Amor y llanto

Part 16

Chapter 164,081 wordsPublic domain

Arrodillose Estratón y pegó sus labios a la helada mano de la joven; mas irguiéndose de pronto, y con un rápido movimiento, apoyó en tierra la empuñadura de su espada, y se atravesó el pecho de parte a parte, bañando el suelo con su sangre y dando el postrer aliento en un hondo gemido.

Los arqueros se encogieron de hombros, como satisfechos de ahorrarse el trabajo de conducir al capitán, y volvieron grupas, tomando otra vez al trote el camino que conducía a sus trincheras.

Hermione continuaba tendida en la yerba, pálida e inanimada; únicamente velaban aquel letargo mortal una anciana que sollozaba y un cadáver tendido a sus pies.

La luna alumbraba, apacible y plateada, aquel cuadro desolador.

VI

EL CAMPAMENTO

Pocos días después de los acontecimientos que acabamos de referir, y el mismo en que se dio a orillas del Ganges la batalla que derrotó al ejército sublevado por Efestión, sometiendo de nuevo al poder de Alejandro a Maracanda y Edesa, presentaban las llanuras de Babilonia un espectáculo hermoso e imponente a la vez.

Humeaban a un tiempo cien altares, dispuestos para los sacrificios con que el ejército vencedor daba gracias a sus dioses.

Cien inocentes y blancos corderillos fueron inmolados, y sus entrañas se observaron prolijamente por los sacrificadores, sin que encontrasen en ellas otra cosa que indicios de ventura.

Aquellos altares iluminados con teas y bañados por el sol; los sacerdotes con sus blancas vestiduras talares; el incienso que se elevaba en nubes hacia el azulado firmamento; los cien guerreros prosternados, en cuyas armaduras de brillante acero reflejaba su luz la antorcha de los cielos; el sonido de los atabales e instrumentos bélicos; todo, en fin, contribuía a formar un cuadro magnífico y deslumbrador.

Los heridos que resultaron de la refriega habían sido conducidos a las tiendas, donde eran cuidadosamente asistidos.

Solamente un guerrero, cuyo pecho se veía atravesado por una daga, había quedado tendido bajo un árbol, por temor de que perdiese la vida al trasladarlo: otros dos personajes velaban su agonía, de los cuales el uno era un anciano, y el otro un joven que parecía sumido en la más viva aflicción.

Pero mirando con cuidado a aquellas tres personas, fácilmente se hubiera conocido que dos de ellas ocultaban su sexo de mujer bajo la ruda vestidura del soldado; patentizábanlo así sus largas cabelleras, negra como el azabache, en la que tenía la daga clavada en el pecho, y blanca en la que lloraba. En cuanto al otro personaje, se adivinaba claramente que era un hombre al observar sus cabellos cortos, la enérgica belleza de sus facciones, y la pasión que ardía en sus negros ojos, aunque velados a la sazón por una profunda tristeza.

—¡Hermione!... —decía aquel hombre sosteniendo la cabeza de la joven herida—. ¡Es posible que me abandones cuando he vuelto a encontrarte!... ¡Es cierto que he podido clavar mi daga en tu corazón! ¡Es verdad que soy yo quien te da la muerte!

—No os aflijáis... así... Demetrio —contestó ella con débil y cortada voz—. Os soy deudora de la única dicha que apetecía en la tierra... la de morir... porque únicamente para buscar la muerte me disfracé de este modo, y corrí a mezclarme con los enemigos de Alejandro...

Calló Hermione bajo el peso de su fatiga, y llevó una mano a su pecho; mas este movimiento le produjo un dolor tan agudo, que cerró los ojos exhalando un lastimero gemido.

—¡Hermione! ¡Hermione!... —exclamó el príncipe de Epiro inclinándose hasta tocar la frente de la desventurada princesa—. ¡Miradme por lo que más améis... volved en vos... tened piedad de mí!...

El desgraciado joven deliraba por la fuerza del dolor: había amado a la princesa desde el instante en que la vio, y hallándola en el combate disfrazada de guerrero y entre los enemigos de su rey, la había herido mortalmente sin conocerla.

