Amor y llanto

Part 14

Chapter 144,097 wordsPublic domain

Después del detestable regicidio, que quedó oculto por entonces a favor de las tinieblas de la noche en la agitación de aquella memorable batalla, que decidió la suerte de dos grandes naciones e hizo a la una esclava de la otra, siguieron Efestión y Besso toda la Bactriana, asolando a los pueblos y apoderándose de las riquezas de aquel desdichado territorio; mas cuando Alejandro llevó hasta allí sus armas vencedoras, Efestión vendió a su amigo, y queriendo contraer méritos con el soberano, prendió a Besso por su propia mano y le condujo sujeto a la tienda del rey.

El gran Alejandro ignoraba todavía quiénes eran los asesinos del anciano Darío, al cual amaba tanto, no obstante ser su enemigo y haberle conquistado casi todo su reino.

Besso le fue presentado con la lengua cortada, y Efestión urdió una fábula que nadie podía desmentir.

Imposibilitado Besso de hablar, solo un esclavo podía descubrir al infame regicida; pero el infeliz siervo fue muerto y arrojado al Éufrates así que se cometió el crimen.

Por lo tanto, todo el rigor de Alejandro cayó sobre el desgraciado Besso, que fue colgado de un árbol, asaeteado y descuartizado antes de expirar por cuatro caballos,[5] y Efestión fue recompensado con mano pródiga por el rey, que le agradeció que le hubiera proporcionado la ocasión de ejercer aquel acto de justicia; pero el malvado regicida, abusando de los favores del monarca, sembró nuevas sediciones en el campo; y obligando a los daheses a que se sublevasen con siete mil caballos bactrios, partió con ellos en dirección a Maracanda, a fin de obligar al príncipe Crádates, con quien le unía una estrecha amistad, a levantarse contra su rey y señor.

[5] Histórico.

Al pronto ocultó sus designios, haciendo creer a Crádates que venía por orden de Alejandro; y el príncipe, engañado con esta treta, le recibió en su mismo palacio y le trató como enviado del rey, dando órdenes para que se alojase parte del ejército en la ciudad, y el resto en los lugares más cercanos, pero con la mayor comodidad posible.

Efestión había tomado muchas precauciones para que el anciano no descubriese la verdad. Cubrió los caminos de guardias para detener a todo el que pudiese venir de parte del rey o de cualquiera otro lado, y de este modo pudo ocultar al príncipe su infamia.

Aquel hombre, de corazón de hierro hasta entonces, tenía a la sazón en sí mismo el más peligroso enemigo: amaba a Hermione, y la amaba con toda la energía de la primera pasión; la bella y melancólica niña le hacía olvidar todos sus proyectos con una sola mirada, y delante de ella desaparecía a sus ojos el resto del mundo.

Un presentimiento oculto le aconsejó no declararle su amor: adivinaba que Hermione no correspondería jamás a su indomable pasión, y prefirió entenderse con el príncipe y pedirle la mano de su hija.

El engañado Crádates prestó oídos a la proposición que Efestión le hiciera; y creyendo a este en un alto favor con el rey, supuso que no podía esperar un partido más ventajoso para su hija, y prometió su mano a Efestión, sin consultarla en atención a su corta edad.

Mas al participar su resolución a Hermione, encontró en ella una resistencia que no esperaba: nacida la joven con un carácter generoso pero altivo, se rebeló contra esta violencia y habló a su padre con energía.

En aquellos pueblos poco civilizados e idólatras, la educación y la religión no podían ser frenos para contener el ímpetu de los sentimientos, y la pobre niña, agotado su valor, se entregó completamente al exceso de su pena.

—Padre —exclamó postrada a los pies del anciano—, ¡quieran los dioses, ya que no tenéis piedad de vuestra hija, que halléis en su obediencia el castigo de vuestra crueldad!... Mas no creáis —prosiguió levantándose con fiereza—, no creáis, señor, que cedo todavía: voy a escribir a mis hermanos, y después me arrojaré a las plantas de Efestión, le haré saber que no le amo, que no quiero, que no puedo ser suya, y si no se compadece de mí, si mis hermanos no vienen en mi socorro, imploraré el favor del rey.

