Part 17
»—¿Sin decirte su nombre?
»—Nada más le oí que lo que te he repetido.
»—Hasta la noche, pues, Ana —le dije tomando pensativo los papeles.
»—Hasta la noche —repitió ella.
»No bien llegué a mi casa, rompí el nema, que tenía impresa una corona de conde, y aparecieron a mis ojos dos pliegos pequeños de papel vitela, perfumado y rico, y enteramente llenos de una letra clara y menuda: entre sus dobleces había una larga trenza de cabellos rubios, que despedían un penetrante aroma, y cuyo matiz era igual al de los rizos de Ana.
»Puse en la mesa con religioso cuidado la hermosa trenza, y leí el papel, de cuyo contenido voy a enteraros si me dais vuestra licencia.
El duque aproximó su silla a la de Velázquez como preparándose a escuchar, y este sacó un pliego y empezó a leer lo que sigue.
III
EL RUEGO DE UNA MADRE
«Señor: quien quiera que seáis, debéis tener un corazón sensible, puesto que se ha conmovido con la inocente belleza de mi hija: yo sé que su hermosura no puede inspirar pasiones bastardas, porque hay en ella algo de angélico que Dios, en su bondad infinita, ha querido darle ya que carecía de toda guarda en el mundo.
»¡Plegue al cielo, señor, que no estéis unido con eternos lazos a otra mujer cuando conozcáis a mi pobre Ana, y que sea el matrimonio el puerto salvador que acoja su infortunada juventud! Pero si, por desgracia mía, os habéis ya abrigado a él con otra compañera, os suplico, por el amor de la madre de vuestros hijos, por la memoria de la vuestra, que ni aun así la abandonéis.
»La infeliz niña está sola en el mundo: aunque de noble sangre, su nacimiento fue un crimen, porque su padre y su madre estaban ligados a otros dos seres con los lazos de una eterna unión: su padre la ha olvidado en medio del cúmulo de honores que le abruma y su desdichada madre teme la justa cólera de un esposo ultrajado y demasiadamente noble.
»Si mi hija ha conseguido interesaros, velad vos por ella, señor: si sois esposo y padre, ¡por el cielo!, no os hagáis reo del mismo delito que el que le dio la vida: pero sed su hermano, y llevadla al lado de vuestra esposa, que Ana la amará con todo su corazón, porque es buena como los ángeles de Dios. Sea bastante poderoso el ruego de una pobre madre para cambiar vuestros propósitos de seducción en una resolución generosa; y acordaos, señor, de que la mujer que de este modo os ruega ha caído en ese abismo de remordimientos que os quiere evitar. ¡Sed fuerte, oh señor, sed fuerte al menos por compasión hacia esa infortunada niña que no tiene otro amparo que el de vuestra piedad!
»Si por su dicha fuerais libre, entonces os juro que no podéis encontrar una compañera más dulce y angelical... ¡Oh, sí,... ella os dará esa dicha doméstica que tan escasa es en la tierra!
»Salvad a mi hija de una perdición cierta, atendida su hermosura y el abandono en que vive; sed su protector; os lo pide por vuestra fe de caballero y de cristiano, su desdichada madre. — _Ana._
»P. D. — Dadle esa trenza que acabo de cortar de mi cabeza para ella, y contestadme para tranquilizar mi ansiedad, que no puede cesar hasta saber vuestra decisión.»
»Dirigid vuestra carta a Gante, cuartel de San Pablo, sin más señas que estas: _A Ana S._»
—¡Es original la aventura! —dijo el duque así que Velázquez acabó de leer el pliego.
—Cuando me enteré de esta carta —continuó el artista guardándola—, un sentimiento de profunda y dolorosa piedad se apoderó de mí: la desgraciada suerte de aquella mujer, que por lo poco que se vislumbraba era una noble dama, me conmovió hasta el extremo de arrasar mis ojos en lágrimas, y me afirmó en el propósito que tenía de llevarme conmigo a España a mi inocente Ana.
»Pensaba conducirla al lado de Juana, según su madre me encargaba, y si bien un sentimiento de amargura se abría paso en mi corazón al pensar en lo dichoso que hubiera podido ser uniéndome a aquella angélica criatura, puedo deciros con verdad que la memoria de los beneficios que debía al padre de mi esposa, la grave y tranquila afección que esta me inspiraba y el amor de mi hija, dominaron bien pronto aquel doloroso pensamiento.
