Amor y llanto

Part 20

Chapter 204,145 wordsPublic domain

En el día a que nos referimos, tercero de la estancia en el Escorial de Velázquez, los discípulos andaban asaz preocupados quitando el polvo minuciosamente a los caballetes, colocándolos en hileras según su tamaño, con una igualdad escrupulosa, y poniendo en orden cada uno de esos mil objetos que se ven en la habitación de un pintor.

—¡Qué falta nos hace Juan! —dijo un hermoso muchacho de tez morena y negros ojos pasando con una paleta cargada de colores.

—En verdad que sí —contestó otro de tez blanca y ojos azules como un inglés—: desde que él ha desaparecido, me aburro. ¡Oh!, si él estuviera aquí, ya lo tendríamos todo arreglado desde hace largo rato.

—¡Pobre Juan! ¡cuántas veces me ha pesado lo mucho que le he hecho rabiar! —dijo otro con aire triste—: de seguro que se ha ido porque le hacíamos perder la paciencia.

—Yo —añadió un cuarto— fui ayer a nuestro estudio de Madrid, y tomé del camaranchón algunas cosas que él cuidaba con esmero.

—¿Para qué?

—Porque quiero tener algún recuerdo del pobre mulato, que tan bueno era, a pesar del cruel martirio que le hacíamos pasar con nuestras burlas. Mirad ese gran lienzo enrollado que hay en aquel rincón, junto al caballete del maestro: es uno de los objetos que él guardaba con más cuidado.

—Veámosle.

—¿Qué hemos de ver? Ese lienzo estará en blanco: quizás el pobre Juan quería que le sirviese para formar letras... ¡tenía un empeño de aprender por sí solo a escribir!

—¡Yo lo creo! ¡No tenía nadie que le enseñase!

—¡Callad! —dijo de repente uno de los discípulos—: ¡callad!... ¡se me figura que ya oigo pasos!

—A ti no te deja resollar el miedo de que vengan... y al fin han de venir.

—Ya lo sé.

—Pues si lo sabes, ¿por qué tiemblas?

—¿Yo tiemblo?

—Tú.

—¡Pues en verdad que no lo había notado! Te confesaré, sí, que me espanta ver a Rubens mucho más que ver al rey.

—¡Lo creo! Otro tanto me sucede a mí.

—¡Y a mí!

—¡Y a mí!

—Pero callad, callad... ¡Ahora sí que vienen!...

En efecto, un gran rumor de pasos y de confusas voces anunció a los jóvenes la llegada de los dos reyes: el de España, y el de la pintura; y un instante después aparecieron ambos en el umbral seguidos de gran número de cortesanos.

Los pobres muchachos quedaron pegados a la pared, apiñándose unos contra otros, y sin atreverse a levantar los ojos ni a respirar apenas.

Felipe IV se apoyó familiarmente en el brazo de Rubens, y ambos, seguidos de su lucido acompañamiento, empezaron a dar vuelta al taller.

—¿Cómo va de trabajar, hijos míos? —preguntó Rubens con su noble y digna bondad, dirigiéndose al grupo de los aturdidos discípulos.

—Bastante... bastante bien... señor... contestaron vacilando dos o tres.

—Yo desearía ver vuestras obras, continuó Rubens; sí: tendré sumo placer en verlas, si es que Velázquez me lo permite.

—¡Ay, Dios mío! —murmuró a media voz el más joven de los discípulos—: ¡qué desgracia que no esté el maestro!

—¿Me permite V. M. —dijo Rubens dirigiéndose a Felipe IV—, que le mande llamar?

—Con mucho gusto, mi querido Rubens —contestó el rey saliendo de la preocupación dolorosa en que le tenía sumergido el recuerdo de Ana—. ¡Hola! —continuó dirigiéndose a un paje—, id a buscar a don Diego Velázquez.

—Aquí estoy, señor —dijo el artista apareciendo en el umbral de la puerta de entrada, al mismo tiempo que el conde-duque penetraba en el taller por la puertecilla que comunicaba con la cámara real.

—Venid acá, Velázquez —dijo el embajador, en tanto que el rey, obedeciendo a una seña del conde-duque, se acercaba a este último.

—Deseo —continuó Rubens—, deseo ver las obras de estos jóvenes.

