaban sus cabellos en luengos rizos hasta tocar en sus hombros, derramándose como una cascada de oro por su blanca espalda; su rostro, que formaba un óvalo prolongado, estaba ligeramente enflaquecido hacia las sienes y la parte inferior de las mejillas, presentando señales infalibles de esa terrible enfermedad de consunción que se apodera de tantas jóvenes al salir de la adolescencia, y que las hunde en el sepulcro antes de ver colorar sus infantiles ensueños.
Aquellos desoladores síntomas daban a la fisonomía de Ana el encanto mayor que poseía, imprimiéndose un triple carácter de melancolía, sufrimiento e inocencia, que conmovía hondamente el corazón más duro.
Su vestido blanco, de escote cuadrado y mangas perdidas a la flamenca, marcaba los contornos perfectos, pero poco desarrollados de su talle: eran sus formas de tan extrema delicadeza que tenían, no obstante su morbidez, una indecisión enteramente infantil.
El gran perro _Medoro_, sentado a sus pies, levantaba su enorme cabeza a la dulce presión de la linda mano que se posaba sobre ella acariciándola, y clavaba sus grandes e inteligentes ojos en el semblante de Ana.
Velázquez estaba pálido, y sus negros ojos aparecían tristes y rodeados de un ancho y azulado círculo: conocíase bien que hacía largas horas que no cerraba sus párpados el sueño.
En efecto, la noche precedente no había encontrado un instante de reposo, atormentado por el devorador cuidado que la suerte de Ana le inspiraba: aquella criatura era para él su único bien, y harto sabía de lo que era capaz el rey Felipe IV cuando se veía contrariado en alguno de sus caprichos amorosos.
Sin embargo de este convencimiento, Velázquez no culpaba de los desórdenes del rey al rey mismo; a pesar de la amistad que el conde-duque le manifestaba desde que hizo su célebre y magnífico retrato, el leal corazón de Velázquez no había creído en la sinceridad de la afección que le mostraba el favorito, y el elevado talento y buen criterio del artista habían adivinado cuanto de falso y maligno existía en el carácter de don Gaspar de Guzmán; había comprendido que la ambición era la pasión dominante de su alma, y sabía que no perdonaba medio alguno de fomentar las pasiones del rey y que era capaz de todo por satisfacerlas, si de este modo podía levantar algo más el pedestal de su fortuna.
Por eso le inspiraba tantos temores la suerte de Ana: temblaba ante el pensamiento de que pudieran despertar en su pecho un amor nuevo, y que él creía enteramente desconocido, en el cándido corazón de la doncella.
—A mí me ama como a un hermano solamente —se decía Velázquez—, y este amor, que llena su existencia tan abandonada y solitaria hasta el día que me conoció, basta para hacerla dichosa... pero si el rey logra hablarla y despertar su corazón, ese corazón inocente que debe a mi abnegación el estar dormido... ¡oh!, entonces ella amará a Felipe IV... ¡sí, le amará... y entonces... entonces mi genio, mi gloria de artista se hundirán en el sepulcro!...
Estos amargos pensamientos traspasaban el corazón de Velázquez: su razón fluctuaba combatida por su dolor y sus crueles temores.
Sola una esperanza consoladora venía a darle algún alivio, aunque era en verdad harto débil: la idea de que el rey, el favorito y toda la corte creían a Ana hermana suya le tranquilizaba algún tanto y le infundía aliento.
—Al menos —pensaba—, respetarán los derechos que creen tengo sobre Ana, y podré hacer uso de una autoridad que atropellarían si supiesen que no me unen con ella los lazos de la sangre.
El desdichado ignoraba que el favorito había sorprendido su secreto cuando lo confiaba a don Juan Hurtado de Mendoza, la noche anterior en las alamedas del río.
El reloj de palacio dio las doce y media sin que ni Ana ni Diego hubiesen roto el silencio que reinaba en la estancia. La vibración de la campana sacó a la doncella de sus meditaciones: levantose esta y fue a apoyarse en el respaldo del sillón que ocupaba su hermano.