»Salí de mi casa, y dirigiéndome a la de un platero, compré un medallón de oro pendiente de una cadena del mismo metal; encerré en él la trenza de la madre de Ana, y lo guardé, esperando la hora de ir en su busca, y haciendo activamente los preparativos de nuestra marcha, que debía efectuarse al rayar la aurora.
»Dieron, por fin, en la gran catedral las once y media; tomé una escala de seda preparada de antemano, y me dirigí a la vivienda de Ana.
»Ya me esperaba esta en la ventana; asegurando la escala, bajó con pie firme, y mi mano tocó la suya por primera vez, para ayudarla a descender.
»Cuando estuvo en el suelo, puse en su cuello la cadena de la cual pendía el medallón.
»—Guarda —le dije—, guarda, Ana mía, este recuerdo de nuestra madre que te ofrece la mano de tu hermano.
»—¡Ah, Dios mío! —exclamó con indecible alegría—. ¿Y eres tú mi hermano?
»—Sí —contesté con voz firme y pidiendo desde lo íntimo de mi alma perdón a mi madre por aquel generoso engaño, que me recordaría mis deberes—: sí, Ana, yo soy tu hermano, y esta feliz nueva la he encontrado en los papeles que esta mañana me entregaste.
»—¡Ah! ¡Por eso quizá te amé desde la primera vez que te vi! —exclamó apoyándose con abandono en mi brazo, y disponiéndose a seguirme.
»La inocente ni aun pensó siquiera en preguntarme quiénes eran nuestros padres: su infantil inteligencia, ofuscada aún por su total ignorancia del mundo, ni siquiera comprendía los lazos de la sangre.
»Llegamos, por fin, a mi posada: entonces rogué a Ana que se recostase en mi lecho, lo que hizo dócilmente, y bien pronto su igual y dulce respiración me dio a conocer que dormía.
»En seguida, y aprovechándome de su sueño, tomé la pluma y escribí a su madre una carta concebida en estos términos:
«Señora: Ana está en mi poder, segura y amparada para siempre; soy esposo y padre, y ella será la hermana de mi esposa.
»Vuestra hija y yo partimos para España dentro de dos horas: si algún día queréis abrazarla, preguntad por el pintor del rey Felipe IV. — _Diego Velázquez de Silva._»
»Dirigí esta carta y me acerqué al lecho de Ana: dormía como un niño en su cuna; pero mi puro amor de artista había sido más santificado todavía con la carta de su desdichada madre, y ni aun llegué mis labios a su frente.
»Dos horas, empero, pasé contemplándola: la vista de su angélico semblante, coronado de rubios rizos, llenaba mi corazón de una calma y bienestar que jamás había experimentado. ¡Ay de mí! Era el amor, que tomaba traidoramente la única forma con la cual podía subyugar mi alma.
»El primer rayo de la aurora brilló, por fin, en el oriente: desperté a Ana, y un cuarto de hora después nos dábamos a la vela en un buque español. Al desaparecer de nuestra vista los últimos edificios de la hermosa ciudad de Amberes, de los ojos de Ana brotó copioso llanto.
»—¿Qué tienes? —le pregunté.
»—¡No lo sé, hermano mío! —dijo ella—; pero me parece que dejo aquí alguna cosa que me es muy querida; y, sin embargo —continuó rodeando mi cuello con sus brazos—, tú y el cabello de mi madre es lo único que me inspira amor en el mundo.
IV
LA HILDALGUÍA ESPAÑOLA
Largo rato hacía que el duque del Infantado estaba absorto en un profundo asombro: miraba a Velázquez como miramos a un ser de una naturaleza superior, porque, si bien las licenciosas costumbres de la corte de Felipe IV le habían estragado el corazón, era todavía bastante capaz de comprender toda la nobleza del artista.
—¿Es, pues, esa joven que trajisteis de Flandes la que hoy pasa por hermana vuestra, y que con tanto cuidado recatáis de las miradas de todos? —preguntó al fin al pintor.
—Sí, señor don Juan —contestó este—; hace un año que Ana vive a mi lado bajo la continua vigilancia de mi esclavo mulato Juan de Pareja; y aunque habita dentro de palacio, no han profanado su belleza los ojos atrevidos de ninguno de esos licenciosos y depravados cortesanos.