—¡Oh, señor! —exclamó el pintor de cámara con efusión—, creed que agradezco con el alma el generoso interés que mis discípulos os inspiran. Don Juan —continuó dirigiéndose a un gallardo mancebo que apenas contaría dieciséis años, y que por lo elegante y esmerado de su traje patentizaba que pertenecía a la más elevada nobleza—. Don Juan, traed vuestro caballete ante su señoría.

El gallardo niño iba a obedecer con el rostro radiante de júbilo, pero le detuvo un ademán de Rubens.

—Yo iré pasando revista a todos los caballetes, dijo, y así no habrá que moverlos de sus sitios.

El embajador se apoyó entonces en el brazo de Velázquez del mismo modo que el rey se había apoyado en el suyo, y ambos pintores se llegaron al primer caballete, sobre el cual había un lienzo con una Magdalena casi concluida.

Rubens se quitó el guante blanco y perfumado que encerraba su mano derecha, mientras contemplaba la pintura con profunda atención.

—Este cuadro revela que tenéis un gran genio, don Juan —dijo dirigiéndose al joven—: os aconsejo, sin embargo, que no hagáis un uso tan frecuente de los tonos fuertes.

El joven artista se inclinó.

—Hacedme la merced de darme una paleta y un pincel, señor don Juan —continuó el embajador—: voy a dar una pincelada en vuestro cuadro, y en el de cada uno de vuestros compañeros.

Una exclamación de júbilo brotó de todas aquellas bocas entusiastas y juveniles, y dos gruesas lágrimas de gratitud aparecieron en las negras y tristes pupilas de Velázquez.

Rubens tomó el pincel que le presentaba don Juan, y mojándole en el color correspondiente, dio tres o cuatro pinceladas en él, dando una admirable sombra en los brazos de la Magdalena, que aparecían duramente iluminados.

—¡Oh, qué feliz soy! —murmuró el niño siguiendo a Rubens con la paleta al caballete inmediato.

—Entregad la paleta al dueño de este lienzo, don Juan —dijo el rey de la pintura con suave y benévola sonrisa—: deseo que cada uno me vea trabajar mientras lo hago para él.

Un niño como de catorce años, muy pobremente vestido, tomó la paleta de manos de don Juan.

—¿Cómo os llamáis, amiguito? —preguntó Rubens.

—Pablo Astudillo, señor.

—Tenemos, pues, al mismo santo por patrono: ea, buen ánimo —continuó Rubens dando pinceladas en el lienzo con sumo cuidado—, habéis pintado una Níobe admirable en vuestros pocos años, y, por lo tanto, nada os pido; no obstante, cuando esté concluida, os la embargo para la cámara de mi esposa Elena. Escribidme a Amberes en cuanto la terminéis.

El niño se retiró llorando de gozo, y Rubens pasó al caballete inmediato: el lienzo que contenía ofrecía a la vista el retrato del pintor de Felipe IV.

—¡Oh, qué magnífico retrato! —exclamó el embajador deteniéndose delante de él; y haciendo a Velázquez una seña para que se acercase al mismo tiempo que humedecía su pincel, empezó, no a enmendar nada, sino a dar a las risueñas y hermosas facciones del retrato el tinte melancólico y amargo que entonces anublaba el expresivo y hermoso rostro del original.

—Cuando se haya pasado el dolor que os aqueja, Velázquez —dijo en voz baja—, os será grato ver esta imagen, porque compararéis vuestra felicidad con los pesares olvidados ya; quiero grabar en vuestro retrato la imagen del dolor presente, para que bendigáis a Dios, al verle, cuando seáis feliz.

Don Diego meció tristemente la cabeza.

En aquel momento, la conversación, que hacía un cuarto de hora sostenían en voz baja el rey y el conde-duque en un ángulo de la estancia, se animó de repente, sin que nadie se apercibiese de ello; los cortesanos, enteramente embebecidos en ver trabajar a Rubens en los caballetes de los jóvenes, nada echaron de ver.

—Más tarde iré —decía Felipe IV con aire embarazado—: no puedo dejar ahora a Rubens; la etiqueta...

—Por el contrario —contestó el privado con una impaciencia que en vano se esforzaba en disimular—, por el contrario, V. M. debe ir ahora: la niña está en la mejor disposición de ánimo que se puede apetecer; antes de anoche puse, mientras ella dormía, en su mesa de tocador, una carta anónima por medio de la cual le hacía saber que Velázquez no era su hermano; que había forjado este vil engaño para obligarla a vivir a su lado; pero que, lejos de amarla, está vivamente apasionado de su esposa doña Juana Pacheco, de la cual tiene una hija; que solo desea tenerla por modelo, porque su extremada hermosura es necesaria para sus cuadros, y que por esta razón la recataba a los ojos de todos.

