Amor y llanto

Part 12

Chapter 124,269 wordsPublic domain

Y era así: desde el día en que llegó a Segovia Fernando de Luna, don Beltrán parecía preocupado y sombrío; ya no se animaban sus facciones al ver a la reina; a veces pasaba días enteros lejos de ella, y hasta parecía hastiado de su cariño.

¡Ay, este cambio, por lentamente que se opere, no se escapa jamás a los ojos de la mujer que ama! Doña Juana le siguió con tristísima mirada; pero ni una queja se escapó de sus labios, porque las almas nobles guardan con cuidado sus dolores, y devuelven por cada uno una sonrisa: cuando el sufrimiento la vencía, se arrodillaba junto a la cuna de su hija, y pedía al cielo consuelo y fortaleza para sobrellevar sus penas.

Encontraba también algún alivio en el amor que profesaba a su hermoso paje: el día mismo de su llegada le fue presentado por don Beltrán, y el niño, al besarle la mano, le entregó una carta que decía así:

«Señora: Sin duda alguna me habrá olvidado V. A., porque las almas nobles no recuerdan los beneficios que hacen; pero si el que los recibe es merecedor de ellos, los graba de un modo indeleble en lo más íntimo de su corazón y los paga cuando puede.

»Yo creo, señora, que satisfago ahora en parte la deuda de gratitud y amor que contraje con V. A., enviándoos a mi hijo Fernando: parto a Aragón con Gonzalo, mi hijo mayor; no quiero rendir más vasallaje a Enrique IV, puesto que, a no ser por el ángel a quien llama esposa suya, hubiera muerto en el calabozo en que me sepultó su padre; pero no quiero tampoco serle traidor, y abandono mi hermosa Castilla para no mezclarme en las intrigas de los nobles.

»Por el cielo, guardaos, señora mía: solo tenéis un amigo fiel, y ese es don Beltrán; a él le envío mi hijo para que le ponga al lado de V. A. Nadie desconfía de un niño: su adhesión no os atraerá mal ninguno, y si corréis peligro, si vuestro esposo vacila en el trono, este mismo niño llamará a su padre y a su hermano, que volarán al socorro de sus soberanos.

»Yo sé que don Juan Pacheco no perdona a V. A. la libertad que me dio, y de la que hice uso arrojándole del lado del rey; sé también que quiere conduciros al castillo de Maqueda, de donde han sacado al infante; pero por el nombre que llevo, juro a V. A. que no lo han de conseguir.

»Dios guarde a V. A. y os conceda, señora mía, la dicha que tanto merecéis. — _Fadrique de Luna._»

La reina acogió con amor al niño y le hizo su paje: la memoria de los Lunas no se había borrado de su alma, porque sabía cuánto la amaban aquellos buenos caballeros.

Aprisionado don Fadrique durante el reinado de don Juan II, por una calumnia del marqués de Villena, gemía aún en una oscura prisión al subir al trono su hijo Enrique IV; mas cuando doña Juana vino a dividirle con él, el primer acto de piedad de esta princesa fue mandar abrir todos los calabozos.

Una vez libre el de Luna, su más ardiente afán fue arrancar la máscara a Villena: consiguiolo, y el rey, que ya empezaba a aficionarse a Beltrán de la Cueva, le tomó tal aversión que se vio obligado a no presentarse más en el alcázar; pero juró odio y venganza al rey, a don Fadrique, y, sobre todo, a doña Juana.

Algunos días después, salió de Madrid como jefe principal de la conspiración que se formaba en Toledo para destronar a Enrique IV, pero casi al mismo tiempo salió también don Fadrique con su hijo Gonzalo para la corte de Aragón: su única hija, Luz, quedaba, según se decía, en un monasterio de Ávila; en cuanto a Fernando, por ser niño sin duda, nadie le conocía ni había oído hablar de él.

Desde que vivía en el alcázar, el pajecillo apenas había salido de las habitaciones de la reina: consolaba su dolorosa melancolía, y la amaba tanto que la expresión de aquel ardiente cariño le hacía a veces olvidar sus pesares.

La seductora belleza de aquel niño había llamado la atención de toda la corte, y el rey mismo estaba impaciente por conocerla; pero todos cuantos elogios le habían hecho de él, le parecieron muy débiles al verle en su antecámara en la noche señalada para partir a Toledo.