—¿Por qué no la habéis enviado, según ofrecisteis a su madre, a Sevilla, al lado de doña Juana?
—¡No puedo! ¡Oh, no puedo separarme de ella!
—¿Luego la amáis?
—¡Más que a mi gloria! —exclamó el artista elevando al cielo una mirada cubierta de ardientes lágrimas.
Un largo silencio siguió a aquel grito escapado del alma generosa del pintor. El duque permanecía inmóvil y pensativo: mucho debía amar a Velázquez aquel orgulloso cortesano, cuando de tal manera le preocupaban sus dolores.
En aquel instante, el caballero que los acechaba se alejó con ligero paso; mas a pesar del cuidado con que hasta entonces se había recatado, cualquiera que le hubiera visto al pasar por delante de una de las tiendas próximas, cuyas luces iluminaron de lleno su semblante, hubiera reconocido en él las severas facciones de don Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde-duque de Olivares.
—Ya tengo una buena nueva que dar al rey —murmuró desapareciendo rápidamente en las sombras de la alameda.
—Os confieso, don Diego —dijo al fin el duque rompiendo el silencio—, que no concibo tanta nobleza y generosidad como encuentro en vuestra conducta. Amáis a una mujer, la tenéis en vuestro poder sin trabas y sin conocer a nadie que os pida cuenta de ella, y la respetáis por la súplica de una madre que quizá sea ficticia, puesto que no tenéis prueba alguna de que la autora de esa carta sea efectivamente la mujer a quien Ana debe la vida.
—¡Ah!, examinad esa carta —exclamó Velázquez mostrando al duque la que leyera pocos momentos antes—; examinadla y os convenceréis de que solo una madre pudo dejar así la huella de esas anchas lágrimas tan ardorosas como las gotas que preceden a una tempestad... de que solo la mano de una madre tiembla del modo que debía temblar la de la mujer que ha trazado estas líneas... Pero, ¡ay! —continuó Velázquez guardando de nuevo la carta, y llevando a su frente sus manos cerradas con un desesperado movimiento—, ¡ay de mí!, nada he conseguido con mi sacrificio: el rey ha visto a Ana hace tres días, y he comprendido demasiado que está ciegamente enamorado de ella.
Al escuchar estas palabras, se levantó el duque y miró con recelo a todas partes; algunas enamoradas parejas cruzaban por la enramada, y no era difícil que oyesen las palabras del pintor.
—Volvamos a Madrid, Velázquez —dijo acercándose de nuevo a este—. Nuestra conversación se ha hecho muy seria para que podamos continuarla aquí, por el grave riesgo que corremos de ser oídos.
En seguida tomó familiarmente el brazo del artista, y se dirigió con él a su coche, cuyos caballos tomaron al trote el camino de Madrid así que el duque y Velázquez se hubieron acomodado en él.
—¿Cómo ha visto el rey a esa joven? —preguntó el duque, no bien el ruido del carruaje pudo apagar un tanto su voz.
—Mil veces me había preguntado por mi hermana, exigiéndome que se la presentase, pero yo había conseguido excusarme con diferentes pretextos. Hace tres días entró de improviso en mi estudio, del cual tiene llave desde que me concedió el título de pintor de cámara, y nos sorprendió estando yo haciendo el retrato de Ana: a su vista quedó mudo de asombro, y apenas acertó a pronunciar una palabra. La inocente niña, por el contrario, no manifestó la menor sorpresa.
—¿Quién es este señor tan hermoso? —me preguntó.
—S. M. el rey —le contesté—, casi sin saber lo que decía.
Entonces el rey le tendió la mano, que ella, completamente ignorante de toda etiqueta, no se cuidó de besar, contentándose con estrecharla levemente como si fuese la de un antiguo amigo.
—Voy a nombrar a tu preciosa hermana dama de honor de la reina, Velázquez —me dijo el rey poco después, sin apartar sus ojos de Ana.
—Suplico a V. M. que no haga tal cosa —contesté yo rojo de indignación.
—¿Por qué?
—Porque nunca consentiré en que admita semejante merced.