—¿Y qué efecto ha hecho en ella esa carta?

—El más terrible: ha caído en una profunda desesperación, y hay momentos en que la vehemencia del dolor la priva del conocimiento.

—¡Desdichada!

—Nunca, pues, serán más eficaces los consuelos y el amor de V. M., y es menester ganar instantes.

El rey, medio decidido, echó una mirada embarazosa sobre los dos pintores que, seguidos por los discípulos y los cortesanos, continuaban revisando los caballetes.

—Acabo de verla en este instante —continuó el favorito con una calma que hasta entonces no había usado y que decía bien claro la esperanza que tenía de que sus últimas palabras fuesen el golpe decisivo en el ánimo del rey.

—¿Y cómo está, cómo está? —preguntó este ansiosamente.

—Su vida se apaga por la fuerza del dolor, y creo firmemente que, si V. M. dilata una hora más esta entrevista, la perdemos para siempre.

—Vamos —dijo el rey, en cuyos grandes ojos apareció un rayo de dolor intenso—: vamos ahora mismo.

En los labios del privado se dibujó una sonrisa de triunfo, y abriendo cautelosamente la puertecilla que acababa de darle paso, desapareció con el rey, sin que nadie se apercibiese de su salida.

XIII

EL ESCLAVO

Rubens acabó por fin de dar vueltas a todos los caballetes, corrigiendo en ellos algún defecto más o menos leve, y dando alabanzas a todos los jóvenes relativamente a su mérito.

Al concluir, dirigió a los discípulos en general algunas palabras graves y afectuosas, exhortándoles al trabajo y a la perseverancia, y se detuvo ante un gran caballete, que ostentaba un magnífico retrato de la reina Isabel de Borbón.

Al ver aquella pintura, enmudeció el gran artista, y solo pudo juntar las manos con una expresión muy pronunciada de admiración apasionada, grave e intensa.

—Nada he visto jamás que pueda compararse a esta pintura —dijo al fin dirigiéndose a Velázquez, y señalando el retrato de la reina—: las palabras, don Diego, no bastan a expresar aquí lo que siente mi alma.

Y el embajador echó sus brazos al cuello del pintor de cámara.

Luego volvió a mirar el retrato con profunda, ávida y sostenida atención; diríase que aquella pintura tenía imán para su mirada.

—¿No me concederéis a mí la misma honra que han logrado estos jóvenes, señor? —dijo Velázquez presentando al embajador la paleta y el pincel.

—¡Líbreme Dios de tocar tan divina obra! —contestó Rubens, separándose del caballete respetuosamente—; sin embargo —añadió—, quiero haceros un ligero boceto para memoria mía, sin que por eso renuncie a ver después todas las pinturas vuestras que tengáis a bien enseñarme.

Bajose al decir esto, tomó un lienzo enrollado, que había en el suelo junto a él, y le colocó en un caballete que Velázquez acababa de acercarle: aquel lienzo era el que, según dijo uno de los discípulos, había tomado del camaranchón del mulato Juan de Pareja.

Mas no bien se hubieron desplegado sus dobleces, escapose un agudo grito del pecho de Rubens, que permaneció mirando el lienzo como petrificado.

Jamás se ha presentado a las miradas humanas una obra más perfecta que el cuadro pintado en el lienzo que Rubens había tomado del suelo, creyéndole en blanco.

Era el soberbio cuadro que hoy existe en el Museo de París, y que se llama _El Entierro_.

—¿Quién ha hecho esto? —preguntó el embajador dirigiéndose al grupo de los discípulos.

Nadie contestó.

—¿Quién de vosotros ha hecho esto, señores? —preguntó a su vez Velázquez.

—Yo no, yo no —contestaron casi a un tiempo todos los jóvenes.

—Yo lo tomé, sin saber lo que contenía, del cuarto de Juan —respondió otro—: desde que el pobre Juan se fue, me acordaba tanto de él que guardé ese rollo de lienzo para memoria suya.

Al oír el nombre de Juan, una terrible palidez invadió el rostro del pintor de cámara, y sus ojos lanzaron relámpagos.

De súbito fijó Rubens la mirada en otro caballete contiguo, y palideció también: contenía el admirable cuadro de _La coronación de la Virgen_.