Al pronunciar estas últimas palabras, temblaron los labios de la princesa, y su semblante se cubrió de una mortal palidez: aquel pensamiento atravesó su corazón como un dardo de fuego, y trajo ante sus ojos, con más viveza que nunca, la imagen de Alejandro.

Crádates no advirtió lo que pasaba en el corazón de su hija, y creyó efecto de su impaciencia o de su dolor el trastorno que notara en su rostro.

—Escucha, hija mía —le dijo con ternura—, si yo no supiera que ibas a ser feliz, no me verías hoy tan obstinado; te ruego, pues, que me obedezcas, y no me obligues —continuó cambiando de voz—, a que haga uso de la autoridad que los dioses me han concedido sobre ti; no pidas auxilio a nadie contra tu padre, Hermione; tus hermanos, lejos de aprobar tu rebeldía, te obligarán a obedecerme, y Efestión te ama demasiado para que consienta en perderte; en cuanto al rey —prosiguió el príncipe sin poder calcular el daño que causaba a su hija—, en cuanto al rey, está harto entretenido para pensar en ti; todos los príncipes del Asia estamos convocados en Babilonia para dentro de quince días, con el fin de asistir a sus bodas. En este pliego, escrito de mano del monarca, me lo participa, añadiendo que se casa con la princesa de Persia, prisionera suya con toda su familia desde la muerte del rey su padre.

Un rayo no hubiera aturdido menos a la joven que esta noticia; Hermione lanzó un agudo grito, extendió los brazos y cayó desplomada a los pies de Crádates. El anciano la tomó en sus brazos y la condujo a su aposento, encargándola a los cuidados de su nodriza Teane.

Cuando la joven volvió a abrir los ojos, vio a su padre, sentado junto al lecho, que estrechaba una de sus manos cubriéndola de besos y de lágrimas; algo apartado Efestión, en pie y silencioso, la contemplaba con una mirada de dolor.

Pocos hombres había entonces comparables a él: de elevada estatura y modelada como el Apolo antiguo, se olvidaba su gallardía para admirar la belleza de su semblante; era notable el contraste que ofrecía su dorada cabellera, naturalmente rizada, con sus rasgados ojos de un negro afelpado; el resto de sus facciones completaba ese magnífico tipo oriental que tan perfecto se conserva todavía en Atenas o en la isla de Delos. Su edad no llegaba a veintiséis años, y jamás un alma más horrible se ha albergado en un cuerpo más hermoso; en aquel bárbaro corazón no imperaba más que un solo sentimiento: su pasión a Hermione. Al verla extendida en el lecho, y al parecer sin vida, la más cruel desesperación se apoderó de él, y al verla abrir los ojos, una inmensa alegría sacudió a aquella fiera naturaleza.

Apenas Hermione volvió en sí, se sentó en el lecho; apartó de su frente los numerosos bucles, negros como el ébano, que la cubrían, y permaneció silenciosa algunos instantes.

—Padre —dijo al fin con voz firme—, os obedeceré, y vos, señor —prosiguió tendiendo sus manos a Efestión, que las estrechó entre las suyas—, recibid el juramento que os hago de ser vuestra... Yo no os amo ahora —añadió la joven—, pero de nuevo os juro, por los dioses, que os amaré muy pronto, Efestión, o que moriré de lo contrario.

La desdichada no sabía aún quién era el hombre a quien acababa de ligarse para siempre. Apoyose en el brazo de su padre, y ambos bajaron al jardín seguidos de Efestión, que habiendo conseguido lo que más deseaba en el mundo, fijó otra vez su pensamiento todo en la ejecución de sus tenebrosos planes.

II

DOLORES SIN CONSUELO

Algunos días después de los sucesos que acabamos de referir, la hija de Crádates se unió para siempre a Efestión, príncipe de los ismenios, a cuya dignidad le había elevado el magnánimo Alejandro en recompensa de haber puesto en sus manos al matador de Darío.

Crádates se preparó para ir a Babilonia con el objeto de asistir a las bodas reales, sin que los jóvenes esposos consintieran en acompañarle, aunque por motivos muy diversos.

Hermione hizo al deber el sacrificio de su amor, y la imagen de Alejandro empezaba a borrarse de su memoria, como su retrato había desaparecido de su pecho; su amarga melancolía había degenerado en una calma triste, pero que le proporcionaba algún reposo; insensiblemente se iba acostumbrando a Efestión, y sin duda alguna le hubiese amado con el tiempo si su enemiga suerte no lo hubiera dispuesto de otro modo.

