Amor y llanto

Part 13

Chapter 134,184 wordsPublic domain

—Señor —dijo don Diego Arias, que era el anciano de hermoso semblante a quien vimos en el alcázar—, yo creo que debíamos bajar al jardín para ver, si nos es posible, por entre los balcones, si la reina está dentro de su habitación: el profundo silencio que se advierte me hace temer que nos la hayan arrebatado, y en ese caso, juraría, por el nombre que llevo, que hay traidores entre nosotros.

Y el noble caballero, en cuyo corazón ardía la indignación, tendió en derredor suyo una mirada amenazadora.

—Tienes razón, Arias —dijo el rey—: vamos al jardín, y si tus temores salen ciertos... ¡ay de los culpables!

Y echó a andar seguido de todos sus cortesanos.

Algunos soldados y escuderos iban detrás alumbrando con hachas.

Al llegar al jardín, mandó don Enrique que se detuviesen todos a la puerta, y se adelantó él solo con don Diego Arias, hasta colocarse enfrente de los balcones de la cámara de la reina: la luna derramaba una tenue claridad a través de la espesa cortina de nubes que la ocultaba, y que permitían distinguir, no obstante, hasta las más pequeñas plantas.

En tanto que don Enrique y el anciano don Diego miraban con ansiedad al fondo de la cámara de la reina, en la que se notaba el resplandor lejano de una luz, la Cueva se dirigió a una puerta del alcázar por donde acostumbraba a entrar; mas su angustia fue indescriptible al encontrarla cerrada. De repente un confuso rumor de golpes y voces llegó a sus oídos: era que los soldados del rey herían con las hachas de armas la puerta principal.

—¡También cerrada aquella! —murmuró el conde, que adivinó la causa de aquel estruendo; tendió en seguida en derredor suyo una mirada en la cual radiaba una ráfaga de delirio, y echó a correr hacia el jardín.

—¿Qué voy a hacer? —murmuró parándose de repente—: ¡qué voy a hacer, Dios mío! ¿Cómo salvarlas? ¡Salvarlas! ¿Y de quién? ¿Quién ha cerrado las puertas del alcázar? ¿Villena? ¿Quién las manda abrir? ¿El rey? ¿O ha sido Enrique IV quien las ha aprisionado, y don Juan Pacheco el que intenta derribar esas mismas puertas?

Calló el conde y se apoyó contra el muro casi desfallecido.

—¡Luz! —murmuró al cabo de algunos instantes—. ¡Luz mía! ¿Qué va a ser de ti? ¿Pagarás tú, pobre ángel, los odios que nacieron alrededor del trono? ¡Y yo... yo no puedo salvarte... no puedo!...

Un amargo sollozo desgarró la garganta de don Beltrán: pálido como un cadáver, cerró los ojos y quedó inmóvil.

Un golpe más fuerte que los otros le hizo estremecer: rápido como un relámpago echó a correr y salió del alcázar.

En aquel mismo instante miraban con mayor ansiedad que nunca el rey y don Diego al interior de la cámara de la reina: el anciano hacía ya rato que escuchaba atentamente con la cabeza inclinada; hubo un instante en que don Enrique fue a hablar, mas el caballero le apretó fuertemente el brazo haciéndole señas de que callase, y olvidando la etiqueta en una ocasión tan importante.

De súbito levantó también la cabeza el rey; se oían claramente sobre la arena del jardín los pasos de un hombre, y al mismo tiempo estalló un horrible tumulto en la plaza del alcázar; por detrás de las paredes del jardín se percibía el choque de las armas y los gritos de los combatientes.

Por un movimiento involuntario, don Enrique iba a precipitarse hacia la puerta; mas don Diego le detuvo.

El hombre, cuyos pasos se oían, entraba entonces en la calle de árboles en que ellos estaban.

Sin detenerse, llegó al pie de los balcones de la reina y sacó una larga escala de seda que sujetó al de enmedio, afianzándola a la parte inferior con largos garfios de hierro.

—¡Castilla por don Alfonso! —gritaron muchas voces en la plaza del alcázar.

—¡Abajo los traidores! ¡Muera Villena! —respondió otra inmensa gritería.

Don Enrique hizo un segundo e impetuoso movimiento y se lanzó a la puerta; mas el anciano don Diego le sujetó fuertemente por el brazo.