El paje salió detrás del rey y se dirigió a su aposento, en tanto que la cólera de los nobles estallaba en imprecaciones contra el conde de Ledesma y doña Guiomar; porque sabían que solo la querida y el favorito tenían el poder de dominar la voluntad del rey.

—¡Por el cielo —exclamó don Lope Barrientos—, que se me acaba la paciencia! Esta misma noche marcho a Toledo a unirme con Villena.

—Y yo os acompañaré, don Lope —dijo don Pedro Gómez.

—Y yo con mi compañía franca —añadió don Nuño de Saavedra.

—Y yo, y yo —repitieron muchos nobles.

—Pues id con Dios, señores —repuso don Diego Arias, anciano de hermosa y apacible fisonomía—: yo, por ahora, prefiero irme a acostar.

Los cortesanos fueron saliendo poco a poco, y en la gran cámara quedaron solamente los pajes y escuderos del rey.

IV

AMOR

Las doce de aquella misma noche serían cuando el paje salió de su aposento y se dirigió con silencioso paso a la puerta de la habitación de doña Juana; escuchó breves instantes y después se dirigió a otra puerta que abrió suavemente, encontrándose en el salón amarillo.

Aquella estancia, intermediaria entre las habitaciones de Enrique IV y de su esposa, era llamada así por el color de sus tapices y sillería, y no se abría casi nunca; pero Fernando, que no podía conciliar el sueño, iba a buscar en ella la calma y la soledad; llevaba en la mano un rollo de papel y un tintero, que formaba un cuerno de plata; en el centro de la estancia se veía una mesa dorada, y pendiente del techo una lámpara, suspendida de largas cadenas de plata, para que sus tibios rayos diesen luz a la mesa; sin duda aquel aposento estaba preparado de orden del paje o por él mismo para pasar en él la noche.

Fernando cerró la puerta sin ruido; se quitó la gorra, que dejó en un sillón, y después se aproximó a la mesa para colocar en ella el papel y el tintero; mas ambas cosas cayeron de sus manos, y retrocedió más blanco que las olas de encaje de su gorguera al ver a un caballero que, inmóvil y silencioso, estaba sentado en el sillón colocado delante de la mesa, y que, al ruido que hizo en el suelo el tintero, levantó la frente, estremeciose y se puso en pie.

—¡Doña Luz! —exclamó juntando sus manos con una especie de adoración.

Palideció el paje fijando sus ojos en aquel hombre; mas aquella mirada cambió el alabastro de su semblante en un súbito carmín.

—¡Ah! —dijo—, ¡me habéis asustado, don Beltrán!... pero —prosiguió con una sonrisa que desmentía su temblorosa voz—, ¿qué hacéis aquí? Yo venía a escribir a mi padre en esta estancia, mucho más silenciosa que la mía; pero, puesto que la habéis elegido antes que yo, me voy para no molestaros —y diciendo esto, recogió su tintero y papel, y fue a tomar su gorra.

—Deteneos por el cielo, Luz —dijo el conde de Ledesma con acento suplicante—, ¡tened piedad de mí!

El fingido paje alzó al cielo sus ojos con tristísima expresión, como pidiendo valor; pero cuando se volvió a don Beltrán, su habitual y dulce sonrisa vagaba de nuevo por sus labios; dejó otra vez su gorra sobre la mesa, y echó sus largos rizos dorados hacia atrás con un movimiento infantil, sentándose en el sillón que acababa de dejar el conde.

Este permaneció de pie delante de ella, contemplándola con una mirada ardiente y melancólica.

—¡Gracias, doña Luz! —dijo el conde con profunda emoción y rompiendo al fin el silencio—. Gracias por vuestra bondad en acceder a mi ruego. Esta condescendencia, por otra parte, en nada os compromete —prosiguió con amargura—: ¡nadie extrañará que pasen en conversación, aunque sea toda una noche, el paje y el amante de la reina!

—Creo, no obstante, conde, que para vos seré doña Luz de Luna, y no el paje Fernando —repuso la doncella con acento grave y dulce a la vez.