Era un día hermoso de estío, víspera de aquel en que debía partir el anciano Crádates; hallábanse en los extensos y perfumados jardines la princesa y sus damas, todas casi tan niñas y hermosas como su joven soberana; veíase entre ellas a la armenia de dorados cabellos y velados ojos; a la odalisca de esbeltas y torneadas formas; a la georgiana de tez rosada y luciente mirada negra; a la ateniense de virginal perfil y pies de niña; a la persa de purpurina boca, estrecha frente y dulce sonrisa; a la escita de celestes ojos, enhiesto cuello y manos de nieve; y todos los tipos, en fin, más bellos y perfectos de los imperios del Asia.

Sentada Hermione a la orilla de un azulado arroyuelo, hablaba con su nodriza Teane, cuyo amor hacia ella rayaba en adoración; las damas se habían quitado los mantos y saltaban como cervatillos en las anchas praderas de flores, cuyos débiles tallos se tronchaban bajo la tenue presión de sus lindos pies, calzados con sandalias.

El jardín estaba además lleno de guardias de la princesa, deudos de Crádates y esclavos negros.

De súbito se oyó un extraordinario ruido a las puertas del palacio, y las damas corrieron despavoridas al lado de la princesa y de la anciana Teane.

—Anda a ver que sucede, Orontes —dijo Hermione con serena voz a un eunuco negro, que salió al instante a cumplir esta orden; pero un momento después volvió pálido y trastornado.

Seguíanle de cerca dos caballeros armados a medias, pues al uno le faltaba una manopla, y dejaba ver una mano horriblemente mutilada aunque no por eso había abandonado la espada; y el otro traía la cabeza descubierta, y su yelmo, perdido tal vez en alguna refriega, no había sido suficiente a librarle de recibir en ella una profunda herida.

Al ver a aquellos hombres, se puso en pie la princesa; dilatáronse sus grandes ojos azules, y cubrió su rostro una palidez mortal.

—¡Casandro!... ¡Tolomeo!... —exclamó al fin tendiéndoles los brazos, en tanto que se iba llenando el jardín de soldados y deudos de los príncipes, tan heridos y desfigurados como ellos—. ¡Hermanos míos!, ¿qué os ha sucedido?, ¿qué es esto? —gritó dando un alarido desgarrador al ver caer a Casandro privado de conocimiento.

—¡Hermana!... —exclamó Tolomeo asiéndola del brazo—, ¡hermana!... antes de todo, respóndeme... ¿eres ya esposa de Efestión?

—Sí —contestó la joven con temblorosa voz.

—¡Ah! —gritó el príncipe—. ¡Maldición sobre nosotros!...

Y soltó el brazo de la infeliz Hermione, la cual fue a abrazar a Casandro, que permanecía desmayado todavía en los brazos de sus escuderos.

A poco llegó al jardín el anciano Crádates. Al ver a su querido Tolomeo horriblemente herido y ensangrentado, y a su hermoso Casandro, al parecer sin vida, el desgraciado padre quedó yerto de espanto.

—¿Qué habéis hecho, señor? —exclamó el príncipe—, ¿conque habéis entregado a Hermione al asesino de nuestro rey? ¿Sabéis que Darío rindió su vida a los golpes del puñal de ese monstruo de iniquidad? ¿Sabéis que se ha rebelado contra Alejandro y que está en Maracanda el foco de la rebelión? ¿Sabéis que pasáis en el campo macedonio por un traidor como él? ¡Oh, padre! —prosiguió el infeliz Tolomeo en el paroxismo del dolor más violento—, ¿sabéis que me cuesta la vida de Casandro haber podido penetrar hasta aquí?

Nada respondió el anciano, y fue lentamente a postrarse ante Casandro, cuya cabeza abierta sostenía Hermione sollozando amargamente.

Crádates separó los hermosos rizos de ébano que cubrían aquella frente ensangrentada, y sin derramar una lágrima, pero más pálido que el herido, puso en ella sus labios, dominando por un momento el amor paterno a todos.