—En la calle quieren quitaros el trono, señor —le dijo con voz profunda—; pero aquí os roban vuestro honor —añadió señalando al hombre que acababa de escalar el balcón.

Mas apenas pudo vérsele, porque dio con mano fuerte un golpe en la ojiva vidriera, que cayó hecha mil pedazos, y se precipitó de un salto en la cámara real.

Por un momento vieron el rey y don Diego, a través de los cristales mutilados, a la reina y sus damas postradas: los blancos trajes se extendían en amplios pliegues como una alfombra de nieve en el mármol del pavimento; el grito de espanto lanzado por la soberana y sus damas llegó también a oídos de don Enrique y don Diego; mas en el instante mismo se cerraron de golpe ambos postigos y desapareció el luminoso cuadro.

—Vamos, Arias —dijo don Enrique con sordo acento—: vamos a lavar el honor, y después defenderemos el trono.

Y el rey y don Diego salieron del jardín con precipitado paso.

VII

¡CASTILLA POR DON ENRIQUE!

Al volver el rey a la habitación de su esposa, acababa de saltar la puerta, deshecha por los golpes de los soldados.

—Nadie se mueva hasta que yo lo mande —dijo don Enrique con severo acento—: ¿habéis encontrado al conde de Ledesma? —preguntó a los que había enviado a buscarle.

—No, señor.

—Seguidme, Arias —dijo el rey, y entró en la cámara de su esposa.

Pero en el mismo instante, un rumor confuso se oyó al otro lado de las habitaciones; acababan de echar abajo otras puertas del alcázar que daban a distintas calles; un momento después se abrió la puerta oculta entre los tapices, y apareció Villena con la espada desnuda y seguido de gran número de los suyos. Encontráronse frente a frente el rey y su enemigo, mas la primera mirada de ambos fue para buscar a la reina: los semblantes de los dos se encendieron con un subido carmín, y brotaron de sus ojos relámpagos de furor.

Vestida doña Juana con un largo traje blanco, estaba arrodillada en su reclinatorio; sus largos cabellos negros caían en rizos medio deshechos alrededor de sus hombros y garganta; tenía cruzadas las manos fuertemente, y sus grandes ojos se fijaban en Villena con profundo terror. Don Beltrán estaba de pie a su lado, y su presencia fue la que trastornó de rabia los semblantes del rey y de Villena: el uno veía en él a su rival, el otro a su enemigo. La vidriera rota, que el rey fue a abrir, dejaba penetrar una corriente de aire frío que hacía vacilar la luz de la única lámpara que alumbraba el aposento.

El rey se acercó a la Cueva y le cogió del brazo.

—¿Por dónde habéis entrado en la cámara de la reina, conde? —le preguntó con una terrible mirada.

—Por la misma puerta que V. A., señor, contestó el favorito con voz firme.

—¿Y a qué hora?

—Hace apenas media.

—¿Por qué, en vez de venir aquí, no estuvisteis a mi lado?

—¡Oh, señor! —repuso don Beltrán con tan serena sonrisa que ocultó del todo la angustia retratada en sus facciones—: vine aquí porque vos estabais rodeado de valientes caballeros, y la reina estaba sola y expuesta a la furia del marqués.

—¡Vive Dios, don Enrique, que no sé cómo tenéis calma para escucharle! —exclamó Villena, cuya furia se aumentó al ver malograda su esperanza de encontrar a la reina sola—. El conde acaba de entrar por ese balcón, puesto que no había otra entrada, porque todas las llaves de esta parte del alcázar se recogieron por orden mía.

—¡Mentís como un villano, marqués! —gritó entonces el paje de la reina, saliendo al frente de todos—: quien ha entrado por ese balcón he sido yo.

Al oír el mentís del niño, trastornose enteramente el semblante de Villena, y se arrojó a él, en tanto que muchos de los suyos rodearon al conde.

Ninguno, empero, se atrevió a llegar al soberano.

—¡Favor al rey! —gritó don Enrique, y todos los nobles, que esperaban sus órdenes, precipitáronse de tropel en la estancia con las espadas en la mano.

En el instante mismo en que Villena se lanzaba al pajecillo, retrocedió: Don Juan Pacheco era muy valiente, y la espada cayó de sus manos al contemplar de cerca el puro y bellísimo semblante del niño.