—¿Qué tienes, Diego? —dijo poniendo al nivel de la negra y rizada cabeza del artista su cabeza rubia y perfumada.
—Estoy triste, Ana —contestó Velázquez estremeciéndose al sentir resbalar en su frente el suave aliento de la joven—. Estoy triste —repitió—, porque dentro de dos horas voy a partir para el Escorial y no puedo llevarte conmigo.
—¿Por qué no quieres que te acompañe, Diego? —preguntó la niña pasando sus hermosos y afilados dedos por los rizos del pintor.
—Es inútil que te molestes en salir de Madrid para tan pocos días —contestó con apresuración Velázquez—; quedarás aquí bajo la protección de la reina, que permanece en palacio también.
—Sea como tú quieras, hermano —contestó Ana, dulce, pero tristemente—; yo creía, sin embargo —añadió con los ojos llenos de lágrimas—, que jamás me separaría de ti.
—¡Llevarte yo donde va la corte! —exclamó Velázquez levantándose con ímpetu de la silla y cruzando a grandes pasos el aposento—. ¡Llevarte donde va el rey!... ¡Oh, jamás, jamás!...
—¿Por qué no quieres llevarme donde está el rey, Diego? ¡Es tan galán y parece tan bueno!...
Al escuchar estas palabras, levantó Velázquez la cabeza, y se hizo un paso atrás como si hubiera recibido un golpe mortal en el corazón: clavó en Ana una mirada de extravío, y sus cabellos se erizaron en su frente, y sus sienes se cubrieron de un helado sudor.
En aquel momento sonó la una, y el ruido de un golpe, que dieron en la puerta del aposento, se confundió con la vibración de la campana.
Velázquez fue a abrir con inseguro paso, y un camarero apareció en el umbral.
—Vengo a avisar al señor don Diego Velázquez, de parte de S. M., que la hora de partir se ha adelantado y que le espera ya en su real cámara.
Una llamarada de alegría iluminó los ojos del artista; la noticia de que el rey iba a alejarse de Ana inundó de gozo su corazón.
—Ya os sigo —dijo al camarero, que se inclinó respetuosamente y desapareció en seguida.
Entonces se abrochó rápidamente su ropilla, alisó sus cabellos, se puso su sombrero adornado de una larga pluma y tendió los brazos a su hermana.
—Dentro de dos días —le dijo oprimiéndola contra su pecho—, dentro de dos días tendré para ti un asilo seguro y vendré a buscarte para que no te separes ya de mi lado.
La niña no respondió nada: los sollozos ahogaban su voz.
—¡Juan! —gritó Velázquez abriendo una puerta que daba frente a la de entrada.
Un joven mulato de elevada estatura apareció al instante.
—Escucha, Juan —dijo Velázquez tomándole por la mano—; escucha, y si es cierto que me quieres, cumple exactamente lo que voy a decirte.
—Mandadme, señor —contestó el mulato con sonoro acento.
—Cuida de mi hermana, Juan: no dejes llegar a su lado ni aun al mismo conde-duque si, como temo, vuelve mañana a Madrid; duerme a la puerta de esta estancia, y dentro de dos días, cuando vuelva a buscar a Ana, que la encuentre yo más alegre que hoy la dejo.
—Seré la sombra de doña Ana, señor; y, cuando volváis, os la entregaré risueña y contenta.
—Gracias, Juan: tu corazón encierra el valor indomable de los leones de tus bosques, y tu alma toda la ternura de una mujer. Juan, en ti confío; adiós.
Y Velázquez abrazó de nuevo a su hermana, apretó la mano de Juan y se lanzó fuera de la estancia.
* * * * *
Media hora después, y aprovechando las últimas de la noche, salió la comitiva real: en uno de los primeros coches que seguían al rey, iban don Diego Velázquez y el conde-duque.