—¡Yo te vengaré, hijo mío, yo te vengaré! —exclamó levantándose en seguida.

—¡Venganza, sí! —gritó Tolomeo—. Yo he venido, de parte de Alejandro, a averiguar la verdad de lo que aquí sucede, porque no se resuelve a creeros culpable y prefiere juzgaros engañado. «Id —nos ha dicho—; a los hijos toca salvar el honor del padre; la alianza que me han anunciado va a efectuarse entre Crádates y Efestión es una prenda de traición. Volad, pues, a impedir que la inocente Hermione se una al asesino de vuestro rey, y traedme al regicida para que expíe como Besso, no su rebelión contra mí, que desde luego le perdono, sino el horrible crimen que cometió al derramar, con sus miserables manos, la augusta sangre de Darío.»

Casandro había vuelto de su desmayo; echó los brazos al cuello de Hermione, teniéndola largo rato oprimida contra su pecho, y después se sentó con firmeza en un banco de césped.

Crádates y Tolomeo se aproximaron a él, en tanto que algunos vendaban sus heridas.

—Padre mío —dijo con débil voz—, no perdáis tiempo: el cuerpo de ejército, que el rey nos dio para batir las tropas de Efestión, ha sido deshecho, y el traidor cuenta con muchas fuerzas dentro de Maracanda. Huid, por el cielo, con Hermione, y salvadla... a favor de un disfraz podréis llegar a Babilonia... presentaos al rey, decidle que envíe al momento los soldados necesarios para sofocar la sedición. El esclavo que presenció el asesinato del rey Darío, y que fue arrojado a las ondas del Éufrates, no murió como se creía, y ha descubierto a Alejandro todos los crímenes de Efestión... huid, huid, por los dioses, y llevaos a mi hermana. ¿Qué pueden hacer aquí un anciano y una niña?

—¡Morir! —contestó una voz bien conocida de todos.

Era Efestión que había penetrado en el jardín seguido de un gran número de parciales.

—¡Sí! —prosiguió el traidor—, morirán como vosotros, y como todos los que no se unan a mi causa; ya no es tiempo de retroceder; juego mi vida, y haré todo lo posible para no perderla. Yo te engañé, Crádates —continuó dirigiéndose al príncipe—; sí, yo sublevé las tropas que existen en Maracanda, y vine aquí únicamente para que secundaras mi rebelión contra Alejandro.

—¿Y creíste que yo?... —tartamudeó Crádates temblando de ira y lanzando una mirada de desprecio al miserable Efestión—. ¡Oh!, decidme —continuó juntando las manos—, decidme que habéis mentido, aseguradme que, convencido de vuestro error, desistís de vuestros horribles planes.

—¡Imposible! —contestó Efestión con estoica calma—. Si cuando el rey de Macedonia me favorecía me rebelé contra él, juzga tú mismo lo que debo hacer ahora que pide mi cabeza.

—¡Traidor! —gritó el príncipe tirando de la espada y arrojándose a él—. ¡Infame regicida!... ¡Te juro, por los dioses, que no has de salir vivo de aquí!...

El acero de Efestión cortó el aliento al desgraciado anciano, que cayó con el pecho atravesado a los pies del asesino de Darío sin poder hacer otra cosa que tender los brazos a sus hijos.

Dos terribles golpes sintió al mismo tiempo el malvado. La espada de Tolomeo, aunque manejada por su mano izquierda, le partió el hombro, y la de Casandro le produjo una profunda herida en la espalda; mas los infelices príncipes rindieron muy pronto sus vidas a los furibundos golpes de una nube de soldados que los rodearon de repente, inmolándolos sin piedad.

La desdichada Hermione lanzó un penetrante alarido, y cayó sin sentido inundada en aquella sangre, que era la misma que corría por sus venas.

Efestión, sin turbarse en lo más mínimo, y con un valor admirable digno de más noble causa, mando hacer una señal, convenida sin duda, porque en pocas horas fue pasada a cuchillo por los sediciosos toda la guarnición de Maracanda que no quiso secundar la rebelión.

III

EL REGICIDA

La hija de Crádates pasó muchos días entregada a una furiosa demencia: encerrada en sus habitaciones con su nodriza Teane, llamaba a su padre, a sus hermanos, y maldecía a su inhumano verdugo, sin consentir en tomar alimento alguno ni ver a nadie.