—Velázquez... —exclamó con voz ahogada y llevando al pintor de cámara cerca del cuadro—: Velázquez... decid... decid... ¿dónde habéis visto las facciones de esa Virgen?...

La palidez de Velázquez se hizo más y más intensa.

—¡Por el amor de vuestra madre, por lo que más caro os sea en el mundo, don Diego, respondedme! —continuó angustiosamente Rubens.

Velázquez pasó maquinalmente su enflaquecida mano por la abrasada frente, y contestó en voz tan baja y temblorosa, que solo pudo llegar a oídos del embajador.

—El semblante de esa virgen es una copia.

—Pero no es exacta, ¿no es verdad? —prosiguió Rubens cuya ansiedad iba en aumento—; ¿no es cierto que no es exacta, Velázquez?... ¿no es verdad que el original tenía cabellos rubios y ojos azules como los de un ángel?...

—¡No lo sé!...

—¡No lo sabéis! Pues acordaos, por vida vuestra... —exclamó Rubens cogiendo a Velázquez violentamente por un brazo—; acordaos, porque yo necesito que me lo digáis, ¿lo oís?... lo necesito...

Al oír estas violentas palabras, alzó Velázquez la cabeza: su generoso valor se rebeló contra aquel duro lenguaje, y brotó un relámpago de ira de sus negros ojos.

—¡Velázquez! —exclamó el embajador, que adivinaba lo que pasaba en su alma—; ¡Velázquez, perdonad la desesperación de un padre que os pide su hija!...

—¡Su hija!... —gritaron a un tiempo tres voces.

Eran las del rey y del favorito, que en aquel instante entraban despavoridos, y la de Velázquez, que cayó a los pies del embajador con la frente inclinada hasta el suelo.

—¡Mi hija... sí... sí... mi hija Ana que me robasteis de Amberes, don Diego!... —exclamó Rubens, para cuya inteligencia había sido un rayo de luz la acción de echarse Velázquez a sus pies—. ¡Mi hija que busco por todas partes!...

La voz del embajador fue sofocada por el fúnebre tañido de la campana del monasterio que tocaba a fuego, y bien pronto se vio, a través de las ventanas del taller, una inmensa columna de humo que salía del lado en que estaban situadas las habitaciones de la reina y del conde-duque.

—¡Tu hija está allí... allí, donde está el fuego, Rubens —exclamó el rey tendiendo desesperadamente sus brazos hacia el sitio de donde partía el humo—, y allí va a perecer con la reina y con mi hija!... ¡Oh, mi hija, yo quiero salvar a mi hija y a su madre!...

Y el rey se lanzó a la puerta.

El sagrado cariño de esposo y padre había triunfado de la pasión que Ana le había inspirado.

En aquel momento se abrió con estrépito la puertecilla que daba a la cámara del rey, e Isabel de Borbón se precipitó en el taller llevando en los brazos a su hija.

Imposible parecía que aquella delicada y esbelta joven hubiera podido conducir a la infanta María Teresa, que estaba desmayada.

—¡Señor, mi hija se muere!... —exclamó la pobre Isabel poniendo en los brazos del rey a la niña y dejándose caer, casi falta de sentido, en una banqueta.

Felipe IV reclinó en su pecho la pálida cabeza de su esposa; el conde-duque tomó en sus brazos a la infanta María Teresa, y aplicó a la nariz de la aterrorizada niña su pomito de espíritus, en tanto que Rubens y Velázquez se lanzaban a la puerta en busca de Ana.

Pero retrocedieron dando un grito de angustia y de alegría a la vez: habíase precipitado en el umbral, al tiempo de pasarle ellos, el mulato Juan de Pareja llevando en sus brazos, al parecer cadáver, a la joven Ana, cuya larga cabellera rubia tocaba al suelo.

En el momento mismo en que el esclavo se precipitaba en el taller, cesó de tocar a fuego la campana del monasterio, y un instante después entró pausadamente don Juan Hurtado de Mendoza, duque del Infantado.

XIV

LA CRUZ DE SANTIAGO

Juan de Pareja se asemejaba mejor a un demonio escapado del infierno que a un ser humano: estaba horriblemente flaco, y su palidez era tan intensa que, a pesar del bronceado matiz de su tez, se advertía claramente la descomposición de todas sus facciones; su cabello, que formaba gruesos y lustrosos anillos de un negro hermoso y azulado, estaba quemado por mil partes, lo mismo que su traje, que traía desgarrado y en el mayor desorden.