—¡Oh, sí, sí! —exclamó don Beltrán—; mas nada temáis, Luz: ¡vos sois para mí lo más sagrado que existe en la tierra; lo más santo que conozco; sois lo que más amo en este mundo, mi más caro y apreciado tesoro; el ángel que ilumina el áspero camino de mi vida! ¡Oh, Luz! —prosiguió el conde, con tan honda emoción que las lágrimas brotaron de sus ojos—. ¡Luz mía! ¿Cuándo daréis una esperanza a mi ardiente amor? ¿No sabéis que este cariño es puro y santo? ¿No os he rogado mil veces que me permitáis pedir vuestra mano a don Fadrique?

—¿Y la reina, conde? —dijo Luz con doloroso acento—: ¿qué sería de la reina el día en que os perdiese para siempre? ¿Qué porvenir le espera, muertas las esperanzas de su amor?

—¡La reina! —repitió el conde—, ¡la reina! ¿Tengo yo la culpa acaso de haberme engañado creyendo amarla? ¿Tengo yo la culpa de que ella se haya apasionado de mí? ¡Por piedad, Luz, por piedad! ¡No mezcléis en nuestro puro amor el recuerdo de esa pasión criminal!...

Detúvose el conde para mirar a la joven, que lloraba cubriéndose el rostro con las manos.

—¡Llanto! —exclamó apasionadamente arrodillándose a sus pies—, ¡llanto, amada mía! ¡Y lo viertes por mí! ¡Dime —prosiguió, buscando con sus ojos la mirada de la doncella—: dime que te enternecen mis tormentos!, ¡dime que comprendes al fin la inmensidad de mi amor!... porque lo comprendes ya, ¿no es verdad? ¿No es cierto que me has visto revivir bajo la luz de tus divinos ojos, bajo la paz de tu sonrisa?, ¿que has visto cómo recobraba la alegría de mi corazón y el sosiego de mi alma, bajo la influencia de tu virtud? ¡Oh!... ¡Si supieras lo que pasó por mí el día en que te me presentaste con la carta de tu padre!... ¡Creí que el corazón iba a saltárseme del pecho!

Aquel hombre de hierro, cuyo valor se había hecho proverbial en toda Castilla, cayó vencido y quebrantado por la emoción que experimentaba: pálido, con la respiración anhelante, apoyó su frente en el brazo del sillón de Luz.

—Yo también os amo, conde —dijo esta tomándole las manos y obligándole a que se levantase—: sí, os amo, como ya no volveré a amar a pesar de no tener más que dieciséis años. Dejadme concluir —añadió conteniendo con imperioso ademán el trasporte del conde—: esta primera confesión será también la postrera.

—¡La postrera!

—Sí, desde ahora os lo juro por el nombre que llevo: yo ahogaré esta pasión, y si no puedo conseguirlo, moriré. Escuchadme, Beltrán —prosiguió enternecida al ver la angustia que se retrataba en las facciones del conde—: mi padre debe su vida a la reina, y su bienhechora está rodeada de enemigos, abandonada de su esposo. Solo un bien le resta: ¡vuestro amor!; y este bien, que compensaba para ella todos los demás, ¡lo ha de perder también! ¡Y queréis, conde, hacerme su enemiga! ¡Queréis que, en pago de la vida y de la libertad de mi padre, clave en su corazón ese acerado puñal! ¡Queréis, en fin, que desobedezca a mi padre, que me mandó oponer mi pecho como un escudo a los golpes que asestasen al suyo! ¡Oh, no, no! ¡Jamás!

—¿Y creéis, Luz, que porque vos dejéis de amarme, renacerá mi cariño hacia la reina? ¿Pensáis que humillaré de nuevo la frente a ese vergonzoso yugo? ¿Imaginais que para conservar mi fortuna y elevación, le fingiré de nuevo el sagrado sentimiento que solo vos en el mundo habéis podido inspirarme? ¡Por Dios, que os equivocáis! ¡Voy a renunciar esta noche todos mis cargos y títulos, y mañana seré otra vez un pobre soldado! ¡Ya nada quiero de ella!

—Y yo, conde, os aborreceré como a mi más mortal enemigo, porque habréis causado la muerte a la bienhechora de los míos —dijo la joven con airado acento—; sí, os lo juro por el Dios que nos oye: si asestáis ese golpe al corazón de la reina, mi amor se trocará en aversión, porque la amo más que a vos.

Al acabar de pronunciar estas palabras, se dirigió a la puerta; mas el conde la detuvo, poniéndose delante.