Todavía se oía el rumor de las ruedas del último carruaje, cuando llamaron a la puerta de la estancia de Ana.
—¿Quién va? —preguntó el esclavo mulato, que en pie enfrente de su señora, la contemplaba melancólico.
—Abrid para que yo pueda dar a doña Ana un mensaje de parte de S. M. la reina —contestó la voz de una dama de honor.
El mulato quitó la vuelta de la llave y se retiró con respeto para dar paso a la ilustre enviada.
Mas en el instante mismo cuatro hombres le derribaron en tierra, y cerraron sus labios con una mordaza antes de que pudiese dar un grito, dejándole fuertemente maniatado.
Entretanto otros dos se habían acercado a Ana y, tapándole la boca con un pañuelo, la sacaron desmayada del aposento.
El infeliz esclavo hizo tan violento esfuerzo para romper sus ligaduras que su bronceado semblante se cubrió de púrpura y cada uno de los cordeles que le oprimían trazó en sus manos un sangriento surco.
Al oír el rumor del coche que se llevaba a su señora, una amarga desesperación se pintó en sus facciones y dos gruesas lágrimas se deslizaron por sus mejillas.
Ana fue depositada en una casita de pobre apariencia situada en la parte más honda de la calle de los Autores. Al bajarla del coche, privada de sentido, la recibió en sus brazos una joven de rostro risueño y picaresco; pero su alegre y avispada fisonomía se entristeció profundamente al ver a aquella hermosa niña blanca y helada como una estatua de alabastro.
Colocola suavemente en un sillón, y desató el pañuelo que habían apretado bárbaramente a su boca.
Entretanto decía el conde-duque a Velázquez, al mismo tiempo que el coche en que iban entrambos corría por el camino del Escorial:
—Guardad a vuestra hermana de las asechanzas del rey, don Diego. Le veo tan furiosamente enamorado, que de todo le creo capaz.
VIII
JUAN DE PAREJA
Una hora después del rapto de Ana, fue desatado el mulato por los demás servidores de Velázquez, que entraron para informarse de aquella si quería que se le sirviese el desayuno.
El esclavo no contestó a ninguna de las preguntas que se le hicieron, ni pareció poner atención ninguna en las lamentaciones de sus compañeros por la desaparición de su joven señora.
Dio tres o cuatro vueltas por la habitación como un león enjaulado, y luego se lanzó a la calle pálido y desgreñado como quedara después de sus inútiles y desesperados esfuerzos para romper sus ligaduras.
«Juan de Pareja —dice un aventajado escritor[14] de nuestros días— era esclavo del célebre almirante Pareja, cuyo retrato hizo Velázquez. Encantado el marino de ver su retrato tan maravillosamente parecido y tan perfectamente concluido por el pintor más célebre de España, vino a darle las gracias acompañado de Juan, joven mulato que había comprado en Indias, y que llevaba para el pintor una magnífica cadena de oro. Cuando se marchó el almirante, Juan fue a seguirle, empero el áspero marino le dio un puntapié.
[14] Don José Muñoz Gaviria.
»—¿Piensas —le dijo— que cuando yo ofrezco una cadena de oro no deje también el estuche? Perteneces desde este momento al señor Velázquez.
»Y salió con altivo paso apenas hubo dicho estas palabras.
»El pobre mulato, con el rostro afligido y el aire asustado, se quedó allí, y los discípulos de Velázquez le tomaron como un ser estúpido con el que podrían divertirse. La manera con que había entrado en el taller fue para ellos un manantial inagotable de chanzas. Quisieron darle el gran nombre de su primer amo, y le llamaron Juan de Pareja, nombre que conservó siempre. Velázquez, a quien causaba lástima, le encargó el cuidado y el aseo del taller, cosa que tenía poco trabajo, pero que debía ejercitar su paciencia.