Su frente ancha y hermosa veíase cubierta de sudor; su nariz, dilatada como la de la fiera que ha vencido al cazador tras una larga y desesperada lucha; y su labio superior, contraído levemente por una sonrisa de orgulloso triunfo, dejaba ver el hermoso esmalte de sus blancos y menudos dientes.

Al entrar, depositó a Ana a los pies de Velázquez, y la pobre niña quedó como una masa inerte y helada tendida sobre el duro pavimento.

—¡El fuego... el fuego! —exclamó el rey señalando al lado de donde aún salía una columna de humo—. Es necesario ver si se ha apagado.

—No tema V. M. —contestó el duque del Infantado, en cuyas severas y hermosas facciones brillaba una viva expresión de contento—: yo ayudé a encender el fuego; pero yo cuidé también de que se apagara.

Al decir esto, miró fijamente a Velázquez; mas el pintor se había recostado contra una pared, quebrantado por la honda emoción que la vista de Ana le había producido.

Don Juan Hurtado de Mendoza levantó del suelo el cuerpo inanimado de la joven, y colocó a esta en el sillón, en tanto que el favorito, confuso con su derrota, huía lo más cautelosamente posible, jurando venganza a Velázquez y al duque.

El pintor de cámara se acercó con lento paso a la pobre niña y tomó una de sus manos.

Estaba helada como el mármol.

—¡Muerta!... —exclamó retrocediendo dos pasos.

—¡Muerta y deshonrada!... —gritó Rubens, que aún no se había acercado a su hija, porque hasta entonces había estado sumergido en un letargo doloroso.

—¡No! —exclamó con voz firme el duque del Infantado—. ¡No! ¡Viva, y digna, muy digna de su padre!

El embajador flamenco clavó una ansiosa mirada en el que le hacía aquella revelación tan consoladora, y llegó hasta su hija como atraído por un imán irresistible.

—¡Sí! —continuó el duque del Infantado—, creedme, Rubens... por el nombre que llevo, por mi fe de caballero, ¡os juro que vuestra hija está pura como la luz del sol!... Velázquez, para cumplir los deseos de la madre de Ana, hizo creer a esta que era su hermana, sacrificando su amor por compasión a la que le dio el ser y por respeto a sus deberes de esposo y padre.

—¡Dios os bendiga, hijo mío! —exclamó Pedro Pablo abriendo sus brazos al pintor de cámara, que se arrojó sollozando en ellos.

Durante algunos momentos, los hermosos y melancólicos ojos del joven monarca se fijaron con un profundo enternecimiento en los dos pintores, que confundían sus lágrimas; y por fin el llanto empañó también las negras pupilas de Felipe IV.

—¡Ya vuelve... ya vuelve!... —dijo el duque del Infantado que sostenía la cabeza de Ana apoyada en su pecho.

El rey se aproximó entonces al embajador.

—Rubens —dijo con acento firme y vibrante—, Rubens, yo os aseguro, bajo mi palabra real, que no he visto a vuestra hija más que una sola vez en el taller de Velázquez, del cual la creía hermana, hasta que una mano funesta vino a arrancarme aquella creencia, que hubiera sido un antídoto saludable para...

Felipe IV iba a decir «para mi pasión», pero volvió la vista a la reina, y la palabra se ahogó en sus labios.

En cuanto a Isabel, se ocupaba en acariciar a la infanta María Teresa que acababa de volver de su desmayo.

Rubens besó la mano de Felipe con vivísima expresión de gratitud, y se lanzó hacia su hija a la cual estrechó entre sus brazos.

Aquel padre debía su hija a una falta, y sin embargo no había querido imprimir un beso en su frente hasta no cerciorarse de que era pura de la misma falta, origen de su ser. ¡Terrible egoísmo humano!

Rubens se separó de su hija, la cual, aunque se había recobrado un tanto, había vuelto a cerrar sus fatigados ojos sin conocer a nadie. En seguida se dirigió a buscar a Juan, que, parado enfrente del cuadro del _Entierro_, le contemplaba con desencajados ojos.

El embajador abrazó estrechamente al mulato.

—¡Gracias —dijo—, gracias, salvador de mi hija! ¿Qué es lo que puedo yo hacer para recompensarte?... habla... ¿quieres ser libre?...