—¡Luz! —exclamó—, por piedad, no me dejéis así: decidme al menos que el recuerdo de mi cariño os será grato; yo haré lo que queráis... no me separaré del lado de la reina... la defenderé con mi vida... ¿estáis contenta? —prosiguió clavando sus ojos con amarga tristeza en los ojos de Luz.

—Sí, conde —contestó la doncella tendiendo al caballero su blanca manecita—: ¡oh, sí, muy contenta! ¡Me habéis hecho tan feliz!... Vos pagaréis de este modo a doña Juana la deuda de los Lunas, y yo... yo os amaré... como a mi mejor amigo.

Temblaron los labios de la joven al pronunciar estas palabras, y una espantosa palidez cubrió su semblante.

—Ahora —añadió haciéndose superior a su emoción—, ahora es ya de día, conde; marchad a ver a la reina. Sé, por Inés, que está indispuesta, y por eso fui a suplicaros que detuvierais vuestra partida.

—Os obedezco, Luz —dijo tristemente el conde—. ¡Quiera Dios que mi vida, convertida desde hoy en un largo y doloroso sacrificio, pague esa deuda terrible que me roba vuestro amor!

—Os engañáis, Beltrán; la satisfacción de esa deuda me liga a vos con una tierna e inalterable amistad, y este puro sentimiento reemplazará al amor, porque vuestro amor y el mío pertenecen a la reina de Castilla.

Al concluir estas palabras, abrió la puerta de su aposento y entró en él, cerrando después de saludar al conde, quien tomó lentamente el camino de las habitaciones de la reina.

En cuanto a Luz, se dejó caer de rodillas al pie de su lecho, y exclamó con voz entrecortada por los sollozos:

—¡Gracias, Dios mío, gracias por las fuerzas que me habéis concedido en tan ardua y dolorosa lucha! ¡Oh, Dios piadoso! ¡Oh, Virgen mía! ¡No me desamparéis!

V

LA ENTRADA DE VILLENA

Cuatro días habían pasado desde estos sucesos y todavía no se había dado orden ninguna para la partida del rey.

Doña Guiomar seguía indispuesta, obedeciendo tal vez los consejos de don Juan Pacheco, marqués de Villena, su amante oculto, aunque nadie en Castilla le conocía otro que Enrique IV.

La hermosa dama de honor de doña Juana tenía enteramente subyugado el corazón del rey; pero ella no sentía hacia el monarca más que el desprecio que necesariamente debía inspirar a una mujer de su temple, porque doña Guiomar tenía talento y corazón.

A pesar de no contar más que treinta años, amaba con pasión al marqués de Villena, que pasaba de los cincuenta. La energía de aquel hombre, sus brillantes prendas y su elevado talento le inspiraban cariño y admiración; aun su misma ambición era otro nuevo mérito a sus ojos, porque era ambiciosa también.

La noche en que, a ruegos del paje, detuvo don Beltrán la marcha del rey, recibió ella una carta de Toledo, concebida en estos términos:

«Es absolutamente preciso que detengáis al rey cuatro días más en Segovia; al finar el último, os veré en vuestra misma casa, porque entraremos victoriosos, llevando a nuestro frente al infante don Alfonso. — _Villena._»

No bien leyó la dama de honor este billete, que le fue entregado al desnudar a la reina, lo ocultó cuidadosamente entre los pliegues de su brial; después extendió los brazos, y cerrando los ojos, se dejó caer en un sillón, dando un ahogado grito que hizo acudir a la reina y todas las damas; el desmayo duró media hora, al cabo de la cual pareció reanimarse, y pidió permiso, con voz débil, para retirarse. Doña Juana dispuso que se trasladase la enferma a su casa en una de sus carrozas, y mandó a doña Blanca de Solís, la más joven de sus damas de honor, que la acompañase y velase a su lado toda la noche.

Poco agradó, en verdad, esta orden a doña Blanca: odiaba, como todas sus compañeras, a aquella orgullosa mujer, que las trataba muy mal; pero se inclinó profundamente ante la reina, y abrigó ella misma, con su capuchón de pieles, los hermosos hombros de doña Guiomar.

Despidiolas doña Juana, dispensando a la enferma de todo servicio en su aposento mientras durase la indisposición, y asegurándole que sus damas alternarían en su cuidada y asistencia; pero durante el camino, doña Guiomar se animó y pareció casi buena al llegar a su casa.