Cuando se calmó su doloroso delirio, cayó en una melancolía profunda; la infortunada joven se sentía desfallecer y se rendía quebrantada al peso de su amarga pena. A no ser por los amorosos cuidados de la buena Teane, hubiera muerto sin duda.

Una noche que, sentada junto a una ventana, lloraba pensando en su desgraciada familia, entró de improviso Efestión en su aposento; al verle, Hermione se estremeció de horror, helose el llanto en sus yertas mejillas, y en su hermoso semblante se pintó, con la mayor energía, todo el odio que aquel hombre le inspiraba.

—¡Verdugo de mi padre! —exclamó con indecible vehemencia la irritada princesa—. ¡Asesino de mis hermanos! ¿Qué buscas aquí? ¿Vienes a gozarte en mis tormentos? ¿Acaso es tu designio quitarme también la vida? Hiere —prosiguió descubriendo su seno—, hiere sin piedad; traspasa este corazón, enemigo de esa mano parricida que hace pocos días me alargaste en señal de tu amor, y que diste a mi buen padre en prueba de fidelidad. No te detengan los aborrecibles lazos que nos unen; no alimentes para tu ruina una serpiente que te devorará, si no la ahogas primero.

—Escúchame, Hermione —dijo Efestión con voz dulce y reposada—. Si para conservar mi fortuna y mi vida tuve que envainar mi puñal en el pecho de tu padre, para conservar la tuya y hacerte feliz no perdonaré sacrificio alguno; yo te amo —prosiguió cruzando sus manos con una indescriptible mezcla de pasión y de dolor—, yo te amo, Hermione, y este amor es el único sentimiento dulce que ha surgido en mi corazón: no siento remordimiento alguno por haber dado muerte a los tuyos, mas tu dolor traspasa mi alma. ¡Oh, Hermione! —continuó Efestión arrojándose a los pies de la princesa—: ¡mi adorada Hermione!... perdóname y dime que no me aborreces, que me miras sin horror, que podrás amarme algún día...

—¡Ah! —gritó la princesa rechazando a su esposo, quien, arrodillado, todavía sollozaba amargamente—. ¡Verdugo de mi padre! ¡Quieran los dioses descargar sobre tu cabeza todos los rayos de su venganza!

Hermione salió del aposento.

El príncipe de los ismenios permaneció como helado de estupor; su alma indómita jamás se había humillado, y tan solo el vehemente amor que Hermione le inspiraba había podido ablandar su fiereza.

Cuando le volvió la espalda la princesa, la siguió con la vista sin variar de postura, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas, pálidas con la fuerza del dolor.

—¡Nunca me amará! —murmuró después con ahogado sollozo, y cubriéndose el semblante con las manos.

Imposible era, en efecto, que la joven princesa amase ya a aquel hombre. Con su presencia despertose en el alma de Hermione una ardiente sed de venganza, y, al huir de él, corrió a encerrarse en otro aposento para poner por obra un proyecto que hacía algunos días meditaba.

¿Habéis amado, lectoras mías, para olvidar después? ¿No os ha sucedido, en alguna época de vuestra vida, tener que dejar de querer a un ser digno de vuestra adoración, para amar a otro ser que valía mucho menos, ya por conveniencias sociales, ya por exigencias del mundo, ya en fin, por caprichos del corazón? ¿Y no habéis sido engañadas por el mismo a quien dabais un cariño que no merecía? ¡Ah! ¿Qué habéis hecho entonces? Pero ya lo adivino: habéis vuelto vuestros ojos, cansados de llorar, hacia aquel objeto que debisteis amar eternamente, a pesar de las exigencias de la sociedad y de las hipócritas fórmulas del mundo; tal vez por orgullo no le habéis dicho: «Te amo como antes.» Vuestros deberes quizá os habrán retenido lejos de él, ¿pero no es verdad que a él habéis vuelto sin cesar el pensamiento y la mirada? ¿No es verdad que habéis consagrado a su recuerdo todos los instantes de vuestra vida, como el único consuelo de vuestra amargura?...