La mirada con que acompañé estas palabras debió traducir al rey mi pensamiento, porque la dulce expresión de sus ojos dejó lugar a otra llena de cólera. Un instante después salió de mi estudio cerrando la puerta con violencia.
Todo lo temo —continuó el artista—, todo lo temo del carácter del rey, y solo confío en la vigilancia del mulato, que es para Ana y para mí un perro fiel.
—Confiad también en mi amistad, don Diego —dijo el duque estrechando afectuosamente la mano del pintor.
—¡Gracias, señor don Juan! —contestó este—. Pero lejos de que yo me valga en esta ocasión de vuestra amistad, os suplico, con todas las veras de mi alma, que aparentéis que se ha enfriado la vuestra, o que me la negáis por completo. Sospecho que voy a caer del pedestal en que momentáneamente me colocó la fortuna, y os amo demasiado para envolveros en mi ruina.
El coche llegaba entonces al palacio del duque; mas este, embargado por la honda conmoción que le causaron las generosas frases de Velázquez, no lo advirtió siquiera hasta que los caballos se detuvieron.
—¡Alma noble! —exclamó rodeando con sus brazos el cuello del artista—: no temáis las iras de la suerte; no haré en público nada por vos, porque, como decís muy bien, sería envolverme en vuestra ruina; pero yo os conservaré en ese pedestal que tan honrosamente habéis conquistado, y del cual quiere arrojaros una mano.
En aquel instante fijó su mirada por casualidad en un caballero que pasaba a la sazón junto al coche: era el conde-duque de Olivares, que marchaba apresuradamente hacia palacio y que, al escuchar las últimas palabras del duque, redobló el paso hacia el alcázar real.
El duque entró en su casa, y ordenó a su cochero que condujese al artista a palacio, donde, según se ha dicho ya, tenía aposento.
Velázquez se dirigió a su habitación: diez minutos después de entrar en ella, don Gaspar de Guzmán y Pimentel penetraba, sin anunciarse, en la cámara de Felipe IV.
V
REY DE NOMBRE Y REY DE HECHO
Escribía el rey sentado delante de una pequeña mesa cubierta de papeles, y su obra debía ser en verso, según lo atestiguaban sus desiguales renglones, y el cuidado que ponía en medirlos contando sus sílabas con los dedos.
Al sentir los pasos del conde-duque, levantó la cabeza y mostró su gracioso semblante, pálido y marchito como si estuviera falto de reposo.
En efecto, Felipe IV hacía tres noches que no cerraba los ojos, pensando en la hermana de su pintor de cámara.
El rey de España tendría unos veinticinco años, era de estatura mediana, tez trigueña y hermosos ojos; su nariz, un tanto encorvada, era, quizá por este mismo defecto, la facción más graciosa de su rostro; sus cabellos castaños bajaban en ondas brillantes hasta su cuello de batista lisa, y su bigote retorcido, acababa de dar a su fisonomía aquel carácter de época que en vano se ha procurado después imitar.
Su pie, encerrado en un zapato de alto tacón y cubierto con un gran lazo, era lindo, pequeño y arqueado; sus manos, blancas y delicadas, salían de entre ricos encajes, y su ropilla de terciopelo negro marcaba bien su alto y hermoso pecho, y su talle gallardo y redondo.
Llegaría apenas el de Olivares a su noveno lustro, y sus facciones, severas y duras, retrataban bien su carácter dominante, pero estaban dotadas al propio tiempo de tan admirable flexibilidad, que cambiaban instantáneamente de expresión sin que pareciese costarle el más pequeño esfuerzo.
Vestía con mucha mayor suntuosidad que el rey, y era más corpulento y de estatura más elevada. Hasta la puerta de la cámara real, sus cejas, violentamente contraídas, y la iracunda expresión de sus ojos hubieran patentizado al observador menos inteligente la ira que fermentaba en su alma; mas, al aparecer ante el rey, retrataron sus facciones un gozo tan sincero que hubiera engañado al más sagaz.
A la primera mirada que el rey fijó en el semblante del de Olivares, a la alegría de las facciones que este reflejó en las del monarca, como en un espejo, se levantó presuroso.
—¿Me traes alguna buena nueva? —preguntó ansiosamente.
—La mejor que puedo dar a V. M.
—¿Cuál?