—Doña Blanca —dijo a la joven con una dulzura extraña en ella—, no quiero que os molestéis: yo estoy mucho mejor, y creo que mañana podré asistir al alcázar a la hora de levantarse su alteza: voy a mandar que os conduzcan a vuestra casa, quedando yo sumamente reconocida a vuestros afectuosos cuidados.

—Pero, señora, tal vez os engañáis —repuso la sencilla joven, sin comprender las miras de la altiva dama—: podéis poneros peor... no, no, yo velaré con sumo gusto a vuestro lado.

—Os digo que me siento ya muy bien —repitió doña Guiomar, cuyas morenas mejillas se encendieron con tan leve contradicción.

—La reina me reconvendrá... —murmuró débilmente la pobre niña, aterrada como una paloma delante del milano.

—Yo os disculparé con S. A. mañana, cuando asista a su cámara: le diré que os he rogado que os retiraseis. Ea, buenas noches, doña Blanca —continuó bajando ligeramente de la alta carroza, y entrando en su casa.

No bien se halló en su aposento, escribió al conde de Ledesma diciéndole que estaba bastante indispuesta, y rogándole que se lo hiciera saber al rey. Mas don Beltrán, suponiendo la verdad, porque no ignoraba la intimidad de Villena con la dama de honor, se guardó bien de enseñar la misiva a don Enrique y la hizo pedazos en seguida que la leyó.

Los ruegos del paje alcanzaron lo que deseaba doña Guiomar: el rey voló a su casa así que tuvo noticia de la indisposición que la aquejaba y que ella fingía por su parte a las mil maravillas.

Al volver al alcázar con don Enrique, Beltrán de la Cueva se dirigió al salón amarillo, porque los dolores alejaban el sueño de sus ojos: desde el día en que vio a Luz de Luna, la amó con pasión, y aquel fuego devorador aniquilaba enteramente sus fuerzas morales.

Sin embargo, compadecía profundamente a la reina: a medida que él se tornaba frío e indiferente, la pobre joven languidecía y su frente se doblaba más pálida y abatida que la del conde; ella ignoraba, no obstante, la causa de su desvío; no sabía que otro nuevo amor le robaba el corazón de su amante, porque no sabía tampoco que su amoroso pajecillo era una hermosa doncella.

En la corte de Castilla nadie más que don Beltrán conocía este secreto, porque solo a su lealtad lo había confiado su anciano amigo don Fadrique de Luna. ¡Dios, en su bondad, quiso evitar a aquella infeliz princesa el más amargo de todos los dolores... los celos!

Era el día que Villena había señalado para entrar en Segovia: brillaba el sol en todo su esplendor y el tibio viento de octubre traía en sus alas los perfumes de las últimas flores.

Enrique IV, sin acordarse de que rugía sobre su cabeza una terrible tempestad, pasaba casi todo su tiempo al lado de doña Guiomar, que agravaba o disminuía su indisposición según convenía a sus planes: Toledo y la conspiración que encerraba dentro de sus muros se habían borrado completamente de la memoria del rey.

Espantoso desorden reinaba en la ciudad; muchos de los nobles partidarios de Villena, y avisados por él, sabían que aquella noche debían entrar los conjurados, y que don Enrique iba a ser arrancado del trono para colocar en él a su hermano don Alfonso.

Otros, y estos eran los menos, adictos al rey, se aprestaban a la defensa, y cruzaban en todas direcciones a la cabeza de sus compañías francas.

En vano fue avisar al rey de lo que acontecía; en vano le pintaron el riesgo que corría: su sagaz manceba le aprisionaba a su lado, y el rey se contentaba con responder: _No se atreverán._

Tres días hacía que Luz había escrito a su padre llamándole a Segovia. «La reina peligra, padre mío —le decía—. Villena está cerca de aquí, y ya sabéis que es su enemigo mortal: venid, pues, a salvarla de la prisión o de la muerte.»

Después de escrita esta carta, el pajecillo se situó al lado de la reina, que esperaba sin impaciencia ni temor lo que iba a suceder: sabía que si vencían los conjurados sería sepultada en un sombrío castillo, porque sabía también hasta qué punto la odiaba don Juan Pacheco, y presagiaba que su primer cuidado sería abrirle una prisión; pero todo lo olvidaba, porque veía de nuevo tierno y amante a don Beltrán y hacía dos días que era feliz, a pesar de los males que la amenazaban.