—No puedo dejar a mi señor mientras me dure la vida —contestó Juan separando del cuadro sus extraviados ojos—: mi vida es verle y servirle.

—¡Ese lienzo está pintado por Juan! —gritó en aquel instante el discípulo Pablo de Astudillo señalando al cuadro del _Entierro_—: lo he conocido en lo asustado que ha quedado al verlo aquí.

Ante la declaración del niño, palideció el mulato densamente y cayó a los pies de Velázquez murmurando la palabra:

—¡Perdón!

Velázquez le levantó en sus brazos, y al mismo tiempo Felipe IV apoyó su real mano en el hombro del siervo.

—_El hombre de genio_ —dijo con voz solemne—, _no puede ser esclavo; alza la frente: eres libre._[15]

[15] Don José Muñoz y Gaviria.

Al concluir de pronunciar estas palabras, tomó Felipe IV un pincel, lo humedeció en color rojo, y se acercó a Velázquez.

—Recibe —dijo dando pinceladas sobre su costado izquierdo—, recibe esta cruz en memoria del heroísmo con que has conservado el honor de la hija de Rubens; ese honor —añadió bajando la voz— que yo he estado a punto de empañar para siempre.

Y Felipe IV se desvió a un lado dejando ver, bajo el corazón de Velázquez, la cruz de Santiago que se destacaba sobre el terciopelo de su ropilla.

—Adiós, comendador —dijo tendiendo la mano a su pintor de cámara—; sois libre durante seis meses para acompañar a Flandes a Rubens y a su hija; pero no olvidéis que, al cabo de este tiempo, os necesito a mi lado.

El monarca lanzó una mirada de dolor y de tristeza sobre Ana, y salió con la reina, su hija y los cortesanos.

—¡Ay, señor! —exclamó Juan de Pareja besando respetuosamente la cruz de Santiago—: soy tan dichoso al veros comendador que no podía haberme dado el rey mejor premio por haber puesto fuego a su palacio para salvar a doña Ana.

Al oír su nombre, abrió la joven los ojos y los clavó en Velázquez, como si a él solo viese de las personas que la rodeaban.

—¡Diego!... —gritó con una inefable expresión de gozo.

Velázquez quería lanzarse en sus brazos, pero se detuvo desalentado mirando a Rubens.

—¡Mi hija se muere! —murmuró el embajador con voz firme, aunque sus facciones retrataban la agonía del dolor más hondo—. ¡Oh, hija mía! —continuó oprimiendo fuertemente las manos de Velázquez—: ¡hagamos más dulce su agonía prolongando tu piadoso engaño!

—¡Diego! —repitió Ana con voz más débil.

—¡Hermana! —exclamó este con un esfuerzo que rompió todas las fibras de su generoso corazón—. ¡Hermana mía! ¡He aquí a nuestro padre!

XV

ÁNGEL Y MÁRTIR

Es una hermosa mañana de septiembre. La casita que Ana habitaba en Amberes, antes de su partida para España con Velázquez, aparece silenciosa y solitaria como en la época en que la joven vivía en ella en compañía de la anciana dueña Tadea.

Sin embargo ahora, además de las dos mujeres que la ocupaban en otro tiempo, está habitada por tres personas más.

El aspecto del cuarto de Ana no ha variado en nada del que tenía hace dos años, cuando la joven dormía aún en él los sueños de su infancia.

Aún está adornado con la misma riquísima y callada sillería de marfil con asientos de terciopelo.

Y en las ventanas están las mismas grandes cortinas de damasco blanco.

Y el mismo crucifijo de nácar vela a la cabecera del lecho entoldado también de una tela igual.

Pero en aquel lecho está tendida Ana, más blanca que el alabastro de sus columnas y relieves.

Sobre una mesa de plata maciza, colocada en el centro del aposento, se ven frascos y medicinas.

La joven duerme.

Empero, sus angélicas facciones, demacradas por largos días de dolor y sufrimiento, tienen ya impreso el sello de la muerte.

Una túnica de seda blanca envuelve los enflaquecidos contornos de su cuerpo.

Sus pies, diminutos y blancos como el mármol, están desnudos y medio velados entre los pliegues de su túnica.

Sus pequeñas y ebúrneas manos, delgadas hasta la transparencia, se cruzan sobre su seno.

Se ha quedado dormida rezando a una imagen de María que se destaca sobre un reclinatorio colocado a los pies del lecho.