Esto fue, pues, lo que sucedió a Hermione: dormía en su alma, debilitada por largos combates, una violenta pasión que despertó de súbito al rudo choque de su infortunio; y, como vosotras, volvió de nuevo los ojos y el corazón hacia aquel hermoso y benéfico recuerdo, único bien que le restaba en el mundo.

Sola y sin amparo, quiso escribir al magnánimo Alejandro para pedirle venganza de la muerte de su padre y de sus hermanos. No tuvo que combatir esta resolución; odiaba a Efestión como verdugo de los suyos, como regicida del anciano Darío y como traidor al rey de Macedonia, y con mano firme y sin remordimientos trazó la siguiente carta:[6]

[6] Esta carta está copiada casi literalmente del antiquísimo volumen de donde he tomado los datos necesarios para escribir esta leyenda; únicamente me he limitado a poner más en claro algunos conceptos.

«No es, ¡oh, señor!, la esposa del infiel Efestión, es la hija del noble Crádates la que se dirige a vos; si el nombre del primero os es aborrecible, creo que la memoria del segundo os debe ser de alguna estimación.

»El venerable anciano a quien debí la vida, ha rendido la suya a los golpes del puñal del hombre que hoy me llama su esposa. En vano fue, ¡oh señor!, en vano fue que enviaseis a mis hermanos para que impidiesen el sacrificio de la infeliz Hermione. En vano, ¡ay!, pues que ya estaba unida con lazos eternos al miserable que tan cruelmente ha derramado la sangre de mi inocente familia... Tolomeo, vuestro amado Tolomeo, ha muerto destrozado por las lanzas de los soldados de Efestión; y Casandro, el joven y hermoso escudero que nunca se apartaba de vuestro lado, ha expirado horriblemente mutilado, pronunciando el nombre adorado de Alejandro.

»¡Venganza, señor, venganza! Yo la invoco de vuestra justicia contra el matador del rey Darío, padre de la princesa que habéis elegido por esposa; contra el verdugo de los míos; contra el infame que ha osado hacer a su bienhechor y su rey la más horrible de las traiciones.

»¡Que muera, ya que ha derramado tanta sangre noble e inocente!... Que expire al rigor de los tormentos más crueles, y así plegue a los dioses prolongar y hacer felices los días de vuestro reinado. — _Hermione._»

Escrita esta carta, fue entregada y recomendada mil veces al hijo de la anciana Teane, que partió sin dilación al campo macedonio.

Hermione quedó sola con su nodriza, entregada a la más cruel ansiedad. Dotada de un alma generosa, aunque, como ya hemos dicho, enérgica y altiva, tardó poco en aparecer el remordimiento; había demandado con ansia la muerte de su esposo, y la sola idea de que era muy probable que Alejandro le hiciese justicia, la helaba de terror.

—¿Por ventura —se decía—, podrán devolver la vida a las víctimas que lloro los suplicios que hagan sufrir a su verdugo?

Además, por culpable que este fuese, ¿no era también su esposo?

Hermione lloraba amargamente, cuando se abrió con estrépito la puerta de su aposento, y el más horrendo espectáculo se presentó a sus ojos.

Acababa de ver entrar pálido, cubierto de sangre y brotando fuego por los ojos, a Efestión, que traía en una mano la carta que ella había escrito pocas horas antes, y en la otra la cabeza del desgraciado mensajero.[7]

[7] Histórico.

Fría e inmóvil como la estatua de la desesperación, clavó la princesa sus extraviados ojos en Efestión.

—Mira —dijo este aproximándose a su esposa y mostrándole el sangriento despojo—, mira, Hermione, la recompensa que das a los que pretenden servirte con fidelidad —y al pronunciar estas palabras, arrojó la lívida cabeza a los pies de Teane, que cayó al suelo desmayada dando un prolongado grito.

—¡Bárbaro! —exclamó Hermione en el paroxismo del furor más violento—. ¡Execrable verdugo! Aún no lo sabes todo: esa carta no te ha revelado más que una parte muy pequeña de lo que pasa en mi alma. Yo te aborrezco, Efestión, te odio, y para que sea doblado tu tormento, sabe que amo, que adoro al rey Alejandro, aunque nada le digo en este escrito. Mátame ahora —prosiguió la princesa con terrible vehemencia—; mátame, Efestión, porque te juro que trabajaré incesantemente para perderte mientras tenga vida.