Don Gaspar fue afectando sumo cuidado a la puerta secreta del dormitorio, y la cerró sin causar el menor ruido; hizo otro tanto con la que comunicaba con el tocador del rey y con la que daba a la antecámara, y luego volvió cerca del monarca.
—Siéntate —dijo este al de Olivares, señalando un sillón a su lado y volviendo a ocupar el suyo.
—¡Señor! —murmuró el conde-duque afectando gran confusión.
—Siéntate —repitió el rey en cuyos ojos brillaba la ansiedad.
Obedeció don Gaspar de Guzmán: luego se aproximó al rey, y dijo recalcando las palabras, y escudriñando con una mirada profunda el efecto que producían en su semblante:
—Señor, la joven que pasa por hermana de Velázquez no lo es.
—¿Qué?, ¿cómo? —exclamó el rey impetuosamente.
—Que la joven y linda Ana es la querida de Velázquez.
Una viva alegría iluminó el semblante del rey, pero aquella expresión fue borrada bien pronto por otra de amargo y profundo desaliento.
Felipe IV amaba sinceramente a la joven, y la noticia de su degradación le causó tan intenso dolor que ahogó la esperanza que aquella misma degradación le hizo concebir de hacerla suya.
—¡Conque no es su hermana! —murmuró sin pensar quizás en lo que decía.
—Es una joven que se trajo de Amberes, cuando, llevado por el deseo de conocer a Rubens y de estudiar sus obras, fue a aquella ciudad.
—¡Ah!, a propósito... —exclamó Felipe IV con la ligereza de carácter que le era habitual—, Rubens viene.
—¡Que viene Rubens! —repitió el conde-duque que, acostumbrado a dominar enteramente a Felipe IV, no podía sufrir junto al rey a ninguna persona que ejerciese en su ánimo la influencia más leve—. ¡Que viene Rubens! ¿Y a qué?
—Le envía mi tía, la infanta gobernadora de Flandes, para que le dé mis instrucciones acerca de las negociaciones de alianza entre España e Inglaterra, y creo que le trae también el deseo de conocer a Diego Velázquez, cuya fama se ha extendido ya por todo el mundo, y a quien solo conoce por la correspondencia que sostiene con él, desde que a su vuelta a Amberes supo que Velázquez había ido allí solo por verle y no había podido conseguirlo. Mi tía, la infanta doña Isabel, me encarga en su carta que procure divertirle, pues hace un año que le consume una melancolía profunda.
Al hablar el rey de la tristeza de Rubens, la nube de dolor que por un momento había desaparecido de sus facciones, volvió a invadir su semblante; el favorito guardó silencio algunos instantes como para dar lugar a que el desaliento se apoderase de su alma por completo.
—Creo, señor —dijo por fin—, que el amor de V. M. por esa joven es más serio que ninguno de los que V. M. ha sentido hasta aquí.
—Tienes razón: mis pasados galanteos solo merecen el nombre de caprichos, comparados con lo que siento ahora... ¡Ah... es tan bella, tan joven, tan adorable!...
El favorito sonrió con desdén: iguales elogios había escuchado mil veces de la boca del rey tratándose de otras mujeres olvidadas ya desde hacía mucho tiempo; por cuya razón jamás fundó su privanza en los amores del monarca: sabía que ninguna mujer reinaba más de un mes en el voluble corazón de Felipe IV.
De súbito un pensamiento más grave frunció sus espesas cejas; pero su meditación duró breves instantes, volviendo a aparecer en su fisonomía la expresión de calma desdeñosa que le caracterizaba.
—El corazón de esa niña será muy pronto de V. M. —dijo al rey, que levantó la cabeza al oírle, meciéndola tristemente.
—¡Quizá no! —murmuró—. Mucho debe amar a Velázquez cuando tan fielmente guarda el secreto de su fingida hermandad.
—¡Bah!, ¿no hemos conquistado otras beldades tan enamoradas como esa niña pudiera estarlo? Y digo pudiera, porque no lo está: ella se cree verdadera hermana de Velázquez, y como tal vive con él.
Al escuchar las palabras del infame favorito, levantose Felipe como impulsado por un resorte, y con el rostro radiante de alegría aproximose al conde-duque y tomó sus manos, que estrechó con frenesí.