—Sí —prosiguió Fernando yendo a postrarse a los pies de la reina, que se había dejado caer en un sitial—: yo fui el que escaló ese balcón, al ver que las puertas me vedaban la entrada; porque —añadió, cubriendo de besos las manos de doña Juana—, no podía acostarme sin ver a mi señora.

Los cortesanos se miraron atónitos. ¿Sería aquel niño el nuevo amante de la reina? Su lenguaje lo hacía suponer así.

La refriega se había empeñado en aquella estancia: combatían junto a la Cueva algunos caballeros, en tanto que el rey contemplaba con mirada sombría al lindo paje, que ocultaba su frente en los pliegues del vestido de la reina para no ver aquella desastrosa escena.

De repente, lanzó un agudo grito: acababa de caer la Cueva herido, y aquel golpe produjo, aunque sin verlo, un doloroso choque en todo su ser. Volviose, arrodillado como estaba, y cruzó sus manos sobre el pecho con una desgarradora expresión de dolor; después, como atraído por una fuerza superior a su debilidad, se levantó trabajosamente y quiso correr hacia don Beltrán, mas el rey le detuvo.

—Niño —dijo—, ya que tanto amáis a la reina, es preciso defenderla, porque os la quieren robar —añadió con fiera y maligna sonrisa—. Vamos, desenvainad esa preciosa daga, regalo suyo sin duda... ¡Vamos!

Tembló el paje: su brazo se rompía entre los dedos del rey.

—Sí, sí, que combata —gritaron muchas voces. Mas la de la Cueva dominó todas las demás.

—¡Señor —gritó—, piedad, ese paje es una mujer!

—¡Una mujer! —repitieron en coro el rey y todos los cortesanos.

—¡Sí —dijo la pobre niña, cuyo semblante estaba blanco como el mármol—; sí, don Enrique, el amante de la reina, ya lo veis, es una mujer!

Y en sus labios se dibujó una angélica sonrisa, en tanto que sus ojos se cerraban cayendo desvanecida en los brazos del rey.

—¡Castilla por don Enrique! —gritaron en la plaza mil voces en una.

—¡Castilla por don Enrique! —repitieron en la escalera del alcázar.

—¡Castilla por don Enrique! —resonó por tercera vez en la puerta de la cámara real, y don Fadrique de Luna, seguido de su hijo y de gran número de soldados, entró por la puerta principal de la cámara, en tanto que Villena y los suyos huían vergonzosamente por la puertecilla secreta que les había dado paso.

VIII

LOS LUNAS

La primera mirada de don Fadrique se dirigió en busca de la reina; al descubrirla desmayada en el ancho sillón, se arrodilló delante de ella y besó una de sus manos.

Gonzalo, entre tanto, había visto a su hermana sin sentido en los brazos del rey.

—¡Luz! —exclamó extendiendo los suyos para recibirla.

Al eco de esta voz amiga, abrió la joven los ojos y los fijó en el semblante del caballero.

—¡Hermano mío! —murmuró con débil voz—. ¿Y nuestro padre? —preguntó en seguida.

Pero don Fadrique llegaba ya, y la estrechó amorosamente contra su seno.

—Al fin te veo, hija mía —exclamó el anciano con los ojos llenos de lágrimas—, ¡si supieras cuánto sufría lejos de ti!

—¡La hija de Luna! —murmuró el rey—: es más noble, más niña y mucho más hermosa que doña Guiomar.

Y sus ojos se fijaron con amor en la pobre doncella a quien había estado a punto de matar pocos momentos antes.

Comenzaba a volver en sí la reina y Luz iba a acercarse a ella, mas su padre la contuvo suavemente.

—Señor —dijo en voz baja y aproximándose al rey—, prometedme que no diréis a nadie jamás que el paje Fernando era mi hija Luz; y vosotros, caballeros —prosiguió volviéndose a los nobles—, concededme, os ruego, el mismo favor.

—¿Pero de qué servirá esto, cuando la han de ver aquí todos los días? —dijo el rey—; y además, ¿por qué ocultar todo lo que vale este ángel de paz?

—Nadie la verá, señor —contestó el de Luna—, porque antes de amanecer tomaremos el camino de Aragón, sin que mi Luz deje su vestido de paje.