No creáis en las inspiraciones del corazón de los hombres. Demetrio tuvo delante a la mujer a quien como un loco amaba; a aquella con quien soñaba dormido, y cuya imagen tenía incesantemente ante sus ojos; y sin embargo, levantó su puñal sobre aquella mujer y derramó su sangre, sin que su corazón le avisase con un latido de que aquella infeliz, a quien sacrificaba, era el único ser que le inspiraba tanto amor.

Poned delante de una mujer a su amante; disfrazadle como queráis, decidle que el hombre que ve es su más mortal enemigo; obligadla a que le hiera, y veréis cómo palpita su seno, cómo tiemblan sus labios, cómo asoma a sus ojos el llanto; veréis, por fin, que se desprende el puñal de sus manos y que no hiere, porque su corazón le avisará y le gritará más fuerte que vuestra voz.

* * * * *

La princesa abrió los ojos al oír los dolorosos gritos de Demetrio, y aun pudo sonreír con dulzura.

—¿Por qué os atormentáis de ese modo, amigo mío? —dijo con lentitud dolorosa—, ¿no os he dicho que la muerte es... la única dicha que puedo alcanzar en este mundo?... ¿Qué importa que sea vuestra mano la que me hace tanto bien?...

—¡Morir ahora, Hermione!... —gritó el príncipe con desesperación—; ¡y morir por mi causa, cuando daría yo mi existencia toda por una sola mirada vuestra!... ¡Morir, cuando sin cesar os he buscado para deciros que os amaba!... ¡Cuando tal vez podía esperar vivir siempre junto a vos y llamaros mía!... ¡Ah!... ¡Sería el cielo injusto, y eso no es posible!...

Mas, como si el mismo cielo hubiera querido aniquilar hasta la última esperanza del enamorado joven, vio que se agitaba Hermione en una última convulsión, y que cubría sus grandes ojos el velo de la muerte.

—¡Padre!... ¡Hermanos míos!... Ya voy... esperad... También tú me llamas... Efestión... espérame, pues... el cielo va... a juzgarnos a los dos...

Incorporándose, por último, hizo un doloroso esfuerzo; estrechó entre las suyas las manos del príncipe, y después extendió los brazos a Teane.

—Demetrio,... olvidadme... y sed feliz... —murmuró todavía—; defended a Alejandro... y decidle... que muero... amándole, y que le bendije... al expirar... ¡Madre mía!... ¡Adiós!

Su postrer suspiro se exhaló en su último acento; quedó inmóvil su cabeza en las rodillas del príncipe, y yertas sus manos en las de Teane.

La desdichada princesa únicamente columbró el amor feliz al borde de la tumba.

El sol alumbró su agonía, como iluminaba los sacrificios que celebraban en la llanura, y lo mismo que iluminó la luna su largo desmayo en el campo de los macedonios.

Trascurrido un corto espacio de tiempo, murió Alejandro en un banquete que le dio uno de sus favoritos; pero como no es mi ánimo narrar ahora un acontecimiento que conocerán gran parte de mis lectores, y que pienso contar en otra historia a los que lo ignoren, me limitaré a terminar esta leyenda del mismo modo que Eugenio Sue finaliza su _Marquis de Létorière_:

ALGUNOS AÑOS DESPUÉS CASÓ EL PRÍNCIPE DEMETRIO CON UNA PRINCESA GRIEGA.

Confieso que esta conclusión no es de mi gusto; pero es histórica, y yo, novel escritora, tengo un indecible placer en plagiar algo del célebre novelista francés: la he preferido además porque demuestra hasta la evidencia la constancia de los hombres en el amor.

LA HERMANA DE VELÁZQUEZ

I

LA VELADA DE SAN JUAN

Serena y bella era la noche del 24 de junio de 1629. La alameda, que aún hoy se extiende a orillas del tranquilo Manzanares, era entonces más frondosa y se llamaba _Alameda del río_: en las noches de verano, allí era donde tenían lugar las citas misteriosas de los galantes caballeros de la corte de Felipe IV con las bellas tapadas, aunque en verdad no se concebía el motivo de tal secreto, atendida la libertad de las costumbres de la corte.

En la noche de que voy hablando, la concurrencia era mucho más numerosa aún que de costumbre; la alameda, iluminada por multitud de farolillos de colores, presentaba el aspecto más alegre y animado por los gritos de los vendedores de rosquillas, panales y aloja; veíanse aquí y allá tiendas formadas en la enramada, en cuyo fondo cenaban amantes parejas o alegres amigos, entre los cuales no faltaba algún poeta de los muchos que florecieron durante el reinado de Felipe IV.