El pobre pajecillo era dichoso también con la ventura de su señora, aunque su rosado semblante había tomado la palidez del alabastro, y sus espléndidos ojos azules se veían rodeados de un ancho círculo morado; en aquellos cuatro días no se había separado un momento de la reina: en pie, detrás de su sitial, estremecíase al menor ruido que sonaba en la calle, y parecía escuchar constantemente con ansiedad.

Hacia las cuatro de la tarde creció el rumor en las calles, y se oyeron pasos cautelosos en la escalera que daba a las habitaciones de la reina; las damas de honor se estrecharon temblando unas a otras, y el paje palideció más que ellas: los pasos, que sonaban ya junto a la puerta principal, cesaron de repente, y un instante después se oyó dar vuelta suavemente a la llave.

—¡Nos encierran! —gritó doña Juana—, ¡estamos prisioneras! —y se acercó a otra puerta disimulada en los tapices, al mismo tiempo que la cerraban también.

Un ahogado sollozo se escapó del pecho de la reina: no pensó en ella, sino en la Cueva, en su esposo, en su pobre hija y en su reino perdido. ¡Ella, la reina de Castilla, tendría que morir en una prisión!... La pobre joven se dejó caer de rodillas en su reclinatorio y oró con fervor, imitándola sus damas y Fernando.

Ya había tendido la noche su denso manto, y aún permanecían postradas. De súbito saltó uno de los cristales de colores del anchuroso balcón de piedra, y tras de aquel todos los demás que componían la ojiva vidriera, y un hombre se precipitó en la estancia. Las voces de la reina, de sus damas y del paje, se confundieron en un solo grito de terror; mas el aparecido, sin mirar a nadie, se dirigió al paje, a quien acercó a su pecho con un apasionado movimiento y como para protegerle del riesgo que le amenazaba.

—¡Don Beltrán! —exclamó la reina reconociéndole y tendiéndole sus manos.

—Nada tema V. A., señora —contestó el conde besando la diestra de doña Juana—: he encontrado cerradas todas las puertas y he entrado por ahí —continuó señalando el balcón—, para defenderos hasta mi último aliento.

VI

EL TRONO Y EL HONOR

Cuando don Enrique volvió al anochecer a su alcázar, no se notaba otra señal de alarma que las rondas que se cruzaban en todas direcciones: los conjurados aún no habían entrado; mas, careciendo de puertas la ciudad, era imposible oponerles este obstáculo.

Don Beltrán sabía, no obstante, que Villena estaba con los principales jefes dentro de Segovia: reunió a todos aquellos con quienes podía contar y se aprestó a la defensa; porque su lealtad como soldado era a toda prueba, y estaba decidido a perder mil vidas que tuviera por defender a sus soberanos; tenía además que velar por Luz, cuya existencia y honor le habían sido confiados por su padre, y que eran mucho más caros a su corazón que todos los intereses de la tierra.

Don Enrique se acordó, por fin, de su esposa y de su hija, y al cerrar la noche, salió de su cámara para dirigirse a las habitaciones de la reina, acompañado de muchos cortesanos; mas quedaron atónitos al encontrar todas las puertas cerradas.

Doña Juana estaba ya aprisionada: era la primera víctima de la venganza de Villena.

El semblante del soberano se trastornó enteramente: en el fondo de aquel corazón helado y endurecido había algún cariño hacia la joven y hermosa princesa a quien llamaba esposa suya, y la idea de que se la habían robado o de que otro se había anticipado a salvarla, le hizo olvidar todo lo demás.

—¡Echad abajo esa puerta! —dijo con voz fuerte.

Los soldados de su guardia empuñaron las hachas de armas e hirieron con un solo golpe la maciza puerta que no se conmovió lo más mínimo. Un curioso observador hubiera visto aparecer una burlona sonrisa en los labios de los cortesanos: las llaves de la habitación de la reina tal vez no estaban lejos de allí.

La voz del rey se dejó oír de nuevo entre el estruendo.

—Llamad a la Cueva —gritó con airado acento, y aún no había expirado el eco, salieron tres pajes en distintas direcciones.