—¡Cómo, don Fadrique! ¿Conque me dejáis de nuevo? —exclamó el rey con doloroso acento—: ¿me dejáis, sin que pueda pagaros todo lo que os debo?

—Si algo vale el servicio que he tenido la dicha de hacer a V. A., señor —contestó don Fadrique—, no pido más recompensa que el permiso para marchar.

—Idos, pues —dijo tristemente el rey—: ahora, al menos, añadió bajando la voz, dejad a Luz al lado de la reina.

—¡Imposible, señor! —respondió con acento firme el anciano—: he consentido en separarme de mi hija mientras sus servicios han hecho falta a mi bienhechora —continuó besando una mano de la reina, quien, recobrada ya y comprendiendo lo que pasaba, le dio gracias con una dulce sonrisa—. Ahora —concluyó don Fadrique—, no puedo consentir en alejarme de aquí sin mi Fernando.

—¡Cómo! —exclamó doña Juana—, ¿os lo lleváis?

—Sí, señora; pero os dejo un buen amigo en el conde de Ledesma —dijo don Fadrique estrechando entre las suyas las manos de don Beltrán—: a no ser por él, hubierais caído en poder de Villena antes de llegar yo.

—Venid aquí, la Cueva —dijo el rey—: desde hoy sois duque de Alburquerque, y os damos además los señoríos de Atienza y Roa. Quedad con Dios, don Fadrique —prosiguió dirigiéndose al anciano—; adiós, Gonzalo; ya que os obstináis en partir, no me opongo a vuestro deseo; pero jamás olvidaré que os debo mi corona y mi vida.

Inclináronse los Lunas, pero no besaron la mano del rey; para aquellos nobles caballeros era un imposible amar ni respetar a aquel hombre: únicamente acataban la corona que ceñía sus sienes.

—Adiós, Fernando —prosiguió el rey tomando en las suyas las blancas y delicadas manos de doña Luz—: si alguna vez sufrís o deseáis algo, acordaos del rey de Castilla.

Después besó la mano de la reina y salió de la estancia apoyado en el brazo de don Beltrán y seguido de todos los cortesanos.

IX

EL SACRIFICIO

Al rayar el día siguiente, salió Beltrán de la Cueva de su casa y se dirigió al alcázar, mas los Lunas habían partido ya y no encontró de ellos otro resto que esta carta escrita de mano de doña Luz.

«Adiós, conde: os he amado y os amo como a nadie en el mundo; pero amo más que todo la ventura de la que salvó la vida de mi padre.

»Voy a encerrarme en el convento de Santa María, y en él rogaré al cielo que os haga feliz. — _Luz._»

Palideció el duque al leer esta carta y ocultó el rostro entre las manos, permaneciendo largo rato en esta postura.

Aquel golpe cruel aniquiló para siempre sus facultades de amar: la ambición ocupó exclusivamente su alma, y volvió a fingir con la reina un cariño que ya no podía sentir.

Sus miras se cumplieron: don Enrique, enteramente subyugado por él, lo elevó a la cumbre del poder, lo que no impidió que el inconstante monarca le aborreciese y desterrase un año más tarde.

En cuanto a doña Juana, gracias al sublime sacrificio de su paje, recobró la tranquilidad de su espíritu con la certeza de ser amada: aquella pasión, culpable en verdad, pero excusable por las circunstancias que la acompañaban, era toda la parte de ventura que Dios había querido concederle en este mundo de dolor.

Luz de Luna profesó al año de entrar en el convento: en el fondo de su alma y junto al amor de Dios, vivió siempre el recuerdo de don Beltrán; quizás aquella pasión dolorosa alcanzó del Señor el perdón de los extravíos del conde de Ledesma; tal vez el largo martirio de la pobre joven borró del libro de la justicia divina las culpas del favorito de la reina. ¡Felices aquellas que, como Luz, lo alcancen! ¡Felices, sí, por mucho que hayan sufrido!

Varias veces, al contemplar la blanca antorcha del firmamento cuyo nombre llevaba la hija de don Fadrique, se deslizaba una lágrima de las negras pupilas del conde, y sus labios murmuraban estas palabras: «¡Ruega al cielo por mí!...»