La alameda estaba poblada de gentes de ambos sexos: al pasar las damas por delante de las luces de los faroles, lucían, a despecho del misterioso y engañador manto que las cubría, los brocados de sus trajes, las joyas que adornaban sus cabellos y la hermosura de sus negros y rasgados ojos.

Oíanse por todas partes palabras perdidas, suspiros de amor o advertencias recatadas, formando todo tan extraño rumor que en vano uno de los muchos observadores recelosos que se hallaban allí hubiera querido analizarlo.

—Junto al álamo grande señalado con una cruz —decía una dama que pasaba, apoyada en el brazo de otra, al oído de un caballero que permanecía parado e inmóvil como quien espera algo.

—¡Mi marido está aquí! —murmuraba otra volviéndose al galán que la seguía.

—¡Cuánto te amo, Leonor mía! —suspiraba un apuesto marqués pegando su boca al manto de la rubia y encubierta duquesa que se apoyaba en su brazo con provocativo abandono.

Y palabras, suspiros y recatados avisos iban a perderse entre las auras perfumadas de aquella hermosa noche de estío.

En una de las tiendas iluminadas por farolillos y formada de verdes ramas, cenaban dos hombres. Aquella parte era la más animada y concurrida de la alameda: una de las muchas músicas con que los galantes caballeros obsequiaban a sus damas enviaba al fondo de la tienda sus armoniosos ecos, y las carcajadas y las risas penetraban allí también como si quisieran alegrar a aquellos dos hombres, cuyo continente, si bien no adolecía de melancólico, era extrañamente grave.

La mesa estaba servida con todo el lujo peculiar de una romería, y brillantemente iluminada; los manjares que la cubrían eran sabrosos y abundantes. El de más edad de los dos caballeros aparentaba treinta y ocho años: era alto y de formas abultadas; sus cabellos, de un rubio oscuro, bajaban formando ondas alrededor de su cara hasta tocar sus hombros; sus ojos azules, rasgados y expresivos, veíanse veteados de negro, dándoles esta circunstancia un seductor matiz.

Llevaba una riquísima ropilla de terciopelo azul bordada de oro; una capilla de terciopelo granate, y su sombrero, adornado de una hermosa pluma blanca, estaba colgado a su espalda.

Aquel caballero era don Juan Hurtado de Mendoza, duque del Infantado y mayordomo mayor de S. M. el rey Felipe IV.

El que se veía sentado enfrente de él aparentaba unos treinta años; era de estatura mediana y llena de gallardía; su tez morena, sus negros y brillantes ojos, sus cabellos de azabache lustrosos y rizados le daban a conocer por un hijo del mediodía de España; era su boca de una admirable hermosura, que realzaba el negro y retorcido mostacho; su nariz, recta e intachable, y en su ancha frente se veía radiar un genio sublime.

Su traje era mucho más modesto que el de su compañero: reducíase a una ropilla de terciopelo violado sin adornos, aunque cerrada por unos preciosos herretes de diamantes; caían sobre su cuello de batista lisa los luengos y espesos rizos de sus negros cabellos, cuya densa sombra contrastaba con la azulada blancura de aquel.

La nobleza de su sangre se advertía claramente en sus afiladas y nerviosas manos, y en sus pies de una pequeñez y delicadeza infinitas.

Llamábase don Diego Velázquez de Silva, y era pintor de cámara y gentilhombre de la majestad de Felipe IV.

En el momento que presento a estos dos personajes a mis lectores, ambos parecían casi hastiados ya de comer; a lo menos, sus platos medio llenos atestiguaban que habían satisfecho cumplidamente su apetito.

—Veo que la expresión de mi admiración sincera os molesta, amigo don Diego, y que os son enojosos mis elogios —decía el duque a Velázquez al mismo tiempo que un gallardo caballero, pasando junto a la tienda en que se encontraban ambos, echaba a su fondo una mirada indagadora.

—No lo creáis, señor don Juan —contestó el artista con aquella dulce cortesía llena de dignidad que tan querido le hizo siempre de toda la grandeza—, no lo creáis por vuestra vida: vuestros elogios me son más caros que otros, porque me tenéis dadas pruebas verdaderas de ser muy mi amigo.