»Juan se hallaba muy contento siempre que el artista estaba allí; pero en cuanto salía, el esclavo tenía que sufrir de los discípulos una porción de incomodidades que cada día iban en aumento. Cansado, en fin, de las burlas de los discípulos tomó el partido, para evitarlas, de huir, cuando no se hallaba Velázquez, a una especie de camaranchón desconocido en donde se escondía y ponía al abrigo de sus perseguidores.
»No había podido Juan ver pintar dos años seguidos, ni oír durante estos dos años a los más grandes personajes ensalzar hasta el cielo la pintura, sin concebir un invencible deseo de manejar también los colores. Para distraer las largas horas de soledad en que aguardaba la vuelta de su amo, intentó Juan el pintar. Allí tenía pinceles de desecho y restos de colores que reunía ya en un lado, ya en otro. Conocía él mismo que no hacía más que emborronar; pero hallaba gusto y diversión en ello, guardando un silencio absoluto sobre esta diversión secreta, que nadie sospechó.»
Hasta aquí habla el autor de la linda e interesante leyenda _Rubens en casa de Velázquez_: yo he creído que no podía dar a conocer mejor a Juan de Pareja que copiando el párrafo en el cual mi amigo, el señor Muñoz Gaviria, le presenta a sus lectores. Ahora acabaré de pintar a este personaje, según le he comprendido.
Juan de Pareja sentía por Velázquez una especie de adoración apasionada, adoración que se extendía a todo lo que pertenecía al artista; nada había para él tan bello, tan grande, tan santo como Velázquez, y se hubiera dejado matar por evitarle el dolor más leve.
Había en el esclavo hacia su amo el tierno y solícito amor de una madre y la adhesión sublime y fiel de un viejo sabueso; cuidaba con extraordinario esmero de su servicio, de su alimento, y de su tocador, y no se fiaba de ningún doméstico, en lo que pertenecía a su señor; cuidaba de los detalles más minuciosos de su comodidad y bienestar, graduaba la luz del taller, preparaba los colores, arreglaba los caballetes, y pasaba horas enteras mirándole pintar extasiado en una fanática contemplación.
Velázquez, por su parte, le amaba mucho también; confiábale los más importantes secretos, y conversaba con él mientras le servía a la mesa; la viva inteligencia de Juan le agradaba en extremo, y admiraba la exquisita sensibilidad de su corazón, la generosidad de su carácter, y su ilimitada lealtad.
Su pena, al dejar en Madrid a su querida Ana, se amenguó en su parte mayor al pensar que la dejaba bajo la custodia de Juan, y el corazón del mulato latió de gozo al recibir aquel encargo.
¡Oh, qué amarga desesperación se apoderó del alma de fuego del mulato al ver que le arrebataban a su joven señora! Todos los tormentos del infierno desgarraron su corazón al convencerse de que eran inútiles sus esfuerzos para rasgar las fuertes ligaduras que le sujetaban.
Cuando los otros criados le desataron, se arrancó la mordaza con tan furioso y desesperado movimiento, que sus labios se enrojecieron de sangre.
Dio como un loco algunas vueltas por la estancia, y luego se lanzó a la calle, cruzando muchas en su desesperada carrera.
¿Cuál era su designio?, ¿cuál su esperanza? Ni él mismo lo sabía. En su abrasada cabeza se revolvía candente el pensamiento fijo de encontrar a Ana antes de los dos días que debía tardar Velázquez en regresar a Madrid, y el de darse la muerte si no podía conseguirla: estas dos ideas le hacían sonreír por intervalos, con una risa en que entraba por mucho la locura.
IX
EL EMBAJADOR
Dos días después, y a eso de las siete de la tarde, un coche cerrado conducía a Madrid a Velázquez al trote de sus magníficas yeguas tordas.
El artista iba tan preocupado que no fijó la atención en otro coche cerrado también, pero mucho más escrupulosamente, que pasó junto al suyo.
Ni oyó, por consiguiente, una dulce voz que le era muy conocida y que preguntaba con ansiedad:
—¿Llegaremos pronto a donde está mi hermano, señor conde?