Y al mismo tiempo una joven religiosa del convento de Santa María fijaba sus azulados ojos en el astro de la noche y decía en voz tan baja que se perdía en las auras perfumadas de su jardín: «¡Oh, Dios de bondad, hacedle feliz!... pero ¡no arranquéis mi recuerdo de su corazón!...»

Antes de cumplir veinte años, murió Luz de Luna: las buenas religiosas la acostaron para que durmiese el sueño eterno en una urna de mármol rodeada de flores, y decían que todas las noches una paloma blanca iba a posar su vuelo sobre el sepulcro.

Era el alma de Luz que iba a pedir al astro, que le dio su nombre, un recuerdo del poderoso duque de Alburquerque, proscrito ya y desterrado.

¡Alma bendita e inocente!

LA PRINCESA DE LOS CASPIOS

I

HERMIONE

La historia de los pueblos de Oriente, de ese pedazo de mundo que no ha mucho ha sido teatro de una guerra que ha fijado la consideración del resto del universo, se pierde en la noche de los tiempos. Hay, sin embargo, en ella episodios que conmueven profundamente el ánimo, y de esta especie es el que sirve de base a esta leyenda.

En aquella nación idólatra, donde falta el freno más fuerte y poderoso de las pasiones humanas, que es la religión, se han desarrollado estas siempre con terrible vehemencia: las mujeres, que entre nosotros parece han nacido únicamente para el sufrimiento, la dulzura y la resignación, dan allí rienda suelta a sus impetuosos sentimientos, y son, no pocas veces, víctimas de ellos.

El amor y la venganza, sobre todo, han producido terribles desastres: no conociéndose el honor, la probidad, ni ninguna de las virtudes sociales, el asesinato venga las más leves diferencias como las ofensas más graves.

Hubo un tiempo en que el Asia, aunque dividida en reinos, estaba dominada por príncipes o gobernada por sátrapas, cuya vida licenciosa y llena de desórdenes hundió al fin su poder.

Principalmente en Persia, en aquel reino, el más hermoso y dilatado de todo el Oriente, existían multitud de soberanos a quienes el bondadoso y anciano rey Darío no tenía fortaleza bastante para castigar; esta culpable debilidad fue la causa de su ruina, porque en breve perdió su prestigio, y el día de la memorable batalla que se dio a orillas del Éufrates, se vio vendido por los poderosos, cuyos excesos había tolerado, y abandonado de los débiles, a los cuales estos mismos excesos habían hecho sufrir todo género de vejaciones.

Uno solo, sin embargo, permaneció fiel al anciano rey hasta que rindió el último aliento.

Crádates, soberano de los Caspios, era vasallo de Darío, y el más amado entre todos los príncipes de su corte; sirviole con inviolable fidelidad durante su vida, mas cuando la perdió en el combate que puso a la Persia en manos de Alejandro el Grande, el anciano Crádates se sometió, como el reino todo, al vencedor, y fue con el resto de sus tropas y su familia entera a postrarse a los pies de Alejandro.

Recibiole este con bondad suma, y de este modo derramó un saludable bálsamo en la herida que había abierto en el corazón del príncipe la muerte de su señor: el noble anciano cedió, como todos, al influjo de aquel hombre extraordinario y se dispuso a servirle con la misma lealtad que a su amado rey.

Tenía Crádates dos hijos valientes y gallardos, cuyos nombres eran Tolomeo y Casandro, y una hija más joven que estos, llamada Hermione.

La belleza de las mujeres persas ha sido proverbial en toda el Asia, pero la de Hermione era superior a todo encarecimiento.

Nacida de madre escita y de padre persa, el cruzamiento de las dos razas produjo el tipo más perfecto y seductor; tenía la tez de alabastro, el cuello de cisne y los azulados ojos de su madre, Berenice, y las luengas pestañas negras, las pobladas cejas, la espléndida cabellera de azabache, la boca de púrpura y el leve talle de las hijas de Persia.

Nada había comparable a la hermosura de su frente de mármol; nada tan bello como sus manos de marfil y como sus torneados brazos; nada, en fin, tan esbelto y majestuoso como su elevada estatura, que sobresalía como una palmera entre las mujeres que la rodeaban, pequeñas como lo son comúnmente todas las de aquella nación.

Quince años contaba la princesa cuando Crádates fue con ella y sus hermanos a postrarse a los pies de Alejandro.