—¡Oh!, y como que lo soy, Velázquez —exclamó el duque, cuya bella y noble fisonomía se animó de una expresión de orgulloso cariño.

—Lo sé, señor don Juan; por lo mismo aceptaré vuestros elogios si juzgáis que los merezco, después que os haya dicho de dónde bebía yo antes la inspiración para mis cuadros.

—¿Cómo antes? —exclamó asombrado el duque—. ¿Pues qué, Velázquez, carecéis ahora de inspiración en la época de vuestros trabajos más admirables?

—¡Oh, no! —exclamó el pintor con ardimiento—, ¡no! Por el contrario, ahora bebo mi inspiración en otro manantial más puro.

—¡Por Dios que no os comprendo! Vos habéis nacido pintor, como Quevedo poeta.

—No lo creáis. Nadie nace pintor, poeta, ni músico: lo más que nos acompaña, al nacer, es cierta predisposición o facilidad, más o menos grande, para esta o aquella otra cosa, facilidad que desarrolla en nosotros una pasión más o menos noble también.

—¿Qué es lo que ha desarrollado en vos vuestro sublime genio?

—Aun concediéndoos, señor don Juan, que yo naciese con genio, fue este tan raquítico y menguado en su nacimiento que tuve que apelar a la imitación para desarrollarle.

—¿Vos?

—Yo, sí; y contad con que ni a mi padre, Juan Rodríguez de Silva,[12] ni a mi maestro y suegro, don Francisco Pacheco, he hecho nunca la confesión que hoy hago a vuestra amistad.

[12] Velázquez usó siempre con preferencia el apellido de su madre doña Jerónima Velázquez, por efecto de un uso introducido en Andalucía.

El duque se inclinó del mismo modo que lo hubiera hecho al recibir una merced de un príncipe real.

—He inquirido —continuó Velázquez— en Alberto Durero la simetría del cuerpo humano; en Andrés Bexalio, la anatomía; en Juan Bautista Porta, la fisonomía; la perspectiva, en Daniel Barbar; la geometría, en Euclides; la aritmética, en Moya; la arquitectura, en Vitruvio y otros autores; examiné la nobleza de la pintura en Romano Alberti; la brevedad y presteza la aprendí en Micael Angelo Vedrido; el Vasari me ha animado con las vidas de los pintores ilustres, y el Riposo de Rafael Borghini, me ha enseñado erudición.[13]

[13] Palomino, Biografía de Velázquez.

—Eso no quiere decir otra cosa sino que habéis estudiado mucho, y con mucha constancia, don Diego —dijo el duque pagando con un afectuoso apretón de manos la noble y amistosa franqueza del artista.

—En efecto, señor don Juan —contestó este—; el estudio es lo que desarrolla el talento, pero no anima ni acrece esa chispa que se llama genio, con la cual Dios dota a muchas criaturas: por eso yo, no obstante mis largos y asiduos estudios, he pintado hasta hace un año _mi bodegón_ y _mi aguador_, que en tanta estima tiene la corte; por eso me di a pintar _cosas rústicas, a lo valentón, con luces y colores extraños_.

—Yo creí que habíais tomado ese rumbo conociendo que os imitaban ya el Ticiano, Alberto Rafael y otros.

—Y no os equivocáis; esa fue una de las razones porque me abstuve de pintar con suavidad asuntos más serios, pues aunque mis amigos me decían que podría emular a Rafael de Urbino, _más quería yo ser primero en aquella grosería, que segundo en la delicadeza_; la otra razón, y más poderosa, era que, careciendo aún de genio, porque ninguna pasión había venido a animarle, me era sumamente dificultoso pintar otra cosa.

El caballero que después de mirar al fondo de la tienda se había alejado, volvía entonces, y tornó a pararse cerca de ella, medio oculto entre el ramaje.

—¿Cómo, pues, habéis pintado con tanta perfección y maestría hace dos meses ese sublime cuadro de la coronación de la Virgen?

—¡Oh, porque ya había aparecido mi genio! —contestó el artista elevando a la bóveda celeste tachonada de estrellas una mirada de inefable y ardorosa gratitud.