Aquella voz era la de Ana, que ocupaba el coche cerrado con el conde-duque, y que marchaba con dirección al Escorial.
Velázquez prosiguió su camino, y a las siete y media se apeó delante del palacio.
Una multitud inmensa se agolpaba a sus puertas: veíase estacionada delante de ellas una larga fila de lujosas carrozas vacías, sin duda por estar sus dueños dentro de la morada real; algunos señores flamencos permanecían a caballo, erguidos e inmóviles, luciendo sus bordadas gorras, sus ropillas cuajadas de pedrería, y sus colosales figuras.
Una guardia flamenca rodeaba la comitiva, conteniendo con mesura, pero con una gravedad inalterable, al pueblo que se arremolinaba murmurando:
—¡El embajador, el embajador!
El coche de Velázquez entró en las caballerizas de palacio, y el artista, sin detenerse ni aun a preguntar quién era el embajador, subió ansioso a su habitación, encontrándose al final de una galería al duque del Infantado.
—¿Habéis visto a Rubens, don Diego? —preguntó el duque, tendiendo una mano al pintor.
—¿Está aquí Rubens? —exclamó Velázquez admirado y deteniéndose a pesar de su ansiedad.
—Es el embajador que acaba de llegar, enviado por la infanta gobernadora de Flandes.
—¿Dónde está?
—En audiencia con la reina, que quedó encargada por el rey de recibirle a su llegada.
—Os dejo, señor don Juan —dijo Velázquez, estrechando de nuevo la mano del duque y poniendo el pie en la escalera.
—¿A dónde vais, y de dónde venís?
—Vengo del Escorial, y así que amanezca mañana me vuelvo a él con Ana.
—¡Cómo! —exclamó don Juan Hurtado haciéndose un paso atrás—. ¡Cómo, Velázquez, lleváis a esa niña a la corte! Permitidme que os repruebe tal propósito.
—Quiero que todos ignoren que se halla en el Escorial.
—¿Y cómo lo lograréis, acompañándola vos mismo?
—No lo sé —dijo Velázquez inclinando tristemente la cabeza—, ¡no lo sé, pero Dios me ayudará!
—¿Tenéis confianza en mí, para fiarme a doña Ana? —preguntó el duque, fijando en la abatida fisonomía del artista sus leales y arrogantes ojos.
—¡Oh, sí! —exclamó este levantando la frente y mirando al duque con profunda gratitud—: ¡solo a vos y a Juan, mi mulato, la fiaría yo!
—Vamos, pues, a vuestra habitación, Velázquez —dijo el duque pasando su brazo por debajo del del artista—: Juan y yo la acompañaremos, y quedará segura en mis habitaciones, donde la encontraréis.
Diego Velázquez llegó a su aposento con el duque, y llamó suavemente a la puerta.
El criado que la abrió palideció y retrocedió dos pasos al ver a su amo.
—¿Y doña Ana? —preguntó ansiosamente Velázquez.
El doméstico, con los ojos fijos en el suelo, parecía la estatua del asombro.
—¿Y doña Ana? —tornó a preguntar Velázquez sacudiendo el brazo del criado.
—¡Señor!...
—¡Habla!...
—¡La han robado!
—¡La han robado!...
Este grito se escapó angustioso y desgarrador de los labios del artista, que permaneció durante algunos momentos anonadado y mudo.
De súbito echó a correr hacia el aposento de Ana, siguiéndole el duque.
Los desatentados ojos de Velázquez recorrieron la estancia en un segundo; pero el artista hubo de apoyarse en un sillón para no caer: el aposento conservaba todas las señales de la reciente presencia de la pobre niña.
—¡Juan! —gritó Velázquez con ronca y sofocada voz.
—También ha desaparecido.
—¡Vendido por él! —barbotó Velázquez, quien, al oír la contestación del doméstico, no pensó siquiera en preguntarle cómo había sido la desaparición de Juan.