La imaginación entusiasta de la joven, vivamente impresionada por la relación de las hazañas de este gran monarca, se enardeció mucho más cuando pudo verle y contemplar su juventud y belleza unidas a su nobleza y heroísmo, y aquel instante decidió de su vida.

Concibió por el rey una vehementísima pasión, y la arrogante Hermione, objeto de la adoración de casi todos los príncipes del Asia, se convirtió en esclava del rey de Macedonia.

El joven monarca no reparó en el efecto que había producido: vio a sus pies a una hermosa y esbelta joven, vestida de un largo traje blanco, y cuyos marmóreos hombros, más blancos que el cendal de su vestido, estaban medio cubiertos con un manto de púrpura recamado de oro; miró por un instante aquella angélica cabeza poblada de rizos negros, y aquellos piececitos que aparecían torneados a través de las cintas de sus sandalias de grana, y después volvió los ojos a otro lado con frialdad.

En cuanto a Hermione, solo la palidez de su semblante y el temblor de sus labios pudieron dar a conocer lo que pasaba en su alma.

El príncipe Crádates siguió por algún tiempo la marcha del ejército real; pero queriendo Alejandro ligar al anciano con beneficios y manifestarle a la vez la confianza que de él hacía, le envió a Maracanda, nombrándole gobernador de esta ciudad y de su dilatada provincia, y trasmitiéndole un poder igual al que tenían los sátrapas en tiempo de Darío, el desgraciado rey de Persia.

El príncipe recibió esta gracia con un vivo reconocimiento y con un deseo ardiente de dar un testimonio de él al generoso vencedor. Mas la desdichada Hermione, cuya pasión había hecho rápidos progresos, vio en esta nueva su sentencia de muerte.

¡Perdía a Alejandro! ¡Se alejaba de él sin poderle decir que le amaba!... y para colmo de su desgracia, tenía que encerrar cuidadosamente este amor en el fondo de su alma y ocultar a su padre un sentimiento que hubiera reprendido quizá con demasiada severidad.

Jóvenes que amáis sin esperanza; vosotras, que os veis precisadas a mostrar la sonrisa en los labios cuando tenéis desgarrado el corazón; vosotras, en fin, que sabéis lo que es pasar mil veces por delante del hombre a quien amáis sin que sospeche siquiera lo que sufrís: imaginaos por un momento que os arrebatan el triste consuelo de verle; pensad cuán intenso y amargo sería vuestro dolor, y tendréis una idea del tormento de la desventurada Hermione.

Con la muerte en el alma partió con su padre y sus hermanos para Maracanda, que se sometió al rey sin resistencia, siguiendo el ejemplo de los demás pueblos del Asia Menor, y aquella pobre niña cayó en una profunda melancolía.

Todos los delirios de la pasión más fuerte se apoderaron de su espíritu; llamaba a Alejandro, acariciaba un retrato suyo que había podido procurarse, y que jamás separaba de su seno; veíasela, en medio del sueño, pálida y agitada, derramando abundantes lágrimas, y solamente despertaba de tan dolorosa pesadilla para sentir un martirio mil y mil veces más cruel.

Hermione no tenía madre; la hermosa Berenice, hija del rey de Isedón y esposa de Crádates, murió al darla a luz, y el cielo arrebató con ella a la infeliz princesa el apoyo mejor y más seguro.

Cierto es que su padre la amaba con ciego cariño, y que la adoraban sus hermanos, sobre todo Casandro, que era de natural muy dulce; pero nunca pudo Hermione resolverse a declararles su fatal secreto, encerrándolo, por el contrario, con cuidadoso afán en lo más íntimo de su alma.

Cerca de un año hacía que vivían en Maracanda, cuando Alejandro llamó a los jóvenes príncipes, hermanos de Hermione, confiándoles cargos muy importantes en el ejército y sin desperdiciar una ocasión en que pudiera manifestar al anciano Crádates su amor y estimación.

Entonces fue cuando llegó Efestión a aquel reino: Efestión el malvado, Efestión el regicida, puesto que, cómplice del traidor Besso, hicieron ambos expirar, a los golpes de sus puñales, al magnánimo rey de Persia; Efestión, cuya sangrienta memoria ha quedado para siempre grabada en todos los pueblos que bañan el Éufrates y el Termodonte.