II

AMOR DE ARTISTA

El caballero que acechaba aplicó el oído con ávida atención al escuchar la exclamación de Velázquez; este guardó silencio durante algunos instantes: a la sublime expresión de su semblante había sustituido otra de tristeza profunda y amargo desaliento.

El duque tomó cariñosamente una de sus manos, y le contempló por algún tiempo con afectuoso interés.

—Vos tenéis alguna pena, don Diego —le dijo después de esperar en vano por un momento a que el pintor rompiese el silencio—. ¿No soy —añadió— bastante amigo vuestro para que me la confiéis?

—¡Ah, sí, señor don Juan! —contestó el artista volviendo de su distracción y estrechando la mano que tenía asida la suya—; yo os diré de dónde nace mi pesar.

—Presumo que será causado por el amor —dijo sonriéndose el duque.

—Y presumís harto bien —contestó Velázquez lanzando un suspiro, como quien siente aliviado su corazón de un peso enorme.

—¿Y qué dice de esto mi señora doña Juana Pacheco, vuestra noble esposa?

—¡Juana nada sabe! —murmuró el artista con acento melancólico y quedando de nuevo profundamente caviloso—. Escuchadme, señor duque —continuó tras una leve pausa—: voy a confiar a vuestra lealtad el secreto más importante de mi vida, y bastan estas palabras para que vuestra hidalguía conozca lo que me importa.

Inclinose levemente don Juan Hurtado de Mendoza en señal de conformidad, y el pintor de cámara habló así, mientras que el caballero que rondaba la tienda escuchaba con la mayor atención, recatándose el semblante todo lo posible con el ala de su sombrero.

—Cuando salí de la corte, a donde apenas hacía un año que había llegado con objeto de viajar, quedaron en Sevilla mi esposa y mi hija, y recorrí la Italia, la Alemania y Flandes, dejando este país para lo último, porque quería conocer y tratar algún tiempo al rey de la pintura, al célebre Pedro Pablo Rubens, por quien sentía una especie de apasionada admiración.

»No pude, empero, lograr mi deseo. Rubens se hallaba en Inglaterra, pues, tan hábil diplomático como pintor, estaba encargado por la infanta gobernadora de Flandes de negociaciones de paz.

»Al ver fallida mi esperanza, determiné salir pronto de Amberes, pero quise antes ver la ciudad con alguna detención; entonces estaba devorado por tan negra melancolía que en nada encontraba solaz; faltábame a veces la inspiración, que solo me asistía para pintar escenas vulgares y groseras; ninguna imagen de belleza se había grabado en mi alma, que lloraba como una esclava encerrada en una oscura cárcel: casado en la aurora de mi vida con Juana Pacheco, a la que siempre había amado como a una hermana, ninguna pasión había llegado a animar mi corazón.

»Una mañana que daba vueltas al acaso por la ciudad, me encontré sin saber cómo en una calle en extremo solitaria, y terminada por algunos árboles: era una de las salidas de la población.

»Admirado del aislamiento del sitio, y complacido al mismo tiempo de él, me senté al pie de un álamo, y me entregué a una de esas vagas meditaciones inspiradas por la soledad, y que ningún fin tienen.

»Yo no sé cuánto tiempo permanecí allí: cuando levanté la cabeza, vi enfrente de mí una pequeña casa, en cuya fachada se abrían cuatro ventanas; en la más inmediata a mí estaba apoyada una joven, a la cual creí una aparición celeste.

—¿Tan bella era? —preguntó Hurtado de Mendoza con benévola sonrisa.

—Tan bella, que jamás he visto nada que se le parezca: fingíos, señor don Juan, un semblante de quince años, blanco como el alabastro e iluminado por dos ojos azules tan rasgados y hermosos como solo los poseen las flamencas; fingíos una cabellera dorada y sedosa, una boca de ángel, una frente virginal, unas manecitas nevadas y unos pies infantiles, y tendréis una idea aproximada de aquella hermosa niña.

—¿Y os la habéis dejado allí? —exclamó extrañado el duque.

—Perdonadme que no os conteste por ahora a esta pregunta, y que prosiga mi historia —dijo Velázquez con mal seguro acento; luego continuó:

—Durante largo rato permanecí contemplando a aquella angélica criatura, sin que ella separase de mí sus grandes e inocentes ojos, y solo tomé el camino de mi casa cuando la luz de la tarde fue tan débil que ya no podía distinguirla.