—¿Cómo has hecho para adquirir esas noticias? —exclamó—. ¡Oh, habla... habla... dímelo y luego pídeme lo que quieras para recompensar tu celo!...
—No se tome V. M. el trabajo de indagar el que me ha costado a mí adquirir esas nuevas que tan agradables son a V. M. —contestó el privado siguiendo la provechosa costumbre que había adoptado de hacer sus servicios todo lo posible misteriosos—; en cuanto a mi recompensa, es sobrado grande con la alegría que he proporcionado a V. M.
—Acepta, sin embargo, esta sortija como una prenda de mi gratitud —dijo el rey sacando de su dedo anular un magnífico cintillo de diamantes y perlas, y poniéndole él mismo en el del conde-duque.
Inclinose don Gaspar profundamente, y el rey continuó:
—Estoy decidido a hacer mía a esa joven; pero, te lo confieso, no quisiera romper con Velázquez a quien amo de veras.
—Sin que rompa con él V. M., y sin romper yo, que le amo también, mañana a estas horas estará en mi casa la joven Ana.
—¿Pero no sabes que mañana al amanecer salimos para el Escorial?
—Saldremos todos, incluso Velázquez: pero Ana se quedará aquí, en mi casa, según he dicho a V. M.
—Mas la reina se queda también en Madrid, porque la delicada salud de mi hija María Teresa le impide acompañarnos.
—Lo sé; pero nada tema V. M.: no bien quede la corte instalada en el palacio de San Lorenzo, volveré yo aquí y me llevaré a la flamenca en un coche cerrado, conduciéndola a las habitaciones que allí me ha señalado V. M.
—¿Cómo podré yo pagarte tanto celo?
—Conservándome un lugar en el corazón de V. M.
—¡Siempre, siempre será tuyo!
El favorito no hizo, al parecer, gran caso de la protesta real: inclinose fría y ceremoniosamente, y salió de la cámara con paso grave y mesurado.
VI
ISABEL DE BORBÓN
—Resumamos —decía para sí el de Olivares, en tanto que se encaminaba lentamente a la cámara de la reina—, resumamos: el rey queda enteramente alucinado por mí, y le parece que nada ha hecho para probarme su gratitud, aun después de haberme dado un tesoro en este anillo; la reina me va a servir para robar a la niña sin que yo intervenga en nada, y de este modo consigo guardar pura a la pobre Ana, a la cual tanto ama mi querido Velázquez, y librarme de mi rival el duque del Infantado, que quiere proteger a la flamenca. Mis negocios van perfectamente.
Al decir estas palabras, llegaba a la puerta de la cámara de la reina, y se hizo anunciar por un ujier: sin duda no le era tan fácil penetrar en aquellas habitaciones como en las del rey.
Cuando el conde-duque penetró en la cámara de la reina, serían las diez de la noche. La cámara, poco iluminada, tenía abiertos los dos balcones, que enviaban dos rayos de luna al lecho de la infanta María Teresa, colocado en el centro de la cámara a causa del gran calor.
Pero el lecho estaba vacío: la regia enferma, que contaba muy pocos años, se entretenía formando un castillo de naipes en un sillón próximo a la reina, que la contemplaba con amor.
Isabel de Borbón acababa de cumplir veintitrés años. Su semblante, dulcemente ovalado, era más que hermoso, agradable y simpático; sus ojos oscuros eran muy rasgados y veíase en ellos ese ligero cambiante azul que se asemeja a la pizarra, y que tal encanto presta a la mirada que le posee; sus cabellos, levantados con el mismo peinado que luego hemos llamado _a la Fuoco_, eran sedosos, abundantes y de un hermoso color castaño; no se podían llamar perfectas su nariz ni su boca, la cual era de una extrema pequeñez; pero la fresca palidez de su semblante, el gracioso corte de su frente y su dulce sonrisa le daban un encanto inexplicable y más seductor que el que presta una acabada hermosura.
Tenía puesto un vestido blanco y liso, y su gola de batista, lisa también, hacía resaltar el agradable trigueño de su tez.
La infanta María Teresa era el retrato fiel de su madre; pero sus ojos eran de un azul más claro y transparente, su tez más blanca y sus rizados cabellos tenían los brillantes matices del oro. Aquella dulce, tierna y apacible niña fue después la desdichada esposa de Luis XIV de Francia.