»—Adiós —me dijo entonces la desconocida con dulcísima voz, y como si yo fuera un amigo antiguo.

»—Adiós —contesté yo—, hasta mañana —y me alejé lentamente.

»No bien la aurora del siguiente día iluminó el cielo, fui a situarme enfrente de las ventanas de mi ángel, que tardó algún tiempo en llegar.

»—Yo no creí que vendrías tan pronto —me dijo sin embarazo ni rubor—; no he dormido en toda la noche pensando en ti, y a la aurora me rindió el sueño: perdóname.

»—¿Cómo te llamas, hermosa niña? —le pregunté pasmado de tal candor y sencillez.

»—Ana.

»—¿Tienes padres?

»—No. Solo me acompaña una anciana dueña llamada Tadea; nunca he visto a mis padres, y solo conozco a ella y a ti.

»Nuestra entrevista duró largo rato: nadie vino a interrumpirnos ni acudiendo a vigilar por aquella inocente, ni cruzando por aquella solitaria calle.

»Ana me dijo que a veces se pasaban meses sin que alma viviente transitase por allí, y que por eso había sido tan viva su admiración al verme.

»Díjome también que no salía nunca de casa, porque un anciano sacerdote iba a decir misa todos los días a su oratorio; que su dueña recibía para ambas la comida de un mesón por una rejilla practicada en la puerta, y que nadie iba a verlas jamás.

»Despedime por fin. Durante quince días nuestras entrevistas se repitieron, y muy en breve conocí que aquella niña era tan necesaria a mi vida como el aire que respiraba. Bajo la influencia de mi amor, diseñé el cuadro de la coronación que tanto habéis celebrado, y entonces fue cuando advertí que había encontrado la inspiración que antes huía de mí.

»Pero no seguí el ejemplo de Rafael de Urbino retratando a mi Ana en todas las mujeres de mis cuadros, como él hacía con la Fornarina, y a la verdad que hubiera podido hacerlo con más ventaja que él: sus celebradas vírgenes son, por decirlo así, otras tantas profanaciones de la purísima madre de Dios, puesto que todas ellas son retratos de la desenvuelta cuanto bella panadera romana; mientras que, copiando yo la angelical figura de Ana, no hacía ultraje alguno a María, puesto que la pureza de aquella joven era un reflejo de la suya.

»Yo nací, sin embargo, con un extraño instinto de independencia, y soy original hasta en mis ideas: por eso, pues, si bien tomé del semblante de Ana la belleza y la candorosa expresión que le distinguen para mi virgen coronada, di al semblante de la madre de Dios un tinte dorado que contrasta con la tez de nieve de aquella; coroné la frente de María de la copiosa y ondulante cabellera de mi amada, pero lejos de darle el dorado matiz de los rizos de Ana, la vestí de oscura sombra, y de esta suerte he respetado también la belleza de la Reina del cielo, no haciéndola copia de la de una de sus criaturas.

—¡Ah, Velázquez! tenéis razón —exclamó el duque estrechando conmovido la mano del artista—: ¡vos sois noble hasta en vuestros pensamientos!

—Llegó el día de mi partida —continuó Velázquez—; el rey Felipe IV me llamaba a Madrid, ofreciéndome aposento en su propio palacio, y un estudio en la galería del mismo llamada del _Cierzo_; yo no podía permanecer ni un día más en Amberes, y con el corazón prensado de dolor fui a despedirme de Ana.

»Ella me oyó sin pestañear: cuando hube acabado, me dijo tranquilamente:

»—Llévame contigo, Diego.

»Ante aquella petición, un mundo de alegría se abrió ante mis ojos.

»—¿Me seguirías? —le pregunté ebrio de gozo.

»—¿Por qué no? —me contestó—: yo no tengo quien me ame en el mundo más que tú.

»—Esta noche a las doce vendré a buscarte, Ana mía —exclamé preparándome a dejarla.

»—Pues toma esos papeles —dijo ella sacando del pecho un pequeño paquete—. Hace tres años vino a verme por primera y última vez una dama envuelta en un manto de terciopelo, y los puso en mis manos diciéndome: «Ana, entrega estos papeles al primer hombre que te diga que te ama.» Abrazome en seguida, y desapareció.